Año VI
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Platanito
Amado del Pino • La Habana

Ya se sabe que hay personajes que marcan la fisonomía espiritual de los pueblos y ciudades. Cuando pasan los años, esos seres pintorescos —muchas veces a caballo entre la mendicidad y la bohemia— se tornan más legendarios y nos olvidamos bastante de su dolor, penuria o desasosiego.

De niño pude ver varias veces al Caballero de París, célebre caminante melenudo que, por entonces, prefería los alrededores de la pizzería en la céntrica esquina de 23 y 12. Del Caballero se ha escrito y comentado mucho. El hondo trovador Pedro Luis Ferrer tiene una canción formidable sobre sus andares. En la zona más clásica de La Habana Vieja se ha instalado una escultura que lo perpetúa en medio del cotidiano deambular.

Eugenio Hernández Espinosa —uno de los esenciales dramaturgos cubanos—  ha escrito un monólogo sobre otro mito habanero. La China resultaba un poco gritona pero simpática. Su frase preferida era “¡Qué bueno es  morirse con ella adentro!”, ante la suspicacia del auditorio, La China aclaraba zalamera: “Con la alegría, caballeros, con la alegría”.

En Chambas —pueblo medianito de la zona central de Cuba, en la actual provincia de Ciego de Ávila— fue muy popular Platanito. En este caso no puede hablarse  de un mendigo o vagabundo al uso. Platanito trabajaba duro cada amanecer, barriendo las calles de todos. A diferencia del más bien atolondrado y grotesco Pancho Mesa —que conocí en mi Tamarindo—, el buen barrendero no buscaba que le gritaran ni tirar piedras y convertirse en el centro. Fue siempre silencioso y apenas se sentía. De tarde en tarde, cuando se le subía demasiado el ron  —que consumía con frecuencia y discreción— se le oía gritar algún breve discurso, salpicado de eses. Por ejemplo, para evocar su nombre (o tal vez su vianda preferida) exclamaba: ¡Plátanosss!      

Se comentaba por el pueblo que la rara vez que pedía cinco o diez pesos prestados los pagaba con desusada puntualidad. Poco más se sabía de este hombre que no era oriundo de Chambas, sino que llegó un día y se instaló, esgrimiendo su escoba, su delgadez, la propensión  a gritar poco y con esa tendencia vehemente a las eses que pluralizaban su soledad.

De vez en cuando recuerdo a Platanito. La memoria de mi padre me lo trae de vuelta. Cuando en la escuela en la que trabajaba se formaban los típicos comentarios sobre los cambios de jefes y las características o desventajas del próximo que estaba destinado a mandar; el viejo mío —con esa lógica aplastante de los que venimos de pobres y de trabajadores no hemos salido— afirmaba: “Yo voy a seguir cumpliendo y sin molestar a nadie. Como no quiero el cargo y me gusta mi trabajo, por mí como si ponen a Platanito”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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