Año VI
La Habana
2007

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Entrando en el baile

Omar Valiño  La Habana

 
Múltiples compromisos laborales me han impedido a lo largo de este 2007 que tan veloz corre, dar continuidad a las entregas de esta sección "En proscenio", por años mantenida  a cuatro manos, junto a mi compañera Maité Hernández-Lorenzo (impedida asimismo por su nueva maternidad), en
La Jiribilla. La redacción de la publicación, digital y en papel, sabe que no he estado lejos de ella, ni de ellos, pero me ha sido imposible sostener el trepidante e inagotable ritmo semanal que LJ exige. Por eso ambas partes hemos convenido invitar a dos jóvenes y brillantes críticos teatrales a compartir este espacio con nosotros. Son Yohayna Hernández González y William Ruiz Morales. Con poco más de 20 años, menos complicaciones y el ímpetu de la edad, ambos recién graduados del Instituto Superior de Arte, podrán compartir con los numerosos lectores de LJ sus nuevas visiones sobre el teatro cubano, al cual ha de venirle tan bien los aguzamientos de otras miradas.

Ella es hoy redactora de la revista Tablas, él se iniciará como profesor en el ISA. Con esas pocas credenciales basta porque las demás las ganarán, de seguro, ante ustedes, sus lectores.
 

 

Una revista y un espectáculo homenaje

William Ruiz  La Habana
 

1

Sale un nuevo número de Tablas, la revista cubana de artes escénicas. Este es un número que aparece con cierto atraso pero con una contundencia, no solo por ser doble, que alivia la espera. El número se divide en tres zonas de temas fundamentales. Primero encontramos estudios sobre los "caminos de la renovación teatral en el siglo XX". Se incluyen trabajos sobre Ibsen, Meyerhold, Beckett y Brecht, y Frank Castorf, un influyente director alemán contemporáneo. Los que firman son Dubatti, Picon-Vallin, López Sacha y Diederichsen, respectivamente, verdaderas autoridades en los temas. Así que esta zona abarca una importante y profunda información sobre monumentos del teatro moderno y contemporáneo. Las perspectivas son además particulares: no son estudios descriptivos o generales, sino que atraviesan núcleos esenciales de las distintas poéticas. Después aparece una zona dedicada a una de las relaciones más raigales y productivas del teatro contemporáneo: el "encuentro Odin-América Latina". De alguna forma ese título que le ponen, el de "encuentro", me recuerda la forma en que se define la conquista occidental de América. Esta vez el título se acerca más a lo correcto. Es cierto que a veces como pura imitación pero la mayor parte de las veces como intercambio, trueque, el Odin y América Latina mantienen un contacto dinámico. Dan cuenta de ello lo variado y personal de los enfoques de los artículos.

 

La zona que continúa está dedicada a los 10 años de Argos Teatro. Estos años se hacen redondos no solo por esa cualidad de los números, sino también a partir de la definición de una poética, formas de trabajo, la manera en que se construye una imagen. Los estudios publicados exponen muchas de esas cualidades ya sea mediante el recuento histórico-testimonial o con el análisis de puestas concretas. Completan la zona de los estudios un trabajo que analiza los avatares del teatro cubano en los EE.UU., de Alberto Sarraín y otro que analiza muchas de las líneas que componen "Delirio habanero", de Teatro de la Luna a cargo de Ernesto Fundora.

 

Los libretos son dos en este número: un monólogo de Amado del Pino donde su personaje Tati, de "Penumbra en el noveno cuarto", suelta sus penas en ámbito de posada y cabaret. El otro es "Por gusto", de Abel González Melo, una pieza armada a partir de las variaciones físicas y mentales de cuatro jóvenes personajes-amantes.

 

La revista se completa con las críticas sobre los espectáculos de nuestra temporada de 2006 y con "En primera persona" dedicada a Norge Espinosa Mendoza.     

         

2

En la portada de la revista están tres fotos de los personajes de "Delirio habanero", espectáculo de Teatro de la Luna dirigido por Raúl Martín, una obra que ese mismo día ocurrió en la sala del Centro Hispanoamericano de Cultura. Fue una función con dedicatorias claras, otro giro de esa insistente y conmovedora vocación de homenaje que el espectáculo tiene. Era, y las coincidencias son sorpresa y sospecha, el día del nacimiento de Benny Moré, uno de los iconos invocados en la puesta en escena, un muerto vivo, 24 de agosto.

 

No es la primera vez que escribo sobre "Delirio habanero". Por otras casualidades, también dictadas en buena medida por el placer que significa asistir a este evento, he hablado de parte de lo que me provoca. Mis diálogos comenzaron cuando se estrenó en la sala Adolfo Llauradó, un lugar íntimo, con una estructura favorecedora de la comunicación fácil entre el actor y el espectador. Después fue en Camagüey donde la obra tomó, por las dimensiones cambiantes, una espectacularidad aumentada. Finalmente el ilusorio Varilla´s bar se armó bien cerca del malecón. Puede haber varias razones para esta narración. Seguir el espectáculo en algunos de sus hábitats me permitió verlo desde perspectivas –y no hablo de pura óptica- diferentes. Me permite una abundancia de sentimientos y lecturas, un disfrute sorpresivo. Pero me deja ver también un punto en común que se vuelve amarre fundamental del haz de líneas que desarrolla la obra. Este punto de contacto tiene que ver con un ritmo sumergido que resuena en el espectador en forma de seducción. Los actores poseen un dominio incorporado de sus personajes que produce una tensión constante. Sobre esa cuerda en extremo tensa por la comunicación entre las figuras, el público, avanzando en la historia, desarrolla placer. Historia no, más bien situación, atmósfera, una condición que hace a los personajes desarrollar sus juegos, su falso progreso. Conocida es: tres "locos" megalómanos se debaten en angustias boleriegas y amenazas de demolición. Una defensa de espacio que alude a todos los niveles: los personajes necesitan encontrar una seguridad, ya sea en creerse Benny, Celia o Varilla o en el espacio del bar, un bar suyo. Entre lo "imaginado" y lo real, en la duda constante, en el arbitrio, los personajes buscan rellenar sus huecos. Es en esa carencia dónde se desarrolla la angustia fundamental de la pieza. El dominio de esos espacios de falta se vuelve un efecto que se extiende desde los detalles a una posible lectura general de la pieza. Esa cualidad de homenaje de la que hablábamos salta aquí: se trata de hacer visible a partir de la imagen aquello que se ha perdido, el patetismo inevitable de toda memoria nostálgica. Ahí también se arma el tono de comedia ligeramente corrosiva, en la posibilidad de reírse en pleno descascare, caerse a pedazos, derrumbarse, demolerse, de la risa. Y para lograr esos caminos de una forma excepcional los actores permitieron, a partir del control, ligereza y seducción a sus personajes. La Reina (Laura de la Uz) a partir de la contradicción aparente que sufre su personaje entre el desparpajo, la mesura moralista y la verdadera tristeza, el Bárbaro (Mario Guerra) presa de alucinaciones, tics y tristeza y Varilla (Amarilis Núñez) más natural, lógico y también angustiado. El resto de los recursos de la puesta en escena están diseñados de una manera que escapan de ser puro marco por indicar en sus discursos particulares ideas que refuerzan el accionar histriónico. Si mal esta vez no se pudo intervenir con los carteles, los tragos y los bailarines-performers algo nos llega de esas voluntades en algunos rasgos del vestuario y la escenografía.

Sin duda, "Delirio habanero" es uno de los mejores espectáculos que se han puesto últimamente. Esa seguridad podemos tenerla no solo por obtener el premio de puesta en escena del pasado festival de Camagüey y el Villanueva, o por una calidad artística evidente en cualquier análisis, sino también por esa manera que tiene de involucrar al público de múltiples maneras. El espectador no solo disfruta el virtuosismo de los actores, sino que se siente también parte del homenaje que la puesta representa, se siente cómplice de ese acto que significa el recuerdo y por eso se permite diálogos diversos, juez y parte.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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