Año VI
La Habana

20 al 26
de OCTUBRE
de 2007

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La ética, única arma eficaz en Internet

Paquita Armas Fonseca • La Habana

 

Algunos historiadores  sitúan el origen de la prensa, especialmente del periódico, en las actas diurnas que durante el imperio de Julio César anunciaban, en paredes de edificios, distintos acontecimientos que merecían la atención ciudadana de Roma, o mejor dicho de hombres con derechos humanos en la “democrática” república esclavista; donde, por supuesto, los esclavos no tenían ninguna prerrogativa aunque se tratara de príncipes destronados.

Otros afirman que no, que se puede hablar de información desde que con señales de humo o de tambores se comunicaban unos terrícolas con otros.

Pero más allá de la génesis, en lo que sí existe coincidencia en que fue Nicolás Maquiavelo (1469 -1527) el que al diseñar en teoría cómo gobernar, esbozó la forma de elaborar y divulgar mensajes, que abarcaran todas las modalidades  posibles en su época. Quizá  Napoleón Bonaparte despunta como el mandatario que siguió de forma más coherente los consejos que el filósofo e historiador italiano escribió en su obra El príncipe, el texto más famoso de los que publicó.

Desde entonces ha llovido mucho y no solo agua. Han llovido, por ejemplo, formas diversas de elaborar y difundir la noticia y también ha variado sustancialmente la propia noticia que ha devenido mercancía en la pasada centuria. Del acta diurna de la época de César, suerte de piedra escrita, se ha pasado a recibir en fracciones de segundo en un teléfono, con imágenes y sonido incluso, lo que sucede en cualquier lugar del planeta.

Durante muchísimos lustros fueron los periodistas los responsables casi absolutos de difundir informaciones, pero con la era de Internet tal precepto ha variado radicalmente, hasta en el propio concepto según el teórico Ignacio Ramonet: “¿Qué es un periodista? Si analizamos la palabra, un periodista ('journaliste') es un “analista del día”. Solo dispone de un día para analizar lo que ha pasado. Se puede decir que un periodista es rápido, si consigue analizar, en un día, lo que pasa. Pero actualmente todo se produce en directo y en tiempo real; es enseguida, tanto en la televisión como en la radio. La instantaneidad se ha convertido en el ritmo normal de la información. Un periodista ya no debería llamarse periodista hoy en día. Debería llamarse instantaneísta. Pero todavía no sabemos analizar al instante. Por tanto, no hay análisis, ya que no hay distancia. Al final, el periodista tiene cada vez mayor tendencia a convertirse en un simple vehículo. Es el canal que enlaza el suceso y su difusión. No tiene tiempo de filtrar ni de comparar, porque si pierde mucho tiempo haciéndolo sus colegas le ganarían la partida. Y, por supuesto, alguien se lo reprocharía.
 

Esta gran verdad de Ramonet que se hace real en las autopistas de la información, lleva necesariamente a que naveguen junto a las verdades cualquier cantidad de mentiras y semimentiras sobre un mismo hecho. Bastaría ejemplificar con la vida de Fidel Castro, luego de que se enfermara en julio de 2006.  Este año, por ejemplo, durante varios viernes seguidos, en Miami se estuvo esperando la noticia del deceso del líder revolucionario. Por suerte una vez más se quedaron con las ganas en esa ciudad. Pero si tales mentiras fueron dichas e insertadas principalmente por voceros de la mafia cubanoamericana, también resultaron reproducidas en webs de otros países y no dudo que en periódicos impresos.
 

La cantidad de mentiras y tergiversaciones  que se encuentran en Internet son casi infinitas. No faltan textos o imágenes degradantes para el ser humano, y no me refiero solamente a la pornografía. Por ejemplo, el 10 de octubre, en ABC, se leía “Un vecino de Móstoles de 70 años, José Martín Roldán, ha emprendido una batalla legal para reclamar al portal de Internet de intercambio gratuito de vídeos Youtube.com que retire un vídeo en el que unos desconocidos se mofan de su hijo, discapacitado psíquico. Google, responsable del portal, replicó ayer que lo retirarán en cuanto el padre lo solicite presentando una reclamación de privacidad”.

En el video, uno de los insertados desde la localidad madrileña de Móstoles,  aparecía uno de los hijos del demandante. Román, de 46 años, “esquizofrénico en grado extremo”, sufría  diferentes mofas de varias personas. “Ni pude ver los videos completos porque eran denigrantes: le insultaban, se reían de él y les humillaban a él y a toda la familia preguntándoles obscenidades”, declaró el padre  que luego de escribir decenas de e-mail solicitando que quitaran los videos decidió realizar la denuncia legal.
 

Este hecho ha revuelto de nuevo la polémica sobre si se puede o no poner límites a lo que “cuelga”  en la red. Las opiniones son variopintas. Para el director de la Agencia Española de Protección de Datos, Artemi Rallo,  ¿qué hacer con estos desmanes?, es la pregunta del millón, “los ciudadanos estamos desbordados de alguna forma por las posibilidades que Internet ofrece como herramienta de conocimiento y comunicación”, dice, pero advierte “cada vez se potencian más los riesgos”.


El experto considera que “hasta que no exista una normativa internacional que fije unos estándares claros y vinculantes de defensa de la privacidad de las personas, habrá dosis muy altas de indefensión”. Estima que lo que se impone es reaccionar de forma rápida y diligente ante las transgresiones en la Red.

A su vez, el abogado Carlos Almeida, especializado en Internet y Nuevas Tecnologías, estima que la propia naturaleza de Internet “al tratarse de un sistema abierto” conlleva a su principal problema “cualquiera puede colgar un texto o una foto”. Piensa que para subsanar los entuertos los propios usuarios “tendríamos que ser más activos y cuando veamos un contenido que pueda infringir la ley o vulnerar derechos debemos denunciarlo sin esperar a que lo haga el vecino”.
 

Para este letrado es imprescindible acudir a los derechos consagrados en las constituciones en general, que si bien defienden la libertad de expresión también expresan el derecho a la intimidad, la propia imagen y la protección de la infancia, así como censuran  la discriminación de minorías étnicas, religiosas, discapacitados.

Por lo pronto, en el caso del discapacitado de Móstoles, la poderosa YouTube tuvo que quitar el video causa de la demanda. Este es un ejemplo que ha llegado a los tribunales, pero hay miles que pululan en las autopistas sin que las personas de las que se ríen, siquiera conozcan que sirven de payasos.

Otra moda amoral es la del uso de los seudónimos. Toda la vida en la prensa se han utilizado, la mayoría por no repetir el nombre cuando se publican más de dos notas de un autor, y también en el caso de algunos columnistas, pero que una persona se esconda detrás de un alias con el fin de escribir contra alguien o decir cosas que no es capaz de sostener mirándole los ojos al contrario, es de una bajeza total.

Claro que estas actitudes  hoy por hoy no son privativas de los periodistas. Cualquiera con acceso a Internet puede tener un blog y una dirección electrónica desde la que puede enviar cuantos mensajes desee.

Existen miles de usuarios que se dedican a confeccionar correos como parte de cadenas, con oraciones o profecías de todo tipo. Tal  circulación lo único que hace es entorpecer el tráfico en la red. Pero esto no es tan dañino como e-mails supuestamente chistosos que encierran altas dosis de crueldad. Hace unos días, con razón, el investigador Rufo Caballero calificó un mensaje de fascista: en él con sadismo se ríen de una mujer obesa que se retrataba con su novio, un hombre poco agraciado. Este correo con el título de Boda inglesa, para mi asombro, me llegó hace unos minutos como un chiste más.

Son estas manchas  algunas de las que  oscurecen el uso potencial de las nuevas tecnologías. Internet es desarrollo y contra eso nadie cuerdo puede pronunciarse. Quien dude de las posibilidades de este poderosísimo medio que navegue por preguntas y respuestas del foro “Caliban ante la globalización”. Desde un local relativamente pequeño, en el Palacio central de computación, en Centro Habana, escritores como Roberto Fernández Retamar o Ambrosio Fornet, ambos maravillados de la magia de las autopistas, se comunicaron simultáneamente con internautas de España, Argentina, Francia o EE.UU., no importa lo lejos que estuvieran: siempre que hubiera computadora e Internet el interesado podía dialogar con estos creadores, y con otros, como los intelectuales Keith Ellis , de Jamaica y David Viñas, de Argentina.

Esa es la cara bonita de la moneda, pero no es justo que a la sombra de las posibilidades que hoy ofrece la técnica se degrade la profesión más noble del mundo, según definió al periodismo Gabriel García Márquez.

Como hasta hace poco todo el que escribía en un periódico o  una revista era o se sentía periodista, ahora no faltan quienes achaquen las mentiras y semiverdades de Internet a los practicantes de esa profesión.

Vale decir que como cuando nació la imprenta una buena cantidad de periodistas mantiene la ética como bandera, y sí, quizá otras y otros publiquen antes de verificar, por seguir la galopante inmediatez, pero lo harán irresponsablemente, sin la imprescindible libertad que según Federico Engels es el conocimiento de la necesidad. Por supuesto, hubo y hay hombres y mujeres con algún nombre, que con el poder que se les confiere a la hora de escribir en un órgano de prensa, atacan más desde gustos o vendettas personales, que desde la razón y el juicio justo.

Indudablemente, que el uso de las nuevas tecnologías nos ha abocado a una manera diferente de enfrentar el hecho noticioso, pero cualesquiera que sean las circunstancias si la ética está presente entonces ganaremos todos: emisores y receptores del mensaje. Como éticos deben ser los que cuelguen un blog, una foto o hagan circular un chiste, porque hasta en ese simple hecho de provocar la risa, pueden estar agazapados sentimientos aberrantes.

Tecnológicamente, hasta hoy, (¡y por suerte!) es imposible censurar la red a priori. Entonces solo la ética puede salvar a los internautas de leer falsedades o sumergirse en mundos enajenantes. También la responsabilidad moral puede hacer que todos asumamos una actitud crítica ante cada texto, foto, video  o mensaje de e-mail, entonces será una batalla por la verdad, la decencia y la honradez en el ciberespacio. Y seguro que al final ganarán los mejores, aquellos que continúan confiando en que el hombre, como animal superior de la tierra, tiene el derecho de que se le respete.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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