Año VI
La Habana

20 al 26
de OCTUBRE
de 2007

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Imaná: caballero del pincel

Estrella Díaz • La Habana

 

El paraguayo Augusto Roa Bastos, el chileno Fernando Alegría, el uruguayo Mario Benedetti y el cubano Alejo Carpentier, entre otros, fueron algunos de los intelectuales que el 31 de enero de 1962 firmaron un documento titulado “Respeto para Cuba”. 

Corrían los días de la reunión de Punta del Este, en Uruguay, y la naciente Revolución Cubana era expulsada de la OEA; ese grupo de intelectuales —reunido en un encuentro académico en la Universidad de Concepción, en Chile— exigía que “sea rigurosamente respetado el heroico esfuerzo de liberación de la hermana República de Cuba”. 

De entonces a la fecha mucho ha llovido y disímiles han sido los caminos que han buscado (y encontrado) los intelectuales de todo el mundo para demostrar a la Isla su respaldo.  

Es una verdad conocida, pero por sabida no deja de sorprender que —casi 45 años después— esté intacto el amor que siente por Cuba Gil Imaná, uno de los artistas de la plástica boliviana más sólidos, y firmante de aquella carta en el ya lejano 62.  

Gil Imaná (Sucre, 16 de julio de 1933), está considerado un artista de la llamada “Generación del 52” y catalogado como los “Sociales” a causa de su particular manera de  tocar el “tema nacional” por encima de modas y bogas que, quizá, caracterizaron la obra de otros creadores enmarcados en esta generación. 

A Imaná —testigo y protagonista de su tiempo y un hombre obligado por las circunstancias a vivir en el exilio— lo conocí hace poco, por insistencia personal, en La Paz. Tenía una leve referencia de su obra, pero lo que más atizó mi curiosidad fue que su nombre siempre es evocado con una mezcla de respeto, de reverencia, pero también con mucho cariño.  

Fui a su encuentro a sabiendas de que jamás ha pisado suelo cubano y que estaría frente a alguien distinguido con la Orden  de Artes y Letras en el Grado de Caballero, que concede el gobierno francés, y que su obra se ha   subastado en las famosas Casas Christie’s y Sothebys de Nueva York.  

“Es un placer, un honor, me siento en el cosmos cuando me mira una estrella y me siento halagado porque detrás de ti hay un pueblo al que quiero y al que admiro: el pueblo cubano”.  

Así fue la bienvenida y el inicio de nuestra conversación.  

Su encuentro con Cuba fue a partir de su relación con Carpentier, pero después tengo entendido que en Francia compartió con Wifredo Lam y con Alicia Alonso…

Eso fue a inicios de la década de los 70. Recuerdo que David Alfaro Siqueiros exponía en el Polifórum del Gran Palais de París y allí coincidimos. En 1979 estuve invitado a la III Bienal Internacional de Artes Plásticas de La Habana, pero por razones personales no pude acudir. Nunca he visitado la Isla, pero ese deseo sigue manteniéndose como una gran ilusión.  

Esa ilusión tiene sus aristas… ¿Cómo nace la escultura Cristo-Che o Che- Cristo?

Fui uno de los primeros en ver aquellas impresionantes imágenes del Che que han recorrido el mundo, tomadas instantes después de su muerte. El impacto fue grande e inmediatamente nació una devoción, un acercamiento espiritual.  

El Che, como Cristo, murió por un ideal y su cadáver fue depositado sobre una plataforma de cemento, en una lavandería. El cemento es, también, símbolo de esta época y ahí surgió la relación entre  Cristo y el Che. No quise hacer a un Che pintado; preferí un material más rancio y se me ocurrió utilizar chapas de hierro forjadas.  

¿Anteriormente había hecho escultura? 

No. Fue un trabajo muy delicado y coloqué barba tras barba, es decir, pelo tras pelo. Tanto me emocioné que me quité la máscara protectora y comencé a trabajar. La obra resultó bien y el que resultó mal fue Gil Imaná.

¿Su vista se afectó?

El oculista me vendó los ojos por más de una semana.  

¿Cree que valió la pena?   

¡Claro que sí! Esa obra constituye una de las primeras que se han realizado en el mundo entero inspiradas en el Che.  

¿Dónde está ahora? 

En la casa de los historiadores José de Mesa y Teresa Gispert. Ellos la tienen en su casa, de cabecera.  

Usted, junto a René Portocarrero, uno de los más grandes pintores cubanos, ha sido de los pocos extranjeros que ha tenido muestras personales en el prestigiosísimo Museo Hermitage, de Leningrado. ¿Qué mostró y en qué año fue?

Fue en 1972. Había expuesto en la Casa de la Amistad con los Pueblos, en Moscú, y después vino la invitación del Hermitage. 

Los latinoamericanos, generalmente, exponían la obra en conjunto, es decir, a partir de exposiciones colectivas, pero la mía iba a ser la primera muestra personal de un latinoamericano.  

Esto despertó mucho interés. Recuerdo que era invierno y la gente, con la nieve hasta la canilla, hacía filas. Los soviéticos, muy cariñosos, me abrazaban, me besaban, me decían cosas que —aunque no entendía— adivinaba hermosas. A pesar de la barrera del idioma, la expresión humana sobrepasa todos los límites; sentí que mi obra era perfectamente comprendida.  

Su obra es muy boliviana, muy latinoamericana. ¿Cómo comienza su relación con el mundo de las artes plásticas?

La maravilla de tener padres con sensibilidad hizo que me pusieran en la Academia desde muy temprano. Por años mi madre guardó un retrato que le hice cuando apenas tenía seis años y entre los diez y los trece hice un curso superior con un maestro lituano. Después fue el aprender de la vida a través  de los museos y sobre la realidad del pueblo.  

Fui dirigente sindical ferroviario y estuve al tanto de los ideales de los trabajadores; teníamos reuniones con mineros. Formé parte del grupo Anteo que era el símbolo de la unión con la tierra. Según la mitología griega, ese semidiós murió en brazos de Hércules quien descubrió que la fuerza de Anteo estaba en el contacto con la tierra. 

Nosotros rescatamos ese contacto: para nosotros la fuerza es el contacto con la tierra, con los trabajadores, con el pueblo. En 1949, tres años antes de la revolución del 9 de abril, ya nos habíamos manifestado a favor de los trabajadores. 

Realizamos algunos murales ayudados por los estudiantes o por gente cercana, pero fue difícil mantener ese proyecto. Soñábamos con hacer grabados, pero no teníamos ni tórculo ni prensa; entonces, comenzamos a ilustrar poemas. Esa fue la forma de  acercamos al pueblo. 

Mi pintura refleja esa realidad, esas luchas, esa esperanza. Mi pintura es un homenaje a la mujer boliviana que, con sacrificio, ternura y entrega pare sus hijos y los cría, mantiene el hogar y es valiente defensora de la democracia y de los derechos humanos.  

La mujer boliviana es como una montaña del altiplano. Tengo varias series que se titulan Cumbres heladas, que son dos mujeres. Mi devoción por la mujer comenzó con la admiración a mi madre y continuó con la admiración a mi esposa Inés Córdova, a quien considero una gran artista.

Independientemente del tema de la mujer, ¿cuáles son los que de manera recurrente están presentes en su quehacer?

El amor es fundamental: el amor al trabajo, a la mujer, el amor carnal, el amor eternizado en el tiempo… el amor es el símbolo que marca mi pintura. También están las luchas sociales, la injusticia y —entrando un poco al espíritu de la gente— el dolor.  

El desamparo y la angustia del mundo vistos desde la soledad más infinita del altiplano: ese mar de tierra elevada a cuatro mil metros sobre el que se yerguen las montañas nevadas y en cuyo espacio hundido está la ciudad de La Paz.  

En mis mensajes está la unidad del hombre y la tierra o la mujer y la tierra. La mujer y el hombre vestidos con colores salidos de las profundas entrañas: ocres, sienas, grises…  

Mi obra esta  hecha con los colores de  la gente; son personajes como tallados en piedra en las mismas montañas, en su paisaje, en su entrono. Puede que, a primera vista, parezca  monótono, pero a fuerza de verlo una y otra vez se descubren los matices de color. El altiplano encierra grandes contrastes y no me equivoco si aseguro que está lleno de color y de riqueza. 

Campesinos

A pesar de los tonos que emplea y que reivindica lo social, siento poesía en su obra. ¿Es poesía la pintura de Gil Imaná? 

Sí, es poesía. Alguien dijo: “mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía”. Y si uno ve el espíritu de la gente, ve la belleza de la gente.  

También lo épico, la lucha cotidiana por la subsistencia, está rodeado de poesía. De manera que, definitivamente, hay poesía, pero hay también solidaridad. Mi pincel estará siempre a disposición del amor y de la justicia.  

Aquí, en su estudio/taller de La Paz, estamos rodeados de gran parte de su obra. Veo piezas que hizo cuando tenía apenas 13 años, otras de las décadas del 40, 60, 70, 90 e, incluso, en este 2000. ¿Hay planes con estos tesoros?

He sido un pintor muy disciplinado. Y hasta parece que me he muerto cuando yo mismo digo: "he sido".  

Te explico. En estos momentos he hecho un paréntesis en el trabajo a causa de un accidente, pero cualquier día lo retomo y, nuevamente, la tela se verá manchada con mis ideas.  

Hemos acumulado obra. Digo hemos, porque tanto Inés como yo, tenemos bastante obra guardada: es una selección de lo que consideramos mejor, de más calidad.  

Queremos consolidar una Fundación y donar toda esa obra. Tenemos el lugar, el espacio, y soñamos con convertirlo en museo en el que se muestre nuestro trabajo después de que nos hayamos ido físicamente de este mundo. 

El proyecto está en marcha y, ojalá, consigamos un poco de ayuda y apoyo para acelerar los trabajos… esta no es una idea nueva, por supuesto. Otros pintores como, por ejemplo, el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, tienen su propio museo. Por cierto, Guayasamín me pidió para La Capilla del Hombre, una pieza. La realicé especialmente para ese fin y la titulé “El jarro de lata”.  

Quisiera que en Bolivia tuviéramos un espacio donde se exhiba nuestra obra de toda la vida y que, también, pueda acoger la de algunos amigos pintores latinoamericanos. Es momento de no ser egoístas y pensar en el público y en el futuro. En el mañana. 

 


Sobre Gil Imaná han dicho

José de Mesa (historiador) 

Pese a la gran cantidad de su obra pictórica, de vasta extensión y calidad, a mi juicio, hay un trabajo de expresión única que es la obra maestra y cumbre de su arte. Obra sentida, llena de calidades artísticas, expresiva y al mismo tiempo dolida, es la representación escultórica del guerrillero Ernesto Che Guevara, representado como “Ecce Homo”. Esta extraordinaria obra, tanto por su contenido histórico-político, cuanto por la exactitud del logro intelectual, se puede considerar como uno de los hitos artísticos del arte nacional.

Eliodoro Aillón (Premio Nacional de Periodismo en Ecuador)

Consideramos que este es un pintor que ha recogido con autenticidad la realidad del habitante de nuestra patria. Si hay un pintor que debe ser calificado como boliviano, ese es Gil Imaná.

Ángel Marsa, periodista de El Correo Catalán, Barcelona

Gil Imaná, uno de los más importantes pintores bolivianos actuales, reúne un significativo conjunto de su obra, entre los mejores de cuantos artistas suramericanos recordamos. Su obra mantiene una fidelidad absoluta a las artes y culturas aborígenes pero no por ello deja de ser rigurosamente actual su módulo expresivo.

Humberto Calamari,  Revista Visión Internacional, D.F., México  

Como toda concepción artística que encuentra su esencia en la verdad de una época, la pintura de Imaná, documento vivo de la condición de los pueblos hispanoamericanos, ha dejado de ser un testimonio restringido, dedicado a una raza y un momento histórico determinado, para cobrar resonancia universal.

Adolfo Costa Du Rels, París

…se complace en considerar al hombre en sus diversos aspectos anatómicos arrancándole su secreto v.g. su “Cristo” es uno de los ejemplares más patéticos que conozco. Imaná pinta con una crueldad apiadada, el cuerpo humano divinizado por el dolor, que suerte tiene Gil Imaná de poder desafiar al tiempo con la sola asistencia del dibujo y del color, puestos al servicio de su indiscutible talento.

Fernando Gutiérrez, La Vanguardia, Barcelona 

La sobriedad y al mismo tiempo y como nacidas de esta, la fuerza, la intensidad y el sentido austero del color y del dibujo, nos definen la obra de Gil Imaná, el gran pintor boliviano.

Adolfo Castaño, ABC, Madrid 

Los nombres de Rufino Tamayo, Roberto Matta, Diego Rivera, Gil Imaná o Joaquín Torres García son piedras angulares de la historia de las artes plásticas de la Iberoamérica de este siglo. Son trazos desgarrados, dramáticos, tórridos, sensuales, desde el posimpresionismo y modernismo del figurativismo o la abstracción, que cientos de miradas ultramarinas han derramado sobre una sola realidad: América.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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