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Reynaldo González: Nos encontramos hoy
con una de las personas que más ha
contribuido al conocimiento de los
mecanismos de persuasión de los medios
masivos, y a la concientización de la
manipulación del pensamiento, e incluso
de los gustos; cómo se manipulan las
personalidades a partir del consumo de
determinados mensajes. Estoy hablando de
Armand Mattelart.
Mattelart es un estudioso de origen
belga, pero ya es internacional, porque
uno puede imaginarlo como chileno, o
francés —ya no sé dónde ubicarlo—, y eso
también le da el don de una cierta
ubicuidad para enfocar la realidad a
partir de los medios, los mecanismos de
persuasión de los medios. Cuando yo
escribí mi estudio sobre la radio y
telenovelas, hay páginas que son
completamente suyas.
Recuerdo que usted hizo una
investigación donde reflejaba, cuando
habló de César Mastrik, y cuando habló
también del caso Samoa —era un libro
suyo—, cómo una población originaria de
determinada zona puede transformar sus
gustos, puede transformar sus consumos y
pensar y ser de otro modo, a partir de
una penetración muy fuerte de los medios
de comunicación; es un ejercicio del
dominio de la idea. Pero ahora, treinta
años después de aquellos estudios
iniciales, me gustaría saber si esto
todavía tiene la función, este análisis,
o si la cultura dominante ha subvertido
aquellos análisis y los está utilizando
como suyos. Creo que es un tema que le
puede interesar para ir entrando en
materia...
Armand Mattelart: Mire, cuando empezamos
a estudiar los medios de comunicación
era un período bien peculiar; era un
período donde había, digamos, una
agudización de los enfrentamientos en la
sociedad en que trabajábamos. Era en
Chile, en el período de la Unidad
Popular y del gobierno de Salvador
Allende, un período bien peculiar en la
medida en que los medios no cumplían
solamente su función metabólica de
reproducción de un sistema de valores,
había también una fuerte inyección de
propaganda explícita.
Recuérdese, durante la Unidad Popular
—y esto se reveló después en las
audiencias del Senado norteamericano–,
hubo muchos fondos y muchos
especialistas norteamericanos de
propaganda, de guerra sicológica, que
intervinieron en Chile. Y yo pienso que
era sobre todo una combinación de este
tipo de propaganda, y de ayuda, de
cooperación externa a los medios
chilenos, porque los medios chilenos
también se mostraron cada vez más
propagandistas.
Es muy interesante ver que, en Chile, el
diario que se presentaba hasta fines de
los años sesenta como el Times de
Chile —había sido fundado en
1827, en el mes de junio– finalmente
mostró su otra cara, otra vertiente de
su ideología. Y es muy interesante,
porque cuando empieza la Unidad Popular
la primera página era muy sobria, como
nos legaron los ingleses —si
usted quiere—, pero al final de
ese período, la primera página es un
cartel ligado a la movilización y al
llamado a la sedición. Entonces, es un
período muy marcado por esta agudización
del conflicto, y esta agudización de los
enfrentamientos sociales se produce en
casi todos los países latinoamericanos.
A principios de los años sesenta se ve
el efecto de la Revolución Cubana sobre
la ideología del gobierno de Estados
Unidos, que finalmente trata de elaborar
una estrategia en todos los campos:
reforma agraria, control de natalidad,
etcétera. Entonces, digamos que es un
período que podríamos caracterizar por
una noción, una noción que surge a
principios del año 68, en la Conferencia
Tricontinental que tuvo lugar aquí, en
La Habana —fue un período muy
duro, un período en el que también se
produjo la intensificación de la Guerra
de Viet Nam, todo el bombardeo, etcétera—,
entonces, la palabra que surgió en ese
momento para caracterizar un poco el
estado de dependencia, era la palabra
imperialismo
cultural.
Y se puede decir que durante estas
décadas, y fundamentalmente a partir del
año 65, donde empieza…, a principios de
los años sesenta, Bahía de Cochinos, y
después la invasión, la intervención en
Santo Domingo.
R.G.:
En el 65 se produjo la intervención en
Santo Domingo, y en el 61, la invasión
por Bahía de Cochinos.
A.M.:
Exactamente. Es muy significativo que
los primeros estudios sobre la
dependencia de los medios
latinoamericanos en relación a las
agencias de prensa, como la UPI y la AP
—agencias norteamericanas—,
se produzcan a raíz de la intervención
norteamericana en Santo Domingo. Y son
estudios de periodistas, de
investigadores venezolanos. Eso
demuestra que este período estaba muy
marcado por la idea del imperialismo
cultural, que suponía, por lo menos, que
había una relación entre estímulo y
efecto, que había una maquinaria —si
usted quiere—, de propaganda
cultural, que lanzaba mensajes, con el
efecto que pensaban que iba a tener. Un
período de denuncia y de crítica; pero
no solamente de denuncia y de crítica,
era un período donde también, en muchas
partes de América Latina, se trataba de
encontrar una estrategia. Por ejemplo,
cuando escribimos con Ariel Dorfman
Para leer al Pato Donald, en Chile,
no se trataba solo de denunciar aquellos
valores que eran inducidos por los
cómics de Disney, también estábamos
tratando de imaginar una respuesta
frente a lo que era una verdadera
agresión en contra de los programas de
cambio de la Unidad Popular.
R.G.:
Yo recuerdo en particular ese libro, el
impacto que tuvo, porque utilizó un
mito, un código ya asentado en el gusto
popular, y lo revirtió. Dijo: bueno,
detrás de esta simpatía, detrás de este
encanto que tienen los cómics, los
dibujos animados de la empresa Disney,
detrás hay esto y esto. Fue una
revelación, una forma de leer, más que
de consumir, y lo que usted estaba
describiendo evidencia mucho cómo esos
medios —por ejemplo, el periódico El
Mercurio—, que habían tenido una
trayectoria aparentemente inocua o
discursiva, de momento toman la
iniciativa de ir a las armas, a la
guerra ideológica directa. Ya no se
trata de dar una imagen más o menos
edulcorada o bonita de la realidad y del
modo de vida norteamericano a través de
los cómics, ahora ya hay que tomar
iniciativas. Es cuando los personajes de
Mc Donald y Mickey Mouse pasan a la
guerra: se van a la guerra, como usted
ejemplificó perfectamente.
A.M.:
Y el concepto de tirano en los cómics,
de hecho la oposición leía la palabra
tirano como Salvador Allende.
Efectivamente, lo que caracterizó a
Chile en esa época es la movilización de
todos los géneros de la cultura de
masas, en contra del programa de la
Unidad Popular. Fue muy significativo,
digamos, un estudio que apareció en
Casa de las Américas, de mi
compañera Michelle, sobre la manera en
que las revistas, los magazines
femeninos, se habían movilizado para
finalmente convencer a las mujeres de
salir a la calle.
Se ven todos los géneros, y nosotros
habíamos elegido al Pato Donald
efectivamente como un símbolo.
Evidentemente hoy, en el año 2003,
tomaríamos otros símbolos. Es verdad que
Disney era un poco el símbolo de una
cultura de masas anclada en una cultura
determinada, que era la norteamericana.
R.G.:
Aparentemente es una ensoñación, un
juego, la industria del entretenimiento,
que es como le llaman. Pero ustedes
descubrieron, ustedes pusieron en la
primera plana la manipulación ideológica
que había detrás. Bien, han pasado unos
años y unas cuantas guerras. Estamos en
un momento en que esa persuasión ha
llegado a extremos ya de consumismo
masivo. Ahora con los videohome, la
gente se lo lleva a casa, invita al
enemigo a entrar en su casa de manera
más directa, al enemigo ideológico; al
enemigo que lo persuade, que le trabaja
la mente, lo mete en casa, en la cama
prácticamente —porque la gente ve la
televisión desde la cama—, y esto me
parece que va justificando y va
atenuando la denuncia. Y yo no sé si a
estas alturas estamos tan contaminados
todos, que se pierde la visión, y que
todo aquello que una vez dijimos, todo
aquello que pusimos, que subrayamos una
vez, ahora ya no tiene mucho...
Habría que buscar otras formas de
combatir, así como ellos en un momento
dado tomaron las armas, se lanzaron y
dijeron, a partir de ahora Mc Donald se
va a la guerra, Mickey Mouse se va a la
guerra. Ahora, ¿qué va a pasar? Porque
ahora hemos llegado a extremos locos de
polarización, de dominación, de llamarle
guerra bienhechora, humanitaria, por
ejemplo, a la ocupación, y a la
resistencia llamarle terrorismo. Ellos
también han aprendido a subvertir las
palabras, y la gente que ahora, en Irak,
se les enfrenta, son terroristas, no son
la resistencia: la resistencia fue la
francesa durante la Segunda Guerra
Mundial.
Yo recuerdo que eso comenzó muy bien,
muy claro, incluso para Cuba, con lo que
usted ha dicho de las agencias, comenzó
muy claro. En la Segunda Guerra Mundial
estuvimos sometidos a un bombardeo que
hacía amable la noticia: en Cuba había
series de radio, en esa época la radio
"dramatizaba" las noticias de las
agencias de prensa norteamericanas, y
este método llegó a emplearse, incluso,
en la radio que manejaban los
comunistas, porque nadie le daba a esto
el sentido de penetración, una palabra
que también se usó mucho en la década
del setenta.
A.M.:
Digamos que es verdad, hoy se puede ver
cada vez más la extensión de lo que
llamaría el área de propaganda en los
medios de comunicación. Y se vio de
forma clara y evidente durante los
preparativos de la Guerra de Iraq, la
última Guerra de Iraq. Pero yo pienso
que lo que ha cambiado,
fundamentalmente, es que en el mundo hay
cada vez más interrogantes sobre la
dominación, sobre la predominancia de
esta cultura en el mundo. Es verdad,
usted me va a decir que durante la
Guerra de Iraq los canales de televisión
en Estados Unidos finalmente se lanzaron
de frente en la campaña de guerra, una
guerra que es pura propaganda. Es verdad
que en Estados Unidos una gran parte de
la población —si uno sigue los
sondeos que se realizaban—,
siguió este llamado a la
guerra, y aprobó la intervención
en Iraq, pero hay que ver también que en
todas partes del mundo hubo grupos —y
podemos utilizar la palabra resistencia—,
opuestos a la idea de la guerra.
Yo estaba, fundamentalmente, viviendo en
esos meses en Francia, en París. Si uno
compara los medios de comunicación de
Estados Unidos y de Francia, uno ve que
en los de Francia había un debate
pluralista sobre la guerra, había
opositores a la guerra que eran
mayoritarios, pero había también una
discusión con quienes eran favorables a
la guerra. Entonces yo pienso que la
Guerra de Iraq va a marcar también una
pauta, una ruptura. Incluso, yo pienso
que las mentiras, las manipulaciones,
incluso el acercamiento a los gobiernos
que todavía no se decidían si iban a
votar en el Consejo de Seguridad a favor
o en contra de la guerra, yo creo que
este estado, digamos, de catarsis, fue
el momento en que mucha gente abrió los
ojos frente a este contexto. Es un
primer elemento.
A mí me parece que lo que se desplomó
con todo lo que ocurrió en el mes de
febrero, de marzo y de abril de 2003, es
finalmente la credibilidad de lo que
habían planteado después de la caída del
muro de Berlín, de la nueva estrategia
norteamericana. Se sabe que hay una
palabra que surgió, una vez caído el
muro de Berlín, era la palabra soft
power, es decir, un poder suave, y
el poder suave era la idea de que, como
el mundo ya estaba socializado,
alfabetizado con los signos y los
símbolos de la cultura de masas, había
que utilizar esta alfabetización que
había durado, que se había realizado en
los treinta, cuarenta años anteriores,
había que utilizarla para llevarlo a
aceptar formas de institución
compatibles con la idea de lo que se
llama la democratic market place,
es decir, con la democracia de mercado.
Y, de repente, con la Guerra de Iraq, se
ve que el soft power, el poder
suave, se vuelve un hard power,
un poder duro.
Basta mirar el chantaje que se hizo a
los gobiernos africanos o
latinoamericanos con los tratados
bilaterales: si usted no vota con
nosotros en el Consejo de Seguridad, lo
vamos finalmente a sancionar a través de
los tratados bilaterales de Estados
Unidos y su país. Entonces yo pienso que
eso es una nueva mirada, yo creo que hay
una desacreditación, y es muy
significativo que a raíz de todo lo que
ocurrió con la Guerra de Iraq, en muchos
países la sociedad civil organizada se
plantea la necesidad de tener un lugar,
un foco de crítica permanente a los
medios de comunicación para desmentir
manipulaciones, silencios,
semisilencios. Es muy interesante la
propuesta que se ha hecho en el Foro
Social Mundial de Porto Alegre, y que ha
sido después retomada en ciertos países,
de observatorios críticos, de
observación de los medios. Es un primer
elemento.
Un segundo elemento que muestra cómo ha
cambiado el panorama: ustedes se
acuerdan muy bien que en los años
setenta hubo toda una reivindicación de
un Nuevo Orden Mundial de Información y
de Comunicación. Esta reivindicación
estaba, digamos, apoyada por el
Movimiento de los Países No Alineados, y
fue un momento histórico importante. Es
verdad que estaba anclada también en la
idea del imperialismo cultural, pero es
la primera vez, también, que el llamado
Tercer Mundo ponía el dedo sobre
la desigualdad de los intercambios de
materiales de información, de cultura,
ciencia, etcétera.
Y es verdad, también, que después de la
retirada de Estados Unidos de la UNESCO,
y de Inglaterra –Estados Unidos de
Reagan y la Inglaterra de Tatcher,
regímenes ultraliberales–, se puede
decir que uno tenía la sensación de que
había entrado en un túnel, en un túnel
negro, donde finalmente se había apagado
la resistencia, las formas de
resistencia en todo este mundo de la
comunicación. ¿Por qué se tenía esta
sensación? Porque durante los años
ochenta y principios de los noventa,
hasta el 95 ó 96, se multiplicaron en el
mundo, y sobre todo en América Latina,
los regímenes que finalmente adoptaban
el modelo ultraliberal, con las
políticas de ajuste, etcétera, y durante
este período, muchos gobiernos que
estaban a favor del Nuevo Orden Mundial
de la Información y la Comunicación, se
retiraban.
Y, de repente, a fines de los años
noventa, hay una protesta, que muestra
que en todos los campos ya existe una
frustración, porque las promesas del
modelo ultraliberal tardan en realizarse
finalmente. Y es verdad que a partir de
fines del siglo pasado se han
multiplicado los debates
internacionales, a todos los niveles,
sobre la desigualdad de los intercambios
de la comunicación y de la cultura, de
tal manera que hoy mismo se abre en
Ginebra una Cumbre Mundial sobre la
Sociedad de la Información. Eso muestra
que, digamos, si podían hacernos tragar
muchas cosas a nivel
de las tecnologías, como si estas
crearan automáticamente la prosperidad,
el fin del subdesarrollo, etcétera, y la
democracia, hoy cada vez más gente en el
mundo se da cuenta de que estas promesas
son ilusiones y que hay que pensar
juntos un mundo solidario para salir de
este caos que ha creado el
ultraliberalismo.
R.G.:
El ultraliberalismo y la amenaza
económica se ven muy claras ahora, me
parece, para nosotros. No sé si logramos
que los demás lo vean exactamente así,
claro, pero para nosotros esa amenaza
económica, que es una amenaza
ideológica, que es una amenaza del modo
de vida, que es todo esto, ya es muy
evidente, y no es posible disimularla.
Se ha perdido, hoy, la ingenuidad de
creer lo que la propaganda nos ofrece.
Ahora la gente saca cuentas, y dice:
bueno, muy bonito todo esto, pero no
tengo comida, no tengo cómo vestir a mi
hijo, no tengo cómo mandarlo a la
escuela. Ha llegado a situaciones
extremas como el caso de Argentina, y
situaciones en las que se emplea el arma
directa, el bombardeo, el asesinato a
mansalva, de poblaciones enteras.
Pero yo no sé si la teoría, hoy, sigue
teniendo la misma validez, o habrá que
cambiar el discurso, así como han
cambiado los estatutos del debate, los
estatutos de la confrontación. Si la
teoría sigue siendo invariable, o habría
que buscar una manera de ir hurtando,
borrando un poco los neologismos.
Ahora, yo le pregunto si usted cree que
los abordajes teóricos que se están
haciendo sobre esta problemática tienen
eficacia, si llegan al contaminado de la
masa, a ese anónimo que consume
información, ya manejada, como una
especie de papilla ideológica, o se
puede seguir con esos mecanismos de
análisis. Si llega realmente, si la
gente se entera de qué va la cosa, si de
verdad tiene eficacia esta teorización
sobre estos fenómenos.
A.M.:
Mire, yo creo que hay una cosa que hay
que rescatar de los años sesenta y
setenta, momento en que surge en América
Latina... recuerdo el número de Casa
de las Américas sobre imperialismo y
medios de comunicación.
R.G.:
Y un número especial de la revista
Cine Cubano.
A.M.:
¿Cuál fue la fuerza, digamos, de esta
denuncia y de estos análisis? Yo
recuerdo mi artículo que abría ese
número, publicado en el 72, "La
industria cultural no es una industria
ligera".
R.G.:
Yo siempre le iba siguiendo los pasos.
A.M.:
Y entonces, lo que es interesante en esa
época es eso. En esa época éramos muy
maniqueístas, yo creo que lo que es
importante es que teníamos la convicción
de que había que abordar el problema de
la cultura, de las industrias culturales
y de la comunicación, abordarlos a
partir del punto de vista de la economía
política, es decir, tratar de ver los
mecanismos materiales, reconstruir las
redes, mostrar cómo funcionaban estas
industrias culturales y de información.
Yo creo que es importante. Yo creo que
es una herencia que evidentemente ha
prosperado desde esa época con, digamos,
más matizaciones; pero creo que una de
las tareas fundamentales —una
tarea a la cual usted aludía—, es
el gran problema hoy: la confusión a
nivel de la semántica, del vocabulario
que utilizamos. Y en este sentido yo me
atrevería a decir —porque sigo de
todos modos en el campo de los
resistentes—, yo pienso que el
neoliberalismo ha marcado puntos, ha
marcado puntos en lograr finalmente
vulgarizar un lenguaje, imponerlo y
hacerlo natural.
Yo tomaría dos términos —hay
muchos más— pero la palabra
globalización... Mire, cuando uno mira
la genealogía, el origen de este
lenguaje, es un lenguaje que viene del
campo del management, del
marketing, cuando se opera la
desregulación de las redes financieras y
de comunicación, a mediados de los años
ochenta. Entonces, la palabra
globalización y global, cultura global,
pertenecen a ese campo y,
progresivamente, sin que nos hayamos
dado cuenta, puebla, está en todas las
referencias, y es muy interesante ver
también la asimetría con la cual la
noción entró en diversos países.
Por ejemplo, yo creo que hay países
latinoamericanos que se adhirieron
rápidamente a la razón de globalización,
por ejemplo, México, por ejemplo,
Brasil, Chile. En Europa usted puede
también ver las asimetrías: por ejemplo,
en Europa se puede decir que, en España,
la palabra globalización entró mucho más
rápidamente que en Francia, a tal punto
que, en Francia, durante muchos años –yo
digo que la palabra globalización emerge
entre el 84 y el 85–, se puede decir que
en Francia la palabra mundialización es
una palabra que fue preferida. ¿Por qué
razón? La palabra globalización es una
palabra que remite a un proyecto de
reordenamiento
del mundo, es una visión sistémica,
podríamos decir cibernética; tiene un
presupuesto de reorganización alrededor
de un factor esencial, de un agente
esencial que se ha vuelto natural: el
mercado.
La palabra mundialización es una palabra
que no tiene esta omisión, refleja una
concepción de la extensión del espacio
geográfico, es una noción espacial,
mientras que la otra es una noción
geopolítica y geoeconómica. Este primer
neologismo ha provocado muchas
ilusiones; yo recordaría que la primera
vez que uno encuentra un discurso
crítico frente a la globalización fue en
el 97 ó 98, colocación de la crisis en
los países antiguamente comunistas, y
crisis también en América Latina y en
Asia. ¿Se entiende?
Yo creo que el problema, hoy, está
muchas veces en los términos que
utilizamos. Pero, progresivamente, los
sectores críticos han entrado a
torpedear la noción desde adentro. Pero
esto no impide que la noción haya
entrado por canales que hubiéramos
debido identificar antes. La segunda es
muy interesante, porque se discute hoy
en la Cumbre Mundial sobre la Sociedad
de la Información: es la noción de la
Sociedad de la Información. La noción
misma surge en los años cincuenta, como,
digamos, una alternativa a las
sociedades comunistas.
La Sociedad de la Información es una
sociedad posindustrial, es lo que ofrece
el mundo llamado libre al mundo para
salvarlo; mire cómo progresivamente se
ha utilizado. Los gobiernos europeos, de
los grandes países industriales, han
adoptado la noción a partir de los años
setenta, como zócalo de una política de
salida de la crisis política y
económica.
Pero mire lo que ocurre en la UNESCO
hoy, desde hace dos años. La UNESCO, a
pesar de haber creado hace tres años una
división sobre la Sociedad de la
Información, que se ocupa de estos
temas, de las nuevas tecnologías de
información y comunicación, y ahora, en
sus documentos, y en la última
Conferencia General de la UNESCO de
octubre de este año, fue renuente a
utilizar la palabra Sociedad de la
Información, y utiliza la palabra
Sociedades del Saber, o del
Conocimiento. Quiere decir que la noción
de Sociedad de la Información, que era
una noción global, globalizante, es
abandonada para mostrar que hay tantas
formas de apropiación de las nuevas
tecnologías de la información y la
comunicación, como culturas e
instituciones.
Yo creo que estamos entrando
progresivamente en un análisis donde la
noción de diferencia está calando hondo,
en un contexto donde el ciudadano
humilde, la gente de la calle, muchas
veces no tiene los instrumentos para ver
que este mundo es un mundo donde
realmente hay una lógica de un proyecto
de reordenamiento, porque mucha gente,
tanto en América Latina como en Europa,
percibe el mundo a partir de fragmentos.
El mundo desaparece fragmentado. En
Europa es muy claro eso. Por ejemplo,
hoy en día, cuando se discute sobre las
nuevas tecnologías, sobre el nuevo
orden, se habla del nuevo orden
tecnoglobal. Muy pocos establecen una
relación entre la avanzada de las nuevas
tecnologías y las reformas que se
discuten ahora en Europa en las
universidades, y, mire, hoy en día el
gran problema también de la construcción
de nuevas teorías es tratar de avanzar,
tratando de recimentar los fragmentos,
para encontrar la lógica que muchas
veces no llega a percibirse.
R.G.:
Esto de las palabras me recuerda un caso
que yo conozco muy bien, porque
frecuento mucho ese país, que es España.
En el período en que languidece —yo me
niego a decir que muere—, la dictadura,
en que languidecen las formas explícitas
de la dictadura, comienza una progresiva
modernización de la vida española, y
cuando usted está estudiando la prensa
de la época, lo que se hablaba en España
es de la modernidad, y todavía en España
ahora, que ya la democracia ha llegado a
otros puntos, pues de lo más que se
sigue hablando en España es sobre la
modernidad.
Recuerdo la ansiedad de los españoles
por ser modernos; ellos tenían como una
especie de déficit informativo, de
costumbres, de consumo, etcétera, por la
larga dictadura franquista, incluso en
ese período final en que se fue
cambiando la sociedad por la entrada del
turismo, por tantas cosas.
La ansiedad era ser moderno —ahora
estamos hablando de posmodernidad…—,
ellos tenían esa ansiedad, pero con esto
lo que estaban haciendo era
norteamericanizando la vida, era una
penetración que se disfrazaba en el
objetivo de ser moderno, de estar al
día. Y llegaron las grandes empresas,
que no habían entrado todavía de manera
tan explícita, y recuerdo en algunas
ciudades de España, sobre todo al Sur,
la resistencia a empresas como la McDonald’s, por ejemplo, de comida
rápida. En México he estado al tanto de
un movimiento muy interesante que hubo
en la ciudad de Oaxaca. Oaxaca se ha
opuesto a la instalación de McDonald’s,
pero se ha opuesto el pueblo, la ciudad
se ha movilizado y ha impedido que la McDonald’s, que ya había comprado un
espacio, en la plaza maravillosa de
Oaxaca, una plaza del siglo
xvi o
xvii, espléndida… Es curioso que
la M que identifica a esa empresa sea
también la de mamá, yo deposito al niño
allí para que coma, es comida juvenil,
es un ambiente supuestamente agradable,
juvenil sobre todo, juvenil y moderno.
Se ha opuesto y ha ganado el pleito, es
una cosa realmente novedosa.
España, con esa cultura culinaria,
asimiló violentamente la penetración de
McDonald’s y de otras casas de
distribución de comida rápida, y ahora
hay una vuelta a negarla, y a volver a
la comida típica o nacional —que es
suculenta, además—, que tiene sus
raíces, como la mexicana, muy sólidas.
Era la ansiedad por la modernización y
la globalización: bueno, me estoy
quedando lejos, no estoy globalizado, me
estoy quedando atrás, soy un viejo, lo
mío está empantanado aquí, yo quiero
estar al día…
A.M.:
Hay algo que toca un problema que se
remonta por lo menos a los años
cincuenta o sesenta. Es verdad que en la
primera época de las estrategias de
desarrollo —y eso tanto en
Estados Unidos como en la propia UNESCO—,
en los años sesenta y setenta, había una
sola palabra que valía: la
modernización. Todo lo que se hablaba en
esa época tenía que ver con la
sociología de la
modernización-desarrollo... ¿Cuál era
esa concepción? Era una concepción muy
vertical; es por eso que también surgió
en esa época la palabra imperialismo
cultural.
¿Cuál era la sociología de la
modernización? Era finalmente imponer,
difundir un modelo de desarrollo que
correspondía a la definición de lo
moderno, pero muy ligado al consumo de
los medios y al consumo sencillo, y es
verdad que la teoría disfuncional del
desarrollo estaba anclada en una llamada
teoría de la modernización. Y el gran
problema hoy, es que la llegada de las
nuevas tecnologías de información y
comunicación puede ser un momento, una
ocasión para reflexionar sobre la
relación entre democracia y tecnología,
aplicándose en la educación, en la
salud, etcétera. Porque también las
nuevas tecnologías pueden ser una
coartada
para renovar, para reciclar la noción de
modernización. La modernización es, en
este caso, la fascinación por el mundo
técnico, sin reflexionar sobre la
necesidad de pensar los modos de
apropiación de la tecnología en cada
sociedad. Es exactamente el reto que
debe enfrentar la Cumbre Mundial sobre
la Sociedad de la Información. Hay
gobiernos que piensan las nuevas
tecnologías en términos de las viejas
teorías de la modernización, es decir,
finalmente la tecnología lanzada en
paracaídas.
R.G.:
Ahora, usted está en Cuba para alegría
nuestra en estos días, está en un paraje
particular de la confrontación política,
incluso militar, etcétera. En estos días
se está viviendo un drama que ocurre en
Cuba, pero no es cubano, que es la Base
Naval de Guantánamo, donde se ofrece un
tratamiento bestial a la gente que está
allí detenida, concentrada, y es un
crimen, realmente, que se ha comenzado a
denunciar con cierta fuerza. También
está visitando un país que vive un
bloqueo —nosotros lo llamamos bloqueo;
ellos, embargo—, pero que es una
historia ya demasiado larga, y que ha
evidenciado su inutilidad, puesto que no
ha rendido los dividendos que esperaban,
¿no? Todo para destruir un gobierno
diferente, un gobierno que se propuso
una vida diferente, y en estos momentos
en la ONU hubo un debate si se debe o no
mantener este bloqueo, que al que
bloquea no le ha dado los resultados que
esperaba, y el gobierno que se pensaba
cambiar —y usted vivió la experiencia de
la Unidad Popular—, no ha cambiado, y
sin embargo está gravitando fuertemente
sobre la vida de la población, creando
realmente situaciones engorrosas,
dramáticas. ¿Usted qué piensa de esto?
A.M.:
Mire, yo creo que el país que está a
favor del embargo, y de la continuación
del embargo es fundamentalmente Estados
Unidos, porque la actitud de la Unión
Europea, en su mayoría, por lo menos, es
desde hace años la de desbloquear la
situación, porque hace el mismo análisis
que usted. Es decir, finalmente es
contraproducente y hace sufrir a toda
una población. Digamos, es una política
que no me parece, como usted decía, que
rinda resultados.
Yo
voy a agregar otra cosa, porque usted me
ha planteado otra pregunta al principio,
sobre la prisión de Guantánamo. Yo creo
que sí hay un problema; es una situación
que está siendo denunciada en todo el
mundo, y evidentemente por Cuba, ya que
a ustedes les concierne de cerca.
Pienso que es una situación totalmente
extra legal, que escapa a toda
legalidad, pero es la otra cara, oculta,
de la reacción de Estados Unidos después
de los atentados del 11 de septiembre de
2001. Si uno mira el cuadro de la
legislación de excepción —si como
tal se puede hablar de legislación—,
de los decretos de excepción, comprende
que hay una nueva situación donde la
excepción se vuelve la regla. Hay dos
elementos que son interesantes: el hecho
de retener personas que no tienen
nombre, porque no se les trata como
prisioneros de guerra; no se sabe cómo,
son terroristas, pero a la vez, cómo
entrarlos en el marco legal, no los
dejan entrar. Si son juzgados, es por
tribunales militares con abogados
asignados.
Esta vertiente, que es extrema, tiene,
digamos, una vertiente que es cotidiana.
Mire las medidas que se han tomado desde
el 11 de septiembre de 2001. Primero
vino el decreto Patriot; el decreto
Patriot era permitir, en un país que se
jacta, que se vanagloria de las nuevas
tecnologías, de ser el país del free
flow o free information,
digamos, el decreto Patriot es permitir
a las agencias de seguridad que entren
finalmente en las computadoras
personales. El segundo cambio es la
creación de –es la primera vez que
ocurre desde la fundación del Pentágono
en 1947– un nuevo ministerio, que se
llama el Ministerio de la Overland
Security, y, dentro de este marco,
de un proyecto que lleva bien su nombre,
que se llama Total Information
Awardless, es decir, vigilancia
total en materia informática. Y es muy
interesante ver que la persona que se
hace responsable de ese proyecto, que
está en manos de una agencia del
Pentágono, que rige todas las
innovaciones técnicas, la persona que es
responsable, es el vicealmirante
Poindexter, condenado en el escándalo de
armas que se llamó Irán-contras, en los
años de Reagan.
Entonces, yo creo que el problema real
hoy, con la administración Bush, es
precisamente que la noción de seguridad
está empapando cada vez más la manera en
que se enfocan los problemas del mundo.
La traducción fue la intervención en
Iraq, a pesar de las advertencias, por
ejemplo, de países como Francia, incluso
de países como Rusia, etcétera, y de
otros países latinoamericanos.
El gran problema hoy es que hay una
tensión en el reordenamiento del mundo,
entre, digamos, una esperanza de que la
gente ve los problemas de manera más
obvia que en los años sesenta y setenta,
que vamos a lograr con las nuevas
tecnologías a lo mejor
más solidaridad; y por eso son las
discusiones de Ginebra de esta semana;
pero por otro lado hay esta lógica que
avanza, y de la cual no se discute en
los organismos internacionales. Por
ejemplo, en Ginebra no se va a hablar de
la aplicación de las nuevas tecnologías
a lo que se llama la cultura de la
seguridad, o la segurización de los
medios. Si hay un dominio que es muy
polémico en la Cumbre Mundial sobre la
Sociedad de la Información, es el
problema de la seguridad mundial, de la
seguridad de las redes mundiales, que
puede justamente justificar la regresión
de los derechos individuales.
R.G.:
Ojalá la gente entienda un poco estas
cosas. Ojalá lleve a que interiorice
estas cosas, yo no sé. Por ejemplo, yo
conozco poco Estados Unidos, y no tanto
para opinar. Cuando he estado allá es
siempre en plan de trabajo, y no tengo
una idea de su cultura tan profunda como
merecería, pero yo no sé si el
norteamericano promedio, al cual le han
llevado a la psiquis una mentalidad de
estado permanente de guerra, pueda
entenderlo... Prácticamente, es un país
que siempre tiene una guerra. Ya sabemos
que la industria armamentista lucra con
esto y necesita guerras, pero parece que
el ciudadano promedio, parecería, por
las encuestas, por los niveles de
popularidad de un presidente cuando es
un hombre fuerte, etcétera, pues la
impresión que se tiene es que ha
interiorizado la circunstancia que se
tiene de ser ciudadano en un país de
guerra.
A.M.:
Se
sabe muy bien de toda una generación de
pensadores latinoamericanos que
criticaron esta expropiación de la
palabra América por Estados Unidos. Es
verdad que el hecho de que Bush haya
logrado crear un cierto consenso, es
único en el mundo; incluso en Inglaterra
no hubo este consenso, hubo una gran
protesta por parte de la ciudadanía. En
España igual, incluso si su servicio
público estaba al servicio de los
servicios de Aznar. Es preocupante ver
que un país de este tamaño, que pretende
finalmente llegar a ser la única
superpotencia, tenga esta base de
opinión pública. El problema es que es
tan fuerte la presión de este país
profundo, que uno ve que los grupos más
críticos, o deben callarse, o
interiorizan la autocensura. No piensan
como Bush, pero tienen dificultad para
hacer pasar su mensaje. La situación de
Chomsky es ejemplar. Claro que Chomsky
tiene un nombre, un apellido, es famoso,
entonces no se le puede expulsar de
Estados Unidos.
R.G.:
Como el caso de Gore Vidal. Él, como
novelista, es un hombre que influye
mucho y que ha ganado un espacio propio,
pero son excepciones.
A.M.:
Son excepciones, pero, mire, incluso
para un palestino como Edward Said, que
era un palestino muy interesado en la
suerte del Próximo Oriente, que trabajó
en las universidades..., ¿cuántos
docentes que proceden del Próximo
Oriente han tenido que callarse so pena
de ser expulsados? Es el gran problema.
Es verdad que no se puede tener una
visión tampoco apocalíptica de Estados
Unidos, pero es verdad que la opinión
general es preocupante. Es verdad
también que en Estados Unidos
paralelamente hay unas élites que
piensan como usted y como yo; el gran
problema es hacer emerger esa fuerza
para que pueda incidir en los proyectos
de Estados Unidos, en un contexto más
emancipador.
R.G.:
Yo agradezco muchísimo este rato que nos
ha dedicado. Su tiempo es precioso, y ha
sido, maestro, una lección, una clase
magistral sobre temas que nos apasionan
como cubanos, en los que estamos
implicados —quieran o no, el más de
derecha de los cubanos es
antimperialista—, es normal, porque nos
va en la sangre, estamos jugándonos la
supervivencia del país y le agradezco
mucho que nos haya dedicado este tiempo.
Muchas gracias.
A.M.:
Yo le agradezco también haber hecho esta
entrevista en el ICAIC, porque nosotros
la primera vez que estuvimos en Cuba,
Michelle y yo, fue como miembros de la
primera delegación de cineastas y de
intelectuales chilenos que venía en
ocasión del ascenso de Salvador Allende
como presidente.
R.G.:
Momento esperanzador, aquella época.
A.M.:
Para nosotros el ICAIC representaba un
foco de reflexión a través del cine
cubano.
R.G.:
Bueno, muchas gracias, maestro.
Diciembre de 2003
Por la izquierda.
Veintidós testimonios a contracorriente.
Selección y prólogo de Enrique Ubieta
Gómez. Ediciones ICAIC-Editorial José
Martí, 2007
ARMAND MATTELART
(Bélgica, 1936). Sociólogo. Entre 1962 y
1973 residió en Chile, donde publicó, en
colaboración con el sociólogo chileno
Ariel Dorfman, el libro que lo lanzó a
la fama, Para leer al Pato Donald.
Comunicación de masas y colonialismo
(1971). Profesor catedrático de Ciencias
de la Información y de la Comunicación
de la Universidad de París VIII.
Presidente del Observatorio Nacional de
Medios de Francia.
REINALDO GONZÁLEZ
(Ciego de Ávila, Cuba, 1940). Narrador,
ensayista y periodista. Premio Nacional
de Literatura 2003. Entre sus obras,
destacan las novelas: Siempre la
muerte, su paso breve (1968),
Primera Mención del Concurso Casa de las
Américas y Al cielo sometidos
(2000), Premio Italo Calvino; los
ensayos Contradanzas y latigazos
(1983) y Cine cubano, ese ojo que nos
ve (2002), entre otros. Durante once
años dirigió la Cinemateca de Cuba. |