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Ante la obra de Pedro Pablo Oliva, el
espectador nunca debe confiar del primer
golpe de vista. Detrás del mundo
fabular, de las aparentes alegorías, del
goce provocado por el equilibrio
armónico de las formas, su pintura nos
revela tramas sutiles que trascienden el
impacto emocional, meramente gustativo,
y nos conducen a la especulación
reflexiva.
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Nada es casual en la superficie de sus
cuadros. Observemos, para empezar, esas
obras suyas donde el hombre se enfrenta
a su destino: una y otra piedra
descomunal sobre su cabeza. Puede ser un
ángel, solitario en la cima de una
montaña, como en un memorable óleo de
1996, o una pareja de diminutos
enamorados. Mientras Salomón, el
singular personaje de Santiago Chago
Armada, se debatía ante las disyuntivas
de la existencia, las criaturas de Pedro
Pablo sienten sobre sí todo el peso de
esa angustia y al mismo tiempo incitan a
sobrellevarla. Nueva versión de los
trabajos de Sísifo, un hálito prometeico
recorre estas figuraciones matizadas en
su intencionalidad por una atmósfera
lírica que el artista nunca abandona.
Al fin y al cabo el artista suscribe:
“Amo las espacios donde el hombre se
encuentra con él mismo, cuando viaja con
gozo por el tortuoso cauce del
pensamiento, como una hoja por el
turbulento paso del río”.
Evoquemos la estricta composición de una
pequeña obra, como Dulce figura, que
exhibió en 2002 para acompañar, junto a
otros artistas, el sensible documental
de Belkis Vega Viviendo al límite.
Apenas unos trazos de lápiz y el leve
resplandor de la acuarela sobre un fondo
blanco para transmitir las vibraciones y
los retos de la soledad. Alguien por
entonces habló de un rejuego con el arte
ingenuo cuando en realidad se trataba de
una pregunta, de una simple y
desgarradora interrogación sobre la vida
misma.
Tampoco deben leerse de manera lineal
los planteos “literarios” recurrentes en
sus pinturas. Situémonos, por poner un
caso, frente al muy reproducido cuadro
"La extraña historia de un niño que
dormía con un pez". La subversión de los
tópicos narrativos se presiente por
debajo la candidez con que se enuncia la
historia, como una especie de
contrasentido del testimonio visual más
evidente. Cabría estudiar, a partir de
este y otros ejemplos, el aporte de
Pedro Pablo a la deconstrucción de los
relatos costumbristas que de uno a otro
continente forman una trama vigorosa en
la visualidad figurativa cubana.
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El artista
y su modelo |
Como también tendríamos que sopesar en
el artista su vocación por repleantearse
ciertas convenciones pictóricas. La
infinita y tierna ironía que aflora en
el óleo "El artista y su modelo"
sobrecoge por la deslumbrante precisión
con que le da otro sentido a esa
relación.
Todo esto tiene un denominador común: la
esencia escrutadora del arte de Pedro
Pablo Oliva, actitud ética que se
encauza en un ejercicio estético
sobradamente ponderado por la crítica.
Cuando un artista nos convoca para
compartir inquietudes y no certezas,
mucho debe importarnos. |