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I
"Hoy,
que la vida se hace cada vez más
fatigante y más destructora del sistema
nervioso, es más necesario que nunca
oponerle en el interior un ambiente de
paz y de economía general de esfuerzo.
Para conseguirlo es necesario que cada
elemento componente sea estudiado y
definido, y que ocupe su lugar con
exactitud matemática. Proporcionándolo a
su uso, el elemento adquiere valor
espiritual y plástico y contribuye a
crear el ambiente de tranquilidad y
satisfacción compensadoras.
Y es
en esta forma acabada y exacta que
encontramos ahora los tres elementos
principales de la decoración interior:
forma, luz y color. Si hemos de darle
preponderancia a uno de los tres, ha de
ser a la forma, ya que el interior es,
ahora, cosa de plástica esencialmente."
Clara
Porset (1931)
II
"Significativamente, la membresía
inicial de la UNEAC no contaba con
artistas cuya labor especializada fuera
el trabajo gráfico; no será hasta
pasados varios años que un cuerpo
notable de creadores de trabajo
sostenido y cualitativamente válido en
esta rama de la plástica constituyera
parte esencial del quehacer artístico de
nuestro país.
Los
primeros carteles cubanos de cierta
calidad, al abrirse la década del
sesenta, fueron los de temática
cultural: el Instituto de Arte e
Industria Cinematográficos (ICAIC),
luego el Consejo Nacional de Cultura (CNC),
la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC), y la Casa de las Américas,
comienzan a introducir un nuevo lenguaje
de comunicación por la imagen.
(…)
Varios organismos culturales acudieron,
para la elaboración de sus carteles, a
la obra de pintores de reconocida labor.
A Portocarrero, por ejemplo, se le
solicita el cartel del Primer Congreso
de la UNEAC (1961) y el de la
coproducción fílmica cubano-soviética
Soy Cuba (1964). En estos casos, se
trata más bien de una obra pictórica de
calidad, a la cual se añade un texto
informativo, sin mayor integración
unitaria. En otro campo de la gráfica
—el diseño de portadas de libros—, se
emplea también este recurso."
Adelaida de Juan (1983)
III
"Lamentablemente, este cartel [el de los
años 90] no se caracterizará tanto por
el número de receptores que perciben el
mensaje, sino por las veces que el
mensaje es percibido por un mismo
receptor (entiéndase un receptor
perteneciente a un sector muy específico
de la juventud de entonces). Por tanto,
su razón de ser se alcanza a media.
Pasada la actividad para la cual se
concibió, su corta tirada y limitada
ubicuidad terminan por hacer lo suyo: el
medio sobrepasa al mensaje. Luego —al
otro día, tal vez—, ya es casi obra
única, grata a coleccionistas o, en el
mejor de los casos —como en los malos
tiempos, ¡los mejores!—, propiedad de
los amigos más cercanos a los
diseñadores."
Jorge
R. Bermúdez (2000)
IV
"Si
usted visitó el Centro Comercial La
Puntilla cuando fue inaugurado, si
observó de cerca el desarrollo de las
tres ediciones de la Subastahabana, si
es lector habitual de las revistas
Artecubano y de
La
Gaceta de Cuba
o
consulta con frecuencia los catálogos de
artistas cubanos, entonces habrá tenido
la posibilidad de evaluar, sin
proponérselo, la obra de este
inquietante artista [Osmany Torres].
Me
atrevo a decir que a pesar del
anonimato, casi diabólico, al que se
exponen nuestros diseñadores, Torres ha
logrado sacudir la modorra de hora de
siesta que caracteriza a los
parroquianos del diseño en Cuba. No sé
por qué ni cuándo, pero nos fuimos
acostumbrando a un diseño sin conflicto,
resuelto con la aplicación académica de
la regla de oro, con la tipografía
adecuada a las circunstancias y, por
supuesto, para qué pensar, si todo puede
ser tan evidente. Torres, por suerte, no
quiere ni pretende seguir esa ruta y ha
decidido inquietarnos en cada nueva
empresa, ya sea con el diseño de una
revista, el interior de un edificio o
desde las páginas Web; no importa
tampoco si los fines son de promoción
cultural, social o comercial. Nunca nos
deja en cueros. Vamos y entremos, Osmany
nos espera, pero no es un camaleón."
José
Veigas (2005)
V
"A
pesar de ese alcance representacional
más que probado del diseño gráfico
—dentro del que siempre ha estado
vigente como condición obvia el espíritu
artístico— todavía en algunos sectores
de la cultura y la sociedad cubanas se
continúa fomentando su valoración desde
un punto de vista instrumental,
dependiente, en detrimento de un
análisis que distinga sus verdaderos
presupuestos y cualidades creativas."
La
Gaceta de Cuba
(2006)
VI
"Debemos considerar ahora cómo, entre
nosotros, no es frecuente la teorización
sobre el diseño; generalmente nos
limitamos a recordar con nostalgia la
“época dorada del cartel” o pretendemos
revivirla mediante la valoración de
carteles que aparecen en exposiciones
cuando —en realidad— son solo proyectos,
obras únicas que no llegan a plasmarse
como carteles. Es hora de prestar
atención a otras manifestaciones
gráficas, como los diseñadores de
stands para ferias comerciales, las
multimedias y la identidad corporativa,
que se han ido desarrollando y que, por
la calidad que en muchas ocasiones
presentan, son dignas de valoración por
los especialistas en arte. Debemos
recordar que, en los años 60 y 70, las
instituciones culturales, la prensa y la
crítica estuvieron siempre atentas a la
valoración del diseño gráfico en sus
espacios, lo que contribuyó en notable
medida al desarrollo de esa disciplina.
Los
realizadores de spots, como los
de otros productos gráficos, están
condenados a un anonimato del que
debemos salvarlos, más si evidencian un
talento especial, como el caso que nos
ocupa [Raúl Valdés, Raupa]."
Pedro
Contreras (2007)
VII
Sobre
todo fuera del ámbito del Instituto
Superior de Diseño Industrial (ISDI) es
donde debe primar la estrechez de debate
escrito con respecto al diseño de cuanto
nos rodea: objetos o soportes de
disímiles naturalezas. Tomar la pluma o
ponerse delante de un teclado para
plasmar ideas sabidas o intuidas para
así legitimar y difundir mejor un saber
determinado supone la actividad
intelectual. Por supuesto, ese saber o
hecho que llega a ser escrito será mucho
más útil si pasa a letra impresa, porque
el instinto del interesado es ir primero
a la búsqueda de lo publicado. Y durante
varios años, nuestros libros, revistas y
más tempranamente el mundo digital, han
sido testigos de reflexiones —de manera
fundamental— sobre el diseño gráfico de
carteles. Todos esos ensayos y
artículos, importantes de por sí, aluden
a una circunstancia visual que durante
décadas ha formado parte de nuestro
panorama cotidiano, aun cuando se trate
del cine, las librerías, las vidrieras,
las vallas, los postes del tendido
eléctrico, las paredes… en fin, del
paisaje (semi)urbano cubano que es
adornado tímidamente con diseños
gráficos. Nuestra cartelística ha sido
motivo de reflexión —y seguirá siéndolo—
por encima de otros productos del diario
vivir. Sobre nosotros pesa ya una
tradición de juzgar y hablar únicamente
del cartel o afiche cubano. O al menos,
en primera instancia.
No
solo profesores, escritores y críticos
han tomado a la cartelística cubana para
sus comentarios y exégesis, sino incluso
el audiovisual ha reflejado por la senda
del reportaje y la entrevista los
pareceres de sus máximos comprometidos:
los diseñadores. Por consiguiente,
criterios documentados de diferentes
épocas tenemos para suerte nuestra. Un
ejemplo reciente es Poética gráfica
insular (2007), documental del
periodista Rolando Almirante,
que se hermana un tanto con un artículo
de título similar
en el esfuerzo por la confrontación de
pareceres en torno los carteles de esta
Isla.
En
este audiovisual intervienen algo así
como dos generaciones de diseñadores
cubanos que brindan sus perspectivas,
ideas, vivencias sobre la cartelística:
de un lado, algunos de los clásicos o
maestros, Rafael Morante, Eladio
Rivadulla y María Elena Molinet; del
otro, los seguidores, algunos del
momento: Osmany Torres, Nelson Ponce,
Idania del Río y Raúl Valdés (Raupa).
Con la interrelación de planos de los
sujetos elegidos para reflexionar y el
uso del pastiche con alguna que otra
imagen de archivo —cita visual— se
levanta esta nueva obra apoyada en sí y
bastante intencional en la disciplina
del diseño: las locaciones de los
entrevistados, los efectos cinéticos,
las tipografías y los colores utilizados
lo atestiguan. Es un documental sobre
algunos momentos del cartel cubano, como
suele ocurrir en el plano literario o de
la escritura referente a la gráfica
insular. Está bien, es válido e
imprescindible.
VIII
En
todas partes estamos acompañados del
diseño. Está presente por doquier. Y
cada uno de nosotros percibe y evalúa
(casi) todo en materia de diseño que nos
pasa ante nuestra vista. Resulta
innegable, la vida es diseño en
densidad.
Los
frascos y cajas de perfume, el metro bus
(camello), la decoración de todo tipo de
espacios, los libros y las revistas
impresas y digitales, algunos efectos
electrodomésticos, los frascos de
bebidas (refrescos, cervezas, jugos…),
las vidrieras de las tiendas, los
estudios televisivos, las páginas web y
los boletines digitales, objetos para el
hogar (vasos, ventanas, puertas,
verjas…), vestuarios y calzados,
letreros institucionales, etcétera, que
nos circundan, son al mismo tiempo de
producción nacional y/o de factura
foránea. Ahondar objetiva y
científicamente en ellos supone mucho
más que la trivial comparación entre lo
que es nuestro y lo ajeno. Los gustos y
posibilidades personales buscan en
equilibrio a la función y la estética
que, en ocasiones, constituyen una
falla, sobre todo en cuanto a estética
se refiere.
Asumir un producto cualquiera en la
línea industrial debiera contener en
importante armonía lo funcional y lo
estético. La cartelística cubana ha
sabido llevarlos por décadas de modo muy
digno, a pesar de las adversidades
probables: carencia de colores, poca
abundancia de estos, verbigracia. El
diseño industrial y el gráfico en Cuba
afrontan ejemplos que despiertan elogios
o severos enjuiciamientos. Lo que sí es
una realidad es que profesionales ya
graduados, en fase de aprendizaje o a
punto de graduarse del ISDI generan o
archivan, aplican y logran proyectos con
alta dosis de utilidad que, a la larga,
nos benefici(arí)an.
Con
el ISDI el contexto social ha afrontado
las siguientes situaciones: diseñadores
que han asumido a las artes visuales
como instrumento discursivo para sus
ideas, por lo cual frente a los demás,
se presentan como artistas (pintores,
dibujantes, fotógrafos, instalacionistas,
humoristas); y diseñadores que ejercen
su oficio toda una vida en distintos
puestos laborales de la sociedad cubana.
Mis recuerdos inmediatos se solidarizan
con las estéticas del Gabinete Ordo
Amoris, grupo Spam, Andy Rivero, Ramiro
Zardoya, Alein Somonte, grupo Camaleón y
con cuantos "anónimos" diseñadores
tienen resultados que hablan en nombre
de ellos. Y por supuesto, como parte del
bregar diario y de una afinidad
temática, con mucha regularidad disfruto
y evalúo las soluciones compositivas
para publicaciones periódicas de dos
nombres (sonados) de estos tiempos: Pepe
Menéndez y Osmany Torres.
Siempre he pensado que el talento
interno, el de ciertos pupitres del ISDI,
debiera ser contextualizado aún más a
los ojos de una mayoría, es decir, ese
ingenio debiera tomar posesión de la
ciudad, sin tener que esperar a la anual
Feria del Libro Cubano y ¿qué otra cosa
más para enumerar? Cuesta trabajo
hacerlo. Las universidades del país,
cada rincón juvenil, una parada, un
jardín, un barrio, un Círculo Infantil…
son "soportes" idóneos para los sueños
de todo joven que no forma parte (aún)
de la tan mentada piñita grupal.
Obvio, los sueños en ocasiones tardan,
porque son costosos y exigen recursos.
Pero tal vez algo importante sea el
otorgamiento de una oportunidad para
quienes desde las aulas hacen diseño en
Cuba. Esto alienta bastante y permite
que se abran de par en par los
ventanales de la imaginación por tiempo
indefinido.
La
anterior idea, que me ronda hace mucho
tiempo, viene a enlazárseme con una
interrogante relacionada con un ejemplo
hoy ya conocido: ¿sabríamos del grupo
Camaleón de no haberse asociado con un
proyecto editorial como el de
La
Jiribilla
y
La
Jiribilla de papel?
Amén del talento y los nuevos bríos
gráficos de los jóvenes de Camaleón y de
sus victorias en concursos, la
penetración social de ellos, primero
para los lectores de Internet, luego
para los del papel —La
Jiribilla de papel,
carteles, libros, revistas—, sedujo
sabiamente hasta redimensionar a la
gráfica contemporánea cubana.
Si
antes primaron los nombres o firmas
individuales (Rostgaard, Muñoz Bachs,
Félix Beltrán, et al.) los
jóvenes de Camaleón triunfaron en grupo,
mientras juntos estuvieron. Se trataba
de una estrategia que dio resultados,
como otras tantas veces en el terreno
del arte cubano.
Las
individualidades de los amigos de
Camaleón y de sus integrantes en los
días actuales, aun cuando estén
acentuadas y aceptadas, delatan el sello
de cuando el grupo estaba en pie.
Todavía hoy ocurre y en muchas
direcciones —cubiertas de libros, diseño
de revistas, ilustraciones, spots
televisivos, carteles…— se siente el
tufillo de nuestro reptil gráfico,
porque la estética de Camaleón ha
superado las fronteras del cartel o de
los impresos y porque además sus
antiguos militantes no han dejado de
diseñar… camaleónicamente. Esa
estética está en casi todas partes. Es
modelo, ejemplo, guía y debiera ser
inclusive superada. Ella da sombra y
toda sombra es cómoda. Pero esto no
basta.
¡Qué
levante la mano aquel que no sea un
camaleón! Y aún más, ¡qué la baje
inmediatamente aquel que quede tan solo
en los reinos del modo camaleónico!
Hay que pensar y diseñar, y viceversa.
Como ha sido siempre: desde sí y a
partir de, con los rumbos
firmemente delimitados.
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