Año VI
La Habana

8 al 14
de SEPTIEMBRE
de 2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Pedro Pablo Oliva

Cómo llegar a grande y no matar al niño en el pasaje

Rafael Grillo • La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

La niñez es solo el peldaño primitivo en la escalera evolutiva hacia el hombre total. Una estación de tránsito hacia destinos más elevados. La espera en el andén de la infancia, entre juegos baladíes y los ¿por qué? de la ignorancia, desespera a la mayoría, ansiosa de subirse pronto al tren de la realidad verdadera, esa del sexo y el sustento, de la familia a cuestas, la billetera en el bolsillo, oficios responsables y fama para mirar a los cronopios por encima del hombro.

Por suerte, digo yo, por suerte, no todos los seres humanos son fanáticos de ese borrón y cuenta nueva y bajo la capa de dialécticos intuitivos, algunos resuelven cómo conservar para el presente lo más aprovechable de lo que antes fueron. Pedro Pablo Oliva sería uno de estos casos. Es fórmula frecuente achacarle al pinareño el don del equilibrio entre candidez e ironía, la coalición en su pintura de sarcasmos suavizados con arrebatos de ternura.

Virtud tal, que me hace siempre recordar a Freud, el psicoanalista vienés acusado de tantas exageraciones, quien pronunció una vez de los niños que son “perversos polimorfos”, frase escandalosa para los ciegos amantes del estereotipo, esos que hacen altar a un infante impoluto, de inocencia blanda y estupidez sin límites. ¿Acaso olvidaron ellos sus tempranas y desmedidas curiosidades, sus atisbos a “las partes” de los adultos a través de las rendijas abiertas en la puerta de los baños, o sus espontáneos juicios, libres aún de la hipocresía impuesta por las etiquetas de cortesía de la gente mayor? Todo padre, aunque olvidado a empellones de cuando niño fue, bien lo sabe: sus hijos son ángeles y demonios; si bien maravillosos siempre, de cualquier modo, porque en su tierra de magias y realidades encontradas, habrá héroes y villanos, pero un manto de comprensión ecuménica, anterior incluso al que impone la interiorización de ideologías, los cubrirá a ambos. Tal es así que, en sus juegos de roles, a menudo intercambiarán de bando, como si de víctimas y victimarios, de absolutos culpables e inocentes a toda prueba, en el fondo, la vida no se tratara.     

Esa falta de extremos, esa mezcla de sátiras y lirismos, de verdades duras y universos de hadas, dramatismos aliviados con humores de viñeta, sin el cinismo del simulacro ni la amargura del escéptico o el desparpajo de quien pierde la cordura; más bien la calma de quien guarda bajo la manga la última carta de la utopía, de quien proyecta una aventura nueva en los tiempos del caballero andante increíble y la aldea planetaria donde no queda terra incógnita, es la grandeza que encuentro al cabo en la obra de Pedro Pablo Oliva. Por si alguien no la conociera ya, añado la anécdota del epitafio que el pintor quisiera sobre la tierra que al fin recogiera sus huesos: “Se arreglan sueños y esperanzas (sin garantía)”.

¿Aflicción, nostalgia, frustración, tedio, o quizás, tan solo, deseos inmensos de desconectar, cansada, de los sinsabores de la vida cotidiana, o dormir sus mil y una noches de soledad? Barrunta el lagarto —alter ego sin dudas de Oliva—, y me pregunto yo, contemplando ambos a la muchacha desnuda que puso a reposar la cabeza sobre sus manos, con los ojos cerrados, dentro de un dibujo del pintor. Mi desconocimiento, y el del animal, carencia de niños, perplejos todavía sobre la razón entera de los humanos comportamientos, bien alejados los dos de esa “psicología de la vida” que alguna vez hemos de aprender, no nos impide, sino más bien nos propicia, sentir por dentro un torrencial fluido de simpatía hacia la Bella ¿Durmiente? Es el revivir emociones tales, lo que me hace apreciar a Pedro Pablo Oliva y, dicho con palabras del propio pintor, llegar a creer que “la vida es mucho más tierna, mucho más rica y hermosa”, es lo que “me impide entrar en el mundo de una manera violenta y terrible”.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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