|
Un cuarto del siglo nos separa de aquel
11 de septiembre de 1982 cuando Wifredo
Lam (Sagua la Grande, 1902) pareció
rendirse en París a la constante batalla
con la muerte. Su obra, singular y
resistente, continúa ocupando un lugar
especial dentro de nuestra cultura.
Difícil de ubicar en grupos y corrientes
locales, representa una de las más
notables síntesis del mestizaje en el
Caribe y una visión auténticamente
mágica del ser antillano.
|
 |
Si la Guerra Civil española no hubiera
lanzado al joven Lam sobre París, hoy su
obra estaría inscrita, a lo sumo, en el
margen de la historia de la plástica
cubana, entre los pintores académicos
tardíos. Como asegura el crítico Rafael
Fernández Villa-Urrutia: “Formado en la
pintura española tradicional, tipificada
por un Álvarez y Sotomayor, su maestro.
Lam pinta en sus comienzos manchitas
sorollescas [...] y hace un lento y
profundo aprendizaje de las obras de los
maestros españoles y alemanes. Conocedor
del Greco, Velázquez y Goya, excepcional
dibujante con una línea expresiva a lo
Durero” necesitaría del encuentro con
Picasso para revolucionar sus
concepciones del arte, como lo demostró
su primera muestra parisina en la
Galería Pierre Loeb, en 1939.
Sin embargo, aunque el Maestro malagueño
era una especie de summa del
quehacer plástico en esos años, la
renovación del lenguaje de Lam, se
inscribe de forma más evidente en la
órbita del surrealismo, cuyas
directrices, trazadas por André Breton y
Pierre Mabille, sigue de manera más o
menos ortodoxa por un tiempo. Mas el
talento del novel artista le permitirá
aprovechar la libertad visual derivada
del automatismo psíquico y valorar el
papel del elemento mágico para sacar a
la luz aspectos de la interioridad
humana velados por la cotidianidad, sin
asumir una carga retórica harto bien
explotada por Dalí, Picabia, Masson y
Man Ray.
Así como Alejo Carpentier tomó al
surrealismo como acicate para
fundamentar su visión de América a
partir de los principios de “lo real
maravilloso”, Lam descubrió en los
rituales mágicos de las culturas
afroantillanas, la fuente de una
expresión original y poderosa, que
sabiamente gobernada, se convierte en
una figuración y un estilo únicos. Tanto
la memoria de su infancia en Sagua,
donde se impresionó con las prácticas de
su madrina Antoñica Wilson, como su
encuentro en París con Lydia Cabrera,
estudiosa del folclor negro de Cuba,
tuvieron una influencia decisiva en su
obra. Llamativamente, el creador, no
solo no rompió exteriormente con el
movimiento surrealista, sino que ganó el
decisivo aprecio del celoso Bretón,
quien llegó a escribir sobre él: “Nunca
como gracias a Lam se ha operado, sin el
menor tropiezo, la unión del mundo
objetivo y el mundo mágico; nunca como
por él ha sido reencontrado el secreto
de la unificación de la percepción
física y de la representación mental”.
Si los maestros del pasado le habían
enseñado la soltura en el dibujo, el
rigor compositivo, los secretos del
empleo expresivo del color, estas
facultades no desaparecerán de su obra,
sino que se constituirán en valores
formales de ella, pero “enmascarados” en
una gran maraña de símbolos que parecen
dominar su lenguaje. Se hace típica en
él la contraposición entre las curvas
que representan el elemento femenino —en
la figura humana o en el mundo vegetal—
frente a los elementos punzantes,
asociados a lo masculino — aguijones,
cuernos, cuchillos—. La imagen del
Elegguá en su cazuela o los hierros de
Oggún de la Regla en Ocha, es tan ubicua
como la presencia de unos trazos
geométricos que están inspirados en las
rituales “firmas” de los congos.
De todos modos, aunque el elemento
antropológico tiene un peso excepcional
en la pintura de Lam, no hay que
pretender que sus lienzos sean estrictas
ilustraciones de la cultura de un grupo
étnico. Sus piezas son ante todo obras
de arte, con la dosis de juego y
fantasía que esto conlleva y es inútil
la labor de desciframiento de su obra si
se entra en ella con el convencimiento
de que sigue al pie de la letra reglas
culturales o es una muestra de
“primitivismo”. Aunque sus creaciones
tienen siempre un alto grado de
elaboración conceptual, el impacto
visual que generan obras tan disímiles
como "La jungla", "Maternidad",
"Tercer Mundo" o "La silla" deriva de
una excepcional capacidad de síntesis
poética que no puede reducirse a
constataciones científicas.
Fernando Ortiz quien consideraba a Lam
un primitivista peculiar, no
clasificable como “prelógico” ni
“paralógico”, como establecían las
teorías de Levy Bruhl, lo ve como
alguien capaz de evadir el
intelectualismo para dejar que su
mentalidad se manifieste “como suelta en
un sueño, un éxtasis, una mediumnidad,
una revelación mística de lo esotérico y
sobrenatural” mientras que Alejo
Carpentier prefiere ver en sus obras “un
mundo de simbiosis, de metamorfosis, de
confusiones, de transformaciones
vegetales y telúricas”
Resulta un tanto artificial el definir
etapas en su creación: más allá del
período formativo, signado por el
aprendizaje académico en España, entre
1923 y 1938, el encuentro con su
identidad se manifiesta ya en el gran
salto de su exposición de 1939, cuando
comienza una profunda renovación de su
lenguaje que llega a la cima con la
creación de "La jungla" en La
Habana de 1943. A partir de 1947, cuando
se reencuentra con el París de la
posguerra, realiza importantes
mutaciones, desde un empleo más austero
del color, hasta la mezcla de los
símbolos africanos con otros derivados
del Tarot, la poesía surrealista o la
tradición cultural europea en general. A
partir de los años 50 sus composiciones
son menos sobrecargadas, en sus lienzos
coexisten menos símbolos, tiende a
centralizarse la atención en uno, que
gana en elocuencia, las distintas
versiones de "La silla" testimonian esta
definitiva llegada a la madurez.
Este aniversario viene a propiciar
nuevas reflexiones sobre una pintura
difícil de encajar en las esclusas
generacionales del arte cubano. Más allá
de fáciles paralelismos, su labor tiene
escasa relación con el “arte nuevo” que
en torno a 1927 se núcleo alrededor de
la Revista de Avance, menos aún
con la generación siguiente: Amelia,
Portocarrero, Mariano, tan cercana a los
postulados de Orígenes y a
quienes él juzgó con escasa indulgencia.
No olvidemos que sus creaciones fueron
“descubiertas” en la Isla gracias a la
muestra que trajo Pierre Loeb al Lyceum
habanero en 1943 cuando ya el creador
había sido aclamado en New York.
Ajeno tanto al vitalismo insular de un
Carlos Enríquez, como a la aristocrática
magnificación del arte colonial de
Amelia Peláez, Lam se ha concentrado en
el discurso soterrado de las zonas
oscuras de lo caribeño: lo mágico y
fantasmal y el sexo como voraz
entrecruzamiento de principios
enemistados e inseparables, de ahí ha
nacido esa obra áspera y fascinadora que
aún nos desafía. |