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Todavía hoy se nos suele presentar como
un tema de discusión la cuestión de si
el grupo zoológico humano nació en un
contexto de abundancia o de escasez. La
generosidad de la naturaleza del
paleolítico ni siquiera la podemos
imaginar desde la erosión que milenios
explotación indiscriminada han impuesto
al medio natural del ser humano. Pero,
en sentido inverso, la humanidad
naciente estaba sometida a la ley de la
lucha por la vida y la supervivencia del
más fuerte, que Carlos Darwin acertó a
develar tras la evolución de las
especies en el mundo animal. Sería la
aparición del trabajo humano y su
progresivo desarrollo lo que imprimiría
un curso diferenciado a la evolución de
la sociedad.
Tuvieron que pasar miles de siglos para
que las fuerzas productivas que el
trabajo generaba sacaran al hombre de su
total sujeción al medio natural. Con la
producción de excedentes para la
satisfacción de sus necesidades
primarias, y la aparición del comercio,
apareció también la apropiación, la
acumulación y la diferencia entre ricos
y pobres. Por tal motivo se hace
imposible referirse, en la práctica, a
la pobreza, exclusivamente a partir de
la carencia de bienes para suplir
nuestras necesidades básicas, y pasar
por alto los niveles de desigualdad que
la producen y la reproducen socialmente,
dentro del tejido de las relaciones
humanas. Podemos decir que la carencia
aporta los elementos de una definición
biológica, en tanto es a partir de la
desigualdad que podemos explicar la
pobreza como fenómeno social. Y tal
especificidad precede en el tiempo al
nacimiento mismo de la modernidad
capitalista, que la ha agudizado y
llevado a su máxima expresión.
La importancia de este dato no es, en
modo alguno, la de una distinción
semántica. Implica que la pobreza no
puede ser reducida a una condición
natural, estática e inmodificable. A un
fatum, como se creyó por siglos.
Sino que se genera y se reproduce a
partir de la configuración y de los
cambios en la estructura social.
Personas pobres, familias pobres,
comunidades pobres, países pobres, son
todos expresión, a diferentes escalas,
del patrón de desigualdad creado por la
mercancía. Pobreza esclavista, pobreza
feudal, pobreza capitalista, e incluso
pobreza en las sociedades que buscan un
curso socialista, son términos que
aluden a distintos momentos de la
pobreza en la historia, a distintas
formas de explotación del trabajo, con
distintos grados de desarrollo de las
fuerzas productivas, al acierto o
desacierto en la aplicación de
alternativas.
En las formaciones sociales más
tempranas, la disponibilidad,
cuantitativa y cualitativa, de valores
de uso era inferior y, en consecuencia,
la brecha entre ricos y pobres menos
profunda. Obsérvese que entre las
carencias de las capas más empobrecidas
de la sociedad contemporánea y las del
pobre de la sociedad feudal no existen
en la práctica diferencias apreciables,
que sí existen entre las comodidades del
rico de hoy y las que estaban al alcance
del señor feudal. Estas últimas son, de
hecho, descomunales, porque acumulan los
beneficios más sofisticados de la
tecnología, y hasta permiten satisfacer
caprichos con frecuencia ofensivos por
el contraste con los desposeídos, y
exhiben distancias distributivas muy
elevadas.
El desarrollo capitalista ha llevado la
abundancia y sofisticación productiva a
un punto tal que aparecen dos
contradicciones esenciales, nuevas y
exclusivas de la modernidad.
La primera contradicción radica en que
las fuerzas productivas han alcanzado en
el mundo actual la potencialidad para
satisfacer las necesidades básicas de
toda la población mundial, en tanto la
estructura del capital
transnacionalizado y los estados
modernos se ordenan en un sistema que
imposibilita convertir esta
potencialidad en metas coherentes y
efectivas.
La segunda contradicción se refiere a la
agresividad de la producción y el
consumo capitalista hacia el medio
natural, la cual ha creado un nivel de
erosión y de agotamiento de recursos que
amenaza con poner fin a las
posibilidades de supervivencia humana –la desaparición es ya una realidad
creciente para numerosas especies
animales– en el planeta, y que el
imperativo de la lógica de las ganancias
de las grandes empresas impide
contrarrestarlos. No debemos ver esta
segunda contradicción como un problema
aislado, porque las estrategias de lucha
contra la pobreza están íntimamente
relacionadas con la lucha por la
preservación y recuperación de las
condiciones de vida en el medio natural
de la humanidad. ¿De qué serviría
empeñarnos en proyectos de justicia
social y equidad, si continuamos la
destrucción de nuestras propias
condiciones de subsistencia?
El destino del pobre se vincula a la
salvación del planeta, el destino del
rico, a su destrucción.
Una vez dicho esto, regreso a afirmar
que, de todas maneras, cuando hablamos
de pobreza, no podemos evitar partir del
rango sustantivo de las carencias. O sea,
que desigualdad y pobreza no son
conceptos coextensivos o, como se dice
comúnmente, no significan la misma cosa,
sino que aluden a realidades
inseparables, donde debemos distinguir
una relación causal: la pobreza es
generada por la desigualdad. Tanto para
explicarnos su connotación, como para
hacerles frente con estrategias
sociales, económicas y políticas, que es
el verdadero propósito final.
El alcance del pensamiento humano para
definir la pobreza, expresado en los
indicadores que se utilizan, también ha
evolucionado a través de los tiempos.
Comenzaría por señalar una definición
descriptiva, primaria, aparente, de la
pobreza, que pudiéramos llamar incluso
premoderna. La pobreza identificada por
el hambre, la falta de techo, los
harapos como vestuario, la ausencia de
higiene básica, el analfabetismo, la
desprotección en cuestiones de salud y –no puede faltar– la carencia de
propiedad; el pobre no posee tierras ni
otros medios productivos.
La modernidad capitalista, marcada por
la conversión de la fuerza de trabajo en
mercancía, introdujo históricamente el
salario como rasero para medir la
pobreza. Y con esta introducción, lo que
todavía se maneja como el más universal
de los indicadores cuantitativos: el la
"pobreza de ingresos". Pero el
desarrollo cada vez más desigual de las
economías forzaba a tal limitación en la
fijación de cálculos fiables, y condujo
a la diferenciación entre pobreza
absoluta y pobreza relativa, que con
anterioridad a la presencia del capital
en la historia hubiera parecido forzada.
En términos de condiciones de
subsistencia no podemos asegurar que la
sociedad azteca fuera más pobre que la
española de comienzos del siglo XVI que
la sometió. Más bien parece ser al
revés.
En la última década del siglo XIX los
estudios londinenses de Booth y
Rowntree, centrados en la pobreza de
ingresos, introdujeron el criterio de
fijar una "línea de pobreza", al cual se
atienen hoy, como rasero cuantitativo,
el Banco Mundial y otros organismos
internacionales, y que tenemos que
recibir críticamente (pero sin
desestimar).
Además de las imprecisiones que ocasiona
el desarrollo desigual, el poder de
compra del dinero varía en el espacio y
en el tiempo. Otros indicadores que
tratan de acotar estas limitaciones, en
el torrente de preocupaciones que los
estudios sobre pobreza han levantado en
la segunda mitad del siglo XX, son el
que parte del cálculo de una "canasta
básica", que pone en juego la medición
de la capacidad adquisitiva dentro de la
pobreza de ingresos y, más
recientemente, el "índice de desarrollo
humano", que procura incorporar los
indicadores de empleo, salud, educación,
seguridad social, en una visión más
abarcadora de la "calidad de vida", para
buscar caminos de mejoría y de eventual
erradicación de las condiciones de
indigencia y de pobreza.
Quien primero introdujo la distinción
entre indigencia y pobreza fue Jeremías
Bentham, ya en el siglo XVIII, buscando
caracterizar situaciones de carencias
extremas. Y esta distinción de niveles
se ha mantenido para todos los
propósitos.
Creo que hay que destacar el hecho de
que la pobreza se haya convertido en uno
de los temas centrales de la ciencia
social contemporánea, lo cual se debe a
que la percepción de las grandes
contradicciones de hoy, a las que hice
referencia al principio de estas líneas,
no escapa como preocupación a ninguno de
los estratos de la estructura social. Y
tampoco lo intolerantes y explosivas que
se pueden convertir sus consecuencias.
El tema de la superación de la pobreza
no entró, de manera definitiva, hasta el
siglo XIX en los propósitos de la
humanidad. Durante la antigüedad, el
medioevo, y aún en los albores de la
modernidad, predominaba la visión del
pobre como una condición inmóvil. La
lectura medieval de la caridad cristiana
la centró en la mitigación de la
indigencia y la consolación del pobre.
Devino incluso un paradigma ético que
halló entonces su expresión más
significativa en la concepción
mendicante introducida por San Francisco
de Asís en los inicios del siglo XIII. Y
que subsiste en las variadas expresiones
de la limosna.
Solo los movimientos sociales que la
proletarización generalizada del trabajo
hizo nacer seis siglos después, y las
conquistas arrancadas al capital a
través de las luchas sindicales,
abrieron un cuestionamiento creciente
hacia la eliminación de la pobreza.
El esquema liberal comenzó por plantear
el problema en términos individualistas,
a partir de la competencia capitalista:
una sociedad donde cualquiera puede
salir de la pobreza y alcanzar la
riqueza mediante la libre competencia.
Pero se hace cada vez más evidente que
el siglo XX ha barrido con cualquier
esperanza que quiera cifrarse en un
paradigma liberal. Se levanta así ante
nuestros ojos la alternativa entre las
respuestas asistencialistas, propias de
los programas liberales, que concentran
esfuerzos en la ayuda, y que no podemos
dejar de admitir que a veces han
respondido y responden con eficacia a
urgencias coyunturales, locales,
inmediatas, por una parte. Y por otra,
la necesidad de respuestas
estructurales, dirigidas a combatir las
causas mismas de la pobreza, que son las
que pueden conducir orgánicamente a
proyectos de erradicación, y que se
contraponen en una u otra medida al
esquema liberal.
De acuerdo con los indicadores en vigor,
la pobreza afecta hoy aproximadamente a
la mitad de la población del planeta.
Descubriríamos incluso que las
proporciones son más elevadas, si nos
detenemos a preguntarnos: ¿quiénes son
los pobres? ¡No vamos a creernos que la
pobreza termina en los dos dólares
diarios de ingreso personal! Nos
encontramos en realidad ante el más
universal de los trastornos sociales.
Estamos obligados a definir también lo
que vamos a considerar como "no pobres",
es decir, el umbral de entrada y, sobre
todo el umbral de salida. Y de
diferenciar el status del "no pobre" en
la ruta de la depauperación, del "no
pobre" en la ruta de la superación de la
pobreza.
La propuesta de soluciones estructurales
requiere, a mi juicio, detenernos sobre
la distinción entre los conceptos de
pobreza y desamparo, que con frecuencia
se usan de manera indiferenciada, debido
tal vez a la relación de un estado de
indefensión que se muestra inseparable
de las carencias, cuando estas se hacen
sostenidas. Identificamos como
desamparada a una familia pobre,
especialmente en la medida en que sus
condiciones de vida la aproximan a la
pobreza extrema y la marginalidad. La
extensión del desamparo se hace notar
con el crecimiento de la marginalidad y
de la exclusión, que socializan la
indigencia en grupos o capas completas
de la población, las cuales a veces no
logran un solo empleo formal o ingreso
estable en toda su vida laboral, y que
tienden a compactarse en suburbios
urbanos. La población de Cité Soleil, en
Haití, una de las concentraciones
marginales más tupidas del planeta, se
pondera sobre los seiscientos mil
habitantes. Se calcula que
aproximadamente una cuarta parte de la
población urbana mundial habita
concentrada en suburbios definibles
como marginales. Incluso el concepto de
suburbio se ha visto distorsionado a
veces para referirse a áreas que quedan
enclavadas en el centro mismo de las
ciudades, y no son, en rigor,
suburbanas.
El concepto de exclusión alude, como es
obvio, a otro aspecto del fenómeno: la
desconexión con el entorno
socioeconómico formal del sistema.
Marginalidad, exclusión y desamparo
acercan la definición de la pobreza a
sus causas, a su contextualización
socioeconómica, y al complejo propósito
de elaborar y ejecutar estrategias. Se
trata de aquellas franjas que han sido
sacadas fuera, abandonados por el
sistema, a quienes no se deja otro
vínculo formal que la obligación de
responder ante la ley. Al excluirlos, el
sistema, que los coloca en condiciones
de delinquir, se acuerda de ellos
solamente para enjuiciarles cuando
delinquen.
No rechazo la percepción que subraya el
vínculo entre pobreza y desamparo. Al
contrario, me parecen conexiones
esenciales en muchos sentidos. Por eso
precisamente considero indispensable ir
más allá del enriquecimiento adjetivo, y
plantearnos la necesidad de elaborar una
caracterización más diferenciada del
desamparo en el plano macrosocial.
Si la pobreza se nos revela siempre a
través de la carencia y la desigualdad,
el concepto de desamparo apunta a un
tipo específico de relación social de la
institucionalidad política y civil de la
sociedad con las franjas de la población
vulnerable, los pobres confirmados y los
potenciales. Cuando usamos el término
sabemos con bastante precisión quienes
son los desamparados, pero estamos
obligados también a percatarnos de la
existencia de una sociedad con
estructuras que desamparan (gobernantes,
clases, instituciones). Cumplen o
incumplen una función de protección.
Al liberalizar los dispositivos de la
competencia capitalista y reducir el
peso específico del gasto social y del
papel del estado en la economía, el
paradigma neoliberal forzó a la
reducción del gasto social y, con esto,
reduce al mínimo los canales de amparo
estatal, relegando esta obligación a
organizaciones de la sociedad civil.
Del mundo empresarial no puede esperarse
una participación orgánica en
estrategias de amparo, porque
contradice, en su propia esencia, a la
lógica de la ganancia. En este plano, el
mercado solo admite contribuciones que
le reporten algún beneficio y que no se
interpongan en sus circuitos de
acumulación. De modo que las estrategias
de amparo solo pueden generarse y
mantenerse desde el estado, y por la
institucionalidad civil de manera
complementaria.
El campo de las estrategias de amparo lo
integran, primariamente, la educación
pública, la asistencia de salud, y la
seguridad social. La reproducción de la
pobreza en el seno de la familia se
consolida cuando los hijos en edad
escolar tienen que abandonar los
estudios para incorporarse al mercado
laboral, o cuando uno de sus miembros se
ve aquejado de una enfermedad que le
impide trabajar, o el pago de un
servicio social costoso (como suelen ser
los servicios funerarios) agota los
ahorros o endeuda a la familia. Dentro
de otro nivel de responsabilidad –que
se produce a través de mecanismos
económicos en los cuales la
triangulación con el mercado es
sustantiva– tendríamos que referirnos a
la intervención en el aseguramiento del
empleo, la correlación entre los
ingresos y los precios, el transporte
público, la distribución de bienes de
consumo de primera necesidad, la
respuesta a los problemas de la
vivienda. La responsabilidad del estado
es, en una palabra, intransferible.
La adopción de estrategias de lucha
contra la pobreza tiene a mi juicio que
partir de estrategias de lucha contra el
desamparo. No es posible la superación
de la pobreza sin la superación del
desamparo, y cualquier proyecto, por
deslumbrante que se pueda presentar, que
no parta de este presupuesto, está
condenado al fracaso.
Por esa razón la recuperación de la
función reguladora del estado es
primordial. Necesaria, aclaro, pero no
suficiente. Un punto de partida, que
tiene que complementarse con la voluntad
de utilizar esa capacidad de regulación
en un sentido determinado. Regímenes
despóticos, con elevado poder de
regulación, como el de Pinochet en
Chile, y algunos de los estados del
Pacífico occidental (los NIC),
sirvieron en los años 80 a la
implantación del modelo neoliberal. De
modo que la recuperación regulatoria no
constituye un fin en sí misma, sino un
medio, porque se sabe de sobra que un
estado fuerte puede utilizar su poder
para bien o para mal.
Pero el estado debilitado por los
programas de ajuste, queda a merced de
los designios del capital transnacional,
del FMI y el BM, de la O MC, y deviene
un poder subalterno de las políticas de
dominación. Carece de la menor
importancia que se le pueda definir como
democrático o dictatorial, en los
términos consagrados por la ideología
liberal. El sentido de la soberanía
efectiva se pervierte al ponerse el
estado al servicio de los dispositivos
de la ganancia del gran capital, y
anular la posibilidad de dar respuesta
al interés común. Está además demostrado
el nivel de represión de que es capaz
una democracia liberal.
Quedaría mucho por decir, y el espacio
no permite ir más lejos. Preservo unas
líneas para no dejar de citar el peso de
la integración. Los países periféricos,
por separado, poco pueden avanzar en
condiciones de aislamiento. Las
acciones coherentes contra el desamparo
social, y orientadas hacia una
superación estructural de la pobreza,
requieren de una alianza capaz de
contrarrestar la alianza del capital,
que hoy domina.
Finalmente quisiera precisar lo que
entiendo por superar, verbo que me
parece mucho más adecuado cuando
hablamos de la pobreza que el de
eliminar. Normalmente todos los
indicadores que elaboramos tratan de
definir la pobreza, pero la condición
del "no pobre" queda un tanto en la
penumbra estadística. En todo caso no
debemos pasar por alto el hecho de que
salir de la pobreza supone la elevación
de las mayorías sociales afectadas, a
una mejoría estable, que solo puede ser
compartida con equidad por ser
sustancialmente una solución
mayoritaria. Se trata de ser menos
pobres, no de abrir el camino a la
opulencia, que nos devuelve a la
desigualdad.
Las nociones de aliviar y reducir
tampoco son siempre indicativas de
asistencialismo, e incluso siéndolo, no
contradicen necesariamente la aplicación
de estrategias de superación a más largo
plazo. De hecho la superación se alcanza
solo a través de reducciones
sistemáticas. No se trata de
suministrar pescado, sino de enseñar a
pescar; pero mientras se aprende hace
falta algún pescado.
Por último, me gustaría dejar en claro
que cuando leemos que en un país o en un
período dado el número de pobres se
redujo, no siempre estamos ante un caso
de superación de la pobreza. Por lo
regular se trata de un efecto de
elevación temporal del nivel de vida,
generado por acciones coyunturales, y en
esos casos se repiten los retrocesos.
Para saber que una mejoría en los
niveles de pobreza indica un avance
estable convendría saber en qué medida
responde a la superación del desamparo.
Es una verdad dolorosa que lo acordado
en las metas del milenio no se va a
cumplir con lo que se ha hecho ni con
lo que se nos abre a la vista ni en la
fecha prevista ni en otra que por ahora
podamos predecir.
La Habana, 27 de julio de
2007
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