|
El paraguayo Augusto Roa
Bastos, el chileno Fernando Alegría, el
uruguayo Mario Benedetti y el cubano
Alejo Carpentier, entre otros, fueron
algunos de los intelectuales que el 31
de enero de 1962 firmaron un documento
titulado “Respeto para Cuba”.
Corrían los días de la
reunión de Punta del Este, en Uruguay, y
la naciente Revolución Cubana era
expulsada de la OEA; ese grupo de
intelectuales —reunido en un encuentro
académico en la Universidad de
Concepción, en Chile— exigía que “sea
rigurosamente respetado el heroico
esfuerzo de liberación de la hermana
República de Cuba”.
De entonces a la fecha
mucho ha llovido y disímiles han sido
los caminos que han buscado (y
encontrado) los intelectuales de todo el
mundo para demostrar a la Isla su
respaldo.
Es una verdad conocida,
pero por sabida no deja de sorprender
que —casi 45 años después— esté intacto
el amor que siente por Cuba Gil Imaná,
uno de los artistas de la plástica
boliviana más sólidos, y firmante de
aquella carta en el ya lejano 62.
Gil Imaná (Sucre, 16 de
julio de 1933), está considerado un
artista de la llamada “Generación del
52” y catalogado como los “Sociales” a
causa de su particular manera de tocar
el “tema nacional” por encima de modas y
bogas que, quizá, caracterizaron la obra
de otros creadores enmarcados en esta
generación.
A Imaná —testigo y
protagonista de su tiempo y un hombre
obligado por las circunstancias a vivir
en el exilio— lo conocí hace poco, por
insistencia personal, en La Paz. Tenía
una leve referencia de su obra, pero lo
que más atizó mi curiosidad fue que su
nombre siempre es evocado con una mezcla
de respeto, de reverencia, pero también
con mucho cariño.
Fui a su encuentro a
sabiendas de que jamás ha pisado suelo
cubano y que estaría frente a alguien
distinguido con la Orden de Artes y
Letras en el Grado de Caballero, que
concede el gobierno francés, y que su
obra se ha subastado en las famosas
Casas Christie’s y Sothebys de Nueva
York.
“Es un placer, un honor,
me siento en el cosmos cuando me mira
una estrella y me siento halagado porque
detrás de ti hay un pueblo al que quiero
y al que admiro: el pueblo cubano”.
Así fue la bienvenida y
el inicio de nuestra conversación.
Su encuentro con Cuba fue
a partir de su relación con Carpentier,
pero después tengo entendido que en
Francia compartió con Wifredo Lam y con
Alicia Alonso…
Eso fue a inicios de la
década de los 70. Recuerdo que David
Alfaro Siqueiros exponía en el Polifórum
del Gran Palais de París y allí
coincidimos. En 1979 estuve invitado a
la III Bienal Internacional de Artes
Plásticas de La Habana, pero por razones
personales no pude acudir. Nunca he
visitado la Isla, pero ese deseo sigue
manteniéndose como una gran ilusión.
Esa ilusión tiene sus
aristas… ¿Cómo nace la escultura
Cristo-Che o Che- Cristo?
Fui uno de los primeros
en ver aquellas impresionantes imágenes
del Che que han recorrido el mundo,
tomadas instantes después de su muerte.
El impacto fue grande e inmediatamente
nació una devoción, un acercamiento
espiritual.
El Che, como Cristo,
murió por un ideal y su cadáver fue
depositado sobre una plataforma de
cemento, en una lavandería. El cemento
es, también, símbolo de esta época y ahí
surgió la relación entre Cristo y el
Che. No quise hacer a un Che pintado;
preferí un material más rancio y se me
ocurrió utilizar chapas de hierro
forjadas.
¿Anteriormente había
hecho escultura?
No. Fue un trabajo muy
delicado y coloqué barba tras barba, es
decir, pelo tras pelo. Tanto me emocioné
que me quité la máscara protectora y
comencé a trabajar. La obra resultó bien
y el que resultó mal fue Gil Imaná.
¿Su vista se afectó?
El oculista me vendó los
ojos por más de una semana.
¿Cree que valió la
pena?
¡Claro que sí! Esa obra
constituye una de las primeras que se
han realizado en el mundo entero
inspiradas en el Che.
¿Dónde está ahora?
En la casa de los
historiadores José de Mesa y Teresa
Gispert. Ellos la tienen en su casa, de
cabecera.
Usted, junto a René
Portocarrero, uno de los más grandes
pintores cubanos, ha sido de los pocos
extranjeros que ha tenido muestras
personales en el prestigiosísimo Museo
Hermitage, de Leningrado. ¿Qué mostró y
en qué año fue?
Fue en 1972. Había
expuesto en la Casa de la Amistad con
los Pueblos, en Moscú, y después vino la
invitación del Hermitage.
Los latinoamericanos,
generalmente, exponían la obra en
conjunto, es decir, a partir de
exposiciones colectivas, pero la mía iba
a ser la primera muestra personal de un
latinoamericano.
Esto despertó mucho
interés. Recuerdo que era invierno y la
gente, con la nieve hasta la canilla,
hacía filas. Los soviéticos, muy
cariñosos, me abrazaban, me besaban, me
decían cosas que —aunque no entendía—
adivinaba hermosas. A pesar de la
barrera del idioma, la expresión humana
sobrepasa todos los límites; sentí que
mi obra era perfectamente comprendida.
Su obra es muy boliviana,
muy latinoamericana. ¿Cómo comienza su
relación con el mundo de las artes
plásticas?
La maravilla de tener
padres con sensibilidad hizo que me
pusieran en la Academia desde muy
temprano. Por años mi madre guardó un
retrato que le hice cuando apenas tenía
seis años y
entre
los diez y los trece hice
un curso superior con un maestro
lituano. Después fue el aprender de la
vida a través de los museos y sobre la
realidad del pueblo.
Fui dirigente sindical
ferroviario y estuve al tanto de los
ideales de los trabajadores; teníamos
reuniones con mineros. Formé parte del
grupo Anteo que era el símbolo de la
unión con la tierra. Según la mitología
griega, ese semidiós murió en brazos de
Hércules quien descubrió que la fuerza
de
Anteo
estaba en el contacto con la tierra.
Nosotros rescatamos ese
contacto: para nosotros la fuerza es el
contacto con la tierra, con los
trabajadores, con el pueblo. En 1949,
tres años antes de la revolución del 9
de abril, ya nos habíamos manifestado a
favor de los trabajadores.
Realizamos algunos
murales ayudados por los estudiantes o
por gente cercana, pero fue difícil
mantener ese proyecto. Soñábamos con
hacer grabados, pero no teníamos ni
tórculo ni prensa; entonces, comenzamos
a ilustrar poemas. Esa fue la forma de
acercamos al pueblo.
Mi pintura refleja esa
realidad, esas luchas, esa esperanza. Mi
pintura es un homenaje a la mujer
boliviana que, con sacrificio, ternura y
entrega pare sus hijos y los cría,
mantiene el hogar y es valiente
defensora de la democracia y de los
derechos humanos.
La mujer boliviana es
como una montaña del altiplano. Tengo
varias series que se titulan Cumbres
heladas, que son dos mujeres. Mi
devoción por la mujer comenzó con la
admiración a mi madre y continuó con la
admiración a mi esposa Inés Córdova, a
quien considero una gran artista.
Independientemente del
tema de la mujer, ¿cuáles son los que de
manera recurrente están presentes en su
quehacer?
El amor es fundamental:
el amor al trabajo, a la mujer, el amor
carnal, el amor eternizado en el tiempo…
el amor es el símbolo que marca mi
pintura. También están las luchas
sociales, la injusticia y —entrando un
poco al espíritu de la gente— el dolor.
El desamparo y la
angustia del mundo vistos desde la
soledad más infinita del altiplano: ese
mar de tierra elevada a cuatro mil
metros sobre el que se yerguen las
montañas nevadas y en cuyo espacio
hundido está la ciudad de La Paz.
En mis mensajes está la
unidad del hombre y la tierra o la mujer
y la tierra. La mujer y el hombre
vestidos con colores salidos de las
profundas entrañas: ocres, sienas,
grises…
Mi obra esta hecha con
los colores de la gente; son personajes
como tallados en piedra en las mismas
montañas, en su paisaje, en su entrono.
Puede que, a primera vista, parezca
monótono, pero a fuerza de verlo una y
otra vez se descubren los matices de
color. El altiplano encierra grandes
contrastes y no me equivoco si aseguro
que está lleno de color y de riqueza.
|
 |
|
Campesinos |
A pesar de los tonos que
emplea y que reivindica lo social,
siento poesía en su obra. ¿Es poesía la
pintura de Gil Imaná?
Sí, es poesía. Alguien
dijo: “mientras exista una mujer
hermosa, habrá poesía”. Y si uno ve el
espíritu de la gente, ve la belleza de
la gente.
También lo épico, la
lucha cotidiana por la subsistencia,
está rodeado de poesía. De manera que,
definitivamente, hay poesía, pero hay
también solidaridad. Mi pincel estará
siempre a disposición del amor y de la
justicia.
Aquí, en su
estudio/taller de La Paz, estamos
rodeados de gran parte de su obra. Veo
piezas que hizo cuando tenía apenas 13
años, otras de las décadas del 40, 60,
70, 90 e, incluso, en este 2000. ¿Hay
planes con estos tesoros?
He sido un pintor muy
disciplinado. Y hasta parece que me he
muerto cuando yo mismo digo: "he sido".
Te explico. En estos
momentos he hecho un paréntesis en el
trabajo a causa de un accidente, pero
cualquier día lo retomo y, nuevamente,
la tela se verá manchada con mis ideas.
Hemos acumulado obra.
Digo hemos, porque tanto Inés como yo,
tenemos bastante obra guardada: es una
selección de lo que consideramos mejor,
de más calidad.
Queremos consolidar una
Fundación y donar toda esa obra. Tenemos
el lugar, el espacio, y soñamos con
convertirlo en museo en el que se
muestre nuestro trabajo después de que
nos hayamos ido físicamente de este
mundo.
El proyecto está en
marcha y, ojalá, consigamos un poco de
ayuda y apoyo para acelerar los
trabajos… esta no es una idea nueva, por
supuesto. Otros pintores como, por
ejemplo, el ecuatoriano Oswaldo
Guayasamín, tienen su propio museo. Por
cierto, Guayasamín me pidió para La
Capilla del Hombre, una pieza. La
realicé especialmente para ese fin y la
titulé “El jarro de lata”.
Quisiera que en Bolivia
tuviéramos un espacio donde se exhiba
nuestra obra de toda la vida y que,
también, pueda acoger la de algunos
amigos pintores latinoamericanos. Es
momento de no ser egoístas y pensar en
el público y en el futuro. En el mañana.
Sobre Gil Imaná han dicho
José de Mesa
(historiador)
Pese a la gran cantidad
de su obra pictórica, de vasta extensión
y calidad, a mi juicio, hay un trabajo
de expresión única que es la obra
maestra y cumbre de su arte. Obra
sentida, llena de calidades artísticas,
expresiva y al mismo tiempo dolida, es
la representación escultórica del
guerrillero Ernesto Che Guevara,
representado como “Ecce Homo”. Esta
extraordinaria obra, tanto por su
contenido histórico-político, cuanto por
la exactitud del logro intelectual, se
puede considerar como uno de los hitos
artísticos del arte nacional.
Eliodoro Aillón
(Premio Nacional de Periodismo en
Ecuador)
Consideramos que este es
un pintor que ha recogido con
autenticidad la realidad del habitante
de nuestra patria. Si hay un pintor que
debe ser calificado como boliviano, ese
es Gil Imaná.
Ángel Marsa,
periodista de El Correo Catalán,
Barcelona
Gil Imaná, uno de los más
importantes pintores bolivianos
actuales, reúne un significativo
conjunto de su obra, entre los mejores
de cuantos artistas suramericanos
recordamos. Su obra mantiene una
fidelidad absoluta a las artes y
culturas aborígenes pero no por ello
deja de ser rigurosamente actual su
módulo expresivo.
Humberto Calamari,
Revista Visión Internacional, D.F.,
México
Como toda concepción
artística que encuentra su esencia en la
verdad de una época, la pintura de Imaná,
documento vivo de la condición de los
pueblos hispanoamericanos, ha dejado de
ser un testimonio restringido, dedicado
a una raza y un momento histórico
determinado, para cobrar resonancia
universal.
Adolfo Costa Du Rels,
París
…se complace en
considerar al hombre en sus diversos
aspectos anatómicos arrancándole su
secreto v.g. su “Cristo” es uno de los
ejemplares más patéticos que conozco.
Imaná pinta con una crueldad apiadada,
el cuerpo humano divinizado por el
dolor, que suerte tiene Gil Imaná de
poder desafiar al tiempo con la sola
asistencia del dibujo y del color,
puestos al servicio de su indiscutible
talento.
Fernando Gutiérrez, La
Vanguardia, Barcelona
La sobriedad y al mismo
tiempo y como nacidas de esta, la
fuerza, la intensidad y el sentido
austero del color y del dibujo, nos
definen la obra de Gil Imaná, el gran
pintor boliviano.
Adolfo Castaño, ABC,
Madrid
Los nombres de Rufino
Tamayo, Roberto Matta, Diego Rivera, Gil
Imaná o Joaquín Torres García son
piedras angulares de la historia de las
artes plásticas de la Iberoamérica de
este siglo. Son trazos desgarrados,
dramáticos, tórridos, sensuales, desde
el posimpresionismo y modernismo del
figurativismo o la abstracción, que
cientos de miradas ultramarinas han
derramado sobre una sola realidad:
América. |