Año VI
La Habana

15 al 21
de SEPTIEMBRE
de 2007

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Frida; la del cuerpo roto

Paquita Armas Fonseca • La Habana

 

Si Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón pudiera revivir por unas horas,  tal vez diría unas cuantas obscenidades al ver lo que ha hecho la mercadotecnia con su nombre y su obra. Para Nancy Jáuregui, estudiante de Arte que desarrolla una tesis doctoral sobre  Frida, el panorama acerca de la pintora se ha banalizado “Todo el mundo dice ahora que la conoce, pero pocos saben de su obra artística. Parece que lo que realmente importa ahora de Kahlo es sacar dinero, lo que nos alejó de su verdadero valor como artista”.

Porque junto a los miles de personas que en el mundo celebran de manera honesta y respetuosa el centenario de la pintora, hay otros cientos que medran acerca de su obra y especialmente su vida.

La niña que nació en Coyoacán, Distrito Federal, el 6 de julio de 1907, tuvo una existencia llena de pruebas muy difíciles: padecer de la poliomielitis a los seis años ya le desfiguró el cuerpo: quedó con una pierna más corta que la otra. Pero la hecatombe le llegaría en 1925, a los 18 años, cuando en un accidente de tránsito quedó con la columna vertebral rota, varias costillas desbaratadas, igual que una pierna y con un pasamanos atravesado desde el costado izquierdo hasta la vagina. Para aliviarla sufrió más de 30 operaciones, que al final le devolvieron la posibilidad de caminar pero no le eliminaron los dolores, que conjuraba con tequila. 

Pero antes de quedar prácticamente postrada ya era una rebelde: para molestar a sus familiares y conocidos se vestía de varón cuando asistía a reuniones de su grupo social. El padre, Guillermo, reconocido fotógrafo,  la educó con el fin de que fuera independiente. Ella, rebelde por nacimiento, aprovechó esa enseñanza para imponerse incluso, en 1922 cuando entró en la Escuela Nacional Preparatoria de México D.F.,  prestigiosa institución educativa, que ese año abrió por primera vez sus puertas a las muchachas.

Fue en la cama, postrada, que comenzó a pintarse, en una serie de autorretratos que conocidos hoy en todo el planeta, denotan los más diversos sentimientos humanos. En algunos un collar de espina le amenaza el cuello, en otros un corsé le sujeta el tronco; en todos, el sufrimiento y el misterio enmarcan la obra. “Me pinto a mí misma porque estoy a menudo sola, y porque soy la persona a la que mejor conozco”, expresó en una ocasión y al negar su pertenencia al surrealismo  afirmó, “Yo pinto mi propia realidad, Lo único que sé, es que pinto porque lo necesito, y pinto lo que se me ocurre, sin más consideraciones. Mi pintura lleva un mensaje de dolor. Ha completado toda mi vida.”

En una ocasión, obligó a que la llevaran en camilla a la exposición de pinturas en la Galería de Arte Contemporáneo. Dejada en medio de la sala, bebiendo a pico de botella, entretuvo  a los asistentes con cuentos y chistes, la prensa casi gritó: “Yo no estoy enferma. Estoy rota.”.

Pero si su obra hizo que trascendiera, no fueron menos descollantes sus ideas políticas y su matrimonio con Diego Rivera. Defensora de las ideas socialistas, tanto que  en 1954, cuando murió, su ataúd fue cubierto por la bandera del Partido Comunista, Frida defendió la justicia social y luchó por ella de diversas maneras.

Casada por un intenso amor con Diego Rivera en 1929, el matrimonio devino relación tormentosa y lleno de infidelidades de ambas partes. Se dice que ella sostuvo romances con Georgia O'Keefe, María Félix, Leon Trotsky y Nickolas Muray. 

Sin embargo, cuando hablaba de su esposo decía, “Ser la mujer de Diego es la cosa más maravillosa del mundo. Yo le dejo jugar al matrimonio con otras mujeres. Diego no es el marido de nadie y nunca lo será, pero es un gran compañero (…) He sufrido dos grandes accidentes en mi vida: uno fue en autobús, y el otro Diego”.

Cuando se haga público el archivo de fotos y cartas encontradas este año, que fuera tapeado por Diego, con la solicitud de que solo se conociera luego de transcurridos varios lustros después de la muerte de ambos, se sabrá mucho más de aquella intensa relación. Por ahora solo conocemos algunas cartas de ella: 

Diego:  

Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos.

Mi cuerpo se llena de ti por días y días.

Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra.

El hueco de tus axilas es mi refugio.

Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos 

Mi Diego:

Espejo de la noche.

Tus ojos espadas verdes dentro de mi carne, ondas entre nuestras manos.

Todo tú en el espacio lleno de sonidos - En la sombra y en la luz. Tú te llamarás Auxocromo el que capta el color. Yo Cromoforo - La que da el color.

Tú eres todas las combinaciones de números. La vida.

Mi deseo es entender la línea la forma el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz.

Las últimas palabras  de Frida en su diario fueron “Espero que la marcha sea feliz y espero no volver”. Y no lo ha hecho desde el punto de vista físico, pero tal vez del hondón de la noche sideral con toda la ironía del mundo,  ría a carcajadas, con un vaso de tequila al lado, viendo cómo su obra y ella son pasto de medios de prensa y se la disputan desde todos los bandos, ella la del alma y el cuerpo rotos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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