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El descubrimiento de Miami se produjo a
finales del siglo XX. No fue obra de
intrépidos navegantes sino de centenares
de reporteros y camarógrafos. Gracias a
la tecnología moderna la barbarie se
instaló en los hogares del mundo entero
durante varios meses.
Día y noche aparecía en las pantallas de
todos los televisores la chusma mafiosa
que desafiaba a la Ley, al Gobierno
Federal y a los tribunales y se negaba a
devolver a su padre a un niño de seis
años, que acababa de perder a su madre y
era victima del secuestro y el maltrato
infantil más publicitado de la historia.
Millones de personas vieron y escucharon
al alcalde y al Jefe de la Policía, a
los legisladores y a los políticos y
también a empresarios, clérigos y
periodistas locales, todos unidos en
respaldo a los plagiarios, aborrecible
espectáculo que provocó indignación en
la inmensa mayoría del pueblo
norteamericano. Grande fue el alivio en
todo el planeta cuando, finalmente,
comandos especialmente enviados desde
Washington tomaron por asalto el lugar,
desarmaron a los bandidos y rescataron a
Elián González.
Lo que nadie sabía es que, al mismo
tiempo, cinco jóvenes cubanos estaban
también secuestrados en Miami, llevaban
largos meses de incomunicación total y
se les castigaba precisamente porque, a
riesgo de sus vidas, habían luchado
contra esa misma mafia terrorista.
Aislados del mundo exterior, encerrados
en celdas de castigo durante 17 meses,
sin capacidad, sin capacidad para
defenderse, eran sometidos a una
grotesca y repugnante farsa judicial.
Sus abogados trataron varias veces
infructuosamente de que el juicio fuera
trasladado a otro lugar. La Fiscalía se
negó rotundamente. A los Cinco había que
castigarlos en Miami, exactamente en esa
ciudad que describían para escarnio de
la decencia como "cosmopolita y
diversa".
La selección del Jurado sería un
espectáculo inusualmente revelador.
Decenas de ciudadanos convocados al
efecto manifestaron sin tapujos sus
prejuicios contra Cuba y contra los
cinco acusados y confesaron su
incapacidad para juzgarlos
imparcialmente, o el temor de perder la
vida o la de sus familiares si se
atreviesen a disentir de lo que exigían
los matones que imperan en esa ciudad.
No fue sino hasta agosto de 2005 que los
tres jueces encargados por la Corte de
Apelaciones de Atlanta para revisar el
caso, decidieron anularlo precisamente
porque la celebración del juicio en
Miami era, para los dignos magistrados,
una negación de la justicia que
vulneraba principios fundamentales de la
Constitución estadounidense. Fue una
decisión unánime sólidamente argumentada
en un texto de 93 páginas que hoy es
material de estudio en varias Escuelas
de Leyes de Universidades de ese país.
Un año después, para sorpresa de los
especialistas, el pleno del Tribunal de
Atlanta, a solicitud del Fiscal General
de Estados Unidos, anuló lo que habían
decidido sus tres miembros.
Al forzar aquel juicio en Miami, la
Fiscalía había incurrido claramente en
una conducta dolosa suficiente para que
todo el proceso fuera declarado írrito,
nulo, sin valor, y en consecuencia
debería haber conducido a la inmediata
liberación de los Cinco. Hubo muchas
otras violaciones y cada una de ellas
bastaba para deshacer toda la
fraudulenta acusación y poner fin al
impúdico proceso.
El confinamiento solitario desde la
detención y durante 17 meses, sin
justificación alguna y contraviniendo
las leyes y las normas carcelarias; la
dificultad extrema para comunicarse con
el mundo exterior incluyendo sus
letrados defensores; la prohibición a
conocer las supuestas pruebas que
calzaban la acusación, algo que todavía
reclama la Defensa hoy en mayo de 2007;
los discursos inflamatorios de la
Fiscalía que, combinados con la
sistemática campaña de la prensa local,
buscaban confundir y amedrentar a los
miembros del Jurado; las presiones
directas que elementos de la mafia
miamense ejercieron incluso dentro del
edificio del Tribunal y que obligaron a
la jueza más de una vez a protestar:
Cualquiera de estos hechos, en un juicio
normal y conforme a la jurisprudencia
norteamericana, habría nulificado los
cargos imputados, anulado el proceso y
determinado la libertad de los acusados.
A estos hechos se refirió el Grupo de
Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias de
la ONU, cuando hace dos años determinó
que el proceso contra los Cinco era
arbitrario y contrario a las normas
internacionales y demandó al Gobierno
norteamericano que, conforme a sus
obligaciones, pusiera fin a la situación
creada.
Cuando nuestros compatriotas están
próximos a cumplir nueve años de injusto
y cruel encarcelamiento, todavía la
Corte de Apelaciones no concluye su
revisión del caso.
Seguimos esperando que esa Corte
desestime completamente el inventado
Cargo 2, conspiración para practicar el
espionaje —por el que Gerardo, Ramón y
Antonio cumplen cadena perpetua—, que no
tiene fundamento alguno, pues a ninguno
de ellos se les ocupó ningún secreto. El
propio Pentágono en una declaración
oficial señaló que nada en este caso
había afectado a la seguridad nacional
de Estados Unidos, y ante el propio
Tribunal de Miami, bajo juramento, altos
oficiales norteamericanos, incluyendo
generales y almirantes, afirmaron que no
habían visto ningún indicio de espionaje
o la intención de llevar a cabo algo
semejante.
Seguimos esperando que la Corte eche al
cesto de la basura el infame Cargo 3,
conspiración para cometer asesinato en
primer grado —por el que Gerardo encara
una segunda cadena perpetua—, pues ante
esa misma Corte de Atlanta, en un acto
que admitió carecía de precedente, el
Gobierno reconoció que no podía probar
su estúpida acusación y solicitó
retirarla.
Todo lo que he escrito puede comprobarse
leyendo las actas del Tribunal Federal
de Miami y los documentos referentes al
juicio allí realizado, disponibles en
Internet bajo el título de este caso,
United States versus Gerardo Hernández
et al. Ahí también se puede
encontrar la clave que explica el
disciplinado, uniforme silencio que
sobre él imponen los grandes medios
"informativos": los Cinco fueron
arrestados, acusados y castigados
cruelmente por haber penetrado los
grupos terroristas que operan
impunemente contra Cuba para descubrir
sus planes criminales y salvar vidas.
Eso fue reconocido, una y otra vez, por
la Fiscalía, es decir, por el Gobierno
norteamericano, que actuó con tal
impudicia porque sabía que contaba con
la obediencia de esos medios que se
empeñarían por ocultar la verdad.
Este libro, obra de un grupo de los
mejores escritores y artistas cubanos,
es una hermosa contribución a la batalla
que debemos seguir librando hasta que la
verdad prevalezca.
A mí la Editorial San Luis me pidió este
epílogo, que encaré con sentido del
deber y a la vez con la certeza de que
no me correspondía. El verdadero epílogo
de esta historia lo escribirán muchos.
Lo escribirán cuando regresen Gerardo,
Ramón, Antonio, Fernando y René. Cuando
podamos abrazarlos, ya libres, aquí en
la tierra por la que sacrificaron sus
vidas, para que al final reciban de su
pueblo, como en la última canción de los
Beatles, todo el amor que dieron. |