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Amigos:
A pesar de que tengo la sospecha de que
no estaba contemplado en la lista
inicial de invitados a esta mesa, tuve
la suerte de que, casi a última hora,
gracias a los privilegios de la amistad,
Guillermo me ha permitido el privilegio
de acompañarlo en este Autor y su Obra.
Y yo acepté de inmediato, a pesar de que
sabía, por el poco tiempo que me dejaba,
de que no podía hacer un repaso
inteligente y profundo de su obra
narrativa, ni siquiera releerla
completa, para reflexionar sobre sus
innegables valores literarios.
Así que el primer ruego de la tarde es
que perdonen mi osadía o mi
irresponsabilidad literaria y me
permitan decir un par de lugares comunes
acerca de Guillermo, su obra narrativa,
y sobre todo de la amistad que nos ha
unido durante casi 40 años. Tengo una
tendencia hacia el sentimentalismo que
se ha ido acentuando con los años, y
aunque no llego a los extremos del
inolvidable Tito Monterroso, que lloraba
a cántaros cada vez que se emocionaba
por algo: fui testigo de cómo se echó a
llorar como un niño en Matanzas, cuando
un pionerito leía exaltado y patriótico
el “comunicado” de rigor durante una
visita del gran escritor guatemalteco a
la “Atenas de Cuba”. Luego que lo
calmamos y su esposa Bárbara le secó las
lágrimas, me explicaba casi sonriente,
“que el problema era que era muy
emocionante que unos niños le entregaran
flores y leyeran esa bienvenida… porque
yo…yo…” y nuevamente una catarata de
lágrimas nos dejó a todos estupefactos.
No llego, por supuesto a esos extremos,
pero ya nuestra generación entró en la
eufemística “tercera edad” (aunque
muchos de nosotros nos sentimos viviendo
todavía la primera) y ya nos emocionamos
con una frecuencia que comienza a ser
alarmante.
No soy un “caimanero” de la primera
época, sencillamente porque no pertenecí
al núcleo fundador de la ya mítica
publicación. Prácticamente la nómina del
Caimán en esos años estaba
constituida casi exclusivamente por
poetas, y que recuerde solo Jesús Díaz,
su director, era narrador (por aquellos
días, Guillermo, Wichy el Rojo y Víctor
Casaus escribían solo poesía). Yo me
movía en la periferia de aquel grupo,
junto con otros jóvenes escritores de la
época como Rogerio Moya, Germán Piniella
y Renato Recio. Tengo la impresión de
que de alguna forma, ellos buscaban
narradores en el entorno de la
publicación para invitarlos a colaborar.
Así que cuando gané el Premio David 1968
con mi libro La guerra tuvo
seis nombres, Jesús Díaz se
entrevistó conmigo, me estimuló diciendo
que “ojalá él hubiera escrito ese
libro”, y de hecho, avaló mi pertenencia
al grupo: y mi creciente amistad con
ellos y mi coincidencia de criterios
políticos, ideológicos y estéticos
afianzaron mi “militancia caimanera”.
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Para mí Guillermo continuó siendo un
poeta que yo leía siempre saboreando los
poemas, porque él tenía y tiene esa
invalorable veta de humor que recorre
casi toda su obra, y que es
consustancial con su personalidad. Pero
en 1970, él ganó una mención en el
Concurso Casa de las Américas con el
Libro rojo, que nos estremeció a
todos: aquella poesía, coloquial o
conversacional como quieran llamarla,
abordaba el tema político con una
intensidad realmente impresionante,
traspasada con una emoción que podía
tocarse con la punta de los dedos. No
soy crítico de poesía, pero me parece
que ese libro alcanzó cotas de verdadera
calidad poética dentro de la mejor
poesía de aquellos años. Y un poema, por
citar solo uno, como “El ministro y el
poeta” quedó para siempre en nuestra
sensibilidad de escritores y de
revolucionarios.
No voy a hacer un recorrido minucioso
por su obra: ya señalé el carácter
accidental de mi participación aquí,
pero debo dejar constancia de un jalón
importante dentro de ella. Me refiero a
El cuarto círculo, novela que
escribió con el inolvidable Luis Rogelio
Nogueras. Que la hayan escrito juntos no
es una sorpresa: pocas veces he visto
dos almas tan gemelas, pocas veces me ha
tocado ver una amistad como la de Wichy
el Rojo y el gordo Guillermo; pocas
veces el sentido del humor se ha
identificado tanto con el talento como
en estos dos seres humanos. Así que
tampoco es de extrañar que la escritura
de aquella novela fuera una verdadera
fiesta. Yo seguí aquel proceso bastante
de cerca y sobre todo Wichy me hablaba
largamente del método que utilizaron:
ese repartirse los capítulos,
escribirlos independientemente y luego
confrontarlos y discutirlos en persona,
debió ser agotador, conociéndolos como
los conocía; pues si bien Guillermo es
un notable y delicioso conversador,
Wichy era sencillamente inolvidable.
Así que estoy seguro de que la escritura
de El cuarto círculo les
proporcionó a ambos momentos de intensa
felicidad creadora: desde la
dedicatoria, ya nos empezaban a hacer
guiños: “A José Antonio Portuondo,
compañero”, le hacía un guiño al viejo
profesor, verdadero sabio en cuestiones
de literatura policial, pues era bien
sabido que Portuondo dedicaba
invariablemente todos sus libros a su
esposa Bertha, siempre de la misma
forma: “A Bertha, compañera”. Si la
memoria no me falla, el presidente del
CDR a quien acudía el investigador del
crimen era un viejo alto, pelo
totalmente blanco, sonrosado, y que
hablaba con el mismo lenguaje y
entonación del querido profesor
Portuondo. Y cuando necesitaron nombrar
al oficial investigador, para evitar
malas o aviesas interpretaciones,
decidieron llamarlo Augusto del Pino, un
guiño esta vez a Edgar Alan Poe, pues
el nombre es la traducción al español
del famoso Auguste Dupin, ese
antecedente ilustre de Sherlock Holmes,
con el que Poe resolvía brillantemente
todos sus casos.
Aquella novela fue, creo, muy importante
dentro del más bien lamentable panorama
de la literatura policial de aquellos
días, que estaba arribando a un callejón
sin salida, con argumentos que se
repetían en cada obra que se publicaba:
prácticamente todas las novelas
obedecían a un esquema preconcebido, que
se había convertido en nuestra retórica
policial: Un crimen, un robo, un delito.
Investigación policial. Colectiva, por
supuesto. Visita a la viejita del CDR
cuya información era siempre
valiosísima, por supuesto. Unión de
cabos sueltos. Alguna pista falsa. Y
luego la brillante solución. Colectiva,
por supuesto. Se llegó al extremo de
afirmar (pues era la época de las
“escuelas cubanas”) que había surgido
una “escuela cubana de literatura
policial”. Así navegaba el barco de ese
género cuando apareció El cuarto
círculo, que fue, literalmente, una
ráfaga de aire fresco que ventiló los
establos de Augías de la novela policial
cubana, porque le introdujo un elemento
de humor que luego escritores como
Daniel Chavarría desarrollarían en su
obra.
Creo que fue una pérdida para la
narrativa cubana que Wichy y Guillermo
no hayan repetido el experimento. En
algún momento tuve la ilusión de que de
ambos podía surgir el Ellery Queen
cubano, pero no fue así: eran dos
talentos que necesitaban el vuelo libre
de su imaginación y no la jaula de la
creación conjunta. Guillermo escribió
una segunda novela policial, Alguien,
de la cual apenas me queda un lejano
recuerdo, nunca comparable con el de
El cuarto círculo, y de la que no
hablaré: independientemente de sus
valores literarios tuvo el gran mérito
de mantener viva la llama creadora. En
fecha más reciente, dio a conocer una
noveleta, Ya que te vas, la vida
y destinos de una familia cubana,
inmersa en los agudos conflictos de
nuestro tiempo.
Cuando publicó en el 2005 Por el
camino de la mar o Nosotros los
cubanos, ensayo sobre nuestra
identidad, me di cuenta de que estaba
ante un Guillermo Rodríguez Rivera
legítimo: el sentido del humor
traspasando esas páginas donde se recoge
una de las indagaciones más lúcidas de
los últimos años sobre lo cubano, para
hacer de su lectura una experiencia
dolce et utile, como pedía Horacio.
No fue casual que el libro tuviera una
reedición fulminante al año siguiente.
Creo que desde los tiempos del Elogio
del choteo, de Mañach no se
publicaba un libro así en Cuba.
Y entonces, este año, salió Canción
de amor en tierra extraña, un texto
narrativo que unos consideran novela,
otros testimonio (Guillermo dice que
algunos quieren sacarlo de la nómina de
los novelistas), y que en realidad, a mi
juicio, es una de las llamadas
“novela-testimonio” que aquí en Cuba
tiene a Miguel Barnet como su máximo
exponente. Hechos reales, pero recreados
con elementos de ficción, personajes
casi siempre reales, aunque alguno que
otro compuesto con características de
varios, unas veces con su nombre real,
otras inventado, y un lenguaje de
difícil sencillez, colmado de
coloquialismos, donde se nota la
intención del autor en lograr una
desnudez inusitada en la prosa, como si
quisiera narrarnos, sin subterfugios o
adornos estériles, la vida de varios
jóvenes en la descarnada cotidianidad de
estos años duros. Por ello, la vida de
esos jóvenes, muchas veces intensa,
otras veces dolorosa, se narra, no desde
la primera persona, que intimizaría
demasiado el relato, salpicándolo tal
vez de elementos excesivamente
dramáticos, sino casi siempre desde la
tercera persona impersonal, es decir, la
técnica llamada “tercera como primera”,
a través de la perspectiva de Tony, el
protagonista alter ego del autor.
De esta manera, en la mejor tradición
babeliana, rulfiana, hemingwayana, lo
dramático-emotivo-patético se narra
desde una intencionada frialdad, con lo
que gracias a una categoría narrativa
que yo llamo “ley del contraste”, el
efecto, la eficacia literaria, aumenta
considerablemente. Súmesele a este punto
de vista, el estilo indirecto libre que
recorre casi todas sus páginas, y los
cambios del punto de vista espacial
hacia la segunda persona, del que es
ejemplo paradigmático el capítulo
llamado "Oh, La Habana", para tener un
completo panorama de los innegables
logros de esta novela, que es, por otra
parte, el valioso aporte de Guillermo
Rodríguez Rivera a los esfuerzos de la
intelectualidad cubana en los últimos
meses por revelar desde distintos
ángulos, matices y experiencias
personales, las claves de aquel oscuro
período de nuestra historia literaria,
que todos conocemos como el Quinquenio
Gris.
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Y bien, Guillermo, creo que he cumplido
modestamente, con la colaboración que me
pediste en este día tan importante para
ti. Siempre que te veo, animando
tertulias de escritores, haciéndonos
reír con tu inagotable sentido del
humor, he tenido la impresión de que, a
pesar de sufrimientos personales,
achaques de salud y otros entuertos
derivados del intenso proceso a que fue
sometida nuestra vida en estos cuarenta
y tantos años de Revolución, de que si
no satisfecho, por lo menos te sientes
conforme con lo que has aportado a tu
tiempo. Porque eso has sido, un hombre
de tu tiempo, que como decía Martí es
ser hombre de todos los tiempos. Y eso
me lo confirmó el final de tu
novela-testimonio, cuando dices:
“Es lo único que puede darte
tranquilidad ahora: la confianza de
haber dejado una palabra o un acto, o
las dos cosas. Porque si estás seguro no
de lo que has hecho, sino de cómo y de
por qué lo hiciste, entonces va a
importarte una mierda la misma suma de
todos los derrumbes, y hasta esa
escurridiza esperanza que se ha puesto a
dormir para despertar sin falta cuando
ya no la recuerden, cuando no estés,
cuando tengan que inventarla otra vez,
porque sin ella no es posible vivir, no
vale la pena vivir. Nada va a hacerte
daño.
“A ti, que tanto te gustan las
metáforas aunque poco que las usas, no
debiera de serte ajena esta, porque tú
mismo elegiste cantar esta canción, esta
canción de amor en una tierra extraña
que es desde siempre, para siempre, la
tierra en la que vive el hombre.
Queridos amigos:
En una ocasión, Guillermo, en un
aniversario de la muerte de Wichy,
mientras compartíamos recuerdos y
anécdotas de aquella criatura
inolvidable, al referirse al Rojo dijo
que “la amistad de Wichy era uno de sus
tesoros”. Aquella frase se me quedó
grabada para siempre en la memoria y en
el corazón, y a partir de aquel momento,
yo también comencé a utilizarla, porque
nunca encontré mejores palabras para
caracterizar también mi amistad con
Wichy.
Es para mí, ahora, un timbre de
entrañable emoción, repetir aquí,
Guillermo, que tu amistad, es también
uno de mis tesoros.
Gracias |