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Durante los meses de julio, agosto y el
pasado septiembre el Circo Nacional de
Cuba estrenó en la carpa Trompoloco el
espectáculo La lámpara maravillosa
con dirección artística del maestro
Alberto Méndez, Premio Nacional de Danza
2004. Ante todo, debo reconocer, si de
circo se trata, la significación que
tiene para nuestras artes circenses la
fundación de la carpa Trompoloco,
espacio que condicionará un encuentro
sistemático entre los creadores y su
público, y contribuirá a elevar la
madurez de nuestra escuela de circo a
pasos agigantados.
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El universo circense es un tejido de
confluencias entre prácticas corporales,
populares, carnavalescas, en el que el
virtuosismo, la magia, el encantamiento,
el entretenimiento, son principios
inviolables que deben regir sus
proyecciones, que a lo largo de los
años, pues hablamos de un arte
milenario, no solo han apresado a las
multitudes de público, sino el interés
de otros lenguajes artísticos
(literario, cinematográfico, pictórico,
musical, dramático). Basta repasar la
filmografía de Fellini, por citar un
ejemplo, La strada (1954) o
I Clowns (1971).
Películas que evidencian la obsesión del
director italiano por la atmósfera
circense, sus protagonistas, la
efectividad en la apropiación de estos
componentes y la maestría en el
tratamiento orgánico del vínculo entre
los dos lenguajes: circense y
cinematográfico.
Y aunque lo anterior pudiera parecer una
digresión, uno de los elementos que
siento que debilita La lámpara
maravillosa es precisamente la
relación disonante entre los tres
lenguajes que el espectáculo pretende
fusionar: el del circo, el danzario y el
dramático. Este parte de una serie de
intervenciones circenses
(contorsionismo, malabarismo, acrobacia,
magia, equilibrismo, payaso,
tragafuegos) insertadas en una supuesta
historia: los viajes aleatorios de
Aladino por países del Viejo y Nuevo
Continentes y sazonadas/ambientadas por
las coreografías del Cuerpo de Baile del
Teatro América.
De ello resulta una trama que se agota a
sí misma y que se descubre como pretexto
para introducir los diferentes números
de forma ingenua, mecánica y con
elementos reiterativos y poco elaborados
desde las pautas dramáticas, musicales,
coreográficas y de artesanía de la
imagen. Cito en este último punto el
tratamiento de la alfombra mágica
en la que Aladino recorre el mundo. Los
espectadores vemos una plataforma móvil
que se desplaza con un ayudante de
escena dentro, el cual muestra sus pies
todo el tiempo.
Ante detalles como este, que impregnan
el espectáculo, – recuerdo que mientras
asistíamos al vuelo del genio y los
diversos niveles que explora,
constatábamos también cómo un grupo del
personal técnico luchan, entre la carpa
y Quinta Avenida, para sostener el peso
del mismo– el encantamiento del circo se
destruye, uno vivencia el entrenamiento
del artista y cómo sus trabajos se
construyen, cuando en el circo el factor
sorpresa y lo inexplicable de los
empeños físicos que se muestran, a
sabiendas que es puro oficio y trucaje,
la espectácularidad, deben guiar la
emoción del espectador.
Cuando Aladino termina su recorrido,
llega a Cuba y el montaje tiene un
tiempo en pista considerable, la
historia aún no culmina, el genio le
concede un pequeño circo y todo se
inicia nuevamente, como anexo forzado de
lo anterior, con la notable diferencia
de desempeños circenses más virtuosos,
como el trío de acrobacia en mimbre
integrado por Reinier Pérez, Utnier
Aquino y Daikel Castillo. La historia no
da para más y todavía el presentador,
interpretado en un tono invariable todo
el tiempo por Yovany Pérez, anuncia una
última sorpresa: un pionero, con una
pañoleta de lentejuelas, hará gala de
sus dotes acrobáticas.
Si a lo anterior sumamos la
participación del Cuerpo de Baile del
Teatro América, jóvenes vitales pero con
escaso dominio de la técnica danzaria,
que vulgarizan en ocasiones el sentido
coreográfico de la propuesta, se podría
afirmar que en su totalidad, La
lámpara de Aladino, es el esbozo
perfectible de un maestro de la
coreografía cubana que, en esta entrega,
aún no ha encontrado la alquimia que
entrecruce los lenguajes circense,
danzario y dramático.
No obstante, el espectáculo presenta
unidades muy acertadas como el desempeño
del traguafuegos Rubén Dranguet, la
cortosionista Yenly Fuigueredo y algunos
números clownescos a cargo de Leonardo
González, Raymed Cruz y Ernesto Perdomo,
en particular el del caballo en forma de
neumático, ingenioso, dinámico y de un
despliegue de alta comicidad.
La carpa Trompoloco despide a Aladino y
a su equipo de creación luego de meses
de entrega y obstinación por mantener el
circo presente en nuestra cartelera
escénica. Y eso es un mérito
indiscutible de sus hacedores más allá
de las reflexiones en torno a la
estructuración y los resultados de la
misma. Concierto Habana es la
nueva cita que aguarda a los amantes de
esta manifestación escénica. Al menos
yo, estaré del otro lado de la pista muy
atenta a las notas de la orquesta. |