|
Rigoberto López:
Danny, creo que sería bueno que nos
dijera algo sobre su origen. Cuéntenos
de su familia y de cómo ella influyó en
su decisión de convertirse en actor. Yo
sé que en su ciudad se sintió la
influencia de la lucha por los derechos
civiles y que estaba consciente de las
posibilidades que tenía al convertirse
en actor.
Danny Glover:
Bueno, ahora que soy más viejo para
reflexionar sobre mi vida..., todo
empieza con mis padres. Mis padres ya
fallecieron y pensar en ellos siempre me
hace sonreír por el legado que me
dejaron. Primero que todo, el gran amor
hacia mí y hacia todos sus hijos, cinco
hijos, un amor increíble. Pude
observarlos en una parte muy importante
de sus vidas, cómo envejecieron y
también cómo actuaron en un contexto
social determinado. Quizás por ser yo el
mayor, pude percibirlos mejor en ese
entorno social. Mis padres eran gente
sencilla. Procedían de un ambiente
sencillo y humilde. Mi madre nació en
una zona rural pobre de Georgia, de
campesinos pobres. Mi abuela materna era
comadrona. Mi abuelo materno era
campesino, un campesino pobre. Vivió
hasta los noventa y nueve años y trabajó
hasta la edad de noventa y cuatro. Mi
padre y la otra parte de la familia
provenían del Medio Oeste, y si uno
entiende los patrones del movimiento y
la migración afroamericana, sabe que
ellos dejaron el Sur por temor a la
intimidación y a la falta de
oportunidades. Ellos emigraron hacia las
grandes ciudades del Medio Oeste, a
lugares como Chicago, en la Costa Este,
como Pittsburgh y New York, y a Texas y
a otros
lugares más al Oeste. Mi padre vino de
Kansas City. Su vida fue parte integral
de la dinámica cultural cambiante que,
al mismo tiempo, se producía para los
afroamericanos. Así que por un lado
tengo un padre que vino del Medio Oeste
y lo que me trasmitió de su origen fue
la música, el sonido variado de la
música popular, la música americana y
como expresión la música de los
afroamericanos, del blue al jazz. Sin
embargo, mi madre vino del Sur y fue la
primera de toda su familia en graduarse
de la universidad y emigró al Norte, a
New York, donde se conocieron en 1944,
ya muy avanzado el año 44. Cuando se
conocieron, mi padre estaba destacado en
el Servicio Militar, y una de sus
primeras citas fue ir a bailar y a
escuchar un discurso de Adam Clayton
Powell Jr. Mi padre fue destacado en la
Costa Oeste, primero en Los Ángeles y
luego fue licenciado del Ejército en San
Francisco. Así que allí estaba esta
pareja joven en el proceso de empezar su
vida lejos de su casa y sus orígenes, en
un lugar nuevo, un lugar muy diferente
con respecto a otra gran parte del país.
San Francisco era un bastión de la
política progresista, de izquierda. Y no
es que se pudiera identificar a mis
padres como gente izquierdista en
sentido estricto, pero eran trabajadores
y respondieron favorablemente a un
ambiente que, en cierta forma,
consideraba los intereses de los
trabajadores, entre quienes se había
configurado una Unión de empleados
costeros que era, inicialmente, de raza
blanca, pero que ahora iba a
convertirse, principalmente, de raza
negra por muchos años, y mis padres se
situaron al inicio de ese proceso y
trabajaron mucho. Yo viví eso, en cierto
sentido. Yo pude ver a mis padres actuar
en un contexto muy político y social a
través de su Unión e hice conciencia y
comencé a asimilar esa actuación siendo
niño. Además, su Unión era parte de un
movimiento mayor por los derechos
civiles, el de los afroamericanos.
R.L.: Sí, pero, ¿por qué, en ese
contexto, decidió ser actor?
D.G.: Yo no decidí convertirme en actor,
lo que yo había decidido ante esos
hechos, el movimiento por los derechos
civiles y mis padres, fue encontrar
alguna forma de ayudar. Si iba a
trabajar con jóvenes o en servicio a la
comunidad –esa era mi idea, así
me veía– o si iba a ser maestro. Mi
madre fue preparada para ser maestra.
Entonces, yo decidí antes, no sé
exactamente cuándo, pero decidí que iba
a prestar algún servicio, hacer algún
trabajo para aportar, como nosotros lo
llamamos. Así lo hice y fui a la
universidad y me gradué en Economía, y
me especialicé en Teoría de Precios y
también en Economía Urbana, e hice
algunos estudios de Sistemas
Alternativos de Economía. Eso ocurrió a
finales de los sesenta. Ese momento es
un punto decisivo también. Cuando
matriculé en la universidad, en el San
Francisco State College, en 1967, había
un incipiente movimiento de arte negro.
También se producía la radicalización de
lo que había comenzado como movimiento
por los derechos civiles. Mucha gente
que había pertenecido al Comité
No-violento de Coordinación de
Estudiantes incidió en el despegue
radical del movimiento tradicional por
los derechos civiles, que se estaba
radicalizando de una forma diferente.
Estaba, entonces, no solo ante la
radicalización del movimiento
estudiantil, del que yo formaba parte,
sino también ante la radicalización de
la comunidad a la que pertenecía,
incluyendo al Partido de las Panteras
Negras, con el que estábamos muy
relacionados. Así que todo esto
conformó, en general, mi toma de
conciencia y mi propia existencia en el
área de la Bahía de San Francisco.
Entonces, por casualidad, a través de
una invitación de la organización
estudiantil
del San Francisco State College pude
conocer a Amery Baraka, quien visitó
nuestra facultad. En ese momento él era
un poeta destacado, para muchos era la
voz más importante de este nuevo
movimiento de arte negro.
R.L.: Creo que está clara su conciencia
con respecto a la responsabilidad del
actor, del artista para con la sociedad
y que tiene sus raíces en esos tiempos.
D.G.: Sí, seguro que tiene sus raíces
allí. La primera vez que me subí a un
escenario tenía veinte años. Nunca antes
lo había hecho. Nunca antes había estado
ante el público, excepto en el programa
de la iglesia. En mi iglesia yo sostenía
la rama de palma los Domingos de Pascua.
Era lo único que había hecho relacionado
con enfrentar al público y no había
referencia de que en mi familia se
hubiese hecho teatro, o referencia de un
cineasta, ni de un artista, ni nada de
eso; eran personas que trabajaban, que
se satisfacían con el hecho de
levantarse cada mañana, utilizar sus
manos y alimentarse. De ahí es de donde
yo vengo, y siempre he estado muy unido
a ello. Tuve la fortuna de que mis
abuelos aún vivieran cuando yo tenía
cuarenta años, y de que siempre hubiese
un vínculo continuo con mis raíces.
Ayer, en la "Universidad para las Artes"1 decía
que mi bisabuela, la madre de mi abuelo
materno, que nació hace ciento cincuenta
años, me había cargado en sus brazos
cuando yo tenía dos años y ella noventa
y seis.
R.L.: ¿En ese tiempo tuvo algún artista,
algún paradigma, que le estimuló para
emprender su carrera?
D.G.: Creo que, fuéramos artistas o no,
todos fuimos conmovidos por la gran
figura de Sidney Poitier. Creo que sí,
todos queríamos ser actores, queríamos
caminar como Sidney, la forma en que él
caminaba...; queríamos ser como Sidney.
Él transformó la idea que se tenía sobre
los actores negros. Y, por supuesto,
antes de eso era el gran Paul Robeson.
Fue la persona a la que admiré
desde que yo era adolescente, alguien
que inspiraba. Paul Robeson era venerado
en la comunidad negra, la gente negra
tenía sus discos, la gente de la
generación de mi madre y de mi padre
sabía quién era ese hombre. Tenían sus
discos y lo escuchaban.
R.L.: Estoy seguro de que aquellos a los
que Paul Robeson inspiraba, hoy van a
estar muy orgullosos de usted. En
conclusión, usted es un gran actor y
quiero preguntarle: ¿cómo elige cada
personaje y una vez elegido cómo se
prepara para interpretarlo?
D.G.: Es la parte fascinante de eso. Uso
todo lo que tengo disponible. Le aporto
mi propia experiencia, la empatía que
siento por el personaje. La verdadera
cuestión de actuar es la forma de
presentación de la actuación, y cómo uno
se sumerge en el personaje, encontrando
formas en que el personaje se proyecte.
Cuando interpreté a Mandela leí sus
cartas personales, las que le escribió a
Winnie y viceversa, y aproveché otro
ángulo: resulta que el cumpleaños de
Mandela es a tres días del mío, tenemos
el mismo signo zodiacal, así que traté
de imaginarme, traté de vincular sus
sentimientos con los míos, en ciertas
cosas que él confesaba en sus cartas. Se
convirtieron en mis sentimientos y no
solo por eso, sino por el hecho de que
hay procesos similares por los que todos
pasamos. Él fue activista estudiantil,
yo también y, antes de eso, estuvimos
involucrados en movimientos. Así que,
¿cuál era mi relación con su vida? Me
apoyé en eso, tratando de entender,
creando una presencia de él, tocándolo
de alguna forma, y sintiendo que
cualesquiera que fueran sus pensamientos
eran los míos también. Eso es tener
algún tipo de empatía con el personaje;
esa es una de las formas de hacerlo, de
prepararse. Cuando me preparo para
Beloved, miro fotos, cada fotografía
que puedo encontrar y me trato de
imaginar a la gente, y leer en los ojos,
en el alma de la gente, mi gente que ha
emergido de la esclavitud, de la
oscuridad de ese largo período. Trato de
hallar alguna forma de relación con eso
a través de las imágenes que vi. Trato
de relacionarme con mis abuelos, y
empiezo a recolectar, a recordar cosas,
pequeñas cosas sobre mis abuelos, que
llegaron a los noventa y nueve años, es
decir, que nacieron en 1895, mi abuela,
y en 1892, mi abuelo. Trato de recordar
y recolectar la mayor cantidad de
información sobre mí mismo como una
extensión de ellos. Recuerdo cuentos que
mi abuelo me hizo, a pesar de que él
nació una generación después del momento
histórico de Beloved. Quería
encontrar alguna forma en que yo pudiera
reflejarme en el personaje, en las cosas
sencillas, en objetos y ropas,
encontrando cosas que se ponía, la
sensación de que, en el momento, estoy
enajenado en el personaje. El olor y
todo lo que uso, hasta si la ropa
aprieta, son importantes para mí cuando
actúo, así que la preparación comienza
con el material de lectura. Debo de
haber leído cuatro veces Beloved
y cada vez que lo hice tuve otra manera
de sentir el libro, la historia, las
fotos, otro concepto de la esclavitud,
sentí de otra manera las voces de las
personas. En la Biblioteca del Congreso
existen grabaciones de voces y
entrevistas con ex esclavos, a mitad de
los años treinta, en el treinta y cuatro
y treinta y cinco. Yo tengo esas
grabaciones y escucho las voces de los
esclavos y escucho la música y el ritmo
no solo para escuchar algunas
palabras... Cuando trabajamos en algo,
como directores, como artistas, como
actores, los sentidos se agudizan de
cierto modo y yo trato de encontrar
todas las formas que me sitúan en ese
momento. Incluso cuando leí el libro de
nuevo traté de buscar –de una manera muy
subjetiva– formas en que mi personaje,
su motivación y su comportamiento, se
reflejaran en mi hogar (en un momento
dado). Cuando uno lee una gran novela,
es que, a través de ella, ves parte de
ti mismo.
R.L.: Pero, ahora estoy, por ejemplo,
recordando cuando hizo el papel de un
asesino, un asesino en serie. ¿Cómo
preparó el papel?
D.G.: Lo que hice fue muy interesante,
busqué una forma, leí todo lo que pude
sobre asesinos en serie. Leí libros
sobre ellos, leí testimonios, leí
historias en libros de gente que
investiga sobre asesinatos en serie, y
una de las cosas de que me enteré es que
ellos son sumamente asequibles. Había
algunos cuya gran energía era muy
seductora. Suelen ser muy comunicativos.
Eran hombres, principalmente hombres,
muy lisonjeros. Uno nunca sabría, no
llevan un cartel que dice: "soy un
asesino en serie", y los que están en la
lista "A" de los asesinos en serie, los
que nunca son atrapados, uno nunca lo
sabría, no podría darse cuenta de que
son asesinos en serie. Los que son
atrapados son los asesinos en serie "B",
pero no los de la lista "A". Así que
traté de encontrar una forma de
penetrar, y de estar concentrado y
enfocado de alguna manera con mi
personaje. Entonces empecé con los
movimientos, a través de la técnica de
Pilates, para poder concentrarme y luego
ponerle música. Hay un cierto tipo de
ritmo que tiene la gente y traté de
encontrar la música, así que estaba
fascinado cuando escuché Equanots,
de John Coltrane, bueno, la oí muchas
veces por lo que tengo una coreografía,
tengo el movimiento, el movimiento
eterno, y todas esas cosas se juntan y
uno se mueve hacia Equanots; y
uno vuelve a nacer de una forma
distinta, el objeto nace, el objeto nace
desde la punta de los pies a la cabeza;
y entonces encuentro cómo llegar ahí,
encuentro una forma de llegar ahí para
sumergirme en eso y después, claro, soy
capaz de alejarme de todo aquello al
final del día o de la película.
R.L.: En el sentido de la trascendencia,
¿cómo valora películas como Silverado
y El Color Púrpura?
D.G.:
Bueno, frecuentemente yo escojo mis
papeles por la trama. Paulo Freyre, que
escribió Pedagogía del oprimido,
dice que hay una cierta relación entre
el opresor y el oprimido, y que
rompiendo esa relación se liberan tanto
el uno como el otro, aunque,
frecuentemente, es el oprimido el que
inicia ese proceso. Con frecuencia
tienes que usar conceptos ideológicos
más generales para poder comenzar a
concentrarte en las especificidades. La
actuación es especificidad, no la
generalización de lo específico; pero
así uno empieza a entender esa dinámica
con que uno trata con el opresor y con
el oprimido, en los términos más
básicos, en los más generales. Ahora,
¿cómo se manifiesta eso en el
comportamiento y en qué momento el
"Señor Mi Personaje" participa en su
propia liberación? ¿Cuáles son sus
conflictos? ¿Cuáles son sus necesidades
que le impiden ponerse en una posición
donde él está listo para liberarse de su
propia tortura y lograr su liberación?
¿Dónde se produce eso? Y, ¿dónde están
esos dos lugares en el estudio? Esa es
la otra parte, cuando se empieza a
asesorar a los actores en las
generalidades y en las especificidades.
¿Dónde está el comportamiento? ¿Dónde
puede ser encontrado en algún tipo de
acción, de interacción humana que
sugiera que hay capacidad de amar, que
sugiera que esta capacidad de amar
significa que necesita encontrar amor de
alguna forma? Y en un principio sentí
que en su relación con Shug Avery
expresa su deseo de ser amado... Esa es
una gran falta en su búsqueda. ¿Qué hace
él ante la negación de ese amor o su
imposibilidad para recibir ese amor?
¿Qué le pasa? ¿Cómo es su
comportamiento? ¿Cómo se manifiesta su
fracaso en este sentido? ¿Cómo, de
alguna forma, incluso, siente
remordimiento o culpa por su fracaso?
Todas esas son las cosas que se hacen
cuando se compone un papel; y se
encuentran momentos en que te das cuenta
de que hay otra persona dentro de lo que
uno considera ese ser brutal que usa sus
manos, pero las usa de forma tal que él
mismo no se da cuenta del uso de ese
poder que él mismo está tratando de
encontrar en busca de otra cosa. Así que
lo que yo hice fue darle al personaje
trazos muy humanos de carácter, y lo
otro es el contexto histórico en el que
vive; 1909 es un contexto histórico,
como sabemos, donde las mujeres no
tenían derecho a votar en Estados
Unidos; así que el enfrentamiento a su
tormento personal en el contexto
histórico en que vive, me provee del
esquema en que yo enmarco el
comportamiento del personaje.
Y en Silverado, de otra forma.
Vamos a hablar de Silverado, es
una versión romántica del Oeste y la
gente entiende quiénes son a través de
la ficción y el romanticismo de lo que
son. Lo que Silverado me dejó
hacer fue convertirme en una parte de
esta romantización del Oeste, en ese
sentido; también porque escribió la
historia del Oeste en forma de mito, me
dio la oportunidad de ser parte de ese
mito de forma significativa, de una
forma activa, no alguien secundario,
sino una parte activa.
R.L.:
Usted es una gran estrella, pero también
es una estrella afroamericana. Nosotros
conocemos el trabajo de Denzel
Washington, por supuesto, y el éxito de
Hally Berry, por ejemplo. Considerando
su importante presencia en Hollywood,
¿significa eso que está cambiando la
visión hacia los afroamericanos y sus
posibilidades de desarrollar personajes?
¿Cuál es la dinámica en las películas de
la actualidad con respecto al papel de
los afroamericanos? Usted comentaba
antes acerca del poder. ¿En las nuevas
tramas, las reglas son otras? Puede ser
un médico, un abogado; pero usted tiene
un análisis muy interesante para mí, la
dinámica del poder en ese tipo de trama.
Quisiera saber, ¿cuál es su punto de
vista sobre la realidad actual de los
actores afroamericanos y sus papeles en
la industria cinematográfica de Estados
Unidos?
D.G.:
Hay muchos aspectos que tratar en esa
pregunta. En lo que respecta a la
imagen, ha habido modificaciones o
cambios en la imagen de los
afroamericanos, si lo comparamos con lo
que sucedía hace cincuenta años; y, si
uno mira atrás, esos cambios son muy
notorios con respecto a la imagen que se
daba de los afroamericanos hace
setenta y cinco años. La razón de esos
cambios es el resultado de grandes
batallas que se han librado, no
necesariamente en la industria
cinematográfica, en la industria de la
que soy parte, sino batallas que se han
librado a través de una dinámica civil
cambiante, una dinámica social
cambiante. Los afroamericanos y otras
personas de color han exigido que esas
imágenes cambien. Como Frederick Douglas
dijo una vez: "El poder nunca cede a las
exigencias", el poder cede ante las
imágenes cambiantes y tenía que ceder
ante esas imágenes cambiantes debido a
los diferentes cambios históricos que
sucedieron en el país y en el mundo. Uno
no podía continuar haciendo esos papeles
de mayordomos, criadas y niñeras cuando
la gente estaba definiendo su propia
historia a través de movimientos de
liberación alrededor del mundo, ya fuera
en África, en el Caribe o donde fuera,
tenía que haber algún cambio; y como
resultado de eso también los
afroamericanos estaban cambiando la
dinámica de su propia relación dentro
del entramado social de Estados Unidos.
Así que esos cambios eran inevitables
hasta cierto punto, por lo que vamos a
tener eso en cuenta. Pero, ¿esos cambios
modifican significativamente la
organización del poder en el mundo y
dentro de la industria? Si tú supieras
que no. Entonces, esos cambios deben
conducir ahora hacia un cambio en, como
yo le llamo, las relaciones de poder
dentro de una trama. Una trama está
llena de valores, de relaciones,
relaciones que definen quién es el
subordinado y quién es el que determina
lo que pasa dentro de la trama. En eso
consiste la trama, no vamos a quitarle
valor a eso en ningún sentido; y es
importante ver la evolución de la trama
en el producto final de la película y
también en su evolución, en el proceso
de su realización. Por ejemplo, si uno
analiza lo que relata la nueva película
de Russell Crowe, basada en un capitán
británico que está luchando contra los
franceses. Si uno la analiza, ¿en qué se
hace hincapié? ¿qué valores se destacan?
Pues en el liderazgo, ¿verdad? Pero
también en cierta hegemonía y en el
imperio; y el hecho de que en una
película se refuerce el concepto de
imperio y de la autoridad blanca, una
película que aparece en este tiempo en
particular, cuando el tema del imperio
es objeto de discusiones candentes y el
tema de la dominación y de la autoridad
blanca también lo es, significa que una
película como esa es un intento de
reforzar o preservar esos valores en
particular: autoridad, liderazgo y
hegemonía. Claramente esto es lo que
hace la película y, frecuentemente,
películas históricas hacen eso porque
pueden darles a las personas un contexto
de quiénes son; no en un sentido
ficticio sino también una imagen de
quiénes son en este momento del siglo
xxi. O sea, que les deja ver
quiénes eran en el pasado y cuáles
fueron sus logros en el pasado y les
permite traducirlo en su propio
sentido..., ¿qué palabra usar?..., de
convicción, o... de su derecho a la
autoridad, esas son las palabras. El
sentido del derecho a la autoridad es
algo que uno no cuestiona. El amo
tiene derecho a hacer lo que quiera con
el esclavo. Es así. Él no somete eso a
discusión, es el esclavo el que lo hace
y quien lo fuerza a cambiar. El sentido
general del derecho a la autoridad es
muy fuerte y es sugerido en películas,
en la diplomacia política, en lo que se
discute y en cómo las personas se
relacionan entre sí. Hay un sentido del
derecho a la autoridad, aunque ella los
deje sentarse a la mesa, hay un sentido
del derecho a la autoridad que la Reina
de Inglaterra siente frente a todas las
naciones de la Mancomunidad; la mayoría
de ellos son personas de color. Es un
país pequeño de alrededor de cincuenta
millones de personas que siente el
derecho a la autoridad sobre el Sur de
Asia, India, Pakistán, Ghana, Nigeria y
las Islas del Caribe, y en todas partes.
Así que ella se sienta allí y ellos no
cuestionan su derecho a la autoridad,
pero ese es el resultado de las
relaciones que ella tiene con ellos, que
para siempre los reduce a ser sus
subordinados.
R.L.:
Bueno, esta pregunta se refiere al
presente. La realización de su última
película, el...
D.G.: The Woodcutter fue la
última película que hice.
R.L.: Esta película trata sobre los
vietnamitas, los veteranos de Viet Nam.
El ejército de Estados Unidos hoy ocupa
Irak, ¿cree que la repercusión de la
Guerra de Viet Nam continúa en la
conciencia social de la gente?
D.G.: Definitivamente continúa. Muchas
fueron las cicatrices que esa guerra
dejó. La Segunda Guerra Mundial fue una
lucha contra el fascismo; la Guerra de
Viet Nam, la mayoría de nosotros
entiende claramente que su naturaleza
fue una lucha contra la soberanía
nacional. La gente de Viet Nam quería la
soberanía nacional, simplemente. Querían
tomar sus decisiones basados en sus
necesidades, no basados en las
necesidades ni aspiraciones de un poder
extranjero. Los vietnamitas habían
luchado por la soberanía nacional, como
todos sabemos, contra los chinos, los
franceses, los japoneses, luego de nuevo
contra los franceses y ya, al final,
contra Estados Unidos. La guerra de Viet
Nam fue eso, por lo que de alguna forma
fue la primera de muchas guerras, y
cuando digo la primera es porque el
involucramiento de Estados Unidos en
ella fue a principios de los cincuenta.
La guerra en Viet Nam había continuado a
finales de los cuarenta después de que
los japoneses fueron derrotados, y los
franceses –siguiendo un llamado de
urgencia de Estados Unidos– intentaron
restablecer su control sobre Viet Nam.
Entonces esa guerra fue el principio de
un proceso que quería obstruir la
liberación nacional, el sentido de
nacionalidad de personas que acababan de
salir del colonialismo. Eso fue la
guerra, gente que había salido de las
garras de la dominación colonial. Esa
guerra fue eso. Pero jóvenes
afroamericanos, jóvenes de dieciocho
años, jóvenes latinos, jóvenes blancos
pobres que fueron a esa guerra, no
tenían nada que ver con esos propósitos
de dominación. Ellos fueron a la guerra
y lucharon allí y muchos murieron en la
guerra y muchos regresaron con el trauma
de esa guerra, con las cicatrices de la
guerra, las cicatrices de la crueldad de
la guerra, regresaron con cicatrices
físicas que tenían otra causa, un
conflicto
en el que se usaron extensivamente armas
químicas por primera vez y ellos se
dañaron físicamente debido al uso de
esas armas. Así que esta trama trata
sobre un hombre que se ha retirado de
esto, se ha retirado debido al trauma de
la guerra, que había terminado para él.
Una vez luchó en la batalla, esta había
terminado, recibió una herida y ahora su
vida real comienza, tratando de
adaptarse y encontrar un lugar y
reinsertarse en la sociedad. Sobre eso
trata la trama, sobre aquellos hombres y
mujeres a los que les resulta difícil
reinsertarse en la sociedad.
R.L.: Usted ha visto varias películas
cubanas. ¿Cuáles son sus percepciones
sobre las posibilidades de que el
público norteamericano se interese por
las películas cubanas?
D.G.: Bueno, si tú supieras, eso depende
mucho de cómo abordemos su
disponibilidad. Yo recuerdo que la
primera vez que vi películas cubanas fue
hace más de veinticinco años, casi
treinta años, fue la primera vez que vi
una película cubana. Estaban disponibles
de alguna forma, a pesar del bloqueo,
estaban disponibles por el tipo de
intercambio cultural que existía. No
solo había películas cubanas sino de
toda América del Sur. Vi películas
brasileñas, veinticinco..., treinta años
atrás, vi películas argentinas,
colombianas, bolivianas, vi películas de
muchos países, más películas mexicanas,
etcétera... Pero lo que está pasando es
que no solo ha habido un bloqueo
específicamente diseñado contra las
películas cubanas, sino un bloqueo
contra todas las películas por la
dominación y hegemonía que las películas
norteamericanas han impuesto en el resto
del mundo. La cuestión es que las
películas norteamericanas, la cultura
norteamericana no permite que otras
películas lleguen. Específicamente, no
permite que lleguen las películas
cubanas por la naturaleza de este
bloqueo. Pero podemos argumentar que lo
que está pasando es que hace veinticinco
años, quizás, el público norteamericano
se había acostumbrado a entender a otras
personas, otras culturas, a través de
sus películas, películas que pueden
ofrecerle a la gente la oportunidad de
decir, ¿quiénes son?, ¿quién soy? Les
ofrece la posibilidad de decir: "Este
soy yo, no lo que tú crees que yo soy,
sino quién soy realmente." Esto es lo
que las películas
y la cultura tienen la posibilidad de
hacer; y viendo quiénes son, a lo mejor,
hay alguna otra forma en que uno pueda
aceptar quiénes son y honrarlos y honrar
no solo quiénes son sino su pasado y su
historia. Esas pudieron haber sido las
posibilidades, en cierto momento, en ese
muy especial momento. Pero, para
empezar, el costo y la competencia de
realizar películas, la competencia de
otros tipos de recreación se han
disparado en Estados Unidos tanto que
tienen que encontrar otros mercados en
los que puedan obtener ganancias.
Entonces lo que esto ha hecho es
limitar, o de alguna manera reducir las
industrias nacionales cinematográficas
alrededor del mundo. Esas películas no
entran en Estados Unidos. Las mejores
películas que vi eran comedias italianas
o películas españolas. Ya yo no veo esas
películas. Yo solía ver películas de la
India, de Asia del Sur, ya no las veo.
Esas películas estaban disponibles para
el público. Y el espectador tenía una
idea clara de que uno era solo parte de
un entramado mucho mayor del mundo, el
entramado del mundo. Yo solía ver
películas británicas y, de repente, en
cierto momento, dejé de verlas. Entonces
eso es lo que está ocurriendo con la
industria cinematográfica. Hay tanto que
aprender sobre otras personas y
culturas, pero estamos denegando el
acceso a ese aprendizaje en el último
cuarto de siglo. Si hubiésemos tenido
esa posibilidad, quizás cuando empezamos
a ver a la gente y a estereotiparla,
hubiésemos tenido más capacidad para
entenderla y mirarla y considerarla como
igual; porque cuando uno asimila la
cultura y el pasado ajenos, uno los
considera como iguales, no como
subordinados. Y una película,
ciertamente, nos brinda sorpresas y
oportunidades para verlo así. Si hay
algún medio que pueda hacer eso, es el
cine.
R.L.: Sí, es cierto. La realidad de hoy
es el poder hegemónico de la industria
cinematográfica de Hollywood y creo, por
supuesto, que la diversidad cultural
puede ser la solución...
D.G.: Es un comienzo...
R.L.: ...a ese problema.
D.G.: Pero, al mismo tiempo, esa
industria es tan insidiosa que se devora
a sí misma, se come a sí misma. Yo
recuerdo haber vivido en Nueva York y
tener la oportunidad de actuar en todo
tipo de obras, en lugares pequeños,
teatros pequeños, auspiciados por
donaciones y por individuos, el aprender
mi oficio de artista haciendo proyectos
de teatro en sótanos... Ya eso no es
posible; entonces lo que está pasando es
que esa vía que permitía al artista ver
una serie de obras de teatro, con
diferentes tramas, ya no existe. El gran
paradigma son las grandes producciones
de Broadway que cuestan un millón de
dólares aquí, las grandes producciones
de Broadway que se alimentan de ellas
mismas, de tal forma que las otras cosas
que había para que la gente viera, ya no
existen.
R.L.: Sí. Bueno, de esta misma forma
usted está preparando un proyecto sobre
Toussaint Louverture y sobre la
Revolución Haitiana. Por supuesto,
nosotros sabemos de la trascendencia de
esa Revolución, pero me gustaría oír sus
comentarios acerca de por qué quiere
hacer ese proyecto.
D.G.: Bueno, creo que es importante el
vernos o el reenergizarnos con las
ideas de la resistencia. Si uno mira
atrás comprende que la gente ha marcado
sus propias transiciones, sus propios
valores, la preservación de su propio
sentido, su cultura, a través de su
resistencia. Si uno va a Sudáfrica, uno
puede ir caminando y alguien puede
decirte: "Ahí fue donde se enfrentó el
ejército africano; allí mismo, en
aquella loma, y esto fue lo que
pasó...", o "ahí fue donde el ejército
zulú se enfrentó y esto fue lo que
pasó...", o "ahí fue" –en Ghana– "donde
el ejército ashanti tuvo una gran
batalla contra los británicos que
trataban de colonizarnos", o "ahí fue
donde los vietnamitas lucharon en tal
momento". Entonces, la gente restablece
su identidad a través de su resistencia
y creo que es importante establecer –a
pesar del trauma y del inmenso dolor que
nos provoca la esclavitud, por los que
fueron esclavizados y por todos los que
fueron víctimas y que fueron asesinados
y murieron en el campo de batalla–, que
hubo un momento en que estas personas se
resistieron y que, en su resistencia, se
reprodujeron y crearon otra posibilidad,
no solo para ellos mismos sino para el
resto del mundo. El espejo de la
Revolución Haitiana, brilla...,
se extiende. Se extiende a la Revolución
Cubana contra los españoles, a las
guerras que vivieron los ashanti, a las
guerras de liberación que ocurrieron en
África, ya fuera en Mozambique o Guinea
Bissau, Angola, Zimbabwe. La idea de la
resistencia en la Revolución Haitiana de
cierta forma desmitificó el concepto de
la supremacía blanca. Tomó a las
personas y las ayudó a verse en otro
plano.
R.L.: Ayer y hoy, tuvo un encuentro muy
interesante con los estudiantes del
Instituto Superior de Arte y de la
Escuela Internacional de Cine y
Televisión. Siempre explica la
responsabilidad del artista en este
mundo. Usted no es solo un artista y un
ciudadano de Estados Unidos, sino del
mundo. Me gustaría escuchar su opinión
sobre la responsabilidad de desarrollar
valores éticos en las personas, para
transformarlos en personas mejores; y
¿cuál es su parte en ese proceso?, ¿qué
les toca a los actores, a los artistas,
en general?
D.G.: Bueno, primero que todo, pienso
que la historia del desarrollo humano
está categorizada por fuerzas que
responden a un sentido de mayor
desarrollo y por fuerzas que intentan
estancarlo o, de una forma amplia,
tratan de romper ese sentido de mayor
desarrollo humano y de entendimiento. Yo
creo que en cada hecho, que en cada cosa
que nos puede pasar como seres humanos,
el deseo de entender más es fundamental.
El entender más sobre nosotros mismos y,
consecuentemente, entender más a los que
nos rodean... Creo que eso es
fundamental, es una parte de la
posibilidad de organizar la interacción
social. Hay un deseo definitivo de
asimilar eso cuando nos sobreponemos a
nuestros miedos. Y el asimilarlo, de
alguna forma, significa que debemos
tener una compasión inmensa y una enorme
capacidad de amar, lo que el Dr. King
llamó una especie de amor inocente.
Debemos tener una capacidad enorme para
eso y dominar o asimilar nuestro miedo a
eso de cierta manera, un miedo que viene
junto con el deseo de hacerlo; y no hay
forma de que alcancemos el siguiente
nivel, el siguiente paso, el siguiente
salto para encontrar la parte más humana
nuestra, nuestro elemento más humano sin
asimilar la idea de compasión y
aceptación de los que nos rodean; y eso
es la diversidad. Aceptación de la
diversidad es que todas las tramas son
tramas principales, no hay tramas
secundarias,
todas son tramas principales, no hay
tramas dominantes. Entonces todas ellas
alimentan y se convierten en
instrumentos de la textura humana, lo
que nos hace lo mejor que podemos ser,
los seres humanos más ilustrados. Y
tenemos que hacer eso donde estamos
porque podemos perder la batalla contra
la ignorancia, contra la subvaloración
a otras personas y su existencia y su
historia de quiénes son en su vida. El
artista tiene la increíble tarea de
buscar formas en que él pueda elevar la
experiencia humana. En realidad creo que
el Arte es entender la dinámica humana y
elevar la experiencia humana, eso es lo
que es el Arte, ciertamente es entender
la dinámica humana y elevar la
experiencia humana...
Diciembre de 2003.
Por la izquierda.
Veintidós testimonios a contracorriente.
Selección y prólogo de Enrique Ubieta
Gómez. Ediciones ICAIC-Editorial José
Martí, 2007
DANNY GLOVER
(San Francisco, Estados Unidos, 1946).
Actor. Activista por los derechos de los
afroamericanos y de las minorías en su
país. Conocido internacionalmente por su
participación en el filme Arma letal
junto al actor Mel Gibson y su secuela,
y por filmes de más vuelo artístico como
Silverado
o El color púrpura, entre otros
muchos.
RIGOBERTO LÓPEZ
(La Habana, Cuba, 1947). Cineasta.
Multipremiado documentalista, entre
otras obras, por su muy conocido Yo
soy del son a la salsa. Obtuvo
importantes reconocimientos con su
primer largometraje de ficción, Roble
de olor, en 2004. Presidente del
Comité Organizador de la Muestra
Itinerante de Cine del Caribe.
|