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Para los cubanos el otoño es más una
referencia libresca o cosa del cine que
una temporada climática que marque
pautas en nuestras vidas. Sabemos que se
caen las hojas y en algunas tardes
habaneras hemos disfrutado de algo
similar, pero nunca como en una buena
película francesa. En las clases de
inglés ―que yo por ejemplo he empezado
muchas veces con éxito entre escaso y
limitado― nos hablan de que una de las
acepciones de la sabrosa etapa tiene que
ver hasta semánticamente con la
persistente propensión de los árboles a
quedarse desnudos.
La primavera sí la reconocemos, aunque
en los últimos años ―esto del cambio
climático no excluye ni nuestro verde
Caribe― llueve mucho a veces y poco con
demasiada frecuencia. El calor, ya se
sabe, es nuestro invitado más asiduo y
de ahí el goce caliente de nuestras
playas. Tengo algún amigo europeo que ―a
diferencia del tópico elogio a nuestras
costas― dice que le impresiona un poco
lo caliente del agua en Santa María del
Mar o la clásica Varadero.
Tengo la sospecha que la fuente de
romanticismo y literatura que aportan
los otoños de por otras latitudes, la
sustituimos o la llenamos con los
célebres “frentes fríos”. Pueden ser de
dos días o acercarse a la semana. En
algunas ocasiones uno deber andarse con
prisa si quiere enseñar el abrigo,
porque el frente o bien llega o sigue de
largo con displicencia. Cuando se
instala el frío se siente, el malecón
habanero se desborda, el sol da una
tregua y dan ganas de pasear con la
novia, enfrentar la llovizna o acostarse
al filo del atardecer con algún buen
libro entre las manos. A los 20 me
gustaba asumir esos días de gracia sin
protegerme y que la llovizna o el viento
fresquito me acariciaran el cuerpo.
Muchas veces me hacían aquella anécdota
pueril del hombre al que le preguntan si
no tiene frío y contesta que lo que no
tiene es abrigo.
A las mujeres suele gustarle esa muestra
invernal para ponerse más elegantes.
Algunas desde que anuncian el frente en
la televisión tienen lista la elegante
ropa de temporada que acaban de lavar
para la rara ocasión o que cuelga
desempleada desde hace muchos meses.
Después tienen el pretexto de que son
friolentas si se nos ocurre decirles que
van muy abrigadas. Cuando ―realmente eso
ocurre más entre nosotros, los del sexo
masculino y más si no hay mano de mujer
cercana― la persona es friolenta de
veras, pero no tiene sentido de la
elegancia, se asiste a rocambolescas
combinaciones, a consecuencia de la
fuerza del frente frío o la rapidez de
su llegada. En mi infancia oía mucho
aquello de que “el invierno es el
carnaval de los pobres”. |