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La
calle estaba tranquila, desde el
parapeto los dos hombres, espaldas sobre
el muro, no dejaban de mirar a cada
lado. ¿Vendrán de una vez?, preguntó el
de la izquierda. El otro no respondió,
se entretuvo quitando un terrón que el
fango de la última salida había pegado
al calzado, después escupió sobre el
cuero de la parte superior y se afanó
con un trozo de tela, era uno de esos
hombres a los que, sin importar el sitio
o las circunstancias, les molestaba la
suciedad. Vienen, seguro, lo que no
sabemos es cuando, dijo al fin. El otro
quedó con los ojos prendidos en la
calle, como si desde allá, desde el
sitio en que el asfalto se abría en tres
posibilidades, en tres direcciones,
pudiera llegar de pronto algo más que la
muerte. Frank. El hombre continuaba su
labor pero el zapato parecía no
advertirlo, era viejo y la puntera de
hierro estaba magullada al centro y
también en los bordes. Frank, hay que
sacar de aquí a Alicia. Las botas habían
quedado todo lo limpias que era posible
sin los implementos de rigor y el hombre
la observó satisfecho. Yo también
quisiera sacarla de aquí, pero, ¿a
dónde?, esto se jodió, ella no debería
estar aquí, pero está, esa es la
desgracia, está, y no podemos evitarlo.
Los dos hombres quedaron mirando la
calle, ahora ya no importaba el calzado,
en los ojos tenían una expresión de
tristeza que alcanzaba para implotar la
galaxia, cada una de ellas, sin
excepción. Si sigue aquí la van a matar.
Frank sacó los prismáticos y estuvo
mirando la calle bastante rato. Si se va
también la van a matar, acá nos van a
matar a todos. Los dos hombres se
miraron, ¿qué es eso?, ¿qué coño es eso?
Alicia, está cantando. Se levantaron y
corrieron por el parapeto, ¿está loca?,
se preguntaron a coro. Llegaron al lugar
donde habían instalado el pequeño horno
de baterías, alimento habían logrado
reunir algo pero nadie sabía a derechas
cuanto tiempo duraría la energía, un día
no habría más y tendrían que acostumbrar
el estómago al frío de las latas,
después, cuando también las latas se
acabaran, el estómago tendría que
contentarse con el aire cargado de
polvo, eso si para entonces aún estaban
vivos. Ya casi les tengo el café, se van
a chupar los dedos, era el último café
que quedaba, eso es lo malo. Los dos
miraron a la muchacha y la fuerza no les
alcanzó para pelearle; tenía el cabello
suelto, los ojos confundiéndose con el
negro de la blusa, aquella sonrisa como
si todo se limitara a un día de
acampada. Alicia, no puedes cantar. Ella
sonrió, ah, pues me disculpan, a veces
hay que levantar la moral de la tropa,
alegrar un poco el día, ¿no?, hasta
ellos si oyeron estarán aplaudiendo.
Había dicho ellos y la cabeza hendió el
aire en un gesto que aludía al allá,
vaya a saber dónde, cualquier sitio en
el que anduvieran ahora esos cabrones.
No puedes cantar, no estás en el coro,
eso fue una locura. La muchacha bajó la
cabeza y pidió disculpas, no se vayan,
ya está el café, iba a llevárselo en
este momento. Tomaron el café en jarros
de lata, los jarros estaban muy sucios y
abollados pero el café estaba caliente y
amargo; el azúcar se había acabado desde
hacía ya una semana, ahora también se
terminaba el café, realmente no les
gustaba amargo pero reconfortaba, se les
metía dentro del cuerpo y el calor lo
llenaba todo, cada intersticio, el sabor
no dejaba de hacer su parte y los dos
hombres sonrieron. ¿Qué cantabas? Una
lied, de Wagner. Después supo que no
habían entendido nada y aclaró: una
canción. Se sentaron en la tierra dura
del parapeto, los dos hombres frente a
la muchacha, los jarros en las manos, el
humo iba de los jarros al aire y era un
humo distinto, un humo del que no había
que esperar la muerte. ¿Cantabas eso en
el Conservatorio? Alicia explicó que lo
ensayaban desde enero, casi todo estaba
listo para una audición, pero bueno,
comenzó esta mierda. El Vander ese...,
¿de qué país era?, quiso saber Frank.
Alemán, nació en 1813. La muchacha
intentó hacer pronunciar correctamente
el apellido al hombre pero aquello no
fue posible. Hace un bulto de años,
concluyó Roberto, ese nunca estuvo en un
parapeto, nunca tomó café sin azúcar en
estos jarros de mierda ni esperó metido
aquí a que..., el otro lo cortó: vamos a
pedirle a Alicia que nos explique la
canción del Wander ese, parece una
canción..., no sé, romántica, ¿no? La
muchacha iba a hablar pero Frank quiso
regresar antes al sitio desde donde se
vigilaba la calle. ¿Para qué?, pueden
llegar desde cualquier lado. El otro lo
miró y Roberto se arrepintió de la
frase. Regresaron a gachas, ya sin
correr, cada uno llevando su fusil,
Alicia llevaba el suyo como podría haber
cargado la mochila llena de partituras
que solía llevar al Conservatorio. La
calle estaba vacía, al centro un aura
comía de algún desecho. Son grandes, se
asombró Alicia, nunca había visto esos
bichos así, tan cerca. Se sentaron y
Frank volvió a escudriñarlo todo con los
prismáticos, después los dejó a un lado
y miró a la muchacha. A ver, explícanos
lo del alemán ese y su canción. Alicia
no dejaba de mirar al aura, pájaros
cochinos, dijo. Deja a la pobre aura
comer en paz, tiene hambre, dale,
explica lo del alemán ese. La muchacha
sonrió: pues miren, sí, es una canción
de amor, Wagner estaba casado, la esposa
se llamaba Minna, pero conoció a una
muchacha, esa otra se llamaba Matilde, y
también estaba casada, creo que tenía 24
años, Wagner la conoció en Suiza; él
dirigía una sinfonía de Beethoven y ahí
en el teatro estaba Matilde con el
esposo, quedaron maravillados con
Wagner, le ofrecieron apoyo, porque por
aquella época Wagner no tenía dinero, se
hicieron amigos, Wagner y Matilde
tuvieron un affaire..., ¿un qué?,
le interrumpió Roberto, la muchacha se
rió, eh...., se enamoraron, explicó. Eso
siempre pasa, dijo Roberto. La muchacha
continuó: sí, casi siempre, entonces
Matilde convenció al esposo para que
comprara una casa a Wagner, pero Minna
lo supo todo y pidió al músico que
rompiera aquello, él lo hizo, pero
pasaron los años y compuso cinco
canciones, esa que yo cantaba era una de
ellas, una de las Wesendonck
Lieder, se llama Der Engel,
El Ángel. ¿Cuántos años tenía entonces
el alemán? Creo que el doble de Matilde.
¿Y qué más pasó? Lo de siempre, Wagner
se fue con Minna, de todas maneras se
divorció, y también se quedó sin
Matilde, pero compuso para ella Tristan
e Isolda, no se imaginan, una maravilla,
yo tenía el CD... A Frank le pareció ver
en los ojos de la muchacha un líquido
raro y se volvió a inspeccionar la
calle: no me trago que todo esté tan
tranquilo, razonó, ¿por qué no acaban de
venir de una vez? Roberto también se
incorporó a mirar, son unos cabrones,
dijo, lo tienen a uno aquí
desgastándose, nos ponen a esperarlos,
nos hacen frituras los nervios, nos
cansamos y cuando estemos hechos puré,
aparecen. No, negó el otro, ellos no son
tan inteligentes, nos desprecian, se
creen muy fuertes, y lo peor es que son
fuertes, no tienen que andarse con
trucos, quién sabe por qué no acaban de
aparecer, va y son brutos los muy
cabrones. Volvieron a sentarse, la
muchacha tenía las manos sobre las
rodillas y los ojos más negros que
nunca, también estaba pálida, a la cara
el color de las nubes cuando el cielo no
amenaza lluvia. Los hombres la miraron y
sintieron que la lástima se les hacía
una pared dentro, una pared que crecía y
crecía para terminar en dos torres, las
torres se confundían en un nudo, y el
nudo se quedaba ahí, impotente, incapaz
de poder mover un ladrillo por la
muchacha. Oigan, dijo ella, a ver, si
ustedes hubieran estado en el lugar de
Wagner, ¿se habrían ido? Los hombres la
miraron y la pared creció todavía un
palmo. No sé, comenzó Frank, no sabemos
todos los detalles para poder decidir,
por ejemplo: ¿quién era más bonita?,
¿quién lo quería más?, ¿estaba Matilde
dispuesta a irse con el alemán?, ¿quería
Vander irse con Matilde?, parece que no,
la esposa le pidió que dejara el asunto
con Matilde y él lo dejó. La muchacha se
rió: y tú, Roberto, ¿qué crees? El
aludido se incorporó a mirar la calle,
en aquella posición argumentó que
Matilde seguramente era una puta y que
el alemán había actuado muy
razonablemente. Alicia no estuvo de
acuerdo: pues yo pienso que se
enamoraron, sobre todo Matilde, Wagner
era un genio, ustedes no saben, una
mujer puede enamorarse fácilmente de un
tipo como él, yo creo que después, con
los años, Wagner se arrepintió de haber
actuado tan razonablemente como
dice Roberto, y entonces compuso esas
canciones, no sé si Matilde lo supo, ni
siquiera sé si llegó a escucharlas
alguna vez. Varias explosiones llegaron
desde el sur, los dos hombres y la mujer
corrieron por el parapeto hacía la
bifurcación desde donde se alcanzaba a
vigilar aquella dirección, una suerte de
trinchera circular bien fortificada.
Hacia el sur se levantaban varias
columnas de humo muy negro. Si vienen
por aquí estamos mejor protegidos,
explicó Frank, tenemos que traer algo de
avituallamiento para acá, comida,
parque, agua, medicinas, pero eso es
ahora. Todo se hizo rápido y en un
momento los dos hombres y la mujer
estaban otra vez mirando al sur, las
espesas columnas de humo negrísimo
llegaban bien arriba para enlazarse con
la pared y las torres, jugar con el
nudo, aquella parafernalia que la
lástima de los hombres había dejado
ondeando en lo alto. ¿Trajiste algo de
agua?, preguntó Frank a la muchacha.
Claro que traje, y también las granadas
que quedaban en el hueco, las
antitanques, y vendajes. La muchacha
apretaba el fusil, los ojos se le habían
oscurecido todavía más, eran ahora de un
oscuro rebelde, demasiado rebelde quizá.
¿Tú crees que vengan por aquí?,
preguntó. Roberto explicó que podrían
llegar desde cualquier sitio, desde
donde les diera la gana, nadie sabía,
Frank quedó callado, lo miraba todo como
queriendo arrancar al tiempo el pedazo
de futuro que alguien ahí delante tejía
para ellos. Hacen falta los prismáticos,
dijo y se fue a gachas a buscarlos.
Roberto quiso saber si Alicia tenía
miedo. Claro que tengo, reconoció ella,
me cago de miedo, ¿no sientes la peste?
Los dos se rieron, sin dejar de mirar al
frente Roberto dijo que sí, la sentía,
tremenda peste a mierda, ¿y sabes por
qué?, porque también yo estoy
cagadísimo, ya no me queda mierda por
dentro. Se volvieron a reír, somos unos
cagados, se burló ella, pero tal vez
esos que están por venir estén más
cagados. Sí, convino Roberto, quizá sea
esa la mierda que apesta, la de ellos.
Después explicó que daría la vida y
hasta un poco más a cambio de que ella
no estuviera allí, que la quería, mucho,
no era el lugar ni el momento para
andarse con esas tonterías pero él
quería decirlo, era mejor que ella no
dijera nada, era mejor seguir oliendo la
mierda y ya. La muchacha lo miró y los
ojos fueron dos huecos profundos, dos
huecos muy negros. Yo sé que los dos son
tan comemierdas que están enamorados de
mí, veo como me miran, ayer me lo dijo
Frank, hoy me lo dices tú, yo no pensaba
que pudieran ser tan ciegos, yo con esta
greña y sin un creyón de labios y
ustedes como si vieran una diosa.
Roberto quiso explicar que tenía el pelo
muy lindo, mucho más lindo que las
diosas, pero Frank estuvo de vuelta con
los prismáticos y se puso a mirar al
sur. Maricones, rezongó. ¿Qué pasa?,
preguntaron casi a dúo. Nada, que me
estoy cansando de esta porquería de
vienen y no vienen. Alicia miró al
cielo, se está nublando, anunció, parece
que va a llover. Roberto también miró
arriba, sólo Frank se mantuvo con los
prismáticos pegados al rostro y los ojos
devorando el sur. Oye, Frank, soltó la
muchacha, ¿vamos a morirnos, verdad? El
hombre dejó de mirar al frente y se
acomodó sobre el suelo del parapeto,
insistió en que no había que ponerse a
pensar en eso, la muerte es una puta,
pensar que uno va a morirse es morirse
dos veces, o tres, o diez, las veces que
la muerte quiera, las que sean, qué sé
yo, ya morirse una vez es malo como
carajo, todo eso dijo el hombre y
sonrió. ¿No quieren que les cante la
lied de Wagner para Matilde? Los dos
la miraron, asombrados, la lástima y la
ternura colgándoles de los ojos, de cada
ojo brotaban lástima y ternura como agua
desde un surtidor. Bueno, pero bajito,
nada de musiquita de Vander para el
enemigo. La muchacha cantó muy bajo,
casi en un susurro, la cabeza sobre el
muro, mirando al cielo, por momentos
cerró los ojos, no miró a los hombres,
no pudo ver cómo apretaban los dientes y
se les llenaban los ojos de un agua
rara, sólo cantó y se cuidó de que la
pronunciación alemana le saliera
natural, como si lo supiera todo de
aquel idioma gutural y fuerte y no
hubiera aprendido únicamente aquella
canción, las miles de veces que hubo de
escucharla, rewind otra vez a la
cinta, rewind el oído alerta ante
las partes más endiabladas, esa dicción
tan distinta, la vista fija en el
manual, aquella música de Wagner para
Matilde. Si ahora se atrevieran al fin
esos a venir los tres hubieran resultado
presa fácil, aunque puede que no, puede
que los muy cabrones dejaran los fusiles
a un lado, se sentaran a escuchar a
Alicia, después aplaudirían, todos,
hasta seguro alguno le regalaría flores.
Cuando la muchacha terminó comenzó a
lloviznar y los tres quedaron sin
hablar, sin mirarse, Roberto escarbaba
el piso con un dedo; Frank no despegaba
los ojos de la pared y Alicia miraba al
cielo, la llovizna le mojaba la cara y
uno no podía saber si sólo al cielo
podía atribuirse todo aquel líquido que
le bajaba por las mejillas. ¿Les gustó?,
preguntó al fin. Los dos hombres se
levantaron, Roberto la besó en la
frente, Frank en la cara. Muy lindo, no
importa no entender el jodido idioma,
eso alcanzó a decir Roberto, el otro
quiso ser más explícito; sentía mucho
que la muchacha no hubiera llegado a
cantar aquello en el teatro: oye, te
habrían aplaudido días enteros, es una
mierda que todo se haya jodido así...,
la frase se le cortó y el hombre quedó
muy serio, de pronto pateó la pared,
una, dos, tres veces: me cago en Dios,
cojones. Oigan, miren, canté para
ustedes, al final ustedes dos son mucho
mejor público que los estirados del
Conservatorio, y, por favor, los dos
tienen que dejar de mirarme como a una
niña, ya sé que son tan comemierdas como
para decir que están enamorados de mí.
Los dos hombres la miraron muy serios.
Sí, los dos, son tan comemierdas como
para eso, parece que sienten más que
vaya yo a morirme aquí que la muerte que
hay también para ustedes, ayer Frank que
me quiere, hoy eres tú, Roberto, como si
no estuviéramos en este hueco y esos
cabrones no pudieran aparecer en
cualquier momento, para colmo vengo yo a
joderlo todo y me pongo a hablar de
Wagner y Matilde y se me ocurre ponerme
a cantar esa canción. Los dos hombres
quedaron en silencio, se miraron,
después Frank se levantó y comenzó a
escudriñarlo todo otra vez con los
prismáticos. ¿Vienen o no vienen?, quiso
saber Alicia. No se ve un carajo, aclaró
Frank. A veces me gustaría que acabaran
de venir y ya, dijo el otro. También a
mí me gustaría. Y a mí, se escuchó
murmurar a la muchacha. Frank encargó a
Roberto no perder de vista el sur, yo
voy a ver cómo está la calle allá.
Alicia se levantó del suelo y también
miró al sur, sigue el humo, dijo. Y
seguirá, aseguró el hombre, eso parece
ser de combustible, ¿ves?, es negro,
negro, le dieron a algún depósito, o qué
sé yo, algo grande jodieron los muy
cabrones. ¿Cuántos días tú crees que se
demoren en ponerse a revisar casa por
casa y nos descubran aquí? No sé, ya
deben estar buscando, nadie sabe lo que
se demoren en llegar, un día los vamos a
ver, ellos se acercarán por aquí, o por
allá, o por el frente, por donde les de
la gana, y hasta ese día. La muchacha
miró al sur y después muy fijamente al
hombre. Oye, Roberto, dime, pero de
verdad, ¿tú eres celoso? ¿Celoso?, antes
de que llegara esta mierda nunca fui muy
celoso, ahora..., ahora qué sé yo, ahora
como tú dices, me pongo comemierda y
siento celos si miras mucho a Frank,
creo que te gusta él y yo no. La
muchacha se rió, la llovizna que había
cesado volvió a caer y el hombre tuvo
que secar con el borde de la camisa el
lente del prismático. Ella lo miró
pícara, pues... a ver, ¿cómo te digo?,
también yo soy un poco comemierda porque
me gustan los dos, fuera de aquí, quiero
decir, en la vida normal, me habría
gustado salir un día con uno, después
con el otro, en la vida normal, pero
ahora estamos aquí y no se puede hacer.
El hombre no alcanzó a podarse de los
ojos el asombro, estas chiquillas,
pensó, las cree uno niñas y son tan
adultas. ¿Aceptarías eso? ¿Qué cosa?
Eso, que en la vida normal saliera con
Frank hoy y contigo mañana. El hombre no
lo pensó siquiera: no, no lo aceptaría.
Entonces eres celoso. Bueno, si eso es
ser celoso, sí, soy celoso. Alicia
volvió a reírse: mira, esto no es la
vida normal, pero... si quieren, si...
se comportan, podemos..., vaya, arreglar
el asunto. No entiendo, dijo el hombre,
¿qué asunto? Eso de que ustedes sean
unos comemierdas, y yo un poco
comemierda, de que vayamos a morirnos de
un momento a otro. Frank se acercaba,
los dos lo vieron y quedaron callados.
Por allá todo tan aburrido como antes,
ni una cucaracha se mueve, ah, el aura,
tu bicho asqueroso sigue ahí, a
picotazos con su carroña. Los miró, ¿qué
coño pasa?, ¿vieron algo o qué?, sin
esperar respuesta se puso a macerar el
sur con los prismáticos. Coño, digan
algo, ¿por qué tienen esas caras? Que te
lo explique ella, soltó Roberto. La
muchacha se sentó, desde el suelo miró a
uno y a otro. Le pregunté a Roberto si
era celoso, a ti te lo pregunté ayer.
Nadie dijo nada y Alicia volvió a
hablar. Le explicaba a Roberto que era
muy mierda eso de que los dos estuvieran
locos por mí y estemos al borde de
morirnos cuando aparezcan esos, que a mí
no me desagradan, me acosté con un
hombre hace sólo un tiempo, y no era un
hombre, era un muchacho, nos vamos a
morir, ustedes se ponen a mirarme con
esa lástima, yo digo que si se
comportan..., si se comportan como...
como seres racionales, puedo quererlos,
a los dos. Ya nos quieres, dijo áspero
Frank. No, yo digo quererlos, como una
mujer a un hombre, hacerlo. ¿Hacer qué?,
fue otra vez la aspereza del hombre.
Hacerlo, soltó la muchacha, tú sabes muy
bien lo que estoy diciendo. ¿Y cómo
puede hacerse eso?, quiso saber Frank.
Pues..., como se hace desde que el mundo
es mundo, por la noche uno duerme y el
otro vigila, ¿no? Sí, asintieron los dos
hombres. Ah, pues puedo hacerlo con el
que no vigile. Los dos hombres quedaron
mirándola, a Roberto comenzó a saltarle
un tic en el ojo derecho. ¿Quieres
decir que lo haces conmigo de diez a
doce y con Roberto de doce a dos? Eso,
convino la muchacha, y de dos a cuatro
duermo, después de cuatro a seis vigilo
y ustedes se van a dormir. Roberto se
sentó, con el dedo reincidió en el gesto
de escarbar la tierra del parapeto;
Frank se puso a mirar al sur con los
prismáticos. Pero tienen que
comportarse, estamos los tres metidos en
esto, y esos cabrones están allá afuera,
si me lo prometen..., por mí está todo
bien. Los hombres quedaron callados, uno
con aquel gesto mecánico de agujerear el
piso; el otro, los ojos allá, bien
lejos, en el sur, la llovizna se sumó al
silencio y volvió a hacer mutis, cada
gota quedó colgando allá, en lo alto.
Vamos, ¿qué dicen?, ¿el aura asquerosa
les comió la lengua? Creo que yo estoy
de acuerdo. La muchacha se puso de pie,
bueno, Frank, ya Roberto está de
acuerdo, faltas tú. El hombre miró
todavía bastante rato al sur antes de
hablar. No puede ser, carajo, ¿ustedes
se volvieron locos o qué?, esto es una
guerra, coño, esto no es una casa de
putas, no podemos ponernos a templar,
tenemos a los cabrones por todos lados,
¿qué quieren?, que nos pongamos a
templar y que sorprendan a uno sin ropa
moviéndose encima de ti y al otro
contando los minutos para poder tenerte
debajo, esto es una guerra, carajo, ¿es
que no lo entienden?, lo único que
tenemos que hacer es cubrir dos
direcciones, hasta hoy fuimos tan
anormales que pensamos que sólo podrían
llegar desde allá alante, por este lado
también pueden llegar, somos tres, uno
descansa, dos vigilan, cada uno un
sector, digan ustedes cómo carajo vamos
a ponernos a templar, aquí no hay tiempo
para ponerse a templar, coño, desde
ahora estaremos juntos muy poco, uno
aquí, el otro allá alante, el tercero
descansando, preparando comida, haciendo
algo, lo que sea, y si en el horario de
descanso alguien quiere hacerse la paja
se la hace pero nada de ponernos a
templar o terminar pajeándonos aquí unos
a otros, un día llega el enemigo y
termina partiéndonos el culo,
¿entendieron? Alicia no pudo soportar y
se echó a llorar, sin dejar de hacerlo
se levantó y se alejó por el parapeto en
dirección al horno, Roberto no había
dejado de escarbar el piso. Tienes
razón, dijo. Claro que tengo razón,
coño, ya estabas tú estoy de acuerdo,
estoy de acuerdo, planificando tu meneo,
eres un militar, coño, no un corruptor
de menores, ni tú ni yo somos el músico
alemán ese ni ella es la tipa de la
canción, esto es la guerra, la guerra,
¿tú crees que no me muero mirándola?,
pero acá no se puede, no vamos a volver
a estar con una mujer, eso se acabó, se
acabó todo, se jodió, estos cabrones
llegaron para jodernos la vida,
jodernos todo, y si estamos aquí es para
ver cómo carajo podemos joderlos un poco
a ellos, no para mover cintura encima de
esta chiquilla que, para colmo de
desgracias, la pobrecita parece que no
ha conocido todos los hombres que
debiera, ni los va a conocer ya nunca.
La llovizna deshizo el mutis y esta vez
las gotas llegaron con más fuerza, Frank
regresó a mirar al sur, el otro se
levantó del piso y quiso saber si
comenzarían ya a cubrir las dos
posiciones. Ya, decidió Frank, se me
ocurre que podemos mantener el ciclo de
las dos horas, ¿qué te parece? El otro
estuvo de acuerdo. A la tarde Alicia se
acercó con algo de comida y eso los
alegró; la muchacha había cocido papa y
abierto una lata de jamonada, estaba
rancia pero al menos tenían alimento, la
papa hervía y el estómago agradeció
aquello. Se sentaron en el suelo, Alicia
preguntó si no habían quedado algo
crudas las papas, los hombres aseguraron
que estaban buenas, eres experta en
músicos alemanes y papas de campaña,
sostuvo Frank, y le guiñó un ojo. Era
una manera de pedir disculpas y la
muchacha sonrió: no sean hipócritas, soy
mejor con Wagner. Durante la comida
Frank se incorporó varias veces para
vigilar la calle. Oye, coño, come en
paz, te va a caer mal, si llegan, mira,
llegaron y al carajo, pero uno debe
comer lo poco que tiene como Dios manda,
tranquilo. El hombre se cuadró: a sus
órdenes, general, los tres se rieron.
Después de comer Frank pidió a Alicia
que cantara otra vez la canción, a ver,
mete otra vez al alemán ese en el
parapeto, anda, canta eso, ¿cómo se
llama? Lied, aclaró ella,
Wesendonck Lieder, parece que les
gustó. Mucho, admitieron los hombres,
tienes una voz tremenda, ah...., y
creemos que el alemán fue un hijoeputa
por dejar a la tipa. Yo también lo creo,
dijo ella. ¿Cuántos años tiene la
canción? Ufffff, ciento cincuenta, más o
menos, puede que un poco más, no sé. ¿Y
qué significa eso de Vesendón o como se
diga? Wesendonck, lo enmendó ella, ese
era el apellido de Matilde. Roberto dijo
que Wagner y Matilde estarían ya hechos
polvo. Polvo enamorado, acotó Alicia.
Los hombres la elogiaron; cantante,
cocinera de papas y poeta. Oigan, que
eso no es mío, ignorantes, es de un
poeta español, ¿es que nunca leyeron esa
poesía? Ellos que no, que si también
había una historia al estilo de la del
alemán y Matilde. Puede ser, seguro,
pero hasta ahí no llego, a ver, ya, voy
a cantar la lied de Wagner para
Matilde, Der Engel. La muchacha
se sentó frente a los hombres, ellos la
miraron desde las dos torres, las dos
torres del nudo. Comemierdas que son los
dos, les dijo, yo los quiero mucho, de
verdad, nos vamos a morir aquí y ustedes
son los mejores tipos del mundo con los
que una quisiera morirse, y…, nada,
quería que lo supieran. Los dos hombres
tragaron saliva y apretaron duro los
dientes. Las torres se empinaron y se
empinaron y el nudo se hizo tres veces
más fuerte. Alicia arrastró las nalgas
sobre el suelo hasta quedar todos muy
cerca, a ver, me van a dar las manos,
los dos, así, dame la tuya, voy a cantar
así y será como si Wagner nunca hubiera
dejado a Matilde, como si estos cabrones
no hubieran llegado a jodernos la vida,
como si yo hubiera tenido mi audición y
muchos muchachos para hacerme el amor,
como si ustedes pudieran amarme, será
todo eso y ya…, si sigo voy a llorar.
Los dientes casi crujieron de tanto uno
contra el otro. Y las torres, las
torres. La muchacha cerró los ojos y
extendió la cabeza, las venas del cuello
eran azules y el cabello le colgaba a
ambos lados, algunas hebras caían sobre
el pecho, turgente, atrevido, si Wagner
la hubiera visto habría escrito muchas
lieder, miles, todas dedicadas a
Alicia. Esta vez la lied quedó
mucho mejor, parecía haber sido escrita
apenas ayer por alguien que amaba a una
muchacha y hubiera tenido que dejarla
atrás, aquello no parecía tener ciento
cincuenta años, o los que fueran, y la
muchacha no abrió los ojos ni una sola
vez, canto así; la cabeza
hiperextendida, las venas azules, las
hebras de cabello jugueteándole sobre el
pecho, el tono fue muy alto y Frank
llegó a pensar que no obstante todo el
peligro mayor sacrilegio era callarla,
atardecía, la llovizna había vuelto a
hacer mutis, volvía a quedar colgando
del cielo, los cabrones allá en la calle
escucharon la canción y rodearon el
lugar, Alicia siguió cantando, Ja, es
stieg auch mir ein Engel nieder und auf
leuchtendem Gefieder, Wagner y
Matilde tenían una canción pero ya
serían sólo polvo, los hombres apretaron
duro las manos de la muchacha, y duro,
muy duro, uno contra otro, apretaron los
dientes.
Rafael de Águila (La
Habana, 1962) ha publicado Ultimo
viaje con Adriana (cuento,
Letras Cubanas, 1997), ganador del
premio Pinos Nuevos un año antes y
Ellos orinan de pie (cuento, Letras
Cubanas, 2006). El Grupo de Teatro de
Carlos Barón de la Universidad de
California (UCLA) llevó a las tablas
seis de sus cuentos cortos en el año
2002. Artículos suyos han aparecido en
varias revistas cubanas. |