|
Grecia arde por estos días y supongo
que también se multipliquen las crónicas
en redacciones y en los ordenadores
personales. Tanto como los más de 50
muertos, los telediarios de este lunes
en que agosto empieza a despedirse
llaman la atención sobre el serio
peligro que corren esos sitios venerados
por la cultura occidental.
Voy
de la preocupación universal a la
resonancia íntima y me vienen a la
memoria los días de estudiante de
séptimo grado, allá en la Secundaria
Básica de Tamarindo. En mi caso,
terminar la enseñanza primaria era salir
de casa, por lo cual caminar los tres
kilómetros que nos separaban del pequeño
pueblo y asumir la disciplina y la
atmósfera de un lugar, resultaba a la
vez añorado y complejo. Ya he contado
otras veces que de primero a sexto grado
ir a la escuela significaba cruzar una
delgada pared de tablas. Mis padres en
su función de maestros se empeñaron en
no provocar diferencias con los demás
educandos y extremaron la exigencia con
sus hijos. Mi hermana resultó una niña
intachable y al pasar la escuálida
frontera asumía con naturalidad el rol
de hija o de alumna. Yo me compliqué,
resulté muchas veces errático y —visto
desde mis “tiernos” 47 de ahora— llegué
a la Secundaria con esas confusiones.
El
profesor más carismático y alegre era
Roberto Jiménez Valero, el de
Historia. Sin embargo, mi testaruda
cabeza de 11 años se desencontró con él
en los primeros meses. Antes de
apasionarme por la Literatura amaba con
delirio la Historia, asignatura a la que
mi padre se había dedicado con más
fervor. La pueril competencia desembocó
en una no menos torpe malacrianza y no
paré hasta la dirección, un cuarto
pequeño —y provisional como toda la
secundaria— pero que asumía toda su
significación de autoridad y amenaza.
Las
desavenencias con el profe Roberto
duraron menos de un semestre. Cuando
llegamos a la antigüedad griega, ya
aquel hombre informado y enérgico se las
había arreglado para que pasara con
igual fervor del rechazo a la
admiración. A partir de ahí sus clases
serían una fiesta y su compañía
extraescolar el mejor de los regalos.
Roberto era —y debe seguir siéndolo,
aunque haya cruzado la barrera de los
60— uno de esos hombres más bien feos,
que logra grandes éxitos con las
mujeres. Por esta época, ya casi remota
era un veinteañero que nos sugería
lecturas y nos contaba cosas y casos de
la vida. Una vez comentaba con un amigo
del aula el misterio de su buena
“puntería” para las féminas, a pesar de
no ser galán. Mi condiscípulo desplegó
una lógica aplastante: “Si a nosotros,
que somos varones, nos gusta tanto estar
cerca de él, a las muchachas les pasa
igual o más”.
Unos
años después —creo recordar que por la
etapa de mis estudios universitarios—
estuve en su casa en Florencia, pueblo
vecino de Tamarindo que hace honor a su
nombre europeo con bellas montañas y
amable vecindario. Roberto se había
casado y educaba con alegría y rigor a
sus hijos. Después he sabido algo de su
vida por conocidos comunes, pero su
nombre y su figura se fueron perdiendo
entre las trampas de la cotidianidad, la
distancia y otras estrategias fortuitas
del olvido. Ahora, cuando corren peligro
los tesoros de la antigüedad griega,
quise poner las manos en mis teclas para
que no se escapen aquellas tardes en que
la antigua civilización llegaba hasta
unos alumnos, casi todos campesinos,
con una vida cotidiana bastante ajena a
la modernidad y que —gracias al verbo
rutilante de nuestro profesor— nos
dábamos un feliz viaje por
civilizaciones y certezas. |