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La revista En Julio como en Enero
prosigue con sus calidades para un
público que ama a la literatura infantil
repensada desde la teoría y, que
valoriza además, la apoyatura de la
imagen artística entrelazada entre
párrafos y párrafos. Cada número suyo es
una posibilidad para recrearnos entre el
doble hacer de los creadores: primero,
el relativo al artista elegido para
ilustrar íntegramente casi todas las
páginas, y segundo, el obvio maniobrar
del editor y el diseñador con toda la
materia prima, quienes tienen en mente
la concepción del producto final,
llamado "nuevo número de la revista".
Hay librerías que tienen varios
ejemplares. Otras, apenas sus estantes
los han tenido. Aún así, existe ella y
se complementa con una producción en
libros, destinada a niños y jóvenes, que
exige y necesita de la imagen artística,
a pesar de no contar en ocasiones con el
soporte de papel esperado. En Julio
como en Enero con una portada
cromática encierra en su interior, sin
embargo, un universo entre el blanco y
el negro —y sus matices— que dificultan
captar la genialidad de líneas y formas
que expresan casi siempre a partir del
colorido de las partes. Entonces, la
ausencia de color nos motiva a imaginar
la gama ausente en la impresión cuando
advertimos en una obra (ilustración) su
presencia. Algo así, debe ocurrir con el
No. 19 de 2006, que ha sido ilustrado
por el pintor y dibujante Vicente R.
Bonachea, para quien la fantasía
infantil es una constante en su obra, la
cual en más de una ocasión ha ido a
reposar al papel de libros para niños.
Una diminuta lechuza, dos extraños
caracoles, un lagarto, una rana, una
libélula, un quinqué y otras avecillas
inundan las páginas de ese número sin
sus colores reales. No obstante de la
limitante por obtener una impresión
fidedigna, las cualidades del dibujo
afloran. En Bonachea tenemos a un buen
ilustrador, porque logra mundos posibles
de imaginación y formas de encanto que,
en los niños, debe tener quizá a su
mejor público. Esto es algo que siempre
he intuido. Bastaría con mirar atentos
cada expresión de un infante próximo al
reino visual de este también ilustrador
de fantasías.
Mirar su obra (infantil) desde una
publicación impresa me ha hecho
sobrevolar sobre las nuevas generaciones
de niños cubanos, que no obstante a los
problemas cotidianos, ganarían en
felicidad si en una de las paredes de
sus cuartos tuvieran —digamos— una
precisa reproducción de un motivo formal
cualquiera, como los concebidos por el
artista. Completar el reino infantil con
enterezas visuales es una opción que se
tiende a buscar. Incluso, podría ser
hasta el del reino de los niños que ya
han sido, quienes también requieren
—requerimos— cohabitar en atmósferas
propicias.
Con una producción variada y extensa
sobre la infancia, debiera el pintor
compendiar algunas de tales creaciones
para inundar a una galería, donde los
niños que son y aquellos que ya han sido
tendrían un día de verdadero placer y
gracia. (¿Y casi toda su poética en
tela, cartulina o papel no es acaso
infantil?). Mientras tanto, este
ejemplar de 2006 de En Julio como en
Enero seguirá siendo un indicio de
las potencialidades de Vicente como
dibujante para niños. Y los números
futuros, una galería permanente y segura
para cuantos ilustradores infantiles
cultivan en Cuba cuantiosos canteros de
rosas blancas en páginas entintadas.
Eso sí, que no cesen los números de esta
revista, aun cuando predomine el negro y
el blanco. El resto, el colorido, que lo
ponga la imaginación. |