Año VI
La Habana
2007

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Todas las noches la noche
Orlando Luis Pardo
 

A los que cada noche eligieron la noche.

Por el trip insomne de TREP.

Para Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD),

toda mi kliniteratura.

 

El metro de La Habana hacía su recorrido tonto y feliz.
 

Poco antes del cañonazo, yo lo esperaba en la gara subterránea de la Plaza de la Revolución. Desde allí viajaba, casi a ras de tierra, salvo un par de segundos bajo la bahía, hasta desembocar en la Zona 666 de Alamar.
 

Entonces yo compraba una flor eléctrica, comida obscenamente italiana, una botella de vino tinto a medio pixelar, y subía las escaleras rodantes con dirección a Duani.
 

Todo parecía tan natural. A pesar de que todo incluía, por supuesto, a Duani: mi extraño amor de los doceplantas prehistóricos de Alamar.

 

 Su ascensor funcionaba justo como lo que era. Un objeto anacrónico importado del siglo XX. Daba bandazos y soltaba chispas en los entrepisos, pero nunca falló.
 

 Duani dejaba su puerta abierta para mí. Yo entraba y la cerraba sin hacer ruido a mi espalda. Adentro la luz no existía o era muy mortecina, ilusión de un gris cuántico. Su apartamento era mínimo. De paredes sin textura, como si fueran de gas. Incluso Duani parecía de gas. En aquella atmósfera repentina y repetitiva lo único sólido, como de piedra muerta lunar, supongo que fuera yo.
 

 Y en este punto comenzaba nuestro ritual. Nos dábamos un largo abrazo. Diríase que nos conocíamos de siempre, cuando probablemente no hacía ni un año desde la primera vez. Abríamos el cortinaje con el mando a distancia. Y, a través de los vidrios, la ciudad emergía con el garbo de una marea oscura saturada de luz. Una imagen sin paradoja y sin contradicción: ilusión óptica de usar las palabras.
 

  La Habana. Nave fantasma, hangar sintético reflejado en un bolsón de agua o metal. Alfileres de luz ecológica, pinchazos arcoíricos de un solo color. Aberración mnemónica del lenguaje. Y, sin embargo, doce pisos bajo nuestra mirada todo transcurría con tanta normalidad.
 

  La Hanada, amorfo recipiente que adopta la forma del gas contenido y nunca al revés. Cada noche Duani y yo la comparábamos con una ciudad distinta. Con Hiroshima, por ejemplo, titilando en una noche de agosto que otra noche de agosto Duani soñó (terminó llorando y pidiendo perdón a nadie). Con Haifa, por ejemplo, y su ristra de supertanqueros insomnes con el vientre eructando oil (en mi estómago, la pizza y el vino conseguían una mezcla muchas veces peor). Con Helsinki, por ejemplo, tres sílabas con olor a géyser y aurora boreal de simulación (la brisa helada nos ponía a hacer música con nuestros dientes, monjes bruxistas). Con Haifong, por ejemplo, donde la muerte es una boya flotante en una plataforma de tecnobambú (de Haifong no sabíamos nada, excepto la fonía de su nombre en el solemne noticiero de la 3D-visión). Y la comparábamos otra vez con La Habana, por supuesto, crucigrama sin clave poco después de un cañonazo digital.
 

  Las nueve. Todas las noches las nueve. Todas las noches una nueva Habana. Ciudades siempre con hache del universo. Letra muda: holografía, holocausto, helocuencia de lo silente. Un error sin trazas ya del horror. En cualquier caso, una disparatada pero ingenua transgresión. Porque eso éramos Duani y yo, refugiados en la altura vertiginosa de su apartamento 12-D: prófugos que desconocen hasta de quién van a fugar. Y para qué fugar. Y por qué fugar. O jugar.
 

  Igual era inevitable. Caíamos en pánico sólo de pensar que a la noche siguiente uno de los dos pudiera no estar. Tal vez por eso mismo cada noche nos amenazábamos con que cada noche sería la última. Era preferible así. Destruirlo todo nosotros mismos, antes que dejarlo al azar de una denuncia anónima o institucional.
 

  Pero ya no podíamos evitar reencontrarnos allí. Duani y yo amábamos lúcidamente aquella visión nocturna de la locura, aquella tajada de Cuba, sólo visible si se acuchilla el planeta a través de los cristales de la Zona 666 de Alamar. Así, cada noche a las nueve sería siempre la última noche de aquel primer año del siglo XXII.
 

  Nada. Hay historias así. Que no necesitan reinventar su propia historia para provocar un cortocircuito fulminante con lo real.
 

  Supongo que no se comprenda ni media palabra. Aún.
 

  Y es lógico. Ninguna palabra es comprensible si se parte por la mitad. 

 

  Duani sustituía cada noche su vieja flor con mi nuevo regalo. En veinticuatro horas las baterías expiraban sus anémicos volts. Negocio redondo y tierno, por sólo diecinueve américos y cincuentinueve centavos. Renovación de señales humanas al por mayor. Maneras de sentirse menos insolidario tras el cambio de fecha: de los dos mil algo a los dos mil ciento nada.
 

  Entonces nos desnudábamos, Duani y yo, al margen de cualquier inoperante prohibición. Sin apagar la luz. Aunque de hecho no hubiera luz: acaso el halo gris que nos rebotaba La Habana. Nos quitábamos la ropa de manera más bien privada, sin tocarnos apenas. Cada cual tumbado sobre una punta de la esterilla, horizontales de remate. Así eludíamos cualquier audiocámara que pudiera reparar en las cortinas abiertas de nuestro balcón.
 

  Nos aproximábamos a rastras. Era excitante y cómico y un poco cruel. Dejábamos de observar el Alamar de allá afuera y nos mirábamos secamente a la cara. No tan culpables como nos sentiríamos después. Y antes. Y durante.
 

  Y sólo entonces hacíamos el amor, los ojos todo el tiempo clavados en los ojos del otro, en un ahora efímero por el resto de la eternidad: los restos de la eternidad. Los párpados tan abiertos como el cortinaje que filtraba al cielo renegrido de Habanalamar. Duani y yo, azorados animalitos de zoo, retorciéndonos de pena y placer hasta caer en una suerte de éxtasis cósmico que, sin pronunciar nada en voz alta, los dos sabíamos que algún misterio, histórico o humano, una de esas noches nos tendría que revelar.
 

  Todo terminaba con un quejido a dúo, sin boca, por donde se nos vaciaban la garganta, los pómulos y el esternón: órganos de la angustia. Después respirábamos limpiamente juntos, sin acariciarnos jamás: usar los cuerpos ya había sido suficiente delito. Y por fin comíamos, echados sobre nuestro propio sudor. Supongo que cada madrugada un poco más felices y atentos a los imprevisibles gestos del otro en cada cita. O complot. Sin calentar nunca las pastas y menos aún enfriar la botella de vino, que era el único objeto de píxeles vivos dentro de aquel inconmensurable mirador.
 

  Después disponíamos de un par de horas libres antes de bajar a diluirnos en aquel paisaje total y sobrecogedor. La H: una suerte de habanaleph, sin transparencia y sin superposición, somera suma de imágenes online y en off.
 

  Brave New Habana: desde la primavera del 84, tras aquella archifamosa peliculita de clase 0 (inspirada en un best-seller del mismo nombre), así estaba de moda promocionarla en cada panfleto turístico, en cada titular de la prensa con licencia o no del Estado, y en cada lamparazo amnésico de neón.     

 

  Y no era hasta la una de la madrugada, con puntualidad involuntaria, que bajábamos doce pisos hasta el nivel de Alamar, otra vez en aquel fiable y destartalado ascensor de más de un siglo o acaso más de un milenio atrás.
 

  A esa hora las avenidas eran pistas desiertas de un aeropuerto futurista en tiempo real. Duani y yo caminábamos entre sus carriles con absoluta y demente libertad. Y era tan fácil abrazarnos y reír y bailar, y sentir que la ciudad podía ser un espacio mucho más personal de lo que nos parecía a lo largo y estrecho del día. Y era tan complicado no sentir miedo de ser observados entre la ausencia de transeúntes y tráfico. Y era tan natural ir hasta el Asfixeatro tomados de la mano, y dejar que alguna banda de neo nos envolviera con su magia ligera y recónditamente posnacional.
 

  Porque la música era un bálsamo para nuestro insomnio. Porque a veces hasta cabeceábamos allí, el uno sobre el hombro del otro. Y porque a veces simplemente seguíamos de largo bordeando el Asfixeatro, con los acordes sintéticos susurrándonos al oído cualquier tontería inteligente en esperántrax o volapunk.
 

  Hasta que, por supuesto, como tantas y tantas noches a esa hora, aparecía otra vez el mar. O su intuición a ras de los arrecifes. Y de ahí ya no podíamos pasar. Y nos deteníamos, Duani y yo, a pesar de los estribillos de neo, los dos hechizados por el cenital puñetazo de luna yerta: magnífica hoz o moneda, según el ángulo en que la recortase la luminiscencia solar, con una calavera de conejo advirtiéndonos no sé qué. Ni para qué. O por qué.
 

  Oíamos. Olíamos. No distinguíamos nada bajo el telón cínico de la madrugada. Éramos dioses muertos, aunque ni Duani ni yo sabíamos entonces qué podría esto significar. Y no nos hacía falta tampoco. Éramos habitantes de un siglo raro donde todos se comportaban de un modo perfectamente habitual. Habitaban.
 

  Sólo que había algo en ese sonido o en ese olor o en esa oquedad lunática de la noche, había algo en la clandestina costumbre de comer juntos y hacer el amor sin reportarle a nadie con quién, había algo que faltaba o sobraba entre las mil y una piezas del engranaje, había algo en aquel rompecabezas de atrezo que ni Duani ni yo entendíamos. Y ese algo impronunciable nos obligaba cada noche a desobedecer. Por lo menos, a desaparecer.
 

  En cualquier variante, para nosotros el mar funcionaba como un antídoto y un talismán. Un amuleto, una frontera. Una constatación a la espera de lo que ya está dolorosamente aquí. Una revelación abortada, no sé. Supongo que contra el misterio, cualquier mensaje o mentira nos parecía muy bien.
 

  Por el momento, nos bastaba la certeza de permanecer juntos allí. De pie, tomados de la mano sobre el dienteperro cubano de entresiglos. Atragantados, la angustia coagulada a la altura de los pómulos, la garganta y el esternón. Lúcidos e irracionales. A la caza de un sonido, un olor, un rayo de rebote entre los astros inmóviles: candilejas de utilería que nos espiaban con tanta saña como los videocontroles de ocasión.
 

  Duani y yo, boqueando con tal de respirar por alguna grieta, cavando un respiradero para uso de dos contra las sustancias retóricas de lo real. Tanteando alguna hebra suelta en el telón de la malla social: fuimos peces sin demasiadas agallas. En fin. La composición química de nuestra atmósfera cada noche se suponía fuera la óptima y la más estable, pero lo cierto es que nos asfixiábamos desde mucho antes de coincidir. Y desde mucho después de ya instaurado nuestro ritual. Y, por supuesto, durante. 

 

  A veces pasaba un pájaro. Era blanco y se confundía con el humo artificial de las nubes nocturnas. La luna lo convertía en sombra sobre la costa y a nosotros nos gustaba ver a un ave reptar.
 

  A veces pasaban dos, planeando en la despaciosa coreografía de los seres biológicos. Entonces Duani y yo envidiábamos tanta compañía entre el cielo y el mar. Y hacíamos como quien tiene algo muy importante que prometer o callar, pero el gesto siempre era interrumpido por un gesto del otro. Y a estos ademanes se reducía la precaria cinética de nuestro amor.
 

  También nos sobrevolaban los bombarderos, como es evidente, casi todos oteando el horizonte marino hacia alguna remota y mortífera misión. Pero, aunque pasaran en escuadrillas o en solitario, increíblemente ningún avión de combate nunca nos inquietó. Por suerte para los dos, creíamos que el enemigo siempre sería otro. No Duani. Ni yo. En el peor de los casos, nosotros. 

 

  Sólo una vez discutimos. Caminábamos de regreso del mar y Duani se plantó entre los cocoteros de la avenida. Se arriesgaba a una multa interestatal, pero no le importaba. Tenía los ojos negros de ira y usó las palabras contra mí, supongo que para no volverse orate o ponerse infantilmente a llorar.
 

  Me dijo de todo. Me ofendió exhaustivamente, usando el vocabulario roñoso de un tribuno incivil o un fanático predicador. Me negó mil y una veces, y mil y una veces me pidió perdón. Pataleaba. Parecía una muñeca clónica que se estuviera quedando sin carga. Se rasgó las ropas, se arañó la piel. No era Duani, no era nadie, acaso era yo. O el odio magnificado en todo su humano o histórico esplendor.
 

  Cuando terminó, se desplomó en un desmayo hacia atrás. Había hecho implosión: Duani de espaldas sobre las astillas fúnebres de su discurso, con una mueca de opositor político en las facciones. Irreconocible. Yo esperé hasta recuperar el ritmo mínimamente audible de mi corazón. Y respiré. Hondo. Y respiré. Frío. Y respiré. Solo. Hasta inflar con mis pulmones un vaho imaginario de aliento a su alrededor.
 

  Entonces cargué su cuerpo o su catalepsia. A pesar de la frialdad, me sudaban los brazos y Duani se me chorreaba sin dar señales de coagulación. Caminé con todo su peso a cuestas y con toda mi propia ingravidez. Ahora era Duani la piedra muerta lunar y yo una burbuja de gas. Subí hasta a su apartamento y, sin el coraje de matar o hacerme matar, cerré la puerta del D-12 y muy lentamente, casi inmóvil de tanta duda, supongo que sin desearlo, esa noche también me fui.
 

  Y esos abandonos ínfimos, me doy cuenta ahora, ya iban anunciando la sintomatología de nuestra barbarie cruda, en una mala suerte de expediente clínico que en definitiva nos enfermó: éramos como esos pacientes hipocondriacos que se temen lo peor ante cualquier mejoría. 

 

  Otra vez fue terrible.
 

  Subimos a la azotea del doceplantas y Duani me apuntó con su pistola Browning de seguridad personal. 15 tiros de alto calibre, suficientes para eliminar a un comando de asalto y después suicidarse. Su uso era obligatorio desde las escaramuzas vandálicas del año 94. Y de pronto aquella noche Duani descargaba toda esa tensión en mí.
 

  Me llamó traidor. Amenazó con reportar mi caso antes de que fuera yo quien amenazara con un reporte del suyo. Duani actuaba «estrictamente en defensa propia del colectivo», pronunció con el tono de un politfiscal. Y sólo entonces estallaron sus carcajadas.
 

  Reía, reía, reía. Risas de dioses recién exhumados en un cenotafio obrero llamado Alamar. Se burlaba, era un juego. Estábamos locos, por supuesto. Y ser tan teatrales era acaso nuestra tablilla de salvación.
 

  ¿Cómo pude haberla creído tan fácilmente?, Duani me increpaba y yo comencé a reír. ¿No confiábamos irreversiblemente en nosotros desde el primer encuentro al azar?, seguía disparando sus preguntas sin bajar nunca el cañón. ¿O es que no había sido al azar?, y entonces Duani se llevó la Browning a una sien. La izquierda, aunque no sea importante el detalle. Igual ya nada lo es.
 

   Yo todavía reía, reía, reía. Por un instante quise verla matarse o hacerse matar. Los estéreofaros pasaban a escasos centímetros de nuestras cabezas y, sin embargo, aún nos sentíamos impunes en medio de tanta promiscuidad.
 

  Recuerdo que le hablé de una novela ilegal que ambos habíamos leído hacía poco: Todas las noches la noche, firmada por una supuesta Silvia de Nerval. Le pedí que no repitiera literalmente el desenlace patético de su último capítulo. Y entonces Duani bajó el arma por fin. Y bajó los brazos. Y la mirada. Y la cabeza. Y se arrodilló. Y en este punto repitió textualmente un parlamento de aquel folletín:
 

      —Por favor —la mirada minada—, pon tus manos. 

 

  Pero lo rutinario no eran escenas más o menos violentas, sino el tedio de una Hanada insomne al punto de lo criminal. Intuíamos que nadie dormía a nuestro alrededor, que la vigilia colectiva crecía como un cáncer monstruoso detrás de cada puerta, cortinaje y balcón.
 

  Y no es paranoia, por supuesto, ni mucho menos delirio. Nuestro presente sin resonancias había simplificado hasta lo raquítico cualquier concepto más o menos sutil: como paranoia, por ejemplo, o delirio. De hecho, ni siquiera nos sentíamos vigilados en nuestro recorrido a trasnoche de cada noche. Lo terrible es que ya ni siquiera nos sentíamos. Todo se articulaba como una secreta premonición. Unas ganas a desgana de despertar de la pesadilla sin haberla soñado aún.
 

  Y lo rutinario era darse la vuelta al borde del mar o tal vez su ausencia, y remontar el camino de regreso hasta la Zona 666 de Alamar. Duani y yo leíamos cada signo con la resignación, entre humilde y humillada, de un par de analfabetos al aire preso de una librería de alta seguridad. Así hojéabamos a esa hora las páginas pornográficamente deshabitadas de nuestra ciudad con hache: letra sin cuerda, pero locuaz.
 

  No volvíamos por el Asfixeatro sino por la rotonda del Multiestadio Olímpico, tortuga de varias cuadras a la redonda que no se empleaba desde los juegos internacionales de una década atrás. Todavía una pantalla líquida los promocionaba, obsoleta: Brave New Habana 2091.
 

  Por todas partes nos maravillaba el lujo luctuoso de tanta imagen y tanta imposibilidad. Duani y yo reptábamos como la sombra de dos pájaros marinos bajo la demasiada verticalidad satelital. Yo le decía y le señalaba:
 

  —Mira, mi amor, mira —el nombre de Duani entre nosotros nunca se pronunció: de hecho, es muy probable que no exista semejante palabra.
 

  Pero Duani nunca me respondía, salvo un apretón a la altura del codo o del antebrazo. Y un toc-toc áspero que se le trababa en la tráquea. Y yo notaba un desesperante pendular afirmativo de su cabeza, medio reclinada y medio huyendo de mí.
 

  Así dejábamos atrás el ultramoderno cementerio de automóviles y vagones del metro, con sus esteras, sus megaimanes y sus prensas de convertir en hilos y láminas hasta a los metales más duros de la realidad (un arte del desastre). Así dejábamos atrás el biplanta estilo loft de la funeraria, con sus servicios más bien siniestros que, por suerte, ya pocos conservaban la ancestral costumbre de contratar (eran demasiados permisos para sólo un par de horas de velorio público). Y, al final, cortábamos camino por la alameda de la Cámara Amercadual, una especie de lingote de vidrios velados que, de noche, era más un monolito o un mausoleo antes que un banco de crédito continental (operativo las 24 horas, aunque su inauguración se había pospuesto al infinito desde que, casi en una avalancha, se edificó).
 

  —Mira, mi amor, mira —yo apuntaba con el índice a los tanques de agua potable que coronaban la loma de entrada al reparto. Y los de agua pesada, en silueta detrás.
 

  —Mira, mi amor, mira —y era un jardín espinoso de baterías antiáereas, todavía perfectamente en funciones desde un pedestal del Museo de la Paz.
 

  —Mira, mi amor, mira —y de pronto resurgía la luna, rielando sobre las señales lumínicas que tasajeaban esta o aquella avenida del futuro, a esa hora no tan desiertas como desertadas en off y online.
 

  Por milésima y única vez, yo sólamente intentaba mostrarle dentro de cada noche otra noche mayor. Como si Duani no las conociese mejor que yo. Antes que yo. Como si Duani no hubiera sido desde siempre una de esas trasnochadas criaturas sobrevivientes de la Zona 666 de Alamar: sobremurientes del posdesarrollo. Como si Duani fuera Duani en definitiva, en lugar de aquella palabra inventada, donde cada noche cobraba cuerpo la palindrómica fonía de nuestro tan raro amor: duani inaudible.
 

  Cuando reaparecía por fin el perfil hipercúbico de su doceplantas, el abrazo de Duani se hacía un poco más fuerte y frágil. Nos estremecíamos de sólo pensarlo. Y ninguna noche perdimos la enfermiza esperanza de que una de esas noches el edificio ya no estuviera allí. Un terremoto, un meteorito diamagnético, un láser polifractal: cualquier trauma social nos parecía preferible antes que retornar otra vez allí.
 

  Atravesando los sembradíos exuberantes que rodeaban su monolito de concreto y cristal, Duani y yo comenzábamos entonces a retardar nuestra llegada a la meta, trazando círculos concéntricos cada vez más cerrados, como escualos en una espiral centrífuga que sin embargo tendía al centro, hasta descubrirnos de nuevo en el eje muerto de aquella mole preindustrial.
 

  Entonces Duani se robaba una flor de su jardín colectivo. Altifolias, kimilsungias o giralunas, para mí el deleite era igual: un delito peligroso y tierno, contrabando ilegal de pétalos recurrentemente blancos, señuelo de nieve para exterminar a los insectos noctámbulos de la polinización. Incluidos, tal vez, nosotros.
 

  Duani disimulaba su flor en un bolsillo interno de mi sobretodo, y yo imitaba un gracias moviendo los labios pero sin usar la voz. Ahora tornábamos a ser cómplices de aquel disparate delincuencial. Y esta osadía estúpida, este hurto en público que podía delatar todo nuestro ritual, era quizás lo más excitante de cada una de aquellas noches sin noche. Más excitante que la inundación de nuestros cuerpos desnudos primero, y más que la visión fantasma a la orilla tangente del mar.
 

   En veinticuatro horas mi flor blanca estaría muerta, por supuesto, hielo sucio derretido en una gaveta, en simetría de espejo con las flores eléctricas que cada noche yo le compraba a Duani, jugueticos ridículos y candorosos por sólo diecinueve américos y cincuentinueve centavos. Ese era el precio estándar de nuestra imposible ilusión.
 

  En veinticuatro horas lo más probable es que ninguno de los dos reapareciera: ni en la próxima ni en ninguna otra noche más. De suerte que era preferible esperar. Y, de ser posible, esperar olvidando el hecho de que, en veinticuatro horas, lo más probable es que ninguno de los dos reapareciera: ni en la próxima ni en ninguna otra noche más.
 

  Hasta el propio lenguaje se nos ciclaba entre las manos. Y nos reciclaba a nosotros también. Laberinto sin paredes ni mapa, ilógica topología de una ilación: islas dentro de otras islas dentro de una isla mayor. Lo cierto es que ahora no tiene caso pretender una continuidad allí donde todo no era sino fractura fractal. 

 

   Y el resto es tan simple que apenas fue.
 

  Diplomáticas frases de adiós en un lobby fósil de la paleohistoria arquitectónica de este país. O planeta. Unas noches con el nerviosismo de que alguna controlinstancia bloqueara nuestra doble conspiración; otras con la certeza de ser invisibles mientras oyéramos mentalmente nuestro incierto concierto de dos. Duani, telaraña tupida, ira voraz de silencio y desmayos. Yo, electrón tan analógico, girando sin spin ni referencia a las manecillas de ningún reloj. Retos de una retórica que en definitiva se nos retorció.
 

  El resto era un cortés, casi cortante, apretón de manos. Y esa era toda nuestra contraseña antes de yo huir por las escaleras rodantes de la Zona 666: túnel ciego por donde descender y tomar de vuelta el último metro Alamar-Habana, con su recorrido tonto y feliz casi a ras de tierra, salvo un par de segundos bajo la bahía, hasta desembocar en la gara subterránea de la Plaza de la Revolución.
 

  El resto era llegar a mi condomio con la expresión de quien trabaja heroicamente hasta muy tarde o recién ha salido de un centro de urgencia urbana. A veces tosiendo, a veces cojeando, a veces con ganas de gritar una obscenidad: de hacer trizas mi vocabulario y ser detenido por los peritos de Linguapol, acusado de practicar alguna variante nueva del vocubalario. Pero nunca intentar nada era nuestra garantía de volvernos a ver, Duani y yo, más allá de toda anestesia o cualquier simulacro de nostalgia y dolor.
 

  El resto era entonces disimular los cientos y cientos de flores cadáveres, con sus miles y miles de pétalos como hojas de papel en blanco: material estratégico de la reserva de guerra en tiempos de paz. Así creíamos exorcizar cualquier delación espontánea, antes de dormirnos o pretendernos dormir. Duani, catatónica en su apartamento mínimo y mortecino; yo, revolviéndome entre palabras con hache en una litera de mi pabellón.
 

  Y así y así y así, durante meses o siglos o milenios de una gran noche dentro de ninguna otra noche más: sin transparencia, superposición, paradoja o contradicción. Y así y así y así, hasta repetir el ciclo entero veinticuatro horas después, tras un amorfo día de trabajo en estas o aquellas oficinas de una cómoda ministerialidad, a cambio de un salario de alto nivel que, a Duani y a mí, nos permitía incluso el lucro de cada noche volvernos a ver.
 

  Por supuesto, supongo que no se comprenda ni media palabra. Aún.
 

  Y es lógico. A estas alturas ya no tiene sentido contarle a nadie la otra mitad. Incluso hoy no me explico por qué Duani y yo nos empeñábamos entonces en sospechar, embistiendo casi de frente a aquella tragedia que durante noches y noches de reojo nos esquivó.
 

  Nada. Hay historias así: sin histología. Que al provocar un cortocircuito fulminante con su propia historia ya no necesitan reinventar lo real. En fin.

Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971). Narrador y fotógrafo. En Cuba ha publicado los libros de narrativa Collage Karaoke (Premio Pinos Nuevos, Letras Cubanas 2001), Empezar de cero (Premio Luis Rogelio Nogueras, Extramuros 2001), Ipatrías (Premio Félix Pita Rodríguez, Unicornio 2005) y Mi nombre es William Saroyan (Premio Calendario, Abril 2007). Tiene en proceso editorial otro cuaderno: “Boring Home”.

 
 

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