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Tenía acaso seis años aquella noche en
que vi a mamá llorar frente al
televisor. Papá susurraba ofensas,
mordiéndose los labios, contra unos
asesinos. En la pantalla el rostro
abatido de Fidel que mostraba unas
fotos. Yo no sabía concretamente lo que
sucedía, pero mi hermano mayor paseaba
inquieto, de un lado para otro, como si
no existiera lugar para permanecer
—aunque sus ojos no se separaban ni un
segundo de la pantalla: ¡No puede ser,
carajo! ¡No puede ser! —se repetía.
Mamá me hizo una seña y fui adonde ella;
me acurrucó en sus brazos, me besó la
frente y me pidió, con imperante
dulzura, que atendiera bien. Entonces vi
la foto que no he olvidado jamás: un
rostro desafiante, seguro, estaba
acostado en algo así como una camilla.
Papá se reclinó en el sofá estremecido;
mamá me apretó contra su pecho tratando
de contener su llanto; mi hermano dio un
puñetazo en la pared buscando descargar
el dolor, o acaso el odio….lo habían
asesinado.
Al día siguiente, en la escuela, la
maestra nos hablaba del Che, de su
heroica caída en la quebrada del Yuro,
herido en una pierna, con el fusil
inutilizado; después las fotos en los
periódicos, el Diario que ocupó meses de
mi principiante lectura; su imagen
multiplicada en los carteles que
portaban los huelguistas de todos los
rincones del mundo y nuestro lema:
"¡Seremos como el Che!".
Siempre está desafiante, seguro, como en
la foto en que se apareció aquella
noche; relámpago que me fustiga cuando
el carácter afloja, cuando la vanidad o
la tentación del acomodamiento se
aparecen; fogonazo de luz que me
convida, siempre que la duda o la
desesperanza se arriman a mi alma, a
saltar sobre mí por los demás, en busca
de ese mundo sin mendigos, sin
olvidados, sin fronteras. No ha dejado
de acompañarme nunca más. Es curioso, un
hombre nació para mí el día en que
confirmaron su muerte. |