Año VI
La Habana

13 al 19
de OCTUBRE
de 2007

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Antes de 1959

La libertad de prensa se identificó con libertad de empresa

Juan Marrero • La Habana

 

He hecho una selección de apuntes que puntualizan algunos aspectos fundamentales sobre la naturaleza y función del periodismo cubano en la República neocolonial. 

Voy a apoyarme, en primer lugar, en algunos documentos del Primer Congreso Nacional de Periodistas que se efectuó en diciembre de 1941, entre ellos el discurso de clausura que pronunció el entonces senador Jorge Mañach, culto hombre de pensamiento que se movió activamente en muchas décadas en la política, en las aulas universitarias y en los diferentes medios de comunicación. 

En ese discurso vamos a encontrar conceptos y definiciones, a mi juicio, bastante exactos de lo que fue el periodismo cubano antes del triunfo de la Revolución. 

Partiendo del criterio de que la improvisación caracterizó el nacimiento y evolución de la República, Mañach expresó que “improvisó su aparato político, su aparato constitucional, atendiendo más a los antecedentes y a los ejemplos venidos de afuera que a sus propias realidades entrañables, no obstante el consejo reiterado hasta la saciedad por nuestro José Martí, improvisó su economía sobre bases falsas…sustanciada a través de empréstitos y trabas burocráticas…y una cultura —agregaba— basada en esquemas utilitaristas, desecada de todo sentido ideal y profundamente humano…y una política no de abnegación, de servicio social…sino una política frívola, de cínico desenfado y de oblicua explotación”. 

Y en ese ambiente —también decía Mañach— campeaba el individualismo que no propiciaba que ninguna institución de carácter cultural, el periodismo entre ellas, se sintiera ambientada por un sentimiento de solidaridad y de responsabilidad o sentido real de los problemas cubanos. 

Y agregaba el reconocido intelectual: 

“El periodismo en gran medida compartió en esa etapa los excesos y los defectos de todo aquel vivir nacional. En el periodismo hubo, como en la política, hombres que se vieron agobiados y en muchas ocasiones frustrados por el ambiente general de frivolidad, de irresponsabilidad y de improvisación. Lo que hemos tenido es un periodismo de negociantes. Si de algo ha padecido la prensa no ha sido de la conducta misma de los periodistas, sino de los pecados de las empresas.”  

Muchos en realidad fueron esos pecados. En ese Congreso de periodistas de 1941 varios delegados expusieron algunos de ellos.  

Rafael Soto Paz, periodista que trató los temas de la historia en El Mundo y Bohemia, por ejemplo, dijo: “Por el camino que vamos todos los periódicos terminarán siendo mitad periódicos y mitad casas de juego. Por ley fatal, el reportero será sustituido por el agente de los diversos planes de regalo que se ofertan”. De tal manera, se refería a la proliferación de rifas y sorteos a que acudían los dueños de publicaciones para aumentar las suscripciones. 

Otro delegado comentó sobre el control que ejercía en la prensa la Asociación de Anunciantes de Cuba, integrada, dirigida y orientada por un trust de comerciantes e industriales, en su mayoría extranjeros o representantes de intereses extraños. En el documento final de ese congreso se expresó que “el funcionamiento de la Asociación de Anunciantes de Cuba es atentatorio a la libre emisión del pensamiento” y reclamaba “de los poderes nacionales se declare ilegal el funcionamiento de la misma”. 

Los periódicos no solo entregaban sus páginas a los anunciantes, sino que para ellos eran negocios los espacios de la crónica social de la aristocracia criolla o, incluso, las páginas deportivas donde el deporte profesional era promovido en contubernio con sus empresarios para llenar estadios de béisbol y boxeo, o para promover carreras de caballos, de perros u otras competencias donde se apostaba fuertemente. El dinero era lo que movía al periodismo. 

Existió, además, el Bloque Cubano de Prensa, que agrupaba a los directores de los principales medios, quienes controlaban la asignación de las importaciones de papel a las publicaciones. Para los grandes periódicos grandes cuotas y a precios ventajosos. Por eso, podían algunos tener ediciones de 60 y 80 páginas, un 70 % de las cuales eran consagradas a la publicidad comercial. Para los periódicos pequeños, por lo general, lo que hoy conocemos como prensa alternativa, cuotas de papel reducidas y a precios no siempre justos. Así también de desigual era el ejercicio de la libertad de prensa.  

Mañach, en su discurso ya citado, caracterizaba aquello con estas palabras: “Así como tuvimos y tenemos una política demasiado costosa, ostentamos una prensa de lujo. Más periódicos y con más páginas de los que podemos sostener. Y como los periódicos quieren a todo trance vivir y el pueblo no puede sostener tales ni tantos periódicos, tienen que agenciarse medios ocultos de subvención a sus necesidades, establecer conductos turbios entre sus arcas y las arcas del erario público. Así se ha producido en la prensa ese ambiente mercenario…” 

Cierto era que los propietarios de los medios aceptaban subvenciones de los gobiernos de turno y, a la vez, pagaban salarios de hambre a los periodistas, 22 pesos semanales. A algunos lograban sobornarlos convirtiéndolos en botelleros de dependencias estatales. Estas prácticas se hicieron más escandalosas en los años que siguieron al 10 de marzo de 1952, cuando una gran parte de los propietarios de los medios se puso al servicio de la tiranía de Batista.  

Subvencionados por Palacio Presidencial estaban dueños de publicaciones, directores, subdirectores y otros directivos de la prensa. Joaquín Claret, de Información, recibía 24 000 pesos mensuales; Ramón Vasconcelos, de Alerta, 17 000; Gastón Baquero, de Diario de la Marina, 16 000; Raoul Alfonso Gonsé, de El Mundo, 16 000; Alfredo Hornedo, de El Crisol, 12 000…y muchos más. El monto para pagar a estos campeones defensores de la libertad de prensa que, a su vez, eran ilustres personajes reconocidos por la Sociedad Interamericana de Prensa (la SIP) era de 250 mil pesos mensuales, extraídos de fondos de la Lotería Nacional, es decir, tres millones de pesos anuales. Y estaban, además, las botellas: Diario de la Marina, por ejemplo, tenía 14 puestos en Hacienda, 14 en Comunicaciones, 19 en Agricultura, 21 en Obras Públicas y otros en Justicia, Educación y el Banco Nacional.  

Toda esta estafa generalizada  trajo consigo numerosos casos de autocensura, silencio, lacayismo, y políticas editoriales a favor de latifundistas, terratenientes y patrones y, por supuesto, en contra de obreros, campesinos y de otras capas populares. 

La mercantilización convirtió al periodismo en un negocio y no en una obra de pensamiento y de utilidad social. La libertad de prensa, por eso, se identificó con libertad de empresa. 

Claro, es oportuno señalar que toda regla tiene sus excepciones. Y en el periodismo cubano, en diferentes momentos, las hubo. Hubo prensa defensora de los obreros y los humildes como lo fueron Alma Máter, Justicia, Bandera Roja, La Palabra, Línea, antecedentes del periódico Hoy y La Calle, periódicos clausurados al producirse el ataque al Moncada. Hubo prensa digna como lo fueron Ahora, nacido en 1933, periódico donde Pablo de la Torriente  escribió algunos de sus reportajes, y Bohemia, en particular a partir de 1943 cuando hace una verdadera revolución en el periodismo con la Sección en Cuba, en la cual expone las desvergüenzas y males de la república, y cuyo personal, a cuyo frente estuvo Enrique de la Osa, resistió las dádivas y sobornos de los personeros de la politiquería. Poco antes de morir, Enriquito de la Osa concedió una entrevista al colega Luis Báez, que está incluida en su libro Los que se quedaron, en la cual señala los casos concretos de Anselmo Alliegro y Genovevo Pérez Dámera que intentaron comprar el silencio de la sección enviándole cheques con sumas fabulosas, lo cuales fueron devueltos. En fin, la dignidad también existió en aquella república corrupta.   

Era de nuestro interés hablarles de otras situaciones importantes relacionadas con el periodismo cubano en aquella república, entre ellas: 

*De los avances tecnológicos introducidos en la prensa —modernos sistemas de impresión a principios del siglo XX, el telégrafo, el teléfono, el desarrollo de las comunicaciones marítimas y aéreas— que determinaron cambios en la manera de hacer periodismo;

*De la irrupción de la radio y la televisión como medios que hicieron posible que en el proceso de comunicación la mayoría del pueblo, entonces analfabeta, pudiera integrarse al proceso de comunicación. Recordemos que teníamos una tasa de analfabetismo bien alta. En 1924, por ejemplo, un año después de los inicios de la radio en Cuba, Ramiro Guerra escribió un ensayo titulado “Un cuarto de siglo de evolución cubana”, donde señalaba que había menos escuelas que 20 años antes, era menor el número de niños inscriptos, había más bajo promedio de asistencia a los escuelas y era menor el presupuesto dedicado a la educación pública;

*De las agencias cablegráficas norteamericanas, la historia de su penetración en Cuba, y cómo se convirtieron en una de las fuentes principales de los periódicos, de la radio y la televisión para desinformar y desorientar al pueblo cubano.

Y también hubiera deseado hablarles de dos periódicos importantes: Diario de la Marina y El Mundo, que tuvieron un papel sobresaliente en los años de la República neocolonial. Pero el compromiso de ajustarnos al tiempo asignado hace que debamos aplazar esos propósitos.   

Muchas gracias.                                             

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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