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Aunque el catálogo de sus personajes
cuenta con linajudas figuras como Don
Cizaño y Mogollón, símbolo uno de la
prensa reaccionaria opuesta a los
cambios sociales operados a raíz del
triunfo revolucionario y otro de la
vagancia y la indolencia antisocial, o
como El Barbudo, síntesis de la vocación
social de resistencia, es difícil
desplazar a El Loquito de su bien ganada
jerarquía al frente de la galería de
criaturas de René de la Nuez.
Desde que en 1957 irrumpió en la prensa
cubana, esa figurilla magra, de ojos
extraviados, nariz puntiaguda y tocado
con un improvisado gorro de papel
periódico, pasó a formar parte del
imaginario popular.
No puede desligarse su recepción y
seguimiento de las circunstancias en que
nació: el incremento de la represión del
régimen de Fulgencio Batista, el
resquebrajamiento y la insostenibilidad
de la dictadura, el comienzo de la lucha
insurreccional en las montañas
orientales y el cada vez más masivo
deseo de cambio ante la situación
imperante.
El humor político siempre ha tenido
entre sus funciones la de comentar la
actualidad. Si la creación humorística,
en sentido general, pone al descubierto
incongruencias, despropósitos, anomalías
y situaciones desbalanceadas o
contrastantes que inciden en la
realidad, el humor político, de manera
particular, acentúa ese perfil crítico
sobre un material sumamente volátil y a
partir de coordenadas dinámicas muy
inestables.
Se requiere, por tanto, de una capacidad
de respuesta inmediata por parte del
humorista y de una muy aguzada sagacidad
para fijar rasgos y decantar de la
inmediatez sus esencias.
Esas cualidades afloraron tempranamente
en la profesión humorística del joven de
apenas 20 años que era entonces Nuez.
Hoy es fácil situar antecedentes,
señalar influencias, determinar líneas
de continuidad con el linaje de, por
ejemplo, El Bobo, de su coterráneo
Eduardo Abela.
Pero en aquel momento cada dibujo de
Nuez representaba un reto apremiante,
por cuanto debía condensar en una viñeta
la explosividad de la situación política
anteriormente descrita, hacerla
sintonizar con el estado de ánimo de la
inmensa mayoría de la población y, por
demás, sortear los obstáculos de la
censura oficial. Para lograr esto último
tampoco podía ser hermético ni
entregarse a elaborados rejuegos
intelectuales, so pena de
perder eficacia comunicativa.
El ingenio de la mano de la sencillez y
el talento asistido por la sensibilidad
hicieron el milagro: un humor
artísticamente impecable y políticamente
demoledor.
Logro mayor si se quiere fue el de haber
bautizado al personaje con un apelativo
que en nuestro país adquiere una
connotación semántica oscilante. No son
pocos los que siempre han considerado,
entre nosotros, que los locos, y más los
loquitos, suelen ser más lúcidos que
muchos cuerdos.
Este símbolo fue caro a Cervantes cuando
detrás de la aparente sinrazón del
Quijote dijo muchas y tremendas
verdades. |