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El
transcurrir de los días no nos consuela
por la pérdida irreparable de Josefina
Méndez. La estrella del ballet cubano
dejó una impronta singular entre
nosotros que no ha sido suficientemente
evaluada por la crítica. Evocarla hoy,
entre otras cosas, es una invitación a
colocarla en el sitio que merece en la
historia de la cultura insular.
No
son muchas las personas que puedan
recordar hoy una presentación del Ballet
de Cuba en El Lago de los cisnes,
el 27 de marzo de 1955. No era una
función de gala, ni ocurría en la
habitual escena del Auditorium, se
trataba de una matiné a las diez de la
mañana de un domingo primaveral pero
cálido, en el más convencional espacio
del cine-teatro Radiocentro, destinado
por la Warner Brothers a mostrar sus
producciones más monumentales.
El
clásico de Petipa-Chaicovski, en un
montaje de la profesora inglesa Mary
Skeaping, llevaba un año en el
repertorio de la compañía. Era la
primera vez que en esta zona del mundo
era posible disfrutar de una verdadera
producción integral de la obra por una
agrupación del patio, pero eso no
preocupaba a la mayoría de las familias
que se extasiaban con aquellos desfiles
de tules que parecían flotar en aquella
pródiga sucesión de valses. Los niños
recordarían después aquella historia de
princesas encantadas y juramentos de
amor salvadores, asociándolos quizá con
el sabor de las rositas de maíz y los
chocolates que sin demasiada discreción
masticaban en la penumbra. Pero en esa
función se producía el debut profesional
de la joven Josefina Méndez en un
curioso rol de travesti: ella era
uno de los “napolitanos” del tercer
acto, pues por aquellos días escaseaban
los bailarines masculinos y, como en la
Francia romántica, las muchachas más
altas de la compañía debían suplirlos.
Nacida en el seno de una familia que se
preocupó desde temprano por su formación
cultural y que le hizo simultanear los
estudios de música en el hogar con las
clases de ballet en la Sociedad Pro Arte
Musical. Aunque no se trataba de una
academia profesional, las clases que
allí recibiera del maestro letón León
Fokin y del director del centro, Alberto
Alonso, contribuyeron a cimentar su
atracción por este arte. Su debut
escénico tuvo lugar en 1951 en una
versión escolar de Cascanueces.
En 1955 estuvo entre las alumnas de la
academia seleccionadas por Fernando
Alonso para fortalecer las filas del
Ballet de Cuba.
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Josefina participó en 1956 en la
histórica función de la compañía en el
Stadium Universitario, una vez que el
Instituto Nacional de Cultura decidió
suspender la subvención a la troupe.
Ella era parte del cuerpo de baile en
Las sílfides, de Fokin. Curiosamente
aún en aquellos momentos no estaba
segura de consagrar su vida al ballet y
procuraba obtener un título de profesora
de Educación Física para complacer a sus
padres. Sin embargo, el fervor y apoyo
personal de Alicia Alonso la llevarían
por otro rumbo. Gracias a gestiones de
esta, viajó a EE.UU. e integró los
elencos del Teatro Griego de Los Angeles
y también del itinerante Ballet Celeste:
un grupo de muchachas que iban en un
ómnibus por los pueblos, con más fervor
que recursos, para ofrecer funciones de
danza, todo un argumento que se perdió
Hollywood.
En
1959 retornó a Cuba y ganó, en reñida
oposición, una plaza en el recién
reorganizado Ballet Nacional. A partir
de allí, valga el lugar común, su
carrera fue meteórica: al año siguiente
tenía ya la condición de solista y en
1962 la de primera bailarina. Participó
en el Concurso Internacional de ballet
de Varna, Bulgaria, dos años
consecutivos: 1964 y 1965, y obtuvo en
ellos medallas de bronce y plata,
respectivamente, pero quizá lo más
importante fue que allí la descubrió la
aguileña mirada del crítico inglés
Arnold Haskell, quien iba a incluirla
entre las “cuatro joyas” del ballet
cubano, junto a Mirta Plá, Loipa Araujo
y Marta García.
Los
admiradores del arte de esta bailarina,
resaltan en su quehacer, como mérito
fundamental, el cuidado estilístico que
pone en el desempeño de su amplísimo
repertorio, así como sus detractores
repitieron durante años que su labor era
un reflejo demasiado vivo de su maestra
y mentora Alicia Alonso. Es innegable
que ante figura tan paradigmática,
Josefina recibiera en los primeros años
de su labor una impronta demasiado
fuerte de su modo de desempeñar ciertos
roles: fuese la espiritualizada
campesina de Giselle, la princesa
de El lago de los cisnes o el ave
agónica de La muerte del cisne.
Sin embargo, en la gradual maduración de
su desempeño escénico, ella logró
equilibrar aquello que venía de la
tradición con su concepción personal de
los roles, donde siempre había un
compromiso entre el cuidado de los
detalles, el rigor en el desempeño
técnico, marcado siempre por una
contención que le impedía caer en el
exhibicionismo circense y la fuerza
dramática que ponía en sus personajes.
En
1972, Josefina viajó a Francia junto a
Alicia, su meta era la Ópera de París:
la administración del Palacio Garnier
había encargado a la estrella cubana un
asunto espinoso, un montaje nuevo de
Giselle, el ballet romántico por
excelencia, que había visto la luz en
aquel mismo escenario, en la centuria
anterior y que sucesivas versiones se
habían encargado de volver
irreconocible. La Méndez, quien había
debutado en el rol central de esa obra
en 1966, serviría como asistente en el
montaje y alternaría con su maestra en
las funciones iniciales que se
ofrecerían a teatro lleno en el
legendario teatro. Alejo Carpentier,
testigo privilegiado de aquellas
funciones, dejó un artículo poco
conocido, titulado “Josefina Méndez ante
el público de París” donde admira en la
artista cubana “su perfecto dominio
psicológico y danzario del personaje, su
espléndida precisión, su autoridad
manifiesta y la falta de nerviosidad” y
llegó a reconocer en ella “la
personalidad de una gran bailarina”.
La
danzarina no era del todo desconocida
para el público parisino: dos años
antes, en 1970 había obtenido la
Estrella de Oro en el VIII Festival
Internacional de Danza, por su desempeño
en el rol de Madame Taglioni, en el
Grand pas de quatre, en versión de
Alicia Alonso, junto a las otras tres
“joyas” del ballet cubano. Y a la Ciudad
Luz retornaría Josefina en 1973, esta
vez para asistir a Alicia en la Ópera en
el montaje de esta obra, que muchos
críticos consideraban superior a las
recreaciones realizadas antes por Keith
Lester y Antón Dolin. Una foto de esos
tiempos nos permite recordar aquella
función privilegiada en que la Méndez
encarnara a la legendaria bailarina
italiana, teniendo como colegas en la
escena a las estrellas francesas Noella
Pontois, Nanon Thibon y Christianne
Vlassi.
Algunos pueden considerar como
emblemática su Odette, cuyo pas de deux
es toda una lección de delicadeza y
cuidado estilístico, otros prefieren su
fogosidad y garbo en el dúo de Don
Quijote, siempre habrá quien se
quede con la perfección que muchas veces
alcanzó en esa miniatura dramática que
es La muerte del cisne. No puedo
sustraerme de transcribir aquí unos
humildísimos versos en los que procuré
—hace ya varios lustros— apresar el
misterio que ella colocaba en la
interpretación de ese rol, en el que
tenía tan ilustres antecesoras, desde la
legendaria Anna Pavlova hasta la más
cercana Alicia Alonso:
MUERTE DE UN CISNE
¿Por
qué vas a morir hoy?
El
rocío te ha cedido un lugar
en la
hierba que los violines no tocaron.
Danza
para mí, deja que el ala
deshaga sus recuerdos en un leve
tono
amarillo. Tiembla, comienza una,
tu
única tarde.
¿Por
qué vas a morir ahora,
cuando solo yo sigo tu agonía?
Sin
embargo, sería injusto olvidar que,
justamente, parte de la celebridad
interpretativa de la bailarina, viene,
no de los roles tradicionales que
encarnó, sino de obras contemporáneas a
las que dio carne y aliento. Su talante
moderno y desprejuiciado, el mismo que
le hizo colaborar con aquellas funciones
del efímero Teatro Experimental de
Danza, en la sala Hubert de Blanck, a
mediados de los años 50 del pasado
siglo, le ha llevado a triunfar en obras
donde el centro de la atención no está
en el virtuosismo técnico.
Recuerdo, hacia 1977, una función de
Juana en Rouen, un ballet dramático
de Anna Leóntieva con música de Vaughan
Williams, en el que la danzarina
interpretaba el rol central. La obra,
que se apoyaba mucho más en la pantomima
que en la pura danza y requería del
público cierta cooperación intelectual,
se salvaba por la fuerza con que la
Méndez encarnaba la agonía de la heroína
en la prisión donde era visitada por
fuerzas malignas y rechazaba las
tentaciones, preparándose para la
muerte. El resultado era verdaderamente
grandioso. Así mismo, es preciso
recordarla en Majísimo, otorgando
autenticidad a la música pseudoespañola
de Massenet o fluyendo junto con la
armonía wagneriana en La noche de
Penélope, de Iván Tenorio. Si por un
tiempo fue memorable la Cecilia
Valdés, de Gustavo Herrera, se debió
más a su creación del rol central que a
la desigual coreografía de esta obra.
Maitre principal del Ballet Nacional de
Cuba, profesora de varias generaciones
de bailarines, conocedora excepcional
del repertorio clásico internacional y
del cubano, invitada frecuente de
compañías de varios continentes que se
disputan su justamente célebre métier
para poner a punto los montajes,
Josefina Méndez, galardonada con el
Premio Nacional de Danza en 2003, llegó
a gozar en vida, más allá de su
alejamiento de la escena, de la
condición de institución indiscutible en
el ballet cubano, hasta el punto de que
la noticia de su muerte resultó poco
menos que imposible de aceptar.
Conmueve el recordar, ya definitivamente
quieto, el perfil que alguna vez
atrapara Servando Cabrera para su serie
de Habaneras. El Gran Teatro de
La Habana, que presenciara en otros días
la mayor parte de sus ejecuciones, abrió
sus puertas para ella por última vez. Su
féretro, adornado con esos tules
imprescindibles en la estética del
ballet romántico y profusión de flores,
recibió los homenajes no solo de
artistas e intelectuales de la más
diversa orientación, sino también del
público sencillo que muchas veces la
aplaudió, aunque fuera desde las
localidades más altas.
Confieso que hubiera preferido tener
como recuerdo último de la artista una
de sus funciones de Grand pas de
quatre o asimilarla simbólicamente
con aquella Muerte del cisne que
supo hacer tan suya, más que contemplar
su rostro en reposo, orlado por una
mantilla blanca. Es difícil aceptar la
inmovilidad en aquellos que todo lo
hicieron con la gracia efímera del
movimiento. Al dejar atrás el túmulo,
antes de salir a la calle, dediqué una
mirada a la sala del teatro, el telón
estaba cerrado y todo lo llenaba un
ominoso vacío. Las acomodadoras lloraban
en la sombra. |