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Vives en tu propio
entresuelo,
por el cual deambulas.
John Berger
Por supuesto que al principio el
sueño no se había repetido todas las
noches. Pero después sí. Entonces Amanda
tomó pastillas, iba cortando las
tabletas de Alplax de a 0.25 hasta
conseguir un atontamiento pesado, como
de yeso, que la despertaba de golpe al
final de quince horas y con un dolor
insoportable en la cabeza. Gritaba,
además, no bien abría los ojos, aunque
fue el grito, esta vez, el que la obligó
a abrirlos, y a pasarse la mano por la
frente. Sudaba. También en la base del
cuello y aún más arriba, en la nuca. Sin
embargo el sueño, ese que se le venía
repitiendo desde hacía cuatro meses, o
quizá, justamente, ante lo ya sabido por
esta repetición, bueno, pues bien, hoy
el sueño no le parecía tan terrible. O
por lo menos no ahora, al recordarlo con
los ojos abiertos en el cuarto
oscurecido a las cinco de la tarde
–porque Amanda, gracias a una obsesión
que a la larga se hizo costumbre, había
anulado cualquier resquicio de luz,
cualquier amago que se filtrara por la
persiana forzándola hasta la clausura,
incluyendo la barra blanca de debajo de
la puerta, con un pañuelo grande, o un
pedazo de tela-, y para concluir eso,
para convencerse de una vez por todas de
que el sueño no era tan terrible, Amanda
comenzaba su día.
Con desconcierto, primero, la
mujer observó la habitación. Sí, era su
cuarto, sólo que más empequeñecido, y
mucho menos amenazante que cuando se
había dormido. Reconocía, sobre todo,
las risas casuales rebotando en la
persiana, la respiración ruidosa de un
perro, la alegría gratuita de un
muchacho que corre por la calle. Las
desventajas de vivir en la planta baja,
ya lo sabía. Como dormir en la vereda.
Simultáneamente, concluyó también, y no
sin cierta sorpresa, el borboteo de
estas voces –que bastaron para
inquietarla la noche anterior- le
generaba ahora una suerte de alivio.
Reinstalaba la vida. Era la vida
de allá afuera, con sus sonidos
apacibles y murmullos sin violencia.
Confirmaba, en suma, que no había que
tomarse el sueño tan a la tremenda.
Claro que al comienzo, ella había
intentado no dormir. Pero cuando la
noche se volvió angustia y desorden y
miedo, resolvió que cualquier cosa era
válida si atravesaba un momento
excepcional. Y ya llevaba cuatro meses
de un insoportable momento
excepcional. Bien confesado, Amanda
no sólo había cedido ante esta cuerda de
tranquilizantes y somníferos, sino que
además los mezclaba con anfetaminas. El
farmacéutico mercenario, mientras tanto,
le vendió lo que quiso. Pastillas para
dormir, para estar despierta, para
recuperar la memoria, para tener ganas
de vivir. En esa época el mundo no
sucedía, flotaba. Sin embargo, siempre
era mejor andar así, siempre era
preferible andar tragando píldoras que
soportar la repetición del sueño. La
tarde en que despertó dando manotazos a
las persianas, pidiendo auxilio a los
gritos, poco antes de que un vecino
llamara a la policía, la tarde en que
explicó su pesadilla a tres oficiales
que no la tuteaban, esa tarde, sucumbió.
El sueño siguió repitiéndose y Amanda
masticaba pastillas sin agua convencida
de que ya no le hacían efecto.
Pero aún cuando recordara esa
tabla de madera que se clavaba de
frente, sobre su cara, aún cuando
recordara el golpe de los bordes
cerrándose, encajonándole el pecho, hoy
estaba decidida a no dejarse amedrentar.
Soñar que la enterraban viva, no tenía
ninguna importancia; despertarse a las
cinco de la tarde, tampoco; fumar dos
atados de cigarrillos, casi no comer y
mucho menos salir a la calle –mientras
las tazas sucias de café se apilaban
hasta el infinito en el fregadero de la
cocina, quedaban inútiles las lámparas
rotas, y las paredes despintadas
metaforizaban su vida-; bueno, pues
bien, hoy su geografía cotidiana no
tenía ninguna importancia. Porque se
enoje quien se enoje, ella se había
encerrado a terminar su primer libro –un
libro vasto y milagroso como una
montaña, pensó tendida en la oscuridad-,
la serie de borradores que era imposible
desentrañar. Un disparate aprovechable,
ahora, que no debía volver a dar las
clases en el instituto. Se mentía,
claro. Ya había pasado casi un año sin
que Amanda pudiera escribir ninguna de
sus historias, y algo como una leve
traición interior, algo, esa tarde,
comenzaba a desordenarse nuevamente. Lo
detuvo a tiempo. No podía seguir así.
Necesitaba desayunar, darse una ducha,
comprar tabaco, y encerrarse en el
escritorio; necesitaba aferrarse con los
dientes a una rutina metódica que le
impidiera desbandarse, con tal de no
pensar en sus treinta años casi
cumplidos sin terminar su primer libro,
en sus dos noviazgos frustrados –el
primero que acabó porque Pablo se pegó
un tiro; el segundo que acabó por tus
trastornos y tu incapacidad de vivir,
según Ignacio dijo- y en su dolor
permanente en la garganta. Y en sus
obsesiones, sus pesadillas, y su miedo.
Pero lo cierto era que este despertar
formaba parte de una mujer delineada y
bien real, cuyos enredos nada tenían que
ver con el oficio –con el hecho de que
se despertara, cada tarde, dispuesta a
escribir- porque si hubiera sido
tejedora, por ejemplo, o linotipista, le
habría ocurrido exactamente lo mismo.
Entonces el caso, hablando más en
concreto, es que Amanda comía arroz y
fideos y lo justificaba como el costo de
una nueva poética. Qué osado, qué
romántico, oh. Sin embargo, se
justificaba, y esa era otra de las
claves del asunto. Como admitir que una
mañana dictó clases en pantuflas y se lo
atribuyó a su distracción. Que después,
durante una pelea con Ignacio, sintió un
dolor en la garganta, y fue como si le
estacaran la voz a un palo. Que le
llevaba media hora salir de su casa, ya
que se pasaba el tiempo revisando si
había dejado algún cigarrillo prendido o
si se le estaba incendiando la cocina.
Que le daba asco comer, que vivía al
borde de la náusea. Las clases
languidecieron y Amanda no volvió al
instituto. Se extrañaron que no hablara
en las reuniones, de que fueran bruscos
sus pocos comentarios, Ignacio lo sintió
en el alma, pero acabó por abandonarla.
Y ella no salió más. Algunas veces,
atendía el timbre, el teléfono. Una
noche de visita, sus padres la
desahuciaron en el comedor. Se estaba
volviendo loca, dijeron. Tenía esa
expresión de miedo metida en el fondo de
los ojos. Entonces se encerró, porque
detrás de cada cosa que hiciera, siempre
encontraba miedo. Bastaba un gesto para
que se desatara. A veces, no bastaba
nada. Boquear, sencillamente, abrir la
boca lo máximo que puedo tratando de
respirar, ese es mi modo de pasar el
día.
Y sin embargo, todavía, le
faltaba lo peor.
Hubo un tiempo en el que hablar
era como temblar de delirio y de fiebre.
Amanda podía jurar, por ejemplo, que su
madre había muerto, cinco minutos antes
de que sonara el teléfono y conversara
con ella con naturalidad. Esto, por
poner un ejemplo, porque hubo otras
historias también, más disparatadas o
más grotescas. Habló, mintió, y hasta
acusó, y cuando mentía, sabía que
mentía, aunque no podía, o no quería,
dejar de hacerlo. Pero eso no era lo
peor, eso era lo peor de lo peor. Amanda
no se da cuenta de que no se daba
cuenta. Hasta que un día habló y se
escuchó, y cargando sobre su espalda las
historias que inventaba, vino un
desconcierto lento parecido al
despertar. Era un nuevo comienzo y no
tenía opción. O sí tenía. Matarse, por
ejemplo. Linda gama de posibilidades, la
vida. Abrir el gas, manipular la
manijita hasta alcanzar un sueño pesado
como el que le daban las pastillas, y
esperar dormida a que volara el edificio
entero. Ahorcarse, sino. Y no molesta a
nadie hasta que te encuentran. Pero lo
cierto es que nunca me quise morir,
siempre tuve ganas de quedarme hasta el
final. Lo había decidido cuando era
chica y había vuelto a decidirlo a los
veintitrés años, frente al cadáver de
Pablo. No quiero, murmuró, ni que él
haya muerto, ni que yo. Amanda vomitó en
el velorio y no llegó al entierro. Dejó
de comer, o casi. Luego vino el
desasosiego, la certeza rara de que el
cuerpo encajonado no era el de
Pablo. Qué tenía que hacer para que no
te fueras. Y qué hice, después de esto.
Cumpleaños encadenados, y el dolor de
querer que él esté ahí, en casa,
mirándome con un gesto de asombro ante
lo que yo acababa de decir. O mi
necesidad de oírlo hablar durante las
noches. Y más luego, qué. Clavar la
lápida, seguir la vida, y observar el
triste crecimiento de mis uñas. Treinta
años no es tanto, al fin de cuentas. Hay
gente que llega a cien. La inmortalidad,
eso quiero. O ser antigua como la
tierra. Una pulcra longevidad. Por eso
ahora, Amanda se quitó de encima las
frazadas, saltó fuera de la cama, y se
desvistió sin prender la luz: iba a
darse una ducha y a comprar cigarrillos,
iba a entrar en el escritorio y a
empezar su tarea por fin. Tomar el lápiz
y tenerse paciencia, la paciencia diaria
en la que siempre me doy tiempo para
reparar la música. Entonces hoy sí. Hoy
definitivamente sí. Un gesto nomás y
sacudiré montañas: aunque de veras nunca
haya elegido el miedo, ni la sensación
alarmante de vivir mordiéndose la cola,
aunque de veras nunca haya elegido el
miedo que no cesa de estar ahí: bien
firme y derechito delante de ella, o
mejor, brotando de cada parte del cuerpo
de ella, acordonándola y sacudiéndola,
como si la hubiera amordazado en un
umbral. Pero lo que aún no sabía es que
ante aquél hombre gigantesco, Ignacio,
ante su ademán de extender la mano e
invitarla a subir, y a vivir de un modo
pleno y alegre, por fin, ante todo lo
que podría haber sido hermoso sobre la
tierra, ella, Amanda Liz, la joven
escritora in potentia con nombre
de gerundio que en cualquier momento
empezaría realmente a envejecer,
la que chapoteaba a propósito dentro de
su casa como si este fuera su único
objetivo, una mujer abortada y tan real,
a pesar de todo, ella, sencillamente,
huyó. Había pactado con la huida incluso
mucho antes de rechazar este gesto, y
ahora, si quería salir, estaba obligada
a remontarse hasta el final de una zona
sin nombre, aunque tratara de evadirla,
aunque prefiriera esquivarla o
disfrazarla, aunque se pusiera a salvo
creyendo que podía cambiar las cosas sin
detenerse a observar, sacando
conclusiones onanistas y siempre nulas
mientras su zona permanecía ahí:
justamente, porque había huido.
Por eso, todavía, le faltaba lo
peor.
Se puso de pie –había estado
leyendo en el escritorio, había
desistido, una vez más, de ordenar los
papeles o de esbozar una historia, y
había reemplazado este desistir por la
lectura, por aquella rara placidez que
le daba Keats y que sin embargo tampoco
alcanzaba a arraigarla del todo-; se
puso de pie y en vez de atender el
teléfono que continuaba sonando y
aturdiéndola como si no fuera a parar
nunca, lo desconectó. Sin escucharlos,
borró los mensajes indicados en el
aparato y, ya en el pasillo, le pareció
más práctico caminar hasta la cocina.
El mundo es demasiado brutal para mí.
Un mecanismo fácil, una perilla
junto a la heladera inventada por un
electricista salvador, permitió que
también desconectara el timbre. Amanda
llenó la pava de agua y esperó que el
agua hirviera. Era el segundo termo de
café que preparaba esa tarde, antes de
volver a encerrarse en el escritorio. Se
sentó de nuevo, pero como si en realidad
se sentara sobre un resorte, volvió a
ponerse de pie. Esta vez, porque quizá,
quién sabe, había olvidado algo
encendido en la cocina. La hornilla o un
cigarrillo mal apagado que seguramente
fumó mientras esperaba el hervor del
agua. Cierto que las paredes, así
cargadas de polvo y marcas de humedad,
no ayudaban demasiado para no distinguir
ese comienzo de humo y fuego que ella
siempre esperaba encontrar en la cocina.
Cierto también, sin embargo, que había
revisado cada parte, dentro de las
alacenas y en el suelo, había mirado,
incluso, detenidamente dentro del tacho
de basura, pero tampoco estaba tan
segura de haberlo hecho. O mejor, no
recuerdo, precisamente, haberlo hecho.
Así de incongruente era el asunto y
aunque, vamos, Amanda sabía que este
tipo de cosas podían ser catalogadas
como obsesiones de las más simples, por
qué no condescenderse un poco, por qué
no permitírselo ahora. Sólo le llevaría
un momento, una revisadita ligera nomás,
y entonces sí, volvería a su libro, y a
su escritorio.
Hacía cuarenta y cinco minutos
que estaba mirando fijamente el tacho de
basura. En realidad, se dio cuenta de
golpe de que estaba acechando el tacho
de basura, sentada de cuclillas en una
esquina del patio, y luego de haberle
volcado un inmenso balde de agua.
Para que no se incendiara. O sea que
en algún momento volví a la cocina –y
cuando volví a la cocina, miré el reloj
del comedor: las ocho de la noche, ya-;
o sea que en algún momento saqué ese
tacho al patio y, para quedarme
tranquila, le tiré agua encima. O sea
que, si ahora son las nueve menos cuarto
y estoy sentada a la mesa, fumando un
cigarrillo –luego de haberlos buscado
circularmente por toda la casa, entre
los almohadones del sillón y entre el
polvo de los almohadones del sillón,
sobre la maceta seca de la cocina y en
el ropero, hasta encontrarlos,
finalmente, debajo de los papeles del
escritorio, porque en qué otro lugar
iban a estar, sino-; o sea que me pasé
la tarde perdiendo el tiempo y este
cansancio es tan indescriptible, es casi
tan irreal, que dan ganas de reírse.
Pero no. Porque una especie de silencio
interior, una paz inmensísima la
concentraba en el tic-tac colgado de la
pared, en el fluir lento y apelmazado
del agua que pasaba por los caños
arriba, en el techo, o en los pasos
regulares de algún vecino que atravesó
el palier y salió a la calle. Y en el
viento suave que acariciaba las hojas,
allá a un costado, en el crecimiento de
la noche del patio.
El pájaro simplemente apareció.
O mejor, ella lo vio aparecer sólo
cuando el pájaro se detuvo en el umbral
del patio, alzando su hermoso copete de
brillantina, moviendo el pico, con dos
golpecitos precisos, sobre los lados de
la pechera. Amanda sonrió, aspiró el
cigarrillo, y volvió a mirar. El pájaro,
dando saltitos, se había animado a
entrar en el comedor y así, ahora, sin
girarse siquiera, doblaba lo más
tranquilo por el lado del esquinero.
Antes de ponerse de pie, sin embargo,
antes de decidir seguirlo, dócilmente,
hasta el baño, Amanda apagó el
cigarrillo sin terminar. Encontró al
pájaro de espaldas, inmóvil, parado
sobre el piso de azulejos del baño. Lo
encontró de pronto dando un pequeño
salto que se transformó en un breve
aleteo, y este aleteo se convirtió
después en un cambio de posición: Amanda
lo encontró inmóvil, parado sobre el
borde de la bañadera, sólo que ahora el
pájaro estaba de frente y la miraba a
ella. En cualquier momento me va a
hablar, pensó Amanda. El pájaro habló:
-Pío –dijo el pájaro.
Tal vez, si alcanzo la toalla
sin que el animal se de cuenta –como de
hecho Amanda estaba haciendo ahora-, tal
vez, si la arrojo con mucho cuidado
sobre él –como empezaría a hacerlo,
luego de estirarse hacia delante y
descolgar la toalla-, entonces sí, podré
atraparlo y llevarlo al patio, sentir el
latido espeso entre las manos, arrimarlo
a la saliente de la pared: incitarlo a
volar, después. Descolgó la toalla y la
toalla cayó. La insistencia enajenada de
los golpes, cayendo una y otra vez sobre
el borde de la bañadera, se cortó de
pronto con el timbre del teléfono.
Amanda atravesó el pasillo, levantó el
tubo, habiendo detectado ya esa especie
de opresión que se instalaba en su
garganta. Y escuchó. Escuchó la voz de
alguien que parecía muy dormido o muy
borracho, escuchó la voz de Pablo:
-Amanda, ¿todavía estás ahí?
Después fue un disparo. Un tiro
de revólver y sin embargo sé que todo
esto no es real, lo sé, puedo
entenderlo, puedo pensarlo, puedo decir
ahora estoy acá, en casa, y estoy sola,
pero el fuego y el pájaro y el teléfono
me acaban de suceder, me suceden
todavía, me suceden de un modo tan
concreto, tan material, como cualquier
cosa que puedo atrapar con la mano,
sucedieron y comenzaron aunque nunca
entienda cuál es el momento exacto, la
juntura por la que me deslizo, y por la
que una vez adentro, ya no se puede
salir, no antes de que roces el final,
cariño mío, no antes de que te agotes en
ese final, o muerdas el centro de
aquella zona sin nombre en la que habita
lo peor.
Y entonces así, le sucedió.
Como si la fuerza del disparo la
hubiera empujado hacia atrás, Amanda
llegó a la cocina en el momento en que
levantó los ojos y vio explotar la
bombita de luz. Manoteó un vaso de la
alacena y se giró rápidamente para
defender la espalda, arrojó el vaso
contra la pared del comedor y esperó el
ruido apoyando una mano sobre la
hornilla. Una lamida de fuego rozándole
la palma, la sangre lenta que brota del
oído y un chico de ojos pulverizados que
corrió a esconderse del cielo gris, una
fila de hombres quietos sobre ese
horizonte de mar, inmóviles frente a
granadas que revientan, una a una,
salpicando la arena, y una tanza de
pesca enrollada a cada sexo,
apretándolos con furia hasta que la mano
de mujer y uñas pintadas tira y desgarra
la carne y la arranca como si fuera una
venda, porque detrás de cada venda hay
siempre llagas y dientes rotos, hay
bordes quemados como costras negras, y
salpicaduras de baba, y gusanos
enroscados en cada tramo de la lengua,
pero ella no pudo hablar ni decirle a
Pablo que no se matara, ni decirle a
Ignacio que no quería acabar de esa
manera, no es tan grave, dijo Ignacio, y
ella apoyó la taza de café fuera del
plato y asintió con un gesto o con la
cabeza, aunque después aulló sin
articular sonido y no supo si era cierto
que había matado un pájaro con las
manos, y si había escuchado un tiro en
el cuarto del lado, y así, en la noche
agigantada de su rincón, percibió el
llanto y los alaridos creyendo que
gritaban mujeres, hasta que abrió los
ojos con pánico y supe que era yo la que
gritaba, y que era el miedo, y que es el
miedo el que me obliga a salir
sonriendo, sonriendo y casi enloquecida,
a mentir y a gritar.
Temblando, con las rodillas
pegadas al pecho y los brazos alrededor
de las rodillas, Amanda se quedó en el
suelo, en una esquina del comedor. No
había cerrado los ojos, y ahora, aún
manteniéndolos abiertos –y siempre así,
demasiado abiertos- prestaba una
atención desmesurada al recorrido del
agua, arriba, en los caños del techo. El
sonido la suspendía. Comenzaba en la
esquina exacta bajo la que ella estaba
acurrucada y se alargaba como una recta
hasta volverse inaudible cuando entraba
en su cuarto. Lentamente, otra vez, el
sonido creció sobre ella y se prolongó:
le marcaba la respiración. Después, por
los golpes en la puerta, se sobresaltó.
En realidad, sólo fue el timbre
siguiente y largo el que hizo que ella
girara la cabeza. Gateando, entonces, la
mujer atravesó el comedor y, con mucho
cuidado, se enderezó hasta la altura de
la mirilla. El ojo de pez mostraba los
lentes deformados de la portera y junto
a ella, el vaivén de la calva del
administrador. La calva se quedó quieta
y carraspeó, la portera acercó los
nudillos pero los detuvo a tiempo antes
de volver a golpear, Amanda se dejó caer
de nuevo en el piso y apoyó la espalda
contra la pared. Después sí se alejó, lo
más sigilosamente que pudo y siempre
gateando, mientras escuchaba los pasos
que también se alejaban, pero en sentido
contrario y por el palier. La san puta.
El tajo en la muñeca fue finísimo,
apenas mostró una línea de sangre. La
mujer esquivó de algún modo el resto de
los vidrios rotos y, rendida por fin,
agotada hasta lo más hondo, se puso de
pie, como si este ponerse de pie
equivaliera a dejarse caer.
Y ella no hizo fuerza, ni se
sujetó, sencillamente, se dejó caer
sobre la cama porque estaba cansada,
cansada de oponerse a aquello que le
sucedía y que ahora, por fin, le
permitía llorar, sin importarle la
tierra traída del piso o la sangre en la
muñeca; estaba llorando apretando la
boca contra las sábanas, y el puño muy
cerca de la cara y los párpados
doloridos de tanto apretar; estaba
aullando de dolor hasta no poder más,
porque no quería volver a encender un
cigarrillo con la colilla aún prendida
del anterior, o alejar las manos con
pánico de la taza de café. Y aún más,
aún más. Cansada de aterrorizarse, de
soñar que la enterraban viva y de
enterrarse viva, de soportar las
imágenes que se le encadenaban como
cuchilladas, de pegar un salto cada vez
que sonaba el timbre o el teléfono, del
dolor en la garganta, y de las pastillas
que le idiotizaban el alma. O de añorar
una adolescencia con pájaros dorados y
árboles copudos y largas caminatas en
las que Pablo tocaba la armónica, y esa
infancia en la que se incubaba todo,
aunque parecía no haberle sucedido nada.
Cansada de que fuera así, su vida, sin
que ella pudiera salir. Porque salir no
era, simplemente, salir a la calle.
Salir siempre había sido angostar hasta
donde más pudiera esa brecha que existe
entre el mundo y yo. Encolar, centímetro
a centímetro, mi cuerpo a mi piel. Pero
ese llanto no era dolor puro –ese dolor
inherente y tan puro que sólo trae
consigo un mayor dolor-, o no era
únicamente eso, dado que Amanda
entreveía también que afuera pasaba algo
que los otros llamaban vida, una
especie de luz tenue aunque persistente,
una especie de acorde nítido en el
corazón salvaje, que genera sudor y cada
gesto, que hace que la gente pueda andar
de veras, o matarse de risa de veras,
hasta el final.
Pero aún no, aún no.
Para ella, esta noche, todavía
no.
Llenar la olla de agua, apoyar
la olla en el fuego, agregar aceite y un
poco de sal. Tenía que empezar por algún
lado, y ese lado –luego de haber barrido
de un saque los vidrios en el comedor,
entrar el tacho de basura y conectar el
timbre y hasta el teléfono-, ese lado,
pensaba Amanda ahora, se situaba en el
sano acto de comer. Porque en el trecho
témporoespacial que iba desde la
lamentación sobre la cama hasta el
manipuleo de utensilios en la cocina
–cuando ella consiguió, por segunda vez
en el día, ponerse de pie, aunque algo
atontada y haciendo esfuerzos para no
ceder al atontamiento-, cuando lo
consiguió finalmente, y organizó su vida
como si se organizara el alma, caminó
hasta la cocina enumerado con los dedos
todas las cosas que debía hacer.
Y hasta casi casi se alegró por eso.
No necesito silencio, yo no tengo en
quién pensar. Un día cualquiera voy
a hacer un listado de todas las citas
que tengo en la cabeza, cómo formar un
mapa con la tristeza tuberculosa de
Keats, las moralidades del gran Teodoro,
y con este bolero, por ejemplo. Pero la
canción se adecuaba perfectamente a lo
que necesitaba. O sea, que no hubiera
silencio (afuera) ni barullo (de
adentro), ni zonas pseudotrágicas de
huida en las que habitaba lo peor. Que
sus movimientos fueran precisos y
rigurosos como los de un gato sin miedo,
con tal de poder salir, de una buena
vez, del agujero. Y no tener a nadie ni
en nada en qué pensar. Ni en Pablo ni en
Ignacio, digamos. Ni en el dolor de su
garganta, ni en esta tarde en la que
había ocurrido qué. Alcanzaba, por
ahora, con vindicar su voluntad.
Levantarse temprano y acomodar los
horarios, eso era: de siete a doce,
escribir; una hora para almorzar; de dos
a siete, trabajar –o conseguir trabajo,
si miramos bien el caso-, y a las ocho
de la noche, encontrar a alguien que me
saque a bailar. Una disciplina rígida y
sin concesiones puede provocar milagros,
ya vería, como anular el miedo al fuego,
el dolor en la garganta, o el empacho
nocturno de pastillas. Necesitaba
cualquier cosa que le impidiera
desbandarse, una receta limpia que,
incluso, la ayudara a no volver a soñar.
Y después no empecemos con que los
sueños son simbólicos. Más bien, mis
sueños son, literales a este
encierro, a mi no poder o no querer
saltar fuera de esta especie de círculo
de fósforos.
Neutralmente, Amanda se miró en
el reflejo de los vidrios llenos de
tierra. Levantó y bajó el zapato y,
despacio, lo volvió a levantar,
sintiendo el pegoteo del piso en la
suela. Midió la cantidad de fideos y los
echó al agua hirviendo. Y así se quedó,
con la frente apoyada sobre el borde de
uno de los estantes, mirando fijamente
el fregadero. Hasta los platos limpios
le daban una sensación de languidez, de
debilidad. Hasta le daban ganas de
ensuciarlo todo nuevamente para que
después la limpieza resultara perfecta.
Mañana, eso era, despertaría muy
temprano, dispuesta a escribir, y con el
tiempo dejaría de fumar. O se
conseguiría un gato que la acompañara,
si pudiera explicar que su felicidad
consistía en esto: era una triste
felicidad, en el fondo, que delataba,
solamente, su ánimo actual. No, no.
Estaba lamentándose otra vez, salpicando
regodeo. Pero, cuando sonó el teléfono,
la mujer no se movió. En vez de atender,
alejó la cabeza del estante, revolvió
los fideos y los retiró del fuego.
Comió rápida, deliberadamente,
en la oscuridad. Aunque me cueste
admitirlo, la comida me cambia el humor.
Y la opinión. Tengo que anotarlo y
pegarlo en la pared la próxima vez que
decida pasar veinte horas sin comer. El
teléfono volvió a sonar. De reojo,
Amanda acechó el aparato y volvió la
mirada al mantel. El ruido del
contestador indicó que de nuevo habían
colgado. Sola, saldría de esta
situación. Por eso no atendió. Dio un
salto y se metió en el baño.
Yo no tengo en quién pensar.
Se mojó la cara con agua tibia y
pasó mucho jabón por el tajo finísimo de
la muñeca. No valía la pena, en
realidad, era una lastimadura de nada,
pero se había propuesto que todo saliera
con aplicación y disciplina. Pasó mucho
rato lavándose los dientes. Pasó mucho
rato cepillándose el pelo. Después,
consultó el reloj del comedor. La una de
la mañana. O sea que, si se había
despertado a las cinco de la tarde, eso
le daba ocho horas de estar de pie, pero
si había estado de pie sólo ocho horas,
no iba a poder dormirse enseguida; o sea
que, si no me trago dos pastillas de un
saque –como de hecho Amanda estaba
haciendo ahora- no había forma de que
mañana fuera un día mejor. Listo. Había
hecho un bollo con el camisón, lo había
arrojado al suelo del cuarto, y se había
vestido con uno limpio. Puso el
despertador a las siete, qué a las
siete, a las seis. Revisó la persiana
para que estuviera bien cerrada, y
acomodó el pañuelo bajo la puerta,
respiró ampliamente y apagó la luz. Y
por fin se relajó. Era bueno sentirse
así, ahora, quedarse dormida como quien
cae despacio o como quien se mece en un
prado en flor. Dormir, eso quiero, y no
tener en qué pensar.
Entonces, otra vez, le sucedió.
El auto estacionó muy cerca de
la persiana, y fue como si el ruido del
motor inundara de golpe la habitación.
Amanda, con los párpados ya abiertos, no
se enderezó, sin embargo. Apenas se
animó a girar la cabeza. El reloj
marcaba las cuatro y veinte de la
madrugada. Cuando escuchó el timbre en
la casa del lado, y después las voces
nítidas, afuera, cerró la mano sin
sentir el dolor de las uñas clavándose
en su palma. Voy a soñar lo mismo,
pensaba. Ojalá que no.
Marina Porcelli (Buenos Aires, 1978).
Cursó estudios de Historia y se
desempeña como editora. Colabora con el
suplemento cultural "Laberinto" del
diario Milenio, en México (D.F.).
"El mundo será para mí" forma parte de
"Thàlassa y otros relatos", su segundo
libro de cuentos, aún inédito.
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