Año VI
La Habana
2007

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En un reino de achicorias
Eugenio Marrón Casanova
 

…el amor perfecto y breve como un soneto de Góngora,
                                   la certeza fatal (pero rabiosa dentro de la
fatalidad) de
                                  que solo se vive una vez.

                                                                                                    Roberto Bolaño
                                                                                 (Estrella distante)

 

Cuentan que María Amalia de las Mercedes era de una belleza florida, extraña  definición, pero fue lo que me contaron. También lo de viuda muy joven, una casa grande rodeada de jardines, los bienes de su padre. Una mirada tórrida, otra expresión para el retrato, oí que decían. Y un hijo, el de ella. Aquellas cosas pesaban mucho el 6 de junio de 1911, cuando la muerte de Claudio José Domingo Brindis de Salas apareció en la prensa habanera. Había ocurrido cuatro días antes en un hospital de Buenos Aires, donde el gran violinista, tuberculoso y arruinado, al borde de los sesenta años de edad, tuvo el último momento de una vida sin sosiego que lo llevó de La Habana al Conservatorio de París y a los salones de Berlín, para ser músico de cámara del káiser Guillermo II, campante con sus títulos de Caballero de Brindis y Barón de Salas. Pero la mañana de aquella noticia, en una visión que —estoy seguro—tuvo María Amalia, el fallecido volvía a ser el príncipe negro que descorchaba una botella de champaña entre aplausos. Ella era entonces una adolescente junto a su padre, al término de un concierto. Todavía parecían flotar los acordes de la Barcarola en el salón de los espejos, con los ventanales abiertos a lo largo de la galería para que corrieran las brisas del paseo marítimo, mientras las damas se abanicaban en pleno cotilleo, cuando María Amalia recibió aquella sorpresa al acercarse su padre  a Brindis de Salas, de espaldas colocando una copa    vacía   sobre la  bandeja  que  sostenía un sirviente. Le puso la mano en el hombro: “Por Dios, cuántos años…”. El  violinista se viró y al verlo fue el abrazo: “Qué contento más grande, Virgen Santísima…”. Los dos se contemplaban –los contemplo- con alegría y exclamaciones de cariño recíproco. “Mira, mi hija ha venido a aplaudirte…”. El músico hizo una inclinación: “Encantado, señorita…”. Se alejó un poco para mirarla y volvió a acercarse. “Disculpe, pero es como si su rostro me recordara otro rostro, sus ojos…”. La joven se sonrojó, en tanto el padre lo miraba atentamente.  El músico movió la cabeza a un lado y otro -¿la mirada tórrida que decían, tal vez?- con una leve sonrisa: “No, no… nadie en particular, tal vez una impresión…”. Extrajo del interior de su chaleco un pañuelo de holán con una flor azul bordada –un gesto más bien de prestidigitador-: “¿Conoce esta flor?”. La respuesta de María Amalia fue vacilante: “No...”. “Es una achicoria. Cuando Ricardo Corazón de León y sus hombres se fueron a la Tierra Santa, todavía no era una achicoria, sino una muchacha… Aguardando a que un cruzado muy querido regresara, terminó por convertirse en flor…” –por unos segundos estuvo con  la respiración en vilo-. “Es precioso el bordado…” –la joven observa y yo también: hay excelencia en las puntadas-. “Sí… fue regalo de una amiga en Baviera, hace  mucho tiempo, y con él  esa leyenda…”  -sonrió- “… lo cierto es que son tantas las remembranzas… Bueno, me gustaría que lo conservara como una ofrenda de amistad…”. Miró al padre de la joven: “Y también como  testimonio del afecto que siento por ti…”. María Amalia tomó el pañuelo. Los dos hombres se volvieron a abrazar. El padre iba a decir algo, pero él lo contuvo moviendo su mano derecha: “No, no, no… por favor, nada de cumplidos, tan solo guárdenme en el recuerdo…”. Desde entonces, el pañuelo de Brindis de Salas fue como un talismán, conservado por María Amalia junto a un daguerrotipo del músico dentro de un cofre de sándalo –¿un regalo persa, un aroma salido de algún verso de Omar Jayyám?-. Pero esa mañana de junio, más que el distante concierto y  la ocasión  en que fue obsequiada con el bordado, María Amalia de las Mercedes, con el periódico todavía en su regazo, tuvo la premonición de que la figura del violinista, su levita de corte impecable y la mirada errante, tocando tal vez las últimas notas de la Barcarola, esculpida por las mejores manos en –digamos lo que diría un cronista- “el arte de hacer hablar el mármol”, un día tendría su estatua rodeada de achicorias: la flor de Brindis, la suya también. 

“Decía Claudio Galeno que era la amiga del hígado…”. Se balancea pausado en el mimbre elegante, la sortija de oro con rubí en el anular derecho, los dedos carnosos casi envolviendo el tabaco mientras inhala una bocanada de humo. Mira a la mujer sentada frente a él, en una mecedora similar a aquella donde se acomoda su figura opulenta. Por un momento le parece que el lugar donde conversan anda extraviado, como si la fumada lo convirtiera en navegante sin brújula. Exhala las volutas despacio. “Ah… qué maravilla este Ramón Allones… No en balde la Real Casa de España lo ha preferido siempre por encima de cualquier otra marca”.  En la mesa, un cenicero de cristal de bacará que reproduce un delfín con la boca abierta,  convida a depositar las cenizas. “Bueno, bueno… ¿Le hablaba de Galeno, verdad?... Siempre he sospechado que los banquetes que se gastaban Lucio Vero, Marco Aurelio y Cómodo, todos pacientes del ilustre griego, mal parados dejaban el estómago y el intestino… ¿Se imagina usted?... Después de aquellas noches de Roma, había que estimular las funciones hepática y biliar, los riñones, el metabolismo…” –vuelve la inhalación, pero esta vez rápida, como para tener la certeza  de que no está soñando-. “Entonces era el turno de la achicoria, doña María Amalia, la achicoria de raíz fresca hervida en agua… Después, a beberla en extractos… Ah… ¿cuánto habrá de ella en las Meditaciones de Marco Aurelio, cuánto que no sabemos?... A mí, por lo menos, me parece que eso de Toma sin orgullo, abandona sin esfuerzo  es una sentencia que el emperador solo pudo dar luego de disfrutar un zumo de achicoria…”. Se levanta con impulso que le provoca un jadeo casi de sobresalto  y camina despacio hasta el borde de una ventana grande que  abre sus hojas a una glorieta. Observa  las plantas  diseminadas en tiestos de diverso tamaño, a la sombra de una pérgola. Gira sobre sí mismo y mira a la mujer. “Y no hablemos de tratamientos para la anemia y la diabetes…” –por momentos lo asalta la idea de un público imaginario en algún paraninfo- “…y de su capacidad depurativa y diurética hay testimonios muy elocuentes… ¿No recuerda usted la historia de aquel oficial del ejército francés, cuando la toma de Marruecos?... Lo encontraron extraviado en unos arenales, con la epidermis abrasada por el sol, el vientre inflamado como un tambor… Tuvo la suerte de que un berebere le aplicara compresas con la achicoria bien macerada y le diera a ingerir la infusión… Al cabo de los días, casi parecía un niño, señora, un niño rozagante” -continúa moviéndose por la sala entre jarrones y mamparas-. “¿Y antes de Galeno, no hay noticias de la achicoria, doctor?” -la mujer detiene el balanceo-. “Pues claro que sí, doña María Amalia, claro que sí… Y noticias muy bien documentadas: la achicoria era tenida como un antídoto infalible por los médicos del faraón, según lo relacionado en un papiro… Si mal no recuerdo,  fue en la Dinastía Dieciocho del antiguo Egipto” -vuelve a acomodarse en la mecedora, de  nuevo inhalar y exhalar el humo como un rito auspicioso-. “Los antiguos placeres en el Valle del Nilo dieron paso a la idea de mover las fronteras, conquistar  nuevos territorios…” –sus ojos centellean-.  “Pero claro, claro… Mire, ahí tiene usted cómo hasta en las ambiciones faraónicas podemos encontrar los dominios de la achicoria…” -otra bocanada, cierra y abre los ojos- “…claro, claro… Bendito sea Dios” –el gozo de la rememoración parece colmarle-.  “Entonces no estaría mal suponer que hasta Napoleón muy bien  conocía sus virtudes…” -la mujer se acaricia el lóbulo derecho donde brillan los dorados de una dormilona-. “¿Qué le hace suponerlo, doña María Amalia?” -coloca el tabaco en la boca del delfín, extrae un pañuelo, lo pasa por la frente-. “Bueno, doctor, se sabe que los oficiales de Bonaparte, durante la campaña de Egipto, encontraron muchos papiros y es seguro que, luego de descifrarlos, le harían saber las bondades de la achicoria…” -ahora es el lóbulo izquierdo, la otra dormilona-. “No, doña María Amalia, no es así como lo imagina…” –de nuevo se levanta, paso a paso hasta un espejo que le devuelve la silueta abultada, el traje blanco con chaleco y leontina, la tez rosada, los ojos pardos, el pelo castaño que se rinde ante las canas- “…el papiro que da cuenta de la achicoria no lo encontraron los franceses, fue un descubrimiento alemán, lo hizo George Moritz Ebers…”. El rostro de María Amalia parece alumbrarse: “¿Se trata del autor de Serapis y Una hija del rey de Egipto?...” -pregunta con sobresalto-. “Ese mismo, señora, ese mismo, el gran Ebers, arqueólogo y  novelista…” –vuelve moroso al asiento-. “Por Dios, qué memoria la suya… Bueno, la cuestión es que Ebers encontró ese papiro en la ciudad sagrada de Tebas, en una de sus excavaciones, y luego lo publicó…”. María Amalia se levanta, el vestido beige de encajes que sobrepone pliegues a otros pliegues. Sonríe. Desaparece la sonrisa y un gesto de autoridad la sustituye: “Muy bien, mi estimado doctor Bernardo, muy bien… Estas cosas hay que tenerlas bien aprendidas… –se desplaza por la saleta, las manos a la espalda, el busto erguido-. “No es el capricho de hacer un jardín por hacerlo…Lo que yo quiero es algo así como un rincón para meditar sobre lo fugaz de la vida…”. Retorna a su asiento, el hombre aguarda. Ahí está la mirada tórrida que decían, el índice derecho casi sobre los labios. “Por eso hay que recalcar en lo permanente del alma, doctor, hay que insistir en su trascendencia…” –el dedo desciende con lentitud y apunta al pecho de su interlocutor, los ojos llameantes- “…un lugar dedicado a estas cosas… Por ello mi afán por conocer hasta el más mínimo detalle de la achicoria…” –vuelve a incorporarse, da unos pasos-  “… la achicoria  rendida a los pies de una estatua que se le parezca con toda exactitud… No, no, no, no… Perdón… Me equivoco… Que sea él mismo en persona… De carne y hueso en mármol puro”.

Comienza la primavera y amanece. Te veo insomne y cómo desde la cama observas, por primera vez, el cuadro que el balcón semiabierto ofrece: las montañas blancas del Karwenden  se descubren al fondo, recortadas sobre un cielo donde el gris cede al morado, que a su vez abre paso a unos destellos en busca de claridades extremas. La estufa apenas calienta, unos pedazos de leña aún sobreviven. Sé que vas a levantarte desnudo, sobre la espalda una manta. Das diente con diente, la frialdad no ha mermado. Caminas descalzo hasta la balaustrada y desde allí la superficie del lago Krün-Gerald te devuelve las cumbres entre la nieve. Cierras los ojos y estoy seguro de que recuerdas la fiesta en casa de doña Narcisa, el día de tu debut: un niño de ocho años, enjuto y grácil, con la mirada atónita, afinando el violín, los acordes sostenidos con facilidad. Se me ocurre que mucho antes de la ovación, de que las mujeres allí reunidas tejieran para ti una corona de laurel con broches de oro, fue la visión deslumbrante de esas alturas tan blancas, aquella tarde lejana en una antesala habanera, gracias al primor de un artista anónimo cuya litografía colocaba los picos alpinos casi al alcance de las manos. Tu padre lo dijo al verte ensimismado ante la estampa: “Si Dios permite, irás a esos lugares…”. Abres los ojos y regresas a la cama. Levantas la frazada para descubrir ese cuerpo en el que la blancura es un trasunto de la nieve, sus piernas abiertas como en un descuido, los vellos del pubis que se te antojan la vegetación de un paraje inexplorado, tu boca que escudriña en la floresta, los sabores del bosque que inundan tu saliva. Ella sonríe y se despierta y deja que tu lengua siga en lo suyo –un instante inacabable, un violín que suena en tu cabeza mientras tu lengua…-. Después te reclinas en la cabecera. Veo que la ves incorporarse, sus senos pequeños coronados por un rosado que casi ahora mismo veías en el cielo del alba, sus pezones firmes como la cima de los Alpes en aquel grabado de tu mocedad. Sus manos buscan en el amasijo de almohadas donde la tibieza aún convida: sé cuánto te gustan sus dedos largos para ser besados, mordidos levemente, una vez más recorriendo tus vértebras al borde del abismo.  Y entonces un pañuelo de Holanda con una flor recamada aparece entre las sábanas.

 “Ver para juzgar, señora, ver para juzgar…” -la canícula del mediodía hace que la reverberación convierta las trepadoras en una mixtura de tonalidades, cambiando del amarillo al verde. Cubren la tapia que oculta al tronco del framboyán, el ramaje de luces por encima-. “¿Quién se lo hubiera dicho al divino Leonardo cuando dibujaba su artilugio volante, quién se lo hubiera dicho?...” –toma el violín con la mano izquierda, lo sostiene  por el mástil, la mano derecha con un pedazo de gamuza que desliza por la caja de resonancia, de arriba a abajo, de abajo a arriba…- “y eso no es nada, señora, para las cosas que vendrán…” –el roce sobre la madera, más que anhelo de cariño, advierte ritual de perfección- “…pues dicen que apenas estamos en el comienzo de una época donde todo será cada vez más de prisa, imagínese usted, la vida en tropel…” –coloca el instrumento sobre una mesita cubierta con un tapete de crochet,  abre el estuche que reposa a un lado y guarda el violín-. “¿De verdad le parece a usted, no cree que ya es demasiado con ese aeroplano que en dos horas y media, nada menos que en dos horas y media, ha cruzado el mar de Cayo Hueso a La Habana?...” –la mujer deja de hojear la revista, la pone a un lado-. “No, señora, no… ¿Cómo va a ser demasiado, si hasta el mismísimo Domingo Rosillo, el piloto que ha protagonizado la hazaña, ha declarado que estamos en el alba de la aeronáutica?...” -el hombre desdobla las mangas de su camisa, ajusta los puños, extrae un frasquito de uno de los bolsillos de su chaleco, quita la tapa, se lo lleva a la nariz, aspira una y otra vez, lo cierra. “A veces tengo la impresión de que me voy a ahogar… Es el trópico, señora, no acabo de acostumbrarme…”. Camina hasta un secreter que escoltan dos maceteros con helechos. Abre uno de los cajones. Saca un cartapacio. Hojea los papeles que contiene. Lo entrega a la mujer. “Ahí tiene usted todos los documentos… Le incluyo una carta del más antiguo propietario que se le conoce, un caballero mallorquín que conoció a Chopin en aquella isla… Dicen que el dueño del instrumento no era más que un impertinente entre campesinos poco civilizados… Bueno, impertinente pero con mucho dinero, porque si no… ¿cómo tener un violín de Cremona?...” –en una butaca de cuero repujado acomoda su cuerpo más bien escuálido-.  “Vaya, no será un Stradivari, pero es un Amati de pura sangre, si me permite la metáfora equina… Tiene factura impecable en todas sus partes, la madera ha sido seleccionada con el más riguroso esmero, por no hablar del barniz que advierte una resina del más provecto linaje… Esto es digno de alguien a la altura de, por ejemplo, a ver… Ya, ya: claro está… A la altura de un violinista como Brindis…” La mujer lo interrumpe: “Pues de eso se trata, Umberto, de eso mismo se trata: de un violín para el Maestro…”. “¿Para Brindis de Salas, señora?...” –abre los ojos pasmado-. “Sí, para él mismo, bueno, para una estatua…”. El asombro no cesa: “¿Pero este Amati lo van a poner en una estatua?...”. La mujer sonríe, abre su cartera, se levanta y le entrega un sobre. “Ahí tiene la cantidad convenida… No, no se preocupe, que el violín jamás será ni remotamente dañado… Sucede que voy a encargar una escultura que reproduzca a Brindis de Salas, y el artista, un amigo de mi hijo, necesita este instrumento para los detalles de su labor… Bueno, la verdad es que pidió un Stradivari, pero según lo que usted acaba de decir…”. El hombre, al erguirse rápidamente, da la impresión de que un resorte oculto lo lanzara hacia delante: “Ese escultor sabrá de piedras y mármoles, señora, no lo dudo, pero de violines no tiene la más remota idea…” –los dedos, como poseídos por una nerviosidad repentina, tienden a arreglar el cuello de la camisa, mientras vuelve a acercarse a la mesita, para tocar la piel del estuche.  La mujer se incorpora con el cartapacio entre sus manos.  “Bien, bien… gracias por todo, Umberto… ¿Tendría la bondad de…?”. El hombre toma el estuche. “Por favor, señora, por favor… Le acompaño…”. 

Le escribes, tu madre espera la carta: “…no lo vas a creer, pero tengo una voracidad que ni yo mismo me conozco, a veces he llegado a pensar que el clima de Cuba no era el más propicio para tener apetito como Dios manda, bueno, el clima o el hecho de no sentirse uno a gusto, sin apreciar el cambio de las estaciones… Ya ni aquella pregunta de, ¿qué me importa vivir en tierra extraña…? al final del soneto de Julián del Casal, alcanza a perturbar mi ánimo… Tal parece como si solo ahora viniera a descubrir que el mundo es de verdad el mundo y que la gastronomía existe. ¿Te acuerdas lo melindroso que yo era, tus regaños constantes a las horas de almorzar y de comer? Tengo algunas libras de más, pero eso lo debo principalmente a las muchas invitaciones... El yantar en Barcelona es algo perturbador, descubres nuevos sabores, las sorpresas te convierten en incondicional de no pocos manjares, como son los platos del mar, a mí que ni siquiera  los baños en la playa me seducen… Ahora soy entusiasta de cuanto hay en sus aguas, salvo los barcos, pues designan el regreso y esa posibilidad por ahora la tengo relegada… Aquí todo lo del mar me arrebata: verlo allá lejos desde lo alto del Tibidabo al atardecer, en ese concierto de azules y grises… Me encanta olerlo cuando voy a Calella o a Port-Lligat… Qué extraño, pero este mar parece otro y no lo es…  Bueno, estoy divagando… Sí, prefiero devorarlo, y no se trata de simple y llana gula, sino de algo más bien enraizado en el espíritu… ¿Te imaginas un mediodía de domingo, con tus convidados de siempre -el doctor Bernardo, el anticuario Umberto, el padre Julián-, a la espera de un almuerzo con los pescados mediterráneos al horno?... Cuánto me encantaría verles ante esas fuentes de la cocina catalana en las que, horneadas con sofrito que no abusa del tomate, haciendo gala de un aceite que más parece oro viejo, las carnes del dentón, el mero y la dorada son como una santísima trinidad... Por cierto, al mar de esta región debo el encuentro con la persona más indicada para tu encargo, un escultor que no solo se dedica a trabajar con pedernales de variado tipo, sino también pinta unas acuarelas muy sugestivas con bañistas, botes, anclas, sirenas y pulpos. Fue precisamente en una exposición de marinas que le conocí, se llama Miquel y hemos hecho buena amistad. En el taller suyo, un antiguo claustro más bien espacioso para su ánimo recoleto, ubicado en los alrededores de la Sagrada Familia,  solemos conversar de lo humano y lo divino. Me ha dicho que le complacería hacer la escultura de Brindis de Salas. El ajuste que pide, sin ser una friolera, no llega a ser excesivo y creo está al alcance de tu peculio… Claro, por lo demás, necesita alguna fotografía del maestro y también un violín, de ser dable un Stradivari para que, según sus propias palabras, todo sea tan real como fue…”. 

Los números y el nombre que apenas pueden verse a un lado de la flor, como si fueran una extensión de la fronda en el bordado, le obsesionaron desde que los descubrió: Salomón 1, 2. Otro nombre, pero en un extremo,  no le atrajo tanto, pues tal vez era el apelativo de la bordadora: Amiel.  Pero en cuanto a los primeros, no podía haber dudas: provienen del Cantar de los Cantares, allí donde se advierte que A más del olor de tus suaves ungüentos, Tu nombre es como ungüento derramado; Por eso las doncellas te aman… Se trataba de una conjetura bien asentada: que la achicoria formara parte de los atributos del hijo de David y Betsabé en sus recámaras. “¿Estoy o no en lo cierto, padre Julián?...” –se para a un lado del brocal del pozo, la humedad lo inunda todo en aquel jardín a la sombra de almendros, laureles y framboyanes, el gorjeo continuo de sinsontes y gorriones, el murmullo lejano de la ciudad-. “Sin dudas, hija mía, sin dudas… Ha llegado a una atinada conclusión. In saecula saeculorum. Si me atengo a lo que sabemos sobre esa flor, la bordadora quiso asociar la gracia del rey Salomón a las cualidades de la achicoria. Jure et facto. El mejor ungüento para las alteraciones cutáneas… Bueno, en este caso para una piel quemada sabe Dios por cuáles ardores. Cuique sum” –el sacerdote respira hondo, la nariz que busca alguna fragancia, la sotana negra como un cuervo entre tanto verdor-. “Entonces, ¿qué le parece si mando a poner una inscripción con la cita del Cantar…, en una placa de bronce, para fijarla en la base?” –la mujer reinicia el paso,  al lado su acompañante roza  los arbustos que bordean la senda, casi absorto en la vegetación que parece acordonarles-. “Muy bueno… muy bueno: evitar cualquier especulación al margen de tan benigno recordatorio. Quod erat demostrandum… Por cierto, no estaría nada mal ubicar alrededor unos bancos, algo así como un sitio para conversar. Nemine discrepante…” –el clérigo detiene sus pasos y la mira fijamente-. “Pues así será, padre Julián, así será… Por lo pronto,  mi hijo ha contratado a un artista catalán de renombre, incluso ya le he enviado el violín que pidió para mayor veracidad a la hora de esculpir…”. 

Lees: te atrae el lenguado Marguery, mientras Miquel prefiere  la escudella catalana: “…imagínate, es como si las carnes de cerdo y buey conquistaran los dominios de garbanzos y judías”... Disfrutan la tarde en aquel restaurante de excelencias, con mantel de hilo, cubiertos de plata y vajilla de Limoges, a la vuelta de la Rambla Canaletas. Su amigo suspira: “Qué cosas trae la vida: unos disparos en Sarajevo se cargan  al archiduque y a su esposa, para que los soldados del káiser vengan a descubrir lo que es la flora suramericana...”. Observas la decoración del lugar, temas mitológicos del Mediterráneo para la buena digestión: “Me encanta este ambiente… No sé, es como estar a la vuelta del Paseo del Prado…”. El otro lo interrumpe con sorna: “Y eso que  no extrañas La Habana, vaya Dios…”. Él sonríe.  Antes que el maître venga a tomar la orden, su amigo abre de nuevo la carta y parece leerla: “Si no es por esa idea tuya del violín, no sé de dónde habría salido el dinero para empezar el negocio… ¿Sabes una cosa?... El alemán me ha contado que hasta el mismísimo káiser, cuando está deprimido, no duda en pedir una ración…”.

Ginebra puede resultar demasiado severa para un hombre del trópico. De todas formas, hay algo que te cautiva: tal vez el rumor de las fuentes y las callejuelas escarpadas de la Vieille Ville, invitando a la caminata. Es entonces que te parece escuchar el Concierto para violín de Mendelssohn: recuerdas la ligera y depurada cadencia que alcanzaba la digitación de Joseíto Juai, su pulido fraseo aquella tarde de mayo en el Conservatorio Nacional de París, a donde  recién llegabas con el ímpetu de tus veinte años. En ello piensas mientras, a un lado y a otro, las tiendas ofrecen alfombras, bastones, candelabros, relojes, vasos… Aquí un libanés con baratijas y tejidos, allí un sefardí con libros y cuadros… Poco a poco te acercas a la rue Amiel, a la casa del maestro Salomón en el piso 2 del número 1. Se trata de un viejo orfebre a quien deseas encargar una joya que tenga la forma de una achicoria. 

“Que no lo dude su excelencia, es de la mayor calidad…” –el joven oficial abre la cajita y se la muestra por encima de papeles, mapas y lápices dispersos sobre un tapete verde, que ocupa buena parte de una mesa larga, como de refectorio. El anciano general se ajusta el monóculo en su ojo derecho: un polvo blanco y reluciente, urdido en una suerte de pequeños cristales, por momentos le recuerda la apariencia del algodón pero con suaves reflejos. Lo palpa con la punta de los dedos: “Parece talco… -se queda absorto un instante mientras busca otro símil- …algo así como seda artificial…   Vaya, qué extraño,  tenía entendido que la hoja era verde…”. El otro sonríe. “Desde luego que sí, excelencia, la hoja de coca es verde, allá en la selva… Pero si me permite, le explico…”. El interpelado asiente con un leve movimiento. “Sucede que muchos de los productos obtenidos en la química orgánica conservan esa refulgencia árida que usted distingue… Al potenciar por reducción, no queda ningún resto del original”. El anciano se quita el monóculo, toma una lupa y mira con detenimiento, mientras vuelve a asentir. “Ya sabía yo, mi querido alférez, que el gran Humboldt tenía muchísima razón…” -se arrellana en la butaca de cuero negro y extiende las piernas bajo la mesa, mientras que al otro lado su interlocutor vuelve a sonreír- “…las cotas de rendimiento que alcanzaban sus guías en Los Andes, masticando las hojas,  lo maravillaban: ni cansancio, ni apetito, ni pesadumbre…”. Cierra la cajita y la devuelve. “¿Podemos fiarnos con toda seguridad  del proveedor?”. El joven oficial guarda la cajita en uno de los bolsillos de su guerrera. “Totalmente, excelencia, totalmente… Directo desde el Perú hasta Barcelona… Luego, con el mayor cuidado, se trasladarán los paquetes a Port Bou y allí los recibirán nuestros agentes de la operación…” El anciano lo interrumpe abruptamente mientras los ojos azules, ya lacrimosos, se iluminan: “Humboldt, querido alférez, Barón Alexander Von Humboldt… No lo dudó ni un instante nuestro amado Káiser Guillermo II, generalísimo de la guerra, cuando le propusimos el asunto: él mismo fue quien la bautizó como Operación Humboldt… Fíjese que hasta el comandante supremo del ejército, el mariscal Von Hindenburg, afirma que algunas de sus decisiones más venturosas provienen de... Bueno, bueno… Lo importante es que nuestros pilotos de combate ya la están consumiendo, y no solo los que andan algo flojos de nervios, hasta alguno que ni soñaba con la Cruz de Hierro ya muy pronto la llevará sobre su pecho…” –toma un lápiz y observa detenidamente la punta- “… y con acciones muy afiladas… Bueno, bueno… Ya las llanuras de Flandes y las rutas de Lorena saben lo que es el fuego de la aviación imperial…” –ahora traza un círculo en el aire y de pronto lo mira a los ojos-.  “¿No le parece a usted que todo esto, mi querido alférez, resulta como una rara comunión espiritual entre guerreros incas y caballeros teutónicos?...”. 

El doctor Bernardo pone la servilleta a un lado, saca del bolsillo interior del saco una tabaquera de piel, la abre y escoge un habano. Se lo acerca a la oreja derecha y lo voltea entre los dedos. Huele. “Esto sí que parece obra de Dios en el séptimo día”… Enciende un fósforo y se explaya en la ceremonia con fruición. “No hay que exagerar, doctor,  nec plus ultra…” –el cura paladea el coñac en una pequeña copa-.  “Parece que el doctor es todo un sibarita, padre Julián… ¿será pecado mortal?...” –Umberto se queda a la espera del veredicto, para seguir saboreando el pudín bañado en su caramelo-. “No, no hay que tenerlo por un pecador ni mucho menos, son pequeños deslices que podemos vigilar, ad pedem litterae…”. María Amalia observa desde la cabecera: “Bueno, mis queridos amigos, si esa guerra no acaba pronto… Me cuenta mi hijo en sus cartas que Europa está desangrada, aunque a España bien la salva  su neutralidad… Por otra parte,  el escultor ya está trabajando con mármol de Carrara, cosa difícil de obtener en tiempos tan dolorosos, supongo…” -los convidados asienten-. “Bien,  les invito a ver lo que ha hecho mi jardinero con posturas de achicoria, ha logrado los contornos de un violín…”. 

Cubierto por una lona, amarrado con soga a los extremos, el bulto ha sido colocado en el fondo del galpón. Los cuatro porteadores han hecho equilibrios para bajarlo del coche, pues más que ganapanes al uso, parecen sobrevivientes de algún naufragio. A la luz de una vela engastada en la boca de una botella, reciben el pago por la faena. Se guardan las monedas y  dicen por lo bajo “gracias”. Cuando los pasos de sus alpargatas van alejándose, vuelve el canto de los grillos a adueñarse del ambiente. Las dos siluetas se acercan al bulto. Ponen el improvisado candelabro encima de un tonel. Con un cuchillo cortan las ataduras y al caer la lona queda ante ellos la escultura, más que blanca, amarillenta. Es un violinista tocando su instrumento,  con un turbante en la cabeza, el cuerpo insinuado entre las ondulaciones de una túnica. “El rostro se asemeja bastante, pero más bien lo que parece es un moro…” –acerca la botella con la vela-. “Por Dios, pero si apenas nos ha costado unas pesetas… Estaba abandonada en los alrededores de un parque…”. “Sí, está bien, pero mi madre…”. “Nada, le explicas que en la corte del káiser  los músicos  se presentaban siempre con vestuarios exóticos…”.    

Muy pocas pertenencias había dejado al morir en medio de tan espantosa penuria: cartas, programas de conciertos, partituras, recortes de periódicos, que ahora adquieren singular valía por el recuerdo de tantas conversaciones, cuando el músico desgranaba los años de gloria para él, su confidente, un novato cronista de la prensa porteña, el único amigo en aquellas soledades. En el hospital se los han entregado, cumpliendo la última voluntad del fallecido. Ya se marcha, llevando los papeles dentro de la carpeta, cuando una enfermera lo alcanza, casi al borde de la escalera.  “Mire… el señor Brindis encomendó que se lo diera…”. Por un momento está desconcertado. Toma la cajita metálica que la mujer le entrega. Desciende los peldaños y se aparta. Coloca la carpeta al lado de una jardinera. Abre el  estuche. En su interior, una pequeña tarjeta, con  la caligrafía que tantas veces ha visto: En Ginebra la rue  Amiel,  el piso 2 del número 1, el maestro Salomón, para que haga llegar a la persona que él conoce. Envuelto en tela muy fina, un pendiente a manera de flor, los pétalos de zafiro y las hojas de oro: una achicoria como joya. 

“Estamos tratando de recoger la otra carga convenida, su excelencia,  pero la situación en el teatro de operaciones es grave, resulta muy difícil atravesar Francia en estos momentos, las rutas del macizo central están prácticamente cortadas, las trincheras son el infierno…” -el joven oficial, nervioso, trata de encontrar una explicación convincente- “…hemos valorado enviar un submarino a las cercanías de Port Bou, para que un comando se desplace  a recoger los bultos, pero el golfo de León lo controlan los franceses… es prácticamente imposible…”. El anciano general lo interrumpe moviendo la mano derecha. “No, de ninguna manera quiero oír la palabra imposible, mi querido alférez, olvídela, entiérrela…” –se levanta del butacón de cuero negro, camina hasta el mapa que está desplegado sobre una pizarra, lo observa- “…hay que hallar una vía...” –gira sobre sus talones- “…¿se imagina lo que es el vuelo de un biplano sobre ese infierno de trincheras, como usted ha dicho, pilotear un fokker y disparar con una ametralladora a la vez, en el caso de que vaya solo y no lleve artillero?”. El joven oficial parpadea. “Cierto, excelencia, no me imagino…”. “Pues no hablemos más del asunto y encárguese usted mismo de la misión, haga que ese maldito polvo acabe de llegar a nuestros pilotos…  Y de paso, mi querido alférez, a ver si se gana la Cruz de Hierro”.  

Le parece imposible que reine la primavera, pues  su cuerpo presiente el otoño, recién llegado del hemisferio austral a Marsella, luego de veintitantos días en alta mar y ahora  en tren hasta Suiza. La guerra terminó y el paisaje, tras el armisticio, le revela una Europa  ajena a los sueños de teatros y museos que le han acompañado, junto con el encargo de su amigo, aquel violinista cubano cuyos relatos lo encandilaban. En Buenos Aires, unos parientes le han dado la dirección de un matrimonio argentino, residente en Ginebra con sus dos hijos, los Borges. A la casa de ellos se dirige este domingo de mayo. 

Camina firme evitando los charcos, las pisadas con cuidado para que el fango no ensucie los zapatos ni los bajos del pantalón. Un joven elegante con su traje gris. A cada lado le acompañan tres soldados con los fusiles en bandolera. Al frente va el oficial que lo interrogó anoche por última vez y poco más atrás un capellán. Las primeras luces del alba se extienden cuando lo amarran a un poste de concreto en medio del baldío. El sacerdote se acerca a él y comienza la lectura de su breviario. Al término,  conversan brevemente. El oficial, a varios metros, enciende un cigarrillo, en tanto los soldados esperan   la orden. El cura regresa. “¿Qué le ha dicho…?”. “Que muere al servicio de su majestad imperial el káiser Guillermo II…”. El militar exhala el humo y arroja la colilla: “Bien dijeron en París que este alemán de mierda andaba en algo raro, que el polvo era una sustancia para fabricar  explosivos…”. El sacerdote se persigna: “Dios asista…”. “Bueno, terminemos ya...”.   

El primer sobrecargo te da la bienvenida en la escalerilla, esa tarde de agosto en que  la temperatura de Barcelona la asemeja a algún paraje de las regiones tórridas. Resulta imposible distinguir a alguien entre los cientos de personas que agitan sus manos desde el muelle de los trasatlánticos, bajo el sotechado de Pinillos. Han pasado diez años desde que llegaste para estudiar una carrera y ahora regresas a Cuba como próspero comerciante. Mientras el mayordomo acomoda tus enseres en el camarote de primera, en clase de lujo por si fuera poco, de alguna parte llegan las notas de un violín. La escultura va en algún rincón de las bodegas, en ese vapor que se llama como la virgen de la Rioja, Valbanera. 

Casi bordea los veinte años, aunque tal vez los espejuelos le dan un aspecto diferente, un bachiller de mirada seria que por momentos parece tímido. La muchacha es vivaz y risueña, más jovial que su hermano. Durante cuatro años, los de la guerra, han vivido en Ginebra con sus padres. El ha hecho suya, entre otras cosas, la lengua alemana, mientras ella dibuja con gracia y rapidez, cosa que le valió ingresar cómodamente en la Escuela de Bellas Artes. Norah y Georgie –que así le dicen a Jorge Luis- le acompañan esta mañana a buscar el piso 2 del número 1 en la rue Amiel. Zapatean por varios lugares hasta encontrarlo. Pero allí  no vive ya el maestro Salomón: murió muy viejo hace un par de años, según le dicen los nuevos inquilinos. Entonces  cuenta a los jóvenes la encomienda que lo llevó a aquel lugar. Al muchacho se le iluminan los ojos tras los lentes: “Pero es casi un poema… Más que esta flor, diría que es una rosa inalcanzable…”. Los hermanos intercambian miradas, mientras él saca el estuche de un bolsillo interior del saco y lo abre. Les muestra la joya a los jóvenes. “Bueno, si ya no hay manera de que llegue a su destinatario… Creo que Brindis no desdeñaría que se convirtiera en verso… O en recuerdo de este encuentro… No sé… ¿Podrías conservarlo contigo, Georgie?”. 

Aquella tarde de septiembre de 1919 en La Habana, los estragos del ciclón se extendían por todas partes: veo árboles arrancados, tejas dispersas por jardines y yermos, puertas y ventanas destrozadas, paredes que se han venido al piso. María Amalia de las Mercedes insiste en contemplar el horizonte, divagando con sus monólogos que, en voz alta, más parecen letanías. Rompen muy cerca las olas y tres hombres aguardan  en silencio. Nunca sabrán que, al noreste de aquellas costas, cubiertos por  arenas movedizas en un lugar cercano a Cayo Hueso llamado el Bajo de la Media Luna, a escasos metros de profundidad, los restos del Valbanera dormirán el sueño de su leyenda, acompañados por las notas de un violinista sumergido, un beduino de salón que casi llega a ser la reencarnación en mármol de Claudio José Domingo Brindis de Salas en un reino de achicorias.

Eugenio Marrón Casanova (Holguín, 1953) es poeta y ensayista. Se desempeña como profesor de Literatura en la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual, en la filial del Instituto Superior de Arte en Holguín. Entre sus últimos títulos publicados figuran El oro del tiempo y La palabra compartida.

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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