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Queridos
amigos:
Sentí un gran alivio cuando conocí que
los medios de prensa en mi país, EE.UU.,
y en Gran Bretaña, están mostrando
interés, después de casi una década, en
el injusto encarcelamiento de sus seres
queridos. Me los imagino a ustedes, los
hijos, mucho más grandes ahora de lo que
eran cuando sus padres se marcharon.
Ruego porque ustedes todavía puedan
sentirse conectados con ellos: a través
de cartas, llamadas telefónicas; quizá,
ahora ¿visitas? Es doloroso darse cuenta
de que el placer de la relación entre
ustedes y sus padres les ha sido robado.
Y así y todo, qué grande es el amor que
ellos sienten por ustedes. Ellos querían
que ustedes crecieran en un país seguro,
un lugar donde ustedes pudieran jugar y
crecer, ir a la escuela y trabajar, sin
temer por sus vidas. Yo admiro muchísimo
a sus padres.
En mi propia experiencia todo lo que
tiene que ver con alcanzar la justicia
ha sido muy duro, muy difícil, una lucha
muy larga.
De hecho,
aparentemente
sin fin.
Esa es desafortunadamente la experiencia
de la mayoría del mundo. Aún así,
nosotros persistimos en nuestra
esperanza de justicia, en nuestra
creencia en ella, en nuestra dedicación
a ella como un noble ideal, digno de los
mejores seres humanos, de aquellos que
la buscan a expensas de ellos mismos.
Como han hecho sus padres.
Cuando yo crecía en el sur de EE.UU. a
mediados del pasado siglo, si una
persona negra era atacada por un blanco,
se consideraba la pena de muerte para la
persona de color si esta se defendía.
Esto conllevó a una comunidad de
personas que sufrían de muchas
enfermedades asociadas con la
humillación y con la cólera reprimida:
hipertensión, desórdenes alimentarios,
diabetes, enfermedades del corazón,
depresión, derrame cerebral, y otras
más. Esto conllevó también,
irónicamente, a la creación de muchas
obras de arte increíbles. Especialmente
de música, de la cual colmamos
generosamente el mundo. Les ofrezco
estos recuerdos (cambiamos ese escenario
de no defenderse) no para
entristecerlos, sino para recordarles el
hecho de que el sufrimiento también
tiene sus gratificaciones. Y para
aconsejarles que se aseguren de
compartir el dolor y la tristeza que
están sintiendo por lo que les ha pasado
a sus padres. Compártanlo con otros.
No
dejen
de
hablar
de
ello.
Ustedes
no
están
solos en
este mundo.
Aunque algunos de sus amigos, como yo,
estamos a miles de millas de distancia,
estamos cerca en nuestras conciencias.
Reconocemos que estamos atrapados en el
laberinto de una misma extraña
pesadilla. Que la Tierra misma por estos
días está cautiva en una visión
demencial de lo que unas pocas personas
fuera de sí insisten en decir que ella
es. Nuestra visión es diferente, y
merece la pena mantenerla: que las
personas tienen derecho a defenderse.
Que las personas tienen derecho a la
justicia y la paz.
Que la tortura, ya sea ser mantenido en
aislamiento por 17 meses o mantener a
nuestros hijos separados de nosotros, es
algo que los seres humanos evolucionados
hace tiempo han dejado atrás.
¡Insistimos en un mundo mejor! Sabemos
que un mundo mejor es posible. Lo hemos
visto.
Este es el mundo que sus padres conocen,
aunque los tengan alejados de la luz de
la libertad. Mantener esas ideas,
soportar tales sacrificios —
especialmente no verlos ni estar con
ustedes— es el regalo de ellos para
nosotros. Y, aún más, es el regalo de
ellos para ustedes.
De ustedes en la paz y en la compasión,
Su tía,
Alice (Walker)
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