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Las primeras noticias que de Guillermo
tuve fueron a través de una novela a la
cual ya se han referido, El cuarto
círculo. Yo era —soy todavía— un
lector ávido de la literatura policial y
sentí como una bocanada de aire en el
panorama de la literatura policíaca
cubana de aquellos tiempos. Después, en
la universidad, Guillermo y yo formamos
parte del claustro universitario desde
hace algunos años. Guillermo fue, además
de un excelente profesor —algo que me
parece necesario recordar en un
encuentro de esta naturaleza—, un
profesor mentado, cuya labor despertó
siempre connotación por diversas
razones. Por una parte, quizá por la
facilidad, la simpatía con que Guillermo
violaba todas las reglas que se nos
hubiesen establecido. Quizá algunos de
ustedes hayan conocido en su tiempo el
“Poema al metodólogo”, en aquellos
momentos en que, recién creado el
Ministerio de Educación Superior, se nos
exigía hasta la saciedad el atenernos a
las indicaciones metodológicas que de
algún manual, seguramente soviético,
habían extraído nuestros colegas.
Guillermo se encargó muy bien de
ridiculizar adecuadamente aquellos
excesos. Además, se encargó de hacerse
conocido por la sabiduría, por el humor,
por el encanto con que seducía a su
alumnado desde su cátedra universitaria.
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Pero realmente nuestro encuentro
definitivo tendría lugar cuando los
caminos de la vida me condujeron a la
Fundación Nicolás Guillén. Allí, en
alguna tarde, en una de esas
democráticas mesas del Hurón Azul de la
UNEAC, compartimos algún ron y comenzó a
trabarse una amistad franca y fuerte.
Vendría poco después alguna racha de
adversidad, un golpe de mala suerte, un
accidente de Guillermo que
paradójicamente propició que nuestra
confianza se consolidara. A partir de
entonces se convirtió en un colaborador
permanente de la Fundación Nicolás
Guillén. Eso sería quizá a lo que yo
debería referirme esencialmente.
Guillermo es un hombre de una gran
sabiduría. Su conocimiento de la cultura
cubana es asombroso. Es un conocimiento
que cuando se manifiesta adopta siempre
la forma de un magisterio generoso,
sencillo, regado con buen humor y
profundamente esencial, sea de la
literatura, de la que todos sabemos que
es un gran conocedor, o de la música
cubana, de la que también tiene
conocimientos asombrosos en todos los
registros de la escala, desde la más
culta hasta la más popular.
He tenido la suerte de aprender a
disfrutar y a conocer junto a Guillermo
muchísimos aspectos de la música cubana
que desconocía, y siempre con el
espíritu de este magisterio singular que
caracteriza el hacer de Guillermo
Rodríguez Rivera.
Hemos tenido también ocasión de
compartir otros momentos. Guillermo ha
sido una especie de paño de lágrimas de
la Fundación. Cada vez que teníamos
necesidad de acudir, en la labor de
divulgación de la obra de Guillén, al
llamado de algún círculo interesado en
él, Guillermo resultaba nuestro hombre
imprescindible. Después, cuando el
centenario de Guillén, tuvimos ocasión
de participar juntos en muchos eventos.
Fuimos desde Madrid hasta Guantánamo,
desde Veracruz hasta Bauta. De alguno de
esos viajes tengo una anécdota que me
gustaría referir, con el permiso de
Guillermo:
En España tuvimos la oportunidad de
organizar una gran delegación, casi 30
intelectuales asistieron al evento
conmemorativo del centenario de Nicolás
Guillén. Esa delegación arribó al
aeropuerto de Barajas, Guillermo formaba
parte de ella. Todo había estado muy
bien organizado. Ana María González, la
rectora del ISA, que es una gran
organizadora, había tenido una
participación decisiva en ello. Estaban
unos autobuses esperándonos en el
aeropuerto para llevarnos a Ciudad Real,
que sería la sede del evento. Fuimos a
recoger nuestro equipaje y Guillermo, ni
tardo ni perezoso, tomó su maleta y
salió con el resto del grupo. Cuando
llegamos al hotel —tuve la suerte de
compartir la habitación con Guillermo—
descubrimos que era la maleta de una
señora. Guillermo había salido de allí
con la maleta de una señora. Pero lo
mejor fue la indignación con que
Guillermo le reclamó a la compañía la
devolución de su maleta, la maleta que
la señora, imagino que llena de
inocencia y con sorpresa parecida a la
suya, habrá descubierto al llegar a su
casa. Felizmente entre todos pudimos ir
proveyendo a Guillermo de la ropa para
asistir decorosamente vestido a las
sesiones de nuestro evento, y unos días
más tarde la compañía, llena de
vergüenza por el error, le devolvió su
añorada maleta.
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Realmente he tenido ocasión de compartir
muchas cosas con Guillermo en los
últimos años, y por supuesto hay
afinidades en la base de todo esto.
Afinidades políticas, porque creo que
Guillermo es un militante de Cuba, de la
cubanía y un militante de la Revolución,
como participante verdadero, como
responsable real en plena capacidad para
juzgar críticamente nuestra realización.
Comentaba de nuestra afinidad musical y
seguramente afinidad literaria también,
sé que Guillermo es un gran amante de
ese grande de la poesía que es Nicolás
Guillén, y yo también me encuentro entre
sus admiradores. He tenido además la
suerte de compartir con él aspectos
sustantivos de la cotidianidad de los
intelectuales como el dominó, por
ejemplo, o la reparación del carro, y de
algún otro tema hemos tenido ocasión de
hablar.
Me siento en la obligación de reconocer
en el desempeño de la Fundación Nicolás
Guillén a lo largo de estos años de
existencia, la impronta de la sabiduría
y la cubanidad que animan el pensamiento
y la obra de Guillermo Rodríguez, y
quisiera aprovechar la ocasión para
hacerle presente cuánto hemos apreciado
su presencia en la vida de nuestra
institución, y en lo personal, lo que su
enseñanza ha significado para mí, aunque
nunca haya aceptado el curso de
irresponsabilidad que generosamente
Guillermo me ofreció desde nuestros
primeros conocimientos. Aspiro a que
cuando llegue el momento —lejano— de la
vejez, nos encuentre disfrutando aún de
esta amistad, si no fuerte al menos
firme todavía para entonces, que hemos
compartido.
Muchas gracias, Guillermo. |