Año VI
La Habana

13 al 19
de OCTUBRE
de 2007

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El parto de la muerte

Fidel Díaz • La Habana

 

Tenía acaso seis años aquella noche en que vi a mamá llorar frente al televisor. Papá susurraba ofensas, mordiéndose los labios, contra unos asesinos. En la pantalla el rostro abatido de Fidel que mostraba unas fotos. Yo no sabía concretamente lo que sucedía, pero mi hermano mayor paseaba inquieto, de un lado para otro, como si no existiera lugar para permanecer —aunque sus ojos no se separaban ni un segundo de la pantalla: ¡No puede ser, carajo! ¡No puede ser! —se repetía.

Mamá me hizo una seña y fui adonde ella; me acurrucó en sus brazos, me besó la frente y me pidió, con imperante dulzura, que atendiera bien. Entonces vi la foto que no he olvidado jamás: un rostro desafiante, seguro, estaba acostado en algo así como una camilla. Papá se reclinó en el sofá estremecido; mamá me apretó contra su pecho tratando de contener su llanto; mi hermano dio un puñetazo en la pared buscando descargar el dolor, o acaso el odio….lo habían asesinado.

Al día siguiente, en la escuela, la maestra nos hablaba del Che, de su heroica caída en la quebrada del Yuro, herido en una pierna, con el fusil inutilizado; después las fotos en los periódicos, el Diario que ocupó meses de mi principiante lectura; su imagen multiplicada en los carteles que portaban los huelguistas de todos los rincones del mundo y nuestro lema: "¡Seremos como el Che!".

Siempre está desafiante, seguro, como en la foto en que se apareció aquella noche; relámpago que me fustiga cuando el carácter afloja, cuando la vanidad o la tentación del acomodamiento se aparecen; fogonazo de luz que me convida, siempre que la duda o la desesperanza se arriman a mi alma, a saltar sobre mí por los demás, en busca de ese mundo sin mendigos, sin olvidados, sin fronteras. No ha dejado de acompañarme nunca más. Es curioso, un hombre nació para mí el día en que confirmaron su muerte.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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