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El gobierno de "Tomasito", cuyo primer
gabinete de seis secretarios eran todos
hombres de posiciones muy acomodadas,
había militado casi todos en las filas
de autonomismo, hasta que al avanzar la
guerra pasaron al independentismo. El
currículum vitae de aquellos hombres no
puede ser soslayado: Carlos de Zaldo,
republicano, en Justicia y Estado, era
banquero y agente del trust del azúcar,
de Henry O. Havemeyer, había sido vocal
en la junta central autonomista[1]
y, luego, había pasado al
independentismo; en Hacienda estaba José
María García Montes, ex jerarca
autonomista, ahora, republicano. García
Montes había sido firmante del
manifiesto autonomista de abril de 1895,
que condenaba el alzamiento martiano y
era testaferro del hacendado español
José Gómez Mena.[2]
La secretaría de Agricultura la ocupaba
Emilio Terry, gran hacendado
cienfueguero, también había sido
firmante del manifiesto autonomista de
abril de 1895 y luego se había
convertido en independentista. Diego
Tamayo, por igual antiguo mílite de la
junta central autonomista había pasado,
en Nueva York, a las filas de la
delegación de Estrada Palma y ahora se
desempeñaba en Gobernación. Tamayo había
rubricado, por igual, el manifiesto
autonomista de abril contra la
revolución. Tanto Terry como Tamayo,
además de Zaldo, habían sido miembros de
la junta central autonomista. Solo dos
no habían sido autonomistas, Eduardo
Yero, sin filiación política, ocupaba la
secretaría de Instrucción Pública y
Manuel Luciano Díaz, hombre de los
ferrocarrileros estadounidenses, ocupaba
la secretaría de obras públicas. Además,
el vicepresidente de la República era
Luis Estévez Romero, también ex
autonomista, esposo de la patriota Marta
Abreu, gran propietaria de ingenios se
había reciclado como independentista.
También un vocal de la junta
autonomista, Carlos Fonts y Sterling,
ocupaba ahora el cargo de vicepresidente
de la cámara de representantes. El
secretario de la presidencia, que no
tenía rango de secretario de despacho
era el ex autonomista Jorge Alfredo
Belt. Increíblemente, los conservadores
de origen autonomista habían reasumido
solapadamente el gobierno cubano, de una
república que se suponía era el
resultado de una revolución
independentista. Gracias a Estrada Palma
se había reconcentrado en el mando del
Estado cubano una potente falange
criolla de la oligarquía burguesa, que
reproducía en la república el esquema de
dominio sobre la base del azúcar y el
tabaco.
Ni un solo mambí, nadie que hubiera
usado machete al cinto, espuela en el
talón o que oliera a pólvora, figuraba
en aquel gobierno. De raíz
independentista pero oliendo a
yanquizado, en un cargo que era casi más
importante que el de secretario, estaba
Gonzalo de Quesada, ex delegado de Cuba
en Washington, designado como ministro
en aquella capital. Estrada Palma
manifestó que no podía olvidar sus
servicios en la capital que baña el
Potomac y que sus conocimientos podrían
ser muy útiles en aquella capital.
Estrada Palma sabía a quien había
elegido, según su gusto y sus reales
ideas políticas.
Hacia 1904 Estrada Palma había decidido
aspirar a la reelección. Frente a este
se presentó como candidato su antiguo
partidario, el ex gobernador de Santa
Clara, general José Miguel Gómez,
caudillo del Partido Republicano
villareño, al que se asociaba como
aspirante a la vicepresidencia Alfredo
Zayas, del Partido Liberal Nacional,
quien precisamente siempre habían
acusado a aquel de haber empleado contra
ellos la violencia durante su período de
mandatario provincial, y haber provocado
muertes en sus filas, mediante una
política conocida como de la porra.[3]
Bien sabía Estrada Palma qué hacía
cuando pidió la renuncia de su gabinete.
En los primeros días de marzo de 1904
reemplazó a sus integrantes con un grupo
de Moderados dispuestos a todo. Esta vez
no necesitaba a los sesudos
autonomistas, sino a los hombres de
machete al cinto. Sabía que para
reelegirse, necesitaba la violencia.
Allí estaban el general Fernando Freyre
de Andrade, como secretario de
Gobernación, el general Rafael Montalvo,
como secretario de Obras Públicas, el
general Juan Ríus Rivera, en la cartera
de Hacienda y en Estado y Justicia
quedaría Juan F. O'Farrill. Cubrió las
secretarias de Instrucción Pública y
Agricultura, con carácter interino, con
Freyre de Andrade y Montalvo. Aquel era,
como bien lo calificaron sus
adversarios, el gabinete de combate.
Con la vista puesta en las elecciones
Freyre de Andrade, se dedicó a veces con
la ayuda de la guardia rural a echar de
sus cargos a alcaldes y empleados que no
fueran adictos a la causa moderada y a
sustituirlos con acólitos. En las demás
secretarías los otros jefes también se
dedicaron, bajo la consigna de "a
moderarse", a hacer saltar de sus cargos
a los elementos opositores. Frente a las
aspiraciones reeleccionistas, se levantó
la figura venerada de Máximo Gómez,
quien olfateó la posibilidad de una
guerra civil y no estuvo lejos de
encabezar una manifestación que
protestaría ante palacio. Para evitar
más choques de los que se venían
produciendo una representación de los
opositores el generalísimo fue a ver a
Estrada Palma, junto con otros
adversarios del presidente. Este
iluminado por la felicidad de su segura
permanencia en el poder resultó
hipócritamente sorprendido, cuando le
narraron las arbitrariedades que estaban
cometiendo sus partidarios, y aunque
juró que tomaría medidas para evitarlas
todo continuó igual. Mientras, Máximo
Gómez, en la continuación de la campaña
antirreeleccionista, fue invadido por
una infección en la mano contraída en
Santiago de Cuba, que al generalizarse,
lo llevó a la tumba.
En las nuevas elecciones los moderados
se prepararon para dar el "copo", con
vistas a lo cual iban a poner en
práctica todos los métodos de
amedrentamiento de que disponían. A tal
punto llegaron los conflictos que estos
trajeron en Cienfuegos la muerte sonada
del coronel de la independencia Enrique
Villuendas, joven líder liberal,
secretario de la convención
constituyente de 1901, a manos de la
policía, en un hecho en que también
murió otro coronel de la independencia,
Ángel Illance, jefe de la policía de la
ciudad, y que terminó en una batalla a
balazos entre liberales y gendarmes en
medio de una ciudad aterrorizada en la
que sus habitantes apenas se atrevían a
asomar la nariz a la puerta de las
casas.
Una de las premisas del fenómeno estaba
en que, frente a ellos encontraban
muchas veces a policías y hombres de la
guardia rural que, soberbios, engreídos,
guapetones, eran en general elegidos
para esos cuerpos por su filiación
política, se sentían agradecidos a
quienes los habían favorecido con ese
"destino" y estaban en posición de hacer
cualquier cosa contra quien le señalaran
con el objeto de demostrar lealtad a su
"jefe". Una concepción rudimentaria,
primitiva, de la política, repleta de
intereses económicos casi de
supervivencia, la antigua costumbre del
uso de las armas por los mambises, y la
presencia de "hombres de acción" junto a
los líderes de los partidos, completaban
un cuadro que terminaba casi siempre en
enconos mortales.
Aunque no directamente por causas
políticas la policía de Cienfuegos ya
había asesinado al general de la
Independencia Dionisio Gil, y en la
región de Manzanillo el capitán de la
guardia rural, Belisario Ramírez, había
ordenado a sus subordinados el asesinato
del coronel y periodista Rafael
Castillo, y cuando el comandante de la
independencia y también periodista,
Antonio Marten, denunció el crimen, una
nueva orden del oficial a un sargento de
su guarnición hizo que el mambí perdiese
la vida.[4]
Por supuesto, si algún factor movía
estas querellas eran las prebendas.
Estas funcionaron, incluso, en un
gobierno que tantas veces ha sido
calificado de extraordinariamente
austero, como el de Estrada Palma. En
una noveleta de Jesús Castellanos, La
conjura, publicada en 1908, se ponen
de manifiesto estas corruptelas en el
siguiente diálogo entre el Secretario de
Hacienda y su sobrino médico, que le
había pedido un empleo:
"—Oye una cosa, ¿qué te parecería un
puesto de Superintendente de inspectores
sanitarios? Doscientos cincuenta
dólares... Gastos pagados cuando haya
fiebre amarilla...
"Román sintió un pesar sincero al oír
hablar así a su tío. No podían
arreglarse jamás, por la absoluta falta
de comunidad entre los ideales de
ambos.
"—Es mucho, tío —murmuró—. No pido
tanto.
(. . .)
"Bueno —lo interrumpió el señor
Villarín—; deja eso por mi cuenta. Es un
puesto que te conviene mucho; te hace
entrar en trato con senadores,
representantes, extranjeros... ¡Oh, y de
mucho prestigio!... Si te cogen unas
elecciones verás lo que vale tener
doscientos hombres bajo tu mando..."[5]
Con la cañona de la reelección a la
vista, semanas antes de la celebración
de los comicios fuerzas liberales
llevaron a cabo serios intentos de
producir una revuelta, para lo cual se
fueron a la manigua, pero al no tener
éxito en sublevar fuerzas desistieron de
la intentona, lo cual pareció
confirmarles a los moderados que
hicieran lo que hicieran no sucedería
nada. Ese criterio no era gratuito. En
septiembre el Ministro estadounidense en
Cuba, le había advertido al general José
Miguel Gómez, que en EE.UU. no se vería
con buenos ojos un alzamiento.
Con el paso de los días José Miguel
Gómez fraguó con liberales, como Juan
Gualberto Gómez, Zayas y otros
personajes, un complot secreto para
llevar a cabo un golpe de mano y
apoderarse del gobierno antes de que
EE.UU. pudiera reaccionar e
intervinieran, pero cuyos detalles se
llegaron a discutir a voz en cuello en
los cafés de La Habana y en las
redacciones de los periódicos. Así que
en agosto, el gobierno, que como era
obvio conoció qué se planeaba y desató
una ola de arrestos que llevó a prisión
a la mayoría de los conspiradores, entre
ellos al general José Miguel Gómez, muy
vigilado en Sancti Spíritus. El gobierno
creyó haber conjurado el peligro, pero
algunos complotados liberales que no
pudieron ser arrestados se alzaron en
los montes de Pinar del Río, La Habana y
Santa Clara. En los primeros momentos no
se produjeron encuentros con fuerzas
gubernamentales, a tal extremo que Jacob
Sleeper, secretario de la Legación
estadounidense, sustituto del nuevo
ministro Morgan, de vacaciones en
EE.UU., cablegrafió a Washington y
aseveró: "La revolución se extiende.
Todo está en calma."[6]
Pero luego ante el avance insurgente, el
gobierno que inicialmente solo disponía
de tres mil hombres en la guardia rural
ordenó aumentarla a toda prisa a poco
más de cinco mil efectivos, y llevar el
cuerpo de artillería de 600 a 800
componentes.[7]
Además creó una sección de
ametralladoras y, adicionalmente,
comenzó a reclutar una milicia
provisional, pagadas a razón de dos
pesos diarios por soldado, subordinada
al brigadier jefe de la guardia rural.
Mezquino dispuso también que aquellos
que se inutilizaran durante el servicio
seguirían percibiendo los dos pesos
hasta que finalizara el estado de
perturbación del orden público, y en
caso de fallecimiento lo recibirían la
viuda y los hijos del conscripto o en su
defecto la madre, aunque únicamente
hasta que terminasen las hostilidades.[8]
Para levantar la moral combativa
de la guardia rural el gobierno
determinó pagar un plus de campaña a los
oficiales, clases y soldados, que
fluctuaría entre el 20% y el 50% de sus
haberes normales. También, de inmediato,
el gobierno se lanzó a controlar un
recurso básico para la guerra, los
caballos, y Estrada Palma dictó el
decreto 371, de 26 de agosto de 1906,[9]
que postulaba:
"Teniendo en cuenta el estado de
perturbación del país y la necesidad y
utilidad públicas de que el Gobierno
adquiera el mayor número de caballos que
sea posible, para las urgentes
atenciones de la actual situación, con
lo que se evita, además los perjuicios
que a los propietarios pueda
ocasionarles que sus caballos les sean
sustraídos por los alzados en armas;
"visto el Art. 32 de la Constitución, y
en uso de Las facultades que esta me
confiere,
DECRETO
"ARTÍCULO ÚNICO: ‑El Brigadier Jefe de
la Guardia Rural queda encargado de la
requisa de caballos útiles en las
Provincias de Pinar del Río, Habana,
Matanzas y Santa Clara. Al mismo tiempo
que se haga una requisa, se pagará al
respectivo dueño el valor del caballo o
caballos adquiridos en la expresada
forma".
A la vez que tomaba esa medida el
Gobierno intentaba abrir la puerta para
lograr el desistimiento de los alzados.
Incluso, se llegó a publicar y difundir
profusamente una instrucción del
Secretario interino de Gobernación,
Rafael Montalvo, al jefe de las fuerzas
en operaciones, general Alejandro
Rodríguez, en la que se le instruía:
"General:
"Por encargo del Sr. Presidente, digo a
Vd. lo que sigue:
"Dé instrucciones a los Jefes que operan
en las provincias de Pinar del Río,
Habana, Matanzas y Santa Clara,
recomendándoles:
"Primero: Que dejen en libertad, para
que regresen tranquilamente a sus
hogares, a cuantos prisioneros hagan o a
cuantos se presenten arrepentidos de su
error.
"Se exceptúan en caso de ser prisioneros
los que mandan las partidas, pues a
estos se les detendrá en el respectivo
Campamento mientras el Gobierno resuelve
que se les deje también en libertad o
que se pongan a disposición del Juez
Especial de Instrucción.
"Segundo: A todo Jefe rebelde que se
rinda en combate, con la partida de su
mando, o que disponga voluntariamente
las armas en unión de su gente, se le
dejará de igual manera libre, para que
vuelva pacíficamente al seno de su
familia.
"Tercero: A todos se les dará garantía
de que no serán molestados en ninguna
forma, pudiendo dedicarse de nuevo a sus
habituales ocupaciones, sin recelo ni
temor alguno".[10]
Pero a pesar de estos intentos de
apaciguar los ánimos, comenzaron los
enfrentamientos. El primero en caer fue
el heroico general Quintín Bandera,
quien sorprendido en su campamento fue
asesinado por la guardia rural. Poco
después, en Pinar del Río, el coronel de
la independencia, autotitulado desde
entonces general, Pino Guerra, derrotó a
la guardia rural en el combate de Río
Feo, y más tarde tomó San Luis y San
Juan y Martínez, desde donde telegrafió
a Estrada Palma para informarle de la
ocupación de ambas localidades. También
en el norte de la provincia de Santa
Clara se produjeron choques entre las
fuerzas en pugna, con resultados
alternativos de victorias y derrotas
para ambos contendientes. Masó, el
general Mario García Menocal y otros
veteranos de la guerra, se dispusieron a
hacer intentos de mediar en el
conflicto, pero Estrada Palma, torpe, y
cerril, se mantenía recalcitrantemente
opuesto a una avenencia que no llevara a
que los insurrectos depusieran las
armas.
En su programa electoral de 1905 los
liberales, para ganar adeptos en el
pueblo en el que todavía el
resentimiento por la imposición de la
Enmienda Platt estaba a flor de piel,
aunque en medio de prudentes
reconocimientos sobre la conveniencia y
bondades para Cuba del tratado
permanente y las más íntimas relaciones
con EE.UU., habían expresado su
aspiración de que este cayera en desuso.
Sin embargo, fueron liberales los que
por primera vez pidieron a EE.UU. que
interviniera para obligar al gobierno a
convocar a nuevas elecciones. En
septiembre el gobierno, mediante el
decreto 380, del 10 de ese mes,[11]
suprimió las garantías constitucionales
en las provincias de Pinar del Río, La
Habana y Santa Clara, y Julio de
Cárdenas, alcalde de La Habana, dictó un
bando[12]
en el que, al disponer las restricciones
de movimiento y reunión de los
residentes de la ciudad, demostraba que
para tropezarse con las fuerzas alzadas
bastaba salir a las afueras de la
capital.
"Primero: Queda prohibido a toda persona
que use automóvil como medio de
locomoción, traspasar con dicha máquina
el perímetro de la ciudad sin más
excepciones que las Autoridades y los
Funcionarios públicos cuando estos estén
autorizados por la Secretaría de
Gobernación.
"Segundo: Para los efectos del
artículo anterior, se entiende por
perímetro de la Ciudad el límite
exterior de la parte urbanizada de sus
barrios extremos.
"Tercero: Todos los Cafés, cerrarán sus
puertas a las 11 p.m. con excepción de
los que hacen frente a cualquiera de los
lados del Parque Central, los cuales
podrán permanecer abiertos hasta la una
a.m."
"Cuarto: Queda prohibido la formación de
grupos de más de tres personas en la vía
pública."
"Quinto: No se concederán mientras dure
la actual perturbación del orden,
permisos para bailes y reuniones".
Si las fuerzas rebeldes, no atacaban la
capital era a causa de su falta de
medios y organización; mas, en Pinar del
Río y Santa Clara seguía creciendo el
movimiento y ya habían partidas actuando
en Camagüey y Oriente. El gobierno, que
no había logrado reunir fuerzas
suficientes para enfrentar una
sublevación de tal magnitud, urgió
primeramente en forma secreta la
intervención de EE.UU. mediante barcos
de guerra, y poco después, al evocar con
interesado alarmismo, que en caso de
combates en La Habana se producirían
posibles matanzas, solicitó el envío de
tropas. EE.UU. no accedió de inmediato a
la petición y trató de que se llegara a
un acuerdo entre el gobierno y los
insurgentes, no porque la ocupación no
les interesara a los grupos
anexionistas, sino porque en aquellos
momentos del corolario Roosevelt a la
doctrina Monroe, en que los EE.UU. de
demostrar que Cuba bajo su tutela había
ganado la democracia, la estabilidad y
la prosperidad, esta le era muy
inconveniente a la vista internacional y
en especial a la del resto de América,
para sus propósitos de expansión
económica y geopolítica. Incluso, en
aquellos mismos instantes Elihu Root,
que había pasado a ocupar el cargo de
Secretario de Estado, recorría América
tratando precisamente de borrar la mala
imagen que EE.UU. había provocado con su
acción intervencionista en Santo
Domingo, en busca de amigos y de ampliar
los lazos económicos.[13]
Esa fue la razón de que Robert Bacon,
subsecretario de Estado, le señalara a
Frank Steinhart, cónsul general de
EE.UU. en Cuba, mediante el cual Estrada
Palma solicitó la presencia de las
fuerzas navales estadounidenses, que
debía hacerle conocer al Presidente
cubano que causaría pésima impresión en
EE.UU. —no hay que olvidar que fuerzas
populistas y socialdemócratas apoyaban a
Teddy Roosevelt— que se intentara la
intervención antes de que los cubanos
hubieran evidenciado su impotencia para
ejercer el gobierno propio.[14]
No obstante, amenazadoramente, el
gobierno de Washington envió a todo
vapor a La Habana el destructor
Denver, mientras trataban de
convencer a Estrada Palma de que no
renunciara, intención que ya este había
manifestado, y a los rebeldes que
depusieran su actitud y se llevaran a
cabo negociaciones de paz. A la vez, el
crucero Marietta llegó a
Cienfuegos.
A partir de su postura proestradista,
Steinhart, el cónsul de EE.UU. que había
estado inflando todas las noticias sobre
los ataques a las propiedades
estadounidenses y peligros para las
vidas de ciudadanos de esa nacionalidad
causados por los insurgentes, llegó a
informar a Washington que estos habían
incendiado tres ingenios azucareros. El
presidente Roosevelt se reunió entonces
con William H. Taft, secretario de
Guerra, Charles J. Bonaparte, de Marina,
y Robert Bacon, y decidió lanzar una
"solemne advertencia" al pueblo de Cuba
(en forma de carta a Gonzalo de Quesada,
el ministro de Cuba en Washington), en
la que hacía ver claramente la
disposición de EE.UU. de terminar con la
independencia de Cuba si la isla caía en
el "hábito insurreccional" y llamando a
todos los cubanos a que olvidaran sus
diferencias so pena de que se hiciera
necesaria la intervención para salvarla
de la anarquía y la guerra civil. En
esta carta anunciaba que enviaría a Cuba
a Taft y Bacon para que trataran de
lograr un arreglo entre las partes.
Roosevelt, a la que vez que mediante
amenazas a los cubanos de emplear la
intervención trataba de evitarla, con la
carta le quería hacer ver al mundo que
si se veía forzado a llevarla a cabo,
habrían sido los propios cubanos quienes
la habrían provocado. Lo único que sus
cálculos estaban enteramente
equivocados: Estrada Palma pensaba
obtener de Washington el respaldo total
para su causa y los insurrectos que les
reconociesen sus derechos.
Tal como había previsto Juan Gualberto
Gómez lo que lograba la cláusula tercera
de la Enmienda Platt y su dúplica en el
tratado permanente, era incitar a tirios
y troyanos, para que cada vez que los
usurpadores sintieran la necesidad de
imponer sus designios o los agraviados
sus derechos, acudieran a alguna acción
que les buscara para su causa el favor
de Washington, y llegar si era preciso a
la ocupación. Tal como diría Manuel
Márquez Sterling, en el Proceso
histórico de la Enmienda Platt, para
seguir al gran periodista negro, si
ambas partes nada hubieran esperado del
exterior habrían tenido que buscar un
arreglo. Por tanto la injerencia, lo
único que venía era a atizar el
conflicto.
La Enmienda Platt y el tratado
permanente se convertían ya no solo por
sí mismos, sino también por sus
consecuencias, en un factor que
prostituía la política cubana y la
mentalidad de la inmensa mayoría de sus
protagonistas. Además, quedaba en
evidencia que la aplicación verdadera de
la cláusula tercera se había movido,
como por una ley de gravedad, hacia
planos muy alejados de la almibarada
interpretación que McKinley y Root
habían puesto ante la vista de los
comisionados de la Convención
Constituyente que los visitaron, y se
convertía en el derecho de inmiscusión
continua de EE.UU. en los problemas más
íntimos de Cuba.
Mas, cuando Roosevelt, en Oyster Bay,
firmó la carta dirigida a De Quesada no
sabía que en La Habana Colwell, el
comandante del Denver, anclado
cerca de la capitanía del puerto, se
había entrevistado con Estrada Palma y
al día siguiente —el mismo de la reunión
de Roosevelt con sus secretarios—, y de
acuerdo con Sleeper, había hecho
desembarcar en la plaza del Polvorín,
situada frente al palacio presidencial,
a 125 marines de su navío y también
artillería, lo que era un acto de
abierta ocupación y un apoyo a Estrada
Palma.
Dada su postura, Roosevelt, que escogió
la espalda de Estrada Palma para echar
sobre ella la responsabilidad de lo que
pudiera suceder, para lo cual no solo en
su correspondencia con La Habana sino
también con los propios congresistas
estadounidenses empleó, durante la
crisis, una astuta exposición de los
hechos y que para evidenciar sus
esfuerzos con vistas a evitar la
ocupación la haría publicar después,
instruyó irritadamente a Sleeper y
Coldwell que no adoptasen medidas que
pudieran implicar la ocupación, y estos
se vieron obligados a reembarcar a los
marines.[15]
Entretanto, las fuerzas gubernamentales,
bajo el mando del general Alejandro
Rodríguez, se enfrentaron en el Wajay
con el grueso de las partidas alzadas en
La Habana, y las tropas estradistas
maltrechas y envueltas en el pánico
huyeron luego de soportar una clásica
carga al machete —quizá la última que se
iba a producir en Cuba— capitaneada por
el general de la independencia Loynaz
del Castillo, que estaba al frente de
los insurrectos de la provincia. Esta
derrota en las afueras de la capital,
produjo el estremecimiento del gobierno,
y un terror provocado por la sensación
de derrota irremediable comenzó a
apoderarse de sus seguidores.
William H. Taft, secretario de Guerra de
EE.UU., que arribó a La Habana en el
buque de guerra Des Moines, junto
con Bacon, subsecretario de Estado, y
también directivo de la banca Morgan,
fue seguido[16]
por una poderosísima flota naval, que
evidenciaba las intenciones de
amedrentar a los cubanos. A la vez, en
Cienfuegos, Fullan, comandante del
Marietta hacia desembarcar a sus
fuerzas, según decía un arrogante aviso
que publicó, para proteger las vidas de
los ciudadanos estadounidenses y sus
propiedades. Mientras, Taft y Bacon,
intentaban conseguir fórmulas de arreglo
entre el gobierno y los liberales —que
agradados, veían como EE.UU. se injería
en el asunto— y a los cuales entre
amenazas y concesiones les imponían
condiciones para el cese de las
hostilidades. Taft bien sabía que debía
arreglar aquel entuerto. Había ya
demasiados intereses en el asunto. "A
menos que podamos asegurar la paz —le
escribiría a su esposa— 200 millones de
dólares en propiedades estadounidenses
se esfumarán".[17]
Estrada Palma, entre tanto, lleno de
soberbia, se negaba a parlamentar. En
sus juicios no solo primaba su vieja
desconfianza hacia los cubanos, sino que
ahora lo molestaba la actitud de
tolerancia de sus amigos los
estadounidenses con sus adversarios. Por
tanto, lo mejor sería que decretaran el
protectorado formal, si no la anexión,
lo cual prefería públicamente antes que
la república inestable. Se había
desengañado de su firme convicción de
que los estadounidenses se concretarían
a darle la razón de inmediato que
llegaran a La Habana y le ordenarían a
los alzados deponer las armas y
rendirse. Estrada Palma consideraba,
además, totalmente inaceptables las
fórmulas de arreglo que los "mediadores"
habían acordado con los liberales que
bajaran las armas a cambio de anular los
cargos recientemente elegidos. De manera
que el presidente hizo renunciar a su
consejo de secretarios, a su
vicepresidente, Domingo Méndez Capote, y
lo hizo él. En la última acta del
consejo de Secretarios, del 25 de
septiembre de 1906, se anotaba a
respecto:
"El Señor Presidente manifestó que el
objeto de la convocatoria era dar cuenta
con las bases que los Comisionados
Americanos, señores William H. Taft y
Robert Bacon, en la conferencia que con
ellos celebró anoche, le propusieron
como medio para hacer la paz en Cuba,
bases que le habían reiterado hoy por
medio de una carta, y que no eran otras
que las de anular el Congreso en la
mitad recientemente renovada, por
estimar ellos fraudulentas las
elecciones, así como también anular las
del Vicepresidente de la República y las
de Gobernadores y Consejeros
Provinciales por la misma causa. Que
contestó anoche a los sectores Taft y
Bacon, y les reiteró hoy por escrito,
que estimando contrarias a su decoro
personal y a la dignidad del Gobierno
que preside esas condiciones para hacer
la paz, era irrevocable su decisión de
presentar ante el Congreso la renuncia
del cargo oficial para que fue, electo
por la voluntad del pueblo cubano, en
las últimas elecciones presidenciales.
"Los señores secretarios, unánimemente
expresaron su conformidad con la
conducta del Señor Presidente, y le
presentaron las renuncias de sus cargos
respectivos, haciéndolo también el que
suscribe esta acta, y manifestando el
Secretario interino de Gobernación que,
a nombre del propietario Señor Juan Ríus
Rivera, presentaba también la renuncia
de este. El Señor Presidente manifestó
que aceptaba las referidas renuncias (…)
y de la que también presentara de su
cargo el Señor Vicepresidente de la
República”.[18]
De esa forma incalificable e ilegal,
Estrada Palma, que con la medida violaba
una constitución que lo obligaba a
designar secretarios sustitutos para
garantizar la sucesión presidencial,
dejaba acéfala a la república para
provocar que los estadounidenses
dictaran la ocupación. Con el mismo
propósito cómplice, la casi totalidad de
sus seguidores del partido Moderado en
el Congreso, en el que habían logrado de
manera espuria la mayoría absoluta, para
no buscar el relevo gubernamental no
asistieron a la sesión que debía
determinarlo ‑el senador Emilio Bacardí,
desconsolado y unos pocos
representantes, llenos de sentido
patriótico, esperaron casi hasta la
madrugada para llevar adelante la
reunión en que se nombraría un
sustituto- Era tal la ofuscación y
soberbia de los moderados, porque los
estadounidenses no les habían dado la
razón, que el día anterior en una
asamblea habían clamado histéricamente
por una ocupación europea en Cuba, y a
plantear que era preferible la
subordinación de Cuba a Inglaterra o
Alemania que a Estados Unidos.[19]
Pocas veces se vio de tantas partes tal
suma de estolidez, soberbia y
obcecación, pero sobre todo de
entreguismo y antipatriotismo, como en
este pasaje de la historia de la
república.
Todo el meollo de la actuación de
Estrada Palma quizá está resumida en un
párrafo de una carta, que días después
dirigió a un amigo:
"Jamás he tenido empacho en afirmar, y
no temo decirlo en alta voz que es
preferible cien veces para nuestra amada
Cuba una dependencia política que nos
asegure los dones fecundos de la
libertad, antes que la República
independiente y soberana, pero
desacreditada y miserable por la acción
funesta de periódicas guerras
civiles..."[20]
¿Después de esta bochornosa página quién
puede dudar de que Estrada Palma
adaptaba su rancio proanexionismo a las
nuevas condiciones de la república
neocolonial? Si algún historiador
trasnochado quiere hablar ahora de
contradicciones de Estrada Palma con
EE.UU., debe cerciorarse de sus
criterios de toda la vida.
En ambas facciones en pugna se puso en
evidencia una conciencia nacional
sumamente deteriorada, pero ese fue el
logro directo del expansionismo
imperialista de EE.UU. La tarea de
imponer la enmienda Platt había creado
un sentimiento de dependencia que tenía
que obrar profundamente sobre esa
conciencia, en momentos en que todavía
el proceso de fraguado de la
personalidad nacional era temprano.
La Casa Blanca designó como jefe
interino del gobierno al propio Taft,
pero este ocupó el cargo solo unos días.
Poco después, llegó a la isla el nuevo
encargado de la ocupación, Charles C.
Magoon, un mastodóntico juez civil,
procedente de Nebraska, enriquecido con
la especulación de terrenos, y ex
gobernador civil de la zona del canal de
Panamá, que ocupó el cargo con el rótulo
de gobernador provisional.
Notas:
[1].
Marta Bizcarrondo y Antonio
Elorza: Cuba\España. El
dilema autonomista; 1878-1898,
Editorial Colibrí, Madrid, s.a.,
p. 366.
[2].
Jorge Ibarra: Cuba:
1898-1921; partidos políticos y
clases sociales, Editorial
de Ciencias Sociales, La Habana,
1992, p. 347.
[3].
Mario Riera: Cuba política.
Impresora Modelo, La Habana,
1955, pp. 86 y 87.
[5].
Jesús Castellanos: La Conjura,
La Habana, 1978, p. 151.
[6].
Citado por Hugh Thomas, en
Cuba; la lucha por la libertad,
México, 1973, t. I., p. 619.
[7].
Charles Magoon: Informe de la
Administración Provisional,
La Habana, 1909.
[8].
Gaceta Oficial, de 25 de
agosto de 1906.
[9].
Gaceta Oficial, de 26 de
agosto de 1906.
[10].
Gaceta Oficial, de 27 de
agosto de 1906.
[11].
Gaceta Oficial, de 10 de
septiembre de 1906
[12].
Gaceta Oficial Extraordinaria,
de 11 de septiembre de 1906.
[13].
Emilio Roig de Leuchesenring:
Historia de la Enmienda Platt,
La Habana, 1979, p. 212.
[14].
Rafael Martínez Ortiz: Cuba:
los primeros años de la
independencia, 1921, p. 663.
[15].
Teresita Yglesia: Cuba;
primera república, segunda
ocupación. Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana,
1976, p. 251.
[16].
Emilio Roig de Leuchesenring,
op. cit, p. 213.
[18].
República de Cuba: Libros de
Actas del Consejo de
Secretarios, t. II, 1906.
[19].
Véase sobre esto a Rafael
Martínez Ortiz, op. cit., pp.
718 y 719.
[20].
Citado en la obra de Rafael
Martínez Ortiz, op. cit., pp.
814 y 815.
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