Año VI
La Habana

3 al 9 de NOVIEMBRE
de 2007

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Coloquio y (de cierta manera) exégesis e inventario

Joel del Río • La Habana
Fotos: Sandra Álvarez Ramirez y Archivo

 

Sara Gómez, la única mujer que ha conseguido dirigir un largometraje de ficción en Cuba durante los primeros 40 años del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, no merece el homenaje solo por su solitaria y excepcional condición. Marisol Trujillo, Ana Rodríguez, Mayra Vilasís, Rebeca Chávez, Miriam Talavera y Mayra Segura pudieron haber llegado al largometraje en fecha más o menos posterior al momento en que entró Sara por la puerta grande de la cultura nacional. Pero solo fue ella quien lo logró, y se quedó sola con el privilegio convertido casi en mito cuando uno sabe que murió de una crisis de asma y dejó inacabada su única película de ficción. 

No solo es la única en su clase, también destaca, incluso entre los realizadores, por su inconformismo, por su vertical enfrentamiento con una serie de errores, meandros, extravíos, en medio del delirio transformador emprendido por la Revolución en sus primeros 20 años. Sus documentales (Guanabacoa: crónica de una familia, 1966;…y tenemos sabor, 1967; En la otra isla, 1967; De bateyes, 1871; Sobre horas extras y trabajo voluntario, 1973), evidencian el deseo de la autora por mostrar las secuelas del subdesarrollo y los rezagos pequeño-burgueses respecto a la raza y al sexo.

Los problemas más complejos de la aplicación del socialismo en Cuba (la supervivencia del marginalismo, las religiones, el choque entre la nueva moral y los valores tradicionales, atávicos) precisaban a todas luces un enfoque documental, objetivo, personajes reales, testimonios veristas, intención y tono didácticos, voz en off, cámara en mano, naturalismo, contemporaneidad, todo ello vinculado a la estética documental, por ello es que su primer y único filme de ficción, De cierta manera (1973) una puesta en escena plena de apropiaciones formales típicas del canon documental.

Si bien De cierta manera ha sido estudiada secuencia a secuencia, para descubrir sus más íntimos resquicios de estudio complejo sobre las relaciones entre la racialidad, las diferencias sexuales en las culturas latinas y las teorías de izquierda sobre la emancipación femenina y la igualdad social, el cine cubano ofrece, entre los años 60 y 70, algunas otras experiencias intergenéricas, que cabalgan entre el documental y la ficción, como pueden serlo, Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea; Lucía (tercer cuento), de Humberto Solás; Primera carga al machete (1969), de Manuel Octavio Gómez; El hombre de Maisinicú (1973), de Manuel Pérez; Mella (1975), de Enrique Pineda Barnet y Retrato de Teresa (1979), de Pastor Vega, entre otros, mientras que entre los documentales aliñados con elementos fictivos o de puesta en escena, destacaron Hombres de Mal Tiempo (1968), de Alejandro Saderman; Muerte y vida en el Morrillo (1969), de Oscar Valdés y Girón (1972), de Manuel Herrera, por solo mencionar los documentales ficcionados que se realizaron en una fecha más o menos contemporánea con De cierta manera.


Fotograma de De cierta manera

Así que no es en la combinación de elementos fictivos y documentales donde puede encontrarse, solamente la excepcionalidad del cine de Sara Gómez. Según el crítico cubano Juan Antonio García, una de las virtudes siempre notables de esta cineasta consiste en la sugerente capacidad de su cine para dinamitar límites, ya fueran generacionales, artísticos o sociales. “Junto al de Tomás Gutiérrez Alea —aclara el ensayista—su cine permanece como una de las propuestas nacionales que más se empeñó en mostrar la ‘realidad’ cubana en profundidad. No debe ser casual que haya sido justo Titón el que, a mi juicio, mejor consiguió revelar las intenciones últimas en el accionar artístico de esta realizadora. Según Alea, ‘a Sara le hubiera gustado hacer cine sin cámaras, sin micrófonos: directamente, y eso es lo que le da esa fuerza, y esa cosa única que lamentablemente, no creo que haya sido suficientemente valorada con los años".

Además de la experimentación y la frescura, aparte de la combinación de discursos y conceptos en apariencias opuestos, el cine de Sara es profundamente autorista, vinculado a su experiencia personal de mujer cubana, negra y activa participante en la transformación de la sociedad. Si en Guanabacoa: crónica de mi familia emprende la búsqueda de sus raíces y presenta el testimonio de una época y de una manera de vivir, en …y tenemos sabor analiza la sonoridad de la música popular cubana a partir de la procedencia de algunos de sus instrumentos básicos; si En la otra isla recurre al documental encuesta para registrar el modo de pensar y las expectativas de la nueva generación de cubanos, en De bateyes prefiere fabricar un reportaje sobre la inmigración y la historia de los caseríos rurales nombrados bateyes, y en Sobre horas extras y trabajo voluntario vierte la opiniones, también desde el cine encuesta, de los obreros de la industria textil sobre el modo de elevar la productividad. 

Los documentales y el largometraje de ficción realizados por Sara Gómez casi nunca evidencia solamente el costado negativo o pesimista de los temas. Algunas veces compartió el tono romántico y el punto de vista idealizador típico de estas décadas. El cine también era un instrumento de apoyo del fervor constructivo y del progreso económico de este período, apuntalado con recursos provenientes de los países socialistas. Los adelantos industriales, sociales y agropecuarios saltaban a la vista en La nueva escuela (1973, documental) de Jorge Fraga; Con las mujeres cubanas (1973, documental), de Octavio Cortázar; Juantorena (1978, documental), de Luis Felipe Bernaza; Un hombre, una mujer, una ciudad (1978), de Manuel Octavio Gómez y  No hay sábado sin sol (1979), de Manuel Herrera, además de los filmes realizados por Sara, en los cuales siempre se percibía un dejo de esperanza cercano al que se esperaba del realismo socialista.

Otro de los factores que singulariza su cine es la presencia de lo “afrocubano”, como suelen llamarle algunos estudiosos. En el ICAIC no había muchos realizadores negros (Sergio Giral, en el cine de ficción de los años 70 y 80, y el documentalista Nicolás Guillén Landrián en las décadas del 60 y 70) pero Sara Gómez fue la que más consecuentemente presentó personajes y conflictos marcados por el enfoque racial, a pesar de que el tema estaba presente desde las primeras obras del ICAIC (El negro, 1960, de Eduardo Manet) cuando se transparentaba el pensamiento, tal vez ingenuo, de que la Revolución, desde su esencia liberadora e igualitaria, eliminaría automáticamente el racismo. De modo que la problemática del negro queda en el subtexto del cine cubano y aflora en algunos títulos aislados (Cumbite, 1964, de Tomás Gutiérrez Alea reconstruye la atmósfera del Haití folclórico y atrasado; Escenas de carnaval, 1965 y El ring, 1966, de Oscar Valdés) y como conjunto sale a la luz solo en los años 70 mediante una serie de filmes entre los cuales se cuentan El otro Francisco (1974); Rancheador (1976) y Maluala (1979), todos de Sergio Giral;  La última cena (1976), de Tomás Gutiérrez Alea; De cierta manera (1973) y por supuesto los documentales de Sara Gómez. En este grupo de filmes, concentrados con más o menos intensidad en el tema de la negritud, merece mención aparte La tierra y el cielo (1976, de Manuel Octavio Gómez), la historia de un joven descendiente de haitianos en la Cuba contemporánea, con retrospectivas al período republicano.

La cierta proliferación del negro como personaje obedece parcialmente, sin duda, a que desde mediados de los años 70 toma cuerpo nuevamente y se intensifica la política del internacionalismo proletario con varios países africanos (Angola, Etiopía y Mozambique, principalmente) mientras se proclamaba la raíz africana de la cultura cubana. Hubo también importantes filmes de ficción, documentales, y docudramas, que reforzaron la presencia del negro en la pantalla grande, ya fuera desde la intención abiertamente política, internacionalista (Angola, victoria de la esperanza, 1976, de José Massip; La guerra de Angola, 1976, y Etiopía: diario de una victoria, 1979, de Miguel Fleitas; Granada: pequeño país, gran revolución, 1980, de Víctor Casaus; Granada, el despegue de un sueño, 1983, de Rigoberto López) o en un sentido más artístico, folclórico y cultural: Simparelé (1974), de Humberto Solás; Okantomí y Súlkary (1974), de Melchor Casals y La rumba (1977), por continuar en la mención solamente de los cineastas y obras más o menos contemporáneos con Sara Gómez.

En palabras de los organizadores del evento, “la obra de Sara, cuya estética y sentido ético están respaldados por una filmografía documental desarrollada en los años 60 y 70, deviene aproximación sociológica a la realidad desde el cine. En su quehacer se combinan la mirada de la mujer negra y temas como la marginalidad, la identidad nacional y el proyecto social de la Revolución, de modo que se conforma esa Imagen múltiple que nos sirve como soporte para intervenir críticamente el audiovisual cubano desde una perspectiva de género”.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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