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Omar González:
Ignacio Ramonet es español de origen,
aunque nació en Marruecos y reside en
Francia. Ha participado en algunas de
las iniciativas más importantes surgidas
a raíz de la extensión de ese fenómeno
que se conoce como la globalización en
su vertiente neoliberal. Entre esas
iniciativas fundamentales estaría, sin
lugar a dudas, la transformación de
Le Monde Diplomatique, el cual
dirige, en un medio imprescindible para
la orientación y la exposición del
movimiento de la Alterglobalización; el
surgimiento de ATTAC, que es un proyecto
de carácter económico pero también de
vocación social, al cual yo le pediría
que se refiriera después; el surgimiento
del Foro Social Mundial en Porto Alegre,
con su expresión ya en todos los
continentes, incluso con foros
nacionales en muchos países; el
Observatorio Global de los Medios, que
sin propósitos de fiscalización da
seguimiento al comportamiento de los
medios masivos en todo el mundo. Y ya de
cara al próximo Foro Social Mundial en
Porto Alegre se viene hablando del
Manifiesto Alternativo, que se resume
un poco en un párrafo que ha circulado
mucho y que ha sido escrito por usted
últimamente y que se conoce como
“Resistir... contra qué debemos estar y
qué debemos apoyar”. Es una síntesis,
digamos, de un conjunto de ideas
fundamentales porque al movimiento
contrario a la globalización neoliberal
o crítico de la globalización neoliberal
también se le acusa de cierta utopía, de
cierto eclecticismo. Quisiera que usted
se refiriera, para comenzar, a estas
alternativas, a su impacto real y a las
posibilidades de cambiar el mundo hacia
otro mejor.
Ignacio Ramonet:
Sí, nosotros habíamos propuesto este
eslogan de “otro mundo es posible” y de
ahí surge la palabra esta:
altermundialización (al otro mundo que
es posible); en realidad todo este
movimiento se produce a mediados de los
años noventa, cuando de una manera clara
parece que hay una nueva fuerza, una
nueva dinámica que está dominando un
poco la vida internacional y que no hay
conciencia clara de las características
de esa dinámica, es decir, un poco como
alguien que estuviese enfermo y que sabe
exactamente de qué sufre pero no sabe
cómo se llama la enfermedad y qué es lo
que ha causado esa enfermedad. Y
entonces, en un primer tiempo, digamos a
partir del 95, nosotros empezamos a
movilizar a una serie de intelectuales,
de pensadores, de periodistas, también
profesores, en torno a Le Monde
Diplomatique, nuestro periódico,
para tratar de identificar las
características de esa dinámica que
llamamos hoy globalización, pero que no
sabíamos cómo se llamaba en aquella
época. Una cosa que se ha olvidado es
que la globalización liberal no tenía
nombre hace diez años, es decir, era un
fenómeno que se aplicaba, pero que ni
siquiera se sabía nombrar y,
evidentemente, si no se sabe nombrar
algo es mucho más difícil poder
describirlo, poder identificarlo y poder
combatirlo, poder criticarlo.
Entonces, la primera fase fue
identificar el fenómeno, describirlo un
poco como haría un naturalista de
ciencias de la observación, que va a
describir primero el fenómeno y la pura
descripción ya es una manera de
encadenar con una reflexión diferente.
La segunda fase fue, en definitiva, de
crítica de esta globalización. Nosotros
habíamos creado una organización, es
decir ATTAC, con la idea de que era
posible frenar la globalización,
movilizándose. Era posible tener unas
cuantas ideas que permitían en
definitiva atacar el corazón mismo del
motor de la globalización. El motor es
la financiarización de la
economía, el paso hacia una economía
financiera, un capitalismo financiero,
diferente del capitalismo industrial.
Luego en Seattle comienzan las grandes
protestas, protestas contra
instituciones que hasta entonces eran
instituciones poco conocidas del gran
público –porque son instituciones muy
técnicas, que han tenido la discreción
de mantenerse fuera de la visibilidad
mediática–, por ejemplo, la Organización
Mundial del Comercio, que poca gente
conocía, únicamente unos técnicos
conocían, pero el
gran público no sabía lo que era la
Organización Mundial del Comercio.
Evidentemente, hay organismos más
conocidos, sobre todo en América Latina,
como el Fondo Monetario o el Banco
Mundial, pero, a pesar de todo, no
siempre se sabe cómo funcionan y
entonces lo que tiene de interés esa
primera protesta en Seattle, es que se
hizo contra una Cumbre de la OMC. Fue
una manera de mostrar que las diferentes
decisiones capitales para el mundo de
hoy no la toman los gobiernos, sino que
la toman instituciones que no se conocen
en definitiva, como la OMC, y eso
confirmaba lo que nosotros veníamos
diciendo hace tiempo: que la
globalización significaba sencillamente
que había ahora por encima de los
gobiernos una especie de gobierno
supranacional que es el de estas
instituciones, el Fondo Monetario, el
Banco Mundial, la Organización Mundial
del Comercio, la OCDE. Estas
instituciones son las que dictan,
marcan, el cuadro donde se van a
realizar las políticas. Entonces Seattle
es una manera de popularizar la denuncia
acerca de esto, que luego se multiplica.
La tercera fase, en la medida en que las
protestas se multiplican en todas
partes, se producen enormes
manifestaciones de masas contra esta
situación ya con actos de violencia en
Gotemburgo, por ejemplo, Suecia, o bien
en Florencia, donde hubo el primer
muerto de la globalización, el primer
muerto de la alterglobalización, en
Québec, donde prácticamente se
militarizan estas reuniones, surge
la necesidad de responder a la crítica
que se nos empezó a hacer, que
finalmente la alterglobalización solo
sabía protestar. Bueno, se sabía
criticar a la globalización, pero no se
proponía nada nuevo, entonces ahí surgió
esta tercera fase, que es la idea de
pasar de la protesta a la acción.
En Porto Alegre había una experiencia
municipal muy original, porque el
Partido de los Trabajadores, que estaba
gobernando la ciudad desde hacía
prácticamente un decenio, había puesto
en práctica allí una cosa que se llama
presupuesto participativo y había
creado un tipo de gobierno de la ciudad,
que hacía a la población realmente
partícipe de la gestión de la ciudad, y
a nosotros nos pareció que esa ciudad,
por eso, era emblemática. Primero,
porque era una ciudad del Sur y,
segundo, que era una ciudad con una
experiencia de una democracia de nuevo
tipo, y la idea también que tuvimos fue
hacer el Foro Social de manera simétrica
al Foro Económico Mundial, que tenía
lugar en Davos; le llamamos Foro Social
como respuesta al Foro Económico y el
hecho de hacerlo al mismo tiempo
obligaba en cierta medida a los
dirigentes, a los periodistas, a
escoger: o iban a escuchar a los amos
del mundo, o venían a oír a los pueblos
del mundo.
Y la idea era esa, que el Foro fuera un
poco la primera asamblea planetaria de
la humanidad, es decir, donde por
primera vez la gente del planeta, no los
gobiernos o los estados que están
representados en la ONU, sino la gente
representada por asociaciones,
sindicatos, grupos de acción, etcétera,
vinieran, se congregaran y denunciaran
su experiencia de vida sometidos a la
presión de la globalización. Esta era la
idea y el Foro empezó a funcionar a
partir de 2001 con un gran éxito y
también con la idea de que no solo hay
que venir a decir cómo la globalización
afecta nuestras vidas, sino también qué
tipo de soluciones se han encontrado
contra la globalización, qué tipo de
soluciones han encontrado los mineros
bolivianos, las mujeres africanas o bien
los campesinos indios para contestar a
la globalización. Que se constituyese
allí una especie de catálogo del tipo de
iniciativas surgidas de la base, que han
podido, que pueden frenar la
globalización. Entonces, con estas tres
fases teníamos ya una identificación muy
seria del fenómeno, una práctica de la
protesta contra el fenómeno que se había
extendido de manera planetaria y también
una especie de centro-laboratorio
de reflexión sobre las medidas a tomar,
el embrión de lo que podría ser un
catálogo de cambios necesarios para
humanizar la globalización, o para
destruir en cierta medida la
globalización, evidentemente excluyendo
la violencia, en cualquier caso.
Este año, efectivamente, el Foro
regresa, después de haber ido a Bombay
el año pasado, regresa...
O.G.:
¿Qué tal fue la experiencia de Bombay?
I.R.:
Yo diría que fue muy interesante, porque
es una manera de mostrar que el Foro no
es propiedad de un continente, no es
propiedad de un país, sino que el Foro
es efectivamente una experiencia
planetaria y es una manera también de
hacer que las masas y...
O.G.:
Pero yo tengo la impresión de que tuvo
menos repercusión que otros años... y
que, no sé, se sacó el Foro de donde más
falta hacía.
I.R.:
Personalmente yo era partidario de que
el Foro se mantuviese en Porto Alegre,
porque se había creado casi hasta una
marca. Porto Alegre tenía una
significación en sí y además de
una ciudad significaba un movimiento,
pero hay que aceptar la idea de que
mantener el Foro permanentemente en un
solo lugar era también una manera
fragmentaria de ver el fenómeno de la
alterglobalización y que al transferirlo
a Bombay el objetivo era que un área
como Asia, con toda su capacidad de
protesta, se sumase al fenómeno de la
alterglobalización, al fenómeno de la
crítica de la globalización. También hay
que darse cuenta de que al hacerlo
repetidamente durante tres años en Porto
Alegre, de hecho habíamos sumado a la
protesta prácticamente a toda América
Latina, digamos, a una gran parte de
Europa, a una parte importante de
EE.UU., pero a muy poca gente de
África y a muy poca gente de Asia y, por
consiguiente, era necesario que hubiese
este desplazamiento. De hecho Bombay fue
sobre todo un Foro Social indio, pero
India es la sexta parte de la humanidad,
son mil millones de habitantes con
inmensos problemas y, en cierta medida,
el hecho de que la mayoría de los
sindicatos, de las asociaciones, de los
grupos de acción, de los activistas de
toda la India viniesen a Bombay, se
encontrasen entre ellos, viesen la
capacidad que hay de protestar y se
articulasen con todos los que estaban
allí presentes, procedentes de América
Latina, de Europa, de América del Norte,
de África, era un triunfo.
Es una manera de darse cuenta de que la
protesta, al igual que la globalización,
es planetaria, la alterglobalización
tiene que ser planetaria. Este año
regresa de nuevo a Porto Alegre; la idea
es que este año en Porto Alegre se
consiga precisamente hacer este
manifiesto alternativo. La idea es:
consigamos lo que el movimiento necesita
hoy, es un programa de acción
alternativa, un catálogo, es decir,
cuáles son las quince medidas que hay
que tomar, y que de Japón a California,
y de Noruega hasta Tierra de Fuego, todo
el mundo va a defender.
Independientemente de las acciones que
tal o cual grupo tengan y que son
específicas a ese grupo, cuáles son las
quince medidas, las veinte medidas que
todo el mundo va a defender: la
supresión de la deuda, la instauración
de una tasa internacional, la creación
de un protocolo a favor del agua
potable, en fin, una serie de medidas
que partan de un consenso masivo en
favor de soluciones que sí pueden
cambiar concretamente el mundo hoy.
O.G.:
Realmente cuando surge el Foro la
situación era muy confusa por todo lo
que había sucedido en el mundo, en
Europa, en Europa del Este en
particular, en la Unión Soviética, el
derrumbe de aquel socialismo, esa
implosión que se produce, no sin
hostilidad del imperialismo, porque la
hubo y la sigue habiendo con cualquier
experiencia socialista. Pero en aquel
momento de incertidumbre, de
desorientación, realmente el Foro y
todos los movimientos con las
iniciativas que fueron surgiendo para
enfrentar la globalización neoliberal
cumplieron un papel fundamental, y hoy
en día hay una concientización sin lugar
a dudas muy grande, y dentro de los
medios mismos con el advenimiento de las
nuevas tecnologías de la información,
con el uso de la Internet ha surgido un
amplísimo panorama de medios
alternativos. ¿Cómo valora usted la
eficacia de estos medios y la
construcción de estas redes? Pensar en
red, pienso yo que es un principio
esencial de nuestra época.
I.R.:
Yo creo que es muy importante eso.
Nosotros no hubiésemos podido organizar
estos movimientos con esta amplitud y
con esta fuerza sin recurrir en
definitiva a los medios alternativos, es
decir, en particular a las redes que
Internet permite. No solo Internet,
porque en América Latina, por ejemplo,
las radios comunitarias son muy
importantes, permiten movilizar a mucha
gente y nosotros también pensamos que
siguen siendo muy importantes los
encuentros personales, es decir, los
mítines, las conferencias, los debates
en público. Eso sigue siendo muy
importante, pero si no
hubiese existido el correo electrónico,
si no hubiese habido la posibilidad de
crear sitios de Internet que reboten y
extiendan las consignas, la información
sobre todo y los documentos, que
permitan la movilización, esto no se
hubiese evidentemente conseguido.
Nosotros, cuando empezamos a reflexionar
sobre cómo lanzar el primer Foro Social
Mundial, nos dimos cuenta de que si no
existía evidentemente ninguna tradición,
si aún no se había hecho nada, ¿por qué
la gente iba a ir a Porto Alegre?, ¿para
ver qué? Fue muy importante crear un
pórtico en Internet, crear información,
alimentarla y hacer que las redes se
empezaran a instalar. Pero también hay
que decir que este aspecto muy positivo
de la organización no está reñido con
algunos defectos, porque por esas redes
circula mucha información que no siempre
es fiable, que no siempre es confiable.
Por otra parte, también la información
es sobreabundante en la red. Es muy
difícil saber si tal información que yo
estoy recibiendo por Internet tiene una
mínima garantía de veracidad, porque
existen muchos elementos, y a veces
elementos paranoicos en términos de
teoría del complot; o sea, digo que en
los propios medios que critican a la
globalización aparecen a veces
informaciones muy dogmáticas o muy
elementales o muy maniqueas, que pueden
circular y no siempre esto es positivo,
lo que sigue siendo positivo es que
enfrentemos la realidad muy concreta,
conozcamos la realidad como es.
O.G.:
Y para las masas más explotadas Internet
es todavía un sueño, hay mucha gente que
no tiene acceso.
I.R.:
Claro, sabemos, por ejemplo, que menos
del 2% de los usuarios de Internet están
en África, que hay muy poca posibilidad
en América Latina también, que
representa como el 5,5% de los usuarios
de Internet. Más del 75% de los usuarios
de Internet están en los tres polos de
desarrollo del mundo: América del Norte,
la Unión Europea, Japón, Taiwán, Corea
del Sur. Fuera de esos tres polos hay
muy pocos usuarios del Internet.
O.G.:
Usted mencionó África... ¿Cómo se da
este fenómeno de alterglobalización en
África?
I.R.:
Bueno, en África existe un potencial muy
importante. El año pasado estuve, por
ejemplo, en el Foro social del algodón
que se organizó en Malí, en Bamako, la
capital de Malí. En África ha
habido varios foros sociales. Hubo uno
en Addis Abeba, otro en Dakar y la idea
es que el año próximo –en la medida en
que los foros sociales ahora son
pendulares, es decir un año en Porto
Alegre y al año siguiente en otro lugar
del mundo y luego regresen de nuevo a
Porto Alegre–, en el 2006, el Foro
Social se haga en un país africano, que
no se sabe muy bien cuál va a ser, si es
un país árabe, si es un país del África
Negra, del Sur, hay una discusión en
este momento, pero que tenga lugar en
África, porque evidentemente en África
probablemente existen las situaciones
más contrastadas del mundo hoy en día,
donde las injusticias son mayores.
O.G.:
Es fundamental, porque África es una
especie de continente olvidado incluso
por parte de la izquierda, por una parte
de la izquierda que no lo incluye en su
discurso, que no lo conoce bien. ¿Qué
espacio ocupa la cultura, el arte, en
este movimiento en general? ¿Qué opinión
le merece eso?
I.R.:
Es un movimiento que siempre ha
concedido a la cultura un espacio
importante, porque evidentemente las
cuestiones económicas, las cuestiones
sociales son capitales, pero la cultura
hoy es una parte de la economía, es
decir, hay que ver que todo lo que es
cultura de masas, ocio, consumo de
información, etcétera, lo que llamamos
cultura, cada vez tiene menos el sentido
de cultura sabia, digamos, cultura de
elite, cultura clásica.
Hoy día la cultura es esencialmente el
gran consumo cultural por medio de los
medios masivos de comunicación, y
encontramos que la cultura y la
comunicación están muy mezcladas, porque
se producen por los mismos medios (...)
Esta dimensión está muy presente en todo
el movimiento alterglobalización, con la idea de que
es necesario defender las identidades
culturales de los pueblos, defender las
lenguas, es decir, la cultura en el
sentido etnográfico de la palabra. Por ejemplo,
en América Latina todo el movimiento
indigenista forma parte de esta
preocupación de que las culturas aun
minoritarias sean preservadas, pero
también con la idea de que la
comunicación, que la información sean
también preservadas, que no seamos
informados exclusivamente por aquellos
que
tienen interés más bien en
desinformarnos, que en informarnos. Eso
es una preocupación muy importante.
O.G.:
Eso lleva también a la idea del
pensamiento único, ¿no?, muy
desarrollado por usted.
I.R.:
Bueno, yo había propuesto ese concepto
en esa fase en la que estábamos tratando
de identificar, digamos, cuáles eran las
características del adversario. Yo había
propuesto que se le llamase a eso "el
pensamiento único" y esa expresión tuvo
una cierta buena acogida. En realidad,
el pensamiento único es lo que llamamos
hoy la globalización, es decir, es esta
idea de que solo existe una manera buena
de pensar, una manera útil de pensar,
una manera práctica de pensar, una
manera moderna de pensar y que esa
manera moderna de pensar consiste en
aceptar el catálogo de las ideas de la
globalización, en la economía
neoliberal, en el trabajo, en la
práctica.
O.G.:
¿Se correspondería con un actuar único?
I.R.:
Un actuar único. Algunos han llamado a
esto el consenso de Washington, este era
el pensamiento único.
O.G.:
La gente baila con la misma música, ve
los mismos programas de televisión...
I.R.:
Claro, la globalización es la
globalización de la cultura también.
O.G.:
Y se expresa fundamentalmente en eso, de
esa manera y económicamente por supuesto
en la final. Yo tengo también la
percepción, y quisiera conocer su
criterio, de que el imperialismo cada
vez va comprobando más que sus métodos,
estos métodos subliminales, o estos
métodos de hegemonismo, de subordinación
directa por los medios masivos, por la
coacción económica, por el libre
cambismo, por lo que fuere, pudieran ser
métodos, digamos, que transitan de una
manera no aparentemente violenta, pero
que entrañan una gran violencia desde el
punto de vista humanista y social. Está
también marcando la pauta de otras
formas, o recurriendo a otras formas de
implantar su poder mucho más violentas y
brutales, como son ya las agresiones
directas, la doctrina por ejemplo de la
seguridad nacional en EE.UU.,
las guerras preventivas, lo que ha
sucedido con Afganistán y con Irak,
muchas guerras sordas de las cuales
nadie tiene noticias.
Eso también ante la izquierda sitúa un
problema. Si los métodos que se están
empleando se corresponden siempre con la
táctica que sigue el imperialismo para
aplicar su estrategia, ¿usted descarta
en todos los casos el uso de la
violencia revolucionaria?
I.R.:
Yo pienso que, efectivamente, la
globalización hasta ahora avanzaba en
dos frentes: en un frente, digamos,
económico, con la idea de imponer en
cualquier país un único método económico
de funcionar, es decir, abriendo las
fronteras, instaurando privatizaciones,
reduciendo el presupuesto del estado,
suprimiendo todo lo que es el sector
público a favor del sector privado, todo
lo que es, digamos, el estado en favor
del mercado, todo lo que es colectivo en
favor de lo individual. Este es el
enfrentamiento en el frente económico y
prácticamente hay muy pocos gobiernos en
el mundo que hayan resistido a este
método. Entonces, tenemos el segundo
frente, la idea de que hay que
persuadirse y hay que persuadir de que
este método económico es el bueno. La
idea es: cómo conseguir que la gente en
definitiva acepte su propia esclavitud,
cómo hacer que la gente consienta
voluntariamente y participe en su propia
explotación y que sea feliz, esa es la
idea. El segundo frente es el mediático
o ideológico y allí toda la campaña
consiste evidentemente en transformar lo
que llamamos globalización en un
fenómeno que ellos llaman de
modernización; que en la época actual
todo el que piense de otra manera es
arcaico, está pensando en soluciones que
han fracasado con la Unión Soviética. Lo
único que tiene sentido es esta versión
moderna de la economía. Los medios de
comunicación a escala planetaria venden
hoy esa idea, la hacen avanzar a todo
nivel. Este era el segundo frente.
Ahora, efectivamente, desde el 11 de
septiembre se ha abierto un tercer
frente, que es un frente militar, porque
frente al estallido de una especie de
hiperviolencia, el núcleo central de la
globalización –en particular EE.UU., pero también Gran Bretaña,
muchos países que están en la coalición
en Irak– ha dicho: es necesario que la
globalización se dote ahora de un brazo
armado, porque ya no basta con la
persuasión ideológica, hay que tener un
brazo armado y en definitiva hay una
forma de guerra
para establecer esta situación.
Evidentemente no se dice que este es el
objetivo, el objetivo es "combatir el
terrorismo", o el objetivo es "luchar
contra las armas de destrucción masiva"
etcétera, pero no podemos no observar
que también como objetivo está el que
esos países se rindan y acepten el
fenómeno de la globalización. Entonces
ha surgido esta violencia por las dos
partes, primero ha surgido el
hiperterrorismo y... no sé si eso se
podría calificar de violencia
revolucionaria, yo no la calificaría de
violencia revolucionaria...
O.G.:
De ninguna manera...
I.R.:
De ninguna manera. Y por otra parte la
hiperviolencia de la hiperpotencia, con
la guerra preventiva o la destrucción,
digamos, de los objetivos civiles
etcétera, en una perspectiva de guerra
total. Esto hace que, por ejemplo, un
movimiento como el de
alterglobalización, se mantenga
convencido de que hoy día, en nuestras
sociedades, en todo caso en muchos
países, la gente no esté dispuesta a
adoptar la violencia como un medio de
transformar el mundo, porque quienes
están usando la violencia hoy día, sea
la red Al-Qaeda, o EE.UU., los
dos son modelos contrarios y es
precisamente lo que no hay que hacer y
¿qué es lo que observamos?, observamos
que en definitiva la teoría...
O.G.:
Pero, bueno, hay una resistencia
también..., en Irak, por ejemplo, que no
hay que confundir con el terrorismo.
I.R.:
Hay una resistencia que es muy difícil
de distinguir...
O.G.:
Que tiene de todo, es un poco ecléctica.
I.R.:
Tiene de todo, exacto. Y hoy día, por
ejemplo, en la resistencia que tiene
muchas facetas en Irak, es muy difícil
para un observador establecer la
diferencia que hay entre una resistencia
de carácter nacionalista y una que se
sume al movimiento de lo que es el
Islamismo Radical, en la medida en que a
veces la resistencia nacionalista –que
es evidentemente el motor principal en
Irak, de eso estoy convencido– se nutre
de la capacidad movilizadora del
Islamismo Radical.
O.G.:
Yo creo que el caso de Iraq es también
la respuesta a una acción tan brutal,
tan descarnada, no solo de invasión, de
ocupación, sino de crimen cotidiano, que
las formas que se emplean tocan también
esos límites y se mueven en ese
contexto, mucho más cuando no hay
evidentemente una organización de esa
resistencia.
Yo quisiera proponerle venir a un país
como Cuba, tocar el tema de Cuba. Usted
tiene nexos, yo diría que de muy larga
data con nuestro país, con la Revolución
Cubana, con la cultura cubana. Además,
su tesis de doctorado versó sobre el
cine cubano hasta los años 70, ¿no?
Fue amigo, conoció muy bien a Alejo Carpentier, a Alfredo Guevara, a otros
intelectuales cubanos. Tiene también una
identificación y una comunicación con el
presidente Fidel Castro. Yo quisiera
preguntarle: ¿cómo se produce esa
relación con Cuba? ¿A partir de qué
motivación y cómo se mantiene esa
fidelidad?
I.R.:
Es bastante sencillo, si digo que la
mayoría de las personas de mi generación
evidentemente se interesaron por razones
biográficas en la Revolución Cubana. Hay
que darse cuenta de que cuando la
revolución se produce en el 59, es un
fenómeno muy original. ¿Quién era Fidel
Castro? Estábamos ante una figura un
poco particular de la vida política y
revolucionaria, ante un fenómeno que se
salía de las rigideces de la Guerra Fría
y lo podríamos comparar con lo que
significa en estos últimos años alguien
como el subcomandante Marcos, es decir,
alguien que inmediatamente atraía la
simpatía de todos aquellos que no
querían verse prisioneros de la
alternativa que imponía la Guerra Fría
al final de los años cincuenta.
No podemos olvidar que este fenómeno
revolucionario se produce contra una
dictadura que tenía una imagen
absolutamente espantosa a escala
internacional, y que la prensa
norteamericana, incluso, juega un papel
en la popularización de la lucha aquí.
La entrevista de Fidel Castro con
Herbert Mathews para el New York
Times tuvo una enorme repercusión a
escala internacional, presentando a los
que entonces llamaban los barbudos como
unos Robin Hood de los bosques, cuyo uso
de la violencia era precisamente muy
diferente, que no tocase nunca a los
civiles, un uso de la violencia
exclusivamente reservado al
enfrentamiento con el adversario
militar, pero con una gran generosidad
con respecto a los prisioneros, a los
adversarios, un gran respeto al
campesinado en la medida de que lo que
se consume se paga, etcétera.
Toda esta ética del comportamiento
revolucionario, cuando lo comparamos con
lo que ocurre hoy, con los degüellos en
público,
con los atentados en lugares públicos,
contra inocentes, las tomas de rehenes
en las escuelas... Es decir,
evidentemente estamos hablando de un uso
de la violencia política con una
voluntad en definitiva de que no salga
de unos límites, que son los límites del
enfrentamiento y que en ningún caso
toque a la sociedad con la situación de
hoy. Yo tenía en aquella época unos
quince años, era un adolescente, el
interés por la revolución era un interés
muy general, muy generalizado y además
esta revolución inmediatamente se
planteó proyectos que aparecían como muy
generosos, como la alfabetización, por
ejemplo, un proyecto que inmediatamente
adhiere, como la reforma agraria,
sabiendo lo que eran los campesinos y la
situación del campesinado, no solo aquí,
sino en el resto del mundo.
Usted recordaba antes que yo viví en
Marruecos, la colonización se termina
allí en 1956, en el momento en que
empieza aquí la lucha. En el 56 es el
desembarco del Granma, en
Oriente, por consiguiente hay la idea de
que un país no es soberano solo porque
es independiente, es soberano cuando sus
habitantes disponen de cierta soberanía,
en definitiva, y no cuando están los
habitantes sometidos a una feudalidad.
Entonces, esta es una idea que la
revolución empieza a producir, la
revolución produce una gran reflexión
teórica sobre su propia acción, en
particular Fidel, pero también Che
Guevara, evidentemente, con lo que esto
significa de capacidad de extender este
modelo a otros lugares. Es una época en
la que hay muchas guerrillas, no solo en
América Latina sino también en África,
porque África se estaba liberando en ese
mismo momento: final de los años
cincuenta, principios de los 60.
Hay también muchos movimientos de
independencia en África, es también el
momento de Bandung y los años que siguen
a Bandung y, por consiguiente, yo diría
que es muy normal eso de interesarse por
la revolución y, en definitiva, esta
revolución se ha mantenido bastante fiel
a su proyecto inicial. Se ha mantenido
fiel a pesar del período de alianza con
la Unión Soviética, que era
indispensable para sobrevivir, aunque en
algunos momentos temimos que el modelo
rígido, el modelo carente de imaginación
política, carente de imaginación en
todos los sentidos, que se había creado
en la Unión Soviética, pudiese
establecerse aquí.
O.G.:
¿Usted cree que siempre Cuba ha
mantenido su identidad como nación?
I.R.:
Yo creo que ha mantenido su identidad,
sobre todo, curiosamente, en su
producción cultural. Aquí no entró el
realismo socialista.
O.G.:
Hubo algunos intentos que no llegaron a
ser ni cabeza de playa.
I.R.:
Aquí hubo momentos de bifurcaciones,
cuando se pudo haber tomado el camino
malo y no se tomó.
O.G.:
Hoy en día hay en América Latina un
resurgir de la izquierda, de esto que
llaman izquierda, que a veces es un poco
una entelequia, ¿no?, nueva izquierda,
en algunas medidas más radicales, en
algunas tendencias más radicales y
expresiones más radicales, procesos que
algunos llaman revolucionarios, que son
por lo menos procesos de cambio, que en
última instancia son una respuesta a esa
avalancha del neoliberalismo y a lo que
dejó, a ese genocidio social, como lo
llama Pino Solanas en Memorias del
saqueo. Está Venezuela y digamos que en
algunos otros países de América Latina
también se advierten signos de cambio o
por lo menos de continencia de ese
fenómeno. ¿Qué opinión le merece a usted
el proyecto venezolano, que ha seguido
de cerca como parte del capítulo mismo
del Observatorio Mundial o Global de
Medios?
I.R.:
El fenómeno venezolano es muy
interesante, evidentemente, sobre todo
porque es un fenómeno que nos obliga a
reflexionar, sobre el límite de una
democracia que solo es política y que no
es económica o social. Es decir, ¿qué es
lo que ocurre en América Latina, digamos
al final de los 80? Globalmente
empiezan a desaparecer las dictaduras
militares que habían marcado los veinte
años precedentes del continente y las
sociedades latinoamericanas acogen con
alivio, obviamente, como el mundo
entero, la desaparición de esos
regímenes espantosos que se habían
caracterizado por la represión, por la
tortura, por la destrucción, en
definitiva, de una gran parte de la
intelectualidad, ya sea por la
destrucción física o por la
emigración... Pero en cuanto esos
gobiernos democráticos empiezan a
gobernar, aceptan con los brazos
abiertos las soluciones de la
globalización, es decir, empiezan a
privatizar masivamente, empiezan a
aplicar soluciones precisamente
de la globalización, ya sean los
gobiernos de derecha o de izquierda, y
con el tiempo ocurre lo que estamos
viendo en este momento, es decir, una
insatisfacción profunda de las
sociedades, que consideran, en
definitiva, que la democracia no cumple
sus promesas.
La democracia no es solo, aunque es muy
importante evidentemente, la posibilidad
de elegir entre diferentes partidos en
el momento de las elecciones, la
democracia no es solo la libertad, tan
indispensable, de creación, de reunión,
de expresión…, la democracia se supone
que debe ser también la voluntad de
crear una sociedad más justa, de
distribuir un poco mejor la riqueza, no
polarizar y, por consiguiente, de
permitir que haya también democracia
económica, que haya democracia social,
que haya democracia cultural. Estos tres
aspectos no se han producido y estamos
viendo que en América Latina,
espontáneamente, la gente se subleva
para pedir la destitución de tal
presidente, en Perú, por ejemplo, con
Fujimori, en Ecuador, en Bolivia, con
Lozada, en Argentina, con De la Rúa...
Entonces en Venezuela, curiosamente, el
fenómeno se produce antes, porque
primero no había una experiencia
dictatorial, sino muy anteriormente, la
experiencia dictatorial en Venezuela se
termina en el 57 con la caída de Pérez
Jiménez, mucho antes del ciclo de los
dictadores militares.
Entonces, hay una profundidad
democrática más importante, pero
curiosamente esa profundidad
democrática, con la alternativa en el
poder de dos partidos: socialdemócrata y
cristianodemócrata...
O.G.:
Cual más corrupto.
I.R.:
Cual más corrupto, y se produce una
especie de gobierno de una pequeña
minoría que se aprovecha de las riquezas
extraordinarias del país y cuando un
dirigente socialdemócrata tan
importante, tan prestigioso como Carlos
Andrés Pérez, aplica una terapia de
choque semejante a la que va a hacer
Fujimori un poco después, se produce una
especie de hartura social. En
definitiva, es lo que hemos visto en
Argentina contra Menem, quince años
después, pero ese movimiento en
Venezuela es además reprimido –La Rúa no
manda a disparar, aunque hay muertos en
la protesta, Sánchez de Lozada sí lo
hace–, en la represión del Caracazo,
como
saben, hay algo así como 2 000 muertos,
se estima que hay 2 000 muertos, aunque
son reconocidos oficialmente solo 200 ó
300. Esto crea una situación para la que
se buscan diversas soluciones. En un
primer momento, se intenta una solución
de carácter radical, que es la tentativa
de golpe de estado que da el Comandante
Chávez y, después, las elecciones del
98, con la voluntad de cambiar a las
élites políticas que han desgobernado
ese país.
Así llega Chávez al poder y, en
definitiva, Chávez es una de las
primeras expresiones de la
alterglobalización en marcha, de cómo se
expresa políticamente la
alterglobalización; aunque antes, el
primero de enero del 94, el
subcomandante Marcos ocupa San Cristóbal
de las Casas y pronuncia una declaración
contra la entrada en vigor del Tratado
de Libre Comercio norteamericano. Esta
es la primera manifestación concreta de
alterglobalización en política. La
segunda, en la toma de poder electoral
de Chávez, que ya se había manifestado
antes y con el que, estructuralmente, se
propone detener los estragos de la
globalización, el problema que nos
planteamos nosotros hoy día, pero él
llega con un programa de transformación
social moderada que llama Revolución
Bolivariana, porque se trata de una
revolución evidentemente. Darles
conocimiento escolar a los niños, darles
cuidado médico a las personas, darles
alimentación, crear una reforma agraria,
es una revolución y Chávez, por
consiguiente, y su proyecto, es una
manera, yo diría relativamente concreta,
de mostrar lo que se puede hacer, no
todo se puede hacer, lo que se puede
hacer realistamente en este mundo
globalizado. Hay que tener en cuenta que
la economía puede mantenerse en parte
articulada al mundo capitalista
dominante, pero en otra parte también,
en dominios muy importantes como es la
educación, la salud, la reforma agraria,
la introducción del micro crédito, el
respeto de las identidades minoritarias,
por ejemplo, se pueden seguir políticas
autónomas. El hecho de haber
establecido, por ejemplo, una minoría
obligatoria en el parlamento que
represente a los pueblos primeros de
Venezuela. Todo esto se puede hacer con
un poco de voluntad política y de manera
totalmente democrática, puesto que el
presidente Chávez ha demostrado que cada
vez que ha habido una etapa electoral,
en definitiva, con ese tipo de política,
él ha podido ganar las elecciones y
hacerlo de una manera muy limpia, que es
la política, finalmente, que está
deseando la mayoría de la población
venezolana.
O.G.:
La izquierda, la nueva izquierda, sobre
todo en el ámbito intelectual, digamos,
se distingue por algunas manifestaciones
de un jacobinismo, digamos que excesivo,
y en otros casos por conductas un poco
papales, cardenalicias, de ciertos
intelectuales que definen santo y seña
con una tarea adánica, qué es una cosa y
qué es la otra, qué es bueno y qué es
malo ¿Qué opina usted de esa conducta de
algunos intelectuales, sobre todo
europeos, con relación a los procesos
políticos que se suceden en el tercer
mundo fundamentalmente?
I.R.:
Bueno, yo pienso que las sociedades ya
no están dispuestas a aceptar como una
palabra de evangelio las posiciones de
muchos intelectuales, porque muchos
intelectuales se han equivocado,
digamos, y han tomado posición, lo hemos
visto recientemente con la Guerra de
Irak, donde muchos intelectuales en
Francia, en EE.UU., estuvieron a
favor de la guerra (y otros en contra de
la guerra, claro está), pero hemos visto
intelectuales que se han podido
equivocar bastante sistemáticamente.
Entonces el intelectual está en una
posición muy inconfortable,
curiosamente. No hay la unanimidad que
podría existir con respecto a inmensas
figuras, como sucedió con Sartre, con
Marcuse en Francia, por ejemplo, estoy
hablando de personalidades como Arthur
Miller, Norman Mailer en EE.UU.,
durante la época de la Guerra de Viet
Nam, por ejemplo. Hoy la situación es
más pragmática y eso hace que sea más
difícil identificar esas posiciones y
que, curiosamente, por otra parte,
observemos también que hoy, como efecto
de la globalización, los intelectuales
que más referencia tienen sean
norteamericanos. Michael Moore es una
referencia universal, o Chomsky, a quien
apreciamos obviamente mucho por todos
sus trabajos, pero esto es consecuencia
de la globalización y también es una
referencia solo para una parte de la
población; por ejemplo, nuestro amigo
Noam, en EE.UU., evidentemente,
es muy atacado, absolutamente atacado y
considerado por el establishment
intelectual como una especie de
marginal, mientras que para muchos en el
mundo es el intelectual de referencia,
en muchos aspectos. Entonces, quiero
decir que esa situación se ha confundido
bastante; por ejemplo, el presidente
Bush tiene un equipo de intelectuales
que ha creado una nueva doctrina
reaccionaria, los que llamamos
neocons, los neoconservadores, que
son intelectuales y que son teóricos, en
definitiva de lo que hay que llamar una
reacción.
O.G.:
Lo mismo ocurría con Hitler, tenía
algunos teóricos...
I.R.:
Sí, es posible, pero sin referirse a ese
período tan nefasto, estos son
intelectuales que en un momento además
fueron de izquierda, y ahora están en
torno al presidente Bush y han elaborado
una doctrina que se ha extendido porque
hay neocons ahora ingleses,
alemanes, franceses, italianos,
españoles...
O.G.:
¿Qué está haciendo Ignacio Ramonet? ¿Qué
escribe ahora?
I.R.:
Bueno, primero estoy haciendo mi
periódico. Me ocupa todos los días
absolutamente; segundo estoy terminando
un libro sobre la Guerra de Irak, que se
llama Irak, historia de un desastre.
En este momento estoy dándole los
últimos retoques al libro, que es un
poco cómo se gestó esta intervención,
qué características tiene esta
intervención, qué es lo que está pasando
en Iraq. Estoy trabajando en un libro
que podríamos llamar El libro negro
del imperialismo norteamericano, que
recoge todas las intervenciones que ha
habido, en varios momentos de la
historia, desde el siglo
xix hasta hoy, cuáles son los
desastres que se han cometido. Se ha
dicho con razón que la Unión Soviética
cometió errores gravísimos, pero quizá
no se recuerdan suficientemente los
crímenes cometidos por el imperialismo,
como los que cometió el colonialismo, y
también quiero terminar un libro de
conversaciones con Fidel Castro, en el
que estoy trabajando desde hace dos
años.
O.G.:
Bueno, agradecemos mucho su tiempo y su
paciencia, para esta entrevista de la
Videoteca Contracorriente del ICAIC.
Muchas gracias a usted.
I.R.:
Gracias.
Octubre de 2004
Por la izquierda.
Veintidós testimonios a contracorriente.
Selección y prólogo de Enrique Ubieta
Gómez. Ediciones ICAIC-Editorial José
Martí, 2007
IGNACIO RAMONET
(Redondela, España, 1943). Politólogo,
especialista en medios y periodista.
Director de Le Monde Diplomatique.
Profesor de Teoría de la Comunicación
Audiovisual en la Universidad Denis
Diderot de París. Ha publicado
importantes ensayos sobre temas de
comunicación, y recientemente, con gran
éxito editorial, y sucesivas reediciones
ampliadas, una extensa entrevista
biográfica al Comandante Fidel Castro,
que en Cuba apareció con el título
Cien horas con Fidel (2006).
OMAR GONZÁLEZ
(Villa Clara, Cuba, 1950). Escritor,
ensayista y periodista. Obtuvo el Premio
Casa de las Américas en 1978 con su
libro Nosotros los felices. Desde
1998 viene publicando una serie de
artículos sobre las nuevas tecnologías,
la globalización y su impacto en la
cultura. Ha dirigido diferentes
instituciones culturales del país. Es
presidente del Instituto Cubano del Arte
y la Industria Cinematográficos (ICAIC)
desde 2001. |