Año VI
La Habana
2007

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El Lienzo en nuestros campos de batalla
Josefina Ortega • La Habana
 

Acaso podía imaginarse cuando en 1889 Julián del Casal lo llamó el pintor exquisito de la belleza femenina, que al estallar la guerra necesaria desatada por Martí en 1895, Armando García Menocal el mejor pintor cubano de ese momento se incorporara a la manigua redentora como un soldado más del Ejército Mambí.

                           "Hoy el verso palpita en la metralla,
                        en el cañón está la sinfonía
                        y el lienzo en nuestros campos de batalla."

Así le canta el poeta Bonifacio Byrne en un soneto compuesto en honor del artista que se crece ahora en los campos de batalla.

Nacido en La Habana en 1861, Menocal comienza sus estudios de pintura en su ciudad natal, y los amplía en Madrid, donde alcanza un merecido renombre, afianzado después en la Isla, donde ocupa la cátedra de Paisaje de la Academia de San Alejandro  y se dedica a la realización de retratos con gran éxito de público y de crítica.

Su estudio en La Ceiba, en la quinta de su hermana Anita, esposa del músico holandés Hubert de Blanck, es visitado por las figuras más ilustres de la época. Exhibe sus obras en el vestíbulo del teatro Tacón y en la galería de Suárez, situada esta última en la calle de O' Reilly esquina a Compostela.

Su obra es motivo de inspiración para el poeta Casal, quien, afirma en "La Discusión", que sus cuadros “se distinguen por su brillante colorido y por el cuidado de los detalles. (…) Bajo el dominio de su pincel, el raso espejea, la seda cruje, el encaje es más vaporoso, la flor ostenta invisibles matices y las piedras preciosas arrojan vivísimos fulgores. Lo mismo puede decirse de la figura humana. El rostro conserva su color; la pupila, su mirada; la frente, sus pliegues; y la fisonomía, la expresión”.

Ya para entonces el joven Menocal es considerado un Maestro. Pero ni la fama ni los honores ni su cátedra de de San Alejandro le impiden que marche a la epopeya.

En las filas insurrectas, el pintor devenido mambí se gana la confianza del generalísimo Máximo Gómez y pone su pintura al servicio de cualquier menester de la guerra, sin importarle lo modesto que sea. Pinta escarapelas. Hace retratos de sus compañeros de armas, apuntes y escenas que se venden en la emigración con el fin de recaudar fondos para la causa. Participa de cargas al machete a la orden de Máximo Gómez y de Antonio Maceo. Con los grados de Comandante del Ejército Libertador termina la contienda.

Reanuda sus clases en San Alejandro. Obtiene la ejecución, por concurso, del decorado del Aula Magna de la Universidad de La Habana y del Palacio Presidencial. Participa con éxito en exposiciones nacionales y extranjeras. Realiza cuadros de tema histórico, basándose en hechos de la guerra. Pinta su famoso cuadro de gran formato "La muerte de Maceo". Su obra "Amanecer" es premiada en 1915, en el primer concurso de pintura celebrado por la Academia Nacional de Artes y Letras.

Algunos deploran, sin embargo, su fidelidad al academismo, mas ¿por qué lamentarlo?, si como dice la crítica Loló de la Torriente: “Menocal  obedecía a una formación y era producto de su medio. ¿Cómo extrañarnos del rechazo que hacía de “lo moderno”? (…) Él estaba consciente de que cada época tiene su propia sensibilidad, como cada pueblo y cada individuo y, dentro de las inminentes variantes, él se inclinaba por las que le eran afines”.

Menocal representó el verdadero y mejor realismo académico. En su pintura reflejó aspectos de nuestra cubanía esencial. De cualquier desacierto que pudo haber cometido lo exoneran sus escenas de la guerra, pertenecientes a la lucha independentista, en la que él participó como combatiente. Lo mismo ocurre con las damas que pintó, pueden ser de mayor o menor linaje, pero son criollas definitivamente.

Armando Menocal murió en 1942, frente a un cuadro que le dedicó Sorolla, el único que tenía en su habitación.

Se cuenta que de regreso a su aula de San Alejandro, Menocal gustaba de narrar para sus alumnos historias de la guerra.

Como esta, que siempre terminaba con una risa abierta:

Eran días de muy escasas provisiones de boca. Pero no se podía dejar de resistir y luchar por la independencia de Cuba. Fueron varias las jornadas que apenas se podía comer. Un soldado del pequeño grupo comandando por el viejo Gómez encontró en el campo un huevo. Lo entregó al Generalísimo para que lo comiera, y este dijo: “O comemos todos o ninguno. A hervir el huevo. Lo picaremos a partes iguales.”

Imagínense lo pequeño del pedazo que tocó a cada soldado del pequeño grupo de Gómez. 

El pintor Menocal fue uno de los patriotas que ese día comió su magra ración de proteínas.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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