Año VI
La Habana
2007

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TE PONGA EL PLATO?

 
Premio Julio CortÁzaR 2007
Los gatos de Estambul
Rogelio Riverón
 

Nevaba en Estambul a finales del 2006, pero yo no tenía frío. Un vientecillo que corría del Bósforo desorganizaba los copos de nieve, que se iban de costado contra el parabrisas, mientras Nihat me apostaba a que al día siguiente habría lluvia. Ayer subió a quince grados —me dijo—; hoy que tú llegas tenemos nevada, y mañana verás cómo rompe a llover. Miré a la calle, a la nieve turbia  que removía un auto delante del nuestro, y le aseguré que estaba bien así, que hacía más de cinco años que no veía nevar, y que bendita toda la nieve de Constantinopla. Sonrió con una leve ironía, y yo, para alejarme un poco del tema, le dije:

—Vine todo el tiempo hablando ruso.

—El ruso es el opio de los pueblos —volvió a ironizar.

—Karénina —le expliqué—, yo le puse Karénina.

Y tuve que ser explícito. Una rara casualidad me había conducido a Estambul a través de Moscú, en un viaje de unas veinte horas que incluía una larga acampada en Rusia. Cuando subí al avión que me dejaría  en Turquía, noté que mi asiento ya estaba ocupado por una muchacha. Le mostré mi pase a bordo. Entiendo, me dijo, pero es que me aterra volar del lado de la ventana. Entiendo,  dije a mi vez, aceptando el cambio.

—Así que Karénina —comentó Nihat.

—La nobleza obliga —me reí.

Porque lo primero que había notado entonces en el avión, era que la joven tenía, lo que se dice, clase. Cuando le pregunté el nombre me observó unos instantes y mostró un asombro formal ante el hecho de que le hablara en su lengua. Anna, dijo por fin y su voz dibujaba los sonidos con una cadencia hermosa: Anna Skliar. Más tarde me contó que era traductora; de hecho, había llevado al ruso buena parte de los versos de Emily Dickinson, y si no recordaba mal, apenas unos días atrás había estado leyendo un cuento de Virgilio Piñera. De esos llamados minimal, en una traducción al inglés, precisó.

—Tu compatriota Virgilio Piñera en inglés… —dijo Nihat.

—Así me lo contó ella —confirmé—, pero por más que trato no me acuerdo de esa pieza.

—¿Y después, qué? —preguntó a modo de conclusión el turco, saliendo del carro ya frente a mi hotel.

Su pregunta, por supuesto, no era tal. De un aeropuerto a un hotel no hay mucho tiempo para detenerse en cosas serias, y todo comentario es por lo general provisorio, propenso a saturarse de emotividad. De modo que Nihat daba por concluido mi relato, y mientras me ayudaba con la maleta, volvía a mencionar la nieve, como si desde que me recibiera una hora atrás en Havas no hubiésemos hablado más que de ella. Hacía bien de anfitrión. Había sido encargado por la Universidad del Bósforo para atenderme, y en los días previos a mi llegada se comunicó conmigo. Me dio todo tipo de seguridades, y ahora parecía dispuesto a demostrar que no incumpliría. Antes de irse a su casa quedamos en que me recogería para cenar.

Soy de los que chequea los cuartos de hotel con cierta grima por tener que hacerlo. Pero, por otra parte, me gusta estar al tanto de todo lo que me rodeará mientras duerma. Mi habitación en el Taxim Hill era un tanto oscura —baño amplísimo y marmóreo, sábanas olorosas a alcanfor, un gavetero con la guía telefónica, televisor empotrado en un armario que a la vez servía de mini-bar—, pues la ventana enfocaba hacia una especie de patinejo por el cual reptaban algunas tuberías. Si levantaba la vista veía clarear en la distancia un edificio invadido de andamios. Llevaba apenas un minuto en la bañera cuando recordé el cuento de Virgilio, y me alegré de que el agua caliente empezara a darme lucidez. Por lo que me explicó Anna Skliar, no podía ser otro.[1] Admito que evocar a Virgilio Piñera en una tina de un baño de Estambul tiene algo de grotesco. Barajar unas líneas que uno ni tan siquiera puede asegurar que le pertenecen es una burla, ni más ni menos, piñeriana.  Jugué un rato a usar el cuento a modo de oráculo, y comencé a secarme convencido —como mismo lo estás tú— de que aquella pieza tal vez apócrifa era la garantía de que me iba a encontrar de nuevo con la rusa. 

Nihat llamó desde el lobby y cuando lo vi en una cazadora de vinil negro que mal escondía el saco me di cuenta de que cenaríamos en algún sitio lujoso. Invitan otros, no te me acomplejes, dijo mientras me pasaba el brazo sobre los hombros, y me franqueó la salida. Todo lo que recuerdo del riguroso menú de esa noche es el vino italiano que escanciaban sin cesar unos mancebos de frac y margarita en la solapa. Para no mentir, añadiré que también me impresionó el salón monumental con su alfombra roja, y la luz inconsútil que le daba a las cosas un brillo un tanto alucinado.

Al cabo de unas cuantas copas pregunté por el toilette. Nihat ya lo había localizado, y me hizo una seña con la cabeza: a mis espaldas, por un pasillo discreto que apenas filtraba la luz lechosa del salón.  Después hizo como si se decidiera. Es más, te acompaño, dijo, pero un paso antes de la entrada se detuvo a saludar a un conocido. Me abría el pantalón frente al urinario, cuando noté que la pared delante de mis ojos se interrumpía poco antes del techo y dejaba caer hacia acá el sonido de una puerta al cerrarse. Calculé entonces que del otro lado estaba el baño de las damas. Abandoné el urinario  y me situé en una taza, para que mi chorro contra el agua produjera un efecto irrebatible, y disfruté la posibilidad de que alguna mujer tras aquella pared aquilatara mi fuerza.  Interrumpí el chorro y presté oídos. Volví a pujar y acabé de teñir la taza con mi espuma avinagrada, orgulloso de mi ruido viril, y cuando empezaba a componerme, percibí claramente el surtidor que me respondía desde el otro lado. Adiviné que no golpeaba directo en el agua, sino en la loza malva de la taza y comprobé que, lo mismo que yo segundos antes, se interrumpía a medio camino para reanudarse de inmediato.

Salí, pero no me alejé demasiado. Sabía que si aguardaba un instante vería aparecer en la puerta contigua a la mujer que respondió a mi interpelación. En unos segundos, en efecto, salieron, no una sino tres, cuatro y siguieron indiferentes hacia el salón. Me dije que no era tanto el misterio de escoger entre cuatro mujeres, pero, ¿acaso podía acercármeles y preguntar sencillamente cuál de ellas era la que accedió a dialogar conmigo? ¿No era mi situación un poco piñeriana? Secretamente, además, yo había esperado que mi interlocutora fuera Anna Skliar, la rusa a quien rebauticé como Karénina, pero no tenía ni siquiera la certeza de que la volvería a ver. Las posibilidades de que coincidiéramos se limitaban a nuestra condición de extranjeros y de literatos, lo que nos relacionaba con el ámbito de los hoteles y las salas de conferencias.

Sólo de vuelta en la mesa recordé que Nihat finalmente no había entrado al baño, pero cuando le pregunté me dijo que su conocido lo distrajo tanto que se olvidó de mear. Cuando nos marchábamos lo noté un poco mareado. Después, en efecto, me confesó que no sabía cómo había podido manejar hasta el Taxim Hill, y que tenía la sospecha de que seguir hasta su casa iba a ser un suicidio. Como la mía era una habitación de dos camas, le permití quedarse. Antes de acostarme miré al mezquino pedazo de ciudad que chispeaba tras mi ventana. Me extrañó que el edificio rodeado de andamios estuviese tan iluminado, pero después comprendí que eran los propios andamios los que tenían adosados unos bombillos de gran tamaño, vueltos unos sobre la calle y otros sobre el propio edificio. Tuve la impresión de una escenografía gigantesca, un tanto amenazadora.

Corrí las cortinas antes de meterme en la cama, y entonces reparé en Nihat, que ya emitía leves ronquidos. Era un hombre de mi edad, más o menos. Tenía la boca entreabierta; más exactamente, se mordía el labio inferior, lo que le daba una expresión de inocencia que no pude notarle despierto. Me dejé caer bajo la frazada, con el vino pesándome todavía en las sienes, y encendí por simple curiosidad el televisor. Un noticiario en inglés anunciaba la aparición de una joven muerta. La policía barruntaba que era una prostituta, y sería la segunda que asesinaban en dos meses. No retuve otros detalles porque enseguida quedé embelesado. Sería media madrugada cuando tuve conciencia de que no dormía profundamente. Era ese estado en el que ya se puede razonar sobre las fantasías que segundos antes nos dominan por completo. Entonces estiré las piernas y saqué los brazos de bajo la frazada. Ese es el instante que identifico con el comienzo del ruido: un orine cayendo con fuerza remota sobre la porcelana de una taza, devuelto por la noche con claridad engañosa. Un orine lozano, me dije, pero no tuve fuerzas para incorporarme. O para desengañarme con la certeza de que había estado alucinando. O de que eran ruidos provenientes del televisor, todavía encendido.  

Son los detalles nimios los que me ayudan a recordar que todo lo que anoto fue cierto. Por ejemplo, tengo presente que Nihat me anunció que pronto cambiaría su Toyota por un BMW. Fue al regreso, al día siguiente, de un encuentro con sus amigos de Doğan Kitap, una editorial que alardeaba de que pronto tendría en su catálogo a los primeros escritores cubanos. Pero lo afirmaban, como se dice, de dientes para afuera. 

Contrario a las predicciones de Nihat, no llovió ese día. Con uno o dos grados de temperatura, persistían algunos montones de nieve en la explanada frente al Taxim Hill, aunque en la calle era más fango que escarcha. Tuve la certeza de que el fantasma de mi compatriota Virgilio Piñera no me había abandonado cuando vi que Anna Skliar venía de frente a nosotros, aunque pegada a las paredes, como protegiéndose del vientecillo que soplaba de frente. Se detuvo a mirar por los cristales de una cafetería vecina del hotel, y yo aproveché para mostrársela a Nihat.

—Mira —sonreí—, esa es Karénina.

—Y yo que pensaba que no era más que una de tus ficciones —se rió también mientras bajábamos del auto, y enseguida se las arregló para ser notado por mi conocida. La obsequió con una reverencia en la que creí ver algo de Las mil y una noches

Anna Skliar me recibió con mucha cortesía, como si en realidad se alegrara de volverme a ver.

—¿Qué haces por mis predios? —le dije.

Le hizo gracia la pregunta, y respondió:

—Hoy almuerzo en tu hotel. Después tengo la tarde libre. Comprendí que se trataba de algún almuerzo de trabajo. Y también que con aquello de su tarde libre me invitaba a invitarla. Así que almorzamos a unos metros uno del otro, ella con dos hombres que gesticulaban con cierto recato, pero que, por alguna razón daban a entender que les era imprescindible gesticular, y yo con Nihat, que en el momento en que me incorporaba me dijo algo sobre los hombres. Asentí camino a la mesa de los postres, aunque en realidad no lo escuché. Pero Anna Skliar se había dirigido a ella segundos antes, y sentí la necesidad de acercármele. Coloqué un pastelillo en el plato que ya ella sostenía y le dije que la esperaba abajo en una hora, que algo en mí se encaprichaba en su compañía. Noté alguna contrariedad en su modo de mirarme, pero aceptó. A las dos entonces, musité. Está bien, dijo y puso ella otro pastelillo en mi plato.  

Tomamos un taxi frente al Taxim Hill —Anna Skliar era mi cicerone— y fuimos hasta la parte antigua. Me contó que conocía Estambul casi tan bien como a Moscú y yo fingí que no le creía. En serio, dijo y se me quedó mirando. Pensé que hacía mucho que no veía a una rusa decir En serio, y que todas las que lo dicen ponen en esa frase tan pueril unas gotas de sensualidad. Pero ya me tenía una observación.

—Eres el primer cubano que veo desde que se hundió el comunismo —aseveró.

—Allá dijeron que se desmerengaba —apunté.

Me costó decirlo en su lengua, pero me comprendió. Sonriendo todavía insistió en que jamás había vuelto a conversar con un cubano, y me explicó que antes había tratado a algunos. Lo decía a su manera, un tanto picante: —Mi padre, que enseñaba en la universidad, llevaba a casa a sus alumnos. Hablaban siempre lo mismo, sobre poesía, y se empecinaban con la obra de uno o dos poetas que entonces pocos citaban. Años después mi padre me contó que uno de ellos era Iosif Brodski. Me dijo un verso suyo que no he vuelto a olvidar: Extranjero, ¿crees ser feliz porque vienes de Ítaca? En aquellos cenáculos yo observaba a tus compatriotas beber té redulce, y me asustaba la forma en que se empeñaban en ser efusivos.  

—Tampoco yo había visto a otra rusa —dije, pero no conseguí esta vez que sonriera. 

Salvamos los quinientos metros que hay de la Mezquita Azul hasta Santa Sofía por unos adoquines que la nieve tornaba jabonosos, y por dos veces tuvo que apoyarse en mi brazo. Yo entonces ponía mi mano sobre la suya, dándole a entender que me agradaba que se sostuviera de mí, y que me hubiese gustado que no me soltara nunca más.

—¿Y cómo está Cuba? —dijo.

—Está, que ya es algo —respondí.

Continuamos rumbo a la catedral, y entonces le devolví la pregunta.

—¿Y cómo está Rusia?

—¿No vienes de allá? —y sonrió.

—Apenas cambié de avión —precisé—. Unas horas en un aeropuerto no significan nada.

—Creo que estamos igual —dijo—. Seguimos siendo rusos. Bebiendo por cualquier cosa y masticando semillas de girasol.

—Llegué a pensar que no sobrevivirían al cambio —se me escapó.

—Lo mismo pensó mi padre de ustedes —y ahora no pude precisar si ironizaba.  

Pero sentí ganas de ser insolente. Si no fuéramos de donde somos, declamé, si no hubieran pasado las cosas en la forma en que pasaron, ¿estaríamos juntos ahora tú y yo filosofando sobre la nieve? ¿Es lo mismo un cubano y una rusa que un sirio y una noruega?

Iba a explicarme algo, pero la interrumpí.

—No, escucha, si tu país emigra, ¿emigras tú? Si tu país se excede a sí mismo, ¿te excede a ti?

Pero no estaba para acertijos. Su lógica era simple y escondía de paso algo sexual.

—Solo veo a dos personas que se empeñan en conocerse. No me he preguntado por la procedencia de ninguno.

La besé. Bruscamente al principio y después despacio, pues no me oponía resistencia. Dejé que todo se resumiera en aquel beso, que todo se debiera a él. Cuando nos separamos suspiró. Un gato venía a nuestro encuentro. Era un animal sin dueño, a juzgar por su pelo sucio, pero no parecía mal alimentado. Nos dedicó una mirada amistosa y siguió su camino, con la gran cola erguida. Anna Skliar parecía alegre con su aparición. Míralo, dijo, es uno de los cientos que deambulan por esta ciudad. Seguro que no sabe que está en Estambul.

Admití que tenía lógica. Añadió:

—¿No te gustaría no saber a dónde perteneces?

—Acaso por un rato,  —contesté—. Soy un hombre de prejuicios. 

Otro detalle nimio: Anna Skliar llevaba al cuello un ojo turco, especie de dije azul y negro, para atraer la buenaventura.  No se despojó de él mientras estuvo conmigo, por lo que ahora la recuerdo así, con la medallita al cuello y la piel nívea alrededor del vientre y aquellos senos bite-size, una impudicia en una mujer tan alta como ella. Para halagarla, se lo repetí: No me hubieras gustado tanto con tetas grandes. Estas, en cambio, son como una identidad que viene del alma.

Estaba seria. Con las piernas levemente plegadas, vuelta hacia mí la sombra del pubis rasurado, analizando mi frase.

—Sé que muy parecidas eran las de Anna Karénina —le dije para completar mi idea.

Menos cerca del pathos, me explicó:

—También yo las disfruto. Y sé que si tuviera tetas más grandes las besaría una mujer, no un caballero.

Pero era yo el que las besaba, el que comenzó luego a mordisquearlas para que ella volviera a excitarse. Cuando la supe dispuesta me incorporé y le dije:

—Méate.

No la tomó por sorpresa, pues se incorporó a su vez y preguntó: ¿Aquí mismo? En la taza, precisé.

Era bella Anna Skliar mientras se iba en aquel orine rumoroso sin acabar de sentarse, observándome entre retadora y obediente, porque —me lo dijo cuando la escurría con la palma de mi mano— que yo comparara sus senos con los de Anna Karénina la había dotado de un arrojo que no quería amordazar de ninguna manera. La abracé. Hundí la cara en su cuello y dejé que su espalda tibia le hablara a mis manos. Palpé sus breves caderas y le separé las nalgas para martirizarme con el dibujo que me devolvía el espejo. Entonces la oí decir:

—Ahora tú.

Lo intenté, pero no resultaba. Era apenas una risible llovizna lo que levitaba sobre la taza, mientras ella me miraba divertida, decepcionada quizás, porque había esperado —necesitado más bien— verificar toda la presión de mi chorro para salir de dudas.

—Para acabar de saber quién lo hizo aquella noche en la cena, si eras tú o Nihat.

Dijo el nombre de mi anfitrión como si lo hubiese sabido de toda la vida, y con ello me negaba, incluso, el derecho a la perplejidad. Enseguida, comenzando a vestirse, me explicó que lo único que le había prohibido el turco era volver a encontrarse conmigo. Que lo del avión fue, realmente, casual, pero después Nihat se mostró más severo. No era un mal hombre, comentó Anna Skliar, aunque llevaba bien sus negocios. Nada de mezclar las cosas. Sus muchachas a un lado, la cultura del otro, era su divisa.

—Aunque soy, según me ha dicho, la hetaira más culta de Estambul. 

¿No hay un cuento de Virgilio Piñera en el que un mancebo se quita la vida sobre un puente, masticando fósforos en la oscuridad? Comienzo a inferir que si Anna Skliar no hubiese evocado ese otro cuento sobre el hijo de Diógenes, no hubiese ocurrido lo que ocurrió, aunque después me he dicho que hay momentos en los cuales el absurdo es lógico. Así de excepcional. Limpiamente burlesco.  

El día de mi partida noté desde la habitación un ajetreo inusual sobre los andamios que mostraba la ventana. Algunos hombres iban con lejana celeridad hacia la azotea, unos siete u ocho pisos por encima de la calle,  mientras otros desde arriba parecían apremiarlos. Abajo había unos autos y un grupo de personas que pronto empezaría a crecer. Al poco rato los hombres comenzaron a bajar un bulto por los andamios. Se lo pasaban con mucho trabajo de unos brazos a otros, con una lentitud que acabó por desesperarme, y sin estar muy seguro todavía de lo que iba a encontrar afuera, corrí hacia la calle. Cuando llegué todo lo cerca que me lo permitían los uniformados que acordonaban el lugar, el cuerpo cubierto con una tela blanca venía ya por el segundo piso. Un policía atropelló el inglés al explicarme:

—Solo sabemos que es una muchacha. Pero no lleva identificación.

Cuando de vuelta al Taxim Hill pasaba cerca de la recepción, me llamó un empleado para entregarme un papel con una disculpa de Nihat.  El turco se excusaba por tener que ausentarse de improviso. Afirmaba que asuntos urgentes lo hacían salir de la ciudad, tal vez con rumbo a Esmirna.
 

[1] Diógenes, viejo, educaba a su hijo para cazador. Después de un duro entrenamiento con animales disecados, lo dejó practicar con bestias de verdad. Dos días estuvo el hijo tratando de matar a un chacal que por alguna razón se obstinaba en vivir. Desconcertado, fue ante Diógenes y le dijo: “Haz disecar a esa alimaña, por favor. Entonces la mataré sin falta”.

 


Rogelio Riverón (Placetas, 1964). Narrador, poeta, crítico y periodista. Ha recibido, entre otros, el Premio Luis Rogelio Nogueras, en 1991, y en dos ocasiones el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (1998 y 2000). Posee igualmente el Premio Nacional de Periodismo Cultural. Entre sus obras se cuentan Los equivocados (Extramuros, 1992); Buenos días, Zenón, (Unión, 1999); Otras versiones del miedo (Unión, 2001); Llena eres de gracia (Letras Cubanas, 2003) y Mi mujer manchada de rojo (Oriente, 2005).  De su labor como antólogo puede destacarse Conversación con el búfalo blanco (Letras Cubanas, 2005).

 
 

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