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A los que cada noche
eligieron la noche.
Por el trip insomne de
TREP.
Para Jorge Alberto Aguiar
Díaz (JAAD),
toda mi kliniteratura.
El
metro de La Habana hacía su recorrido
tonto y feliz.
Poco
antes del cañonazo, yo lo esperaba en la
gara subterránea de la Plaza de la
Revolución. Desde allí viajaba, casi a
ras de tierra, salvo un par de segundos
bajo la bahía, hasta desembocar en la
Zona 666 de Alamar.
Entonces yo compraba una flor eléctrica,
comida obscenamente italiana, una
botella de vino tinto a medio pixelar, y
subía las escaleras rodantes con
dirección a Duani.
Todo
parecía tan natural. A pesar de que todo
incluía, por supuesto, a Duani: mi
extraño amor de los doceplantas
prehistóricos de Alamar.
Su
ascensor funcionaba justo como lo que
era. Un objeto anacrónico importado del
siglo XX. Daba bandazos y soltaba
chispas en los entrepisos, pero nunca
falló.
Duani dejaba su puerta abierta para mí.
Yo entraba y la cerraba sin hacer ruido
a mi espalda. Adentro la luz no existía
o era muy mortecina, ilusión de un gris
cuántico. Su apartamento era mínimo. De
paredes sin textura, como si fueran de
gas. Incluso Duani parecía de gas. En
aquella atmósfera repentina y repetitiva
lo único sólido, como de piedra muerta
lunar, supongo que fuera yo.
Y en
este punto comenzaba nuestro ritual. Nos
dábamos un largo abrazo. Diríase que nos
conocíamos de siempre, cuando
probablemente no hacía ni un año desde
la primera vez. Abríamos el cortinaje
con el mando a distancia. Y, a través de
los vidrios, la ciudad emergía con el
garbo de una marea oscura saturada de
luz. Una imagen sin paradoja y sin
contradicción: ilusión óptica de usar
las palabras.
La
Habana. Nave fantasma, hangar sintético
reflejado en un bolsón de agua o metal.
Alfileres de luz ecológica, pinchazos
arcoíricos de un solo color. Aberración
mnemónica del lenguaje. Y, sin embargo,
doce pisos bajo nuestra mirada todo
transcurría con tanta normalidad.
La
Hanada, amorfo recipiente que adopta la
forma del gas contenido y nunca al
revés. Cada noche Duani y yo la
comparábamos con una ciudad distinta.
Con Hiroshima, por ejemplo, titilando en
una noche de agosto que otra noche de
agosto Duani soñó (terminó llorando y
pidiendo perdón a nadie). Con Haifa, por
ejemplo, y su ristra de supertanqueros
insomnes con el vientre eructando oil
(en mi estómago, la pizza y el vino
conseguían una mezcla muchas veces
peor). Con Helsinki, por ejemplo, tres
sílabas con olor a géyser y aurora
boreal de simulación (la brisa helada
nos ponía a hacer música con nuestros
dientes, monjes bruxistas). Con Haifong,
por ejemplo, donde la muerte es una boya
flotante en una plataforma de tecnobambú
(de Haifong no sabíamos nada, excepto la
fonía de su nombre en el solemne
noticiero de la 3D-visión). Y la
comparábamos otra vez con La Habana, por
supuesto, crucigrama sin clave poco
después de un cañonazo digital.
Las
nueve. Todas las noches las nueve. Todas
las noches una nueva Habana. Ciudades
siempre con hache del universo. Letra
muda: holografía, holocausto,
helocuencia de lo silente. Un error sin
trazas ya del horror. En cualquier caso,
una disparatada pero ingenua
transgresión. Porque eso éramos Duani y
yo, refugiados en la altura vertiginosa
de su apartamento 12-D: prófugos que
desconocen hasta de quién van a fugar. Y
para qué fugar. Y por qué fugar. O
jugar.
Igual era inevitable. Caíamos en pánico
sólo de pensar que a la noche siguiente
uno de los dos pudiera no estar. Tal vez
por eso mismo cada noche nos
amenazábamos con que cada noche sería la
última. Era preferible así. Destruirlo
todo nosotros mismos, antes que dejarlo
al azar de una denuncia anónima o
institucional.
Pero ya no podíamos evitar
reencontrarnos allí. Duani y yo amábamos
lúcidamente aquella visión nocturna de
la locura, aquella tajada de Cuba, sólo
visible si se acuchilla el planeta a
través de los cristales de la Zona 666
de Alamar. Así, cada noche a las nueve
sería siempre la última noche de aquel
primer año del siglo XXII.
Nada. Hay historias así. Que no
necesitan reinventar su propia historia
para provocar un cortocircuito
fulminante con lo real.
Supongo que no se comprenda ni media
palabra. Aún.
Y
es lógico. Ninguna palabra es
comprensible si se parte por la mitad.
Duani sustituía cada noche su vieja flor
con mi nuevo regalo. En veinticuatro
horas las baterías expiraban sus
anémicos volts. Negocio redondo y
tierno, por sólo diecinueve américos y
cincuentinueve centavos. Renovación de
señales humanas al por mayor. Maneras de
sentirse menos insolidario tras el
cambio de fecha: de los dos mil algo a
los dos mil ciento nada.
Entonces nos desnudábamos, Duani y yo,
al margen de cualquier inoperante
prohibición. Sin apagar la luz. Aunque
de hecho no hubiera luz: acaso el halo
gris que nos rebotaba La Habana. Nos
quitábamos la ropa de manera más bien
privada, sin tocarnos apenas. Cada cual
tumbado sobre una punta de la esterilla,
horizontales de remate. Así eludíamos
cualquier audiocámara que pudiera
reparar en las cortinas abiertas de
nuestro balcón.
Nos
aproximábamos a rastras. Era excitante y
cómico y un poco cruel. Dejábamos de
observar el Alamar de allá afuera y nos
mirábamos secamente a la cara. No tan
culpables como nos sentiríamos después.
Y antes. Y durante.
Y
sólo entonces hacíamos el amor, los ojos
todo el tiempo clavados en los ojos del
otro, en un ahora efímero por el resto
de la eternidad: los restos de la
eternidad. Los párpados tan abiertos
como el cortinaje que filtraba al cielo
renegrido de Habanalamar. Duani y yo,
azorados animalitos de zoo,
retorciéndonos de pena y placer hasta
caer en una suerte de éxtasis cósmico
que, sin pronunciar nada en voz alta,
los dos sabíamos que algún misterio,
histórico o humano, una de esas noches
nos tendría que revelar.
Todo terminaba con un quejido a dúo, sin
boca, por donde se nos vaciaban la
garganta, los pómulos y el esternón:
órganos de la angustia. Después
respirábamos limpiamente juntos, sin
acariciarnos jamás: usar los cuerpos ya
había sido suficiente delito. Y por fin
comíamos, echados sobre nuestro propio
sudor. Supongo que cada madrugada un
poco más felices y atentos a los
imprevisibles gestos del otro en cada
cita. O complot. Sin calentar nunca las
pastas y menos aún enfriar la botella de
vino, que era el único objeto de píxeles
vivos dentro de aquel inconmensurable
mirador.
Después disponíamos de un par de horas
libres antes de bajar a diluirnos en
aquel paisaje total y sobrecogedor. La
H: una suerte de habanaleph, sin
transparencia y sin superposición,
somera suma de imágenes online y en off.
Brave New Habana: desde la primavera del
84, tras aquella archifamosa peliculita
de clase 0 (inspirada en un best-seller
del mismo nombre), así estaba de moda
promocionarla en cada panfleto
turístico, en cada titular de la prensa
con licencia o no del Estado, y en cada
lamparazo amnésico de neón.
Y
no era hasta la una de la madrugada, con
puntualidad involuntaria, que bajábamos
doce pisos hasta el nivel de Alamar,
otra vez en aquel fiable y destartalado
ascensor de más de un siglo o acaso más
de un milenio atrás.
A
esa hora las avenidas eran pistas
desiertas de un aeropuerto futurista en
tiempo real. Duani y yo caminábamos
entre sus carriles con absoluta y
demente libertad. Y era tan fácil
abrazarnos y reír y bailar, y sentir que
la ciudad podía ser un espacio mucho más
personal de lo que nos parecía a lo
largo y estrecho del día. Y era tan
complicado no sentir miedo de ser
observados entre la ausencia de
transeúntes y tráfico. Y era tan natural
ir hasta el Asfixeatro tomados de la
mano, y dejar que alguna banda de neo
nos envolviera con su magia ligera y
recónditamente posnacional.
Porque la música era un bálsamo para
nuestro insomnio. Porque a veces hasta
cabeceábamos allí, el uno sobre el
hombro del otro. Y porque a veces
simplemente seguíamos de largo bordeando
el Asfixeatro, con los acordes
sintéticos susurrándonos al oído
cualquier tontería inteligente en
esperántrax o volapunk.
Hasta que, por supuesto, como tantas y
tantas noches a esa hora, aparecía otra
vez el mar. O su intuición a ras de los
arrecifes. Y de ahí ya no podíamos
pasar. Y nos deteníamos, Duani y yo, a
pesar de los estribillos de neo, los dos
hechizados por el cenital puñetazo de
luna yerta: magnífica hoz o moneda,
según el ángulo en que la recortase la
luminiscencia solar, con una calavera de
conejo advirtiéndonos no sé qué. Ni para
qué. O por qué.
Oíamos. Olíamos. No distinguíamos nada
bajo el telón cínico de la madrugada.
Éramos dioses muertos, aunque ni Duani
ni yo sabíamos entonces qué podría esto
significar. Y no nos hacía falta
tampoco. Éramos habitantes de un siglo
raro donde todos se comportaban de un
modo perfectamente habitual. Habitaban.
Sólo que había algo en ese sonido o en
ese olor o en esa oquedad lunática de la
noche, había algo en la clandestina
costumbre de comer juntos y hacer el
amor sin reportarle a nadie con quién,
había algo que faltaba o sobraba entre
las mil y una piezas del engranaje,
había algo en aquel rompecabezas de
atrezo que ni Duani ni yo entendíamos. Y
ese algo impronunciable nos obligaba
cada noche a desobedecer. Por lo menos,
a desaparecer.
En
cualquier variante, para nosotros el mar
funcionaba como un antídoto y un
talismán. Un amuleto, una frontera. Una
constatación a la espera de lo que ya
está dolorosamente aquí. Una revelación
abortada, no sé. Supongo que contra el
misterio, cualquier mensaje o mentira
nos parecía muy bien.
Por
el momento, nos bastaba la certeza de
permanecer juntos allí. De pie, tomados
de la mano sobre el dienteperro cubano
de entresiglos. Atragantados, la
angustia coagulada a la altura de los
pómulos, la garganta y el esternón.
Lúcidos e irracionales. A la caza de un
sonido, un olor, un rayo de rebote entre
los astros inmóviles: candilejas de
utilería que nos espiaban con tanta saña
como los videocontroles de ocasión.
Duani y yo, boqueando con tal de
respirar por alguna grieta, cavando un
respiradero para uso de dos contra las
sustancias retóricas de lo real.
Tanteando alguna hebra suelta en el
telón de la malla social: fuimos peces
sin demasiadas agallas. En fin. La
composición química de nuestra atmósfera
cada noche se suponía fuera la óptima y
la más estable, pero lo cierto es que
nos asfixiábamos desde mucho antes de
coincidir. Y desde mucho después de ya
instaurado nuestro ritual. Y, por
supuesto, durante.
A
veces pasaba un pájaro. Era blanco y se
confundía con el humo artificial de las
nubes nocturnas. La luna lo convertía en
sombra sobre la costa y a nosotros nos
gustaba ver a un ave reptar.
A
veces pasaban dos, planeando en la
despaciosa coreografía de los seres
biológicos. Entonces Duani y yo
envidiábamos tanta compañía entre el
cielo y el mar. Y hacíamos como quien
tiene algo muy importante que prometer o
callar, pero el gesto siempre era
interrumpido por un gesto del otro. Y a
estos ademanes se reducía la precaria
cinética de nuestro amor.
También nos sobrevolaban los
bombarderos, como es evidente, casi
todos oteando el horizonte marino hacia
alguna remota y mortífera misión. Pero,
aunque pasaran en escuadrillas o en
solitario, increíblemente ningún avión
de combate nunca nos inquietó. Por
suerte para los dos, creíamos que el
enemigo siempre sería otro. No Duani. Ni
yo. En el peor de los casos, nosotros.
Sólo una vez discutimos. Caminábamos de
regreso del mar y Duani se plantó entre
los cocoteros de la avenida. Se
arriesgaba a una multa interestatal,
pero no le importaba. Tenía los ojos
negros de ira y usó las palabras contra
mí, supongo que para no volverse orate o
ponerse infantilmente a llorar.
Me
dijo de todo. Me ofendió
exhaustivamente, usando el vocabulario
roñoso de un tribuno incivil o un
fanático predicador. Me negó mil y una
veces, y mil y una veces me pidió
perdón. Pataleaba. Parecía una muñeca
clónica que se estuviera quedando sin
carga. Se rasgó las ropas, se arañó la
piel. No era Duani, no era nadie, acaso
era yo. O el odio magnificado en todo su
humano o histórico esplendor.
Cuando terminó, se desplomó en un
desmayo hacia atrás. Había hecho
implosión: Duani de espaldas sobre las
astillas fúnebres de su discurso, con
una mueca de opositor político en las
facciones. Irreconocible. Yo esperé
hasta recuperar el ritmo mínimamente
audible de mi corazón. Y respiré. Hondo.
Y respiré. Frío. Y respiré. Solo. Hasta
inflar con mis pulmones un vaho
imaginario de aliento a su alrededor.
Entonces cargué su cuerpo o su
catalepsia. A pesar de la frialdad, me
sudaban los brazos y Duani se me
chorreaba sin dar señales de
coagulación. Caminé con todo su peso a
cuestas y con toda mi propia ingravidez.
Ahora era Duani la piedra muerta lunar y
yo una burbuja de gas. Subí hasta a su
apartamento y, sin el coraje de matar o
hacerme matar, cerré la puerta del D-12
y muy lentamente, casi inmóvil de tanta
duda, supongo que sin desearlo, esa
noche también me fui.
Y
esos abandonos ínfimos, me doy cuenta
ahora, ya iban anunciando la
sintomatología de nuestra barbarie
cruda, en una mala suerte de expediente
clínico que en definitiva nos enfermó:
éramos como esos pacientes
hipocondriacos que se temen lo peor ante
cualquier mejoría.
Otra vez fue terrible.
Subimos a la azotea del doceplantas y
Duani me apuntó con su pistola Browning
de seguridad personal. 15 tiros de alto
calibre, suficientes para eliminar a un
comando de asalto y después suicidarse.
Su uso era obligatorio desde las
escaramuzas vandálicas del año 94. Y de
pronto aquella noche Duani descargaba
toda esa tensión en mí.
Me
llamó traidor. Amenazó con reportar mi
caso antes de que fuera yo quien
amenazara con un reporte del suyo. Duani
actuaba «estrictamente en defensa propia
del colectivo», pronunció con el tono de
un politfiscal. Y sólo entonces
estallaron sus carcajadas.
Reía, reía, reía. Risas de dioses recién
exhumados en un cenotafio obrero llamado
Alamar. Se burlaba, era un juego.
Estábamos locos, por supuesto. Y ser tan
teatrales era acaso nuestra tablilla de
salvación.
¿Cómo pude haberla creído tan
fácilmente?, Duani me increpaba y yo
comencé a reír. ¿No confiábamos
irreversiblemente en nosotros desde el
primer encuentro al azar?, seguía
disparando sus preguntas sin bajar nunca
el cañón. ¿O es que no había sido al
azar?, y entonces Duani se llevó la
Browning a una sien. La izquierda,
aunque no sea importante el detalle.
Igual ya nada lo es.
Yo
todavía reía, reía, reía. Por un
instante quise verla matarse o hacerse
matar. Los estéreofaros pasaban a
escasos centímetros de nuestras cabezas
y, sin embargo, aún nos sentíamos
impunes en medio de tanta promiscuidad.
Recuerdo que le hablé de una novela
ilegal que ambos habíamos leído hacía
poco: Todas las noches la noche, firmada
por una supuesta Silvia de Nerval. Le
pedí que no repitiera literalmente el
desenlace patético de su último
capítulo. Y entonces Duani bajó el arma
por fin. Y bajó los brazos. Y la mirada.
Y la cabeza. Y se arrodilló. Y en este
punto repitió textualmente un parlamento
de aquel folletín:
—Por favor —la mirada minada—, pon tus
manos.
Pero lo rutinario no eran escenas más o
menos violentas, sino el tedio de una
Hanada insomne al punto de lo criminal.
Intuíamos que nadie dormía a nuestro
alrededor, que la vigilia colectiva
crecía como un cáncer monstruoso detrás
de cada puerta, cortinaje y balcón.
Y
no es paranoia, por supuesto, ni mucho
menos delirio. Nuestro presente sin
resonancias había simplificado hasta lo
raquítico cualquier concepto más o menos
sutil: como paranoia, por ejemplo, o
delirio. De hecho, ni siquiera nos
sentíamos vigilados en nuestro recorrido
a trasnoche de cada noche. Lo terrible
es que ya ni siquiera nos sentíamos.
Todo se articulaba como una secreta
premonición. Unas ganas a desgana de
despertar de la pesadilla sin haberla
soñado aún.
Y
lo rutinario era darse la vuelta al
borde del mar o tal vez su ausencia, y
remontar el camino de regreso hasta la
Zona 666 de Alamar. Duani y yo leíamos
cada signo con la resignación, entre
humilde y humillada, de un par de
analfabetos al aire preso de una
librería de alta seguridad. Así
hojéabamos a esa hora las páginas
pornográficamente deshabitadas de
nuestra ciudad con hache: letra sin
cuerda, pero locuaz.
No
volvíamos por el Asfixeatro sino por la
rotonda del Multiestadio Olímpico,
tortuga de varias cuadras a la redonda
que no se empleaba desde los juegos
internacionales de una década atrás.
Todavía una pantalla líquida los
promocionaba, obsoleta: Brave New Habana
2091.
Por
todas partes nos maravillaba el lujo
luctuoso de tanta imagen y tanta
imposibilidad. Duani y yo reptábamos
como la sombra de dos pájaros marinos
bajo la demasiada verticalidad
satelital. Yo le decía y le señalaba:
—Mira, mi amor, mira —el nombre de Duani
entre nosotros nunca se pronunció: de
hecho, es muy probable que no exista
semejante palabra.
Pero Duani nunca me respondía, salvo un
apretón a la altura del codo o del
antebrazo. Y un toc-toc áspero que se le
trababa en la tráquea. Y yo notaba un
desesperante pendular afirmativo de su
cabeza, medio reclinada y medio huyendo
de mí.
Así
dejábamos atrás el ultramoderno
cementerio de automóviles y vagones del
metro, con sus esteras, sus megaimanes y
sus prensas de convertir en hilos y
láminas hasta a los metales más duros de
la realidad (un arte del desastre). Así
dejábamos atrás el biplanta estilo loft
de la funeraria, con sus servicios más
bien siniestros que, por suerte, ya
pocos conservaban la ancestral costumbre
de contratar (eran demasiados permisos
para sólo un par de horas de velorio
público). Y, al final, cortábamos camino
por la alameda de la Cámara Amercadual,
una especie de lingote de vidrios
velados que, de noche, era más un
monolito o un mausoleo antes que un
banco de crédito continental (operativo
las 24 horas, aunque su inauguración se
había pospuesto al infinito desde que,
casi en una avalancha, se edificó).
—Mira, mi amor, mira —yo apuntaba con el
índice a los tanques de agua potable que
coronaban la loma de entrada al reparto.
Y los de agua pesada, en silueta detrás.
—Mira, mi amor, mira —y era un jardín
espinoso de baterías antiáereas, todavía
perfectamente en funciones desde un
pedestal del Museo de la Paz.
—Mira, mi amor, mira —y de pronto
resurgía la luna, rielando sobre las
señales lumínicas que tasajeaban esta o
aquella avenida del futuro, a esa hora
no tan desiertas como desertadas en off
y online.
Por
milésima y única vez, yo sólamente
intentaba mostrarle dentro de cada noche
otra noche mayor. Como si Duani no las
conociese mejor que yo. Antes que yo.
Como si Duani no hubiera sido desde
siempre una de esas trasnochadas
criaturas sobrevivientes de la Zona 666
de Alamar: sobremurientes del
posdesarrollo. Como si Duani fuera Duani
en definitiva, en lugar de aquella
palabra inventada, donde cada noche
cobraba cuerpo la palindrómica fonía de
nuestro tan raro amor: duani inaudible.
Cuando reaparecía por fin el perfil
hipercúbico de su doceplantas, el abrazo
de Duani se hacía un poco más fuerte y
frágil. Nos estremecíamos de sólo
pensarlo. Y ninguna noche perdimos la
enfermiza esperanza de que una de esas
noches el edificio ya no estuviera allí.
Un terremoto, un meteorito diamagnético,
un láser polifractal: cualquier trauma
social nos parecía preferible antes que
retornar otra vez allí.
Atravesando los sembradíos exuberantes
que rodeaban su monolito de concreto y
cristal, Duani y yo comenzábamos
entonces a retardar nuestra llegada a la
meta, trazando círculos concéntricos
cada vez más cerrados, como escualos en
una espiral centrífuga que sin embargo
tendía al centro, hasta descubrirnos de
nuevo en el eje muerto de aquella mole
preindustrial.
Entonces Duani se robaba una flor de su
jardín colectivo. Altifolias,
kimilsungias o giralunas, para mí el
deleite era igual: un delito peligroso y
tierno, contrabando ilegal de pétalos
recurrentemente blancos, señuelo de
nieve para exterminar a los insectos
noctámbulos de la polinización.
Incluidos, tal vez, nosotros.
Duani disimulaba su flor en un bolsillo
interno de mi sobretodo, y yo imitaba un
gracias moviendo los labios pero sin
usar la voz. Ahora tornábamos a ser
cómplices de aquel disparate
delincuencial. Y esta osadía estúpida,
este hurto en público que podía delatar
todo nuestro ritual, era quizás lo más
excitante de cada una de aquellas noches
sin noche. Más excitante que la
inundación de nuestros cuerpos desnudos
primero, y más que la visión fantasma a
la orilla tangente del mar.
En
veinticuatro horas mi flor blanca
estaría muerta, por supuesto, hielo
sucio derretido en una gaveta, en
simetría de espejo con las flores
eléctricas que cada noche yo le compraba
a Duani, jugueticos ridículos y
candorosos por sólo diecinueve américos
y cincuentinueve centavos. Ese era el
precio estándar de nuestra imposible
ilusión.
En
veinticuatro horas lo más probable es
que ninguno de los dos reapareciera: ni
en la próxima ni en ninguna otra noche
más. De suerte que era preferible
esperar. Y, de ser posible, esperar
olvidando el hecho de que, en
veinticuatro horas, lo más probable es
que ninguno de los dos reapareciera: ni
en la próxima ni en ninguna otra noche
más.
Hasta el propio lenguaje se nos ciclaba
entre las manos. Y nos reciclaba a
nosotros también. Laberinto sin paredes
ni mapa, ilógica topología de una
ilación: islas dentro de otras islas
dentro de una isla mayor. Lo cierto es
que ahora no tiene caso pretender una
continuidad allí donde todo no era sino
fractura fractal.
Y
el resto es tan simple que apenas fue.
Diplomáticas frases de adiós en un lobby
fósil de la paleohistoria arquitectónica
de este país. O planeta. Unas noches con
el nerviosismo de que alguna
controlinstancia bloqueara nuestra doble
conspiración; otras con la certeza de
ser invisibles mientras oyéramos
mentalmente nuestro incierto concierto
de dos. Duani, telaraña tupida, ira
voraz de silencio y desmayos. Yo,
electrón tan analógico, girando sin spin
ni referencia a las manecillas de ningún
reloj. Retos de una retórica que en
definitiva se nos retorció.
El
resto era un cortés, casi cortante,
apretón de manos. Y esa era toda nuestra
contraseña antes de yo huir por las
escaleras rodantes de la Zona 666: túnel
ciego por donde descender y tomar de
vuelta el último metro Alamar-Habana,
con su recorrido tonto y feliz casi a
ras de tierra, salvo un par de segundos
bajo la bahía, hasta desembocar en la
gara subterránea de la Plaza de la
Revolución.
El
resto era llegar a mi condomio con la
expresión de quien trabaja heroicamente
hasta muy tarde o recién ha salido de un
centro de urgencia urbana. A veces
tosiendo, a veces cojeando, a veces con
ganas de gritar una obscenidad: de hacer
trizas mi vocabulario y ser detenido por
los peritos de Linguapol, acusado de
practicar alguna variante nueva del
vocubalario. Pero nunca intentar nada
era nuestra garantía de volvernos a ver,
Duani y yo, más allá de toda anestesia o
cualquier simulacro de nostalgia y
dolor.
El
resto era entonces disimular los cientos
y cientos de flores cadáveres, con sus
miles y miles de pétalos como hojas de
papel en blanco: material estratégico de
la reserva de guerra en tiempos de paz.
Así creíamos exorcizar cualquier
delación espontánea, antes de dormirnos
o pretendernos dormir. Duani, catatónica
en su apartamento mínimo y mortecino;
yo, revolviéndome entre palabras con
hache en una litera de mi pabellón.
Y
así y así y así, durante meses o siglos
o milenios de una gran noche dentro de
ninguna otra noche más: sin
transparencia, superposición, paradoja o
contradicción. Y así y así y así, hasta
repetir el ciclo entero veinticuatro
horas después, tras un amorfo día de
trabajo en estas o aquellas oficinas de
una cómoda ministerialidad, a cambio de
un salario de alto nivel que, a Duani y
a mí, nos permitía incluso el lucro de
cada noche volvernos a ver.
Por
supuesto, supongo que no se comprenda ni
media palabra. Aún.
Y
es lógico. A estas alturas ya no tiene
sentido contarle a nadie la otra mitad.
Incluso hoy no me explico por qué Duani
y yo nos empeñábamos entonces en
sospechar, embistiendo casi de frente a
aquella tragedia que durante noches y
noches de reojo nos esquivó.
Nada. Hay historias así: sin
histología. Que al provocar un
cortocircuito fulminante con su propia
historia ya no necesitan reinventar lo
real. En fin.
Orlando Luis Pardo Lazo
(La Habana, 1971). Narrador y fotógrafo.
En Cuba ha publicado los libros de
narrativa Collage Karaoke (Premio
Pinos Nuevos, Letras Cubanas 2001),
Empezar de cero (Premio Luis Rogelio
Nogueras, Extramuros 2001), Ipatrías
(Premio Félix Pita Rodríguez, Unicornio
2005) y Mi nombre es William Saroyan
(Premio Calendario, Abril 2007). Tiene
en proceso editorial otro cuaderno:
“Boring Home”. |