Año VI
La Habana
2007

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A cierta distancia del otoño
Amado del Pino • La Habana

Para los cubanos el otoño es más una referencia libresca o cosa del cine que una temporada climática que marque pautas en nuestras vidas. Sabemos que se caen las hojas y en algunas tardes habaneras hemos disfrutado de algo similar, pero nunca como en una buena película francesa. En las clases de inglés ―que yo por ejemplo he empezado muchas veces con éxito entre escaso y limitado― nos hablan de que una de las acepciones de la sabrosa etapa tiene que ver hasta semánticamente con la persistente propensión de los árboles a quedarse desnudos.

La primavera sí la reconocemos, aunque en los últimos años ―esto del cambio climático no excluye ni nuestro verde Caribe― llueve mucho a veces y poco con demasiada frecuencia. El calor, ya se sabe, es nuestro invitado más asiduo y de ahí el goce caliente de nuestras playas. Tengo algún amigo europeo que ―a diferencia del tópico elogio a nuestras costas― dice que le impresiona un poco lo caliente del agua en Santa María del Mar o la clásica Varadero.

Tengo la sospecha que la fuente de romanticismo y literatura que aportan los otoños de por otras latitudes, la sustituimos o la llenamos con los célebres “frentes fríos”. Pueden ser de dos días o acercarse a la semana. En algunas ocasiones uno deber andarse con prisa si quiere enseñar el abrigo, porque el frente o bien llega o sigue de largo con displicencia. Cuando se instala el frío se siente, el malecón habanero se desborda, el sol da una tregua y dan ganas de pasear con la novia, enfrentar la llovizna o acostarse al filo del atardecer con algún buen libro entre las manos. A los 20 me gustaba asumir esos días de gracia sin protegerme y que la llovizna o el viento fresquito me acariciaran el cuerpo. Muchas veces me hacían aquella anécdota pueril del hombre al que le preguntan si no tiene frío y contesta que lo que no tiene es abrigo.

A las mujeres suele gustarle esa muestra invernal para ponerse más elegantes. Algunas desde que anuncian el frente en la televisión tienen lista la elegante ropa de temporada que acaban de lavar para la rara ocasión o que cuelga desempleada desde hace muchos meses.  Después tienen el pretexto de que son friolentas si se nos ocurre decirles que van muy abrigadas. Cuando ―realmente eso ocurre más entre nosotros, los del sexo masculino y más si no hay mano de mujer cercana― la persona es friolenta de veras, pero no tiene sentido de la elegancia, se asiste a rocambolescas combinaciones, a consecuencia de la fuerza del frente frío o la rapidez de su llegada. En mi infancia oía mucho aquello de que “el invierno es el carnaval de los pobres”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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