Año VI
La Habana
2007

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TE PONGA EL PLATO?

 
Mención DEL PREMIO CORTAZAR 2007
El mundo será para mí
Marina Porcelli
 

Vives en tu propio entresuelo,
por el cual deambulas.
John Berger

        Por supuesto que al principio el sueño no se había repetido todas las noches. Pero después sí. Entonces Amanda tomó pastillas, iba cortando las tabletas de Alplax de a 0.25 hasta conseguir un atontamiento pesado, como de yeso, que la despertaba de golpe al final de quince horas y con un dolor insoportable en la cabeza. Gritaba, además, no bien abría los ojos, aunque fue el grito, esta vez, el que la obligó a abrirlos, y a pasarse la mano por la frente. Sudaba. También en la base del cuello y aún más arriba, en la nuca. Sin embargo el sueño, ese que se le venía repitiendo desde hacía cuatro meses, o quizá, justamente, ante lo ya sabido por esta repetición, bueno, pues bien, hoy el sueño no le parecía tan terrible. O por lo menos no ahora, al recordarlo con los ojos abiertos en el cuarto oscurecido a las cinco de la tarde –porque Amanda, gracias a una obsesión que a la larga se hizo costumbre, había anulado cualquier resquicio de luz, cualquier amago que se filtrara por la persiana forzándola hasta la clausura, incluyendo la barra blanca de debajo de la puerta, con un pañuelo grande, o un pedazo de tela-, y para concluir eso, para convencerse de una vez por todas de que el sueño no era tan terrible, Amanda comenzaba su día.

        Con desconcierto, primero, la mujer observó la habitación. Sí, era su cuarto, sólo que más empequeñecido, y mucho menos amenazante que cuando se había dormido. Reconocía, sobre todo, las risas casuales rebotando en la persiana, la respiración ruidosa de un perro, la alegría gratuita de un muchacho que corre por la calle. Las desventajas de vivir en la planta baja, ya lo sabía. Como dormir en la vereda. Simultáneamente, concluyó también, y no sin cierta sorpresa, el borboteo de estas voces –que bastaron para inquietarla la noche anterior- le generaba ahora una suerte de alivio. Reinstalaba la vida. Era la vida de allá afuera, con sus sonidos apacibles y murmullos sin violencia. Confirmaba, en suma, que no había que tomarse el sueño tan a la tremenda. Claro que al comienzo, ella había intentado no dormir. Pero cuando la noche se volvió angustia y desorden y miedo, resolvió que cualquier cosa era válida si atravesaba un momento excepcional. Y ya llevaba cuatro meses de un insoportable momento excepcional. Bien confesado, Amanda no sólo había cedido ante esta cuerda de tranquilizantes y somníferos, sino que además los mezclaba con anfetaminas. El farmacéutico mercenario, mientras tanto, le vendió lo que quiso. Pastillas para dormir, para estar despierta, para recuperar la memoria, para tener ganas de vivir. En esa época el mundo no sucedía, flotaba. Sin embargo, siempre era mejor andar así, siempre era preferible andar tragando píldoras que soportar la repetición del sueño. La tarde en que despertó dando manotazos a las persianas, pidiendo auxilio a los gritos, poco antes de que un vecino llamara a la policía, la tarde en que explicó su pesadilla a tres oficiales que no la tuteaban, esa tarde, sucumbió. El sueño siguió repitiéndose y Amanda masticaba pastillas sin agua convencida de que ya no le hacían efecto.

        Pero aún cuando recordara esa tabla de madera que se clavaba de frente, sobre su cara, aún cuando recordara el golpe de los bordes cerrándose, encajonándole el pecho, hoy estaba decidida a no dejarse amedrentar. Soñar que la enterraban viva, no tenía ninguna importancia; despertarse a las cinco de la tarde, tampoco; fumar dos atados de cigarrillos, casi no comer y mucho menos salir a la calle –mientras las tazas sucias de café se apilaban hasta el infinito en el fregadero de la cocina, quedaban inútiles las lámparas rotas, y las paredes despintadas metaforizaban su vida-; bueno, pues bien, hoy su geografía cotidiana no tenía ninguna importancia. Porque se enoje quien se enoje, ella se había encerrado a terminar su primer libro –un libro vasto y milagroso como una montaña, pensó tendida en la oscuridad-, la serie de borradores que era imposible desentrañar. Un disparate aprovechable, ahora, que no debía volver a dar las clases en el instituto. Se mentía, claro. Ya había pasado casi un año sin que Amanda pudiera escribir ninguna de sus historias, y algo como una leve traición interior, algo, esa tarde, comenzaba a desordenarse nuevamente. Lo detuvo a tiempo. No podía seguir así. Necesitaba desayunar, darse una ducha, comprar tabaco, y encerrarse en el escritorio; necesitaba aferrarse con los dientes a una rutina metódica que le impidiera desbandarse, con tal de no pensar en sus treinta años casi cumplidos sin terminar su primer libro, en sus dos noviazgos frustrados –el primero que acabó porque Pablo se pegó un tiro; el segundo que acabó por tus trastornos y tu incapacidad de vivir, según Ignacio dijo- y en su dolor permanente en la garganta. Y en sus obsesiones, sus pesadillas, y su miedo. Pero lo cierto era que este despertar formaba parte de una mujer delineada y bien real, cuyos enredos nada tenían que ver con el oficio –con el hecho de que se despertara, cada tarde, dispuesta a escribir- porque si hubiera sido tejedora, por ejemplo, o linotipista, le habría ocurrido exactamente lo mismo. Entonces el caso, hablando más en concreto, es que Amanda comía arroz y fideos y lo justificaba como el costo de una nueva poética. Qué osado, qué romántico, oh. Sin embargo, se justificaba, y esa era otra de las claves del asunto. Como admitir que una mañana dictó clases en pantuflas y se lo atribuyó a su distracción. Que después, durante una pelea con Ignacio, sintió un dolor en la garganta, y fue como si le estacaran la voz a un palo. Que le llevaba media hora salir de su casa, ya que se pasaba el tiempo revisando si había dejado algún cigarrillo prendido o si se le estaba incendiando la cocina. Que le daba asco comer, que vivía al borde de la náusea. Las clases languidecieron y Amanda no volvió al instituto. Se extrañaron que no hablara en las reuniones, de que fueran bruscos sus pocos comentarios, Ignacio lo sintió en el alma, pero acabó por abandonarla. Y ella no salió más. Algunas veces, atendía el timbre, el teléfono. Una noche de visita, sus padres la desahuciaron en el comedor. Se estaba volviendo loca, dijeron. Tenía esa expresión de miedo metida en el fondo de los ojos. Entonces se encerró, porque detrás de cada cosa que hiciera, siempre encontraba miedo. Bastaba un gesto para que se desatara. A veces, no bastaba nada. Boquear, sencillamente, abrir la boca lo máximo que puedo tratando de respirar, ese es mi modo de pasar el día. 

        Y sin embargo, todavía, le faltaba lo peor. 

        Hubo un tiempo en el que hablar era como temblar de delirio y de fiebre. Amanda podía jurar, por ejemplo, que su madre había muerto, cinco minutos antes de que sonara el teléfono y conversara con ella con naturalidad. Esto, por poner un ejemplo, porque hubo otras historias también, más disparatadas o más grotescas. Habló, mintió, y hasta acusó, y cuando mentía, sabía que mentía, aunque no podía, o no quería, dejar de hacerlo. Pero eso no era lo peor, eso era lo peor de lo peor. Amanda no se da cuenta de que no se daba cuenta. Hasta que un día habló y se escuchó, y cargando sobre su espalda las historias que inventaba, vino un desconcierto lento parecido al despertar. Era un nuevo comienzo y no tenía opción. O sí tenía. Matarse, por ejemplo. Linda gama de posibilidades, la vida. Abrir el gas, manipular la manijita hasta alcanzar un sueño pesado como el que le daban las pastillas, y esperar dormida a que volara el edificio entero. Ahorcarse, sino. Y no molesta a nadie hasta que te encuentran. Pero lo cierto es que nunca me quise morir, siempre tuve ganas de quedarme hasta el final. Lo había decidido cuando era chica y había vuelto a decidirlo a los veintitrés años, frente al cadáver de Pablo. No quiero, murmuró, ni que él haya muerto, ni que yo. Amanda vomitó en el velorio y no llegó al entierro. Dejó de comer, o casi. Luego vino el desasosiego, la certeza rara de que el cuerpo encajonado no era el de Pablo. Qué tenía que hacer para que no te fueras. Y qué hice, después de esto. Cumpleaños encadenados, y el dolor de querer que él esté ahí, en casa, mirándome con un gesto de asombro ante lo que yo acababa de decir. O mi necesidad de oírlo hablar durante las noches. Y más luego, qué. Clavar la lápida, seguir la vida, y observar el triste crecimiento de mis uñas. Treinta años no es tanto, al fin de cuentas. Hay gente que llega a cien. La inmortalidad, eso quiero. O ser antigua como la tierra. Una pulcra longevidad. Por eso ahora, Amanda se quitó de encima las frazadas, saltó fuera de la cama, y se desvistió sin prender la luz: iba a darse una ducha y a comprar cigarrillos, iba a entrar en el escritorio y a empezar su tarea por fin. Tomar el lápiz y tenerse paciencia, la paciencia diaria en la que siempre me doy tiempo para reparar la música. Entonces hoy sí. Hoy definitivamente sí. Un gesto nomás y sacudiré montañas: aunque de veras nunca haya elegido el miedo, ni la sensación alarmante de vivir mordiéndose la cola, aunque de veras nunca haya elegido el miedo que no cesa de estar ahí: bien firme y derechito delante de ella, o mejor, brotando de cada parte del cuerpo de ella, acordonándola y sacudiéndola, como si la hubiera amordazado en un umbral. Pero lo que aún no sabía es que ante aquél hombre gigantesco, Ignacio, ante su ademán de extender la mano e invitarla a subir, y a vivir de un modo pleno y alegre, por fin, ante todo lo que podría haber sido hermoso sobre la tierra, ella, Amanda Liz, la joven escritora in potentia con nombre de gerundio que en cualquier momento empezaría realmente a envejecer, la que chapoteaba a propósito dentro de su casa como si este fuera su único objetivo, una mujer abortada y tan real, a pesar de todo, ella, sencillamente, huyó. Había pactado con la huida incluso mucho antes de rechazar este gesto, y ahora, si quería salir, estaba obligada a remontarse hasta el final de una zona sin nombre, aunque tratara de evadirla, aunque prefiriera esquivarla o disfrazarla, aunque se pusiera a salvo creyendo que podía cambiar las cosas sin detenerse a observar, sacando conclusiones onanistas y siempre nulas mientras su zona permanecía ahí: justamente, porque había huido.  

        Por eso, todavía, le faltaba lo peor.  

        Se puso de pie –había estado leyendo en el escritorio, había desistido, una vez más, de ordenar los papeles o de esbozar una historia, y había reemplazado este desistir por la lectura, por aquella rara placidez que le daba Keats y que sin embargo tampoco alcanzaba a arraigarla del todo-; se puso de pie y en vez de atender el teléfono que continuaba sonando y aturdiéndola como si no fuera a parar nunca, lo desconectó. Sin escucharlos, borró los mensajes indicados en el aparato y, ya en el pasillo, le pareció más práctico caminar hasta la cocina. El mundo es demasiado brutal para mí. Un mecanismo fácil, una perilla junto a la heladera inventada por un electricista salvador, permitió que también desconectara el timbre. Amanda llenó la pava de agua y esperó que el agua hirviera. Era el segundo termo de café que preparaba esa tarde, antes de volver a encerrarse en el escritorio. Se sentó de nuevo, pero como si en realidad se sentara sobre un resorte, volvió a ponerse de pie. Esta vez, porque quizá, quién sabe, había olvidado algo encendido en la cocina. La hornilla o un cigarrillo mal apagado que seguramente fumó mientras esperaba el hervor del agua. Cierto que las paredes, así cargadas de polvo y marcas de humedad, no ayudaban demasiado para no distinguir ese comienzo de humo y fuego que ella siempre esperaba encontrar en la cocina. Cierto también, sin embargo, que había revisado cada parte, dentro de las alacenas y en el suelo, había mirado, incluso, detenidamente dentro del tacho de basura, pero tampoco estaba tan segura de haberlo hecho. O mejor, no recuerdo, precisamente, haberlo hecho. Así de incongruente era el asunto y aunque, vamos, Amanda sabía que este tipo de cosas podían ser catalogadas como obsesiones de las más simples, por qué no condescenderse un poco, por qué no permitírselo ahora. Sólo le llevaría un momento, una revisadita ligera nomás, y entonces sí, volvería a su libro, y a su escritorio.

        Hacía cuarenta y cinco minutos que estaba mirando fijamente el tacho de basura. En realidad, se dio cuenta de golpe de que estaba acechando el tacho de basura, sentada de cuclillas en una esquina del patio, y luego de haberle volcado un inmenso balde de agua. Para que no se incendiara. O sea que en algún momento volví a la cocina –y cuando volví a la cocina, miré el reloj del comedor: las ocho de la noche, ya-; o sea que en algún momento saqué ese tacho al patio y, para quedarme tranquila, le tiré agua encima. O sea que, si ahora son las nueve menos cuarto y estoy sentada a la mesa, fumando un cigarrillo –luego de haberlos buscado circularmente por toda la casa, entre los almohadones del sillón y entre el polvo de los almohadones del sillón, sobre la maceta seca de la cocina y en el ropero, hasta encontrarlos, finalmente, debajo de los papeles del escritorio, porque en qué otro lugar iban a estar, sino-; o sea que me pasé la tarde perdiendo el tiempo y este cansancio es tan indescriptible, es casi tan irreal, que dan ganas de reírse. Pero no. Porque una especie de silencio interior, una paz inmensísima la concentraba en el tic-tac colgado de la pared, en el fluir lento y apelmazado del agua que pasaba por los caños arriba, en el techo, o en los pasos regulares de algún vecino que atravesó el palier y salió a la calle. Y en el viento suave que acariciaba las hojas, allá a un costado, en el crecimiento de la noche del patio.

        El pájaro simplemente apareció. O mejor, ella lo vio aparecer sólo cuando el pájaro se detuvo en el umbral del patio, alzando su hermoso copete de brillantina, moviendo el pico, con dos golpecitos precisos, sobre los lados de la pechera. Amanda sonrió, aspiró el cigarrillo, y volvió a mirar. El pájaro, dando saltitos, se había animado a entrar en el comedor y así, ahora, sin girarse siquiera, doblaba lo más tranquilo por el lado del esquinero. Antes de ponerse de pie, sin embargo, antes de decidir seguirlo, dócilmente, hasta el baño, Amanda apagó el cigarrillo sin terminar. Encontró al pájaro de espaldas, inmóvil, parado sobre el piso de azulejos del baño. Lo encontró de pronto dando un pequeño salto que se transformó en un breve aleteo, y este aleteo se convirtió después en un cambio de posición: Amanda lo encontró inmóvil, parado sobre el borde de la bañadera, sólo que ahora el pájaro estaba de frente y la miraba a ella. En cualquier momento me va a hablar, pensó Amanda. El pájaro habló:

        -Pío –dijo el pájaro.

        Tal vez, si alcanzo la toalla sin que el animal se de cuenta –como de hecho Amanda estaba haciendo ahora-, tal vez, si la arrojo con mucho cuidado sobre él –como empezaría a hacerlo, luego de estirarse hacia delante y descolgar la toalla-, entonces sí, podré atraparlo y llevarlo al patio, sentir el latido espeso entre las manos, arrimarlo a la saliente de la pared: incitarlo a volar, después. Descolgó la toalla y la toalla cayó. La insistencia enajenada de los golpes, cayendo una y otra vez sobre el borde de la bañadera, se cortó de pronto con el timbre del teléfono. Amanda atravesó el pasillo, levantó el tubo, habiendo detectado ya esa especie de opresión que se instalaba en su garganta. Y escuchó. Escuchó la voz de alguien que parecía muy dormido o muy borracho, escuchó la voz de Pablo:

        -Amanda, ¿todavía estás ahí?

        Después fue un disparo. Un tiro de revólver y sin embargo sé que todo esto no es real, lo sé, puedo entenderlo, puedo pensarlo, puedo decir ahora estoy acá, en casa, y estoy sola, pero el fuego y el pájaro y el teléfono me acaban de suceder, me suceden todavía, me suceden de un modo tan concreto, tan material, como cualquier cosa que puedo atrapar con la mano, sucedieron y comenzaron aunque nunca entienda cuál es el momento exacto, la juntura por la que me deslizo, y por la que una vez adentro, ya no se puede salir, no antes de que roces el final, cariño mío, no antes de que te agotes en ese final, o muerdas el centro de aquella zona sin nombre en la que habita lo peor.        

        Y entonces así, le sucedió. 

        Como si la fuerza del disparo la hubiera empujado hacia atrás, Amanda llegó a la cocina en el momento en que levantó los ojos y vio explotar la bombita de luz. Manoteó un vaso de la alacena y se giró rápidamente para defender la espalda, arrojó el vaso contra la pared del comedor y esperó el ruido apoyando una mano sobre la hornilla. Una lamida de fuego rozándole la palma, la sangre lenta que brota del oído y un chico de ojos pulverizados que corrió a esconderse del cielo gris, una fila de hombres quietos sobre ese horizonte de mar, inmóviles frente a granadas que revientan, una a una, salpicando la arena, y una tanza de pesca enrollada a cada sexo, apretándolos con furia hasta que la mano de mujer y uñas pintadas tira y desgarra la carne y la arranca como si fuera una venda, porque detrás de cada venda hay siempre llagas y dientes rotos, hay bordes quemados como costras negras, y salpicaduras de baba, y gusanos enroscados en cada tramo de la lengua, pero ella no pudo hablar ni decirle a Pablo que no se matara, ni decirle a Ignacio que no quería acabar de esa manera, no es tan grave, dijo Ignacio, y ella apoyó la taza de café fuera del plato y asintió con un gesto o con la cabeza, aunque después aulló sin articular sonido y no supo si era cierto que había matado un pájaro con las manos, y si había escuchado un tiro en el cuarto del lado, y así, en la noche agigantada de su rincón, percibió el llanto y los alaridos creyendo que gritaban mujeres, hasta que abrió los ojos con pánico y supe que era yo la que gritaba, y que era el miedo, y que es el miedo el que me obliga a salir sonriendo, sonriendo y casi enloquecida, a mentir y a gritar.

        Temblando, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos alrededor de las rodillas, Amanda se quedó en el suelo, en una esquina del comedor. No había cerrado los ojos, y ahora, aún manteniéndolos abiertos –y siempre así, demasiado abiertos- prestaba una atención desmesurada al recorrido del agua, arriba, en los caños del techo. El sonido la suspendía. Comenzaba en la esquina exacta bajo la que ella estaba acurrucada y se alargaba como una recta hasta volverse inaudible cuando entraba en su cuarto. Lentamente, otra vez, el sonido creció sobre ella y se prolongó: le marcaba la respiración. Después, por los golpes en la puerta, se sobresaltó. En realidad, sólo fue el timbre siguiente y largo el que hizo que ella girara la cabeza. Gateando, entonces, la mujer atravesó el comedor y, con mucho cuidado, se enderezó hasta la altura de la mirilla. El ojo de pez mostraba los lentes deformados de la portera y junto a ella, el vaivén de la calva del administrador. La calva se quedó quieta y carraspeó, la portera acercó los nudillos pero los detuvo a tiempo antes de volver a golpear, Amanda se dejó caer de nuevo en el piso y apoyó la espalda contra la pared. Después sí se alejó, lo más sigilosamente que pudo y siempre gateando, mientras escuchaba los pasos que también se alejaban, pero en sentido contrario y por el palier. La san puta. El tajo en la muñeca fue finísimo, apenas mostró una línea de sangre. La mujer esquivó de algún modo el resto de los vidrios rotos y, rendida por fin, agotada hasta lo más hondo, se puso de pie, como si este ponerse de pie equivaliera a dejarse caer.

        Y ella no hizo fuerza, ni se sujetó, sencillamente, se dejó caer sobre la cama porque estaba cansada, cansada de oponerse a aquello que le sucedía y que ahora, por fin, le permitía llorar, sin importarle la tierra traída del piso o la sangre en la muñeca; estaba llorando apretando la boca contra las sábanas, y el puño muy cerca de la cara y los párpados doloridos de tanto apretar; estaba aullando de dolor hasta no poder más, porque no quería volver a encender un cigarrillo con la colilla aún prendida del anterior, o alejar las manos con pánico de la taza de café. Y aún más, aún más. Cansada de aterrorizarse, de soñar que la enterraban viva y de enterrarse viva, de soportar las imágenes que se le encadenaban como cuchilladas, de pegar un salto cada vez que sonaba el timbre o el teléfono, del dolor en la garganta, y de las pastillas que le idiotizaban el alma. O de añorar una adolescencia con pájaros dorados y árboles copudos y largas caminatas en las que Pablo tocaba la armónica, y esa infancia en la que se incubaba todo, aunque parecía no haberle sucedido nada. Cansada de que fuera así, su vida, sin que ella pudiera salir. Porque salir no era, simplemente, salir a la calle. Salir siempre había sido angostar hasta donde más pudiera esa brecha que existe entre el mundo y yo. Encolar, centímetro a centímetro, mi cuerpo a mi piel. Pero ese llanto no era dolor puro –ese dolor inherente y tan puro que sólo trae consigo un mayor dolor-, o no era únicamente eso, dado que Amanda entreveía también que afuera pasaba algo que los otros llamaban vida, una especie de luz tenue aunque persistente, una especie de acorde nítido en el corazón salvaje, que genera sudor y cada gesto, que hace que la gente pueda andar de veras, o matarse de risa de veras, hasta el final.  

        Pero aún no, aún no.

        Para ella, esta noche, todavía no. 

        Llenar la olla de agua, apoyar la olla en el fuego, agregar aceite y un poco de sal. Tenía que empezar por algún lado, y ese lado –luego de haber barrido de un saque los vidrios en el comedor, entrar el tacho de basura y conectar el timbre y hasta el teléfono-, ese lado, pensaba Amanda ahora, se situaba en el sano acto de comer. Porque en el trecho témporoespacial que iba desde la lamentación sobre la cama hasta el manipuleo de utensilios en la cocina –cuando ella consiguió, por segunda vez en el día, ponerse de pie, aunque algo atontada y haciendo esfuerzos para no ceder al atontamiento-, cuando lo consiguió finalmente, y organizó su vida como si se organizara el alma, caminó hasta la cocina enumerado con los dedos todas las cosas que debía hacer. Y hasta casi casi se alegró por eso. No necesito silencio, yo no tengo en quién pensar. Un día cualquiera voy a hacer un listado de todas las citas que tengo en la cabeza, cómo formar un mapa con la tristeza tuberculosa de Keats, las moralidades del gran Teodoro, y con este bolero, por ejemplo. Pero la canción se adecuaba perfectamente a lo que necesitaba. O sea, que no hubiera silencio (afuera) ni barullo (de adentro), ni zonas pseudotrágicas de huida en las que habitaba lo peor. Que sus movimientos fueran precisos y rigurosos como los de un gato sin miedo, con tal de poder salir, de una buena vez, del agujero. Y no tener a nadie ni en nada en qué pensar. Ni en Pablo ni en Ignacio, digamos. Ni en el dolor de su garganta, ni en esta tarde en la que había ocurrido qué. Alcanzaba, por ahora, con vindicar su voluntad. Levantarse temprano y acomodar los horarios, eso era: de siete a doce, escribir; una hora para almorzar; de dos a siete, trabajar –o conseguir trabajo, si miramos bien el caso-, y a las ocho de la noche, encontrar a alguien que me saque a bailar. Una disciplina rígida y sin concesiones puede provocar milagros, ya vería, como anular el miedo al fuego, el dolor en la garganta, o el empacho nocturno de pastillas. Necesitaba cualquier cosa que le impidiera desbandarse, una receta limpia que, incluso, la ayudara a no volver a soñar. Y después no empecemos con que los sueños son simbólicos. Más bien, mis sueños son, literales a este encierro, a mi no poder o no querer saltar fuera de esta especie de círculo de fósforos.

        Neutralmente, Amanda se miró en el reflejo de los vidrios llenos de tierra. Levantó y bajó el zapato y, despacio, lo volvió a levantar, sintiendo el pegoteo del piso en la suela. Midió la cantidad de fideos y los echó al agua hirviendo. Y así se quedó, con la frente apoyada sobre el borde de uno de los estantes, mirando fijamente el fregadero. Hasta los platos limpios le daban una sensación de languidez, de debilidad. Hasta le daban ganas de ensuciarlo todo nuevamente para que después la limpieza resultara perfecta. Mañana, eso era, despertaría muy temprano, dispuesta a escribir, y con el tiempo dejaría de fumar. O se conseguiría un gato que la acompañara, si pudiera explicar que su felicidad consistía en esto: era una triste felicidad, en el fondo, que delataba, solamente, su ánimo actual. No, no. Estaba lamentándose otra vez, salpicando regodeo. Pero, cuando sonó el teléfono, la mujer no se movió. En vez de atender, alejó la cabeza del estante, revolvió los fideos y los retiró del fuego.

        Comió rápida, deliberadamente, en la oscuridad. Aunque me cueste admitirlo, la comida me cambia el humor. Y la opinión. Tengo que anotarlo y pegarlo en la pared la próxima vez que decida pasar veinte horas sin comer. El teléfono volvió a sonar. De reojo, Amanda acechó el aparato y volvió la mirada al mantel. El ruido del contestador indicó que de nuevo habían colgado. Sola, saldría de esta situación. Por eso no atendió. Dio un salto y se metió en el baño.

        Yo no tengo en quién pensar. Se mojó la cara con agua tibia y pasó mucho jabón por el tajo finísimo de la muñeca. No valía la pena, en realidad, era una lastimadura de nada, pero se había propuesto que todo saliera con aplicación y disciplina. Pasó mucho rato lavándose los dientes. Pasó mucho rato cepillándose el pelo. Después, consultó el reloj del comedor. La una de la mañana. O sea que, si se había despertado a las cinco de la tarde, eso le daba ocho horas de estar de pie, pero si había estado de pie sólo ocho horas, no iba a poder dormirse enseguida; o sea que, si no me trago dos pastillas de un saque –como de hecho Amanda estaba haciendo ahora- no había forma de que mañana fuera un día mejor. Listo. Había hecho un bollo con el camisón, lo había arrojado al suelo del cuarto, y se había vestido con uno limpio. Puso el despertador a las siete, qué a las siete, a las seis. Revisó la persiana para que estuviera bien cerrada, y acomodó el pañuelo bajo la puerta, respiró ampliamente y apagó la luz. Y por fin se relajó. Era bueno sentirse así, ahora, quedarse dormida como quien cae despacio o como quien se mece en un prado en flor. Dormir, eso quiero, y no tener en qué pensar. 

        Entonces, otra vez, le sucedió. 

        El auto estacionó muy cerca de la persiana, y fue como si el ruido del motor inundara de golpe la habitación. Amanda, con los párpados ya abiertos, no se enderezó, sin embargo. Apenas se animó a girar la cabeza. El reloj marcaba las cuatro y veinte de la madrugada. Cuando escuchó el timbre en la casa del lado, y después las voces nítidas, afuera, cerró la mano sin sentir el dolor de las uñas clavándose en su palma. Voy a soñar lo mismo, pensaba. Ojalá que no.




Marina Porcelli (Buenos Aires, 1978). Cursó estudios de Historia y se desempeña como editora. Colabora con el suplemento cultural "Laberinto" del diario Milenio, en México (D.F.). "El mundo será para mí" forma parte de "Thàlassa y otros relatos", su segundo libro de cuentos, aún inédito.

 
 

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