Año VI
La Habana
2007

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Las extravagancias de la divina Sarah
Josefina Ortega • La Habana
 

Conmoción causó en La Habana el  féretro de color palo rosa y de agarraderas plateadas donde se decía dormía la gran actriz francesa Sarah Bernhardt, obsesionada por la muerte, compartiéndolo, en ocasiones, con sus amantes.

Y ni qué decir del asombro que provocó  entre los vecinos de la ciudad su zoológico de animales exóticos -guacamayos, cotorras, tucanes, iguanas, un galápago, un pichón de cocodrilo, un cóndor y hasta un jaguar-,  con el  que se hacía acompañar la diva a cualquier país que viajara.

No era de extrañar que las excentricidades de la  Bernhardt, considerada la más grande actriz del mundo en todas las épocas, acapararan la atención hasta del más simple de los mortales, cuando llegó por vez primera a La Habana, en todo el esplendor de su arte y su belleza, a bordo del vapor inglés Dee, un día cualquiera del mes de enero de  1887, procedente de una gira triunfal por Sudamérica, que incluyó Brasil, Argentina, México, Chile, Perú y Panamá.

Ya para entonces habían pasado casi 10 años desde el pacto de paz del Zanjón, que malogró los sueños  independentistas de los  cubanos tras una década de cruenta lucha. La capital de una de las últimas colonias de España en América gozaba ahora de una relativa bonanza económica y la aristocracia habanera no escatimaba en gastar elevadas sumas de dinero para disfrutar de la mejor compañía de teatro o asistir a una excitante corrida de toros.

La Habana se rindió a los pies de la diva, quien había recibido los más grandes adjetivos de los críticos, como nuestro José Martí, que escribió en 1882, en el periódico The Sun, de Nueva York, lo que sigue: “Sarah es flexible, fina, esbelta. Cuando no está sacudida por el demonio de la tragedia, su cuerpo está lleno de gracia y abandono; cuando el demonio se apodera de él está lleno de fuerza y de nobleza. Su cara, aunque femenina, respira una bella fiereza, aunque bien parecida, no lleva impresa la belleza, sino la resolución”.

También sobre la gran artista diría el Apóstol:“Sarah Bernhardt, (…) ha hurtado a la fortuna, en fuerte lidia, sin más armas que sus delgadas manos de mujer, el cetro de la escena de Francia. Su genio está en la voluntad. (…)Su voz canta; su brazo ordena; su mirada admira”.

En quince funciones en Cuba, la francesa hizo gala de su virtuosismo interpretando clásicos de su repertorio, desdoblándose cada noche en los personajes protagónicos de Fedra, Adriana Lecouvreur, La extranjera, La esfinge o La dama de las Camelias, y otras piezas por el estilo, para regocijo de quienes acudieron a rendirle honores en La Habana y en el magnífico teatro Sauto, joya arquitectónica de la cercana ciudad de Matanzas.

Pero las alabanzas a la gran reina de la escena no podían llegar solas, toda vez lo excéntrico de su comportamiento. Los  rumores más increíbles sobre la Bernhardt corrían de boca en boca. Las beatas se persignaban.

Decían  que la francesa golpeaba y azotaba a sus sirvientas, que enseñaba idiomas por el “método natural”  a negros y chinos y que pescaba y remaba en las azules aguas de la Chorrera.. También se comentaba que la artista, hospedada en el hotel de Petit, dormía muy poco y desayunaba solamente con té y gotas de azahar.

En cuanto a murmuraciones, en honor a la verdad, lo que más llamó la atención de los vecinos de la otrora villa de San Cristóbal, fue  el ataúd de la diva, donde se contaba hacía el amor la divina con el célebre torero español Luis Mazzantini, entre gritos de cotorras y rugidos de jaguar.

Los mal intencionados, siempre los hay, agregaban que la Bernhardt estaba más interesada en el dinero que en el arte, y en ocasiones, declamaba los versos como si se burlase del público. Un periodista, muy ocurrente,  por cierto, publicó en esos días, en El Fígaro, que Sarah , la Divina, no era un meteoro, sino un saca-oro.

En fin, de todo se dijo y en abundancia, pero la excepcional artista se metió en un bolsillo  a la crítica y al público. La reina de la escena mundial  debutó en el Gran Teatro Tacón el 10 de enero de 1887 para un abono de doce funciones, siempre a lleno completo y a precios exorbitantes (¡los palcos principales a 500 pesos billetes de banco y los grillés a 600!)

Su beneficio con los actos finales de La dama de las camelias, provocó -según el crítico Rine Leal- “océanos de lágrimas y mareas de entusiasmo entre las toses y la agonía de la actriz, aunque se afirma que un estúpido (que no era cubano precisamente) bostezó durante la función”.

Nunca se vieron tantas flores juntas como aquel día. Todo resultaba poco para agasajar a la intérprete, la más famosa que había actuado en la Isla.

Su grandiosa despedida, costosa a más no poder, se celebraría unos días después, organizada por el Círculo de La Habana. Todo estaba perfectamente preparado para inmortalizar a la actriz en esa ocasión. 

Solo que aquello  resultó un chasco como para no olvidar. La Bernhardt se fue a las cuevas de Bellamar y a su regreso, asistió a una corrida de toros privada ofrecida por Mazzantini y no tuvo tiempo de asistir al grandioso homenaje preparado en su honor. Huelgan los comentarios.

Llena de dinero la Bernhardt se despidió de la Isla, a la que no volvería hasta 1918, con 74 años y una pierna de menos, perdida en un accidente. Ya no era la deslumbrante diva que tanto dio que hablar por sus excentricidades. Ahora era una mujer mucho más humana que, para disfrute de su público, mantenía la misma voz y fuerza expresiva de siempre. En esa oportunidad, sus actuaciones en Cuba formaban parte de una gira por América con el fin de recaudar fondos en ayuda a los heridos de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, al cabo del tiempo, quizá lo que más se recuerde de estas sus dos visitas a la Isla, no sean precisamente sus actuaciones, sino sus extravagancias y su sonado romance con el famoso diestro español Luis Mazzantini.

Sarah Bernhardt murió en París en mayo de 1923.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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