Año V
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

José Lezama Lima
(La Habana, 1910 - 1976)
 


Resurrección de Narciso

La posibilidad de editar de nuevo, para disfrute de nuestro pueblo, con motivo de cumplirse el setenta aniversario de su primera publicación, uno de los grandes poemas de nuestra cultura, lujo de sensibilidad e imaginación que los cubanos ofrecemos al patrimonio de la lengua, es un placer enorme para los que nos hemos visto envueltos en la aventura.

Mucho más si esta posibilidad ocurre para una ocasión como la que han estado protagonizando las Lecturas en el Prado, feliz iniciativa que se ha puesto en marcha desde el verano del año en curso. Es un gozo que el pueblo, en oleadas atentas y dinámicas, consuma con avidez nuestras supremas creaciones espirituales. 

Muerte de Narciso es un poema único, suceso fabuloso de nuestra poesía, tan llena de episodios magníficos de la sensibilidad, del gusto, de la imaginación, del pensamiento, de la dignidad. Su hermoso torrente de imágenes emana una superioridad increíble de atmósfera, de índole apolínea, y es, simultáneamente, un desborde dionisíaco.

Desde las cornucopias clásicas nuestra poesía deseaba derramarse, acabar en plasma aéreo, arrastrar consigo los elementos sensoriales y coloridos del mundo en medio de una fábula locomotriz, internamente misteriosa, cuya maestría consistiera en dibujarnos un cosmos acabado con sólo escorzos lumínicos, fragmentos que van volando hacia lo imposible.

Muerte de Narciso evoca en su inicio esa pujanza interior del desiderato clásico, con su incipit increíble, luminoso y elegante: Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo…; pero, urgido de recuperar su naturaleza plasmática, velozmente el canto siente el vacío de las orillas, suelta la podadera ilustrada, y entra en la sobreabundancia del plano, cabeceando sonoramente contra las márgenes.

Su movimiento es de ola que avanza y regresa, como una rueda simbólica, como un atleta de oxígeno que devora temporalidades y corre entre altos espejos, con el rostro egipcio volteado y la musculatura griega en tensión hacia el horizonte. Obra de un hombre sentado, jadeando, es, sin embargo, uno de los poemas más pulmonares de nuestra nación.

Su polígono de expresión es infinito, y una almendra recubre a otra, en capas que no conocen acabamiento. Su fábula, que utiliza como estribo el mito conocido, se dispara hacia lo desconocido, y entra en fábulas que saltan a los ojos, al pasar por los sintagmas sorprendentes, por las frases que coronan los verbos, por las distribuciones sintácticas ejemplares.

En este poema los cubanos abandonamos por un instante nuestro deficiente sentido del estar, tan lleno de coyunturas y límites, y penetramos en la casa del ser que todo lo unifica, en la sinrazón grandiosa de lo unitivo, donde nuestra desaforada necesidad de dominar la historia mengua su sentido, y adquiere el sentido de lo hermosamente perdurable.

Qué bueno que los cubanos tengamos este poema, pues al entrar en él nos equilibramos hacia lo alto y adquirimos una sensación de elocuencia total, de revelación saturada, de jocundidad expresiva, que tanto nos gusta, pero que pocas veces alcanza ala de tan magistral levantamiento. En este espacio de imaginación, ganamos realidades nuevas.

Invitamos al lector a su consumo atento, paladeando las glorias del decir, del sentir, del discurrir, del pensar. Al salir del poema, después del viaje demorado y fruitivo de la lectura, mire en torno suyo, recorra su circunstancia más inmediata, ausculte su mundo interior, y sentirá, como ganancia insustituible de la alta poesía, una ponderación más fina y poblada de su percepción y una fuerza tranquila y expectante de su espíritu, enriquecido por tan excepcional experiencia.

Roberto Manzano
 



Muerte de Narciso
 

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,

envolviendo los labios que pasaban

entre labios y vuelos desligados.

La mano o el labio o el pájaro nevaban.

Era el círculo en nieve que se abría.

Mano era sin sangre la seda que borraba

la perfección que muere de rodillas

y en su celo se esconde y se divierte.

 

Vertical desde el mármol no miraba

la frente que se abría en loto húmedo.

En chillido sin fin se abría la floresta

al airado redoble en flecha y muerte.

¿No se apresura tal vez su fría mirada

sobre la garza real y el frío tan débil

del poniente, grito que ayuda la fuga

del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

 

Rastro absoluto, firmeza mentida del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre.

Máscara y río, grifo de los sueños.

Frío muerto y cabellera desterrada del aire

que la crea, del aire que le miente son

de vida arrastrada a la nube y a la abierta

boca negada en sangre que se mueve.

 

Ascendiendo en el pecho solo blanda,

olvidada por un aliento que olvida y desentraña.

Olvidado papel, fresco agujero al corazón

saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba,

seca, sonrisas caminando por la nieve.

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

 

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.

Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas

islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en   

   halo convertía.

 

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,

arco y castillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.

Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.

Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso

   desdoblado:

los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono

   cejijunto.

Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno

que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

 

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aisla

y como la fresa respira hilando su cristal,

así el otoño en que su labio muere, así el granizo

en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,

que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago

le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.

La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa

extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

 

Fronda leve vierte la ascensión que asume.

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?

¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?

Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,

los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo
  y la doncella.

Si la ausencia  pregunta con la nieve desmayada,

forma  en la pluma, no círculos que la pulpa abandona

   sumergida.

 

Triste recorre —curva ceñida en ceniciento airón—

el espacio que manos desalojan, timbre ausente

y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.

Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas

batiendo en torno  de ajedrez dormido, su insepulta tiara.

Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.

Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso

   atlas.

Verde chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago

   en sus venas.

 

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.

Orientales cestillos cuelan agua de luna.

Los más dormidos son los que más se apresuran,

se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre

   frente y garfios.

Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.

Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una

   paloma

y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo
  de noche.

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.

Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.

Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la

   nube que es espejo.

Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas

en su cárcel sin sed se destacan los brazos,

no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos

confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste

   de la frente.

 

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran

al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan

los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.

Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente

   a su sonido

en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos
  soterrados.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan

   el invierno

tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

 

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,

despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,

guiados por la paloma que sin ojos chilla,

que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.

Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre

   ardido

el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo

   apuntalado.

Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la

   súplica

destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin

   cielo.

 

La nieve que en los sistros no penetra, arguye

en hojas, recta destroza vidrio en el oído,

nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,

huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus
  bosques rosados.

Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,

donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado   cabecea.

Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado

que canario en su aguja y surtidor en viento desrizado.

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan

   perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus
  caderas.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de

   palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los

   cisnes.

Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,

espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto

   no ofreciendo.

 

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio
  convertido.

La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,

abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen

a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra
  y roca impura.

Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,

esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden

al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal

   salada,

busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

 

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.

Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa

   en su costado.

Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras

   en el sueño.

Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada

que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto

   del silencio.

Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas   lloviznadas.

Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle
  el costado.

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó

   sin alas.

 


En la casa del Alibí
*

Lezama ha venido a la torre que se inclina, al pabellón del vacío. La noche derrama sobre él cirios, astas, mariposas. La luna enciende la flotación del pájaro, la curva de la planicie en la oscuridad. El mulo y el escarabajo, Licario y el maniquí, el mulo fajado por las sombras. Narciso junto a la fuente, Némesis, el reino de Proserpina. Gaztelu prepara una infusión para los doctores tomistas, para la ciudad del bautismo. La camiseta de Escardó sobre la hoja de malanga, Lezama acompañado de Mariano, de San Buenaventura, acompañado de los Minnesinger. Casal y Juana Borrero mirando la tarde del Ródano, Martí en la casa del alibi: fue para todos nosotros, el único que pudo penetrar en la casa del alibi. Lezama se ha sentado a ver lo cenital, los jardines invisibles. Lo acaricia la música del racionero, la lenta sordina de Dragones. Narciso muerto de golpe contra el agua, ido a la casa del alibi. La muerte y lo órfico, lo órfico en el puente de cenizas. Las chicas de Portocarrero suben el puente de cenizas. Ahí están en el espejo. Lezama jadea debajo de la llovizna, espanta los fantasmas con un abanico japonés. Salen a recibirlo las horadaciones, el tokonoma, escribe en el agua de las yagrumas. El ocre de la serranía se confunde con el verde amarillento de Viñales. Siente el corazón de Apsara y la jiribilla. Lezama ha venido a la torre que se inclina, al pabellón del vacío.
 

Pedro Llanes
(Placetas, 1962)
 

 

José Lezama Lima: Sus ensayos son imaginativos, poéticos, abiertos y constituyen una recreación de textos y visiones. Promotor de revistas y cenáculos, supo congregar en torno suyo a poetas de la talla de Gastón Baquero, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Virgilio Piñera y Octavio Smith, entre otros. Su amistad con el poeta y sacerdote español Angel Gaztelú (1914), contribuyó a la formación de su mundo espiritual. Su primer libro de poemas fue Muerte de Narciso (1937). Siguen, entre otras obras poéticas, todas influidas por el estilo rico en metáforas y lleno de distorsiones de Góngora, Enemigo rumor ¡1941¿, Aventuras sigilosas (1945), Dador (1960) y Fragmentos a su imán, publicado póstumamente en 1977, en las que sigue demostrando que la poesía es una aventura arriesgada. En 1966 publicó la novela Paradiso, donde confluye toda su trayectoria poética de carácter barroco, simbólico e iniciático. El protagonista, José Cemí, remite de inmediato al autor en su devenir externo e interno camino de su conversión en poeta. Lo cubano, con sus deformaciones verbales, desempeña un papel fundamental en la obra, como ocurre en su colección de ensayos La cantidad hechizada (1970). Oppiano Licario es una novela inconclusa, aparecida póstumamente en 1977, que desarrolla la figura del personaje que ya aparecía en Paradiso y de la que toma título.
 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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