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Conmoción causó en
La
Habana
el féretro de color palo rosa y de
agarraderas plateadas donde se decía
dormía la gran actriz francesa Sarah
Bernhardt, obsesionada por la muerte,
compartiéndolo, en ocasiones, con sus
amantes.
Y ni
qué decir del asombro que provocó entre
los vecinos de la ciudad su zoológico de
animales exóticos -guacamayos, cotorras,
tucanes, iguanas, un galápago, un pichón
de cocodrilo, un cóndor y hasta un
jaguar-, con el que se hacía acompañar
la diva a cualquier país que viajara.
No
era de extrañar que las excentricidades
de la Bernhardt, considerada la más
grande actriz del mundo en todas las
épocas, acapararan la atención hasta del
más simple de los mortales, cuando llegó
por vez primera a La Habana, en todo el
esplendor de su arte y su belleza, a
bordo del vapor inglés Dee, un día
cualquiera del mes de enero de 1887,
procedente de una gira triunfal por
Sudamérica, que incluyó Brasil,
Argentina, México, Chile, Perú y Panamá.
Ya
para entonces habían pasado casi 10
años desde el pacto de paz del Zanjón,
que malogró los sueños independentistas
de los cubanos tras una década de
cruenta lucha. La capital de una de las
últimas colonias de España en América
gozaba ahora de una relativa bonanza
económica y la aristocracia habanera no
escatimaba en gastar elevadas sumas de
dinero para disfrutar de la mejor
compañía de teatro o asistir a una
excitante corrida de toros.
La
Habana se rindió a los pies de la diva,
quien había recibido los más grandes
adjetivos de los críticos, como nuestro
José Martí, que escribió en 1882, en el
periódico The Sun, de Nueva York, lo que
sigue: “Sarah es flexible, fina,
esbelta. Cuando no está sacudida por el
demonio de la tragedia, su cuerpo está
lleno de gracia y abandono; cuando el
demonio se apodera de él está lleno de
fuerza y de nobleza. Su cara, aunque
femenina, respira una bella fiereza,
aunque bien parecida, no lleva impresa
la belleza, sino la resolución”.
También sobre la gran artista diría el
Apóstol:“Sarah Bernhardt, (…) ha hurtado
a la fortuna, en fuerte lidia, sin más
armas que sus delgadas manos de mujer,
el cetro de la escena de Francia. Su
genio está en la voluntad. (…)Su voz
canta; su brazo ordena; su mirada
admira”.
En
quince funciones en Cuba, la francesa
hizo gala de su virtuosismo
interpretando clásicos de su repertorio,
desdoblándose cada noche en los
personajes protagónicos de Fedra,
Adriana Lecouvreur, La extranjera, La
esfinge o La dama de las Camelias, y
otras piezas por el estilo, para
regocijo de quienes acudieron a rendirle
honores en
La
Habana y en el magnífico teatro Sauto,
joya arquitectónica de la cercana ciudad
de Matanzas.
Pero
las alabanzas a la gran reina de la
escena no podían llegar solas, toda vez
lo excéntrico de su comportamiento. Los
rumores más increíbles sobre la
Bernhardt corrían de boca en boca. Las
beatas se persignaban.
Decían que la francesa golpeaba y
azotaba a sus sirvientas, que enseñaba
idiomas por el “método natural”
a negros y chinos y que pescaba y remaba
en las azules aguas de
la
Chorrera.. También se comentaba que la
artista, hospedada en el hotel de Petit,
dormía muy poco y desayunaba solamente
con té y gotas de azahar.
En
cuanto a murmuraciones, en honor a la
verdad, lo que más llamó la atención de
los vecinos de la otrora villa de San
Cristóbal, fue el ataúd de la diva,
donde se contaba hacía el amor la divina
con el célebre torero español Luis
Mazzantini, entre gritos de cotorras y
rugidos de jaguar.
Los
mal intencionados, siempre los hay,
agregaban que la Bernhardt estaba más
interesada en el dinero que en el arte,
y en ocasiones, declamaba los versos
como si se burlase del público. Un
periodista, muy ocurrente, por cierto,
publicó en esos días, en El Fígaro, que
Sarah , la Divina, no era un meteoro,
sino un saca-oro.
En
fin, de todo se dijo y en abundancia,
pero la excepcional artista se metió en
un bolsillo a la crítica y al público.
La reina de la escena mundial debutó en
el Gran Teatro Tacón el 10 de enero de
1887 para un abono de doce funciones,
siempre a lleno completo y a precios
exorbitantes (¡los palcos principales a
500 pesos billetes de banco y los
grillés a 600!)
Su
beneficio con los actos finales de La
dama de las camelias, provocó -según el
crítico Rine Leal- “océanos de lágrimas
y mareas de entusiasmo
entre las toses y la agonía de la
actriz, aunque se afirma que un estúpido
(que no era cubano precisamente) bostezó
durante la función”.
Nunca
se vieron tantas flores juntas como
aquel día. Todo resultaba poco para
agasajar a la intérprete, la más famosa
que había actuado
en
la
Isla.
Su
grandiosa despedida, costosa a más no
poder, se celebraría unos días después,
organizada por el Círculo de La Habana.
Todo estaba perfectamente preparado para
inmortalizar a la actriz en esa
ocasión.
Solo
que aquello resultó un chasco como para
no olvidar. La Bernhardt se fue a las
cuevas de Bellamar y a su regreso,
asistió a una corrida de toros privada
ofrecida por Mazzantini y no tuvo
tiempo de asistir al grandioso homenaje
preparado en su honor. Huelgan los
comentarios.
Llena
de dinero la Bernhardt se despidió de la
Isla, a la que no volvería hasta 1918,
con 74 años y una pierna de menos,
perdida en un accidente. Ya no era la
deslumbrante diva que tanto dio que
hablar por sus excentricidades. Ahora
era una mujer mucho más humana que, para
disfrute de su público, mantenía la
misma voz y fuerza expresiva de siempre.
En esa oportunidad,
sus actuaciones en Cuba formaban parte
de una gira por América con el fin de
recaudar fondos en ayuda a los heridos
de la Primera Guerra Mundial.
Sin
embargo, al cabo del tiempo, quizá lo
que más se recuerde de estas sus dos
visitas a
la
Isla,
no sean precisamente sus actuaciones,
sino sus extravagancias y su sonado
romance con el famoso diestro español
Luis Mazzantini.
Sarah
Bernhardt murió en París en mayo de
1923. |