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Algunos historiadores sitúan el origen
de la prensa, especialmente del
periódico, en las actas diurnas que
durante el imperio de Julio César
anunciaban, en paredes de edificios,
distintos acontecimientos que merecían
la atención ciudadana de Roma, o mejor
dicho de hombres con derechos humanos en
la “democrática” república esclavista;
donde, por supuesto, los esclavos no
tenían ninguna prerrogativa aunque se
tratara de príncipes destronados.
Otros afirman que no, que se puede
hablar de información desde que con
señales de humo o de tambores se
comunicaban unos terrícolas con otros.
Pero más allá de la génesis, en lo que
sí existe coincidencia en que fue
Nicolás Maquiavelo (1469 -1527) el que
al diseñar en teoría cómo gobernar,
esbozó la forma de elaborar y divulgar
mensajes, que abarcaran todas las
modalidades posibles en su época.
Quizá Napoleón Bonaparte despunta como
el mandatario que siguió de forma más
coherente los consejos que el filósofo e
historiador italiano escribió en su obra
El príncipe, el texto más famoso
de los que publicó.
Desde entonces ha llovido mucho y no
solo agua. Han llovido, por ejemplo,
formas diversas de elaborar y difundir
la noticia y también ha variado
sustancialmente la propia noticia que ha
devenido mercancía en la pasada
centuria. Del acta diurna de la época de
César, suerte de piedra escrita, se ha
pasado a recibir en fracciones de
segundo en un teléfono, con imágenes y
sonido incluso, lo que sucede en
cualquier lugar del planeta.
Durante muchísimos lustros fueron los
periodistas los responsables casi
absolutos de difundir informaciones,
pero con la era de Internet tal precepto
ha variado radicalmente, hasta en el
propio concepto según el teórico Ignacio
Ramonet: “¿Qué es un periodista? Si
analizamos la palabra, un periodista ('journaliste')
es un “analista del día”. Solo dispone
de un día para analizar lo que ha
pasado. Se puede decir que un periodista
es rápido, si consigue analizar, en un
día, lo que pasa. Pero actualmente todo
se produce en directo y en tiempo real;
es enseguida, tanto en la televisión
como en la radio. La instantaneidad se
ha convertido en el ritmo normal de la
información. Un periodista ya no debería
llamarse periodista hoy en día. Debería
llamarse instantaneísta. Pero todavía no
sabemos analizar al instante. Por tanto,
no hay análisis, ya que no hay
distancia. Al final, el periodista tiene
cada vez mayor tendencia a convertirse
en un simple vehículo. Es el canal que
enlaza el suceso y su difusión. No tiene
tiempo de filtrar ni de comparar, porque
si pierde mucho tiempo haciéndolo sus
colegas le ganarían la partida. Y, por
supuesto, alguien se lo reprocharía.
Esta gran verdad de Ramonet que se hace
real en las autopistas de la
información, lleva necesariamente a que
naveguen junto a las verdades cualquier
cantidad de mentiras y semimentiras
sobre un mismo hecho. Bastaría
ejemplificar con la vida de Fidel
Castro, luego de que se enfermara en
julio de 2006. Este año, por ejemplo,
durante varios viernes seguidos, en
Miami se estuvo esperando la noticia del
deceso del líder revolucionario. Por
suerte una vez más se quedaron con las
ganas en esa ciudad. Pero si tales
mentiras fueron dichas e insertadas
principalmente por voceros de la mafia
cubanoamericana, también resultaron
reproducidas en webs de otros países y
no dudo que en periódicos impresos.
La cantidad de mentiras y
tergiversaciones que se encuentran en
Internet son casi infinitas. No faltan
textos o imágenes degradantes para el
ser humano, y no me refiero solamente a
la pornografía. Por ejemplo, el 10 de
octubre, en ABC, se leía “Un
vecino de Móstoles de 70 años, José
Martín Roldán, ha emprendido una batalla
legal para reclamar al portal de
Internet de intercambio gratuito de
vídeos Youtube.com que retire un vídeo
en el que unos desconocidos se mofan de
su hijo, discapacitado psíquico. Google,
responsable del portal, replicó ayer que
lo retirarán en cuanto el padre lo
solicite presentando una reclamación de
privacidad”.
En el video, uno de los insertados desde
la localidad madrileña de Móstoles,
aparecía uno de los hijos del
demandante. Román, de 46 años,
“esquizofrénico en grado extremo”,
sufría diferentes mofas de varias
personas. “Ni pude ver los videos
completos porque eran denigrantes: le
insultaban, se reían de él y les
humillaban a él y a toda la familia
preguntándoles obscenidades”, declaró el
padre que luego de escribir decenas de
e-mail solicitando que quitaran los
videos decidió realizar la denuncia
legal.
Este hecho ha revuelto de nuevo la
polémica sobre si se puede o no poner
límites a lo que “cuelga” en la red.
Las opiniones son variopintas. Para el
director de la Agencia Española de
Protección de Datos, Artemi Rallo, ¿qué
hacer con estos desmanes?, es la
pregunta del millón, “los ciudadanos
estamos desbordados de alguna forma por
las posibilidades que Internet ofrece
como herramienta de conocimiento y
comunicación”, dice, pero advierte “cada
vez se potencian más los riesgos”.
El experto considera que
“hasta que no exista una normativa
internacional que fije unos estándares
claros y vinculantes de defensa de la
privacidad de las personas, habrá dosis
muy altas de indefensión”. Estima que lo
que se impone es reaccionar de forma
rápida y diligente ante las
transgresiones en la Red.
A su vez, el
abogado Carlos Almeida, especializado en
Internet y Nuevas Tecnologías, estima
que la propia naturaleza de Internet “al
tratarse de un sistema abierto” conlleva
a su principal problema “cualquiera
puede colgar un texto o una foto”.
Piensa que para subsanar los entuertos
los propios usuarios “tendríamos que ser
más activos y cuando veamos un contenido
que pueda infringir la ley o vulnerar
derechos debemos denunciarlo sin esperar
a que lo haga el vecino”.
Para este letrado es imprescindible
acudir a los derechos consagrados en las
constituciones en general, que si bien
defienden la libertad de expresión
también expresan el
derecho a la intimidad, la propia imagen
y la protección de la infancia, así como
censuran la discriminación de minorías
étnicas, religiosas, discapacitados.
Por lo pronto, en el caso del
discapacitado de Móstoles, la poderosa
YouTube
tuvo que quitar el video causa de la
demanda. Este es un ejemplo que ha
llegado a los tribunales, pero hay miles
que pululan en las autopistas sin que
las personas de las que se ríen,
siquiera conozcan que sirven de payasos.
Otra moda amoral es la del uso de los
seudónimos. Toda la vida en la prensa se
han utilizado, la mayoría por no repetir
el nombre cuando se publican más de dos
notas de un autor, y también en el caso
de algunos columnistas, pero que una
persona se esconda detrás de un alias
con el fin de escribir contra alguien o
decir cosas que no es capaz de sostener
mirándole los ojos al contrario, es de
una bajeza total.
Claro que estas actitudes hoy por hoy
no son privativas de los periodistas.
Cualquiera con acceso a Internet puede
tener un blog y una dirección
electrónica desde la que puede enviar
cuantos mensajes desee.
Existen miles de usuarios que se dedican
a confeccionar correos como parte de
cadenas, con oraciones o profecías de
todo tipo. Tal circulación lo único que
hace es entorpecer el tráfico en la red.
Pero esto no es tan dañino como e-mails
supuestamente chistosos que encierran
altas dosis de crueldad. Hace unos días,
con razón, el investigador Rufo
Caballero calificó un mensaje de
fascista: en él con sadismo se ríen de
una mujer obesa que se retrataba con su
novio, un hombre poco agraciado. Este
correo con el título de Boda inglesa,
para mi asombro, me llegó hace unos
minutos como un chiste más.
Son estas manchas algunas de las que
oscurecen el uso potencial de las nuevas
tecnologías. Internet es desarrollo y
contra eso nadie cuerdo puede
pronunciarse. Quien dude de las
posibilidades de este poderosísimo medio
que navegue por preguntas y respuestas
del foro “Caliban ante la
globalización”. Desde un local
relativamente pequeño, en el Palacio
central de computación, en Centro
Habana, escritores como Roberto
Fernández Retamar o Ambrosio Fornet,
ambos maravillados de la magia de las
autopistas, se comunicaron
simultáneamente con internautas de
España, Argentina, Francia o EE.UU., no
importa lo lejos que estuvieran: siempre
que hubiera computadora e Internet el
interesado podía dialogar con estos
creadores, y con otros, como los
intelectuales
Keith Ellis , de Jamaica y David Viñas,
de Argentina.
Esa es la cara bonita de la moneda, pero
no es justo que a la sombra de las
posibilidades que hoy ofrece la técnica
se degrade la profesión más noble del
mundo, según definió al periodismo
Gabriel García Márquez.
Como hasta hace poco todo el que
escribía en un periódico o una revista
era o se sentía periodista, ahora no
faltan quienes achaquen las mentiras y
semiverdades de Internet a los
practicantes de esa profesión.
Vale decir que como cuando nació la
imprenta una buena cantidad de
periodistas mantiene la ética como
bandera, y sí, quizá otras y otros
publiquen antes de verificar, por seguir
la galopante inmediatez, pero lo harán
irresponsablemente, sin la
imprescindible libertad que según
Federico Engels es el conocimiento de la
necesidad. Por supuesto, hubo y hay
hombres y mujeres con algún nombre, que
con el poder que se les confiere a la
hora de escribir en un órgano de prensa,
atacan más desde gustos o vendettas
personales, que desde la razón y el
juicio justo.
Indudablemente, que el uso de las nuevas
tecnologías nos ha abocado a una manera
diferente de enfrentar el hecho
noticioso, pero cualesquiera que sean
las circunstancias si la ética está
presente entonces ganaremos todos:
emisores y receptores del mensaje. Como
éticos deben ser los que cuelguen un
blog, una foto o hagan circular un
chiste, porque hasta en ese simple hecho
de provocar la risa, pueden estar
agazapados sentimientos aberrantes.
Tecnológicamente, hasta hoy, (¡y por
suerte!) es imposible censurar la red
a priori. Entonces solo la ética
puede salvar a los internautas de leer
falsedades o sumergirse en mundos
enajenantes. También la responsabilidad
moral puede hacer que todos asumamos una
actitud crítica ante cada texto, foto,
video o mensaje de e-mail, entonces
será una batalla por la verdad, la
decencia y la honradez en el
ciberespacio. Y seguro que al final
ganarán los mejores, aquellos que
continúan confiando en que el hombre,
como animal superior de la tierra, tiene
el derecho de que se le respete. |