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El
multimillonario norteamericano Steve
Fosset acaba de desaparecer. En este
caso el verbo no se usa como amable
eufemismo de la muerte, sino que el
experto aviador se ha extraviado por los
cielos que muchas veces surcó con
eficacia, cosechando premios y otras
vanidades. Enseguida pensé en nuestro
Matías Pérez, personaje histórico y
leyenda, hombre concreto y base de una
frase popular. Sí, porque cuando en Cuba
cuando algo o alguien se pierde,
inesperada y festinadamente, se dice
“voló como Matías Pérez”.
Matías no era rico, como el desaparecido
de estas semanas, sino un pobre
fabricante de toldos que se vio asaltado
por la pasión de los globos. Realizó
varios experimentos, hasta que una
hermosa tarde del siglo XIX se alejó
alegremente en medio del júbilo y el
estupor de los habaneros.
José
Ramón Brene —uno de los mejores
dramaturgos cubanos de las últimas
décadas— escribió una hermosa,
enloquecida y poética obra sobre el
legendario aeronauta. Brene fue un
personaje casi tan pintoresco como
Matías. Buena parte de su juventud la
gastó como marinero y a los 34 años
—entusiasmado por la vida cultural de
los primeros 60 en Cuba— se baja del
barco y se enrola en el Seminario de
Dramaturgia del Teatro Nacional. Otras
veces he contado anécdotas de Brene, al
que considero uno de mis maestros.
Cuando su poco amor a los objetos lo
dejó hasta sin máquina de escribir,
creaba con unas teclas prestadas, en el
taller de reparaciones de un amigo. Le
daba gracia que un acto de su obra en
proceso se escribiera en una máquina y
otra en la siguiente que emergía —recién
engrasada— de las manos de su compinche.
El singular sitio de trabajo contribuyó
a que el bueno de Brene sirviera de
intermediario para que un crítico y
amigo tan entrañable como Osvaldo Cano
se hiciera con su primera Remington.
La
bohemia del dramaturgo fue pasando de
agridulce a desesperada y sus alcoholes
fueron tantos que le robaron sitio a la
alimentación. Cuando alguien le pedía
que comiera algo, siempre le decía que
no se pusiera como su madre, empeñada en
darle golosinas a toda hora y añadía,
vehemente, que trataba de evitar que le
pasara como a un vecino suyo que comía
tanto que se había muerto con un pan en
la boca.
Pienso en Brene y se me sigue enlazando
con Matías Pérez. El fabricante de
toldos quiso volar y el aire del trópico
lo desapareció para siempre. El marinero
se hizo artista, amó y encontró muchos
amigos. A sus últimos estrenos solía ir
acompañado de Perucho, el barman de
todos los días en el bar de la calle 23
esquina a 8. Algo falló en el globo
afectivo de Brene y —sin herir a nadie
ni alimentar rencores frecuentes en
estos casos— se hundió en su vaso, hasta
desaparecer. |