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Rolando González Patricio: Buenas
tardes, Atilio, no todos los días se
tiene la oportunidad de intercambiar
directamente con el secretario ejecutivo
del Consejo Latinoamericano de Ciencias
Sociales, un académico marxista con una
obra importante, extensa, profunda y que
sin duda está haciendo una contribución
trascendente a la reflexión sobre la
problemática de América y del mundo en
la actualidad.
Con la caída de los referentes del
socialismo soviético y el empuje del
neoliberalismo parecía que las ciencias
sociales iban a caer en desuso. Ahora
que el neoliberalismo ha hecho más
evidente su real futuro, ¿cómo valora,
usted, cómo aprecia el estado actual de
las ciencias sociales?
Atilio A. Borón:
Bueno, creo que tú lo has dicho muy
bien, venimos de un período muy difícil,
un período donde la frustración en torno
a las grandes expectativas que había en
América Latina en los sesenta y setenta,
provocó una crisis del pensamiento
sociológico latinoamericano y un avance
muy grande de los aportes, de las
contribuciones de nuestros colegas en
Estados Unidos y Europa. La gran
tradición del pensamiento social
europeo, que arranca, digamos, de
finales del siglo
xix y se extiende hasta después
de la Segunda Guerra Mundial, había ya
prácticamente languidecido cuando viene
esta crisis en América Latina a
principios de los ochenta y el avance
del neoliberalismo se expresó en las
ciencias sociales por una completa
norteamericanización de nuestras
disciplinas sociales, en toda la región,
no solamente en el Río La Plata, sino
también en México, Centroamérica, en
todos los países del mundo andino. Esa
tendencia fue predominante, yo diría que
muy fuerte, en los años ochenta y en los
noventa, signada por el auge de los
enfoques matemáticos en ciencias
sociales, la imitación de la economía,
la mala economía, la economía burguesa,
como se dice en el lenguaje más
académico, la econometría, con la
pretensión ingenua de cuantificar los
fenómenos sociales, de establecer
modelos altamente sofisticados y muy
elegantes, como se decía en la
literatura de la época; la elegancia del
modelo tenía que ver con la elegancia
formal, es decir, pocas variables, muy
claramente definidas, mesurables
estadísticamente. Y eso se hacía en
detrimento de la relevancia, y ahí a mí
me gusta recordar una frase de Einstein.
Einstein decía que no todo lo que cuenta
se puede contar y no todo lo que se
puede contar en el sentido matemático,
es lo que cuenta. Entonces,
lamentablemente, las ciencias sociales
latinoamericanas de las décadas de los
ochenta y de los noventa vivieron
empecinadas con esa matematización de
los enfoques, con pretender que cuente
solo aquello que se podía contar, y eso
provoca una crisis total, que empezó,
por supuesto, primero en Estados Unidos,
una crisis de las ciencias políticas,
sobre todo de la sociología, disciplinas
que no podían predecir ningún
acontecimiento, disciplinas que no
podían anticipar nada, no podían hacer
pronósticos valederos sobre el curso de
los acontecimientos.
Después en América Latina se tomó nota
de esa crisis y empezó un período de
búsqueda, el período de búsqueda arranca
desde mediados de la década de los
noventa y, de alguna manera, va de la
mano con el auge de los movimientos de
resistencia al neoliberalismo. En
América Latina, esa corriente agarra
mucha fuerza después del 1ro de enero de
1994, cuando se produce la insurrección
zapatista, inicialmente como que se
escucha un aldabonazo –para usar un
título muy reciente de un amigo muy
querido de todos nosotros, Armando Hart
Dávalos–, hubo un aldabonazo dado por
los zapatistas y, a partir de ahí, los
científicos sociales como que empezaron
a reparar en que había otra realidad y
estamos en ese proceso, un proceso de
crisis, de reconstrucción y lo que
estamos haciendo desde el Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales es
tratar de alentar la recuperación de un
pensamiento crítico latinoamericano, que
había sido tan importante al promediar
el siglo pasado y que luego había sido
aplastado por esta reacción neoliberal.
En ese proyecto estamos, un proyecto que
de alguna manera se potenció en su
urgencia por la implosión de la Unión
Soviética y la crisis que produjo en el
pensamiento de la izquierda, sobre todo
hubo algunos errores que fueron muy
comunes en nuestra región y que, por
suerte, ya han sido reparados. Mucha
gente pensó que la crisis del sistema
soviético significaba la crisis del
marxismo, lo que era un error pero
garrafal, sin embargo eso confundió a
mucha gente, pero ahora, ya, a más de
diez años de producida la debacle de la
Unión Soviética, vemos que hay una
recuperación muy sólida del pensamiento
marxista, no solamente en América
Latina, sino también en Estados Unidos y
en Europa, entonces es esta la situación
en que estamos: recomposición, búsqueda
de nuestras raíces, traer nuevamente a
flor de piel lo mejor de la tradición
sociológica latinoamericana, que es
riquísima.
R.G.P.:
Usted mencionaba las raíces de la
reflexión social en América Latina, sin
duda, raíces profundas, a tal punto que
cuando escuchamos hablar desde los
balcones europeos y norteamericanos de
estudios culturales, esos abordajes de
muchas especificidades a veces
atomizadoras, vemos que en última
instancia, en el estudio de esa
especificidad, que es una realidad
concreta, ya andaba enfrascado el
pensamiento latinoamericano desde el
siglo
xix, con muchos aciertos.
A.B.:
Sí, definitivamente, el siglo
xix en América Latina produjo una
serie de pensadores extraordinarios,
empecemos por el comienzo del siglo
xix, lo que fue toda la
constelación que se dio en el mundo
venezolano, fundamentalmente Simón
Rodríguez, a finales del
xviii y principios del
xix y Simón Bolívar, y después el
caso de Francisco Bilbao en Chile,
Sarmiento y Alberti en Argentina y,
posteriormente, la gran figura que
produce la nueva fase en desarrollo del
pensamiento social latinoamericano, que
es la contribución importantísima de
Martí, en la última década del siglo
xix. Martí coloca en el centro de
su reflexión los problemas que surgen de
la relación de América Latina con el
resto de los países desarrollados –sobre
todo con los países del Norte, de
Estados Unidos en primer lugar, y los de
Europa– y, a partir de ahí, el
diagnóstico sobre la cultura
latinoamericana que hace Martí. De ahí
en adelante, hay toda una secuencia muy
importante, estaría José Enrique Rodó en
Uruguay que produce aquel libro famoso
Ariel, que es un manifiesto hispanista antinorteamericano muy importante, y
luego las contribuciones de Haya de la
Torre, y sobre todo de Mariátegui, que
parte primero de una crítica a la
concepción de Haya de la Torre sobre el
antimperialismo y de inmediato las
contribuciones cimeras que realiza al
estudio de las sociedades
latinoamericanas, con sus siete famosos
ensayos, una obra maestra del
pensamiento sociológico.
R.G.P.:
Hablábamos de José Martí, de Mariátegui,
y un denominador común de ambos es la
preocupación en torno al imperialismo
norteamericano. Usted recientemente
publicó un libro muy oportuno –tengo la
curiosidad de saber en qué tiempo lo
redactó, sin duda lleva implícito una
experiencia acumulada importante–, pero
me parece no solo oportuno, sino
pertinente, tuvimos la oportunidad de
leerlo en la entrega de Casa de las
Américas, por su crítica demoledora a
las concepciones sobre el imperialismo
de Hardt y Negri, expuesta en el libro
Imperio.
A.B.: La lectura del libro de Hardt y
Negri fue para mí conmovedora, en el
sentido de que jamás habría pensado que
un autor como Negri pudiera escribir
tales cosas. Fue un libro que comencé a
leer con un enorme interés, porque
además venía rodeado de toda una
propaganda, de una publicidad muy
fuerte, se decía que el libro de Hardt y
Negri era el nuevo manifiesto comunista
del siglo
xxi, y realmente me abalancé
sobre ese libro, lo leí con un cuidado
enorme, y la decepción fue muy profunda.
Pero decidí escribir la crítica después
del Foro Social Mundial de Porto Alegre,
en enero de 2001, cuando me di cuenta de
que estábamos en una situación
extraordinariamente delicada, porque ese
libro se estaba convirtiendo en la
bandera ideológica de todo un enjambre
de movimientos contrarios a la
globalización neoliberal y el libro
producía un análisis que era
completamente desacertado, era un libro
plagado de errores, pero no errores
marginales, sino de fondo, que incidían
en el análisis mismo, que afectaban los
fundamentos del análisis sobre el
imperialismo contemporáneo, que, para
empezar, es un fenómeno que se diluye,
porque cuando ellos hablan de imperio ya
no están hablando de imperialismo.
Además, es algo que otros autores
destacan enseguida, se acabaron las
relaciones imperialistas, estamos en una
especie de universo abstracto, vagamente
definido –porque nunca lo definen bien
en el libro– y a mí lo que me preocupó
sobre todo fue el impacto que ese libro
estaba teniendo en ese I Foro Social
Mundial de Porto Alegre y ahí fue cuando
me decidí a escribir, realmente lo
escribí bastante rápido, es un libro en
cuya redacción me demoré menos de tres
meses, es un libro breve de todas
maneras, pero como que no tengo ninguna
duda de lo que tenía que hacer, de cómo
tenía que plantear el análisis crítico
en mi libro, porque es un tema que yo
venía trabajando en esencia hacía muchos
años. Es un libro que está escrito con
mucha pasión, y creo que se ve muy
claramente, recupera, además, algo que
me parece importante, porque se están
discutiendo temas que afectan a la
humanidad, no es una discusión
abstracta, ni una discusión escolástica,
es una discusión en el fondo sobre la
vida y la muerte, creo que por eso puse
una pasión tan profunda en ese ensayo.
R.G.P.:
Evidentemente, el fenómeno imperialista,
como cualquier fenómeno en las
relaciones humanas y sociales, es algo
dinámico, cambiante, y quizá uno de los
lastres históricos de las ciencias
sociales ha sido ver los fenómenos como
instantáneos, cuando realmente el
pensamiento complejo obliga a verlo en
su dinamismo. Sin duda, no podemos ver
el fenómeno del imperialismo, en las
condiciones de comienzo del siglo
xxi, como fue esbozado o intuido
a finales del
xix, ya no es exactamente igual
al que conoció Lenin. En las condiciones
actuales, en la que los mecanismos de
dominación se han ido ajustando y
reajustando, ya no podemos hablar solo
de aquellos rasgos económicos que
mencionaba Lenin en su tiempo. El
imperialismo actual va más allá de los
elementos puramente económicos,
políticos y militares, yo pienso que
quizá una de sus dimensiones actuales
está en los instrumentos que lo mueven
desde el punto de vista cultural,
ideológico, en la medida en que nos han
invadido con un sentido común, con una
lógica del mundo, que comienza por
derrotarnos antes de iniciar la batalla.
A.B.:
Sí, yo lo veo en dos planos: en primer
lugar, la caracterización histórica del
imperialismo, que se produjo a inicios
del siglo
xx, era la correcta en su tiempo
y en lo esencial mantiene buena parte de
su exactitud; pero hoy en día es
incompleta, porque, por ejemplo, en las
caracterizaciones clásicas del
imperialismo se suponía que la
agresividad de los conflictos
interimperialistas marcaban el tono de
la época, y eso fue cierto, hasta el fin
de la Segunda Guerra Mundial. La novedad
del imperialismo contemporáneo es que,
por ahora –lo cual no quiere decir que
no vuelvan a resurgir–, las rivalidades
interimperialistas se procesan en un
plano distinto del militar. Pero el
imperialismo se ha vuelto mucho más
agresivo en cuanto a los pueblos de la
periferia, en contra de los pueblos del
Tercer
Mundo. Si bien esto estaba presente en
los análisis clásicos, de todas maneras
el énfasis se ponía en los conflictos
entre Inglaterra, Alemania, Francia, y
Estados Unidos, y menos en la alianza
que se construía para explotar a los
países del Tercer Mundo, que es lo que
está presente ahora, si bien no elimina
los conflictos entre las potencias del
norte. Ahora pesa mucho el tema de la
batalla cultural y de la batalla de
ideas, ahí creo que es oportuno recordar
aquella frase tan sabia de Martí, cuando
decía, de pensamiento es la garra que se
nos hace, ganémosla a pensamiento, pues
lo que evidentemente veo es que si hay
un rasgo que marca al imperialismo
contemporáneo, es la enorme
proliferación de sus mecanismos de
dominación cultural e ideológica, que no
estaban presentes en el imperialismo
clásico. No quiere decir que antes no
hubiese elementos de carácter
ideológico, por supuesto que los había,
tanto en el caso de Estados Unidos, como
en el de Inglaterra, para hablar de las
dos más grandes potencias imperialistas
en el siglo
xx, pero lo que es cierto es que
en la actualidad esos mecanismos de
carácter ideológico son mucho más
importantes.
Para empezar, fíjese usted que la
tercera gran industria de Estados
Unidos, cuando uno analiza la cifra del
producto interno bruto y hace la
descomposición por tipo de producción,
el tercer elemento de esa descomposición
es la industria publicitaria, es una
industria que mueve miles de millones de
dólares. Esa industria no es concebida
solo para vender jabones o desodorantes,
o champú; tiene, fundamentalmente, una
orientación y una preocupación
ideológicas, es la creación de un
consenso, la manufactura de un consenso
y, en ese sentido, han sido muy
eficientes y han logrado el objetivo de
forma rotunda. Fíjese usted que después
de la Segunda Guerra Mundial se impone
la música de Estados Unidos, que
desplaza durante mucho tiempo a la local
en América Latina. Por suerte han
resurgido con mucha fuerza nuestros
ritmos, por ejemplo en el Caribe, la
recuperación de las raíces, de la música
afroantillana que es muy importante, que
es un fenómeno de los últimos quince,
veinte años. Pero resulta interesante
que la música que se universaliza con el
auge de Estados Unidos, no es la música
negra sino
la blanca, no es el jazz, ni el blue,
sino el rock and roll, que es una música
de blancos, no la de los negros en
Estados Unidos. Lo mismo ocurrió con la
penetración cultural norteamericana en
materia de comida, el imperio de las
comidas rápidas, el fast food, con esas
cadenas que todos conocemos, con su
indumentaria, el tipo de indumentaria
que se utiliza y, sobre todo, la
creación de una nueva estética, a través
de la utilización de los medios de
comunicación de masas, de la televisión,
una estética que es esencialmente
estupidizante del público, que le impide
pensar, que lo atiborra de una
información que no puede procesar. La
gente está siendo inundada de
informaciones inútiles, que impiden ver
el cuadro en su conjunto, y creo que, en
ese sentido, la batalla de las ideas
–para volver a Martí–, es un tema
absolutamente fundamental: si esa
batalla no se libra, va a ser muy
difícil que podamos emanciparnos de la
estructura del imperialismo, tenemos que
vencer primero la batalla de las ideas y
después vendrán las otras, porque si no
vencemos la batalla de las ideas, los
triunfos que podamos obtener en el
terreno político, o militar o económico,
van a ser triunfos efímeros y pasajeros.
R.G.P.:
Sí, creo que Martí establecía el camino
de la cultura para acceder a la
libertad. La pretensión originaria del
capitalismo de maximizar ganancias,
tiene un complemento en esa dimensión
cultural, que persigue –para decirlo
quizá de un modo esquemático– minimizar
la resistencia. Ahora, volviendo al tema
del imperialismo contemporáneo y de
las ciencias sociales, creo que todavía
estamos muy intoxicados con categorías y
enfoques que tomamos prestados, se nos
imponen a veces discusiones que no son
necesariamente las que más nos urgen,
pero se me ocurre mencionar ahora el
tema de la globalización, un tema que
nos ocupa, un fenómeno sin duda de
nuestro tiempo, pero que parece que
nació ayer.
A.B.:
Claro, y es un error muy grande, porque
en realidad la globalización es una
tendencia inherente al sistema
capitalista, algunos autores han
avanzado mucho en este terreno. Como
reacción a esto que usted plantea –de
forma exagerada–, hay
quienes dicen que la globalización en
realidad comienza con la constitución
del imperio romano. La verdad es que el
imperio romano es la primera gran
expresión de un proceso incipiente de
globalización, después sigue con la
expansión del Islam, luego con el
descubrimiento de América, yo digo que
hay un grano de verdad en esas
afirmaciones; es cierto que el imperio
romano, si bien está lejos de tener un
alcance como el que tiene el
imperialismo norteamericano como
fenómeno planetario, evidentemente fue
un imperio que tuvo una cobertura
geográfica muy significativa. De todas
maneras me parece que es un uso excesivo
del concepto de globalización, yo
personalmente sitúo a la globalización
como un rasgo, como una tendencia
permanente de la sociedad capitalista,
pero que en su desarrollo requiere de
ciertas condiciones, instrumentos,
medios, requiere de una revolución en el
transporte y una revolución en las
comunicaciones, que recién empiezan a
darse –si usted quiere podemos poner una
fecha– con la invención del ferrocarril
a comienzos del siglo
xix, finales del
xviii y principios del
xix, luego con la revolución en
el transporte marítimo, finalmente con
el telégrafo, con la radio y, por
último, lo que ya conocemos con la
televisión y la informática y todo el
papel de la cuestión satelital que hace
posible construir eso que algunos
autores han llamado una aldea global.
Entonces lo que pasa es que cuando se
hace esta clase de planteamientos, la
literatura convencional deja de lado por
completo que esta globalización es una
manifestación del avance de la sociedad
capitalista y de los intereses
capitalistas y lo presenta como fenómeno
natural. En realidad no es un fenómeno
natural, es un fenómeno que tiene que
ver con el tipo de sociedad que se ha
ido gestando y consolidando. La
globalización, por ejemplo, entre otras
cosas, permite la diseminación del uso
de Internet, el uso de Internet puede
facilitar las operaciones especulativas
del capital financiero, pero también
puede facilitar la resistencia de un
movimiento como el zapatista, que no fue
aplastado en México porque rápidamente
salió al ciberespacio y todo el mundo se
enteró de lo que estaba pasando.
Entonces el problema no es tanto la
globalización, es
una tendencia que si se puede canalizar
es muy positiva, por eso en Porto Alegre
lo que se plantea es otra globalización.
Decir que no queremos la globalización,
que queremos volver a nuestra aldea
primitiva, a nuestra pequeña parroquia,
es un pensamiento reaccionario, nosotros
no estamos en contra de la
globalización, sí estamos en contra de
esta globalización, la del capital
financiero, la globalización de los
pulpos de los medios de comunicación,
que utilizan el monopolio que tienen
para su ventaja, pero no queremos volver
a la época de las señales de humo, de
las carretas, ¿verdad?
R.G.P.:
Bueno, hace un rato hablábamos de José
Martí, quien sin duda fue testigo del
desarrollo científico-técnico del siglo
xix y ya predecía la posibilidad
de que el mundo fuera mucho más
interactuante, de que pudiesen
estrecharse los lazos entre las naciones
y los pueblos; lamentablemente, la
historia no tomó por el rumbo de la
solidaridad, de esa confraternidad a
escala planetaria, y estamos ante el
desafío de una globalización diferente.
Se ha dicho, al calor de la lucha contra
la globalización vigente, que no hay
soluciones definitivas ni reales, que
sean estrictamente locales o nacionales,
si no alcanzan a ser soluciones de mayor
radio, de mayor alcance a escala
planetaria.
A.B.:
Bueno, soluciones definitivas,
evidentemente, no las vamos a tener en
el capitalismo, el capitalismo no puede
solucionar definitivamente ningún
problema, puede colocar algunos parches,
pero soluciones definitivas no puede
proveer, es imposible, es un sistema que
no puede solucionar sus propias
contradicciones. Ahora, esto quiere
decir que los gobiernos, de todas
maneras, tienen posibilidades de hacer
algunas cosas, y si no las hacen no
pueden escudarse en el pretexto de que
es necesario que cambie todo el sistema
internacional antes de hacer algunas
cosas; voy a poner un ejemplo: bajo la
globalización se nos dice, bueno, no hay
más remedio, no hay otra alternativa que
reducir los salarios a los niveles de
hambre que imperan en algunos países
africanos o del sur de Asia, no los del
sudeste, pero sí los del sur de Asia.
Bueno, esto es una decisión política, no
es una decisión que proviene de una ley
de la naturaleza, como la ley
de gravedad, que si usted arroja una
manzana, como decía Newton, cae al
centro de la tierra; esto es simplemente
una decisión tomada, ¿por qué?, porque
esa globalización permite abatir los
salarios, pero no hay nada, no hay nada
que nos impida pensar que otra manera de
globalizarnos sería, por ejemplo,
extendiendo a todas las poblaciones del
Tercer Mundo, a casi 25 000 millones de
personas que sobreviven con un dólar por
día, según los datos del banco mundial,
extenderles los mismos derechos y los
mismos salarios mínimos que tienen los
trabajadores suecos ¿por qué no? Bueno,
evidentemente, la resistencia se origina
en la capacidad que tiene la clase
capitalista, en cada país, de imponer un
determinado curso de acción, incluyendo
la violencia, porque para eso está
Estados Unidos, como el gran gendarme
del mundo, pero no hay nada en la
globalización que diga que no es posible
hacerlo de otra manera. Claro que es
posible hacerlo de otra manera, yo creo
que al revés de lo que plantean muchas
veces los gobiernos, pese al carácter
global del capitalismo internacional,
existen márgenes de acción para actuar.
Por ejemplo, durante muchos años un país
como Chile, en el caso de América
Latina, estableció controles a los
flujos financieros internacionales,
ahora los acaba de levantar, como parte
del precio a pagar para entrar en el
Tratado de Libre Comercio con Estados
Unidos. Estados Unidos exigió el campo
libre de acción para los capitales
golondrinas y especulativos en Chile,
eso les va a traer gravísimos dolores de
cabeza a ese país. Pero durante muchos
años, en el contexto de la
globalización, Chile, que es la economía
más abierta de América Latina, había
preservado su salud macroeconómica
estableciendo restricciones a ingresos
de capitales que, como el resto de
América Latina –caso Brasil, México,
Argentina– llegan a la mañana y se van a
la noche, es una barbaridad desde el
punto de vista de la solidez financiera.
Eso se puede hacer, por qué no, se puede
hacer, países como Costa Rica, por
ejemplo, preservaron, a pesar de su
globalización, el monopolio público en
el área de las telecomunicaciones.
Ahora, frente al intenso ataque en
contra de esto, los costarricenses están
resistiendo, pero no hay ninguna razón
para pensar que un país no puede
sostener eso, si hay una definitiva
decisión
política de parte de los gobiernos de
defender esas conquistas y la propiedad
pública de ciertos medios de producción
o medios económicos y empresas
estatales, sistemas de seguridad social.
En muchos países todavía existen
sistemas públicos de seguridad social,
se resistió la tendencia a la
privatización. En Uruguay hace pocos
meses hubo un plebiscito, porque el
gobierno –que es de derecha, muy
reaccionario– quería privatizar la
empresa estatal de petróleo, hubo un
plebiscito y la mayoría de la población,
casi 75 a 20 ó 25, se manifestó en
contra de esa política, la política se
detuvo. Es decir, que se pueden hacer
cosas al interior de la globalización,
el discurso del pensamiento único es el
que dice que dentro de la globalización
no hay alternativas, lo cual no es para
nada cierto; si no, pensemos, tomemos el
caso de países desarrollados, digamos
Alemania, que es un país que en términos
de crecimiento de la productividad por
hora de trabajo duplica los niveles
registrados en Estados Unidos en la
década de los noventa. Se dice que
Alemania no puede ser eficiente porque
los sindicatos son muy vigorosos, tienen
mucha influencia y que el mercado del
trabajo no está flexibilizado de manera
suficiente, sin embargo, cuando uno mira
los datos, realmente demuestran que
Alemania, un país que está totalmente
sumergido en la globalización, sostiene
un régimen de relaciones de trabajo
altamente regulado y es mucho más
eficiente y más productivo que el caso
norteamericano, la referencia es casi de
uno a dos, entre uno y otro país, lo
cual demuestra que dentro de la
globalización hay muchas alternativas.
R.G.P.:
Sí, sin duda, hace un rato hablábamos
del impacto que tuvieron los sucesos del
sistema socialista del Este a finales de
los ochenta y principios de los noventa
y cómo esto generó un desencanto en los
científicos sociales, un divorcio; con
ciertas alternativas y ciertos caminos,
la historia continuó y comenzó entonces
la necesidad de repensar un mundo que no
iba a ser como se prometió y comienzan
sin duda a aparecer, como usted
mencionaba hace un rato, algunas obras.
Me gustaría conocer su opinión sobre dos
obras tan diferentes como, La crisis del
capitalismo global..., el libro de George Soros, y
El Nuevo Proyecto
Histórico, de Heinz Dieterich.
A.B.:
Soros publicó un libro que se llama La
crisis del capitalismo global, que es
muy interesante, siendo Soros nada menos
que un mega especulador y un hombre de
la derecha liberal, hace ya unos cinco o
seis años sacó ese libro, justamente,
donde plantea tesis realmente muy
rotundas, diciendo que el sistema
financiero internacional, tal cual
funciona en estos momentos, es
totalmente inviable y dice cosas muy
graves, por ejemplo, que esta
inestabilidad, esta volatilidad del
sistema financiero internacional, le
plantea a la continuidad del proceso
capitalista una amenaza más seria que la
que, en su momento, planteó la Unión
Soviética y la revolución bolchevique,
fíjese usted la gravedad. Ahora, el
trabajo al cual usted alude de Heinz
Dieterich, bueno, toda una nueva
interpretación, en donde plantea un
modelo alternativo de socialismo –y yo
comparto en línea general el diagnóstico
inicial que hace sobre la crisis de los
socialismos reales–, pero me parece que
algunas de las intervenciones de Fidel
Castro en los últimos dos, tres años,
son más iluminadoras, porque Fidel viene
insistiendo en la existencia de
distintos caminos; la impresión que
tengo es que en el libro de Heinz de
alguna manera se plantea un camino muy
claro y esto creo que obedece un poco a
algo que es una tendencia muy profunda
en la cultura alemana, la cultura
alemana es una cultura que no permite
juegos de contradicciones y
ambigüedades, como, por ejemplo, las hay
también tal vez en exceso en la cultura
francesa, y, por tanto, el camino
post-capitalista está bastante
claramente demarcado, yo creo que no
sabemos mucho de eso, me siento más
confortable con los pronósticos de
Fidel, cuando dice que hay un camino que
es el camino cubano, hay otro camino que
es el de Venezuela, habrá otro camino
que será el brasileño, habrá otro que
será el que vaya a seguir, digamos,
Colombia, u otros países. Me parece que
la idea de que haya un formato de
concepción socialista, personalmente no
me parece una idea demasiado adecuada y
que tome en cuenta suficientemente las
enseñanzas de la historia, eso fue lo
que de alguna manera tuvo mucha
vigencia, sobre todo a partir de la
consolidación del estalinismo: había un
camino claro, un camino igual para todos
los países, había un sistema político
igual, había una cultura parecida,
había una organización social igual, que
todos tenían que replicar y ahí me
acuerdo, digamos, de algunas
intervenciones de Fidel en los últimos
tiempos, cuando él decía, bueno, hicimos
muchas cosas bien y otras no tan bien y
cuando copiamos la mayoría de las veces
no nos fue tan bien, yo creo que esas
son palabras que hay que ponderarlas en
toda su dimensión, acá no hay
posibilidades de copiar; entonces, yo
creo que, redondeando su pregunta, yo
creo que el libro de Heinz es muy
interesante, sobre todo la primera
parte, cuando él hace un diagnóstico del
sistema y genera estas inquietudes;
cuando nos internamos en la segunda
parte ya viene la propuesta de ese
socialismo científico, casi resultado de
una ecuación matemática, eso me genera
una cierta incomodidad.
R.G.P.:
Me gustaría conversar mucho más, pero no
tenemos todo el tiempo del mundo, y
quisiera por último conocer su opinión
como científico –y sabemos que es un
hombre apasionado, un hombre que vive al
pulso del tiempo–, sobre el caso Cuba y
una revolución que tiene ya casi medio
siglo.
A.B.:
Bueno, mi opinión, por supuesto, es muy
favorable, ver a Cuba, que se ha
sostenido contra viento y marea, contra
el bloqueo más largo conocido por la
historia de la humanidad, no hay otra
experiencia donde un país, un país
grande, un país imperialista, le haga a
otro lo que le ha hecho a Cuba, durante
cuarenta y cinco años, un bloqueo
integral, que ha afectado todas las
esferas de la vida cubana, así que yo
creo que solamente por eso, por la
resistencia, la capacidad de resistencia
que ha tenido Cuba, me parece que merece
todo nuestro respeto, aparte de las
innumerables muestras de solidaridad y
de compañerismo y de apoyo, que, en
generosidad ilimitada, Cuba ha tenido
con los pueblos de América Latina, de
África y de Asia, y muchas veces se
habla de Cuba como si su solidaridad
estuviera confinada al territorio
americano, pero no es así. Yo recuerdo
cómo Cuba colaboró en África, la
independencia de Angola y la de
Sudáfrica no habrían sido posibles sin
la tan activa participación del pueblo
cubano y del gobierno cubano; lo mismo
la colaboración prestada a diferentes
movimientos de liberación nacional en
Asia, sobre todo a los vietnamitas, de
manera que nuestra opinión no puede ser
mejor. Creo que Cuba, de todas maneras,
en el contexto internacional actual se
ve enfrentada a desafíos renovados que
van a requerir de toda la imaginación,
de toda su capacidad creadora de la que
ha dado ya sobradas muestras, creo que
hay un tema fundamental en la discusión
pública cubana hoy, es el tema de la
agenda económica, me parece que hay una
serie de diagnósticos que han hecho
nuestros colegas científicos sociales,
los economistas cubanos, acerca de
algunos problemas serios que deben ser
resueltos cuanto antes, mi impresión es
esa, de que ahí hay un tema que está
siendo enfocado, examinado, pero todavía
las decisiones que hay, que se están
empezando a tomar, no son suficientes y
creo que van a tener que seguir
avanzando muy fuertemente en esa
dirección. Creo que en ese sentido el
bloqueo –con lo criminal e injusto que
es, no creo que ni Argentina, ni Brasil,
ni otros países de mayor territorio,
hubieran tenido la fuerza moral como
para resistir ese bloqueo–, de alguna
manera es una especie de velo que impide
ver estos otros problemas que no tienen
que ver con el bloqueo, la supervivencia
de ciertos esquemas de organización
económica que deben revisarse, no digo
que no fueran necesarios en su momento,
pero hoy en día requieren urgente una
actualización, ese es el tema
fundamental. Por qué digo esto, porque
en el fondo, y esto lo sabemos muy bien
desde el corazón mismo de la teoría
marxista, un orden social y político se
sustenta sobre el funcionamiento del
sistema económico y, si ese
funcionamiento al cabo de mucho tiempo
demuestra todavía poseer ciertas
flaquezas y ciertas limitaciones, a la
larga podría erosionar la legitimidad de
la revolución. A pesar del entusiasmo
que despiertan los logros económicos de
China en alguna gente, yo personalmente
no creo que ese sea el camino para Cuba,
esa especie de liberalización
encapsulada, pero desenfrenada aún
dentro de esa cápsula de los chinos, no
sería el camino cubano, hay que andar
con mucho cuidado pero a la vez combinar
el cuidado del andar con la decisión de
avanzar y resolver estos problemas. La
Revolución Cubana no es solamente
un enorme patrimonio de los cubanos, es
también una revolución de importancia
trascendental que va más allá de Cuba,
que tiene una influencia enorme en toda
América Latina, en todo el Tercer Mundo.
R.G.P.:
Bueno, muchísimas gracias, Atilio Borón,
por su tiempo y por compartir con
nosotros sus reflexiones.
A.B.:
Gracias a usted, buenas tardes.
Febrero de 2004
Por la izquierda.
Veintidós testimonios a contracorriente.
Selección y prólogo de Enrique Ubieta
Gómez. Ediciones ICAIC-Editorial José
Martí, 2007
Rolando González Patricio
(Santa Clara, Cuba, 1964). Historiador,
ensayista, investigador y profesor
titular. Fue director del Centro de
Estudios Martianos (1999-2005).
Actualmente dirige el Centro de
Investigación y Desarrollo de la Cultura
Cubana «Juan Marinello». Es coautor de
varios libros y autor de Diplomacia
contra diplomacia (1995); Cuba y América
en la modernidad de José Martí (1996) y
La diplomacia del Delegado. Estrategia y
tácticas de José Martí (1892-1895)
(1998).
ATILIO A. BORÓN.
Sociólogo marxista argentino. Director
del Observatorio Social de América
Latina, miembro del Consejo
Internacional del Foro Social de Porto
Alegre. Profesor titular de la
Universidad de Buenos Aires. Entre sus
libros se destacan: Tras el búho de
Minerva. Mercado contra democracia en el
capitalismo de fin de siglo (2000),
Imperio & Imperialismo. Una lectura
crítica de Michael Hardt y Antonio
Negri. (Premio Ezequiel Martínez Estrada
de Casa de las Américas, 2002). |