|
Omar Valiño:
José, en su obra convive una vitalidad
hija de la experiencia cotidiana con, a
su vez, una gran profusión de conceptos,
ideas, experiencias de pensamiento,
pero, ¿José Saramago se considera más
hijo del camino que de la filosofía y la
experiencia libresca?
José Saramago: Bueno, yo creo que
esas cosas no se pueden decir, porque
uno no tiene la posibilidad de medir a
lo largo de una vida, y de una vida
larga como la mía, en qué porcentaje
influyeron las lecturas y en qué
porcentaje las experiencias vitales, no
hay ninguna posibilidad. El hecho de que
con veinticuatro o treinta y dos o
cuarenta y siete años yo haya leído a un
determinado autor o filósofo o ensayista
o novelista o lo que fuere y que pensara
o pudiera pensar que en ese momento algo
había cambiado, en el sentido de que eso
había tomado un lugar importante para
todo lo que viniera después, en lo que
se refiere no solo a la vida, sino
también al trabajo mío, yo creo que no
se puede determinar. Esto es una
amalgama, es decir, todo esto está
unido, fundido, y uno se orienta en esa
especie de bloque donde hay de todo,
cosas que se han vivido, cosas que se
han imaginado, experiencias auténticas,
experiencias, digamos, imaginadas,
aunque una experiencia imaginada no es
una experiencia, evidentemente. Las
lecturas, los sentimientos, todo eso,
los sueños, ilusiones, frustraciones,
todo lo que ocurra a lo largo de una
vida se va uniendo en lo que yo podría
quizás llamar una especie de núcleo duro
o, al contrario, maleable, plástico de
la personalidad de cada uno y cuando
llegue la hora de expresar
algo, de intentar narrar una historia o
algo así, uno se encuentra. En el fondo
es como quien entra en un archivo enorme
con muchos cajones y todo eso, y va
buscando lo que le interesa, con la
diferencia de que, en este caso, como tú
ves, tiene que ver con la memoria,
normalmente uno no necesita buscar,
buscar en un sentido activo de buscar.
Cuando lo necesita, si la memoria
funciona como tiene que funcionar, la
memoria lo presenta, si es que lo tiene,
claro. Pero después hay que encajar todo
eso en una obra que tiene que ser
coherente y que no puede ser, digamos,
el caos, ¿no?
O.V.:
Yo diría que esas experiencias, esa
búsqueda encuentra muchos personajes,
sin duda, de una gran elaboración
literaria, pero cuyos referentes
pudieran estar en una realidad que, a su
vez, es muy coherente con la expresión
de su pensamiento fuera de la
literatura. ¿Le parecería que es así?
J.S.:
Eso es cierto, porque en el mundo,
por ejemplo, si miramos los títulos no
de todas mis novelas, pero sí de algunas
de ellas, nos encontramos con eso, con
títulos que, en principio, no parecen de
novelas y que muestran muy claramente
que hay una tendencia del autor que se
manifiesta ahí, que se manifestará
después en la obra que se propone
escribir. Hay una tendencia, digamos,
reflexiva, casi didáctica, como si en el
fondo yo fuera un maestro frustrado, que
no ha llegado a serlo por cantidad de
razones, y que a la hora de escribir una
obra literaria hay, digamos, una
intención; no es que yo esté intentando
siempre introducir la moraleja de las
cosas, que yo esté intentando dar
lecciones éticas al lector, porque no se
trata de eso, por otra parte todo se
equilibra o reequilibra con el uso
permanente de la ironía, digamos del
humor, y, por lo tanto, aunque yo hable
de una didáctica, eso no quiere decir
que yo soy un señor muy aburrido que
está ahí para dar lecciones al lector.
Lo que pasa es que hay realmente en mí
una tendencia reflexiva.
A la
hora de escribir una novela, que en
principio no es más que una historia que
uno está contando para distraer al
lector, yo no solo tengo que reflexionar
sobre lo que estoy contando, sino
también sobre la forma en que lo estoy
contando. Y si vamos a los títulos, mire
que yo tengo una novela que se llama
Manual de pintura y caligrafía,
tengo otra que se llama Memorial del
convento, hay algo aquí siempre como
anterior a la novela o coincidiendo con
el nacimiento de la idea que ya lleva
esa novela, como que yo imaginara algo
que es una forma, digamos, desde un
punto de vista didáctico, una forma
expositiva. Y tienes la Historia del
cerco de Lisboa, que es un título
para un libro de historia, no para una
novela. Sin hablar de El evangelio
según Jesucristo, y después tienes
dos obras más, que asumen así claramente
la intención ensayística, de ese
propósito reflexivo, como son Ensayo
sobre la ceguera, o, más
recientemente, Ensayo sobre la
lucidez. No quiere decir que yo sea
un filósofo, bueno, que no lo soy, hay
que decir, tengo bastante claro la
diferencia que hay entre lo que soy y el
filósofo que me gustaría ser. Pero de
todas maneras yo creo que todo ser
humano puede ser un filósofo si lo
quiere, es decir, si usa su capacidad de
pensar, de razonar, de entender las
cosas y mirar lo que está por detrás de
aquello que parece. Todo tiene una
fachada y todo tiene el otro lado, y en
el fondo filosofar es intentar ver lo
que pasa del otro lado. Y para eso no se
necesita ser un filósofo, un creador de
un sistema de explicación del universo,
para intentarlo al menos. Y por eso es
que yo digo que cualquiera, todo ser
humano es un filósofo, todo ser humano
piensa. Y, si no piensa, me parece que
sería mejor que pensara.
O.V.:
Suele usted afirmar, sin embargo, que la
responsabilidad, la tarea del escritor
no termina cuando coloca la última
palabra o el último punto de una
narración o de un texto cualquiera.
¿Cómo ve, a lo largo del tiempo, la
responsabilidad del escritor, y si le
parece que esa responsabilidad es la
misma o es otra en el mundo de hoy?
J.S.:
Mire, yo no creo que el escritor,
como escritor, tenga una responsabilidad
particular por el hecho de que sea un
poeta o un dramaturgo o un novelista. La
responsabilidad de la que estamos
hablando es otra, y es común al
novelista, al dramaturgo y al poeta,
común a él y a los ciudadanos normales,
corrientes, que no son ni poetas ni
dramaturgos. Entonces, yo prefiero decir
que mi responsabilidad y mi actividad
fuera de la acción estrictamente
literaria, es la responsabilidad del
ciudadano que yo soy. Porque, desde mi
punto de vista, no hay modo de separar
al autor del ciudadano que es. No es
para decir, aquí acaba la
responsabilidad del autor y empieza la
del ciudadano o al revés, aquí acaba la
responsabilidad del ciudadano y empieza
la responsabilidad del autor. Es que a
donde va uno, el otro está, el otro va.
Cuando tú dices que pones el último
punto final, qué es lo que pasa, yo
diría que no pasa nada, esa obra es un
momento de mi vida, es un momento de mi
trabajo y responde, digamos, a un
determinado momento de mis
preocupaciones políticas, sociales,
ideológicas, filosóficas, si quieres,
para usar esta palabra, y en esa obra se
va a reflejar mi postura en relación a
ellas. Insisto, no para dar lecciones al
lector, sino, sencillamente, para
entender en mí mismo por qué. A veces
preguntan, ¿y tú por qué escribes?, y
García Márquez decía, yo escribo porque
quiero que la gente me quiera bien.
Bueno, esa es una respuesta como otra
cualquiera. Y luego hay otra respuesta
mucho más ambiciosa, que uno escribe
porque en el fondo no se quiere morir y
tienes esa ilusión, esa idea de que con
la escritura, con lo que queda, de
alguna forma seguirás vivo, por lo menos
en la curiosidad y el interés de los
lectores. Pero, claro, esto tampoco
durará mucho, entonces yo prefiero decir
que yo escribo para comprender,
sencillamente. Yo escribo para
comprender. Y, si me preguntan, bueno y
usted escribe un libro, ¿y
ha comprendido? Algunas cosas sí, otras
no, algunas cosas yo las había entendido
de una manera determinada, hoy las
entiendo de otra forma, y como no
podemos llegar nunca a comprender
totalmente esto, y cuando digo esto, es
todo, pues cada obra es un intento de
acercarse al conocimiento y de alguna
forma si la obra intenta contestar algo,
lo que ocurre invariablemente es que la
obra añade a lo que teníamos que
entender su propia parte, es decir, la
obra misma que intenta comprender va a
complicar lo que se quiere entender
porque es una visión determinada que
antes no existía y, por tanto, como no
existía no se pensaba en ella, pero a la
hora de existir, pues encaja en todos
los conjuntos de esa maraña, en la red
de preguntas que nos rodea y de la que,
a la vez, intentaba ser respuesta, acaba
por convertirse en otra pregunta.
O.V.:
Y si yo le diera una vuelta de tuerca a
esto último que me decía, ¿se trataría
de comprender qué, de entender qué?
J.S.:
Bueno, mire, el preguntar es lo
mismo, que es la cosa más difícil que
hay, porque a la vez que nosotros
sabemos quiénes somos, es muy fácil
decir sí, sabemos quiénes somos, tenemos
un nombre, hemos nacido en una fecha
determinada, tenemos una actividad
personal, tenemos ideas políticas,
ideológicas y todo eso, nos gusta la
carne y nos gusta el pescado, o al
revés, y todo eso construye una
identidad, una identidad un poco a lo
Frankestein, en trocitos, nosotros
estamos hechos de trocitos, esa idea de
una identidad: YO. ¿Pero quién soy yo?
¿Y cuándo es que yo he sido yo? Porque
la vida se alarga y se alarga, y ¿hay un
momento en esa vida en la que el yo
queda definido para siempre, no hay más
cambios?, ¿o la vida es cambio
constante? Entonces el yo no existe, yo
no puedo decir nada de mí que sea una
cosa perentoria, que esté ahí, aquí en
bloque, esa piedra, incluso esa piedra
está sujeta a romperse, a fragmentarse,
todo eso. Esto no es incompatible con la
búsqueda de una coherencia personal, y
eso en el fondo es la única cosa que
nosotros podemos más o menos acercar a
la idea de un yo. Si yo soy coherente,
pero tampoco se es coherente en todo, no
se puede mantener uno en la misma línea,
bien, pero en el fondo uno va
en la misma línea, tal vez una línea
ondulante, la línea recta no existe en
la naturaleza y tampoco existe en el ser
humano. Por tanto, si tú me preguntas,
¿comprender qué?, te diría en primer
lugar: intentar comprenderse a sí mismo
en cada momento, no para tener de sí
mismo una imagen fija, que se queda ahí,
y que tú en cada momento de tu vida
digas este soy yo. Puede haber pasado
cuarenta años sobre esa imagen, yo no
estoy hablando de una foto, hablo de la
imagen que tú tienes de ti mismo. Este
soy yo. No, no puedes. Puedes decir,
este era yo. Hoy no eres así, no porque
te salgan unas canas o por esto o por
aquello. Es que dentro de ti hay un
proceso continuo de cambio. Si tú
cambias dentro de lo que más o menos
imaginas ser, pues entonces has obtenido
una coherencia que te permite
identificarte a ti mismo en cada
momento. Pero si estamos bien de mente y
se vuelve loco, qué es lo que se ha roto
allí. Es la misma persona, tiene el
mismo nombre, qué es lo que se ha roto.
O.V.:
Sin embargo, la identidad es un concepto
trabajado a lo largo de su obra, si
pienso, por ejemplo…
J.S.:
Sí, pero para cuestionarlo. Para
cuestionar, no para decir ahora ya lo
tengo claro.
O.V.:
Por ejemplo, si pienso en
Todos los nombres
o en
El hombre duplicado,
asocio ese pensamiento en torno a la
identidad, en términos también críticos,
en cuanto la identidad del hombre de hoy
se pierde en un mundo homogeneizador y
homogeneizado. ¿Tienen que ver también
esas reflexiones con esa perspectiva?
J.S.:
Sí, creo que está bastante claro y
no solo en lo que está escrito allí,
sino también en la forma; porque, mira,
cuando, por ejemplo, en el Ensayo
sobre la ceguera no hay nombres, los
personajes no tienen nombre, eso no
resulta de un capricho del autor, que ha
pensado que así sería original. No, es
sencillamente la expresión de esa
tendencia al anonimato en la que nos
estamos convirtiendo, y que tiene
distintas expresiones, vamos a ver, los
nombres se repiten, me puedo llamar
Fulanito, puede tener el nombre que yo
tengo, y aun así no somos la misma
persona, pero se pueden confundir cuando
estamos en un lugar
los dos y te llaman por el nombre,
tenemos que mirar si te están llamando a
ti o si me están llamando a mí, pero si
me llaman por el nombre de la tarjeta de
crédito, te aseguro que solo uno de
nosotros puede contestar, porque lo que
realmente identifica hoy, por lo menos,
en una cierta parte, digamos, de lo que
es el mundo, lo que nos identifica es la
tarjeta de crédito, porque eso no se
repite, la única cosa que no se repite.
En la penúltima de mis novelas escritas,
que es el Ensayo sobre la lucidez,
y mucho más en la última, que todavía no
está publicada y que se llama Las
intermitencias de la muerte, incluyo
los nombres de las personas no
alfabetizadas con letras minúsculas,
porque cuando nosotros abrimos un libro
y miramos, encontramos que hay una
escala gráfica, digamos de valores, los
personajes aparecen con su nombre en
letra mayúscula y, por tanto, con una
identidad, aún no ha dicho nada, no ha
hecho nada, pero ya tiene derecho a la
mayúscula y por tanto ahí tú sabes que
está un personaje, una persona. Pero si
la tendencia actual es a que se diluya
cada vez más en un espejo de
invisibilidad y acabamos, vamos acabando
todos, por tornarnos más o menos
invisibles, entonces puede que haya
otras formas, digamos, de expresar algo
como eso, pero yo he elegido una, es
decir el nombre no se escribe con
mayúscula. El señor Wagner, por ejemplo,
si yo hablo de él pues aparece con letra
minúscula la inicial y esto, digamos,
porque en el fondo, a la vez, yo creo
que no se reflexionaría tanto sobre la
identidad si la tuviéramos segura,
definida, es precisamente porque la
identidad se está perdiendo, nos estamos
diluyendo, hay algo típico que se nos
está yendo de las manos.
Y
luego si salimos de la identidad
personal y pasamos a la identidad
colectiva, eso se complica mucho más,
porque cuando se habla, por ejemplo, de
la identidad de un pueblo, no se está
hablando de nada, porque si eso fuera
cierto significaría que la identidad es
algo permanente. Pero no, no es así.
Entonces yo prefiero sustituir el
concepto de identidad por el concepto de
generación, generaciones capaces de
luchar, de trabajar, de tener proyectos,
ideas.
Hablar de la identidad de un pueblo es
lo mismo que hablar de la identidad de
las nubes, unas veces tienen una forma,
otras tienen otra, otra vez están
ausentes, otra se deshacen en agua. Es
decir, a dónde lleva esto, a un
escepticismo radical. No, no, no, aunque
a veces dicen que soy no solo un
pesimista, sino un escéptico radical.
No, es sencillamente mirar el mundo como
es, o como a mí me parece que es. Y cómo
los hechos, por lo menos si yo no me
equivoco en la interpretación de estos
hechos, me dan la razón todos los días.
Digamos, el mundo existe, en este
momento, y siempre, se convirtió en algo
impenetrable, incluso impenetrable a la
propia reflexión. Es decir, el mundo no
se detiene, el mundo, la sociedad
mundial, todo eso que ocurre. Nada se
detiene. También es cierto que antes
tampoco se detenía. No el paso del
tiempo que siempre pasa igual, pero los
cambios, las transformaciones sociales,
eran lentísimos y tú tenías tiempo para
llegar a la mitad de la vida estudiando
algo que en el fondo no había cambiado
mucho. Pues ahora, en veinticuatro horas
tú te das cuenta de que el objeto de tu
atención, de tu estudio, se convirtió en
algo que ya no es, entonces el mundo
exige una atención fija, continua y
nosotros no tenemos los medios para unir
quizá dos ideas, o dos informaciones que
a lo mejor aclararían muchas cosas, pero
a veces no hay ni la posibilidad, ni el
tiempo.
O.V.:
Pero yo diría que en su caso se han
cumplido dos privilegios para observar
ese proceso histórico que, se puede
decir así rápidamente, ha sido, incluso,
temporalmente, el siglo
XX, una larga vida y una
perspectiva crítica muy aguda con
respecto a esos procesos. No sé si se
atrevería a intentar contestarme dónde
hallaría claves de cómo el mundo, cómo
los procesos históricos,
fundamentalmente del capitalismo, han
logrado esa situación que me describía
usted hace un momento.
J.S.:
Bueno, vamos a ver. En el caso
concreto –las coordenadas son idénticas
para todo el mundo–, en el caso concreto
de mi propio país, casi se puede decir
que el siglo
xix entró en el siglo
xx hasta 1950 o algo así. De
alguna forma, nosotros hemos vivido
ciento cincuenta años en el siglo
xix. Y se podría
decir lo mismo en relación con el siglo
xx, digamos que más o menos
haciendo una no coincidencia entre el
tiempo que pasa y los hechos que se
supone que tendrían que pasar, a la luz
de lo que ha ocurrido en este país y en
otros. Si tú me haces esa pregunta, no
me es fácil contestar fuera de lo que
soy, un portugués, porque un inglés o un
alemán o un ruso y también un cubano, lo
verían de una forma distinta. Pero como
de todos modos uno siempre hace ese
esfuerzo para comprender lo que pasa
alrededor nuestro, yo creo que en este
momento no hay muchas ideas que nos
permitan no solo entender lo que pasa,
cómo imaginar, tener de alguna forma una
previsión de lo que puede pasar.
Esencialmente, creo que faltan ideas,
faltan ideas nuevas y tenemos la
tendencia, porque eso nos tranquiliza,
de usar ideas que no es que hayan
perdido vigencia, sino que ya no tienen
suficiente aplicación sobre los hechos
de la actualidad. No es que la
actualidad no pueda ser leída a la luz,
digamos, de esas ideas, lo que pasa es
que las ideas están ahí, pero de alguna
forma han perdido en gran parte su
capacidad transformadora. Están ahí como
construcciones mentales que aplicadas a
un tiempo podrían dar una idea justa,
precisa, de lo que pasaba entonces, pero
ahora hay una incoincidencia entre lo
que esas ideas descifraban en la
realidad de entonces, no digo que hay
una incoincidencia total, pero hay una
incoincidencia en relación con la
realidad. Y nosotros no hemos generado
ideas nuevas, ya ahora hablo sobre todo
de la izquierda, porque, como a veces
digo, la derecha para gobernar no
necesita ideas, no las tiene, solo la
confundiría, mientras que la izquierda
para gobernar, para hacer lo que quiera,
lo que sea, necesita ideas y no las
tenemos, en la izquierda se multiplican
lo que yo llamo las operaciones de
cosmética, donde cualquiera está
diciendo, mira, mira, seguimos siendo
izquierda, pero ya no lo somos como
éramos antes, somos como hay que ser
ahora y ser izquierda, ahora, acaba con
no saber en qué consiste. Como sabemos,
todos dicen que hay que hacer una
política de centro y es algo sencillo,
porque en el centro están los votos que
quieren captarse, nada más. De alguna
forma yo creo que estamos cruzando un
cerco, en lo que tiene que ver con las
ideas.
Estamos masticando y remasticando ideas,
muchas de ellas generosas, capaces de
transformar el mundo desde entonces,
pero que ahora no se presentan con mucha
capacidad. Y porque se ha introducido en
nuestras mentes esa idea nueva de que si
no consumes no eres nada, si no consumes
tú, no eres nadie. Y eres tanto más,
cuanto más eres capaz de consumir. A
partir del momento en que el ser humano
se mira a sí mismo como un consumidor,
todas, todas sus capacidades disminuyen,
porque todas van a ser puestas al
servicio de una mayor posibilidad de
consumir. Esto es igual en todo el
mundo. Aquí a lo mejor no lo notáis
tanto, pero esta es la característica.
Eso es lo que me ha llevado a escribir
una novela que todavía no está publicada
aquí, que se llama La caverna, y
cuyo protagonista central es un
shopping center. Yo te recuerdo un
hecho: una mujer hace unos años, en
España, dejó como expresión de su última
voluntad que sus cenizas fueran
esparcidas en un centro comercial, en un
shopping center porque, según
ella, allí es donde había vivido las
horas más felices de su vida. Cuando un
ser humano, cuando la alienación, la
enajenación de un ser humano puede
llegar a considerar que dentro de un
centro comercial se han vivido las horas
más felices de una vida humana, ¿a dónde
hemos llegado, no? ¿A dónde estamos
siendo todos empujados por la
televisión? Acabaremos viviendo todos
dentro de un shopping center.
O.V.:
No, eso es lo que dice en
La caverna.
Considero que podríamos hablar, por
separado, de tres novelas suyas, las
últimas, que cada una es una metáfora o
una penetración del mundo en que
vivimos, con respecto a los mismos
problemas, pero centrándolo en uno más
que en otro.
Ensayo sobre la ceguera
yo pensaría que es una metáfora sobre la
sinrazón humana actual;
La caverna,
sobre el mercado y
Ensayo sobre la lucidez,
sobre el mito de la democracia. Le
propongo hablar de cada una de ellas,
repito, por separado. Lo podríamos hacer
en su orden. En
Ensayo sobre la ceguera,
en esa ciudad, excepto una mujer, todos
quedan sin la posibilidad de ver, como
decía es una metáfora sobre la condición
irracional o la sinrazón de este planeta
de hoy. ¿Por qué?
J.S.:
Hombre, digamos, la vida está
organizada toda ella, no exclusivamente,
claro, pero está organizada toda ella en
función del sentido de la visión. Todo,
todo está hecho, en gran parte, porque
los otros sentidos tienen su lugar, el
oído y todo eso, pero fundamentalmente
la vida está organizada en función de
que podemos ver, esto es lo obvio, y
algo no tan obvio, aunque fácilmente
demostrable, se supone que la vida está
organizada en función del hecho de que
somos seres racionales. Y eso no
significa que todo lo que hacemos sea
racional, o sea, razonable. Pero, bueno,
sin la razón el mundo no sería lo que
es, si siguiéramos siendo monos, aunque
un poquito evolucionados, no pasaría
nada, no estaríamos aquí con esa cámara,
nada de eso. Lo que pasa es que la
pérdida de la visión en Ensayo sobre
la ceguera, como has dicho, es una
metáfora. No vale la pena discutir si
las personas están o no están ciegas,
sencillamente ellas no pudieron ver, no
pudieron ver ahora, pero puedo decir que
no están más ciegas ahora de lo que
estábamos antes; la posibilidad de
comprender el mundo en que estábamos
viviendo, queda reducida, muy reducida,
por una cantidad de motivos conocidos,
por el modo como está organizada la
sociedad, los medios de información,
todo, todo nos lleva a una visión
deformada o por lo menos incompleta de
la realidad, que por otra parte no tiene
una sola imagen.
Entonces cuando pierden la visión, en el
fondo, aunque no lo digo, pero por todo
lo que hacen, la conclusión es
obviamente esa: que esa racionalidad que
nos había llevado a vivir en una ciudad
organizada como normalmente se organizan
las sociedades humanas hoy, era a la
vez producto de la razón y de la
sinrazón, y eso es el retrato mismo de
la sociedad en que vivimos.
Aparentemente organizada porque somos
seres racionales, conocemos lo que
conviene, lo que no conviene y todo eso.
Parece que eso sería suficiente para una
vida equilibrada, digamos. No quiero
ahora, digamos, hablar de palabras
mayores, como fraternidad, solidaridad,
todas esas cosas que son muy hermosas,
pero si estamos hablando de esto, es
mejor no confundir las cosas. Lo que
pasa en Ensayo sobre la ceguera,
en el fondo, es una
experiencia debida no a la casualidad.
Posiblemente ocurrió que en un momento
determinado todo el mundo se volvió
ciego, se puede decir que ya lo estaban,
pero ahora van a vivir en directo, por
decirlo así, la experiencia de no
entender, de no ver y preguntarse a sí
mismos cómo es que hemos llegado a esto.
Resultado: como yo no soy el escritor
que todo lo termina con una moraleja,
con una experiencia para el mundo, la
única cosa que está allí es que cuando
la mujer del médico al final recupera la
visión, y mira al cielo y lo ve blanco y
piensa que después, justo cuando todos
están recuperando la visión, ella la va
a perder, baja los ojos y la última
frase de la novela es que la ciudad
todavía estaba allí. Es decir, es como
si la ciudad les estuviera preguntando:
¿habéis aprendido con la lección?,
¿vamos a repetir lo mismo,
infinitamente?, ¿somos incapaces, en el
fondo, somos incapaces de vivir juntos?
Porque lo más importante es que el ser
humano es un animal gregario, tenemos
que vivir juntos, pero no hemos
aprendido a vivir juntos, por un lado no
podemos vivir si no vivimos juntos, y
por otro lado no sabemos cómo vivir
juntos. En el fondo, un trazo así muy
general, aunque no será explícito, pero
es lo que Ensayo sobre la ceguera
quiere decir. Si lo ha logrado, ya es
otra cosa.
O.V.:
Sin duda lo logró, muy en profundidad.
Siguiendo esa misma perspectiva, la idea
de
La caverna
sería que esa caverna platónica que se
va a descubrir bajo el gran
shopping center,
querría decir que de la escisión
propuesta por Platón entre alma y
cuerpo, este mundo de hoy ha promovido
la complacencia en uno de los dos
sentidos, en una de las dos vías de ese
hombre cortado por el hacha platónica.
J.S.:
Para la metáfora de La caverna,
Platón solo me ha servido,
objetivamente; no es que yo no sepa qué
es lo que ha pretendido realmente Platón
con esa metáfora, pero a mí me sirvió el
hecho concreto, con independencia de qué
es la realidad, la realidad exterior,
esto o aquello. Apartándome de todo eso,
a mí lo que me interesó fue una
coincidencia extraña o no tan extraña
–por lo menos Platón no podía haber
pensado en
ella–, que es la importancia de la
imagen en nuestra civilización. Lo que
Platón dice es que esas personas que
estaban allí confundieron las sombras
que pasaban al fondo de la caverna con
la realidad, creían que esa era la única
realidad; en el caso de mi novela,
cuando se encuentra, cuando se descubre
que debajo del shopping center
está la caverna de Platón, esa caverna
que Platón imaginó con las personas
sentadas, atadas, mirando la pared del
fondo, donde normalmente ya no estaban
pasando imágenes, es muy similar, se
parece mucho a la situación en que nos
encontramos delante de la pantalla de un
televisor, es igual, con la diferencia
de que –son siempre complicadas las
cosas–, la imagen de la televisión tiene
una función doble, la primera función
es, aparentemente, enseñarte algo, pero
la segunda función es ocultar lo que te
ha enseñado. La misma imagen que está
diciendo, mira lo que ocurrió, tú lo
recibes nada más que como un mensaje,
pero esa imagen que muestra la realidad
también la borra, la diluye, por el
hecho de que inmediatamente te pondrá
una otra imagen que no tenga nada que
ver con aquella, que te agrede en el
sentido de que tú quisieras seguir tú
mismo reflexionando o pensando, o
simplemente sintiendo la emoción, lo que
sea, que esa primera imagen en el teatro
no te permita ni la ilusión ni la
reflexión, porque te la tiran
inmediatamente con otra imagen que no
tiene nada que ver, que muchísimas veces
es su contrario y tú eres bombardeado a
lo largo de un día por una casi infinita
secuencia de imágenes y, al final de tu
día, no sabes qué es lo que has visto,
es decir la misma imagen que te enseña
la realidad borra la realidad, porque
todo se convierte en imagen, en imágenes
que se van anulando unas a las otras.
Eso es lo que yo pretendo.
Cuando yo hace un rato dije que
acabaríamos viviendo todos en un
shopping center, yo no tengo ninguna
duda de ello, no tengo ninguna duda.
Mira, el shopping center es hoy
el único lugar seguro que hay en la
Tierra, limpio, iluminado, odorífero,
todo lo que está allí es hermoso,
agradable, te invita, estás en el
paraíso, sencillamente. El shopping
center es la imagen del paraíso,
aunque tú no puedas comprar nada porque
no tienes dinero, a
ellos les da igual, lo importante es que
tú entres, porque si hoy no tienes,
mañana tendrás quizá y algo acabarás
comprando. Aquí en el mundo, plagado de
enormes shopping center, porque
date cuenta en el fondo que no hay una
diferencia, no existe una gran
diferencia entre un shopping center
y una calle con comercios de esto y de
lo otro, porque en un lugar se compra y
en el otro también se compra, pero hay
una diferencia total: mientras que en la
calle tú eres una persona entre tantas
otras, en el shopping center cada
uno de los que se encuentra allí solo se
mira a sí mismo, los que pasan, los que
compran no tienen nada que ver con él,
porque las reglas cambiaron, es el mundo
del individualismo total. Entonces fuera
del shopping center está todo, la
violencia, la basura, todo, la
contaminación, y dentro, el aire
filtrado, la tranquilidad, la seguridad
casi invisible pero presente, si a
alguien se le ocurre robar, se lo llevan
con la misma sutileza con que se llevan
un cadáver de un hotel, nadie se da
cuenta nunca que salió el cadáver de un
huésped y que se murió, desaparece sin
que te des cuenta. Es un mundo que se
rige por otra razón, pero también por
algunas otras razones que podemos
entender como cómicas, grotescas, hay
mucho de grotesco en el mundo de hoy.
Umberto Eco decía, y yo estoy muy de
acuerdo con él, que vendrá un ser humano
nuevo, que tendrá muy poco que ver con
nosotros por su mentalidad, sobre todo,
luego por todo lo que se supone que
vendrá seguramente, seres que están
hechos por ingeniería genética, pero
sobre todo por la mentalidad, porque, y
esto lo digo yo –no recuerdo que Eco lo
haya dicho–, nosotros somos los últimos
descendientes de la Revolución Francesa,
de la Enciclopedia, del Iluminismo,
hemos intentado desde entonces, en poco
más de dos siglos y hemos fracasado
–porque a esta altura hemos fracasado–,
construir un mundo sobre la razón, que
no excluya las emociones, los
sentimientos, pero que esté
fundamentalmente asentado en la razón, y
hemos fracasado.
O.V.:
José, y sin ese mundo dominado por el
shopping center,
que no es solo una proyección, en buena
medida es ya un mundo real, esa otra
novela, la última conocida suya, que es
Ensayo sobre la lucidez,
de alguna manera propone una particular
protesta contra el mito de la
democracia. En
Ensayo sobre la lucidez
frente a unas elecciones en las que
–como apuntaba ahorita– izquierda y
derecha se juntan en el centro, la gente
decide votar en blanco. ¿Le parecería
esa la solución?
J.S.:
Bueno, si yo tuviera realmente una
solución y si pudiera convencer a la
gente, a toda la gente, o a una mayoría,
de que mi solución es la buena, pues yo
entraría en la historia, tendrían que
inventar otro Premio Nobel, no de
Literatura, no sé de qué. Mira, para mí
lo tengo muy claro, es decir esa
protesta, yo en la novela casi la llamo
rebelión, pero una rebelión distinta, no
hay una célula organizadora, no hay un
aparato, no hay agentes, no hay
consignas, no hay nada de lo que
normalmente se supone indispensable en
un movimiento, en un gran movimiento de
masas. Definitivamente, la gente un día,
llamada a votar, y sin ponerse de
acuerdo, como si simultáneamente
estuviera harta de lo que había pasado
hasta entonces, durante generaciones, va
y vota en una primera votación setenta y
no sé cuánto por ciento de los votos en
blanco, y en la segunda votación aparece
un ochenta y tres por ciento en blanco.
En todos los países esto lo reconocen,
el voto en blanco, se toma como un voto
nulo, incluso en el caso de que haya un
grupo que defienda el voto en blanco, se
considera fuera de partido, se toma como
algo un poco caprichoso por parte de los
electores, en una palabra no se toma en
serio, pero no se toma en serio porque
normalmente es un uno por ciento, un dos
por ciento de votos en blanco, y bueno
ya está. Pero si mañana llegara en
Europa al ochenta y tres por ciento de
mi ficción, si mañana aparece el quince
o el veinte por ciento de votos en
blanco, el sistema no tendrá más remedio
que cambiar, porque sería una
revolución, una auténtica revolución.
Porque el sistema llamado democrático
tiene una dependencia directa del voto,
sin voto no hay realmente sistema
democrático, será otra cosa, pero si
mañana me encuentro con un porcentaje
alto, relativamente alto, todo el
sistema democrático queda puesto en tela
de juicio, porque el voto en blanco no
es una abstención. Para la abstención
hay cantidad de explicaciones, está
lloviendo y la gente no salió a votar
porque estaba lloviendo, o no estaba
lloviendo y la gente se fue a la
playa, estamos hartos de escuchar
explicaciones, que los políticos las
tienen todas, y las usan según los
momentos y las circunstancias. Para el
voto en blanco no hay ninguna
justificación que no sea la única: que
la gente salió para ir a votar, ha ido a
votar y ha dicho, sin palabras, esto no
me sirve, esto no me gusta. Punto, nada
más.
El
problema central de nuestro tiempo es el
problema de la democracia, en el sentido
muy claro, rotundo, de que esta
democracia no es una democracia, porque los ciudadanos no pueden hacer más
que quitar un gobierno y poner
otro en su lugar, no pueden realmente
influir en lo que influye verdaderamente
en sus vidas, que es el poder económico,
las instituciones que determinan
nuestras vidas como el FMI, el Banco
Mundial, la Organización Mundial del
Comercio y todo eso, que no son
instituciones democráticas porque no las
hemos votado, vivimos en una situación
casi esquizofrénica. Tenemos una
participación democrática en la vida del
país, que consiste en votar, en quitar
un gobierno y poner otro, y todo se
queda ahí y lo que es absurdo es que el
ciudadano no puede llegar a los
auténticos centros de poder, porque los
gobiernos se transformaron todos en
comisarios políticos del poder
económico. Si esto no encuentra una
solución, si la democracia no tiene
ningún instrumento para controlar el
poder económico, sus abusos y sus
crímenes, por qué tenemos que seguir
llamando a esto una democracia, es una
plutocracia, gobierno de los ricos y que
tiene a su servicio todo, incluso a los
gobiernos. Bush es un títere, no es más
que un títere y la equivocación está –y
todo se hace para que aceptemos esa
falsa conclusión–, en pensar que el
poder lo tiene el pueblo y que el fin
del mundo está en manos del señor Bush.
Pero no está, al señor Bush le dicen lo
que tiene que hacer en cada momento y no
es la Condolezza Rice, tampoco es el
señor Cheney, es mucho más, mucho más
arriba. Entonces, somos manipulados,
somos engañados todos los días y
seguimos como corderitos inocentes
hablando de democracia como si fuera una
realidad, en las instituciones sí, no
tengo duda, están ahí, tribunal,
parlamento, todo eso, pero tenemos que
preguntarnos para qué sirve eso.
O.V.:
José, por último, en su obra hay una
gran reflexión sobre el lenguaje, sobre
el lenguaje mismo, en primera instancia,
literario, pero lo asocio ahora a que su
justísimo Premio Nobel del 98 le
catapultó definitivamente a ser una
figura mediática, que es escuchada en el
mundo. Desde esa perspectiva, digamos,
ética o moral, ¿cómo usa ese poder que
tiene en las manos?
J.S.:
Mira, entre un señor que estaba en
el mundo antes del Premio Nobel, yo, y
el señor que sigue afortunadamente, que
está en el mundo después del Premio
Nobel, no hay ninguna diferencia,
ninguna diferencia. Que me hayan
convertido a mí en personaje mediático,
yo para eso no he hecho nada. Y cuando
digo que no hay ninguna diferencia, es
que en el fondo lo que yo estaba
haciendo y estaba diciendo antes era
mutatis mutandis, es lo que
estoy haciendo y lo que estoy diciendo
ahora. Lo que pasa es obvio, ¿no? Si tú
estás diciendo algo que llega a algunas
personas que están más cercanas o un
medio que tiene una cierta difusión,
pues es así y tienes que contentarte,
que darte por satisfecho. Pero si llega
un día en que te conviertes en Premio
Nobel y, a partir de ahí, no solo es el
hecho de que te conviertas en Premio
Nobel, porque hay Premios Nobel,
escritores importantísimos de los que no
se habla, y no se habla de ellos porque
no participan, no intervienen, pero
algunos sí, algunos sí, efectivamente.
Estoy pensando ahora, por ejemplo,
digamos en Soyinka, por ejemplo, y hay
otros, pero eso ocurre porque antes
tampoco intervenían y no era por el
hecho de que le habían atribuido el
Premio Nobel, y decían, ahora hay que
cambiar, no, van a seguir igual. No
quiere decir que por el hecho del Nobel
uno pueda decir una tontería, la más
rematada tontería del mundo, yo, por
ejemplo, y que dé la vuelta al mundo en
diez segundos, ya está, se acabó, todo
el mundo sabe que el señor José Saramago
ha dicho una tontería, pero a veces
algunas cosas que dice no son tonterías
o por lo menos piensa que no lo son. Y
esa es la diferencia. No es por el
Nobel, el Nobel no torna activista a una
persona que, por temperamento, o por lo
que sea, no nació para eso. Tú no podías
pedir a Fernando Pessoa, por ejemplo,
suponiendo que le daban el Nobel, que se
transformara
en el apóstol de esto o de aquello. No,
seguiría siendo él, seguiría siendo así
con su Ricardo Reis, con su Alberto
Caeiro, todo ese mundo que había creado.
Ahora, en el caso mío, si yo intervenía
antes, si yo he participado en Portugal
en la vida política y en la
clandestinidad, si soy, todavía sigo
siendo, militante de un partido
revolucionario, qué es lo que no podía
ocurrir, que gane el Premio Nobel y yo,
por prudencia, diga el pasado, pasado
está y ahora tranquilo, no, no valía la
pena. Y no es por decir que no quiero
avergonzarme de mí mismo, es que
sencillamente no puedo. Es decir, la
lluvia cae porque no tiene otro remedio,
la lluvia no sube, cae, no tiene otro
remedio. Uno es como es, aunque vuelvo a
decir esto, plantearía el problema de la
identidad, si uno se reconoce en esos
cambios, en esa línea ondulante que es
la vida. Si uno reconoce en sí mismo una
coherencia, pues eso es como un bastón
en el que puedes apoyarte hasta que no
tengas más remedio, porque ya no tienes
más fuerza que dejar caer el bastón e
irte al otro barrio.
O.V.:
Yo creo que hay que agradecerle a José
Saramago haber usado ese poder en favor
de las causas más justas de este mundo
que tanto le preocupa. Muchas gracias
por esta entrevista, por haber
conversado con nosotros.
Julio de 2005
JOSÉ SARAMAGO
(Portugal, 1922).
Escritor. Premio Nobel de Literatura
1998. Militante del Partido Comunista de
Portugal. Entre sus obras se encuentran,
entre otras: Memorial del Convento
(1982), El año de la muerte de
Ricardo Reis (1984), El evangelio
según Jesucristo (1991), Ensayo
sobre la ceguera (1995).
OMAR VALIÑO
(Santa Clara, Cuba, 1968).
Crítico teatral y ensayista. Ha
publicado los libros La aventura del
Escambray (1993, Premio Pinos
Nuevos), Notas sobre teatro y
sociedad (1994) y Trazados en el
agua. Un mapa del archipiélago teatral
cubano de los 90 (1999). Recibió el
Premio Nacional de Periodismo Cultural
en 1998. |