|
Acaso podía imaginarse cuando en 1889
Julián del Casal lo llamó el pintor
exquisito de la belleza femenina, que al
estallar la guerra necesaria desatada
por Martí en 1895, Armando García
Menocal
—el
mejor pintor cubano de ese momento—
se incorporara a la manigua redentora
como un soldado más del Ejército Mambí.
"Hoy el verso palpita en la metralla,
en el cañón está la sinfonía
y el lienzo en nuestros campos de
batalla."
Así le canta el poeta Bonifacio Byrne en
un soneto compuesto en honor del artista
que se crece ahora en los campos de
batalla.
Nacido en La Habana en 1861, Menocal
comienza sus estudios de pintura en su
ciudad natal, y los amplía en Madrid,
donde alcanza un merecido renombre,
afianzado después en la Isla, donde
ocupa la cátedra de Paisaje de la
Academia de San Alejandro y se dedica a
la realización de retratos con gran
éxito de público y de crítica.
Su estudio en La Ceiba, en la quinta de
su hermana Anita, esposa del músico
holandés Hubert de Blanck, es visitado
por las figuras más ilustres de la
época. Exhibe sus obras en el vestíbulo
del teatro Tacón y en la galería de
Suárez, situada esta última en la calle
de O' Reilly esquina a Compostela.
Su obra es motivo de inspiración para el
poeta Casal, quien, afirma en "La
Discusión", que sus cuadros “se
distinguen por su brillante colorido y
por el cuidado de los detalles. (…) Bajo
el dominio de su pincel, el raso
espejea, la seda cruje, el encaje es más
vaporoso, la flor ostenta invisibles
matices y las piedras preciosas arrojan
vivísimos fulgores. Lo mismo puede
decirse de la figura humana. El rostro
conserva su color; la pupila, su mirada;
la frente, sus pliegues; y la fisonomía,
la expresión”.
Ya para entonces el joven Menocal es
considerado un Maestro. Pero ni la fama
ni los honores ni su cátedra de de San
Alejandro le impiden que marche a la
epopeya.
En las filas insurrectas, el pintor
devenido mambí se gana la confianza del
generalísimo Máximo Gómez y pone su
pintura al servicio de cualquier
menester de la guerra, sin importarle lo
modesto que sea. Pinta escarapelas. Hace
retratos de sus compañeros de armas,
apuntes y escenas que se venden en la
emigración con el fin de recaudar fondos
para la causa. Participa de cargas al
machete a la orden de Máximo Gómez y de
Antonio Maceo. Con los grados de
Comandante del Ejército Libertador
termina la contienda.
Reanuda sus clases en San Alejandro.
Obtiene la ejecución, por concurso, del
decorado del Aula Magna de la
Universidad de La Habana y del Palacio
Presidencial. Participa con éxito en
exposiciones nacionales y extranjeras.
Realiza cuadros de tema histórico,
basándose en hechos de la guerra. Pinta
su famoso cuadro de gran formato "La
muerte de Maceo". Su obra "Amanecer" es
premiada en 1915, en el primer concurso
de pintura celebrado por la Academia
Nacional de Artes y Letras.
Algunos deploran, sin embargo, su
fidelidad al academismo, mas ¿por qué
lamentarlo?, si como dice la crítica
Loló de la Torriente: “Menocal obedecía
a una formación y era producto de su
medio. ¿Cómo extrañarnos del rechazo que
hacía de “lo moderno”? (…) Él estaba
consciente de que cada época tiene su
propia sensibilidad, como cada pueblo y
cada individuo y, dentro de las
inminentes variantes, él se inclinaba
por las que le eran afines”.
Menocal representó el verdadero y mejor
realismo académico. En su pintura
reflejó aspectos de nuestra cubanía
esencial. De cualquier desacierto que
pudo haber cometido lo exoneran sus
escenas de la guerra, pertenecientes a
la lucha independentista, en la que él
participó como combatiente. Lo mismo
ocurre con las damas que pintó, pueden
ser de mayor o menor linaje, pero son
criollas definitivamente.
Armando Menocal murió en 1942, frente a
un cuadro que le dedicó Sorolla, el
único que tenía en su habitación.
Se cuenta que de regreso a su aula de
San Alejandro, Menocal gustaba de narrar
para sus alumnos historias de la guerra.
Como esta, que siempre terminaba con una
risa abierta:
Eran días de muy escasas provisiones de
boca. Pero no se podía dejar de resistir
y luchar por la independencia de Cuba.
Fueron varias las jornadas que apenas se
podía comer. Un soldado del pequeño
grupo comandando por el viejo Gómez
encontró en el campo un huevo. Lo
entregó al Generalísimo para que lo
comiera, y este dijo: “O comemos todos o
ninguno. A hervir el huevo. Lo picaremos
a partes iguales.”
Imagínense lo pequeño del pedazo que
tocó a cada soldado del pequeño grupo de
Gómez.
El pintor Menocal fue uno de los
patriotas que ese día comió su magra
ración de proteínas. |