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Ya se sabe que hay personajes que marcan
la fisonomía espiritual de los pueblos y
ciudades. Cuando pasan los años, esos
seres pintorescos —muchas veces a
caballo entre la mendicidad y la
bohemia— se tornan más legendarios y nos
olvidamos bastante de su dolor, penuria
o desasosiego.
De niño pude ver varias veces al
Caballero de París, célebre caminante
melenudo que, por entonces, prefería los
alrededores de la pizzería en la
céntrica esquina de 23 y 12. Del
Caballero se ha escrito y comentado
mucho. El hondo trovador Pedro Luis
Ferrer tiene una canción formidable
sobre sus andares. En la zona más
clásica de La Habana Vieja se ha
instalado una escultura que lo perpetúa
en medio del cotidiano deambular.
Eugenio Hernández Espinosa —uno de los
esenciales dramaturgos cubanos— ha
escrito un monólogo sobre otro mito
habanero. La China resultaba un poco
gritona pero simpática. Su frase
preferida era “¡Qué bueno es morirse
con ella adentro!”, ante la suspicacia
del auditorio, La China aclaraba
zalamera: “Con la alegría, caballeros,
con la alegría”.
En Chambas —pueblo medianito de la zona
central de Cuba, en la actual provincia
de Ciego de Ávila— fue muy popular
Platanito. En este caso no puede
hablarse de un mendigo o vagabundo al
uso. Platanito trabajaba duro cada
amanecer, barriendo las calles de todos.
A diferencia del más bien atolondrado y
grotesco Pancho Mesa —que conocí en mi
Tamarindo—, el buen barrendero no
buscaba que le gritaran ni tirar piedras
y convertirse en el centro. Fue siempre
silencioso y apenas se sentía. De tarde
en tarde, cuando se le subía demasiado
el ron —que consumía con frecuencia y
discreción— se le oía gritar algún breve
discurso, salpicado de eses. Por
ejemplo, para evocar su nombre (o tal
vez su vianda preferida) exclamaba:
¡Plátanosss!
Se comentaba por el pueblo que la rara
vez que pedía cinco o diez pesos
prestados los pagaba con desusada
puntualidad. Poco más se sabía de este
hombre que no era oriundo de Chambas,
sino que llegó un día y se instaló,
esgrimiendo su escoba, su delgadez, la
propensión a gritar poco y con esa
tendencia vehemente a las eses que
pluralizaban su soledad.
De vez en cuando recuerdo a Platanito.
La memoria de mi padre me lo trae de
vuelta. Cuando en la escuela en la que
trabajaba se formaban los típicos
comentarios sobre los cambios de jefes y
las características o desventajas del
próximo que estaba destinado a mandar;
el viejo mío —con esa lógica aplastante
de los que venimos de pobres y de
trabajadores no hemos salido— afirmaba:
“Yo voy a seguir cumpliendo y sin
molestar a nadie. Como no quiero el
cargo y me gusta mi trabajo, por mí como
si ponen a Platanito”. |