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No es de extrañar que en La Habana de
las primeras décadas del siglo XX,
fueran muchos los comentarios que
corrían de boca en boca sobre la llamada
finca de los monos, perteneciente a
Rosalía Abreu.
Se decía que aquella fabulosa mansión en
forma de castillo, situada en el Cerro,
guardaba más de un misterio pues los
simios que allí habitaban eran tratados
casi como personas.
Cierta o no la historia, aquellos
animales, a la vez que mascotas, fueron
convirtiéndose, en el lapso de tres
décadas, y gracias al empeño de la
acaudalada señora, en objeto de
profundos estudios científicos.
En la finca Las Delicias –así se
nombraba, en verdad- se lograron
establecer tres generaciones de simios
que, por su importancia, fueron
visitados por especialistas de Cuba y
del extranjero.
En 1924, el doctor Robert Yorkes, de la
Universidad de Yale, presidió una
comisión de la Carnegie Institution, y
para sorpresa de quienes hacían burla de
la dama, declaró que este era el
experimento antropológico más grande
jamás realizado, sólo comparable a las
observaciones de Burton acerca del
lenguaje de los monos.
Rosalía Abreu adoraba a los animales y
mucho le interesaba el estudio de su
comportamiento. Afirman que en su vasta
propiedad había también colecciones de
guacamayos, papagayos, canarios, pavos
reales, gallos japoneses, ciervos, osos,
conejos, caballos, perros, gatos y un
pequeño elefante llamado Yumbito.
Su interés por los monos comenzó a fines
del siglo XIX, cuando en un viaje al sur
de Francia, adquirió una macaca, la que
junto a un orangután, oriundo de
Filadelfia, constituyeron los primeros
ejemplares de lo que sería su asombrosa
colección, que incluyó a más de
doscientos monos, gorilas, orangutanes,
chimpancés y otras muchas especies, que
despertaron entre los cubanos
curiosidad, temor, burla, y hasta más de
un comentario malicioso.
Se contaba que había monos desde el
tamaño de una rana hasta el de un
hombre.
Al fallecer doña Rosalía, la colección
pasó por su voluntad a la Carnegie
Institution.
Lo que más asombra de su famoso
experimento, fue la historia de Anumá,
chimpancé procreado y dado a luz en
cautiverio, suceso que tuvo lugar en la
finca de los monos, el 27 de abril de
1915.
Gracias al colega y amigo Rolando
Aniceto conocí de este insólito hecho
científico, y del que muy poco se ha
hablado. Anumá era hijo de Jimmy y
Cucusa, dos de los chimpancés
predilectos de su ama. Al nacer medía 53
centímetros de talla y 35 de
circunferencia craneana, con un
perímetro toráxico de 37 centímetros. A
los diez años era corpulento, con la
estatura aproximadamente de un hombre.
Creció entre ternuras y halagos. Se
mostraba gentil y amistoso, aunque algo
malcriado por ser uno de los preferidos
de la colonia. Acaso este rasgo de su
conducta lo perdió.
En una ocasión Anumá extremaba sus
majaderías, y fue regañado por un
guardián llamado Juan Lezcano, pero el
chimpancé hizo caso omiso de sus
palabras, y siguió con sus travesuras.
Para amenazarlo el tal Lezcano introdujo
su mano izquierda en la jaula, momento
que aprovechó Anumá para, de una
mordida, arrancarle dos dedos al
custodio, quien, aterrado, sacó su arma
y le disparó.
La bala, aunque se introdujo en un
costado del cuerpo del animal, no
interesó órgano vital alguno, pero con
el paso del tiempo, fue avanzando hasta
situarse próxima al corazón. Dos años
después fue intervenido quirúrgicamente,
y murió como consecuencia de la
anestesia.
Así terminó sus días Anumá, chimpancé
procreado y dado a luz en cautiverio,
nacido un día de 1915, en la finca de
los monos de doña Rosalía Abreu, como
parte de un experimento de alto valor
científico, y sobre el que , sin
embargo, se tejió más de una leyenda.
Incluso hoy se dice que en esa
misteriosa edificación con forma de
castillo, allá en el Cerro, en las
noches de luna llena se pueden percibir
las sombras de unos monos bailando un
vals en honor a su benefactora. |