Año VI
La Habana

29 de SEPTIEMBRE
al 5 de OCTUBRE
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Guillermo: los tesoros de la amistad

Eduardo Heras León • La Habana
fotos: Víctor Junco (La Jiribilla)

 

Amigos:

A pesar de que tengo la sospecha de que no estaba contemplado en la lista inicial de invitados a esta mesa, tuve la suerte de que, casi a última hora, gracias a los privilegios de la amistad, Guillermo me ha permitido el privilegio de acompañarlo en este Autor y su Obra. Y yo acepté de inmediato, a pesar de que sabía, por el poco tiempo que me dejaba, de que no podía hacer un repaso inteligente y profundo de su obra narrativa, ni siquiera releerla completa, para reflexionar sobre sus innegables valores literarios.

Así que el primer ruego de la tarde es que perdonen mi osadía o mi irresponsabilidad literaria y me permitan decir un par de lugares comunes acerca de Guillermo, su obra narrativa, y sobre todo de la amistad que nos ha unido durante casi 40 años. Tengo una tendencia hacia el sentimentalismo que se ha ido acentuando con los años, y aunque no llego a los extremos del inolvidable Tito Monterroso, que lloraba a cántaros cada vez que se emocionaba por algo: fui testigo de cómo se echó a llorar como un niño en Matanzas, cuando un pionerito leía exaltado y patriótico el “comunicado” de rigor durante una visita del gran escritor guatemalteco a la “Atenas de Cuba”. Luego que lo calmamos y su esposa Bárbara le secó las lágrimas, me explicaba casi sonriente, “que el problema era que era muy emocionante que unos niños le entregaran flores y leyeran esa bienvenida… porque yo…yo…” y nuevamente una catarata de lágrimas nos dejó a todos estupefactos. No llego, por supuesto a esos extremos, pero ya nuestra generación entró en la eufemística “tercera edad” (aunque muchos de nosotros nos sentimos viviendo todavía la primera) y ya nos emocionamos con una frecuencia que comienza a ser alarmante.

No soy un “caimanero” de la primera época, sencillamente porque no pertenecí al núcleo fundador de la ya mítica publicación. Prácticamente la nómina del Caimán en esos años estaba constituida casi exclusivamente por poetas, y que recuerde solo Jesús Díaz, su director, era narrador (por aquellos días, Guillermo, Wichy el Rojo y Víctor Casaus escribían solo poesía). Yo me movía en la periferia de aquel grupo, junto con otros jóvenes escritores de la época como Rogerio Moya, Germán Piniella y Renato Recio. Tengo la impresión de que de alguna forma, ellos buscaban narradores en el entorno de la publicación para invitarlos a colaborar. Así que cuando gané el Premio David 1968 con mi libro La guerra tuvo seis nombres, Jesús Díaz se entrevistó conmigo, me estimuló diciendo que “ojalá él hubiera escrito ese libro”, y de hecho, avaló mi pertenencia al grupo: y mi creciente amistad con ellos y mi coincidencia de criterios políticos, ideológicos y estéticos afianzaron mi “militancia caimanera”.

Para mí Guillermo continuó siendo un poeta que yo leía siempre saboreando los poemas, porque él tenía y tiene esa invalorable veta de humor que recorre casi toda su obra, y que es consustancial con su personalidad. Pero en 1970, él ganó una mención en el Concurso Casa de las Américas con el Libro rojo, que nos estremeció a todos: aquella poesía, coloquial o conversacional como quieran llamarla, abordaba el tema político con una intensidad realmente impresionante, traspasada con una emoción que podía tocarse con la punta de los dedos. No soy crítico de poesía, pero me parece que ese libro alcanzó cotas de verdadera calidad poética dentro de la mejor poesía de aquellos años. Y un poema, por citar solo uno, como “El ministro y el poeta” quedó para siempre en nuestra sensibilidad de escritores y de revolucionarios.

No voy a hacer un recorrido minucioso por su obra: ya señalé el carácter accidental de mi participación aquí, pero debo dejar constancia de un jalón importante dentro de ella. Me refiero a El cuarto círculo, novela que escribió con el inolvidable Luis Rogelio Nogueras. Que la hayan escrito juntos no es una sorpresa: pocas veces he visto dos almas tan gemelas, pocas veces me ha tocado ver una amistad como la de Wichy el Rojo y el gordo Guillermo; pocas veces el sentido del humor se ha identificado tanto con el talento como en estos dos seres humanos. Así que tampoco es de extrañar que la escritura de aquella novela fuera una verdadera fiesta. Yo seguí aquel proceso bastante de cerca y sobre todo Wichy me hablaba largamente del método que utilizaron: ese repartirse los capítulos, escribirlos independientemente y luego confrontarlos y discutirlos en persona, debió ser agotador, conociéndolos como los conocía; pues si bien Guillermo es un notable y delicioso conversador, Wichy era sencillamente inolvidable.

Así que estoy seguro de que la escritura de El cuarto círculo les proporcionó a ambos momentos de intensa felicidad creadora: desde la dedicatoria, ya nos empezaban a hacer guiños: “A José Antonio Portuondo, compañero”, le hacía un guiño al viejo profesor, verdadero sabio en cuestiones de literatura policial, pues era bien sabido que Portuondo dedicaba invariablemente todos sus libros a su esposa Bertha, siempre de la misma forma: “A Bertha, compañera”. Si la memoria no me falla, el presidente del CDR a quien acudía el investigador del crimen era un viejo alto, pelo totalmente blanco, sonrosado, y que hablaba con el mismo lenguaje y entonación del querido profesor Portuondo. Y cuando necesitaron nombrar al oficial investigador, para evitar malas o aviesas interpretaciones, decidieron llamarlo Augusto del Pino, un guiño esta vez a Edgar Alan  Poe, pues el nombre es la traducción al español del famoso Auguste Dupin, ese antecedente ilustre de Sherlock Holmes, con el que Poe resolvía brillantemente todos sus casos.

Aquella novela fue, creo, muy importante dentro del más bien lamentable panorama de la literatura policial de aquellos días, que estaba arribando a un callejón sin salida, con argumentos que se repetían en cada obra que se publicaba: prácticamente todas las novelas obedecían a un esquema preconcebido, que se había convertido en nuestra retórica policial: Un crimen, un robo, un delito. Investigación policial. Colectiva, por supuesto. Visita a la viejita del CDR cuya información era siempre valiosísima, por supuesto. Unión de cabos sueltos. Alguna pista falsa. Y luego la brillante solución. Colectiva, por supuesto. Se llegó al extremo de afirmar (pues era la época de las “escuelas cubanas”) que había surgido una “escuela cubana de literatura policial”. Así navegaba el barco de ese género cuando apareció El cuarto círculo, que fue, literalmente, una ráfaga de aire fresco que ventiló los establos de Augías de la novela policial cubana, porque le introdujo un elemento de humor que luego escritores como Daniel Chavarría desarrollarían en su obra.

Creo que fue una pérdida para la narrativa cubana que Wichy y Guillermo no hayan repetido el experimento. En algún momento tuve la ilusión de que de ambos podía surgir el Ellery Queen cubano, pero no fue así: eran dos talentos que necesitaban el vuelo libre de su imaginación y no la jaula de la creación conjunta. Guillermo escribió una segunda novela policial, Alguien, de la cual apenas me queda un lejano recuerdo, nunca comparable con el de El cuarto círculo, y de la que no hablaré: independientemente de sus valores literarios tuvo el gran mérito de mantener viva la llama creadora. En fecha más reciente, dio a conocer una noveleta, Ya que te vas, la vida y destinos de una familia cubana, inmersa en los agudos conflictos de nuestro tiempo.

Cuando publicó en el 2005 Por el camino de la mar o Nosotros los cubanos, ensayo sobre nuestra identidad, me di cuenta de que estaba ante un Guillermo Rodríguez Rivera legítimo: el sentido del humor traspasando esas páginas donde se recoge una de las indagaciones más lúcidas de los últimos años sobre lo cubano, para hacer de su lectura una experiencia dolce et utile, como pedía Horacio. No fue casual que el libro tuviera una reedición fulminante al año siguiente. Creo que desde los tiempos del Elogio del choteo, de Mañach no se publicaba un libro así en Cuba.

Y entonces, este año, salió Canción de amor en tierra extraña, un texto narrativo que unos consideran novela, otros testimonio (Guillermo dice que algunos quieren sacarlo de la nómina de los novelistas), y que en realidad, a mi juicio, es una de las llamadas “novela-testimonio” que aquí en Cuba tiene a Miguel Barnet como su máximo exponente. Hechos reales, pero recreados con elementos de ficción, personajes casi siempre reales, aunque alguno que otro compuesto con características de varios, unas veces con su nombre real, otras inventado, y un lenguaje de difícil sencillez, colmado de coloquialismos, donde se nota la intención del autor en lograr una desnudez inusitada en la prosa, como si quisiera narrarnos, sin subterfugios o adornos estériles, la vida de varios jóvenes en la descarnada cotidianidad de estos años duros. Por ello, la vida de esos jóvenes, muchas veces intensa, otras veces dolorosa, se narra, no desde la primera persona, que intimizaría demasiado el relato, salpicándolo tal vez de elementos excesivamente dramáticos, sino casi siempre desde la tercera persona impersonal, es decir, la técnica llamada “tercera como primera”, a través de la perspectiva de Tony, el protagonista alter ego del autor. De esta manera, en la mejor tradición babeliana, rulfiana, hemingwayana, lo dramático-emotivo-patético se narra desde una intencionada frialdad, con lo que gracias a una categoría narrativa que yo llamo “ley del contraste”, el efecto, la eficacia literaria, aumenta considerablemente. Súmesele a este punto de vista, el estilo indirecto libre que recorre casi todas sus páginas, y los cambios del punto de vista espacial hacia la segunda persona, del que es ejemplo paradigmático el capítulo llamado "Oh, La Habana", para tener un completo panorama de los innegables logros de esta novela, que es, por otra parte, el valioso aporte de Guillermo Rodríguez Rivera a los esfuerzos de la intelectualidad cubana en los últimos meses por revelar desde distintos ángulos, matices y experiencias personales,  las claves de aquel oscuro período de nuestra historia literaria,  que todos conocemos como el Quinquenio Gris.

Y bien, Guillermo, creo que he cumplido modestamente, con la colaboración que me pediste en este día tan importante para ti. Siempre que te veo, animando tertulias de escritores, haciéndonos reír con tu inagotable sentido del humor, he tenido la impresión de que, a pesar de sufrimientos personales, achaques de salud y otros entuertos derivados del intenso proceso a que fue sometida nuestra vida en estos cuarenta y tantos años de Revolución, de que si no satisfecho, por lo menos te sientes conforme con lo que has aportado a tu tiempo. Porque eso has sido, un hombre de tu tiempo, que como decía Martí es ser hombre de todos los tiempos. Y eso me lo confirmó el final de tu novela-testimonio, cuando dices:

 “Es lo único que puede darte tranquilidad ahora: la confianza de haber dejado una palabra o un acto, o las dos cosas. Porque si estás seguro no de lo que has hecho, sino de cómo y de por qué lo hiciste, entonces va a importarte una mierda la misma suma de todos los derrumbes, y hasta esa escurridiza esperanza que se ha puesto a dormir para despertar sin falta cuando ya no la recuerden, cuando no estés, cuando tengan que inventarla otra vez, porque sin ella no es posible vivir, no vale la pena vivir. Nada va a hacerte daño.

 “A ti, que tanto te gustan las metáforas aunque poco que las usas, no debiera de serte ajena esta, porque tú mismo elegiste cantar esta canción, esta canción de amor en una tierra extraña que es desde siempre, para siempre, la tierra en la que vive el hombre.

Queridos amigos:

En una ocasión, Guillermo, en un aniversario de la muerte de Wichy, mientras compartíamos recuerdos y anécdotas de aquella criatura inolvidable, al referirse al Rojo dijo que “la amistad de Wichy era uno de sus tesoros”. Aquella frase se me quedó grabada para siempre en la memoria y en el corazón, y a partir de aquel momento, yo también comencé a utilizarla, porque nunca encontré mejores palabras para caracterizar también mi amistad con Wichy.

Es para mí, ahora, un timbre de entrañable emoción, repetir aquí, Guillermo, que tu amistad, es también uno de mis tesoros.

Gracias               

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600