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He aprendido a nadar en seco
Resulta más ventajoso que hacerlo en el
agua
Pepe, uno de los personajes de “El
viaje”, de Virgilio Piñera, ha
determinado permanecer el resto de sus
días viajando al interior de una
cazuela, impulsado por cientos de
cocineras que se relevan las unas a las
otras cada media hora, en una travesía
que nunca termina. Al igual que en el
relato de Virgilio, los personajes de
“Tetrisciudad” jamás verán concluida su
faena: la urbe no pasará de ser una
quimera, una utopía eternamente
irresuelta, porque justamente en su
consumación radica el quebranto del
juego constructivo. La elevación o
alzamiento de la ciudad implica su fin.
De igual forma que el autómata de sesgo
oriental presentado en “Fénix” habita la
perpetua angustia de la imposibilidad de
su erección: el mismo acto del
levantamiento presume la caída, el
cíclico desplome…
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Soy lo que quieras que sea
es una parábola del tiempo como
tautología, como circularidad.
El devenir asumido en tanto condición
alienante; el futuro como ascepcia
carente de finalidad; el presente
enfermo, inamovible, monacal. Los seres
de Dalvis comulgan con el absurdo
impenitente de la visión piñeriana del
mundo. Su existencia está marcada por el
sinsentido y el descreimiento. Son
individuos que han cedido su
singularidad a los designios de la masa,
han optado por la estandarización
inherente al comportamiento grupal. El
accionar colectivo viene a ser su credo
a la vez que su infortunio. De cierto
modo esos hombrecillos esgrafiados con
una estética mínimal
—y
deudores a veces del manga—
pudieran interpretarse como especie de
antihéroes que ambicionan a toda costa
el camuflaje de la multitud, el
resguardo de la muchedumbre.
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Dalvis altera la relación habitual
sujeto-objeto, nos dice que el segundo
ha sometido la voluntad del primero, lo
ha perturbado al punto de transmutar su
estatus a la dimensión de lo corpóreo
inanimado. Por ello es que en “A.
Kalashnikov” importa más el artefacto
guerrerista que los individuos capaces
de activarlo. “Ya no es el sujeto el que
representa al mundo, es el objeto el que
refracta al sujeto y sutilmente, a
través de los medios, a través de la
tecnología, le impone su presencia, su
forma aleatoria. Ya no es entonces el
sujeto el que dirige el juego, pues
parece que ha habido un vuelco en la
relación”. Eso nos indica Jean
Baudrillard en La ilusión y la
desilusión estéticas, y es también
ese un tópico básico de Soy lo que
quieras que sea, muestra que dialoga
con una de las mutaciones cardinales que
operan en el campo de la metafísica
occidental contemporánea.
Notas:
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