Año VI
La Habana
2007

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Arde la historia
Amado del Pino • La Habana

Grecia  arde por estos días y supongo que también se multipliquen las crónicas en redacciones y en los ordenadores personales. Tanto como los más de 50 muertos, los telediarios de este lunes en que agosto empieza a despedirse llaman la atención sobre el serio peligro que corren esos sitios venerados por la cultura occidental.

Voy de la preocupación universal a la resonancia íntima y me vienen a la memoria los días de estudiante de séptimo grado, allá en la Secundaria Básica de Tamarindo. En mi caso, terminar la enseñanza primaria era salir de casa, por lo cual caminar los tres kilómetros que nos separaban del pequeño pueblo y asumir la disciplina y la atmósfera de un lugar, resultaba a la vez añorado y complejo. Ya he contado otras veces que de primero a sexto grado ir a la escuela significaba  cruzar una delgada pared de tablas. Mis padres en su función de maestros se empeñaron en no provocar diferencias con los demás educandos y extremaron la exigencia con sus hijos. Mi hermana resultó una niña intachable y al pasar la escuálida frontera asumía con naturalidad el rol de hija o de alumna. Yo me compliqué, resulté muchas veces errático y —visto desde mis “tiernos” 47 de ahora— llegué a la Secundaria con esas confusiones.

 El profesor más carismático y alegre era Roberto  Jiménez  Valero, el de Historia. Sin embargo, mi testaruda cabeza de 11 años se desencontró con él en los primeros meses. Antes de apasionarme por la Literatura amaba con delirio la Historia, asignatura a la que mi padre se había dedicado con más fervor. La pueril competencia desembocó en una no menos torpe malacrianza y no paré hasta la dirección, un cuarto pequeño —y provisional  como toda la secundaria— pero que asumía toda su significación de autoridad y amenaza.

 Las desavenencias con el profe Roberto duraron menos de un semestre. Cuando llegamos a la antigüedad griega, ya aquel hombre informado y enérgico se las había arreglado para que pasara con igual fervor del rechazo a la admiración. A partir de ahí sus clases serían una fiesta y su compañía extraescolar el mejor de los regalos. Roberto era —y debe seguir siéndolo, aunque haya cruzado la barrera de los 60— uno de esos hombres más bien feos, que logra grandes éxitos con las mujeres. Por esta época, ya casi remota era un veinteañero que nos sugería lecturas y nos contaba cosas y casos de la vida. Una vez comentaba con un amigo del aula el misterio de su buena “puntería” para las féminas, a pesar de no ser galán. Mi condiscípulo desplegó una lógica aplastante: “Si a nosotros, que somos varones, nos gusta tanto estar cerca de él, a las muchachas les pasa igual o más”.

 Unos años después —creo recordar que por la etapa de mis estudios universitarios— estuve en su casa en Florencia, pueblo vecino de Tamarindo que hace honor a su nombre europeo con bellas montañas y amable vecindario. Roberto se había casado y educaba con alegría y rigor a sus hijos. Después he sabido algo de su vida por conocidos comunes, pero su nombre y su figura se fueron perdiendo entre las trampas de la cotidianidad, la distancia y otras estrategias fortuitas del olvido. Ahora, cuando corren peligro los tesoros de la antigüedad griega, quise poner las manos en mis teclas para que no se escapen aquellas tardes en que la antigua civilización llegaba hasta unos alumnos, casi todos campesinos,  con una vida cotidiana bastante ajena a la modernidad y que —gracias al verbo rutilante de nuestro profesor— nos dábamos un feliz viaje por civilizaciones y certezas.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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