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Nevaba en Estambul a finales del 2006,
pero yo no tenía frío. Un vientecillo
que corría del Bósforo desorganizaba los
copos de nieve, que se iban de costado
contra el parabrisas, mientras Nihat me
apostaba a que al día siguiente habría
lluvia. Ayer subió a quince grados
—me dijo—; hoy que tú llegas tenemos
nevada, y mañana verás cómo rompe a
llover. Miré a la calle, a la nieve
turbia que removía un auto delante del
nuestro, y le aseguré que estaba bien
así, que hacía más de cinco años que no
veía nevar, y que bendita toda la nieve
de Constantinopla. Sonrió con una leve
ironía, y yo, para alejarme un poco del
tema, le dije:
—Vine
todo el tiempo hablando ruso.
—El
ruso es el opio de los pueblos —volvió a
ironizar.
—Karénina —le expliqué—, yo le puse
Karénina.
Y
tuve que ser explícito. Una rara
casualidad me había conducido a Estambul
a través de Moscú, en un viaje de unas
veinte horas que incluía una larga
acampada en Rusia. Cuando subí al avión
que me dejaría en Turquía, noté que mi
asiento ya estaba ocupado por una
muchacha. Le mostré mi pase a bordo.
Entiendo, me dijo, pero es que me
aterra volar del lado de la ventana.
Entiendo, dije a mi vez, aceptando
el cambio.
—Así
que Karénina —comentó Nihat.
—La
nobleza obliga —me reí.
Porque lo primero que había notado
entonces en el avión, era que la joven
tenía, lo que se dice, clase.
Cuando le pregunté el nombre me observó
unos instantes y mostró un asombro
formal ante el hecho de que le hablara
en su lengua. Anna, dijo por fin
y su voz dibujaba los sonidos con una
cadencia hermosa: Anna Skliar.
Más tarde me contó que era traductora;
de hecho, había llevado al ruso buena
parte de los versos de Emily Dickinson,
y si no recordaba mal, apenas unos días
atrás había estado leyendo un cuento de
Virgilio Piñera. De esos llamados
minimal, en una traducción al inglés,
precisó.
—Tu
compatriota Virgilio Piñera en inglés…
—dijo Nihat.
—Así
me lo contó ella —confirmé—, pero por
más que trato no me acuerdo de esa
pieza.
—¿Y
después, qué? —preguntó a modo de
conclusión el turco, saliendo del carro
ya frente a mi hotel.
Su
pregunta, por supuesto, no era tal. De
un aeropuerto a un hotel no hay mucho
tiempo para detenerse en cosas serias, y
todo comentario es por lo general
provisorio, propenso a saturarse de
emotividad. De modo que Nihat daba por
concluido mi relato, y mientras me
ayudaba con la maleta, volvía a
mencionar la nieve, como si desde que me
recibiera una hora atrás en Havas no
hubiésemos hablado más que de ella.
Hacía bien de anfitrión. Había sido
encargado por la Universidad del Bósforo
para atenderme, y en los días previos a
mi llegada se comunicó conmigo. Me dio
todo tipo de seguridades, y ahora
parecía dispuesto a demostrar que no
incumpliría. Antes de irse a su casa
quedamos en que me recogería para cenar.
Soy
de los que chequea los cuartos de hotel
con cierta grima por tener que hacerlo.
Pero, por otra parte, me gusta estar al
tanto de todo lo que me rodeará mientras
duerma. Mi habitación en el Taxim Hill
era un tanto oscura —baño amplísimo y
marmóreo, sábanas olorosas a alcanfor,
un gavetero con la guía telefónica,
televisor empotrado en un armario que a
la vez servía de mini-bar—, pues la
ventana enfocaba hacia una especie de
patinejo por el cual reptaban algunas
tuberías. Si levantaba la vista veía
clarear en la distancia un edificio
invadido de andamios. Llevaba apenas un
minuto en la bañera cuando recordé el
cuento de Virgilio, y me alegré de que
el agua caliente empezara a darme
lucidez. Por lo que me explicó Anna
Skliar, no podía ser otro.
Admito que evocar a Virgilio Piñera en
una tina de un baño de Estambul tiene
algo de grotesco. Barajar unas líneas
que uno ni tan siquiera puede asegurar
que le pertenecen es una burla, ni más
ni menos, piñeriana. Jugué un
rato a usar el cuento a modo de oráculo,
y comencé a secarme convencido —como
mismo lo estás tú— de que aquella pieza
tal vez apócrifa era la garantía de que
me iba a encontrar de nuevo con la
rusa.
Nihat
llamó desde el lobby y cuando lo vi en
una cazadora de vinil negro que mal
escondía el saco me di cuenta de que
cenaríamos en algún sitio lujoso.
Invitan otros, no te me acomplejes,
dijo mientras me pasaba el brazo sobre
los hombros, y me franqueó la salida.
Todo lo que recuerdo del riguroso menú
de esa noche es el vino italiano que
escanciaban sin cesar unos mancebos de
frac y margarita en la solapa. Para no
mentir, añadiré que también me
impresionó el salón monumental con su
alfombra roja, y la luz inconsútil que
le daba a las cosas un brillo un tanto
alucinado.
Al
cabo de unas cuantas copas pregunté por
el toilette. Nihat ya lo había
localizado, y me hizo una seña con la
cabeza: a mis espaldas, por un pasillo
discreto que apenas filtraba la luz
lechosa del salón. Después hizo como si
se decidiera. Es más, te acompaño,
dijo, pero un paso antes de la entrada
se detuvo a saludar a un conocido. Me
abría el pantalón frente al urinario,
cuando noté que la pared delante de mis
ojos se interrumpía poco antes del techo
y dejaba caer hacia acá el sonido de una
puerta al cerrarse. Calculé entonces que
del otro lado estaba el baño de las
damas. Abandoné el urinario y me situé
en una taza, para que mi chorro contra
el agua produjera un efecto irrebatible,
y disfruté la posibilidad de que alguna
mujer tras aquella pared aquilatara mi
fuerza. Interrumpí el chorro y presté
oídos. Volví a pujar y acabé de teñir la
taza con mi espuma avinagrada, orgulloso
de mi ruido viril, y cuando empezaba a
componerme, percibí claramente el
surtidor que me respondía desde el otro
lado. Adiviné que no golpeaba directo en
el agua, sino en la loza malva de la
taza y comprobé que, lo mismo que yo
segundos antes, se interrumpía a medio
camino para reanudarse de inmediato.
Salí,
pero no me alejé demasiado. Sabía que si
aguardaba un instante vería aparecer en
la puerta contigua a la mujer que
respondió a mi interpelación. En unos
segundos, en efecto, salieron, no una
sino tres, cuatro y siguieron
indiferentes hacia el salón. Me dije que
no era tanto el misterio de escoger
entre cuatro mujeres, pero, ¿acaso podía
acercármeles y preguntar sencillamente
cuál de ellas era la que accedió a
dialogar conmigo? ¿No era mi situación
un poco piñeriana? Secretamente, además,
yo había esperado que mi interlocutora
fuera Anna Skliar, la rusa a quien
rebauticé como Karénina, pero no tenía
ni siquiera la certeza de que la
volvería a ver. Las posibilidades de que
coincidiéramos se limitaban a nuestra
condición de extranjeros y de literatos,
lo que nos relacionaba con el ámbito de
los hoteles y las salas de conferencias.
Sólo
de vuelta en la mesa recordé que Nihat
finalmente no había entrado al baño,
pero cuando le pregunté me dijo que su
conocido lo distrajo tanto que se olvidó
de mear. Cuando nos marchábamos lo noté
un poco mareado. Después, en efecto, me
confesó que no sabía cómo había podido
manejar hasta el Taxim Hill, y que tenía
la sospecha de que seguir hasta su casa
iba a ser un suicidio. Como la mía era
una habitación de dos camas, le permití
quedarse. Antes de acostarme miré al
mezquino pedazo de ciudad que chispeaba
tras mi ventana. Me extrañó que el
edificio rodeado de andamios estuviese
tan iluminado, pero después comprendí
que eran los propios andamios los que
tenían adosados unos bombillos de gran
tamaño, vueltos unos sobre la calle y
otros sobre el propio edificio. Tuve la
impresión de una escenografía
gigantesca, un tanto amenazadora.
Corrí
las cortinas antes de meterme en la
cama, y entonces reparé en Nihat, que ya
emitía leves ronquidos. Era un hombre de
mi edad, más o menos. Tenía la boca
entreabierta; más exactamente, se mordía
el labio inferior, lo que le daba una
expresión de inocencia que no pude
notarle despierto. Me dejé caer bajo la
frazada, con el vino pesándome todavía
en las sienes, y encendí por simple
curiosidad el televisor. Un noticiario
en inglés anunciaba la aparición de una
joven muerta. La policía barruntaba que
era una prostituta, y sería la segunda
que asesinaban en dos meses. No retuve
otros detalles porque enseguida quedé
embelesado. Sería media madrugada cuando
tuve conciencia de que no dormía
profundamente. Era ese estado en el que
ya se puede razonar sobre las
fantasías que segundos antes nos dominan
por completo. Entonces estiré las
piernas y saqué los brazos de bajo la
frazada. Ese es el instante que
identifico con el comienzo del ruido: un
orine cayendo con fuerza remota sobre la
porcelana de una taza, devuelto por la
noche con claridad engañosa. Un orine
lozano, me dije, pero no tuve
fuerzas para incorporarme. O para
desengañarme con la certeza de que había
estado alucinando. O de que eran ruidos
provenientes del televisor, todavía
encendido.
Son
los detalles nimios los que me ayudan a
recordar que todo lo que anoto fue
cierto. Por ejemplo, tengo presente que
Nihat me anunció que pronto cambiaría su
Toyota por un BMW. Fue al regreso, al
día siguiente, de un encuentro con sus
amigos de Doğan Kitap, una editorial que
alardeaba de que pronto tendría en su
catálogo a los primeros escritores
cubanos. Pero lo afirmaban, como se
dice, de dientes para afuera.
Contrario a las predicciones de Nihat,
no llovió ese día. Con uno o dos grados
de temperatura, persistían algunos
montones de nieve en la explanada frente
al Taxim Hill, aunque en la calle era
más fango que escarcha. Tuve la certeza
de que el fantasma de mi compatriota
Virgilio Piñera no me había abandonado
cuando vi que Anna Skliar venía de
frente a nosotros, aunque pegada a las
paredes, como protegiéndose del
vientecillo que soplaba de frente. Se
detuvo a mirar por los cristales de una
cafetería vecina del hotel, y yo
aproveché para mostrársela a Nihat.
—Mira
—sonreí—, esa es Karénina.
—Y yo
que pensaba que no era más que una de
tus ficciones —se rió también mientras
bajábamos del auto, y enseguida se las
arregló para ser notado por mi conocida.
La obsequió con una reverencia en la que
creí ver algo de Las mil y una noches.
Anna
Skliar me recibió con mucha cortesía,
como si en realidad se alegrara de
volverme a ver.
—¿Qué
haces por mis predios? —le dije.
Le
hizo gracia la pregunta, y respondió:
—Hoy
almuerzo en tu hotel. Después tengo la
tarde libre. Comprendí que se trataba de
algún almuerzo de trabajo. Y también que
con aquello de su tarde libre me
invitaba a invitarla. Así que almorzamos
a unos metros uno del otro, ella con dos
hombres que gesticulaban con cierto
recato, pero que, por alguna razón daban
a entender que les era imprescindible
gesticular, y yo con Nihat, que en el
momento en que me incorporaba me dijo
algo sobre los hombres. Asentí camino a
la mesa de los postres, aunque en
realidad no lo escuché. Pero Anna Skliar
se había dirigido a ella segundos antes,
y sentí la necesidad de acercármele.
Coloqué un pastelillo en el plato que ya
ella sostenía y le dije que la esperaba
abajo en una hora, que algo en mí se
encaprichaba en su compañía. Noté alguna
contrariedad en su modo de mirarme, pero
aceptó. A las dos entonces,
musité. Está bien, dijo y puso
ella otro pastelillo en mi plato.
Tomamos un taxi frente al Taxim Hill
—Anna Skliar era mi cicerone— y fuimos
hasta la parte antigua. Me contó que
conocía Estambul casi tan bien como a
Moscú y yo fingí que no le creía. En
serio, dijo y se me quedó mirando.
Pensé que hacía mucho que no veía a una
rusa decir En serio, y que todas
las que lo dicen ponen en esa frase tan
pueril unas gotas de sensualidad. Pero
ya me tenía una observación.
—Eres
el primer cubano que veo desde que se
hundió el comunismo —aseveró.
—Allá
dijeron que se desmerengaba —apunté.
Me
costó decirlo en su lengua, pero me
comprendió. Sonriendo todavía insistió
en que jamás había vuelto a conversar
con un cubano, y me explicó que antes
había tratado a algunos. Lo decía a su
manera, un tanto picante: —Mi padre, que
enseñaba en la universidad, llevaba a
casa a sus alumnos. Hablaban siempre lo
mismo, sobre poesía, y se empecinaban
con la obra de uno o dos poetas que
entonces pocos citaban. Años después mi
padre me contó que uno de ellos era
Iosif Brodski. Me dijo un verso suyo que
no he vuelto a olvidar: Extranjero,
¿crees ser feliz porque vienes de Ítaca?
En aquellos cenáculos yo observaba a tus
compatriotas beber té redulce, y me
asustaba la forma en que se empeñaban en
ser efusivos.
—Tampoco yo había visto a otra rusa
—dije, pero no conseguí esta vez que
sonriera.
Salvamos los quinientos metros que hay
de la Mezquita Azul hasta Santa Sofía
por unos adoquines que la nieve tornaba
jabonosos, y por dos veces tuvo que
apoyarse en mi brazo. Yo entonces ponía
mi mano sobre la suya, dándole a
entender que me agradaba que se
sostuviera de mí, y que me hubiese
gustado que no me soltara nunca más.
—¿Y
cómo está Cuba? —dijo.
—Está, que ya es algo —respondí.
Continuamos rumbo a la catedral, y
entonces le devolví la pregunta.
—¿Y
cómo está Rusia?
—¿No
vienes de allá? —y sonrió.
—Apenas cambié de avión —precisé—. Unas
horas en un aeropuerto no significan
nada.
—Creo
que estamos igual —dijo—. Seguimos
siendo rusos. Bebiendo por cualquier
cosa y masticando semillas de girasol.
—Llegué a pensar que no sobrevivirían al
cambio —se me escapó.
—Lo
mismo pensó mi padre de ustedes —y ahora
no pude precisar si ironizaba.
Pero
sentí ganas de ser insolente. Si no
fuéramos de donde somos, declamé,
si no hubieran pasado las cosas en la
forma en que pasaron, ¿estaríamos juntos
ahora tú y yo filosofando sobre la
nieve? ¿Es lo mismo un cubano y una rusa
que un sirio y una noruega?
Iba a
explicarme algo, pero la interrumpí.
—No,
escucha, si tu país emigra, ¿emigras tú?
Si tu país se excede a sí mismo, ¿te
excede a ti?
Pero
no estaba para acertijos. Su lógica era
simple y escondía de paso algo sexual.
—Solo
veo a dos personas que se empeñan en
conocerse. No me he preguntado por la
procedencia de ninguno.
La
besé. Bruscamente al principio y después
despacio, pues no me oponía resistencia.
Dejé que todo se resumiera en aquel
beso, que todo se debiera a él. Cuando
nos separamos suspiró. Un gato venía a
nuestro encuentro. Era un animal sin
dueño, a juzgar por su pelo sucio, pero
no parecía mal alimentado. Nos dedicó
una mirada amistosa y siguió su camino,
con la gran cola erguida. Anna Skliar
parecía alegre con su aparición.
Míralo, dijo, es uno de los
cientos que deambulan por esta ciudad.
Seguro que no sabe que está en Estambul.
Admití que tenía lógica. Añadió:
—¿No
te gustaría no saber a dónde perteneces?
—Acaso por un rato, —contesté—. Soy un
hombre de prejuicios.
Otro
detalle nimio: Anna Skliar llevaba al
cuello un ojo turco, especie de dije
azul y negro, para atraer la
buenaventura. No se despojó de él
mientras estuvo conmigo, por lo que
ahora la recuerdo así, con la medallita
al cuello y la piel nívea alrededor del
vientre y aquellos senos bite-size,
una impudicia en una mujer tan alta como
ella. Para halagarla, se lo repetí:
No me hubieras gustado tanto con tetas
grandes. Estas, en cambio, son como una
identidad que viene del alma.
Estaba seria. Con las piernas levemente
plegadas, vuelta hacia mí la sombra del
pubis rasurado, analizando mi frase.
—Sé
que muy parecidas eran las de Anna
Karénina —le dije para completar mi idea.
Menos
cerca del pathos, me explicó:
—También yo las disfruto. Y sé que si
tuviera tetas más grandes las besaría
una mujer, no un caballero.
Pero
era yo el que las besaba, el que comenzó
luego a mordisquearlas para que ella
volviera a excitarse. Cuando la supe
dispuesta me incorporé y le dije:
—Méate.
No la
tomó por sorpresa, pues se incorporó a
su vez y preguntó: ¿Aquí mismo? En la
taza, precisé.
Era
bella Anna Skliar mientras se iba en
aquel orine rumoroso sin acabar de
sentarse, observándome entre retadora y
obediente, porque —me lo dijo cuando la
escurría con la palma de mi mano— que yo
comparara sus senos con los de Anna
Karénina la había dotado de un arrojo
que no quería amordazar de ninguna
manera. La abracé. Hundí la cara en su
cuello y dejé que su espalda tibia le
hablara a mis manos. Palpé sus breves
caderas y le separé las nalgas para
martirizarme con el dibujo que me
devolvía el espejo. Entonces la oí
decir:
—Ahora tú.
Lo
intenté, pero no resultaba. Era apenas
una risible llovizna lo que levitaba
sobre la taza, mientras ella me miraba
divertida, decepcionada quizás, porque
había esperado —necesitado más
bien— verificar toda la presión de mi
chorro para salir de dudas.
—Para
acabar de saber quién lo hizo aquella
noche en la cena, si eras tú o Nihat.
Dijo
el nombre de mi anfitrión como si lo
hubiese sabido de toda la vida, y con
ello me negaba, incluso, el derecho a la
perplejidad. Enseguida, comenzando a
vestirse, me explicó que lo único que le
había prohibido el turco era volver a
encontrarse conmigo. Que lo del avión
fue, realmente, casual, pero después
Nihat se mostró más severo. No era un
mal hombre, comentó Anna Skliar, aunque
llevaba bien sus negocios. Nada de
mezclar las cosas. Sus muchachas a un
lado, la cultura del otro, era su
divisa.
—Aunque soy, según me ha dicho, la
hetaira más culta de Estambul.
¿No
hay un cuento de Virgilio Piñera en el
que un mancebo se quita la vida sobre un
puente, masticando fósforos en la
oscuridad? Comienzo a inferir que si
Anna Skliar no hubiese evocado ese otro
cuento sobre el hijo de Diógenes, no
hubiese ocurrido lo que ocurrió, aunque
después me he dicho que hay momentos en
los cuales el absurdo es lógico. Así de
excepcional. Limpiamente burlesco.
El
día de mi partida noté desde la
habitación un ajetreo inusual sobre los
andamios que mostraba la ventana.
Algunos hombres iban con lejana
celeridad hacia la azotea, unos siete u
ocho pisos por encima de la calle,
mientras otros desde arriba parecían
apremiarlos. Abajo había unos autos y un
grupo de personas que pronto empezaría a
crecer. Al poco rato los hombres
comenzaron a bajar un bulto por los
andamios. Se lo pasaban con mucho
trabajo de unos brazos a otros, con una
lentitud que acabó por desesperarme, y
sin estar muy seguro todavía de lo que
iba a encontrar afuera, corrí hacia la
calle. Cuando llegué todo lo cerca que
me lo permitían los uniformados que
acordonaban el lugar, el cuerpo cubierto
con una tela blanca venía ya por el
segundo piso. Un policía atropelló el
inglés al explicarme:
—Solo
sabemos que es una muchacha. Pero no
lleva identificación.
Cuando de vuelta al Taxim Hill pasaba
cerca de la recepción, me llamó un
empleado para entregarme un papel con
una disculpa de Nihat. El turco se
excusaba por tener que ausentarse de
improviso. Afirmaba que asuntos urgentes
lo hacían salir de la ciudad, tal vez
con rumbo a Esmirna.
Rogelio Riverón
(Placetas, 1964). Narrador,
poeta, crítico y periodista. Ha
recibido, entre otros, el Premio
Luis Rogelio Nogueras, en 1991,
y en dos ocasiones el de la
Unión de Escritores y Artistas
de Cuba (1998 y 2000). Posee
igualmente el Premio Nacional de
Periodismo Cultural. Entre sus
obras se cuentan Los
equivocados (Extramuros,
1992); Buenos días, Zenón,
(Unión, 1999); Otras
versiones del miedo (Unión,
2001); Llena eres de gracia
(Letras Cubanas, 2003) y Mi
mujer manchada de rojo
(Oriente, 2005). De su labor
como antólogo puede destacarse
Conversación con el búfalo
blanco (Letras Cubanas,
2005).
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