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Pintar no es colocar bien
o mal el color, es pasar la barrera de
lo inmediato,
es sentir algo más que tu época, es
pasar de lo cotidiano a lo universal,
es lograr que la risa sea permanente, es
lograr que la tragedia
nos mantenga vivos más allá de nuestra
época...
Pedro Pablo Oliva
La ejecutoria
de Pedro Pablo Oliva1
le sitúa como
un artista sobresaliente, continuador de
sus predecesores desde el rigor de la
pintura, el dominio del dibujo y el
alcance de sus presupuestos estéticos y
conceptuales.
Singular exponente de un estilo
neoexpresionista, trascendido por el
realismo mágico y el surrealismo, a
Pedro Pablo le distinguen el acento
lírico, las texturas y los efectos
técnicos en una composición resuelta por
la aprehensión de fantasías y
realidades. Compone su poética desde un
acercamiento anecdótico y enaltecedor de
los sentimientos humanos, secundado por
un tratamiento simbólico.
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Muchacha levitando sobre un cubo |
Imprescindible protagonista de la
generación de los setenta -período
marcado por un arte inducido hacia la
búsqueda de la identidad y la
reafirmación de nuestra vanguardia
artística-, Oliva ahonda en nuestros
orígenes y confirma cómo “…predominaba
en esos años la búsqueda del terruño, de
acercarse más a lo propio, a lo
nacional, al pueblo donde uno vivía.”2
Capta,
indaga, interroga e interpela a la
realidad de la vida cotidiana con una
percepción marcada por su capacidad de
asombro y con la ingenuidad propia de la
curiosidad infantil mezclada con su
espíritu irónico.
Ese
encanto y misterio de su imaginería
conforman un arte particular asumido desde
una perspectiva social, favorecida por
el aislamiento del ruido de las
capitales y el sentido de pertenencia a
su pueblo natal.
Yo he querido hacer una obra seria,
profunda, de pensamiento puro,
filosófica; sin embargo, la presencia
mantenida de hijos pequeños me distrae y
me devuelve a la infancia. Es una
extraña y placentera condena. Me tocó no
salir de la infancia y de esa aparente
ingenuidad debido a la presencia física
y real de los niños en mi vida.3
En una primera etapa plasma aquellas
evocaciones de su niñez que le dejaron
intensas impresiones y que confirman la
vocación nostálgica de su naturaleza
humana. Reconoce la profunda huella de
la pérdida de su padre cuando contaba
sólo siete años de edad: “Guardo el
recuerdo de papá que se perdía cada
noche (contando estrellas, decía la
vieja). Mis primeros seis años viajando
de su mano calle arriba y calle abajo,
recogiendo semillas de pino. Su partida,
el silencio de la casa y no entender que
no lo vería más.” 4
El estudio sistémico de su obra se
inicia en 1970 cuando ejerce la docencia
en la Escuela de Artes Plásticas de
Matanzas desde 1971 hasta 1974. Realiza
entonces un conjunto de papeles cromos
de fondo negro y sutil elegancia con su
motivación esencial: sucesos cotidianos
de él y de sus coetáneos. Desde sus
primeras realizaciones la audacia, la
frescura y el rigor formal de sus
imágenes evidencian acentos de
sensualidad. Se destacan La hacedora
de cigarros, relativa a cómo se
suplen las carencias materiales; 513,
donde sugiere las dificultades para
poseer una vivienda a partir de su
necesidad personal, Y qué mala
Magdalena... alusiva al poema Los
zapaticos de rosa, de José Martí. En
ellas combina la presentación de
personajes individuales y la profusión
de escenas secundarias mediante un
dibujo limpio dentro de un panorama
atractivo y un amplio espectro de
exploraciones temáticas.
Al regreso a su ciudad natal en 1974
inicia un período de reencuentro con sus
raíces, con sus familiares y amigos. Su
obra se hace sensible a esta variación y
se advierte el uso de una paleta más
fría, de marcada preeminencia lírica en
piezas como El sueño, óleo sobre
tela de 1975, y una extensa colección de
pequeñas cartulinas trabajadas con
creyones de color, imbuidas de un
ambiente bucólico y con una sensible
pérdida de la fuerza grotesca del
lenguaje
expresionista.
En 1976 ejecuta un núcleo importante de
cartulinas de pequeños formatos en las
cuales enaltece asuntos ligados a
problemas existenciales del mundo
cotidiano mediante metáforas y signos
icónicos. Aprovecha las posibilidades
del creyón en su interés por lograr la
ligereza del dibujo y explaya sus
sentimientos a plenitud en una
iconografía que refleja un notable
equilibrio en el orden estético. A
continuación, en un conjunto de óleos
sobre tela, agudiza su propensión a las
texturas con marcada intención lúdica.
En estas ingeniosas composiciones
sobresale el óleo La brocha, fiel
exponente de su afán por
sobredimensionar objetos comunes y
otorgarles protagonismo, inspirado en
Ángel Acosta León.
Ejerce la docencia en la Escuela de
Artes Plásticas de Pinar del
Río y se relaciona con alumnos
pertenecientes a una generación
cuestionadora de principios éticos:
Segundo Planes,
Carlos Luna,
Ibrahim
Miranda y Eduardo Ponjuán, et al,
con quienes mantiene una afinidad de
pensamiento al considerar la obra de
arte más allá de una representación
visual de pura contemplación. Pedro
Pablo concentra su atención en la
crítica de su contexto con el ánimo de
contribuir al mejoramiento de la
sociedad y en
sus motivaciones
afloran con mayor incidencia referencias
visuales que remiten a conductas
negativas como la doble moral, el
burocratismo, el oportunismo, la
adulación y la infidelidad, sin perder
el lenguaje metafórico y su sentido del
humor.
Historia de amor,
la actual propuesta expositiva, abarca
aproximadamente tres fértiles décadas
(1980–2007) del proceso creativo de
Pedro Pablo Oliva, período en el cual se
reconocen las series como signos
distintivos de su labor. Con el
ejercicio crítico, Oliva confronta la
relación arte-sociedad desde una arista
ontológica, considerando vivencias
cotidianas
con un matiz humanista. Veinte
exponentes5
de indiscutible valor artístico,
concebidos individualmente o como
conjunto: seis lienzos, diez dibujos, un
bronce y cuatro cerámicas, corroboran el
proceder anecdótico y aleccionador de su
discurso.
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Martí, el frio y el mar |
El hilo conductor de la muestra se
establece a partir de la preocupación
del artista por poner el punto de mira
en aquellos asuntos que trascienden su
ámbito para situarse como temas
importantes en la sociedad cubana. Se
concreta entonces en la fundamentación
conceptual de una obra de corte social,
estético e ideológico mediante la
profusión de imágenes, la simultaneidad
de acciones, el dinamismo y el alto
nivel de asociaciones.
Las vivencias subyacen en el espectro
temático sin perder su propia identidad
y contribuyen a conformar un universo de
connotaciones simbólicas en franca
comunión con la reflexión acerca de
valores morales como la lealtad, la
fidelidad y la solidaridad humana. Su
percepción asume
el conflicto del ser humano con su
tiempo y con él mismo
desde un matiz intelectual, con un
fino humorismo y una aguzada ironía que
le permiten sobrepasar la simple
captación de la realidad para ubicar su
discurso artístico en la crítica social.
Su agudeza inquisitiva está dada por una
particular aproximación a fundamentos
antropológicos acentuados por fuertes
raíces éticas, cuya carga poética se
aprecia tanto en la creación plástica
como en el abordaje lírico de sus
argumentos teóricos, que no permiten
discernir si es un pintor que escribe o
un poeta que pinta.
Desde 1979
ejecuta una importante serie
caracterizada por los telones de circo
como símbolo de las acciones encubiertas
de los hombres al descubrir que un toldo
podía dar la medida de una forma de
manifestarse el ser humano: “Algo así
como que las cosas o las gentes tienen
trastienda”6
y Oliva actúa como ente moralizador de
esas acciones a partir de las
consideraciones siguientes:
Asustarme al pensar que los circos con
sus personajes clásicos se parecían a
los personajes de la vida.
El mago que saca las cosas y no se sabe
de dónde.
El que nos hace ver las cosas que no son
realmente.
El equilibrista: que marcha por la vida
sin tropiezos y todo le sale bien.
El trapecista: que por más disparates
que comete nunca se cae.
El domador: que logra tener a los demás
bajo su control a fuerza de hábito o
violencia.
El payaso: ese que por caer bien y
lograr sus objetivos hace reír a
cualquiera.
Los espectadores.
Los que dirigen.
Los que cobran.7
Esta intención se radicaliza en
sucesivas series relativas a refranes de
la cultura popular y que testimonian su
profunda vocación nacionalista: El
bobo y su mundo, Estudio para un
juguete, Estudio para un teatro,
Disparates y Pasatiempos,
entre otras. A ellas se une un conjunto
de obras, realizadas en técnicas mixtas
sobre cartulinas como piezas
independientes, entre las cuales se
distinguen El bobo de los barquitos,
El pescador pescado y Adiós
para un papalotero, sentencias de
realidades vividas que transmiten el
aire juguetón y optimista de la vida con
el característico tratamiento candoroso
latente en su quehacer. La serie
Disparates constituye un aparte en
sus realizaciones pues en ella se realza
el tono trágico cuando, bajo la
denominación de Trofeos de guerra,
compone piezas escultóricas mediante la
inserción de trozos de muñecas que
acentúan su empeño moralizador y el
carácter enjuiciador de su labor. Sin
embargo, la diversidad de sus intereses
le lleva a la renovación estética y
concibe dos instalaciones: La última
cena, 1983 y La vajilla del amor,
1984, resumen de la fuerza del colorido
en cartulinas de diversos formatos con
énfasis en la connotación estética,
emotiva y simbólica de la naturaleza
sexual como rasgo esencial de su
visualidad.
Retrato de niñez,
1989, pieza colmada de sencillez y
bondad, resuelta con economía de
recursos y sin desestimar el impacto
provocado por la concepción del
retratado, se erige como una obra de
madurez filosófica en el abordaje de la
personalidad emblemática de José Martí,8
motivo de inspiración del artista en su
afán por rendir tributo al Apóstol en
reconocimiento a “su desenfrenado amor
por hacer mejor al hombre.”9
La inclusión de esta obra en el
recorrido visual permite constatar dos
acercamientos realizados en fechas
diferentes dentro de un amplio
repertorio dedicado al más ilustre de
los cubanos,
figura retomada cíclicamente y de la
cual Oliva ha expresado:
“… hombre pequeño de levita que gustaba
de amar la poesía; el que enseñaba y
practicaba que la libertad digna y única
era ésa donde el hombre no tenía que
esconder sus palabras, ni frenar el
vuelo de su poesía; esa imagen mitad
ternura y mitad guerrero, Quijote
caribeño, nuestra taza de café mañanero,
enemigo irreconciliable del que
humillaba al hombre por su raza, mitad
Palma, mitad Mango y Caimito.”10
En lo adelante, sucesivas series
patentizan ese afán de mejoramiento del
ser humano, de reformar al hombre,
heredado de Antonia Eiriz y presente en
sus presupuestos conceptuales:
Condecoraciones, Navegantes,
y Consejos de mamá. Oliva
confiere a la tragedia de los balseros
un prisma dramático no carente de
ironía. Así muestra a un balsero sobre
un cuchillo, una libreta de
abastecimiento o una caja de fósforos,
mezclando el humor con el dramatismo al
ofrecer una connotación simbólica de lo
azaroso del destino de esos individuos,
sumidos en un total desamparo
contrastado con la ingeniosidad, la
dulzura y el proverbial sentido de
meditación. Igual procedimiento adopta
en la colección Consejos de mamá
en la que reafirma la
significación de la imagen con una
apoyatura textual de marcado acento
reflexivo. Receptivo a las problemáticas
sociales, se desdobla como un
investigador que intenta mostrar el
estado espiritual del contexto
histórico-social al reflejar actitudes
psicológicas de sus contemporáneos desde
una proyección crítica, urgido por
exorcizar sus angustias y sus sueños:
“Volverse cronista es un poco difícil,
porque intentas presentar tus
pensamientos, pero también los de otros,
porque si no dejas de ser narrador de
épocas.”
11
Con El gran refugio, 1991, de la
serie Refugios12,
Oliva inicia la representación de la
imagen de Fidel Castro, tal como lo
había hecho con José Martí, en actitudes
propias de un hombre común: “Ese
extraordinario héroe, ese sorprendente
pensador, ese maravilloso guía, lo
quiero ver también como un hombre
cotidiano.”
13
El gran apagón,
1994, indiscutiblemente el más célebre
de sus lienzos, perteneciente a esta
serie,
resulta
un compendio de motivos expuestos en
series anteriores -como los navegantes-
y símbolos frecuentes en su trabajo: las
bicicletas, las sombrillas, las frutas y
la indefectible unión sexual de la
pareja humana. Representa la diversidad
de un lugar que reúne personas de
diferente formación educacional y
cultural y delata el punto de vista del
autor, quien ha declarado que le fascina
saber que en un mismo instante pueden
ocurrir infinitas cosas diferentes.
Retoma la utilización de un cuño
–elemento ya utilizado en la serie
Condecoraciones- y lo utiliza para
detallar las carencias de la gasolina y
del
petróleo que provocaron a mediados de la
década del 90 una situación alarmante de
malestar en la población a causa de los
largos períodos sin luz eléctrica
conocidos como “apagones”. Oliva
establece
un juego de palabras
mediante un mensaje subliminal de
símbolos: CUPET y CASTROL.
14
Pretende recoger el estado espiritual
del mundo con relación a la certeza o no
del socialismo como proceso social de
ahí que
inserte en la representación la figura
del máximo líder de la Revolución dentro
de la imagen del
pueblo en un momento de crucial
confrontación de opiniones. Es el
resultado de la necesidad del autor de
significar momentos históricos desde el
legado de la agudeza del espíritu de
Antonia Eiriz, acentuado con humor e
ironía y representa
un canto a la reafirmación de la
independencia nacional en la difícil
época oficialmente denominada “período
especial”. Se vale de elementos
significativos y seductores donde se
destaca la tribuna cubierta con la
bandera cubana sobre la cual recae un
haz de luz, representativo del sentido
de nacionalidad de nuestro pueblo en
cualquier circunstancia.
Con motivo de la visita del Papa Juan
Pablo II a Cuba en 2000 realiza El
inconcluso milagro del pan y los peces,
tríptico donde aparecen Fidel y el
Sumo Pontífice sentados en un sillón de
mimbre -componente asiduo de su discurso
creativo-, en el centro de una
composición colmada de simbologías y
coronada por el cuño peculiar de su
poética. Esta obra continúa su interés
por resaltar sucesos históricos
relevantes de nuestra nación y obedece
a su afán por aunar hechos, de manera
que coloca paneles laterales al motivo
central para interconectar diferentes
asuntos en un extenso proceso de
ejecución, al igual que en
El gran apagón.
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El gran apagón |
En 2003 Oliva ha madurado la idea de
abordar la figura de Fidel Castro como
un tema independiente en sus cuadros e
inicia la serie El gran abuelo en
el empeño por ir más allá de la imagen
externa para indagar sicológicamente en
el mundo del personaje, cómo él se lo
imagina en la vida cotidiana:
Yo he hecho con el tema de Fidel un
desdoblamiento de mi sentido de la vida
y de la muerte. Cuando lo sitúo
contemplando una libélula o en el
malecón, ese soy yo mismo, que también
soy abuelo. Al representarlo a él, me
estoy representando a mí mismo y analizo
su situación como ser humano desde mi
propia vida.15
Este método le permite explorar en
determinadas circunstancias y expresar
la realidad a través de su óptica.
Obsesionado por representar al máximo
dirigente cubano, consciente de que su
condición de figura pública enfrascada
en lograr un proyecto político–social
único limita sus libertades para actuar
como cualquier hombre común, Oliva lo
representa en situaciones cotidianas
desde un sesgo poético y simbólico. En
esta colección resulta significativo
el logro de las texturas en el
dibujo Abuelo contemplando una
libélula, sutil expresión de la
relevancia que puede tener hasta el
más mínimo detalle para un
espíritu interesado en descubrir el
misterio y la belleza ocultos en las
actitudes más baladíes de la vida
diaria.
Esta serie le lleva a otra: Alegrías
y tristezas del malecón. Se
auxilió del
tácito cometido social de nuestro
malecón,
sobre todo visto al anochecer porque,
según sus propias palabras, el malecón
“vive” de noche y se enfrasca en un
conjunto prominentemente sombrío. El
encanto de la pasión se expresa en la
unión de Fidel y una mujer en
Historia de amor, lienzo que forma
parte de un tríptico de gran formato y
colorido contenido, alejado de las
texturas, con simplificación de los
detalles, que prioriza el dibujo y donde
la connotación aleccionadora resulta de
matiz filosófico y marcada agudeza. Su
intención es, una vez más, remarcar la
condición de ser humano común latente en
este hombre relevante de la historia
universal.
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Hombre desnudo |
La adición de una caña de pescar sobre
cada obra constituye un ingrediente
significativo que compromete el sentido
de interrelación formal entre ellas y
patentiza el vínculo de la pesca con el
malecón habanero, icono y resumen de
muchas acciones del individuo. En
Hombre desnudo aparece un lagarto,
conformado por los colores azul, blanco
y rojo, sobre la espalda del individuo y
nos remite a la bandera cubana que
cuelga de la vara de pescar en franca
confrontación con la realidad de un
individuo solo, desnudo y con el miembro
viril hecho un nudo. Denuncia la soledad
y la angustia del ser humano.
Pepito malecón
recrea al clásico niño de los cuentos
cubanos pescando en el malecón habanero
con la presencia de su madre sobre su
cabeza y rodeado de sus amigos,
expresión de la complejidad que pesa
sobre este personaje y de todas las
historias que se tejen a partir de su
figura infantil colmada de ingenuidad.
Muchacha levitando sobre un
cubo, 2007 nos remite a la
alienación del ser humano, al estado de
enajenación de cualquier individuo,
imaginado desde una intención lírica y
con la riqueza de colorido, la belleza
del conjunto y la profundidad del
conocimiento del mundo interior del
individuo que distinguen al artista.
Como complemento de su labor, Oliva
incursiona en el arte cerámico a partir
de 2004
cuando realiza Nueva historia para
Caperucita Roja. En esta versión
criolla el lobo es sustituido por un
gato con una fruta sobre la espalda,
dando rienda suelta a su fabuloso
imaginario y continuidad al uso de
elementos iconográficos de su pintura en
otra manifestación artística. Esta
experiencia abre un nuevo cauce a su
quehacer al salir de la superficie
bidimensional hacia la
tridimensionalidad para ilusionar al
espectador con la diferencia de espacios
sin menoscabar sus planteamientos
socioculturales. Constituye otra manera
de acercarse a la realidad; otra manera
de acercarse al hombre.
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Nueva historia
para Caperucita Roja |
En el tríptico
Nueva historia de Mamá Inés16
traslada sus postulados estéticos a esta
expresión plástica sin despojarla de las
implicaciones que caracterizan su
vertiente pictórica. Basado en el
refrán El que no quiere caldo, tres
tazas, representan la relación de
pareja entre peninsulares y criollas
(españoles e italianos con cubanas) e
incorpora la presencia de otras figuras
masculinas en torno a la novia,
situación frecuente en la sociedad
cubana actual. La alusión a lo cubano se
halla reforzada por la incorporación de
granos de café, tanto reales como
cerámicos, mientras que una inscripción
en cada plato de café nos recuerda el
cuño distintivo de los lienzos y crea
una asociación indisoluble entre las
tazas.
Un personaje
coloreado rodeado por cinco idénticos,
aunque sin color, conforma la
instalación El iluminado donde el
protagonista es distinguido no solo por
su cromatismo sino también porque lleva
una vela encendida en la cabeza, lo que
le confiere una posición favorecida
aunque lamentablemente se encuentre
encerrado en una jaula, lo que lo
diferencia de otros individuos.
La cerámica más modificada con el paso
del tiempo es Morboso juguete chino,
conformada por un muñeco de cuerda -lo
que mantiene una línea coherente con la
serie Juguetes-
y ratifica cómo Oliva no abandona los
temas sino que los retoma constantemente.
Coloca al personaje
frente a una tribuna resuelta como una
caja de cartón frente a micrófonos
fálicos a la par que se escucha el
sonido de una pareja haciendo el amor.
Recrea la tradicional actitud de un
demagogo, que guarda celosamente un
grupo de muñecas Barbie -lo que
fortalece la persistencia de lo sexual y
erótico en Oliva-, mientras se proyecta
de manera diferente ante el público
amparado en su trono de poder y
seducción. Es una denuncia a la falsedad
del comportamiento del ser humano.
Historia de amor
corrobora cómo Oliva apuesta a favor del
amor y la delicadeza para ofrecernos un
canto a la ternura. El artista
aprovecha sus potencialidades
creativas para evaluar el complejo
escenario que retrata con una mirada
valorativa, absorto en
su misión de construir el perfil de una
época con una estética ubicada en la
frontera entre arte y ética. Su espíritu
se nutre del pensamiento de José Ortega
y Gasset: “Yo soy yo y mi
circunstancia”, al armar una historia de
amor enfocada desde la propia vida y
expresada a través de un mundo de poesía
que resume sus presupuestos
conceptuales:
No sé cómo comenzaron a interesarme
aquellos temas que tenían que ver con la
vida cotidiana, con los hechos
cotidianos, con la existencia pasajera y
no menos bella de una mujer dormida
sobre su cigarrillo. Acaso me empujó
hacia ese abismo el espíritu de crítica
que hicieron nacer en mí, frenaron, y de
nuevo hicieron nacer en mí funcionarios
y políticos. Acaso la ausencia de una
contrapartida frente a los aplausos de
que todo estaba bien, muy bien. Acaso,
Antonia Eiriz, esa mujer que todavía
vaga por La Habana señalando con su dedo
el justo sitio de la encrucijada.
Siempre he pensado, lo seguiré haciendo,
que el hombre es expresión de la vida
natural. La noche y el día se expresan,
lo húmedo y lo seco, lo tierno y lo
grotesco. El pensamiento opuesto también
necesita expresarse. De esa batalla, de
esa lucha de pensamientos y de ideas
hermosas, solo trascenderá lo justo; y
la verdad, temporal o eterna, se
impondrá.17
Como espectador sensible, Pedro Pablo
Oliva aborda diversas temáticas lo que
sitúa su arsenal creativo como paradigma
de la tradición pictórica de nuestro
país. Su ejercicio artístico enriquece
la interpretación multifacética y
diversa del acontecer nacional y su
acción18
contribuye a proyectar desde su probada
capacidad la polifuncionalidad social
del arte con absoluta coherencia y
carácter universal. Su obra se ubica
entre lo mejor del movimiento plástico
de nuestro arte contemporáneo y es un
ofrecimiento a la reflexión desde el
deleite, a partir de una postura de
alternativa ética, profundamente humana
y enaltecedora de nuestra nacionalidad.
En ese espacio donde se concilian
identidad y memoria, Pedro Pablo Oliva
se ubica, por derecho propio, con una
obra que se legitima por su perennidad y
trascendencia.
NOTAS
1
Hijo menor de una familia de
ocho hermanos, Pedro Pablo Oliva
Rodríguez nace el 15 de enero de
1949 en un hogar humilde en la
ciudad de Pinar del Río. Se
vincula al dibujo influido por
las historietas; ingresa en la
Escuela Provincial de Artes
Plásticas de su localidad y a
los dieciséis años, en la
Escuela Nacional de Arte (ENA)
en La Habana, donde se gradúa en
1970. Aprecia las enseñanzas de
Servando Cabrera Moreno, padre
espiritual de esta promoción;
admira la textura lograda por
Eduardo Abela, la fantasía de
Ángel Acosta León y reconoce el
magisterio excepcional de
Antonia Eiriz, de quien se
reconoce deudor de su afán por
descubrir al hombre y sus
ansiedades, auxiliado por el
influjo de los expresionistas
James Ensor y Edward Munch junto
a la inspiración lírica del
pintor ruso Marc Chagall y la
figuración estilizada de Gustav
Klim.
2
Pedro Pablo
Oliva. “Quiero pintar en
paz...”: La Habana, Galería La
Acacia, mayo – jun. 2000.
Catálogo.
3
Entrevista de la autora al
artista, 19 de julio de 2007.
4
Pedro Pablo Oliva. Pinturas,
dibujos, bocetos y pasatiempos.
La Habana, Museo Nacional de
Bellas Artes, Dirección de
Patrimonio Cultural, Ministerio
de Cultura, 7 sept. - 7 oct.
1984. Catálogo.
5
Resulta significativa la
colección de obras de su autoría
pertenecientes al tesauro del
Museo Nacional de Bellas Artes,
gracias a la donación del
artista al patrimonio nacional
de un lote importante y
cuantioso cedido en 1984, tras
una antológica exposición
personal presentada en esta
institución -casualmente el 7 de
septiembre- que inician este
recorrido por su proceso
creativo.
6
Pedro Pablo Oliva. Pinturas,
dibujos, bocetos y pasatiempos.
La Habana, Museo Nacional de
Bellas Artes, Dirección de
Patrimonio Cultural, Ministerio
de Cultura, 7 sept. - 7 oct.
1984. Catálogo.
7 Idem.
8 Le causa una
honda impresión conocer que
Antonio Oliva (su abuelo
paterno) participó en Dos Ríos
en la emboscada donde fue herido
y rematado José Martí.
9
Argel Calcines. “Pedro Pablo
Oliva o el encanto de una
pequeña hoja de tamarindo”.
Opus Habana. Volumen II,
No.4 / 98, p 12 – 22.
10
Idem.
11
Manuel Fernández Figueroa.
“Pedro Pablo Oliva: Yo no soy
maestro”. Boletín digital No. 4,
Galerías Cubanas, Año 6,
feb/2007.
12
Túneles populares construidos
para protegernos ante una
invasión norteamericana.
13
Manuel Fernández Figueroa. Ob.
cit.
14
Se refiere al acuerdo entre
Cupet y Castrol, empresas cubana
y mexicana, respectivamente,
refinadoras e importadoras de
combustible, con el objetivo de
solucionar las necesidades
energéticas en Cuba.
15
Entrevista de la autora al
artista, 19 de julio de 2007.
16
Premio especial obtenido en el
evento La Vasija realizado en el
Salón Blanco del Convento San
Francisco de Asís, La Habana,
junio de 2007.
17
Argel Calcines. Ob. cit.
18
La incidencia
cultural de Pedro Pablo Oliva
trasciende los límites de su
cometido plástico y contribuye
con diferentes estrategias
culturales: colabora con la
Brigada Hermanos Saíz en la
publicación de la revista La
gaveta, en la creación del
Museo de Arte de Pinar del Río
(MAPRI) en el 2001; favorece la
conformación del patrimonio
artístico desde la acción de su
Casa Taller, con el objetivo de
promover y difundir las artes y
la cultura pinareñas, mediante
un Centro de Documentación, una
Galería, el otorgamiento de los
Premios CUBAneo y el coauspicio
de eventos, conferencias y
actividades culturales en
función del desarrollo de las
artes. Su activa participación y
apoyo demuestran su compromiso
ante todas estas acciones.
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