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Es imprescindible, si se quiere lograr
un análisis exhaustivo del fenómeno
autonomista, y de la respuesta que
encontró en los seguidores irreductibles
de la vía independentista, remitirse al
pensamiento martiano. José Martí encarnó
las posiciones más avanzadas del
pensamiento democrático radical cubano
de su tiempo, no por casualidad sus
ideas signaron proverbialmente la lucha
revolucionaria y progresista de Cuba y
del resto de los países latinoamericanos
durante muchos años. En la actualidad,
su pensamiento es aún estandarte de lid.
Martí tuvo una total comprensión de la
necesidad del debate de ideas como vía
para que el proyecto revolucionario y
los lineamientos generales del modelo de
república al que aspiraba, y consideraba
viable y necesario en nuestras
condiciones históricas, pudieran ser
concientizados por las masas humildes
que, a su juicio, debían dirigir la
Revolución. Sabía que a la práctica
revolucionaria debía anteceder una
enconada lucha de pensamiento, como
antesala indispensable para la
reorganización política e ideológica y
militar de las fuerzas revolucionarias.
Asimismo, entendía necesario ganar el
sentimiento patriótico, y a la vez, la
conciencia de los más amplios sectores
de la población. Era también de
importancia ir anulando las dudas sobre
la posibilidad de la victoria militar, a
pesar del fatídico recuerdo de los
fracasos anteriores. A su vez, se hacía
vital la unidad de las distintas
tendencias dentro del movimiento
patriótico y, en fin, que se
generalizara el convencimiento de la
capacidad de los cubanos para el
gobierno propio. Por tales motivos, en
su ardua labor organizativa de la nueva
acometida mambisa, Martí dedicó una
significativa parte de su tiempo para
referirse al autonomismo, trasmitiendo
en sus discursos, escritos y cartas sus
análisis, valoraciones y críticas más
profundas respecto a esta corriente
política. Se percataba de que el
autonomismo podría convertirse en un
poderoso dique de contención a sus
aspiraciones independentistas. A sus
preocupaciones se le añadía su acierta
valoración de lo ponzoñoso que resultaba
para la causa revolucionaria que los
autonomistas gozaran de la ventajosa
posición de desplegar su labor
propagandística al interior de la Isla,
mientras que su radio de acción quedaba
restringido fundamentalmente a la
emigración cubana. Conocía muy bien que
las figuras más egregias del
autonomismo: Rafael Montoro, Eliseo
Giberga, Antonio Govín, Rafael Fernández
de Castro, etc., eran prestigiosos
intelectuales y que sus excelsas
aptitudes para hacer vibrar las
sensibilidades de los cubanos desde los
púlpitos, podían devenir en la suma de
simpatías a su bandera política en
desmedro de la causa redentora. Ante tal
situación, Martí justipreciaba que los
autonomistas resultaban mucho más
perniciosos que los anexionistas y los
propios integristas. Hacia esta
corriente política quedó entonces
enfocada la mayor parte de su artillería
ideológica.
El 21 de abril de 1879, encontrándose
Martí en la Isla conspirando por un
nuevo estallido revolucionario, fue
invitado a un banquete que el Partido
Liberal le ofreció en los altos del
Louvre al periodista Adolfo Márquez
Sterling, director del periódico La
Libertad. El “Sinsonte del Liceo de
Guanabacoa”, como le llamaban por su
elocuencia, tuvo allí la posibilidad de
mostrar su inmensa valentía política y
sus excelentes dotes como orador dentro
de la misma patulea autonomista:
“...por soberbia, por digna, por
enérgica, yo brindo por la política
cubana. Pero si, entrando por senda
tortuosa, nos planteamos con todos sus
elementos el problema no llegando por lo
tanto a soluciones inmediatas definidas
y concretas; si olvidamos como perdidos
o deshechos, elementos potentes y
encendidos; si nos apretamos el corazón
para que de él no surja la verdad que se
nos escapa por los labios; si hemos de
ser más que voces de la patria disfraces
de nosotros mismos; si con ligeras
caricias en la melena, como el domador
desconfiado, se pretende aquietar y
burlar al noble león ansioso, entonces
quiebro mi copa: no brindo por la
política cubana.”[1]
Después de electrizado el auditorio ante
las hermosas palabras de Martí,
estallaron los aplausos, que fueron una
transacción entre la cortesía y la
disciplina del partido. José María
Gálvez, presidente de la organización
autonómica, inmediatamente pasó un
recado discreto a Montoro, y este se
levantó a contestar. Se produjo entonces
el duelo entre dos de las mentes más
ilustradas de la época, pródigos en el
arte de la palabra. El ideólogo del
partido defendió entonces las
proyecciones de la organización en la
que con orgullo militaba, y a partir de
este momento, los campos quedaron
dramáticamente escindidos.[2]
No sería muy difícil para Martí
desentrañar, con mucho juicio, la
mezquina defensa de intereses económicos
dentro del movimiento autonomista como
una de las causas primordiales que
condicionaba su actuación política. De
lo que se percataba no era más que el
basamento clasista del autonomismo.
Sabía que el sector que lo conformaba,
esencialmente los de su cúpula
dirigente, convertida en hegemónica
desde sus inicios, cuando centralizó de
forma férrea la dirección del Partido,
se aferraba al mantenimiento o
satisfacción de intereses clasistas, uno
de los motivos reales por el que
condenaban la vía insurreccional como
solución para Cuba. Temían una verdadera
Revolución de amplio contenido social,
que pusiera en peligro nuevamente sus
riquezas e intereses, ya afectados
durante la pasada insurrección. A su
vez, veían con rechazo una guerra
independentista que podía afectar, según
ellos, la aspiración de alcanzar el
advenimiento de un capitalismo
desarrollado. Esto fue así aun en los
momentos en que se hacía más que
evidente que no había otra opción que la
ruptura definitiva con España y el
sentir de la mayoría de los cubanos se
inclinaba hacia la vía emancipadora.
Para Martí “el deber de procurar el bien
mayor de un grupo de hijos del país” no
podía ser superior “al deber de procurar
el bien de todos los hijos del país”.[3]
Para él no era la caja lo que había que
defender, “ni con poner en paz el débito
y el crédito, o con capitanear de
palaciegos unas cuantas docenas de
criollos”, se acallaba “el ansia de
conquistar un régimen de dignidad y de
justicia”.[4]
La nación que ensoñaba Martí, “Con todos
y para el bien de todos”, nada tenía que
ver con la que deseaban los personeros
del autonomismo, en la cual los
intereses de un solo sector de la
población cubana encontrarían
complacencia. Después de una “conmoción
tan honda y ruda” como lo fue la Guerra
de los Diez Años, decía Martí, los
autonomistas se equivocaban al pensar
que podían ser “bases duraderas” para
calmar la agitación “el aplazamiento, la
fuerza y el engaño”. Los criticaba por
tratar de elevar a “categoría de
soluciones, que para ser salvadoras”
habían de ser generales y satisfacer al
mayor número de cubanos, sus
“aspiraciones acomodaticias sin
precedente y sin probabilidad de éxito”
y por negarse a poner sus “manos sobre
las fibras reales de la patria, para
sentirlas vibrar y gemir”, cerrando
“airados los oídos” y cubriéndose
“espantados los ojos, para no ver los
problemas verdaderos”.[5]
Sin embargo, Martí diferenciaba muy bien
los diferentes elementos que componían
el Partido Autonomista. Reconocía dentro
de su membresía no solo a los que
actuaban según intereses económicos, y
por tanto defensores a ultranza de una
solución inoperante en aquellas
circunstancias históricas, sino también
a los cubanos que tenían un pensamiento
patriótico y progresista dentro de sus
filas y que auguraban en el autonomismo
una vía para el adelanto de la nación, a
los independentistas que esperaban la
hora de volver a la manigua, a los que
francamente creían que España podía
hacer concesiones honorables a la Isla y
a los que con honestidad no eran
partidarios de una guerra, por las
terribles consecuencias que provocaría:
“Honra y respeto merece el cubano que
crea sinceramente que de España nos
puede venir un remedio durable y
esencial —porque hay uno, o dos cubanos
que lo creen—; honra y respeto al que,
en la certidumbre de que un pueblo no ha
de disponerse a los horrores de la
guerra por el convite romántico de un
héroe frustrado, dirija su política (…)
Al que se engañe de buena fe, y al que
se prepare, sin traición a la política
de paz insegura, para atender con el
menor desconcierto posible a las
consecuencias naturales, en un pueblo
empobrecido e infeliz, del fracaso de
una tentativa de paz tan inútil como
sincera, honra y respeto. Pero al que
finja, blanqueando el corazón, aquella
creencia en el remedio imposible que
afloja las fuerzas indispensables para
el remedio final; al que prefiere su
bien inseguro, impuro, al servicio
franco de la Patria, o contribuye con su
silencio y su favor…; al que oculta
sabiendo la verdad, y promete lo que no
cree, con labios prostituidos, y
pretende demorar la obra sana de la
indignación…, a esos enemigos de la
república, a esos aliados convictos del
gobierno opresor, ¡ni honra ni respeto![6]
Es sabido que la política oficial de la
organización autonómica respecto a la
independencia fue de condena total, pero
no se quedó ahí, sino que prestaron un
servil apoyo al gobierno español en su
combate por extirpar de raíz la
Revolución. Así lo hicieron durante la
Guerra Chiquita y frente a los distintos
intentos separatistas que se produjeron
durante el período fraguador. A esto se
refería Martí cuando decía que: “ni por
su espíritu, ni por su constitución, ni
por sus prácticas y relaciones, ni por
la fe en la paz española de algunos de
sus miembros, ni por la lealtad de unos
y el miedo de otros”
[7], se
había puesto el Partido Autonomista a
favor de la solución radical, sino que
su objetivo fue siempre enterrarla.
Martí insistía continuamente en la
importancia, la inevitabilidad y la
necesidad de una nueva contienda para
resolver las urgencias del país, y por
demás, la única forma de llegar a la
raíz del problema. La guerra era “por
desdicha, el único medio de rescatar a
la patria de la persecución y el
hambre…”[8]
Asimismo, para El Apóstol, eran
inadmisibles las soluciones intermedias,
desde pequeño había resuelto el dilema
planteado, “Yara o Madrid”, eligiendo
con plena convicción y total entereza la
entrega total a la causa redentora; lo
que devino luego en su bregar incansable
por acreditar la Revolución, explicando
sus causas, su necesidad,
procedimientos, fines, errores cometidos
y los previsibles. Por suma, el
argumento fundamental de la Revolución
lo apreciaba en la incapacidad de España
en conceder “el sistema ineficaz de la
autonomía en el plazo en que pueden
esperarlo sin estallar la dignidad y la
miseria de Cuba…”[9].
Para Martí, era evidente la taimada
actitud de las autoridades
metropolitanas que pretendían suavizar
con reformas vacuas el descontento
desembozado que se vislumbraba en el
pueblo antillano. Lo hacían, según él,
con la intención de mitigar el peligro
de un nuevo estallido independentista,
que se acrecentaba por las labores que
desplegaba el Partido Revolucionario
Cubano en la emigración:
“¿Y cuándo, sino cuando está la
Revolución a puerta; cuándo, sino por la
virtud y poder de los partidarios de la
Revolución; cuándo, sino por la
necesidad apremiante de quitar vigor a
la idea de guerra en la Isla, que las
emigraciones impulsan y apremian;
cuándo, sino por esta espuela que
llevamos los emigrados al talón; cuando,
sino por el miedo que inspira al
gobierno nuestra ordenación
revolucionaria obtendría Cuba, de la
metrópoli que aún después de diez años
se burla de ella, esas migajas de
apariencia con los que da a los tímidos
pretexto para acatar y con los que ya no
puede engañar a la Isla escarmentada?”[10]
Paralelamente, Martí divulgaba sus
reflexiones de que hasta la base legal
en la que los autonomistas erigían su
labor y sus súplicas indignas al
gobierno español, no era más que un
corolario de la propia Revolución, y que
la metrópoli mudaba únicamente su
política, cuando el peligro de una nueva
llama insurreccional se sentía
quemándole los pies.
Los autonomistas, principalmente los de
su cenáculo directivo, se empeñaron en
la espera agónica de que España cediera
a sus reclamos, cerrando los ojos ante
una patria que se desangraba, víctima de
un colonialismo salvaje y expoliador que
no tenía ni podía conceder absolutamente
nada, pues el entramado de intereses de
la metrópoli, de los sectores y grupos
privilegiados peninsulares y la
oligarquía españolista de la Isla, no lo
permitía. Esto sin contar que en la
mayoría de los sectores gubernamentales
españoles, la autonomía era vista como
una forma solapada de buscar la
independencia.
Martí, conocedor de esa realidad cubana
y a la vez, de los intereses que se
movían en la Península, por el tiempo
que vivió en ella exiliado, no
desaprovecha oportunidad para referirse
a la inviabilidad de la autonomía.
Consideraba que era una solución que no
iba a la esencia del problema isleño e
impracticable bajo las cadenas
coloniales metropolitanas. Estaba
convencido de que había que llegar a la
raíz del problema cubano, y la única
manera de hacerlo era alcanzando la
libertad sin cortapisas:
“Si la Revolución tuviese por objeto
mudar de manos el poder habitual de
Cuba, o cambiar las formas más que las
esencias, caería naturalmente la obra
revolucionaria en los que, por profesión
o simpatía o liga de intereses, están
entre los habitantes de la Isla,
abocados al ejercicio del poder (…).
Rudo como es el refrán de los esclavos
de Louisiana, es toda una lección de
Estado, y pudiera ser el lema de una
Revolución: “Con recortarle las orejas a
un mulo, no se le hace caballo” (…) Ni
dentro de la ley, ni dentro de su
esperanza agonizante, ni dentro de su
composición real, podría más el partido
autonomista, ni insinúa más, que
reconocer la ineficacia de impetrar de
España, con la sumisión que convida al
desdén, una suma de libertades
incompatibles con el carácter, los
hábitos y las necesidades de la política
española.”[11]
Estas ideas saltan a la vista en muchos
de los escritos y discursos que se
conservan de Martí. Los remedios, a su
entender, eran impotentes cuando no se
calculaban en relación con la fuerza y
la urgencia de las enfermedades. La
pelea lenta y sin cesar burlada de los
autonomistas no hacía otra cosa que
entretener al pueblo cubano sin resolver
sus verdaderos problemas.[12]
Creía el Apóstol que Cuba no tenía que
lograr autonomía, como las colonias
inglesas, para convencerse, como lo
estaban ellas, de que la autonomía era
insuficiente y tenía necesariamente que
ceder, bajo la fuerza de las
circunstancias, ante la solución
independentista.[13]
Ante la actitud cómoda y sumisa de los
autonomistas más recalcitrantes, la
respuesta martiana fue siempre enérgica:
“¿Qué esperan esos hombres que afectan
esperar todavía algo de sus dueños? ¡Oh!
Yo no he visto mejillas más abofeteadas,
yo no he visto una ira más desafiada; yo
no he visto una provocación más
atrevida… ¿Qué afectan esperar, cuando
con desdeñosa complacencia, no perdonan
sus dueños ocasión de repetirles que no
cabe pedir allí donde se ha de tener por
entendido que no hay nada ya que
conceder?”[14]
Sin embargo, Martí no cerró nunca las
puertas a los autonomistas que quisieron
unirse a la Revolución. A su entender,
eran hombres que seguían un camino
equívoco, pero que había que contar con
ellos para construir la República a la
que aspiraba al terminar el conflicto
bélico. No por casualidad en agosto de
1889, cuando Montoro y Giberga pasan por
Nueva York, en tránsito hacia Cuba,
después de haber librado una de sus
batallas elocuentes e inútiles en las
cortes españolas, Martí se dirige al
hotel a cumplimentarlos.[15]
Para él, los autonomistas por su derecho
pleno de cubanos podían y debían unirse
a la obra revolucionaria. La patria
cubana como concepto martiano, tenía una
relevancia vital que trascendía toda
enemistad política con los autonomistas.
Se trataba de sumar voluntades, no de
restarlas. Sus ideas al respecto no
dejan dudas de esta intención:
“Es grato esperar, por el ardimiento
propio del corazón del hombre y por los
consejos de un justo interés, que estén
juntos en la hora definitiva de crear la
república, los confesos de la política
pacífica y los preparadores de la guerra
inevitable.”[16]
En su discurso del 10 de octubre de
1891, pronunciado en Hardman Hall, Nueva
York, retoma estos criterios:
“…ni blandimos el marchamo para señalar
las frentes culpables del terrible
desorden espiritual, ni le señalamos con
manos rencorosas la agonía de un pueblo
que pudo mantenerse, y se debió
mantener, en la campaña de la prudencia,
disciplinado para la de la resolución;
sino que abrimos los brazos, pensando
solo en que somos pocos, aún cuando
fuésemos todos, para reparar el tiempo
perdido, para encender en la fe nueva
los ánimos vibrantes...”[17]
Un ejemplo muy ilustrativo de la
excepcional capacidad política de Martí,
en su lucha por organizar la nueva
contienda independentista, se produjo
cuando al regresar Enrique Loynaz del
Castillo a New York, después del fracaso
de su intento de desembarcar un
cargamento de armas por Nuevitas, debido
a la delación de Antonio Aguilera,
miembro de la junta autonomista de
Camagüey; se dispuso a contestar a las
calumnias, que sobre su persona estaba
esgrimiendo la propaganda autonomista.
Para este fin, redactó un manifiesto que
circuló con fecha 30 de abril de 1894 en
la emigración y en la Isla. Este
documento, según testimonio del propio
Loynaz del Castillo,[18]
fue leído dos veces a Martí antes de
darlo a la imprenta, el cual quiso se le
suprimieran algunas palabras que le
parecían muy duras, por más que Loynaz
creía que se las merecían los
autonomistas. Al utilizar la frase “el
horror de su conducta”, Martí corrigió
horror por error. Ni una sílaba que
hiriera a los adversarios, que también
eran hijos de Cuba. El ataque debía
centrarse contra su propaganda, no debía
ser personal.
Su labor aglutinadora, abierta a incluir
a los autonomistas, también la podemos
percibir en su artículo “El Lenguaje
reciente de ciertos autonomistas”
publicado en Patria en 1894,
cuando profirió por medio de sus
brillantes líneas: “El templo está
abierto, y la alfombra está al entrar,
para que dejen en ella la sandalias los
que anduvieron por el fango, o se
equivocaron de camino”.[19]
Martí vislumbró, como gran estadista que
era, cuál iba a ser el destino del
Partido Autonomista y de sus seguidores.
Manifestaba que a la hora del estallido
revolucionario, muchos autonomistas
irían a parar a la manigua, mientras que
sus más connotados y fieles
representantes se unirían a España o
terminarían en la emigración: “La masa
sana, que siguió siempre al autonomismo
porque creyó que con él se iba a la
independencia, se irá entera a la
Revolución”.[20]
Valorando la situación en que se
encontraba el Partido Autonomista en
septiembre de 1894, Martí enfatizaba:
“Pero el autonomismo, como organización
política, y como entidad actual de Cuba,
ha cesado ya de existir, y solo entraría
a la vida real si obedeciendo a la
voluntad clara del país, la encabezase
en vez de echarla en brazos de sus
opresores. Desertado en Oriente, vencido
ya en la conciencia camagüeyana, que un
día lo ayudó de buena fe; reducido en
Las Villas al aplauso curioso de los
teatros incrédulos; postergado en
occidente, que es donde más pudiera
fungir…”[21]
De esta manera, Martí refleja la crítica
situación en que se encontraba el
Partido Autonomista en los preludios de
la nueva arremetida independentista. Se
había convertido en un partido
escuálido, de minorías, que se oponía a
la voluntad, al sentir y a los intereses
de la mayoría de los cubanos. Por tal
razón, para aquel tiempo se indignaba de
pensar que aún había autonomistas que
permanecían dóciles al compás de una
política insuficiente, a pesar de no
haber recibido más que agravios del
gobierno español:
“A silbidos ha echado España del
Congreso la autonomía de Cuba. A
balazos, dice el jefe del gobierno
español que echará atrás la autonomía.
Ya no hay en Cuba autonomistas. No los
debe haber. El honor no permite que los
haya.”[22]
Pero ya desde su discurso del 10 de
octubre de 1889 en el Hardman Hall de
Nueva York, Martí se había referido a lo
errado del camino que seguían los
autonomistas y manifestado sus juicios
más clarividentes sobre el papel
histórico de esta corriente política:
“No es que no debió existir el partido
de la paz, sino que no existe como debe,
ni para lo que debe. Es que jamás ha
cumplido con su misión, por el error de
su nacimiento híbrido, por la falta de
grandeza en las miras. Es que no abarca
en la lucha del país contra sus
opresores, todos los elementos del país.
Es que no ha podido allegarse a las
fuerzas indispensables para el triunfo,
ni para el goce pacífico de él, ni para
la vida sana de la patria, aun dentro de
la libertad incompleta, o desdeña el
trato verás con todos aquellos que se
hubieran puesto del lado de la libertad
contra España, si hubiese citado a la
guerra común por la libertad, como debió
citar, a los que por culpa de España
padecen como nosotros de falta de
libertad, (…) Es que el Partido
Autonomista por su debilidad, su
estrechez y su imprevisión, ha hecho
mayores los peligros de la patria.”[23]
Según él, jamás había seguido el Partido
Autonomista, como algunos cándidos
propalaban, el camino de la evolución
pacífica hacia la independencia:
“...dábase el caso singular de que los
que proclamaban el dogma político de la
evolución eran meros retrógrados, que
mantenían para un pueblo formado en la
Revolución las soluciones imaginadas
antes de ella, y que los que en silencio
respetuoso les permitían el pleno ensayo
de su sistema inútil, eran, aunque
acusados de enemigos de la evolución,
los verdaderos revolucionarios.”[24]
Para Martí, la falta mayor de los
presupuestos teóricos de los
autonomistas, es su desconfianza en las
condiciones y capacidades de los cubanos
para emprender un camino independiente.
Los cambios demográficos, políticos,
económicos y sociales del país,
planteados por el Partido Autonomista,
suponen el reconocimiento de los
paradigmas de la ideología liberal en el
continente. La creación de un país
moderno, racialmente homogéneo o al
menos predominantemente blanco, nutrido
de una amplia clase media de hacendados
criollos y de emigrantes de origen
europeo ligado a Europa por vínculos con
la metrópoli española que avalara su
seguridad y autogobierno, y
económicamente enlazado a América por
vínculos económicos con EE.UU. que
permitieran su prosperidad, es vista por
Martí como una absurda utopía carente de
realismo y sensatez. Imposible de llevar
a efecto en la práctica.[25]
Estas y muchas otras aristas, que
pudieran abordarse sobre el pensamiento
martiano con respecto al autonomismo,
son de extraordinaria importancia para
lograr un mayor acercamiento a esta
corriente política que irrumpió en la
segunda mitad de la centuria
decimonónica cubana, como una vía que
confrontaba peligrosamente los
postulados independentistas. Esto fue
vislumbrado por Martí desde fecha muy
temprana y por tal motivo se detuvo con
regularidad a analizar este movimiento,
para poder combatirlo con la fuerza de
su pensamiento. El impetuoso combate
ideológico desarrollado por Martí,
frente al autonomismo contribuyó a
desentrañar el basamento clasista que
caracterizó a la agrupación política, su
inoperancia histórica, la heterogeneidad
de sus filas y su ostensible
antindependentismo. Asimismo, contribuyó
a encumbrar la solución independentista
como el único derrotero posible a seguir
para resolver los males de Cuba,
encaminado a la coronación de una nación
pletórica de dignidad, libertad y
justicia. Pero no fue solo labor
ideológica martiana contra al
autonomismo, lo que devino en que esta
corriente jamás ganara el sentimiento
mayoritario de los cubanos, sino todo un
conjunto de factores. Las ideas de
Martí, al parecer, se conocían muy poco
en la Isla, sin embargo, no existen
dudas de que estas contribuyeron
notablemente en la comprensión minuciosa
del fenómeno autonomista y en la
acreditación de la solución emancipadora
en la emigración, donde se encontraba
una significativa parte de los cubanos.
Allí, se leían sus artículos y se oían
sus magistrales discursos. Tampoco se
puede vedar de plano, que en la Isla no
se conociera su pensamiento y que en
algunos sectores pudieron influir
positivamente. La vía redentora fue
ganando más prosélitos y el autonomismo
se fue convirtiendo en una opción cada
vez más minúscula. Martí, en su
incansable lucha con quienes fueron son
más dignos rivales en el campo de las
ideas, aportó a nuestro proceso
histórico la importante experiencia de
lo trascendental de la labor ideológica
en una causa revolucionaria.
Notas
1
José Martí: Discurso en los
altos de el Louvre, La Habana,
21 de abril de 1879, en:
Obras Completas. La Habana:
Editorial de Ciencias Sociales,
1975. t.4. p.178.(Y Martí, según
se dice, unió a sus palabras la
acción de quebrar su copa)
2
Mañach, Jorge. Martí. El
Apóstol. La Habana.
Editorial de Ciencias Sociales,
1990.p.103.
3José
Martí: “La Política”, Patria,
New York, 1892, en: Ob.Cit.,
t.1. p. 335-336.
4José
Martí: “Autonomismo e
Independencia”, Patria,
New York, 1892, en: Ob.Cit.,
t.1. p.355.
5
José Martí: Discurso en Steck
Hall, New York, 24 de enero de
1880, en: Discursos.
Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 1974. p.56.
6
José Martí: Discurso en Hardman
Hall, New York, 10 de octubre de
1889, en: Ob.Cit.,
p.96-97.
7José
Martí: “La agitación
autonomista”, Patria, New
York, 1892, en: Ob.Cit.,
t.1. p.233.
8José
Martí: Discurso en el Masonic
Temple, New York, 10 de octubre
de 1887, en: Ob.Cit.,
p.78.
10
José Martí: “¿Conque consejos y
promesas de autonomía?”,
Patria, New York, 1893, en:
Ob.Cit., t.2. p.288-289.
11
José Martí: “La agitación
autonomista”, Patria, New
York, 1892, en: Ob.Cit.,
t.1. p.332-333.
12
José Martí: “Política
Insuficiente”, Patria,
New York, 1893, en: Ob.Cit.,
t.2. p.193-195.
13
José Martí: “Los Cubanos de
Ocala”, Patria, New York,
1892, en: Ob.Cit.,
t.2.p.50-51.
14
José Martí: Discurso en Steck
Hall, 24 de enero de 1880, en:
Ob.Cit., p.63.
15
Ver: Mañach, Jorge en:
Ob.Cit., p.171-172.
16
José Martí: “La agitación
autonomista”, Patria, New
York, 1892, en: Ob.Cit.,
t.1. p.333.
17
José Martí : Discurso en Hardman
Hall, New York, 10 de octubre de
1891, en: Ob.Cit., p.140
18
Ver: Loynaz del Castillo,
Enrique.
Memorias de la
Guerra.
La
Habana: Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1989.p.80.
19
José Martí: “El lenguaje
reciente de ciertos
autonomistas”, Patria,
New York, 1894, en: Ob. Cit.,
t.3.p.266.
20
José Martí: Ibídem., t.3.p.265.
22
José Martí: “Las Reformas en
Cuba”, Patria, New York,
1894, en: Ob.Cit.,
t.3.p.426.
23
José Martí: Discurso en Hardman
Hall, New York, 10 de octubre de
1889, en: Ob.Cit., p.100.
24
José Martí: Discurso en Hardman
Hall, New York, 31 de enero de
1893, en: Ob.Cit., p.
195.
25
Alejandro Sebazco. “José Martí y
el Autonomismo: Dos alternativas
de la nacionalidad cubana”en:
Ob.Cit., p.168-169.
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