Pongo el disco en
el plato con mucho cuidado, le doy al
automático y le sale de pronto una voz
áspera y antigua que se va por la aguja
hacia arriba. Detrás viene la música, y
un negro alto, de grandes ojos negros,
sale también de allí gritando esas
frases sin sentido de Tutti Frutti,
mientras resuena el bajo y un saxo tenor
allá en el fondo emite algunas notas
graves, melosas y broncas como si
estuviera dialogando con el absurdo, y
el pelo negro negrísimo y envaselinado
le cae hacia adelante en unos rizos
oscuros, y él abre la boca. Después
mueve la cabeza, mueve la cabeza, mueve
la cabeza, y grita oh, my soul,
ante las negras calientes y bellísimas
de pelo planchado que se levantan con
sus cuerpos rotundos y deslizan sus
zapatos de piel por el piso pulido, y
levantan las manos y estremecen las
piernas, y hacen ondear sus blusas
satinadas y sus faldas de hilo color
crema y así muestran su ropa interior,
como al descuido, y gritan frente a él,
desordenadamente, con el ritmo tribal de
la batería de saxos y el estruendo de la
percusión.
Oh, Lucille, Lucille, oh, negras
tan negras, tan bellas e inocentes,
incapaces de traicionar a su ídolo y
ensordecidas por el tam tam que también
ensordeció a Paul Robeson, y esa
guitarra rítmica que trina como un
banjo, y ese piano antiquísimo donde no
estaba el gato de Saint Saëns sino las
manos negras que suenan de un lado a
otro del teclado y brincan con la
síncopa del rock and roll y siempre
tocan así en este lado oscuro de la
noche.
Little Richard toca para ellas esa
sensualidad de moda que las hace
desfallecer, que las hace entregarse y
gritar, y por eso en el disco nunca
amanece. Todo es como platinado e irreal
porque tampoco entendemos las palabras.
Son palabras, y gritos, y palabras, y un
fondo que estremece.
Little Richard se dobla sobre el piano y
salen de improviso aquellos días sin sol
de Miramar, cuando escuchábamos
Lucille con la boca abierta,
mientras fumábamos y esparcíamos el
humo, en medio de la oscuridad del
sótano y de una bruma habanera que nos
rodeaba desde el patio, hecha del escape
negruzco de los carros, del olor a gas y
de las casas extrañas de ladrillos
rojos, que eran frías y cálidas por
dentro, y las victrolas lejanas de los
bares donde todavía estaban El rock
de la cárcel, por César Costa, y
Rock around the clock, por Bill
Halley y sus Cometas, y No me dejes,
por Manolo Muñoz.
La luz entraba siempre por la ventana
izquierda del sótano de la casa de
Séptima y 60. Obdulio sudaba y nos pedía
silencio. Cerrábamos bien la puerta que
comunicaba con la cocina y las.
persianas de madera, menos una, y
entonces poníamos Lucille. La
piel tersa de la cara y los brazos -la
piel de Obdulio--, y las mujeres negras
entregándose al ritmo, silabeando las
frases y moviendo las manos con algunas
sortijas baratas en los dedos, y
ondulando el torso, el cuello y la
cabeza para que se lucieran esas cadenas
de plata mexicana, más baratas aún, y
les cayera de golpe el pelo liso y
oscuro por el efecto momentáneo del
peine caliente, el pelo partido a la
mitad para que se corriera por los
hombros y luciera sedoso y bonito y
Little Richard dijera hay que ripiarlo,
vamos a ripiarlo, vamos a acabar con la
tortura. de ser negros en un país de
blancos, de no tener dinero y estar solo
en La Habana en 1963.
Estábamos en grupo en la oscuridad del
sótano y teníamos un disco de Little
Richard que se ponía por una y otra
cara. Teníamos la luz que se filtraba
por la izquierda y sentíamos sus manos
oscuras sobre las teclas negras y
blancas, y el sonido del bajo pegando
duro detrás de los metales, y el drum
que redoblaba, y esa penumbra de cuando
cae la noche junto al foco de los
cigarros Aromas que nos pasábamos de
mano en mano hasta que sólo quedaba la
brasa. Hacíamos el doo, encima
del tocadiscos, y Obdulio nos enseñaba a
bailar, y caminábamos así, como los
negros, imitando a Mocosisi, al Richard,
a Barceló, a los boncos de San Leopoldo,
apoyando tan solo la punta de los pies y
extendiendo los brazos por las calles
tan anchas que tributaban a la Quinta
Avenida, bajo esas luces de mercurio y
con esas cabezas de águila talladas en
la roca del edificio de la Chrysler
Corporation.
Calles vacías, mundo vacío, con alguna
farmacia pequeña en el cuchillo de
Séptima y 44, donde vendían pastillas de
altea y azúcar candy. Ancha la noche
sobre la calle 60 en Miramar y el sonido
lejano y percutiente y como asordinado
en el sótano que ya es de Little
Richard, él es su dueño, él y Elvis y
Los Zafiros y Paul Anka, y nosotros tan
solos.
Richard, que no es Littler Richard,
entra al sótano después de tocar dos
veces, esperar, y tocar dos veces más.
Inclina la cabeza y recibe el murmullo y
el humo junto a la puerta y una luz
nueva que pende del techo recubierta con
papel de estraza, Levanta la cabeza,
estira el brazo y nos dice, apaguen esa
luz que les van a partir los cojones.
Richard tiene un don de mando natural,
un aire desenvuelto, un estilo de blanco
que imita a los negros y que los negros
copian para imitarlo a él. Enseguida
saca a bailar a Obdulio y mete un
pasillo de casino que aprendió el fin de
semana en el Patricio Lumumba. Cuando
bailan se tocan casi de costado, casi
espalda con espalda, dan media vuelta y
marcan dos compases con los pies y uno
con las manos. Es un pasillo difícil, se
ve, y Richard manda a poner a Little
Richard, enseña su casquillito de oro
-como al descuido, así como las negras
enseñaban su ropa interior-, y nos
cuenta que en el aula de Química citó a
su novia del grupo 26, y a su novia del
grupo 27, y las miró a las dos, y las
dos se miraron, y luego lo miraron a él,
y él les dijo: "Quedan despedidas". Y
nos deja con la boca abierta, escuchando
por fin lo imposible, la voz aguda de
aquel dios soberbio en la coda final de
Long tall Sally en un sótano que
ha crecido de súbito en los ojos de
todos, con el brillo en la mirada de
Esponda y el asombro en Roberto Natchar.
Pero nunca amanece. Brache levanta la
mano a todo lo que da envuelto en un
pañuelo y zafa el bombillo caliente.
Ha terminado la sesión de hoy y se
siente el sonido de la noche en Miramar,
y el vuelo de los pájaros nocturnos, y
el siseo de la hierba del jardín de la
iglesia metodista que está enfrente.
Ahora estamos más solos sin la música
con el recuerdo de la mirada irónica de
Richard, esa pesada y elocuente
indiferencia que nos hacía pequeños y
nos intimidaba, porque teníamos tan solo
el rock and roll y Little Richard nos
volvía locos, melancólicos y
atormentados por un placer que no
tuvimos entonces ni íbamos a tener
jamás. Esa alegría y esa desesperanza
cuando la noche nos lanzaba al sótano o
a los baños del fondo del albergue que
todavía se limpiaban con creolina y
tenían pestillos y cerrojos para
señoritas. Respirábamos a fondo el olor
penetrante y viscoso y recordábamos esas
palabras escritas o talladas en la piel
de la madera de los baños del segundo
piso de Manuel Bisbé y movíamos la mano
frenéticamente con la imagen de la
secretaria docente que era altiva,
sonriente y malévola, y tenía los senos
redondos y los ojos castaños, y el pelo
sedoso a lo garzón, y unas pecas encima
de los hombros, y una piel, y sobre ella
se montaba el recuerdo de un sonido de
sus labios, una mirada, un guiño, una
orden, y las piernas cruzadas de las
mujeres putas del Coney Island que
usaban cadenitas de oro en los tobillos.
La vista se fijaba arriba, se nublaba, y
aparecía en la mente la oración grabada
a cuchilla en la puerta del baño de la
entrada, la oración que decía: "Ada, la
secretaria docente de la escuela, tiene
el bollo como una manzana". Ahora un
zumbido en la cabeza, un hormigueo, un
chorro incontenible de palabras,
imágenes, caricias, besos, oscuridad y
chispas que se disparan a lo alto del
cielo y caen en esos puntos de colores
intensos que manchan el borde de la
taza.
Las chispas se desparraman por el baño
en la noche profunda y nosotros nos
vamos a dormir. Valle, el responsable
del albergue, apaga la luz. Esponda
duerme en la litera de arriba y es alto,
flaco, negro, y canta conmigo en el
sótano sin conocer el amor y sin haber
tocado a las preciosas mulatas que
bailan en el Patricio Lumumba en la
rueda de casino del Oso. Casi todas las
noches sueña con la prima, y yo siento
el meneo de la litera y el crujir del
bastidor de palo. Todas las tardes me
habla del Cerro y me dice que nos vamos
a fugar. La música le corre por los
dedos y echa de menos las fiestas allí,
las suaves melodías de Pat Boone y la
casi languidez de su prima cuando
escucha los discos y lo mira. Ella no
habla y se lima las uñas, viste unos
pescadores rojos y cruza las piernas en
actitud de mujer fatal. A veces fuma, y
el humo le recorre la cara, y cambia el
disco por el otro lado mientras él
permanece en silencio. Cuando pone a
Elvis, o a Little Richard, le desborda
una melaza oculta, se arquea y baila
sola con un temblor sensual,
indetenible.
Esponda y yo nos fugamos una tarde al
Cerro a buscar el disco de Little
Richard y la vimos al salir del baño.
Tiene la piel morena, el pelo rizado,
los ojos claros, y usa unas sandalias de
meter el dedo. Nos invitó a comer y nos
dio pena, y hasta nos insistió. Comimos
después en una fonda un plato de
frijoles con arroz, y caminamos juntos
en esa muchedumbre, sin dinero, sin
novia, ni lentes de sol, sin Del
Shannon, ni Steve Lawrence, ni Tony
Randazzo, ni Chubby Checker, ni Paul
Anka que nos traicionó pasándose al
stereo, llevando tan solo a Little
Richard escondido en un forro de la
Orquesta Aragón por las calles vacías de
aquel verano espléndido de 1963 cuando
Brian Hyland tenía el número uno en
todas las listas con esa mezcla de
chachachá, calipso y rock and roll, y
caminaba con su pelo rubio entre esas
casas de grandes portales que empezaban
a caerse en la Calzada del Cerro.
Pero nosotros nunca supimos. Estábamos
distantes en el sótano bailando con
Obdulio y Nicolás Leonard que trajo al
fin el Hit Parade de la Juventud. Esa
noche escuchamos a Cliff Richard, y
tomamos ron con Coca Cola por primera
vez, de una botella sin etiqueta que
trajo Brache cuando volvió de pase. Allí
nos encerramos a comentar la muerte del
presidente Kennedy, el Caso Profumo, la
renuncia de Harold Mc Millan, a
probarnos el primer pantalón sin
pliegues, a escuchar el rumor de que
había un grupo inglés que tocaba mejor
que Elvis Presley.
Ahora tomábamos y fumábamos
regularmente, bajo otra luz teñida de
azul, oyendo a Los Platters, a Blue
Diamonds, a Johnny Mathis, asombrados
con los botines de punta estilete que le
habían mandado de afuera a Roberto
Natchar. Bebíamos, a pico de botella,
comíamos coffe cake que nos robábamos de
la cocina, entraban y salían los discos
de Billy Cafaro, Luis Aguilé, Los
Camisas Negras, Tommy Sand, Chuck
Robert, Richie Nelson, y se hablaba de
las fiestas de perchero, de las
descargas, del Mozambique, de los bailes
en el Salón Mambí, de las putas de
medianoche en el Coney Island, de los
chernas y los buganviles en el Paseo del
Prado, de la carrera espacial, del
rompehielos Lenin, de los tocadiscos
checos como el que un día trajo Roberto
Jiménez junto a un disco de Everly
Brothers.
Nicolás me obliga a bailar casino para
que deje la patobobería y me decida a
fajarle a Gloria, la rubia de ojos
verdes del grupo 26. Yo me había
enamorado en un soplo y me sentía
ridículo ante ella, todos los días
apostaba un coffe cake con Nicolás
Leonard a que iba a fajarle mañana. Y
mañana me quedaba lelo, sin palabras,
junto a la cancha de básquet donde los
grandes jugaban al duro y las muchachas
se estremecían al verlos, y Gloria
saltaba con las manos al pecho cuando
Alberto Verde hacía canasta. A Gloria la
veía muy poco, por el miedo, y me
encerraba en la biblioteca o en el
taller de artes visuales. A ella le
gustaba Vicentico Valdés y se quedaba
arrobada al escucharlo por el altavoz.
Luego se paraba en un rincón del patio
con sus medias blancas hasta las
rodillas y su blusa gris donde a veces
palpitaban sus senos, y con sus manos
finas y blancas de uñas recortadas se
arreglaba el pelo y se zafaba la
hebilla. En los recesos, bajo los
árboles, caminaba con su amiga Mercedes,
que era fea y tenía un lunar de sangre
en el mentón, y se detenía junto al
carrito de granizado. Yo me quedaba
detrás, mirándola fijo.
Una tarde se dio vuelta bruscamente y me
sorprendió con sus ojos verdes de largas
y oscuras pestañas. Dime, tú eres bobo o
qué. Lo dijo así, con esa lucidez y esa
frialdad de las habaneras, y su amiga
Mercedes se echó a reir, tapándose la
boca. Ya no recuerdo que hice. Al
anochecer, me persiguió por fuera del
muro de ladrillos que rodeaba a Bisbé y
me pidió perdón. No. En realidad no me
pidió perdón, más bien se recogió ante
mí con una cierta pena que la hizo más
bella, y se ruborizó. Sólo fue mía en
ese instante, me dio la espalda y salió
corriendo por 5ta. B. Fue la primera
novia que pude tener y no tuve. La
primera de tantas cosas idas, rotas.
Caía una fina llovizna sobre los
almendros del patio y me detuve allí
hasta que oscureció. Luego fui al baño y
me miré al espejo, y me vi joven como no
he vuelto a verme. Esa noche no bajé al
sótano a pesar de que Roberto Jiménez
fue a buscarme porque habían traído un
nuevo disco de Vic Damone.
Pero ha ocurrido algo en esos días, en
esa bruma ancha y tenue de la calle 60
en Miramar. Ha ocurrido un silencio en
el sótano bajo la luz teñida de azul del
bombillo de cincuenta bujías que trajo
Obdulio junto a un disco de Peggy Lee.
En las noches, y en algunas mañanas,
sólo se habla de un Cuarteto Inglés, y
el sótano es un hervidero de gentes de
los otros albergues que traen noticias
de los dioses ocultos. Dicen que tocan
distinto, y gritan en todas las
canciones, y tiembla la tierra con
Please, Mr. Postman. Nicolás ya los
oyó en una descarga la semana pasada y
baja la cabeza y levanta los brazos. Hay
un humo alrededor de él, y hasta un halo
de luz, y de pronto, Nicolás se ha
convertido en un nuncio, un elegido.
¿Son como Elvis? No. ¿Son como Little
Richard?. No. ¿Son como Jerry Lee Lewis?
No sé, asere, no se puede explicar.
Bajan de los aviones rodando por las
escalerillas, saltan sobre unas ruinas,
y tocan Twist and Shout, y se
visten con trajes oscuros, sin solapas,
y usan botines con tremendos tacones, y
son altos, risueños, melenudos, dan
vueltas de carnero, chillan y sueltan la
batería a todo lo que da. Y Jorge
Carciarena dice que sí, que Nicolás
tiene razón, y ahora todos lo miramos a
él y Nicolás se queda en la penumbra sin
el halo de luz que lo rodeaba antes.
Jorge nos dice que ya tienen dos long
playings y están acabando en Inglaterra
y arrasan con todo y ya son millonarios,
y nosotros como sordos allí, en un
silencio que se hace más profundo
mientras se oye a Peggy Lee como lejana.
Esa distancia no la juzgábamos entonces,
pero se hacía cada vez mayor, sobre todo
cuando Peggy Lee cantaba Fever.
La canción se quedaba atrás con una
insinuación que no nos conmovía, a la
espera de algo extraordinario que no
conocíamos y que estaba destinado a
llegar. Quedaba un rescoldo de su ritmo
antiguo, algo de blues que no era
nuestro, frente a una ansiedad por lo
que ya existía y nos pertenecía
enteramente porque aquellas noticias del
Cuarteto Inglés se agrandaban y llegaban
a nosotros y nos hacían crecer tan
rápido como la luz que asoma detrás de
los techos, cuando el amanecer enfría el
aire y el cielo se ve pálido sobre los
verdes almendros del patio.
Una mañana, oh, Lucille, Roberto
Jiménez salió del sótano y me llamó en
la sala. Corre, ven, para que oigas a
Los Beatles. Roberto está vestido con un
pantalón verde olivo de grandes
bolsillos, una camisa gris y un par de
mocasines de suela fina como esos que
usa Mocosisi. Lo veo venir, lo escucho,
extiende un brazo para avisarme, y da
media vuelta al estilo habanero, que es
un salto en el mismo sitio y un giro en
que parece que el cuerpo va hacia atrás,
pero va hacia adelante. Corre, ven. Y
bajo por el descanso de la escalera,
recorro el pasillo y entro al sótano, y
escucho el impacto de unas voces
acopladas y únicas, y extrañas, y las
guitarras adentro de esas voces, y la
batería junto a esas voces y esas
guitarras, y un sonido de monedas que
caen del bolsillo de Dios, y una
tristeza. Veo a Rojas con la carátula de
un disco en la mano, y allí mismo, un
montón de fotos pequeñitas con las caras
risueñas y múltiples, y escucho algo que
no puedo captar, un estruendo sin
melodía que lo estremece todo. Se cae el
sótano con todos los discos de rock and
roll, y las negras bellísimas
retroceden, y Little Richard se levanta
del piano y todos están muertos. Muerto
Elvis, muerto Paul Anka, muerta la voz
de Peggy Lee, la ansiedad de Gene
Vincent, la locura de Jerry Lee Lewis y
las ciudades muertas de Alabama y
Missouri. Muerta la música y vuelta a
renacer con el sonido que va a todas
partes y entra y sale de los oídos en
una órbita nueva, y yo miro las fotos,
la cara de Rojas, de Roberto, aquel
disco pequeño que gira sin cesar bajo la
aguja del tocadiscos checo.
Todavía no sé qué ocurrió. El disco
entró y salió del sótano aquella mañana
y se quedó la noche y Little Richard.
Los Beatles no volvieron a pasar por
allí y se creó un vacío inmenso ante Los
15 de Paul Anka y el Elvis regresa.
Nadie volvió a escuchar a los Camisas
Negras ni a Manolo Muñoz, desterrados de
pronto por sus voces antiguas. Ni
Roberto ni yo volvimos a fugarnos a los
bares de Séptima a escuchar a Luis Bravo
y a Luis Aguilé. La nostalgia empezó de
otra manera, es decir, al revés, antes
de que empezara la alegría, y los que no
pudieron escuchar a Los Beatles
renunciaron a todo. Ahora sólo
soportábamos Lucille en esa
oscuridad azul del sótano, y poníamos a
los otros para recordarlos. Obdulio se
agachaba frente a los discos viejos y
los volteaba una y otra vez. Daba
lástima escuchar esa música, bailar
casino, comer coffe cake y sentir la
nostalgia que crece entre nosotros al
final de la noche cuando la luz se
filtra por la ventana izquierda y Brache
zafa el bombillo azulado, y nos quedamos
solos, más solos que nunca.
En ese fin de año, un poco antes de las
Navidades, o de aquel simulacro de
Navidades donde no hubo ni cena ni
turrón, nombraron a Carrasco
administrador de la escuela y nos
quitaron también el desayuno.
Y llovió, llovió mucho durante aquel
invierno, y nos dieron abrigos
enguatados de color verde olivo y unas
botas pesadas de casquillo redondo que
resonaban encima de los charcos.
Demetrio Pila se hizo novio de Gloria y
prometió una noche que iba a traer a Los
Beatles. Estaba medio en nota y juró que
tenía en su casa el último long playing.
Yo me enfermé de gripe y me internaron
en la clínica de 20 y Primera, y Armando
Almaguer y Aldama, el Amigo del Amor y
la Amistad, me dijo allí que ya Los
Beatles se habían desintegrado,
muchacho, y que ahora sonaban Los King.
Cuando regresé, con las ojeras y la
palidez de la fiebre, ya sólo se
escuchaba con placer el Little
Richard's Greatest Hits que era de
la prima de Esponda.
Pero aún continuaba la noche y el
desplome del sótano y las ruinas de
Billy Cafaro, Richie Nelson, Pat Boone,
los cigarros furtivos y las órdenes
precisas de Richard de que apagáramos de
una vez esa luz. Valle lo sabía. Pero no
actuaba, o lo hacía de un modo
invisible, mientras caminaba como dando
tumbos antes de llamar a formación.
Valle miraba rápido y apenas sonreía.
Tenía la piel de un negro azulado, y los
ojos saltones, con un brillo inteligente
en la mirada. No imitaba a los negros,
ni usaba pañuelos en el cuello, ni
mocasines, ni zapatos de hebilla y tacón
hollywood. No mostraba tampoco ningún
atisbo de frivolidad. Ya era un cuadro,
con don de mando y todo. Le gustaba la
Física y el ajedrez y prefería el
silencio de la noche. En el fondo era
buena persona, de Las Villas. Pero era
de la Juventud.
En esos días, a pesar del desplome, que
era más bien íntimo y sentimental, y aún
invisible para los extraños, el sótano
se entendía con otros por medio de
señales de humo y ya éramos como las
hormigas topándonos cabeza con cabeza y
comunicándonos un nuevo disco. Ese
ritual imprevisto afectaba los intereses
de la dirigencia de convertirnos a todos
en estudiantes modelos, asépticos y
uniformados. El rock se transformaba en
enemigo y creaba un ambiente disoluto,
un humus mental que nos volvía rebeldes,
inconformes. Solamente en el sótano nos
sentíamos a gusto, lejos de los
matutinos y las marchas diarias para
entrar y salir de la escuela. En el
sótano se nos olvidaba que salíamos de
pase una vez al mes, que teníamos que
vivir encerrados, que había una frontera
en la Séptima Avenida que no podíamos
sobrepasar. Por eso limpiábamos mal, a
disgusto, y tendíamos las literas a
disgusto, y comíamos también a disgusto
aquella especie de papilla rusa que
comenzaron a dar en el almuerzo. Algo
nos oprimía desde afuera cuando Valle
inspeccionaba la limpieza, el agua de
creolina y los turnos en el fregadero.
Valle nos miraba actuar y masticaba
lentamente y a veces le reía un chiste a
Brache o a Guillermo el cómico.
Tamborileaba con sus dedos oscuros,
revisaba las bandejas de aluminio y la
altura del pelado alemán. Todo lo miraba
y todo lo tocaba y hasta elogió una vez
el pantalón estrecho con el que regresó
de pase Roberto Natchar.
Una tarde, a pesar del elogio, nos llamó
a Brache y a mí a su litera del segundo
cuarto. Nos miró desde arriba con ese
brillo inteligente en sus ojos. No vayan
más al sótano, nos dijo, con el tono de
una advertencia definitiva. Brache y yo
nos miramos con temor y luego lo miramos
a él. No vayan más, repitió. Ustedes
tienen el mejor promedio del grupo y no
quiero que se vean envueltos en un
Consejo Disciplinario, Brache empezó a
sudar muy tenuemente, y yo sentí un
escozor en la espalda, en las rodillas,
una rápida sensación de miedo. Un
extraño silencio nos selló los labios
mientras Valle se acomodaba arriba y
acercaba su cara a nosotros. Ya saben
por qué se los digo y ahora no se hagan
los inocentes. Allí fuman y toman ron y
bailan hasta las diez de la noche, Y eso
está prohibido. Y no es que un día
escuchen esa música, es que ya lo sabe
todo el mundo y vienen de otros
albergues a reunirse aquí. Estamos
informados de lo que hacen y eso está en
contra del reglamento, de nuestros
principios. No me gusta amonestar a
nadie, pero están advertidos. Si ustedes
dicen algo a los demás, y el sótano no
vuelve a reunirse, sabré que están de
parte de ellos, y si deciden no ir, de
parte de nosotros. En ese instante la
cara de Valle tomó un color cenizo y sus
ojos oscuros y saltones brillaron
intensamente. Levantó una mano con
displicencia y ni siquiera hizo un amago
de sonrisa. Ni Brache ni yo hablamos
entonces. Valle nos comprometía en su
decisión y nos castigaba de la peor
manera, poniéndonos un secreto en las
manos que no podíamos revelar.
Esa noche salí al patio y vi la luna
llena sobre el cielo de Miramar Un frío
interior me nublaba por dentro y me
hacía temblar. Yo no podrá regresar a
casa expulsado de la beca, pero tampoco
podía callarme. Estaban los otros, mis
amigos, mis verdaderos amigos. Estaba
esa unidad invisible que había nacido
sin ningún interés, como nace la amistad
en la música. Estaban Nicolás, Obdulio,
Esponda, Roberto Jiménez. Y estábamos
solos, Brache y yo. Sudé frío en al
noche bajo la frazada e imaginé mi
expulsión, y no pude concentrarme al día
siguiente parea la prueba de Química.
Las fórmulas me bailaban en la cabeza
mientras observaba por la ventana del
aula el patio vacío, y el muro de
ladrillos, y los carros que pasaban
veloces por la Quinta Avenida.
Aprobé, sin embargo. Durante dos días no
bajé al sótano y los demás notaron mi
ausencia. Brache bajó al tercer día con
el rostro sombrío y un asomo de barba en
la cara. Yo lo seguí, en silencio, y
tocamos de nuevo en la puerta. Estuvimos
un rato, sin fumar, y sin hablar con
nadie. La música me atravesaba
sordamente pero no la sentía. Me
atormentaban los ruidos y el silencio y
el rasponazo del disco entre canción y
canción. No podía hablar, no podía
gritar con Little Richard en la vaga
traición que me ponía de un lado, y en
la vaga distancia que me ponía de otro.
Una noche, otra noche.
Un solo de violín en un instrumental de
Percy Faith y el humo azulado que
asciende y envuelve las cabezas y los
rostros en un tiempo nocturno,
indefinido.
Ni Brache ni yo nos dimos cuenta pero la
noche se vino abajo. Estábamos casi
todos, fumando. Esa vez trajeron una
placa de Los Beach Boys que
sonaba bastante difusa y un montón de
cigarros mentolados con el nuevo sistema
de meterlos adentro de un pomo y
dejarlos así, a la intemperie. Tocaron a
la puerta, pero no fue con dos toques
primeros, un silencio, y dos toques
después. No. Fue un toque imperativo,
violento, con una voz de mando que
resonó en el pasillo y un corrientazo
que sacudió al sótano y los cigarros
desaparecieron por la persiana abierta y
Esponda empezó a ahuyentar el humo y se
olvidó de apagar el tocadiscos. Brache
alzó los brazos. Richard abrió la puerta
con la serenidad de los habaneros ante
el peligro, y entró Carrasco, el
administrador, con su abrigo enguatado
verde olivo encima de un pulóver blanco
que tenía en un círculo rojo a un becado
con Kepis, inclinado sobre un libro, un
becado como se suponía que fuéramos
nosotros, y dio un par de zancadas con
sus botas de casquillo redondo hasta el
tocadiscos, levantó el disco de Little
Richard y lo estralló contra la pared.
Aquí está prohibida la música americana,
gritó, con un ligero temblor en los
labios, mientras los pedazos del disco
caían para siempre en cámara lenta y las
negras de sortijas baratas hacían
silencio. Valle entró detrás, mohíno,
con sus ojos oscuros y saltones. Aquí
está prohibido beber, y agarró de un
tirón la botella sin etiqueta que tenía
un fondito y la lanzó contra el piso de
cemento. Los cristales se dispersaron
ante los pies de Roberto Jiménez con una
implosión extraña, como si la botella no
se hubiera roto de esa manera y un aire
de adentro separara los cristales uno a
uno para que no se volvieran a juntar.
¿No lo saben? Está prohibido fumar, y le
arrebató el pomo a Obdulio y se le
vieron sus ojos claros y su pelo canoso
pelado al cepillo. El pomo se hizo
añicos cuando cayó de sus manos nervudas
de hombre viejo y el olor a mentor subió
y subió. Están prohibidos los mocasines
y el pantalón estrecho y se fue encima
de Nicolás Leonard, que como había
imitado a los negros, conservaba una
calma tensísima y hasta desafiante.
Vamos a desintegrar el albergue, he hizo
así con el índice de derecha a izquierda
entre el resto de humo que quedaba en la
última noche del sótano. Todos van a
Consejo Disciplinario, dijo, resoplando
con la nariz, azulado por el bombillo y
dirigiéndose a Valle. Todos.
Durante una semana vivimos en un sueño o
en el acto mecánico de levantarnos,
asistir a la escuela, regresar y dormir.
Sentíamos la levedad en los cuerpos, el
miedo de que fuera mañana, o pasado
mañana, un sentimiento de culpa y
extrañeza, la sequedad en los labios
cuando Valle nos llamaba a formación. Yo
sentía una íntima quietud al marchar
hacia el pontón de la escuela, al
liberarme de una culpa personal que se
atenuaba en mí por la desdicha del
destino común. Ya la música salía de
nosotros y nos rodeaba una aureola, una
vibración de luz que alcanzábamos sin
querer porque el rumor hecha con ron,
discos de rock y cigarros mentolados nos
perseguía a todas partes.
Al final no se hizo el Consejo, pero el
albergue fue desintegrado. El sótano fue
convertido en almacén por unos obreros
de la Subzona, y Roberto Natchar fue a
parar al grupo 24 y Brache se fue de la
beca y Nicolás cayó con Obdulio y
Roberto Jiménez con Jorge Garciarena, y
yo con Esponda en el Infierno Verde, el
albergue del grupo 26 que estaba en la
esquina de 44. Allí escuchamos a Los
Beatles por segunda vez en una placa que
trajo Nelson Vila envuelta en un papel
de estaño. La sensación no fue la misma.
Recuerdo que no bailamos, nos situamos
alrededor del tocadiscos y escuchamos en
silencio. Esponda lloró esa noche sobre
la litera porque no tenía como pagarle a
su prima el disco roto.
Después fuimos a recoger café y nos
dispersamos por las montañas de Baracoa.
Al regreso, nos vimos algunas veces en
el receso del patio o de formación a
formación, en las tardes, y volvimos a
dispersarnos al terminar los estudios de
Secundaria, y Nicolás se fue a Tarará, y
antes de irse me regaló una novelita de
vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía
que se llamaba El jinete del diablo,
con una dedicatoria: "A mi amigo el
Francis, a pesar de todo, de su amigo en
la beca Nicolás Leonard Cribeiro". Me
sonreí y me temblaron las manos. Nicolás
tenía la mochila en la espalda y algo en
la voz le había cambiado. Nícolo, me
atreví a preguntarle, ¿por qué a pesar
de todo? Sí, a pesar de todo, porque tú
lo sabías, tú y Brache lo sabían y no
nos dijeron nada.
Hay un violeta oscurecido al fondo y una
luz que se pierde en un punto de la
calle 60 en Miramar. Obdulio se difumina
en ese tono, y Roberto, y Esponda, y el
muro de ladrillos de Manuel Bisbé, y yo
conocí a Julio César Imperatori una
mañana en el Instituto Preuniversitario
Héroes de Yaguajay y le vi cara de hijo
de dirigente que viaje al extranjero y
enseguida le pregunte a bocadejarro si
tenía discos de Los Beatles. Inclinó la
cabeza, con suficiencia, como hacen los
habaneros, y me dijo que sí. Fue el
comienzo de una larga amistad.
Ahora está nevando sobre Estocolmo y yo
sigo siendo pobre, pero ya no me
importa. También soy un dirigente -que-
viaje- al - extranjero- por un tiempo,
claro, y mi sobrino Ricardo Arturo me
pide discos de BoyzIIMen, AC/DC,
Nirvana, y todo lo que encuentre de rock
alternativo. Voy a una tienda de segunda
mano en Riddarholm, o Islote de los
Caballeros, en un enorme descampado
donde venden comida y ropa usada. Los
copos caen sobre los techos rojos y se
dispersan movidos por el viento. La
tienda está metida en un sótano,
atiborrada de lámparas y trastos y
muebles desechados, pasados de moda. Un
chileno gordo y risueño con cola de
caballo me invita a ver los discos
antiguos que vende por 30 coronas cada
uno en una cajas clasificadas de cartón.
Tiene decenas de discos de acetato de
tantos cantantes que desconozco y que
nunca voy a escuchar, y saco uno y otro,
y encuentro el Originals Hits del
viejo Paul, y su ayudante, o algo así,
quizá para que compre el disco, me mira
sonriente y me pregunta. ¿Cuál es la
mejor canción de Paul Anka? My way,
le respondo, pero no es suya sino de
Claude Francois; él sólo hizo la versión
al inglés y se la dio a Sinatra. Después
la grabó en vivo y suena
maravillosamente. El hombre me mira con
cierta sorpresa. Por cierto, añado,
Sinatra está grave, se está muriendo.
Ah, me dice, que pena, no lo sabía. Más
tarde encuentro a Paul Anka's
Greatest Hits -el disco con que nos
traicionó pasándole sus viejos éxitos a
la RCA Víctor-, y el The Times on
your Life, que nunca había
escuchado, y tengo que decidir entre uno
y otro, y puede más el recuerdo. Escojo
el disco de la traición, a pesar de
todo, y el disco que grabó en la cumbre
con la Orquesta de Joe Sherman y en el
que destruyó para el futuro la belleza
original de sus primeras canciones.
Después veo el Anka at the Copa,
que trae "My home town", y la mano me
tiembla, pero no puedo gastar tanto
dinero, y el Twist and Twist de
Chubby Checker, y el Todos los éxitos
de Neil Sedaka, y detrás de ese álbum
encuentro el disco de Esponda, el mismo
disco que llevó al albergue, el
Little Richard's Greatest Hits que
milagrosamente estaba intacto.
Pongo el disco en el plato con mucho
cuidado, le doy al automático y le sale
de pronto una voz áspera y antigua que
se va por la aguja hacia arriba. Detrás
viene la música con un saxo tenor, y esa
nostalgia que es algo que nadie me puede
arrebatar, y viene a mí Little Richard
con sus flux blanco de seda revelándome
que alguna vez tuve trece años, catorce
años, quince años, una nostalgia antes
de la nostalgia, y un destino, que pudo
ser otro, y unos amigos que creyeron en
mí, y esa música de rock and roll, el
sonido original de Lucille que me
lleva muy lejos como al humo en el
sótano, y unas palabras para salvar esta
memoria entre todas las memorias
posibles, y por eso amanece, amanece en
el disco por primera vez, cuando puedo
entender que Little Richard perdona a
Paul Anka y me perdona a mí mientras
sigue tocando para esa inmensidad.
Francisco López Sacha.
(Granma, 1950).
Narrador,
ensayista y profesor de arte. Durante
trece años fue profesor de Pensamiento
Teatral en el Instituto Superior de Arte
de La Habana. Ha publicado El
cumpleaños del fuego (novela, 1986,
1990), Descubrimiento del azul
(cuento, 1987), La división de las
aguas (cuento, 1987), Análisis de
la ternura (cuento, 1988) y La
Nueva Cuentística Cubana (ensayo,
1994). En 1994 publicó también Fábula
de ángeles, antología de nuevos
narradores cubanos, y en 1996 La Isla
Contada, el cuento cubano
contemporáneo, que tuvo dos ediciones en
España, una en Portugal, otra en Brasil,
y otra en Italia. En 1997 publicó en
México su antología personal Figuras
en el lienzo. Es subdirector del
Taller de Formación Literaria "Onelio
Jorge Cardoso". |