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El impostor es un tipo de apariencia
normal, casi buena gente. Se le nota
joven, muy hablachento, capaz de
convencer a una piedra, con las armas
eficientes, afiladas y relucientes de la
impostura. Puede parecer oveja, pero sus
instintos son los del lobo y oculto vive
lo contrario de su apariencia.
El impostor, obviamente, no actúa con
ideas propias, no se detiene en
discernir sobre sus valores o
principios. Es seguro, que si explora
en su interior, no halle nada o al menos
muy poco, heno, restos, reciclajes,
otras imposturas. El impostor arguye ser
inocente, él no le ha quitado las ideas
a nadie. Él hace política, y en la
política, como en el amor y en la
guerra, se vale todo. La ética y la
política, aunque parezca una ingenuidad,
son sueños que corren juntos, la utopía
y el paraíso. Pero el poder se mueve
por antiguos y labrados laberintos,
donde ejecuta, una y otra vez, con
maestría a veces, con felonía otras, las
consecuencias del dominio sobre los
otros.
El impostor es casi un carroñero, no le
importa quedarse con las sobras, ni
siquiera con las esperanzas despertadas
por otros. El impostor persigue con
ahínco imitar, suplantar el argumento
que ha llevado a la victoria a su
enemigo, a su rival, a su contrincante.
El impostor rápidamente sabe ser otro,
hasta admite los errores del pasado.
Decir que somos humanos está de moda. Y
errar humano es.
El impostor se presenta con su cara muy
lavada, después que lo hemos visto
azuzando la violencia, haciéndose
cómplice de las peores intenciones, y
animando los bajos instintos de la
sociedad. Él miente. Si hay unas fotos
de él arengando a la multitud, de él
cerrando los ojos ante la plaza
Altamira, él lo niega. Son un montaje.
El impostor sigue de lo más orondo,
además en este mundo solo importa el
presente. El pasado ni siquiera como
contexto. El pasado y la memoria son
valores de otro tiempo. En la
globalización el único tiempo es el
segundo, el único sentido: el efecto.
Los sociólogos hablan de cómo impactar
en el sector tal. El Impacto, la
impresión, lo superfluo.
El impostor no se reconoce racista ni
fascista tampoco capitalista. Máximo se
autodenomina liberal, la ambigüedad es
una de sus características. No es
socialista ni social-demócrata, su
propuesta es la democracia social. No
hará misiones pero asistirá con toda
decisión a los pobres y sus problemas de
inseguridad, visto que ya de
alimentación no tienen porque hasta
gordos están. El impostor se conmueve
ante la pobreza, la injusticia, es parte
esencial de su impostura.
El impostor habla sin parar, es echado
pa' adelante, parece no temerle a nada.
No se detiene a comprobar el tenor de
sus convicciones, y si alguien le
pregunta si es adeco cambia el tema y de
casualidad no habla del socialismo del
siglo XXI.
El impostor dice que el objetivo
principal de su gobierno, manquesea
municipal, son los pobres, los
invisibilizados y no el country club
como pudiera parecer.
El impostor hace alarde de los
prestigios ajenos y vuelve sal y agua
con sus mimetismos, los argumentos del
rival, con sus eufemismos y su rebeldía
de pacotilla imita las expresiones del
pueblo cuando clama por justicia. El
impostor sonríe aún en los momentos más
difíciles, cuando está por descubrirse
el parapeto que fragua, él sonríe y
niega las acusaciones
-Impostor. Impostor
Él ha olvidado quién es. Los impostores
suelen ser piratas, pero hay algunos,
tan refinados, que hasta cultivan la
inteligencia propia y no exclusivamente
la astucia. El impostor no es un
sobreviviente ni un náufrago, el
impostor es otro, oculto que pudo haber
pertenecido a Patria, Familia y Sociedad
o haber sido cómplice del paro petrolero
o del abuso policial de la brevísima
(afortunadamente) dictadura de Carmona.
El impostor olvida con una facilidad
sorprendente, casi rayando en lo
sicótico. El impostor miente, es su
destino. |