|
Las copas, repletas de canciones, fueron
levantadas en la noche de este sábado
por cientos de amigos en el cine-teatro
23 y 12, para brindar por los 60 años de
Vicente Feliú, a quien sus más allegados
llaman el Tinto. El pretexto para la
celebración fue el estreno del
documental “Donde habita el corazón” del
realizador Carlos León.
|
 |
Cuando entré a la sala ya estaba rodando
el documental, cada día que pasa la
trova ocupa más espacios en el ámbito
cultural y este sábado uno no sabía qué
priorizar, por lo que se me hizo tarde.
En el centro Pablo estarían trovadores
en un homenaje a Frida Kahlo, en el
Pabellón Cuba descargaban David Torrens
y William Vivanco, la Bienal de Ada Elba
Pérez reunía a trovadores en la calle 8
del Vedado, allí donde ella vivió
poetizando, y en el Centro
hispanoamericano de cultura, el espacio
“Verdadero complot” presentaba a un
trovador santiaguero que nos dejó
boquiabiertos por la excelencia de su
propuesta, Rubén Lester. Tuve que
desprenderme del encantamiento para
salir rumbo al 23 y 12. Entré y en la
pantalla Frank Fernández, al piano,
acompañaba a Vicente Feliú y Silvio
Rodríguez cantando nada menos que
“Retorna” de Sindo Garay, como para
morir de una trovada. La magnitud de los
aplausos me hizo mirar atrás: el
cine-teatro estaba repleto.
|
 |
El realizador Carlos León, trovador al
fin y al cabo, buscó y encontró en su
obra el alma del Tinto: trovador en su
más pura acepción, hombre sencillo
comprometido con todo lo humano que
palpita en la tierra; alguien que pelea
por el amor con su mejor arma, las
canciones. Vicente sentado en su casa,
junto a la eterna guitarra, habla de la
esencia de la nación bebida en la
bohemia trovadoresca de siempre, habla
de la autoformación del espíritu
aprendida del Che; compañero de ejemplo
en sus días de internacionalismo en
Angola, en Etiopía y en los momentos tan
duros de Bolivia. Es precisamente este,
un pasaje muy especial en el documental
y que, “como quien no quiere las cosas”,
describe la estirpe de los trovadores
cubanos. Sentados ante una mesa,
tomándose un café, Vicente, con Lázaro
García y Augusto Blanca, recuerdan una
gira por Bolivia, en momentos en que los
golpes de estado eran algo cotidiano
allí, y una madrugada de gran revuelo en
que ellos y Sareskita Pantoja fueron
detenidos y golpeados duramente, por el
delito de ser cubanos. Ahora ríen,
recordando aquellos momentos de manos
alzadas, contra la pared y los militares
rastrillando las armas y los tiros
sonando. Rememoran aquella firmeza
aunque para su interior cada cual
pensaba en sus amores más entrañables
con aire de “todo se fue a la mierda”.
Vicente reflexiona sobre la diferencia
entre un valiente y un cobarde, que es
casi mínima, ambos sienten profundamente
el miedo, solo que el valiente es capaz
de vencerlo.
Los afectos de Vicente, desde sus
Auroras hasta el hermano Santiaguito
entrando con él a un estudio a grabar,
van pasando en pantalla para dejarnos
palpitar por la sencilla profundidad de
su poética. El documental, hurgando en
el creador, da con la definición más
nítida de un trovador. Vicente, como
buscando en el viento las palabras,
confiesa “Soy un trovador conocido, y
hasta querido… aunque no famoso, por
suerte”. Y su reflexión va por los
caminos de la adulteración, cuando no
prostitución, que trae para la verdadera
poesía, esta temporada (ya bastante
larga) de mercado. Esas trampas
paulatinas y progresivas que están bien
plantadas en el viaje a la fama, viaje
en el que se van esfumando ideas,
sueños, honestidad, pues los grandes
medios masivos, las empresas
discográficas, los privilegiados
circuitos de promoción en este mundo,
piden en pago el alma. Con el pretexto
de “lo que quiere la gente” exigen la
esfumación del rostro del creador,
porque con él va la memoria de su
pueblo, y los mercaderes no están
interesados en el espíritu, en el
conocimiento, en la sabiduría que
despierta el arte. Si quieres ser
estrella tienes que entrar en las
fórmulas de seudocultura rosa, pues “la
gente lo que quiere es despejar” y el
arte auténtico “no vende”. Pero ahí
está el Tinto, como el mejor vino, a sus
60, sin fama pero… (o gracias a ello),
entre amores, a salvo de ser otro, de
ser un “estrella” que es algo así como
gozar de la vida que te han tejido en la
feria de vanidades; una vida tonta,
rodeada de objetos lujosos, y en la que
no te preocupa nada, ni siquiera te
urge, o te hace temer el verso de
mañana.
|
 |
Como era de esperar, tras la proyección
del documental, Vicente tomó su guitarra
y fue llamando a escena sus amigos:
Lázaro García, Pepe Ordás, Augusto
Blanca, el guitarrista Alejandro Valdés
y hasta el propio Carlitos León,
realizador del documental, —quien fuera
también fundador del movimiento de la
nueva trova—, compartieron canciones
como si se tratara de una descarga en
casa.
Con su habitual desprendimiento no se
cogió el homenajeado el cumpleaños para
sí y cantaron temas de Lázaro García, de
Augusto Blanca, y como clímax de la
noche emergió una canción con el sabor
más entrañable de la trova tradicional
que fue ovacionada especialmente por la
situación tan peculiar que atraviesa el
autor del texto. En ella confluyeron las
esencias de la nacionalidad, del ejemplo
del Che, de la pasión por la humanidad,
de la poesía comprometida que Vicente
atesora:
—“Voy a hacer un tema de esos versos que
uno dice: ¡claro que esta es la música!
porque los versos tienen eso, uno no les
pone música, se la encuentra o no. Y en
este caso son unos versos preciosos de
un amigo muy querido, Tony Guerrero, uno
de nuestros cinco hermanos que están
presos en los Estados Unidos por luchar
contra el terrorismo. Es un texto de su
libro “Poemas confidenciales” y que
montamos con Pepe Ordás, desde que le
encontramos la música. Le dije a Tony
que los versos me recordaban mucho a un
poeta de los años 20 y 30 en Cuba y que
por tanto la música que le encontré es
de un trovador también de esa época. Me
recuerda mucho el binomio
Sánchez-Galarraga.”
De gran conmoción igualmente resultó
verlo entrando a su obra mayor “Créeme”
llevando de la mano, o de la voz, a su
hija Aurorita de los Andes.
Cumplió 60 Vicente Feliú, entre amigos,
de trovas, de los viejos tiempos y de
los nuevos, los que se ha ganado con “la
utilidad de la virtud”, con su guitarra
siempre en ristre como un beso en la
frente del poema que vendrá.
Que cumplas nuevas canciones, Tinto, y
lo mejor que se te puede desear ya lo
dijiste anoche cantando:
Que me cuenten las vidas que he vivido…
Que me cuenten los árboles, los hijos,
los cantos a los héroes y al amor |