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La niñez es solo el peldaño primitivo en
la escalera evolutiva hacia el hombre
total. Una estación de tránsito hacia
destinos más elevados. La espera en el
andén de la infancia, entre juegos
baladíes y los ¿por qué? de la
ignorancia, desespera a la mayoría,
ansiosa de subirse pronto al tren de la
realidad verdadera, esa del sexo y el
sustento, de la familia a cuestas, la
billetera en el bolsillo, oficios
responsables y fama para mirar a los
cronopios por encima del hombro.
Por suerte, digo yo, por suerte, no
todos los seres humanos son fanáticos de
ese borrón y cuenta nueva y bajo la capa
de dialécticos intuitivos, algunos
resuelven cómo conservar para el
presente lo más aprovechable de lo que
antes fueron. Pedro Pablo Oliva sería
uno de estos casos. Es fórmula frecuente
achacarle al pinareño el don del
equilibrio entre candidez e ironía, la
coalición en su pintura de sarcasmos
suavizados con arrebatos de ternura.
Virtud tal, que me hace siempre recordar
a Freud, el psicoanalista vienés acusado
de tantas exageraciones, quien pronunció
una vez de los niños que son “perversos
polimorfos”, frase escandalosa para los
ciegos amantes del estereotipo, esos que
hacen altar a un infante impoluto, de
inocencia blanda y estupidez sin
límites. ¿Acaso olvidaron ellos sus
tempranas y desmedidas curiosidades, sus
atisbos a “las partes” de los adultos a
través de las rendijas abiertas en la
puerta de los baños, o sus espontáneos
juicios, libres aún de la hipocresía
impuesta por las etiquetas de cortesía
de la gente mayor? Todo padre, aunque
olvidado a empellones de cuando niño
fue, bien lo sabe: sus hijos son ángeles
y demonios; si bien maravillosos
siempre, de cualquier modo, porque en su
tierra de magias y realidades
encontradas, habrá héroes y villanos,
pero un manto de comprensión ecuménica,
anterior incluso al que impone la
interiorización de ideologías, los
cubrirá a ambos. Tal es así que, en sus
juegos de roles, a menudo intercambiarán
de bando, como si de víctimas y
victimarios, de absolutos culpables e
inocentes a toda prueba, en el fondo, la
vida no se tratara.
Esa falta de extremos, esa mezcla de
sátiras y lirismos, de verdades duras y
universos de hadas, dramatismos
aliviados con humores de viñeta, sin el
cinismo del simulacro ni la amargura del
escéptico o el desparpajo de quien
pierde la cordura; más bien la calma de
quien guarda bajo la manga la última
carta de la utopía, de quien proyecta
una aventura nueva en los tiempos del
caballero andante increíble y la aldea
planetaria donde no queda terra
incógnita, es la grandeza que
encuentro al cabo en la obra de Pedro
Pablo Oliva. Por si alguien no la
conociera ya, añado la anécdota del
epitafio que el pintor quisiera sobre la
tierra que al fin recogiera sus huesos:
“Se
arreglan sueños y esperanzas (sin
garantía)”.
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¿Aflicción, nostalgia, frustración,
tedio, o quizás, tan solo, deseos
inmensos de desconectar, cansada, de los
sinsabores de la vida cotidiana, o
dormir sus mil y una noches de soledad?
Barrunta el lagarto —alter ego
sin dudas de Oliva—, y me pregunto yo,
contemplando ambos a la muchacha desnuda
que puso a reposar la cabeza sobre sus
manos, con los ojos cerrados, dentro de
un dibujo del pintor. Mi
desconocimiento, y el del animal,
carencia de niños, perplejos todavía
sobre la razón entera de los humanos
comportamientos, bien alejados los dos
de esa “psicología de la vida” que
alguna vez hemos de aprender, no nos
impide, sino más bien nos propicia,
sentir por dentro un torrencial fluido
de simpatía hacia la Bella ¿Durmiente?
Es el revivir emociones tales, lo que me
hace apreciar a Pedro Pablo Oliva y,
dicho con palabras del propio pintor,
llegar a creer que “la vida es mucho más
tierna, mucho más rica y hermosa”, es lo
que “me impide entrar en el mundo de una
manera violenta y terrible”. |