Año VI
La Habana

29 de SEPTIEMBRE
al 5 de OCTUBRE
de 2007

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Un hombre de una gran sabiduría

Nicolás Hernández Guillén • La Habana
Foto: Victor Junco (La Jiribiila)

 

Las primeras noticias que de Guillermo tuve fueron a través de una novela a la cual ya se han referido, El cuarto círculo. Yo era —soy todavía— un lector ávido de la literatura policial y sentí como una bocanada de aire en el panorama de la literatura policíaca cubana de aquellos tiempos. Después, en la universidad, Guillermo y yo formamos parte del claustro universitario desde hace algunos años. Guillermo fue, además de un excelente profesor —algo que me parece necesario recordar en un encuentro de esta naturaleza—, un profesor mentado, cuya labor despertó siempre connotación por diversas razones. Por una parte, quizá por la facilidad, la simpatía con que Guillermo violaba todas las reglas que se nos hubiesen establecido. Quizá algunos de ustedes hayan conocido en su tiempo el “Poema al metodólogo”, en aquellos momentos en que, recién creado el Ministerio de Educación Superior, se nos exigía hasta la saciedad el atenernos a las indicaciones metodológicas que de algún manual, seguramente soviético, habían extraído nuestros colegas. Guillermo se encargó muy bien de ridiculizar adecuadamente aquellos excesos. Además, se encargó de hacerse conocido por la sabiduría, por el humor, por el encanto con que seducía a su alumnado desde su cátedra universitaria.

Pero realmente nuestro encuentro definitivo tendría lugar cuando los caminos de la vida me condujeron a la Fundación Nicolás Guillén. Allí, en alguna tarde, en una de esas democráticas mesas del Hurón Azul de la UNEAC, compartimos algún ron y comenzó a trabarse una amistad franca y fuerte. Vendría poco después alguna racha de adversidad, un golpe de mala suerte, un accidente de Guillermo que paradójicamente propició que nuestra confianza se consolidara. A partir de entonces se convirtió en un colaborador permanente de la Fundación Nicolás Guillén. Eso sería quizá a lo que yo debería referirme esencialmente.

Guillermo es un hombre de una gran sabiduría. Su conocimiento de la cultura cubana es asombroso. Es un conocimiento que cuando se manifiesta adopta siempre la forma de un magisterio generoso, sencillo, regado con buen humor y profundamente esencial, sea de la literatura, de la que todos sabemos que es un gran conocedor, o de la música cubana, de la que también tiene conocimientos asombrosos en todos los registros de la escala, desde la más culta hasta la más popular.

He tenido la suerte de aprender a disfrutar y a conocer junto a Guillermo muchísimos aspectos de la música cubana que desconocía, y siempre con el espíritu de este magisterio singular que caracteriza el hacer de Guillermo Rodríguez Rivera.

Hemos tenido también ocasión de compartir otros momentos. Guillermo ha sido una especie de paño de lágrimas de la Fundación. Cada vez que teníamos necesidad de acudir, en la labor de divulgación de la obra de Guillén, al llamado de algún círculo interesado en él, Guillermo resultaba nuestro hombre imprescindible. Después, cuando el centenario de Guillén, tuvimos ocasión de participar juntos en muchos eventos. Fuimos desde Madrid hasta Guantánamo, desde Veracruz hasta Bauta. De alguno de esos viajes tengo una anécdota que me gustaría referir, con el permiso de Guillermo:

En España tuvimos la oportunidad de organizar una gran delegación, casi 30 intelectuales asistieron al evento conmemorativo del centenario de Nicolás Guillén. Esa delegación arribó al aeropuerto de Barajas, Guillermo formaba parte de ella. Todo había estado muy bien organizado. Ana María González, la rectora del ISA, que es una gran organizadora, había tenido una participación decisiva en ello. Estaban unos autobuses esperándonos en el aeropuerto para llevarnos a Ciudad Real, que sería la sede del evento. Fuimos a recoger nuestro equipaje y Guillermo, ni tardo ni perezoso, tomó su maleta y salió con el resto del grupo. Cuando llegamos al hotel —tuve la suerte de compartir la habitación con Guillermo— descubrimos que era la maleta de una señora. Guillermo había salido de allí con la maleta de una señora. Pero lo mejor fue la indignación con que Guillermo le reclamó a la compañía la devolución de su maleta, la maleta que la señora, imagino que llena de inocencia y con sorpresa parecida a la suya, habrá descubierto al llegar a su casa. Felizmente entre todos pudimos ir proveyendo a Guillermo de la ropa para asistir decorosamente vestido a las sesiones de nuestro evento, y unos días más tarde la compañía, llena de vergüenza por el error, le devolvió su añorada maleta.

Realmente he tenido ocasión de compartir muchas cosas con Guillermo en los últimos años, y por supuesto hay afinidades en la base de todo esto. Afinidades políticas, porque creo que Guillermo es un militante de Cuba, de la cubanía y un militante de la Revolución, como participante verdadero, como responsable real en plena capacidad para juzgar críticamente nuestra realización. Comentaba de nuestra afinidad musical y seguramente afinidad literaria también, sé que Guillermo es un gran amante de ese grande de la poesía que es Nicolás Guillén, y yo también me encuentro entre sus admiradores. He tenido además la suerte de compartir con él aspectos sustantivos de la cotidianidad de los intelectuales como el dominó, por ejemplo, o la reparación del carro, y de algún otro tema hemos tenido ocasión de hablar.

Me siento en la obligación de reconocer en el desempeño de la Fundación Nicolás Guillén a lo largo de estos años de existencia, la impronta de la sabiduría y la cubanidad que animan el pensamiento y la obra de Guillermo Rodríguez, y quisiera aprovechar la ocasión para hacerle presente cuánto hemos apreciado su presencia en la vida de nuestra institución, y en lo personal, lo que su enseñanza ha significado para mí, aunque nunca haya aceptado el curso de irresponsabilidad que generosamente Guillermo me ofreció desde nuestros primeros conocimientos. Aspiro a que cuando llegue el momento —lejano— de la vejez, nos encuentre disfrutando aún de esta amistad, si no fuerte al menos firme todavía para entonces, que hemos compartido.

Muchas gracias, Guillermo.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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