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Una de las virtudes del cine ha radicado
en la posibilidad de asomarse a la vida
de ciertas comunidades y, en ellas, de
sus integrantes, trayectoria que en los
primeros tiempos tuvo como punto ápice
Nanook, el esquimal,
de
Flaherty.
El cine pudo prestarse, como ningún otro
arte de los que tanto tomó en su
desarrollo, para observar al hombre en
su intimidad o en su grandeza, formar
parte de su entorno, comprender sus
dudas existenciales y sus temores,
porque, lamentablemente, no todo es
heroísmo, aunque se insista en exaltar
una grandeza en ocasiones elusiva. Para
la memoria fílmica, si escapa del
adocenamiento servido como papilla en
las pantallas grandes y pequeñas, las
piezas que más han incidido en la
valoración humanista tuvieron un sabor
agridulce, dejaron un regusto de
interrogante abierta. Y es que no
corresponde al arte cerrar preguntas
sino lanzarlas, inquietar sobre algunos
abismos que asoman en el camino, aunque
corra el riesgo de que ciertas miradas
lo señalen como poco afirmativo, lo que
puede traducirse como poco obsecuente.
No importa. Serán ese hombre asomado a
la pantalla y el observador desde la
luneta quienes intenten el mejoramiento
por el que clama la proyección fílmica.
Por supuesto que estas inquietudes no
corresponden solamente a la
cinematografía, sino a todo arte
verdadero, el que no se solaza en
agradar, acariciar, adornar. Que adornen
los biombos y los ñinguiñinguis
decorativos.
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Una pelea cubana contra los demonios… y
el mar,
de Tupac Pinilla, con la colaboración
del director invitado Raydel Araoz, será
un impacto de sinceridad fílmica para
quienes lo vean en sus primeros días de
proyección, en los cines Yara e Infanta.
El proyecto, premiado y coproducido por
DOCTV-IB y el Instituto Cubano de Arte e
Industria Cinematográficos (ICAIC), se ha concretado en
una pieza inquisitorial sobre aspectos
poco tratados de nuestra realidad, de
los que no suelen hablarnos los medios
propagandísticos. Es una ópera prima en
la
tv pública de trece países
involucrados por DOCTV-IB; ojalá la
nuestra, tan esquiva con lo que no es
agasajo, se sensibilice y la programe
sin acogerse al tiránico aserto de "lo
que no está en la
tv no existe". Nos introduce en
una realidad insular que muchos
considerarían distante, ajena. Pero es
real, cercana y nuestra. Un conflicto
donde todos los participantes cargan un
poco de razón, hablan por sí mismos, sin
maquillajes ni ardides, con una
franqueza capaz de derrumbar las
barreras de la indiferencia. Es el
retrato de un lugar desolado por las
agresiones de la naturaleza, por
conflictos igualmente naturales y
supuestas soluciones que no escaparon de
los cartabones burocráticos y de la
insensibilidad. Sin dramatizar ni buscar
los meandros del melodrama, Una pelea
cubana contra los demonios… y el mar
constituye una denuncia de
circunstancias que, por no solucionadas,
parecerían insolubles.
Carahatas, un pueblo de pescadores
situado al norte de Villa Clara ―de
asentamiento taíno homónimo cuyas
primeras referencias se rastrean en las
crónicas de Bartolomé de Las Casas
durante el primer bojeo a Cuba junto a
Pánfilo de Narváez―, padece un triple
eje tensional que cíclicamente intenta
alejarlo de la costa y acercarlo a ella.
Una empresa que vende el producto del
trabajo de sus moradores, es la única
fuente empleadora y de ingresos para
quienes tienen la pesca como tradición y
razón de vida. Vigilada por el celo
conservacionista de los investigadores,
el área es un refugio de flora y fauna,
protegido por el gobierno que pretende
sustraer a los habitantes de los
ciclones que periódicamente barren sus
casas. Pero en ese entorno radica su
verdad, su vida, y siempre regresan a su
lugar de origen. Obstinación, tradición,
razón de una cultura ancestral que exige
respeto. Es el punto dramático que no
avizora solución si se persiste en
métodos de extracción económica, por una
parte, y de posposición de las
soluciones, por otra. Entre tanto, la
vida continúa, las generaciones se
reciclan y el oficio de pescadores,
heredad de abuelos a nietos, pierde a
los seguidores porque le anulan la
posibilidad de los relevos.
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La habilidad de los realizadores (donde
buena parte recae en la eficacia de los
fotógrafos ―Bernabé
Castillo con Luis Llera, Ernesto
Granado, Luis Guevara y Everardo
Vázquez―
y el editor ―Damián
Fernández Font―) permite que el relato
transcurra con una naturalidad que no
traiciona la mostrada por los
testimoniantes. Hubiera resultado
artificio adverso si se intentara un
"embellecimiento" vicioso, que riñera
con el carácter del conjunto. Salvo
observaciones al pródigo pero
inquietante paisaje en que desenvuelven
su labor y sus días, sus diálogos, sus
protestas de las circunstancias que los agreden, o de la
"utilería" que los
rodea ―la escueta dignidad de la
pobreza―, apresada por la mirada de la
cámara, que se centra en esas personas
sin intentar convertirlas en personajes.
Predomina su carnalidad esencial, la
adustez de sus gestos y una locuacidad
afincada en razones. El drama de Carahatas adquiere, con ellos, una
resonancia sin apelaciones ni añadidos.
Es el insoslayable conflicto de sus
vidas y de una sensibilidad colectiva
construida a golpe de sinsabores, donde,
sin embargo, la vida sienta su principal
razón, la de la consecución de los días,
los hijos y una esperanza que no puede
permitirse decaídas.
Hacía tiempo que la pantalla no me
entregaba tanta vida viviéndose, un
retrato colectivo sin concesiones, un
documental a la manera de los viejos
tiempos. Su belleza alejada de
"lo
bello", conmueve y deja en el aire una
interrogante que no presume de tener las
soluciones. Tupac Pinilla, entre
pescadores, se revela como un pescador
en las aguas turbias de la realidad. |