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Ahora
se ven las cosas de otro modo, se ven
mejor. Ahora podemos ver que entre 1991
y 2001 se gestó, si no un siglo, al
menos un orden político militar nuevo.
De cierta forma, aquella fue una década
minimalista: las inquietudes sociales
fueron canalizadas hacia espacios
mínimos, estancos, parciales. El horror
a los metarrelatos (léase, a las
explicaciones globales) se vendió como
un estadio superior del conocimiento
humano en la era postcomunista y
permitió que la izquierda vergonzante se
refugiara en el reformismo. Los
radicales eran estigmatizados como
fundamentalistas, aunque, tal como
afirmara José Martí, ser radical es ir a
la raíz de los problemas. En los medios
académicos y de comunicación se
estableció una aduana intelectual que
requisaba la conciencia. Los ascensos,
los premios, las becas, las ediciones,
la propaganda, en fin, la aureola del
intelectual brillante, se concedió a
quienes aceptaron las premisas, los
conceptos y el lenguaje de la "nueva
época".
Pero entre 2002 y 2003, después de más
de diez años de remodelación mediática
–chantaje y soborno incluidos–, del
pensamiento tradicional de la izquierda
por la derecha victoriosa (porque,
créase o no ahora, hubo un instante en
que los ideólogos de la derecha
determinaban el canon de conducta de la
izquierda "inteligente"), que lo hizo
débil, transparente, inocuo, tímido, lo
que en el lenguaje impuesto significaba
moderno, realista o, según se prefiera,
poscomunista y postmoderno, pudimos
felizmente rehacer el mapa. Varios
hechos desencadenaron el necesario
desenmascaramiento de esa izquierda
reciclada: en primer lugar, el
estrepitoso fracaso de las políticas
neoliberales en América Latina, que se
extendió a algunos países asiáticos y
amenazó al gigante ruso. El movimiento antiglobalización, que era, claro,
antineoliberal, surgió con el ímpetu de
una cascada largamente contenida por
diques. Algunos gobiernos
latinoamericanos fueron barridos:
Sánchez de Lozada, en Bolivia; De la
Rúa, en Argentina. El pueblo se lanzó a
las calles, pero el pensamiento de
izquierda no tenía propuestas. La falsa
izquierda de ideologemas fue rebasada
por la izquierda del compromiso con los
pobres, y aunque nadie podía explicar
con exactitud lo que quería, la gente
empezó a ver cada vez más claro lo que
no quería. El movimiento antineoliberal
fue haciéndose poco a poco
anticapitalista.
Por otra parte, la guerra del
imperialismo norteamericano contra Iraq,
desató grandes manifestaciones en Europa
y en los propios Estados Unidos. La
autollamada izquierda democrática
ciertamente se opuso a la invasión. Nos
oponemos a la violencia, dijeron. Conocí
a un intelectual de la "nueva izquierda"
que me comentó, cuando ya la invasión se
consumaba: "ahora tratemos de que la
guerra sea breve, que los
norteamericanos tomen rápidamente la
capital; así serán menos los muertos".
Fue entonces que se produjo el milagro:
descubrimos que muchos de los antiguos
señores y señoras de izquierda, ya no lo
eran. Fue un descubrimiento doloroso, de
cierta forma desconcertante, pero
saludable. Mientras el ejército imperial
ejecutaba a decenas de miles de iraquíes
inocentes, sin juicio previo ni
aprobación internacional, por cohetes
teledirigidos, un grupo de ex
izquierdistas y de izquierdistas
despistados (junto a la derecha
tradicional) firmaba una condena contra
Cuba –que había sido considerada por el
emperador como parte del llamado eje del
mal–, porque actuaba con severidad en
defensa propia, de acuerdo al veredicto
de juicios, según leyes previas
aprobadas por un Parlamento. Estamos
contra toda violencia, dijeron, provenga
de donde provenga. Estamos contra la
violencia del tigre y contra la
violencia del ciervo que se defiende. Ya
sabemos que el tigre es malo, pero
tratemos de que el ciervo no desarrolle
su instinto defensivo y conserve la
ternura, y la confianza en Dios. Leyendo
sus nombres, por un instante creímos que
la izquierda había desaparecido, que la
propaganda goebbeliana había convertido
en verdad la mentira, pero digo, fue
solo un instante, porque la realidad
social es tan obstinada que no permite
prolongados desvaríos.
Por aquí, por allá, fueron apareciendo
los intelectuales revolucionarios; no
traían verdades absolutas, pero sus
dudas teóricas habían sido arrasadas por
el movimiento popular. Y no es que
aparecieran de súbito, estaban allí,
algunos desde los años sesenta y
setenta, pero no los veíamos, porque los
medios mezclaban nombres y epítetos,
hacían que todos parecieran iguales. Son
los que nunca se avergonzaron de
compartir la suerte de las mayorías
explotadas. También, los que fueron
rescatados en la arena al subir la
marea. "No porque haya caído la Unión
Soviética voy a dejar de ser socialista
–le dice a Esther Pérez el brasileño
Frei Betto–, como mismo no dejé de ser
cristiano al conocer la historia de la
Inquisición. Para mí el socialismo no
tiene su raíz en el marxismo. El
socialismo tiene su raíz, como también
el marxismo, en la existencia de la
desigualdad social. Si no hubiese gente
en la miseria, si no hubiese gente en la
pobreza, en la exclusión, no habría
marxismo, no habría socialismo y no
estaríamos hablando de estas cosas."
Llegaban desde diferentes recodos del
pensamiento o de la acción social,
traían conceptos y percepciones
variadas, aparentemente contradictorias,
pero todos confluían en la certeza de
que el capitalismo es insostenible e
inviable para la humanidad. Ahí estaban
los zapatistas en Chiapas, los
bolivarianos en Venezuela, los Sin
Tierra en Brasil, el movimiento
revolucionario de las naciones indígenas
en Ecuador, Perú, Bolivia, los
activistas del Foro de Sao Paulo.
Comunistas, como la chilena Gladys
Marín; líderes indígenas, como la kichua
ecuatoriana Blanca Chancoso;
ambientalistas, como el poeta brasileño
Thiago de Mello; académicos marxistas,
como el hispano mexicano Adolfo Sánchez
Vázquez o el egipcio Samir Amin;
sociólogos de los medios, como el belga
Armand Mattelart o el hispano francés
Ignacio Ramonet. Una pléyade de honestos
intelectuales norteamericanos, que
mantenían o recuperaban el ímpetu de los
sesenta, algunos más cercanos a la
academia, como Noam Chomsky, Howard Zinn
o James Petras; otros al activismo
político, como Tom Hayden o el abogado
de las causas justas, Leonard Weinglass.
En el contexto de la defensa de Cuba, y
luego de Venezuela, y apoyados en las
posibilidades abiertas por el
ciberespacio, surgió la Red de Redes en
Defensa de la Humanidad, mecanismo de
concertación de los intelectuales (en el
sentido más amplio de la palabra) que se
oponen al avance del neofascismo
internacional, de los llamados neocons,
sean republicanos o demócratas en
Estados Unidos, laboristas en Gran
Bretaña, o populares en España. "Ese
tipo de redes que articula grupos
autónomos –explica el mexicano Pablo
González Casanova, uno de los
principales artífices del movimiento–,
está apareciendo como una forma de
organización que permite acciones
conjuntas de personas que tienen
coincidencias en algunos puntos, que les
permiten avanzar al mismo tiempo, a
reserva de separarse y distinguirse en
los terrenos en los que no tengan
afinidades o simpatías. El problema
enorme de juntar este tipo de fuerzas es
realmente superior a la idea de los
frentes populares, es superior a la idea
de las coaliciones de la historia
tradicional."
El movimiento desembocó en un gran
Encuentro Internacional en Caracas, y en
la creación de redes nacionales en
algunos países, como México, Cuba y
Venezuela. Una de las acciones de la red
nacional en Cuba fue la creación, en
2003, de la Videoteca Contracorriente
del ICAIC, una memoria fílmica del
pensamiento contemporáneo de la
izquierda, que pone a disposición de
estudiantes, activistas políticos y
televidentes en general, la visión, las
dudas y certezas de hombres y mujeres
que no han cejado en sus esfuerzos de
construir un mundo más justo. El nombre
se tomó de una revista de pensamiento
–de la que fui director– surgida en Cuba
en 1995 y desaparecida en 2004, y el
propósito fundamental fue contrarrestar
–desde el pensamiento revolucionario
crítico no vergonzante–, la tendencia
mundial a la apatía y al derrotismo. En
sus inicios recibió la ayuda del Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales,
bajo la conducción entonces del
argentino Atilio A. Boron.
En tres años de vida, la Videoteca ha
filmado a sesenta y dos importantes
voces de la izquierda mundial, de
dieciséis países. El espectro de
opiniones es amplio, intencionalmente
polémico. Hay comunistas, teólogos de la
liberación, marxistas, revolucionarios
eclécticos y también socialdemócratas y
reformistas radicales, que navegan a la
deriva, porque la socialdemocracia
institucional, después de la debacle del
socialismo soviético, se alió a la
derecha. Hay actores, cineastas,
filósofos, escritores, políticos,
sociólogos, historiadores, periodistas,
teólogos. Los entrevistadores comparten
las profesiones de sus entrevistados, y
en muchos casos son personalidades
relevantes en Cuba. El mundo sobre el
que debaten es "un avión que no puede
bajar en ninguna parte para abastecerse,
pero está dividido en primera clase, en
clase ejecutiva y clase económica, y si
no puede bajar hay que decidir, vamos a
matar a la clase económica o vamos a
compartir los bienes para que todos
podamos vivir con dignidad", al decir de
Frei Betto. Es un mundo que debe revisar
los nuevos conceptos que el Poder ha
impuesto, como el de globalización o,
que ha distorsionado, como el de
imperialismo. Para Samir Amin, por
ejemplo, este último no es la fase
superior del capitalismo, sino su estado
natural, y la peculiaridad actual es que
"hemos pasado a una fase de
centralización del capital que ha
impuesto a las potencias
imperialistas, en plural, el
convertirse en un centro capitalista
unificado, el imperialismo colectivo".
El argentino Atilio A. Boron ratifica de
cierto modo esa percepción al añadir:
"La novedad del imperialismo
contemporáneo es que, por ahora –lo cual
no quiere decir que no vuelvan a
resurgir–, las rivalidades
interimperialistas se procesan en un
plano distinto del militar. Pero el
imperialismo se ha vuelto mucho más
agresivo en cuanto a los pueblos de la
periferia, en contra de los pueblos del
Tercer Mundo." Se habla de la
solidaridad internacional ya no de los
proletarios, o no únicamente de ellos,
sino de todos los pueblos sometidos, de
todos los explotados.
Pero este libro apenas contiene una
selección incompleta, en parte
arbitraria, de las entrevistas grabadas,
y por tanto de las opiniones expresadas
en ellas. Quise completar (o
complementar) en lo posible algunos
tópicos: por ejemplo, el de Chile, el
recuerdo de Allende, de los errores
cometidos por la izquierda
revolucionaria –porque es tema de
discusión en algunos proyectos
actuales–, y reuní las voces del
escritor comunista Volodia Teitelboim,
de la revolucionaria Gladys, honesta,
flexible y, a la vez, incorruptible en
cuanto a los principios –posiblemente
sea esta su última entrevista filmada
antes de morir de cáncer–, ambos
dirigentes máximos del Partido Comunista
en etapas diferentes, y de Andrés Pascal
Allende, dirigente del Movimiento de
Izquierda Revolucionaria, entrevista que
realizara para la revista
Contracorriente –único caso que no
pertenece a la colección de la
Videoteca–, pero que no llegara nunca a
publicarse en sus páginas. Sobre los
sesenta hablan los estadounidenses Zinn,
Hayden y Weinglass, y creo que es jugoso
el contrapunteo de sus experiencias y
recuerdos, porque de cierta forma se
viven años parecidos a aquellos. Hay
reflexiones de tipo organizativo, de
tipo conceptual, que hacen que el libro
–estoy esperanzado con esa idea– sea
útil para abrir el debate. Cada una de
estas entrevistas ilumina a las
restantes, realza los méritos y las
carencias de las demás, y nos completa
el entramado de esperanzas, logros y
perspectivas del movimiento
revolucionario. Hay entrevistas
realizadas en 2003, en 2004, en 2005 y
en 2006; algunos temas tratados entonces
han sufrido variaciones en el tiempo,
pero no por ello pierden interés y
actualidad: el lector sabrá
contextualizar el comentario y recoger
del análisis las enseñanzas pertinentes.
No será este el único volumen que recoja
el resultado de la Videoteca
Contracorriente del ICAC, en permanente
crecimiento. Pero nos sentimos felices
de que este primer volumen salga ya al
combate en Defensa de la Humanidad.
Por la izquierda.
Veintidós testimonios a contracorriente.
Selección y prólogo de Enrique Ubieta
Gómez. Ediciones ICAIC-Editorial José
Martí, 2007. |