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…el amor perfecto y breve
como un soneto de Góngora,
la
certeza fatal (pero rabiosa dentro de la
fatalidad) de
que
solo se vive una vez.
Roberto Bolaño
(Estrella distante)
Cuentan que María Amalia de las Mercedes
era de una belleza florida, extraña
definición, pero fue lo que me contaron.
También lo de viuda muy joven, una casa
grande rodeada de jardines, los bienes
de su padre. Una mirada tórrida, otra
expresión para el retrato, oí que
decían. Y un hijo, el de ella. Aquellas
cosas pesaban mucho el 6 de junio de
1911, cuando la muerte de Claudio José
Domingo Brindis de Salas apareció en la
prensa habanera. Había ocurrido cuatro
días antes en un hospital de Buenos
Aires, donde el gran violinista,
tuberculoso y arruinado, al borde de los
sesenta años de edad, tuvo el último
momento de una vida sin sosiego que lo
llevó de La Habana al Conservatorio de
París y a los salones de Berlín, para
ser músico de cámara del káiser
Guillermo II, campante con sus títulos
de Caballero de Brindis y Barón de
Salas. Pero la mañana de aquella
noticia, en una visión que —estoy
seguro—tuvo María Amalia, el fallecido
volvía a ser el príncipe negro que
descorchaba una botella de champaña
entre aplausos. Ella era entonces una
adolescente junto a su padre, al término
de un concierto. Todavía parecían flotar
los acordes de la Barcarola en el salón
de los espejos, con los ventanales
abiertos a lo largo de la galería para
que corrieran las brisas del paseo
marítimo, mientras las damas se
abanicaban en pleno cotilleo, cuando
María Amalia recibió aquella sorpresa al
acercarse su padre a Brindis de Salas,
de espaldas colocando una copa
vacía sobre la bandeja que sostenía
un sirviente. Le puso la mano en el
hombro: “Por Dios, cuántos años…”. El
violinista se viró y al verlo fue el
abrazo: “Qué contento más grande, Virgen
Santísima…”. Los dos se contemplaban
–los contemplo- con alegría y
exclamaciones de cariño recíproco.
“Mira, mi hija ha venido a aplaudirte…”.
El músico hizo una inclinación:
“Encantado, señorita…”. Se alejó un poco
para mirarla y volvió a acercarse.
“Disculpe, pero es como si su rostro me
recordara otro rostro, sus ojos…”. La
joven se sonrojó, en tanto el padre lo
miraba atentamente. El músico movió la
cabeza a un lado y otro -¿la mirada
tórrida que decían, tal vez?- con una
leve sonrisa: “No, no… nadie en
particular, tal vez una impresión…”.
Extrajo del interior de su chaleco un
pañuelo de holán con una flor azul
bordada –un gesto más bien de
prestidigitador-: “¿Conoce esta flor?”.
La respuesta de María Amalia fue
vacilante: “No...”. “Es una achicoria.
Cuando Ricardo Corazón de León y sus
hombres se fueron a la Tierra Santa,
todavía no era una achicoria, sino una
muchacha… Aguardando a que un cruzado
muy querido regresara, terminó por
convertirse en flor…” –por unos segundos
estuvo con la respiración en vilo-. “Es
precioso el bordado…” –la joven observa
y yo también: hay excelencia en las
puntadas-. “Sí… fue regalo de una amiga
en Baviera, hace mucho tiempo, y con
él esa leyenda…” -sonrió- “… lo cierto
es que son tantas las remembranzas…
Bueno, me gustaría que lo conservara
como una ofrenda de amistad…”. Miró al
padre de la joven: “Y también como
testimonio del afecto que siento por
ti…”. María Amalia tomó el pañuelo. Los
dos hombres se volvieron a abrazar. El
padre iba a decir algo, pero él lo
contuvo moviendo su mano derecha: “No,
no, no… por favor, nada de cumplidos,
tan solo guárdenme en el recuerdo…”.
Desde entonces, el pañuelo de Brindis de
Salas fue como un talismán, conservado
por María Amalia junto a un daguerrotipo
del músico dentro de un cofre de sándalo
–¿un regalo persa, un aroma salido de
algún verso de Omar Jayyám?-. Pero esa
mañana de junio, más que el distante
concierto y la ocasión en que fue
obsequiada con el bordado, María Amalia
de las Mercedes, con el periódico
todavía en su regazo, tuvo la
premonición de que la figura del
violinista, su levita de corte impecable
y la mirada errante, tocando tal vez las
últimas notas de la Barcarola, esculpida
por las mejores manos en –digamos lo que
diría un cronista- “el arte de hacer
hablar el mármol”, un día tendría su
estatua rodeada de achicorias: la flor
de Brindis, la suya también.
“Decía Claudio Galeno que era la amiga
del hígado…”. Se balancea pausado en el
mimbre elegante, la sortija de oro con
rubí en el anular derecho, los dedos
carnosos casi envolviendo el tabaco
mientras inhala una bocanada de humo.
Mira a la mujer sentada frente a él, en
una mecedora similar a aquella donde se
acomoda su figura opulenta. Por un
momento le parece que el lugar donde
conversan anda extraviado, como si la
fumada lo convirtiera en navegante sin
brújula. Exhala las volutas despacio.
“Ah… qué maravilla este Ramón Allones…
No en balde la Real Casa de España lo ha
preferido siempre por encima de
cualquier otra marca”. En la mesa, un
cenicero de cristal de bacará que
reproduce un delfín con la boca
abierta, convida a depositar las
cenizas. “Bueno, bueno… ¿Le hablaba de
Galeno, verdad?... Siempre he sospechado
que los banquetes que se gastaban Lucio
Vero, Marco Aurelio y Cómodo, todos
pacientes del ilustre griego, mal
parados dejaban el estómago y el
intestino… ¿Se imagina usted?... Después
de aquellas noches de Roma, había que
estimular las funciones hepática y
biliar, los riñones, el metabolismo…”
–vuelve la inhalación, pero esta vez
rápida, como para tener la certeza de
que no está soñando-. “Entonces era el
turno de la achicoria, doña María
Amalia, la achicoria de raíz fresca
hervida en agua… Después, a beberla en
extractos…
Ah… ¿cuánto habrá de ella en
las Meditaciones de Marco Aurelio,
cuánto que no sabemos?... A mí, por lo
menos, me parece que eso de Toma sin
orgullo, abandona sin esfuerzo es una
sentencia que el emperador solo pudo dar
luego de disfrutar un zumo de
achicoria…”. Se levanta con impulso que
le provoca un jadeo casi de sobresalto
y camina despacio hasta el borde de una
ventana grande que abre sus hojas a una
glorieta. Observa las plantas
diseminadas en tiestos de diverso
tamaño, a la sombra de una pérgola. Gira
sobre sí mismo y mira a la mujer. “Y no
hablemos de tratamientos para la anemia
y la diabetes…” –por momentos lo asalta
la idea de un público imaginario en
algún paraninfo- “…y de su capacidad
depurativa y diurética hay testimonios
muy elocuentes… ¿No recuerda usted la
historia de aquel oficial del ejército
francés, cuando la toma de Marruecos?...
Lo encontraron extraviado en unos
arenales, con la epidermis abrasada por
el sol, el vientre inflamado como un
tambor… Tuvo la suerte de que un
berebere le aplicara compresas con la
achicoria bien macerada y le diera a
ingerir la infusión… Al cabo de los
días, casi parecía un niño, señora, un
niño rozagante” -continúa moviéndose por
la sala entre jarrones y mamparas-. “¿Y
antes de Galeno, no hay noticias de la
achicoria, doctor?” -la mujer detiene el
balanceo-. “Pues claro que sí, doña
María Amalia, claro que sí… Y noticias
muy bien documentadas: la achicoria era
tenida como un antídoto infalible por
los médicos del faraón, según lo
relacionado en un papiro… Si mal no
recuerdo, fue en la Dinastía Dieciocho
del antiguo Egipto” -vuelve a acomodarse
en la mecedora, de nuevo inhalar y
exhalar el humo como un rito
auspicioso-. “Los antiguos placeres en
el Valle del Nilo dieron paso a la idea
de mover las fronteras, conquistar
nuevos territorios…” –sus ojos
centellean-. “Pero claro, claro…
Mire,
ahí tiene usted cómo hasta en las
ambiciones faraónicas podemos encontrar
los dominios de la achicoria…” -otra
bocanada, cierra y abre los ojos-
“…claro, claro… Bendito sea Dios” –el
gozo de la rememoración parece
colmarle-. “Entonces no estaría mal
suponer que hasta Napoleón muy bien
conocía sus virtudes…” -la mujer se
acaricia el lóbulo derecho donde brillan
los dorados de una dormilona-. “¿Qué le
hace suponerlo, doña María Amalia?”
-coloca el tabaco en la boca del delfín,
extrae un pañuelo, lo pasa por la
frente-. “Bueno, doctor, se sabe que los
oficiales de Bonaparte, durante la
campaña de Egipto, encontraron muchos
papiros y es seguro que, luego de
descifrarlos, le harían saber las
bondades de la achicoria…” -ahora es el
lóbulo izquierdo, la otra dormilona-.
“No, doña María Amalia, no es así como
lo imagina…” –de nuevo se levanta, paso
a paso hasta un espejo que le devuelve
la silueta abultada, el traje blanco con
chaleco y leontina, la tez rosada, los
ojos pardos, el pelo castaño que se
rinde ante las canas- “…el papiro que da
cuenta de la achicoria no lo encontraron
los franceses, fue un descubrimiento
alemán, lo hizo George Moritz Ebers…”.
El rostro de María Amalia parece
alumbrarse: “¿Se trata del autor de
Serapis y Una hija del rey de
Egipto?...” -pregunta con sobresalto-.
“Ese mismo, señora, ese mismo, el gran
Ebers, arqueólogo y novelista…” –vuelve
moroso al asiento-. “Por Dios, qué
memoria la suya… Bueno, la cuestión es
que Ebers encontró ese papiro en la
ciudad sagrada de Tebas, en una de sus
excavaciones, y luego lo publicó…”.
María Amalia se levanta, el vestido
beige de encajes que sobrepone pliegues
a otros pliegues. Sonríe. Desaparece la
sonrisa y un gesto de autoridad la
sustituye: “Muy bien, mi estimado doctor
Bernardo, muy bien… Estas cosas hay que
tenerlas bien aprendidas… –se desplaza
por la saleta, las manos a la espalda,
el busto erguido-. “No es el capricho de
hacer un jardín por hacerlo…Lo que yo
quiero es algo así como un rincón para
meditar sobre lo fugaz de la vida…”.
Retorna a su asiento, el hombre aguarda.
Ahí está la mirada tórrida que decían,
el índice derecho casi sobre los labios.
“Por eso hay que recalcar en lo
permanente del alma, doctor, hay que
insistir en su trascendencia…” –el dedo
desciende con lentitud y apunta al pecho
de su interlocutor, los ojos llameantes-
“…un lugar dedicado a estas cosas… Por
ello mi afán por conocer hasta el más
mínimo detalle de la achicoria…” –vuelve
a incorporarse, da unos pasos- “… la
achicoria rendida a los pies de una
estatua que se le parezca con toda
exactitud… No, no, no, no… Perdón… Me
equivoco… Que sea él mismo en persona…
De carne y hueso en mármol puro”.
Comienza la primavera y amanece. Te veo
insomne y cómo desde la cama observas,
por primera vez, el cuadro que el balcón
semiabierto ofrece: las montañas blancas
del Karwenden se descubren al fondo,
recortadas sobre un cielo donde el gris
cede al morado, que a su vez abre paso a
unos destellos en busca de claridades
extremas. La estufa apenas calienta,
unos pedazos de leña aún sobreviven. Sé
que vas a levantarte desnudo, sobre la
espalda una manta. Das diente con
diente, la frialdad no ha mermado.
Caminas descalzo hasta la balaustrada y
desde allí la superficie del lago
Krün-Gerald te devuelve las cumbres
entre la nieve. Cierras los ojos y estoy
seguro
de
que recuerdas la fiesta en casa
de doña Narcisa, el día de tu debut: un
niño de ocho años, enjuto y grácil, con
la mirada atónita, afinando el violín,
los acordes sostenidos con facilidad. Se
me ocurre que mucho antes de la ovación,
de que las mujeres allí reunidas
tejieran para ti una corona de laurel
con broches de oro, fue la visión
deslumbrante de esas alturas tan
blancas, aquella tarde lejana en una
antesala habanera, gracias al primor de
un artista anónimo cuya litografía
colocaba los picos alpinos casi al
alcance de las manos. Tu padre lo dijo
al verte ensimismado ante la estampa:
“Si Dios permite, irás a esos lugares…”.
Abres los ojos y regresas a la cama.
Levantas la frazada para descubrir ese
cuerpo en el que la blancura es un
trasunto de la nieve, sus piernas
abiertas como en un descuido, los vellos
del pubis que se te antojan la
vegetación de un paraje inexplorado, tu
boca que escudriña en la floresta, los
sabores del bosque que inundan tu
saliva. Ella sonríe y se despierta y
deja que tu lengua siga en lo suyo –un
instante inacabable, un violín que suena
en tu cabeza mientras tu lengua…-.
Después te reclinas en la cabecera. Veo
que la ves incorporarse, sus senos
pequeños coronados por un rosado que
casi ahora mismo veías en el cielo del
alba, sus pezones firmes como la cima de
los Alpes en aquel grabado de tu
mocedad. Sus manos buscan en el amasijo
de almohadas donde la tibieza aún
convida: sé cuánto te gustan sus dedos
largos para ser besados, mordidos
levemente, una vez más recorriendo tus
vértebras al borde del abismo. Y
entonces un pañuelo de Holanda con una
flor recamada aparece entre las sábanas.
“Ver para juzgar, señora, ver para
juzgar…” -la canícula del mediodía hace
que la reverberación convierta las
trepadoras en una mixtura de
tonalidades, cambiando del amarillo al
verde. Cubren la tapia que oculta al
tronco del framboyán, el ramaje de luces
por encima-. “¿Quién se lo hubiera dicho
al divino Leonardo cuando dibujaba su
artilugio volante, quién se lo hubiera
dicho?...” –toma el violín con la mano
izquierda, lo sostiene por el mástil,
la mano derecha con un pedazo de gamuza
que desliza por la caja de resonancia,
de arriba a abajo, de abajo a arriba…-
“y eso no es nada, señora, para las
cosas que vendrán…” –el roce sobre la
madera, más que anhelo de cariño,
advierte ritual de perfección- “…pues
dicen que apenas estamos en el comienzo
de una época donde todo será cada vez
más de prisa, imagínese usted, la vida
en tropel…” –coloca el instrumento sobre
una mesita cubierta con un tapete de
crochet, abre el estuche que reposa a
un lado y guarda el violín-. “¿De verdad
le parece a usted, no cree que ya es
demasiado con ese aeroplano que en dos
horas y media, nada menos que en dos
horas y media, ha cruzado el mar de Cayo
Hueso a La Habana?...” –la mujer deja de
hojear la revista, la pone a un lado-.
“No, señora, no… ¿Cómo va a ser
demasiado, si hasta el mismísimo Domingo
Rosillo, el piloto que ha protagonizado
la hazaña, ha declarado que estamos en
el alba de la aeronáutica?...” -el
hombre desdobla las mangas de su camisa,
ajusta los puños, extrae un frasquito de
uno de los bolsillos de su chaleco,
quita la tapa, se lo lleva a la nariz,
aspira una y otra vez, lo cierra. “A
veces tengo la impresión de que me voy a
ahogar… Es el trópico, señora, no acabo
de acostumbrarme…”. Camina hasta un
secreter que escoltan dos maceteros con
helechos. Abre uno de los cajones. Saca
un cartapacio. Hojea los papeles que
contiene. Lo entrega a la mujer. “Ahí
tiene usted todos los documentos… Le
incluyo una carta del más antiguo
propietario que se le conoce, un
caballero mallorquín que conoció a
Chopin en aquella isla… Dicen que el
dueño del instrumento no era más que un
impertinente entre campesinos poco
civilizados… Bueno, impertinente pero
con mucho dinero, porque si no… ¿cómo
tener un violín de Cremona?...” –en una
butaca de cuero repujado acomoda su
cuerpo más bien escuálido-. “Vaya, no
será un Stradivari, pero es un Amati de
pura sangre, si me permite la metáfora
equina… Tiene factura impecable en todas
sus partes, la madera ha sido
seleccionada con el más riguroso esmero,
por no hablar del barniz que advierte
una resina del más provecto linaje… Esto
es digno de alguien a la altura de, por
ejemplo, a ver… Ya, ya: claro está… A la
altura de un violinista como Brindis…”
La mujer lo interrumpe: “Pues de eso se
trata, Umberto, de eso mismo se trata:
de un violín para el Maestro…”. “¿Para
Brindis de Salas, señora?...” –abre los
ojos pasmado-. “Sí, para él mismo,
bueno, para una estatua…”. El asombro no
cesa: “¿Pero este Amati lo van a poner
en una estatua?...”. La mujer sonríe,
abre su cartera, se levanta y le entrega
un sobre. “Ahí tiene la cantidad
convenida… No, no se preocupe, que el
violín jamás será ni remotamente dañado…
Sucede que voy a encargar una escultura
que reproduzca a Brindis de Salas, y el
artista, un amigo de mi hijo, necesita
este instrumento para los detalles de su
labor… Bueno, la verdad es que pidió un
Stradivari, pero según lo que usted
acaba de decir…”. El hombre, al erguirse
rápidamente, da la impresión de que un
resorte oculto lo lanzara hacia delante:
“Ese escultor sabrá de piedras y
mármoles, señora, no lo dudo, pero de
violines no tiene la más remota idea…”
–los dedos, como poseídos por una
nerviosidad repentina, tienden a
arreglar el cuello de la camisa,
mientras vuelve a acercarse a la mesita,
para tocar la piel del estuche. La
mujer se incorpora con el cartapacio
entre sus manos. “Bien, bien… gracias
por todo, Umberto… ¿Tendría la bondad
de…?”. El hombre toma el estuche. “Por
favor, señora, por favor… Le
acompaño…”.
Le escribes, tu madre espera la carta:
“…no lo vas a creer, pero tengo una
voracidad que ni yo mismo me conozco, a
veces he llegado a pensar que el clima
de Cuba no era el más propicio para
tener apetito como Dios manda, bueno, el
clima o el hecho de no sentirse uno a
gusto, sin apreciar el cambio de las
estaciones… Ya ni aquella pregunta de,
¿qué me importa vivir en tierra
extraña…? al final del soneto de Julián
del Casal, alcanza a perturbar mi ánimo…
Tal parece como si solo ahora viniera a
descubrir que el mundo es de verdad el
mundo y que la gastronomía existe. ¿Te
acuerdas lo melindroso que yo era, tus
regaños constantes a las horas de
almorzar y de comer? Tengo algunas
libras de más, pero eso lo debo
principalmente a las muchas
invitaciones... El yantar en Barcelona
es algo perturbador, descubres nuevos
sabores, las sorpresas te convierten en
incondicional de no pocos manjares, como
son los platos del mar, a mí que ni
siquiera los baños en la playa me
seducen… Ahora soy entusiasta de cuanto
hay en sus aguas, salvo los barcos, pues
designan el regreso y esa posibilidad
por ahora la tengo relegada… Aquí todo
lo del mar me arrebata: verlo allá lejos
desde lo alto del Tibidabo al atardecer,
en ese concierto de azules y grises… Me
encanta olerlo cuando voy a Calella o a
Port-Lligat… Qué extraño, pero este mar
parece otro y no lo es… Bueno, estoy
divagando… Sí, prefiero devorarlo, y no
se trata de simple y llana gula, sino de
algo más bien enraizado en el espíritu…
¿Te imaginas un mediodía de domingo, con
tus convidados de siempre -el doctor
Bernardo, el anticuario Umberto, el
padre Julián-, a la espera de un
almuerzo con los pescados mediterráneos
al horno?... Cuánto me encantaría verles
ante esas fuentes de la cocina catalana
en las que, horneadas con sofrito que no
abusa del tomate, haciendo gala de un
aceite que más parece oro viejo, las
carnes del dentón, el mero y la dorada
son como una santísima trinidad... Por
cierto, al mar de esta región debo el
encuentro con la persona más indicada
para tu encargo, un escultor que no solo
se dedica a trabajar con pedernales de
variado tipo, sino también pinta unas
acuarelas muy sugestivas con bañistas,
botes, anclas, sirenas y pulpos. Fue
precisamente en una exposición de
marinas que le conocí, se llama Miquel y
hemos hecho buena amistad. En el taller
suyo, un antiguo claustro más bien
espacioso para su ánimo recoleto,
ubicado en los alrededores de la Sagrada
Familia, solemos conversar de lo humano
y lo divino. Me ha dicho que le
complacería hacer la escultura de
Brindis de Salas. El ajuste que pide,
sin ser una friolera, no llega a ser
excesivo y creo está al alcance de tu
peculio… Claro, por lo demás, necesita
alguna fotografía del maestro y también
un violín, de ser dable un Stradivari
para que, según sus propias palabras,
todo sea tan real como fue…”.
Los números y el nombre que apenas
pueden verse a un lado de la flor, como
si fueran una extensión de la fronda en
el bordado, le obsesionaron desde que
los descubrió: Salomón 1, 2. Otro
nombre, pero en un extremo, no le
atrajo tanto, pues tal vez era el
apelativo de la bordadora: Amiel. Pero
en cuanto a los primeros, no podía haber
dudas: provienen del Cantar de los
Cantares, allí donde se advierte que A
más del olor de tus suaves ungüentos, Tu
nombre es como ungüento derramado; Por
eso las doncellas te aman… Se trataba de
una conjetura bien asentada: que la
achicoria formara parte de los atributos
del hijo de David y Betsabé en sus
recámaras. “¿Estoy o no en lo cierto,
padre Julián?...” –se para a un lado del
brocal del pozo, la humedad lo inunda
todo en aquel jardín a la sombra de
almendros, laureles y framboyanes, el
gorjeo continuo de sinsontes y
gorriones, el murmullo lejano de la
ciudad-. “Sin dudas, hija mía, sin
dudas… Ha llegado a una atinada
conclusión. In saecula saeculorum. Si me
atengo a lo que sabemos sobre esa flor,
la bordadora quiso asociar la gracia del
rey Salomón a las cualidades de la
achicoria. Jure et facto. El mejor
ungüento para las alteraciones cutáneas…
Bueno, en este caso para una piel
quemada sabe Dios por cuáles ardores.
Cuique sum” –el sacerdote respira hondo,
la nariz que busca alguna fragancia, la
sotana negra como un cuervo entre tanto
verdor-. “Entonces, ¿qué le parece si
mando a poner una inscripción con la
cita del Cantar…, en una placa de
bronce, para fijarla en la base?” –la
mujer reinicia el paso, al lado su
acompañante roza los arbustos que
bordean la senda, casi absorto en la
vegetación que parece acordonarles-.
“Muy bueno… muy bueno: evitar cualquier
especulación al margen de tan benigno
recordatorio. Quod erat demostrandum…
Por cierto, no estaría nada mal ubicar
alrededor unos bancos, algo así como un
sitio para conversar. Nemine
discrepante…” –el clérigo detiene sus
pasos y la mira fijamente-. “Pues así
será, padre Julián, así será… Por lo
pronto, mi hijo ha contratado a un
artista catalán de renombre, incluso ya
le he enviado el violín que pidió para
mayor veracidad a la hora de
esculpir…”.
Lees: te atrae el lenguado Marguery,
mientras Miquel prefiere la escudella
catalana: “…imagínate, es como si las
carnes de cerdo y buey conquistaran los
dominios de garbanzos y judías”...
Disfrutan la tarde en aquel restaurante
de excelencias, con mantel de hilo,
cubiertos de plata y vajilla de Limoges,
a la vuelta de la Rambla Canaletas. Su
amigo suspira: “Qué cosas trae la vida:
unos disparos en Sarajevo se cargan al
archiduque y a su esposa, para que los
soldados del káiser vengan a descubrir
lo que es la flora suramericana...”.
Observas la decoración del lugar, temas
mitológicos del Mediterráneo para la
buena digestión: “Me encanta este
ambiente… No sé, es como estar a la
vuelta del Paseo del Prado…”. El otro lo
interrumpe con sorna: “Y eso que no
extrañas La Habana, vaya Dios…”.
Él
sonríe. Antes que el maître venga a
tomar la orden, su amigo abre de nuevo
la carta y parece leerla: “Si no es por
esa idea tuya del violín, no sé de dónde
habría salido el dinero para empezar el
negocio… ¿Sabes una cosa?... El alemán
me ha contado que hasta el mismísimo
káiser, cuando está deprimido, no duda
en pedir una ración…”.
Ginebra puede resultar demasiado severa
para un hombre del trópico. De todas
formas, hay algo que te cautiva: tal vez
el rumor de las fuentes y las
callejuelas escarpadas de la Vieille
Ville, invitando a la caminata. Es
entonces que te parece escuchar el
Concierto para violín de Mendelssohn:
recuerdas la ligera y depurada cadencia
que alcanzaba la digitación de Joseíto
Juai, su pulido fraseo aquella tarde de
mayo en el Conservatorio Nacional de
París, a donde recién llegabas con el
ímpetu de tus veinte años. En ello
piensas mientras, a un lado y a otro,
las tiendas ofrecen alfombras, bastones,
candelabros, relojes, vasos… Aquí un
libanés con baratijas y tejidos, allí un
sefardí con libros y cuadros… Poco a
poco te acercas a la rue Amiel, a la
casa del maestro Salomón en el piso 2
del número 1. Se trata de un viejo
orfebre a quien deseas encargar una joya
que tenga la forma de una achicoria.
“Que no lo dude su excelencia, es de la
mayor calidad…” –el joven oficial abre
la cajita y se la muestra por encima de
papeles, mapas y lápices dispersos sobre
un tapete verde, que ocupa buena parte
de una mesa larga, como de refectorio.
El anciano general se ajusta el monóculo
en su ojo derecho: un polvo blanco y
reluciente, urdido en una suerte de
pequeños cristales, por momentos le
recuerda la apariencia del algodón pero
con suaves reflejos. Lo palpa con la
punta de los dedos: “Parece talco… -se
queda absorto un instante mientras busca
otro símil- …algo así como seda
artificial… Vaya, qué extraño, tenía
entendido que la hoja era verde…”. El
otro sonríe. “Desde luego que sí,
excelencia, la hoja de coca es verde,
allá en la selva… Pero si me permite, le
explico…”. El interpelado asiente con un
leve movimiento. “Sucede que muchos de
los productos obtenidos en la química
orgánica conservan esa refulgencia árida
que usted distingue… Al potenciar por
reducción, no queda ningún resto del
original”. El anciano se quita el
monóculo, toma una lupa y mira con
detenimiento, mientras vuelve a asentir.
“Ya sabía yo, mi querido alférez, que el
gran Humboldt tenía muchísima razón…”
-se arrellana en la butaca de cuero
negro y extiende las piernas bajo la
mesa, mientras que al otro lado su
interlocutor vuelve a sonreír- “…las
cotas de rendimiento que alcanzaban sus
guías en Los Andes, masticando las
hojas, lo maravillaban: ni cansancio,
ni apetito, ni pesadumbre…”. Cierra la
cajita y la devuelve. “¿Podemos fiarnos
con toda seguridad del proveedor?”. El
joven oficial guarda la cajita en uno de
los bolsillos de su guerrera.
“Totalmente, excelencia, totalmente…
Directo desde el Perú hasta Barcelona…
Luego, con el mayor cuidado, se
trasladarán los paquetes a Port Bou y
allí los recibirán nuestros agentes de
la operación…” El anciano lo interrumpe
abruptamente mientras los ojos azules,
ya lacrimosos, se iluminan: “Humboldt,
querido alférez, Barón Alexander Von
Humboldt… No lo dudó ni un instante
nuestro amado Káiser Guillermo II,
generalísimo de la guerra, cuando le
propusimos el asunto: él mismo fue quien
la bautizó como Operación Humboldt…
Fíjese que hasta el comandante supremo
del ejército, el mariscal Von
Hindenburg, afirma que algunas de sus
decisiones más venturosas provienen
de... Bueno, bueno… Lo importante es que
nuestros pilotos de combate ya la están
consumiendo, y no solo los que andan
algo flojos de nervios, hasta alguno que
ni soñaba con la Cruz de Hierro ya muy
pronto la llevará sobre su pecho…” –toma
un lápiz y observa detenidamente la
punta- “… y con acciones muy afiladas…
Bueno, bueno… Ya las llanuras de Flandes
y las rutas de Lorena saben lo que es el
fuego de la aviación imperial…” –ahora
traza un círculo en el aire y de pronto
lo mira a los ojos-. “¿No le parece a
usted que todo esto, mi querido alférez,
resulta como una rara comunión
espiritual entre guerreros incas y
caballeros teutónicos?...”.
El doctor Bernardo pone la servilleta a
un lado, saca del bolsillo interior del
saco una tabaquera de piel, la abre y
escoge un habano. Se lo acerca a la
oreja derecha y lo voltea entre los
dedos. Huele. “Esto sí que parece obra
de Dios en el séptimo día”… Enciende un
fósforo y se explaya en la ceremonia con
fruición. “No hay que exagerar, doctor,
nec plus ultra…” –el cura paladea el
coñac en una pequeña copa-. “Parece que
el doctor es todo un sibarita, padre
Julián… ¿será pecado mortal?...”
–Umberto se queda a la espera del
veredicto, para seguir saboreando el
pudín bañado en su caramelo-. “No, no
hay que tenerlo por un pecador ni mucho
menos, son pequeños deslices que podemos
vigilar, ad pedem litterae…”. María
Amalia observa desde la cabecera:
“Bueno, mis queridos amigos, si esa
guerra no acaba pronto… Me cuenta mi
hijo en sus cartas que Europa está
desangrada, aunque a España bien la
salva su neutralidad… Por otra parte,
el escultor ya está trabajando con
mármol de Carrara, cosa difícil de
obtener en tiempos tan dolorosos,
supongo…” -los convidados asienten-.
“Bien, les invito a ver lo que ha hecho
mi jardinero con posturas de achicoria,
ha logrado los contornos de un
violín…”.
Cubierto por una lona, amarrado con soga
a los extremos, el bulto ha sido
colocado en el fondo del galpón. Los
cuatro porteadores han hecho equilibrios
para bajarlo del coche, pues más que
ganapanes al uso, parecen sobrevivientes
de algún naufragio. A la luz de una vela
engastada en la boca de una botella,
reciben el pago por la faena. Se guardan
las monedas y dicen por lo bajo
“gracias”. Cuando los pasos de sus
alpargatas van alejándose, vuelve el
canto de los grillos a adueñarse del
ambiente. Las dos siluetas se acercan al
bulto. Ponen el improvisado candelabro
encima de un tonel. Con un cuchillo
cortan las ataduras y al caer la lona
queda ante ellos la escultura, más que
blanca, amarillenta. Es un violinista
tocando su instrumento, con un turbante
en la cabeza, el cuerpo insinuado entre
las ondulaciones de una túnica. “El
rostro se asemeja bastante, pero más
bien lo que parece es un moro…” –acerca
la botella con la vela-. “Por Dios, pero
si apenas nos ha costado unas pesetas…
Estaba abandonada en los alrededores de
un parque…”. “Sí, está bien, pero mi
madre…”. “Nada, le explicas que en la
corte del káiser los músicos se
presentaban siempre con vestuarios
exóticos…”.
Muy pocas pertenencias había dejado al
morir en medio de tan espantosa penuria:
cartas, programas de conciertos,
partituras, recortes de periódicos, que
ahora adquieren singular valía por el
recuerdo de tantas conversaciones,
cuando el músico desgranaba los años de
gloria para él, su confidente, un novato
cronista de la prensa porteña, el único
amigo en aquellas soledades. En el
hospital se los han entregado,
cumpliendo la última voluntad del
fallecido. Ya se marcha, llevando los
papeles dentro de la carpeta, cuando una
enfermera lo alcanza, casi al borde de
la escalera. “Mire… el señor Brindis
encomendó que se lo diera…”. Por un
momento está desconcertado. Toma la
cajita metálica que la mujer le entrega.
Desciende los peldaños y se aparta.
Coloca la carpeta al lado de una
jardinera. Abre el estuche. En su
interior, una pequeña tarjeta, con la
caligrafía que tantas veces ha visto: En
Ginebra la rue Amiel, el piso 2 del
número 1, el maestro Salomón, para que
haga llegar a la persona que él conoce.
Envuelto en tela muy fina, un pendiente
a manera de flor, los pétalos de zafiro
y las hojas de oro: una achicoria como
joya.
“Estamos tratando de recoger la otra
carga convenida, su excelencia, pero la
situación en el teatro de operaciones es
grave, resulta muy difícil atravesar
Francia en estos momentos, las rutas del
macizo central están prácticamente
cortadas, las trincheras son el
infierno…” -el joven oficial, nervioso,
trata de encontrar una explicación
convincente- “…hemos valorado enviar un
submarino a las cercanías de Port Bou,
para que un comando se desplace a
recoger los bultos, pero el golfo de
León lo controlan los franceses… es
prácticamente imposible…”. El anciano
general lo interrumpe moviendo la mano
derecha. “No, de ninguna manera quiero
oír la palabra imposible, mi querido
alférez, olvídela, entiérrela…” –se
levanta del butacón de cuero negro,
camina hasta el mapa que está desplegado
sobre una pizarra, lo observa- “…hay que
hallar una vía...” –gira sobre sus
talones- “…¿se imagina lo que es el
vuelo de un biplano sobre ese infierno
de trincheras, como usted ha dicho,
pilotear un fokker y disparar con una
ametralladora a la vez, en el caso de
que vaya solo y no lleve artillero?”. El
joven oficial parpadea. “Cierto,
excelencia, no me imagino…”. “Pues no
hablemos más del asunto y encárguese
usted mismo de la misión, haga que ese
maldito polvo acabe de llegar a nuestros
pilotos… Y de paso, mi querido alférez,
a ver si se gana la Cruz de Hierro”.
Le parece imposible que reine la
primavera, pues su cuerpo presiente el
otoño, recién llegado del hemisferio
austral a Marsella, luego de
veintitantos días en alta mar y ahora
en tren hasta Suiza. La guerra terminó y
el paisaje, tras el armisticio, le
revela una Europa ajena a los sueños de
teatros y museos que le han acompañado,
junto con el encargo de su amigo, aquel
violinista cubano cuyos relatos lo
encandilaban. En Buenos Aires, unos
parientes le han dado la dirección de un
matrimonio argentino, residente en
Ginebra con sus dos hijos, los Borges. A
la casa de ellos se dirige este domingo
de mayo.
Camina firme evitando los charcos, las
pisadas con cuidado para que el fango no
ensucie los zapatos ni los bajos del
pantalón. Un joven elegante con su traje
gris. A cada lado le acompañan tres
soldados con los fusiles en bandolera.
Al frente va el oficial que lo interrogó
anoche por última vez y poco más atrás
un capellán. Las primeras luces del alba
se extienden cuando lo amarran a un
poste de concreto en medio del baldío.
El sacerdote se acerca a él y comienza
la lectura de su breviario. Al término,
conversan brevemente. El oficial, a
varios metros, enciende un cigarrillo,
en tanto los soldados esperan la
orden. El cura regresa. “¿Qué le ha
dicho…?”. “Que muere al servicio de su
majestad imperial el káiser Guillermo
II…”. El militar exhala el humo y arroja
la colilla: “Bien dijeron en París que
este alemán de mierda andaba en algo
raro, que el polvo era una sustancia
para fabricar explosivos…”. El
sacerdote se persigna: “Dios asista…”.
“Bueno, terminemos ya...”.
El primer sobrecargo te da la bienvenida
en la escalerilla, esa tarde de agosto
en que la temperatura de Barcelona la
asemeja a algún paraje de las regiones
tórridas. Resulta imposible distinguir a
alguien entre los cientos de personas
que agitan sus manos desde el muelle de
los trasatlánticos, bajo el sotechado de
Pinillos. Han pasado diez años desde que
llegaste para estudiar una carrera y
ahora regresas a Cuba como próspero
comerciante. Mientras el mayordomo
acomoda tus enseres en el camarote de
primera, en clase de lujo por si fuera
poco, de alguna parte llegan las notas
de un violín. La escultura va en algún
rincón de las bodegas, en ese vapor que
se llama como la virgen de la Rioja,
Valbanera.
Casi bordea los veinte años, aunque tal
vez los espejuelos le dan un aspecto
diferente, un bachiller de mirada seria
que por momentos parece tímido. La
muchacha es vivaz y risueña, más jovial
que su hermano. Durante cuatro años, los
de la guerra, han vivido en Ginebra con
sus padres. El ha hecho suya, entre
otras cosas, la lengua alemana, mientras
ella dibuja con gracia y rapidez, cosa
que le valió ingresar cómodamente en la
Escuela de Bellas Artes. Norah y Georgie
–que así le dicen a Jorge Luis- le
acompañan esta mañana a buscar el piso 2
del número 1 en la rue Amiel. Zapatean
por varios lugares hasta encontrarlo.
Pero allí no vive ya el maestro
Salomón: murió muy viejo hace un par de
años, según le dicen los nuevos
inquilinos. Entonces cuenta a los
jóvenes la encomienda que lo llevó a
aquel lugar. Al muchacho se le iluminan
los ojos tras los lentes: “Pero es casi
un poema… Más que esta flor, diría que
es una rosa inalcanzable…”. Los hermanos
intercambian miradas, mientras él saca
el estuche de un bolsillo interior del
saco y lo abre. Les muestra la joya a
los jóvenes. “Bueno, si ya no hay manera
de que llegue a su destinatario… Creo
que Brindis no desdeñaría que se
convirtiera en verso… O en recuerdo de
este encuentro… No sé… ¿Podrías
conservarlo contigo, Georgie?”.
Aquella tarde de septiembre de 1919 en
La Habana, los estragos del ciclón se
extendían por todas partes: veo árboles
arrancados, tejas dispersas por jardines
y yermos, puertas y ventanas
destrozadas, paredes que se han venido
al piso. María Amalia de las Mercedes
insiste en contemplar el horizonte,
divagando con sus monólogos que, en voz
alta, más parecen letanías. Rompen muy
cerca las olas y tres hombres aguardan
en silencio. Nunca sabrán que, al
noreste de aquellas costas, cubiertos
por arenas movedizas en un lugar
cercano a Cayo Hueso llamado el Bajo de
la Media Luna, a escasos metros de
profundidad, los restos del Valbanera
dormirán el sueño de su leyenda,
acompañados por las notas de un
violinista sumergido, un beduino de
salón que casi llega a ser la
reencarnación en mármol de Claudio José
Domingo Brindis de Salas en un reino de
achicorias.
Eugenio Marrón Casanova
(Holguín, 1953) es poeta y ensayista. Se
desempeña como profesor de Literatura en
la Facultad de Medios de Comunicación
Audiovisual, en la filial del Instituto
Superior de Arte en Holguín. Entre sus
últimos títulos publicados figuran El
oro del tiempo y La palabra
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