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En el
verano de 1924 conocí en Niza a Tamara
Lempicka, una pintora polaca de moda
entre la aristocracia de París. Yo había
llegado de Cuba hacía una semana, y
aquella mañana tomaba un aperitivo con
Colette en un café de la costa, bajo uno
de esos toldos rayados que protegen a
los turistas del sol mediterráneo,
mientras nos entreteníamos mirando las
pequeñas figuras de los veraneantes que
se desplazaban lánguidamente por el
Paseo de los Ingleses. Jugábamos a
reconocerlas, y a pesar de la distancia
Colette logró identificar a Cocteau y a
Radiguet por sus andares de bailarina,
mientras yo adivinaba a las condesas de
Polignac y Noailles por sus enormes
sombreros ridículos. Más allá, el
horizonte se confundía con las negras
piedras lisas de la Bahía de los
Ángeles.
Una
mujer se acercó a nuestra mesa. Me llamó
la atención su cara nórdica de pómulos
anchísimos, y los ojos color jacinto con
expresión de virgen pervertida. Un
rostro deslumbrante en su descaro total,
y sin embargo, amenazado por ese
peculiar matiz de lejanía que se adivina
tempranamente en aquellas personas a
quienes el futuro depara la demencia.
Vestía pantalón y casaca negros, camisa
blanca y una ligera bufanda de seda sin
anudar sobre la solapa. Se parecía a
Jorge Sand y supuse que, como otras
mujeres a quienes Colette ya me había
presentado, esta habría sido también su
amante. Besó a Colette en los labios con
naturalidad y enseguida se sentó entre
nosotras. Cruzó las piernas y con gesto
graciosamente hombruno hizo una seña al
mozo; cuando este aún se encontraba a
unos metros de nuestra mesa, ella empezó
a pedirle con voz ronca raviolis
rellenos con pasta de aceituna y
anchoas, y en un francés casi perfecto
lo insultó por no tener vinos griegos.
El mozo se alejó, lanzándole a Tamara de
reojo una fugaz mirada despectiva.
La contemplé sin disimulo, fascinada por
su aire soberbio e impúdico a la vez. Un
golpe de viento agitó su cabello de un
rubio muy pálido, con ese tono
ceniciento que Dante atribuye a
las alas de los ángeles. Ella sostuvo mi
mirada con aplomo, y percibí, agazapada
en el fondo
de sus pupilas, esa especie de pleamar
subrepticia que fluye casi siempre de
todos los que
ejercen más de un sexo. Después de
someterme a una valoración silenciosa,
nos invitó a ver los cuadros que
estaba pintando en su casa de las
afueras.
Nos llevó en su espléndido Bugatti de un
verde brillante. Conducía como loca, y a
duras
penas lográbamos sujetar entre
carcajadas nuestros sombreros de paja y
cintas que el aire se
empeñaba en volar. Tamara había
alquilado una villa a unos kilómetros
del pueblo, muy cerca de la
costa; una auténtica masía mediterránea
de paredes blancas y techumbre teñida de
naranja por los últimos rayos del
poniente. Resguardada de miradas
curiosas por una enredadera de adelfas,
su austera fachada ocultaba un interior
decorado en sobrio estilo
otomano. Las paredes encaladas hacían
vibrar el color encendido de los divanes
turcos, las alfombras persas y
las espesas cortinas corridas sobre las
ventanas. Varias mesitas bajas
mostraban vajillas delicadas, y
completaban el mobiliario tres enormes
cofres tallados de cerraduras
curvas y aplicaciones de cuero lustrado,
y un narguile de oro y plata. En cada
rincón esbeltos pebeteros esparcían una
tenue lumbre perfumada con aromas de
sándalo y vainilla. Sobre la pared de
fondo colgaba una reproducción del
portulano de Piri Reis, y
debajo, casi oculto en una hornacina, un
viejo Corán con tapas de marfil y
broches de metal deslustrado
aparecía abierto en un sutra de poder.
En otra habitación pequeña, silenciosos
sobre sus caballetes, dos óleos
inconclusos ofrecían a la vista el
estilo Lempicka, mezcla de las
tintas planas del art deco y las formas
clásicas y sensuales del Renacimiento
italiano. En uno
de
ellos, un hombre joven ofrecía al
espectador su espalda prieta y desnuda,
mientras intentaba
abrazar a una muchacha, también desnuda,
que se encogía levemente ante la
inminencia del contacto, como
quien teme la cercanía del dolor. Era un
cuadro muy fuerte; un sombrío erotismo
manaba de él como el agua de un torrente
febril. Mientras lo contemplaba, se me
ocurrió que solo esta polaca, en quien
yo adivinaba instintos desaforados,
sería capaz de
interpretar uno de mis deseos secretos;
durante mi último viaje a España yo
había hallado en una antigua
villa romana un mosaico que cubría el
piso de un jardín interior, y mostraba
un banquete de amor: ante una mesa
servida con suntuosos manjares se
reclinaban en dorada languidez un
hermoso pastor y su pastora coronados de
rosas, rodeados de manzanas,
albaricoques, y racimos de uvas moradas.
Si se les miraba un rato fijamente,
producían un
efecto extraño: la pareja comenzaba a
moverse y arrojaba sus mantos,
ofreciendo a la vista su gloriosa
desnudez. Hasta llegué a escuchar sus
risas espléndidas, sus frescas voces
juveniles. La ilusión resultó tan
perfecta que sentí al pastor cantar:
"Bésame con besos de tu boca./ Son
tus amores más suaves que el
vino". Su canto se fue apagando y vi
cómo se perseguían por
entre el verde césped como gamos en
celo, y al final cayeron sobre la
hierba, uno junto al otro,
aplastando las violetas con sus cuerpos
tersos y sus pieles brillantes de fruto
tierno estallando de amor y de
deseo.
Desde ese día he buscado un artista
capaz de trasladar a un cartón la
intensa vida de
aquellas imágenes. Después, monsieur
Lalique haría un vitral para mi recámara
de la casa que
Juan me ha construido en el Vedado.
Quiero servir de modelo para la pastora,
y buscaré para
el
pastor un joven hermoso que me abrace
como una llama, que desprenda calor por
cada poro,
que
derrame lujuria, porque la función del
vitral no sería solamente estética, sino
que deberá quedar frente a mi
cama para siempre, y cada vez que Juan
me posea tendrá que mirarlo y recordar
que otros hombres también pueden
tenerme, porque nunca dejaré de ser
bella; y cuando ya no lo acompañe su
vigor de sátiro insaciable, deberá
sufrir pensando que puedo entregar mi
cuerpo a otros amantes cuando yo quiera,
a pesar de él, a pesar de su
dinero y del
amor
que hace tiempo se nos murió en los
brazos como la corza de aquel poema
hindú, herida por la flecha de un
príncipe traidor... Pobre Juan, nunca
logró serme fiel...
Explico a Tamara mi deseo y ella me
escucha recostada contra su muro de
piedra. Colette
no
está. No sé a dónde se ha ido, pero la
casa se siente vacía, sin más presencia
que la nuestra. Tamara enciende
un cigarro egipcio, negro y largo igual
que sus pestañas, que debieran ser
rubias como su melena angélica, pero son
densas y oscuras. Fuma en una boquilla
semejante a un cetro faraónico;
aspira despacio el humo y exhala una
voluta interminable por entre sus
labios de un rojo sangriento. Con su
pupila clavada en la mía viene hacia mí,
sin prisa, como si
deseara prolongar el camino. Se me
encima con cadencia lentísima y acerca
su pecho al mío,
pero solo un instante. Su mano libre se
cuela entre los pliegues de mi blusa y
acaricia mi seno; un tanteo suavísimo
que se lleva mi aliento enredado en sus
dedos de bruja sutil. Mi cuerpo empieza
a vibrar. Continuamos mirándonos. Trato
de recordar la disposición de la sala e
intento ubicar el sitio perfecto para lo
que va a ocurrir en un instante, mas
para mi sorpresa, Tamara retira su mano
tan lentamente como un ave que regresa
de un vuelo cansino. Dice que si no me
tocaba no puede hacerse una idea del
partenaire que necesito para el
vitral. Ahora —dice—,
me ve como una amazona que sale a cazar
hombre, y ya puede imaginarse qué clase
de víctima debemos buscar. Me
cuenta que en las cercanías hay una
aldea donde viven
muchachos verdaderamente apetecibles,
pescadores que envuelven sus vientres en
paños blancos para entrar al
agua, y cuando emergen, el sol se licúa
sobre sus pieles de oliva,
perfumando sus miembros con el viento
salobre de la playa y los pinos.
Unas
horas más tarde el Bugatti irrumpe en la
aldea. Búfalo potente, embiste la magia
de la noche que flota en el terral como
un ángel de alas desplegadas, pero nadie
abandona su
calma ancestral. Los hombres se preparan
para salir al mar. Algunos traen las
redes y el fanal,
otros empujan las barcas. Cuando las
nubes se apartan, la luna nueva arroja
una luz muy limpia sobre la arena, sobre
los cuerpos donde el cincelado de los
músculos conjuga
claroscuros semejantes a enormes perlas
ondulando en el claror fantasmagórico.
Tamara, con voz broncínea de
mujer de pescador, grita un nombre:
¡Jerome! Una figura masculina viene
desde la orla espumosa donde comienza el
océano, y se detiene ante nosotras con
aire manso. Tamara anuncia al
recién llegado que soy una dama muy rica
venida de las Antillas para
contratarlo como modelo de pose, y añade
que pagaré con largueza. El muchacho,
como un genio de lámpara, obedece
al conjuro y se inclina ante mí, pero en
la ojeada oblicua que me
lanza, y que dura un instante, adivino
cierta reticencia. Tamara, satisfecha,
agita su melena en un gesto que
quiere decir trato hecho. Intento
decir algo solo por cortesía, pero ella
me advierte: No te esfuerces,
Katinka, nuestro amiguito es mudo.
Su vulgaridad me disgusta.
Volvemos al auto y ahora la polaca
conduce sin su habitual locura. Fumamos
sendos Lacadif, y ella, con su
voz ronca, tararea entre dientes una
copla de Carmen: "¡Mírenlas!/ Sus
insolentes miradas…/Sus coqueterías.../
Cada una, descarada,/ fuma un cigarro".
Me deja frente a mi hotel y se despide
asegurándome que ha contratado para mí
una
auténtica joya. Enseguida, alzándose en
su asiento, devora mis labios en una
succión prolongada que no intento
cortar. El portero observa la escena sin
asombro, es un hombre viejo que todo lo
ha visto. En mi suite,
tardo mucho en conciliar el sueño. La
voz de Tamara sigue cantando en mi oído,
y evoca ante mis párpados cerrados las
imágenes de una cigarrería de Sevilla,
con sus obreras
semidesnudas liando puros en una nave
caldeada como el infierno, y una gitana
vestida de rojo que baila y taconea
entre nubes de humo en la taberna de
Lilas Pastia.
Por la mañana Tamara me recoge en mi
hotel. Es temprano y en el Paseo de los
Ingleses solo hay gaviotas marineras.
También se posan sobre las piedras
negras de la bahía con sus
alas
enormes, como ángeles rebeldes
condenados a confundir el cielo con el
mar. Jerome nos
espera en la villa. Tamara le ha
ordenado que se presente ante mí solo
envuelto en el paño con
que
se cubren los pescadores, para que yo
pueda apreciar mejor la real
magnificencia de su
estampa. Mi primera impresión resulta
desalentadora, porque es tan joven que
el mayor de mis
hijos debe sacarle un par de años, y tan
tímido como una doncella a la que van a
desflorar en
su
noche de bodas. Solo le falta cubrirse
con un velo ceñido de cequíes para
parecer una novia mediterránea. No es,
precisamente, un fruto en sazón, sino un
tallito tierno que anuncia poco zumo.
Sus rasgos se debaten indecisos entre
los de un efebo griego y un camellero de
Asram; piel olivácea, ojos de
cervatillo y rizos alquitranados sobre
una frente baja y concentrada;
esbelto como un cretense, sus músculos
abultados y firmes se afinan mucho en la
cintura y las caderas estrechas. Su
belleza, en la que percibo vestigios de
una fiereza domada, responde al
ideal romántico, pero sus ojos elusivos
y una mal disimulada languidez delatan
su androginia.
Estoy desconcertada. Tamara se da cuenta
y me dedica esa sonrisa sibilina de
quien se guarda
bajo la manga algún triunfo secreto. Y
es demasiado experta para desmerecer mi
confianza.
Pasamos a la habitación que hace las
veces de estudio. Tamara ha colocado un
diván y lo
ha cubierto con brocado rojo de textura
sedosa, y ha dispuesto alrededor cestas
de frutas y ramos de glicinas, pero
antes de elegir la pose definitiva
quiere tomar varios apuntes.
Siguiendo sus indicaciones, Jerome y yo
nos desnudamos. Avanzamos, observándonos
con
desconfianza de gladiadores, y
comenzamos por un acercamiento inicial.
Pronto las manos se posan sobre los
hombros y van descendiendo lentamente
por espaldas, caderas y pechos; poco
a
poco se aproximan las pelvis, se
entrelazan los cuerpos. Jerome tiembla,
y cuando su vientre se aprieta contra el
mío puedo sentir su desazón en el latido
filiforme de la sangre bajo la piel
tensísima. Ensayamos posturas de pie,
siempre guiados por Tamara, quien dibuja
febril sobre
su
bastidor sin dejar de seguirnos con la
vista. Me molestan su sonrisa procaz y
su mirada de virgen pútrida. En
una ocasión se impacienta ante nuestro
envaramiento y ella misma toma la
diestra de Jerome para hundirla un poco
entre mis muslos apretados.
Mastúrbala, ordena soez. Jerome
mueve la mano con torpeza y ahueca los
dedos uniendo en gesto mecánico índice y
pulgar, cual si buscara por hábito una
masa cilíndrica que no existe en mi
entrepierna. Tamara se impacienta
y lo abofetea. Jerome recibe el golpe,
voltea el rostro y enrojece. Un esclavo.
¡Sangre de Cristo, tienes que
meterle los dedos! —le grita ella—,
¡méteselos! Jerome,
nervioso, hinca sus dedos rudos en la
carne tibia de mi vulva y me hace gemir
de dolor: tiene
las
yemas ásperas del salitre y las uñas
partidas por la fricción del sedal.
Tamara le aparta la
mano
inhábil y me introduce la suya propia
para mostrarle el proceder correcto. Sus
dedos de ninfa rapaz excavan mi monte de
Venus hasta dejar al descubierto la vía
del placer; entonces,
con
cuidado exquisito, inicia un roce
apenas, a un ritmo acompasado que va
haciéndose por
momentos más intenso y veloz. Se me
escapa un suspiro y mis párpados
tiemblan, se me corta
el
aliento y el rubor colorea mis senos. La
miro suplicante, ansiando que llegue
hasta el final,
pero en este momento ella es solo una
artista que instruye a su modelo. Jerome
observa atento la operación, pero
su boca se pliega en un rictus que se
acentúa cuando Tamara retira sus
dedos y él se los nota húmedos de mí.
Creo que le disgusta el olor a hembra.
Tamara le ordena imitarla y él
obedece taciturno. Separo mis muslos
para facilitarle la tarea. Ella regresa
a su
asiento, retoma el caballete y vuelve a
dibujar, observándonos con esos ojos que
ahora parecen hallarse muy distantes de
la escena, como volcados hacia su propio
interior. Sus labios se mueven
mecánicamente y la escucho tararear con
su voz de ánfora vacía: “Tra la la, tra
la la, /¡Mi secreto yo guardo y lo
guardo bien/ !Tra la la, tra la la…/
¡Amo a otro/ y moriré diciendo que lo
amo!”.
Jerome empieza a masturbarme. Ahora me
lo hace despacio y ya no siento dolor.
Como no está viciado por el hábito de
acariciar vaginas, sus dedos se mueven a
un ritmo que mis sentidos desconocen. La
sensación que me provoca comienza a ser
intensa, me siento transportada. Busco
sus ojos para saber si disfruta como yo,
pero él rehuye mi mirada. Cierro los
míos y espero el clímax. De repente
Tamara aparta el caballete y anuncia que
por hoy hemos terminado. Es veleidosa ¿o
envidiosa? Jerome se limpia la mano con
disimulo en su delantal y abandona la
casa como un fantasma.
Tamara me invita a almorzar en su
terraza una exquisita carne blanca de
atún rociada con vinos especiados de
Levante. Desde mi asiento contemplo
ensimismada cómo el Mediterráneo, de un
violeta profundo, arde bajo un cielo
despejado. Ella insiste en que el
muchacho es un tesoro, pero me
recomienda poner en juego mi fantasía
para estimularlo. ¡Es
un marica!
—objeto desdeñosa, y me encojo de
hombros mientras paladeo calmosamente el
vino. Sí, todavía no ha
dormido con hembra —admite Tamara
con una sonrisita desdeñosa—, pero si
lo trabajas bien, Katinka, te dará
satisfacciones que tal vez no conoces.
Ya debieras saber que los placeres
ambiguos son también los más
interesantes. Siento el impulso de
recordarle que no he venido a su casa
para fornicar con un infante, sino a
encargar un cuadro, pero me contengo
porque eso no es tan cierto: también
persigo deleites prohibidos que hagan
reverberar mi carne adormecida por la
monotonía de una vida demasiado fácil.
Me excita la posibilidad de
probar algo nuevo, me espolean la
resistencia de Jerome, su timidez..., y
por qué
no decirlo: su asco de mí. Indolente,
Tamara extiende su pierna por debajo de
la mesa y con su pie desnudo oprime
suavemente mi vulva, pero sé que no hará
nada más, porque ella
solo
juguetea para enardecerme. Sin duda goza
mucho con eso y por el momento le basta.
Con
un
dejo de burla en su voz se ofrece para
llevarme en su Bugatti, pero declino la
invitación y regreso a mi hotel por el
Camino de los Ingleses, que a esta hora,
después de la bajamar, está
siempre cubierto de crustáceos.
Esa noche vuelvo a revolcarme entre las
sábanas de mi lecho imperial. Ardo en
deseos de
Jerome, que me rechaza porque ama a
otro, como dice esa copla de
Carmen que Tamara
tararea durante nuestras sesiones de
pintura. ¿Quién será ese amante a quien
Jerome prefiere?
Trato de imaginarlo y no lo consigo.
Cuando al final me duermo, sueño que
llego volando a la
villa, entro por una ventana y encuentro
al dulce mudo adormecido sobre el diván
del estudio. Su cuerpo, abandonado a la
lasitud de la siesta, reposa ajeno a mi
presencia, el rostro vuelto, párpados
cerrados, la mejilla apretada contra el
hombro, labios henchidos. Su respiración
pausada permite percibir bajo la piel
morena la sombra deslizante de los
músculos, como una
despaciosa danza de montañas; el
vientre, apenas cubierto por el paño
aflojado, nace en los
muslos entreabiertos; una pierna cuelga
al borde del diván, y la otra, curvada,
permite avizorar un pliegue
íntimo que precede a la soberbia cúpula
del glúteo. El sueño de Endimión,
me digo
contemplándolo absorta. Solo ahora,
gracias a una de esas misteriosas
revelaciones oníricas, descubro
la clave de su oscura atracción: púber
atormentado por el imperio de un vicio
secreto: la entrega total para ser
poseído, humillado, violado, y quizás,
también, torturado; un
suave animal hecho para la voluptuosidad
sombría del placer; un pasivo mendigo
del goce, dispuesto siempre a trasmutar
en víctima ese cuerpo donde ha
encarnado, por quién sabe qué
delicioso capricho de la naturaleza, el
príncipe cretense de los lirios.
Presiento la suavidad del vello
que sombrea sus ingles: retiro el paño
con extremo cuidado para que el
durmiente no
vaya
a despertar, y allí, en el centro del
mundo, como una perla dormida en su
ostra, yace su sexo tierno y
enervante, de un deslumbrante marrón
rojizo inmerso en el castaño de los
muslos, y de inmediato viene a mi
memoria la viva imagen de un tabaco de
Vueltabajo. Otra
vez
las deidades del sueño se han mostrado
benévolas conmigo, y el mensaje es tan
claro que
despierto de golpe y corro de la cama
hacia el placard donde guardo mi
equipaje. Sí, en mis
maletas he traído de Cuba una caja de
habanos Romeo y Julieta, marca
costosísima, obsequio
de
Juan para el doctor Panchón Domínguez,
médico de la colonia cubana en París.
Pero creo que el buen Panchón va
a quedarse esta vez sin sus tabacos
preferidos. Me observo en el
espejo, y el azogue me devuelve la
imagen de Clodia Pulcher, matrona
impúdica, en un marco de pámpanos
dorados. Sacudo la cabeza remedando a
Tamara cuando dice trato hecho.
Al alba tomo un taxi y corro hasta la
villa. Encuentro a Jerome en cuclillas
ante la puerta
cerrada, aguardando con mansedumbre que
le inviten a entrar. Bañado en la luz
rosácea del amanecer, semeja a Ganimedes
amado por los dioses. Hoy tenemos una
sesión de trabajo
difícil, porque Tamara nos hace ensayar
posturas yacentes. Nos tendemos
abrazados sobre los divanes,
sobre las alfombras, sobre los grandes
cofres de taracea. Yo lo estrecho con
vehemencia contra mi pecho sin ocultarle
ya mi deseo, y siento que su cuerpo se
muestra
ahora más dócil a mi reclamo, se adapta
mejor a mis curvas y honduras.
Y
cuando Tamara le
indica introducir su muslo entre los
míos para crear la ilusión del coito, él
hace más: aplasta su boca sinuosa contra
mis labios en el amago fugaz de un beso.
Me sorprenden la frescura de su
boca y la firmeza con que sus brazos me
sujeten para que no resbale sobre la
tapa convexa de madera pulimentada. Sé
muy bien que los años nunca han sido una
barrera para el triunfo del amor,
y si algún obstáculo necesito vencer con
este niño no es mi edad, no es ni
siquiera la
ambigua cuestión de su sexualidad, sino
la pureza inquebrantable de los impuros:
su inútil fidelidad al encenagamiento en
que ha vivido. Hasta diría que Jerome
posee una ética secreta
que lo ata a la oscura hermandad de los
sodomizados, pero creerlo sería ir
demasiado lejos; yo no he venido a
idealizarlo, sino para gozar de él.
Él
es mi
oscuro objeto del deseo y nada
más.
Me decido por la última postura: yo,
tendida sobre el cofre, la cabeza
descolgada hacia atrás mostrando la
garganta y un atrevido escorzo de mis
senos, y Jerome sobre mí, sujetándome
con agresividad como si fuera a violarme
(así podré conservar una lasciva imagen
de sus nalgas). Ordeno a Tamara que
esparza por el suelo unos cuantos ramos
de adelfas y narcisos y algunas frutas y
copas volcadas. Después discutiremos
los honorarios,
digo, y ya no vuelvo a hablarle con esa
intimidad cómplice que he usado con ella
desde que nos conocimos, sino con
la fría autoridad con que acostumbro
tratar a quien trabaja para mí. Y
es
que Tamara ya cumplió su papel en esta
obra y es hora de que haga mutis
discretamente.
Ella
capta el mensaje y no le gusta, pero
viene de abajo, es aristócrata solo por
matrimonio (en
realidad, una golfa), así que me obedece
a su pesar y se disipa como polvo en el
viento.
Al verse a solas conmigo, Jerome se
acurruca en un rincón. Inmóvil, abrazado
a sus
rodillas, toma el aspecto de un crío a
quien la madrastra malvada ha encerrado
en el cuarto de
castigo, pero bajo su mirada temerosa se
solapa una trémula expectativa. Avanzo
desnuda
hacia él llevando entre mis manos el
estuche de habanos como una ofrenda, y
me detengo ante él: Soy la
sacerdotisa del tabaco —me bautizo a
mí misma-—, y tú eres su espíritu.
Me arrodillo a su lado, levanto la
tapa, le muestro el contenido y le
pregunto: ¿Has fumado esto alguna
vez? Jerome niega en silencio sin
apartar su vista de los puros. Es un
placer maravilloso —instilo
insinuante en su oído—. En el humo
habita un hada que te hará ver en sueños
cuanto desees. Voy a mostrarte cómo se
fuma, y si aprendes pronto, te regalaré
la
caja.
Lo miro
fijo a los ojos al tiempo que le coloco
un habano entre los dedos:
Atiende bien, Jerome, y hazle a este
tabaco todo lo que yo te haga a ti,
¿comprendes? Jerome asiente muy
serio. Con parsimonia ritual retiro el
paño que cubre sus calientes ijares de
potro, y tomo su virga entre mis dedos
índice y pulgar. Compruebo sin
sorpresa su total semejanza con la que
vi en mi sueño. Lo
primero
es elegir un buen habano
—le digo con una voz de la que en vano
intento suprimir la emoción que me
embarga—. El buen habano debe ser
prieto al tacto y bien elaborado: firme,
pero no duro: hay que palparlo
ligeramente... —y mientras, presiono
su virga como si quisiera comprobar su
dureza. Enseguida Jerome me imita
palpando de igual
forma su tabaco. El miembro comienza a
despertar de su pesado sueño, pero aún
está lejos de tener la
consistencia necesaria. Jerome me deja
hacer con la mirada extraviada. Hago un
esfuerzo violento para continuar con mi
lección: El tamaño del habano
—musito con una voz enronquecida por mi
deseo sucio, animal— lo elegirás de
acuerdo con el tiempo que tengas para
poder disfrutarlo. Pero lo primero es
oler —le incito. Acerco mi nariz a
su entrepierna y aspiro deleitosa; de
allí brota un vaho cálido mezcla de
salitre, madera y sudor, que me
estremece las entrañas... Jerome aspira
su tabaco, al principio mecánicamente,
pero una repentina distensión de sus
facciones me indica enseguida que el
olor le ha resultado agradable. Los
habanos cubanos tienen aromas únicos
—susurro—; pueden oler a chocolate, a
setas, vainilla, nueces... Jerome
aspira por segunda vez el puro que
sostiene entre el pulgar y el índice, y
ahora sí se permite una tímida sonrisa
de placer. Vamos a cortarle la punta
—lo
interrumpo. Jerome deja de sonreír y se
sobresalta como un niño, mirando
alternativamente a su miembro y a
mí. Con una guillotina pequeñita,
—le explico—, pero como no tenemos,
vamos a hacerlo con los dientes. Mi
cabeza se abate sobre su sierpe, que
ante mi ataque se
enrosca despavorida; mordisqueo
codiciosa el diminuto orificio de su
glande y la virga vuelve a entrar
en razón: el vientre de Jerome se
contrae en un espasmo involuntario, pero
él se domina y a su vez descabeza su
tabaco de una ágil dentellada. Está
muy bien —lo estimulo, mientras con
mi mano libre le oprimo dulcemente la
bolsa del escroto y el montículo
umbroso—,
pero
ve con cuidado para que no
desgarres la piel de tu habano.
Ahora, se procede a retirar la anilla...
—ejemplifico empujando hacia atrás
el prepucio fuerte y rugoso. Jerome,
como un autómata, desliza la vitola de
su puro. Su pelvis, ya seducida, avanza
velozmente hacia mi boca: ¡No!
—lo detengo—. Ahora viene el corte y
hay que hacerlo con mucha precisión,
justo sobre la línea donde el gorro
se une a la capa —y para marcar
bien el
sitio me ensalivo las puntas de los
dedos y le froto con mucha suavidad el
borde del glande y
el
frenillo engrosado y tirante. Jerome
suspira y arde y parpadea. Saco de la
caja un trozo de corteza de
cedro, lo enciendo en la llama de una
vela y se lo entrego: Ahora le
acercas la candela a tu tabaco y lo
enciendes así... —comienzo a pasar
mi lengua mojada por la punta de
su
glande. Acaricio, presiono, raspo en
lentos movimientos circulares que lo van
encerrando en un estrecho cerco
de tibiezas. La frente de Jerome se
cubre de sudor, y cuando acerca la
corteza encendida al borde de su habano,
pequeñas perlas húmedas aparecen sobre
sus
hombros.
Lo
siento estremecerse y jadear. A estas
alturas de nuestro juego ya su miembro
se
ha
vuelto duro y firme, con la consistencia
necesaria para ser fumado. Sin embargo,
todavía
debo esperar un poco, porque una vez que
se ha prendido el habano, hay que
mantenerlo cierto tiempo cerca de
la llama: Mientras más grueso, mayor
tiempo será necesario para garantizar
que se mantenga encendido —le
explico, y continúo ensalivando su
primavera, que alcanza ya
tamaño codiciable. Poco a poco voy
abriendo círculos más amplios e
imprimiendo a mi lengua mayor
velocidad. Mi cabeza gira para mejor
circunvalar su breva pantagruélica.
Jerome
entiende y hace girar despacio el puro
entre sus dedos manteniéndolo en
contacto con la llama de cedro.
Así se quemará bien parejo
—apruebo. Jerome cierra los ojos y
suspira. Bajo el continuo frotar de mi
lengua su glande ha enrojecido y
ahora se asemeja a una seta inmensa,
amanita gloriosa que pronto ha de
llevamos a la cumbre del éxtasis divino.
Antes de seguir, tomo una copa
con restos de champagne: Esto no
deberás hacerlo nunca cuando fumes en
público —le advierto—, pero aquí
nadie nos mira. Sumerjo su glande en
el licor y le entrego la copa. Jerome
la toma y hunde la punta de su tabaco en
la bebida, y paladea el sabor al mismo
tiempo que yo devoro su zeta
emponzoñada, y chupo, y lamo en
círculos, y sigo chupando y lamiendo
hasta sentirlo trémulo bajo la pérfida
caricia de mis manos. Al fin su vientre
endurecido se rebela y ansía ya liberar
sus ardores; No, Jerome
—suplico—, es pronto aún: el sabor de
un habano solo se vuelve intenso después
de haber fumado más de la mitad.
El
muchacho está tan excitado que apenas
logro contenerlo acudiendo al vasto
repertorio de
mi
arte de amar. Al fin, condeno su tenso
bulbo a la lúbrica faena de mis belfos,
mientras mis manos, ávidas, se
ocupan de sus nalgas. Me sorprende la
resistencia extraordinaria de un recinto
posterior habituado a hospedar invasores
violentos. Insisto, penetro en el túnel
y mi presa desfallece una vez más.
¡Sigue fumando, sigue! —lo exhorto
con vehemencia— ¡Mantén el humo en
tu boca, paladea su sabor...! ¡El tabaco
no se puede apagar, Jerome, hay que
dejarlo arder hasta que se consuma...!
Pero he colmado su medida. Fiel al
ritual fumador,
me
aparto antes que la ceniza hirviente
caiga al suelo. Jerome mantiene su
erección todavía un
instante, mientras me mira con ojos
desorbitados por la desenfrenada locura
de su goce, y al
final, se derrama sobre su propio
vientre como un manantial recién nacido
sobre la falda de un monte. Voy
sorbiendo sus jugos mientras él se
desploma en mis brazos, y reconozco en
el temblor gimiente de su carne que ha
descendido al fondo del abismo. Miembro
y tabaco decrecen lentamente, y nosotros
terminarnos compartiendo la agónica
dulzura de la
culminación. Jerome no me ha tocado,
pero no ha sido necesario: mi sexo arde
como una fragua. ¡Dios, yo nunca había
probado un erotismo tan enloquecedor! Mi
amante continúa extenuado y no encuentro
otro remedio que aplacarme a mí misma.
Nos rendimos al sueño,
muslos entrelazados, pechos húmedos, y
nadie ve la luna cuando aparece entre
una floración de negras nubes y
comienza a rielar sobre los cuerpos en
reposo.
Mi estancia en Niza llegaba a su fin y a
la mañana siguiente viajé a París. No
volví a verlo,
pero siempre pensaba en él, y cuando
regresé al año siguiente fui a su aldea
con intención de
buscarlo. Me contaron que había muerto
en circunstancias extrañas poco después
de mi
partida. Desapareció durante días y unos
niños hallaron sus restos incinerados en
un basural.
Se
sospechó de un comerciante árabe que era
su amante y lo habría matado por celos;
aquel hombre era el verdadero dueño de
la casa rentada por Tamara, donde enseñé
a fumar al bello mudo infeliz.
Según otra versión, lo asesinaron unos
pescadores para robarle cierta caja de
habanos carísimos que Jerome guardaba
con gran celo y jamás aceptó compartir.
Averigüé
algunos detalles sobre su vida. Supe que
había nacido de una mujer argelina,
esclava fugitiva
del
harén de un turco. Madre e hijo vivían
pobremente de la pesca, y cuando había
posibilidad
de
obtener buena paga, Jerome tenía sexo
con turistas que iban a la aldea
recomendados por
amigos a quienes el muchacho vendiera
anteriormente sus favores. Recordé
súbitamente la presencia en los
alrededores de Cocteau y Radiguet. No
hubo ninguna pesquisa policial.
Jerome era un mísero prostituto sin
apellidos y ni siquiera poseía
documentos; no era nadie, como si
no hubiera existido jamás. ¿A quién le
iba a importar que alguien lo hubiera
supliciado?
Pero yo tengo mi propia sospecha:
Tamara Lempicka fornicaba con el
comerciante
musulmán, y los dos habían usado al mudo
muchas veces, quizás a cuatro manos,
quién sabe. Al recordar ahora la sombra
de locura que acechaba en los ojos de
aquella mujer, no me parece que fuera
incapaz de cometer tal crimen, en un
intento demencial por empujar, siempre
más lejos, la frontera que impide a los
mortales dilatar hasta el infinito la
fuente oscura del placer.
La muerte de Jerome me perturbó más allá
de cuanto hubiera creído. Yo habría
deseado
obtener de él mucho más que un orgasmo,
aunque aquel haya sido el mejor de mi
vida. A pesar
de su extrema juventud, o quizás por
ella misma, yo hubiera deseado que
paseáramos juntos al
amanecer por el Camino de los Ingleses,
pisando caparazones de crustáceos
muertos y
espantando gaviotas confundidas;
contemplar tomados de las manos la
puesta de sol sobre las aguas
negras de la bahía, y asistir, abrazados
entre las piedras desnudas del
anfiteatro, a la representación de
Medea, o Edipo en Colonna,
viendo rielar la luna antigua del
Mediterráneo
en
su perfil de lirio principesco. Revivir
a su lado el mundo encantado de un
primer... o de un último amor. Y
hubiera querido que él lo supiera. Tal
vez mi confesión habría dado algún
alivio a su melancolía, redimiéndolo un
poco del terrible desprecio de sí mismo
que seguramente lo abrumaba, y que debió
amargar su breve vida.
Cada atardecer, cuando en mi casa del
Vedado hiere la luz aquel vitral para el
que un día
los dos posamos juntos, se me escapa un
sollozo qua a duras penas consigo
sofocar. Vuelvo a
sentir la oliva de su piel fundiéndose
al calor de mis caricias; veo su faz
sombría
contemplándome bajo el opaco resplandor
de un pebetero, y en ocasiones, hasta
creo escuchar la grave voz de una
Tamara invisible cantando por los
rincones una última copla de Carmen:
"El dulce hablar de los amantes/ sus
promesas y éxtasis,/ todo es humo/ que
por el aire asciende al cielo.../
asciende al cielo..."
Gina Picart Baluja
(Ciudad de La Habana,15 de febrero de
1956) comenzó su carrera oficial como
escritora en 1994, con la publicación de
su opera prima La poza del ángel,
libro de relatos que obtuvo el premio
David de ciencia ficción en 1990. La
poza del ángel obtuvo también los
premios Pinos Nuevos 1993 y
HabanaFicción 1998). En 2000 fue
publicado su libro El druida. En
2006 aparece Malevolgia, su
primera novela. En 2007 publica sus dos
nuevos libros La ciudad de los
muertos y La poética del signo
como voluntad y representación
(premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras
2006). |