|
Sara
Gómez, la única mujer que ha conseguido
dirigir un largometraje de ficción en
Cuba durante los primeros 40 años del
Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográficos, no merece el homenaje
solo por su solitaria y excepcional
condición. Marisol Trujillo, Ana
Rodríguez, Mayra Vilasís, Rebeca Chávez,
Miriam Talavera y Mayra Segura pudieron
haber llegado al largometraje en fecha
más o menos posterior al momento en que
entró Sara por la puerta grande de la
cultura nacional. Pero solo fue ella
quien lo logró, y se quedó sola con el
privilegio convertido casi en mito
cuando uno sabe que murió de una crisis
de asma y dejó inacabada su única
película de ficción.
No
solo es la única en su clase, también
destaca, incluso entre los realizadores,
por su inconformismo, por su vertical
enfrentamiento con una serie de errores,
meandros, extravíos, en medio del
delirio transformador emprendido por la
Revolución en sus primeros 20 años. Sus
documentales (Guanabacoa: crónica de
una familia, 1966;…y tenemos
sabor, 1967; En la otra isla,
1967; De bateyes, 1871; Sobre
horas extras y trabajo voluntario,
1973), evidencian el deseo de la autora
por mostrar las secuelas del
subdesarrollo y los rezagos
pequeño-burgueses respecto a la raza y
al sexo.
|
 |
Los
problemas más complejos de la aplicación
del socialismo en Cuba (la supervivencia
del marginalismo, las religiones, el
choque entre la nueva moral y los
valores tradicionales, atávicos)
precisaban a todas luces un enfoque
documental, objetivo, personajes reales,
testimonios veristas, intención y tono
didácticos, voz en off, cámara en mano,
naturalismo, contemporaneidad, todo ello
vinculado a la estética documental, por
ello es que su primer y único filme de
ficción, De cierta manera (1973)
una puesta en escena plena de
apropiaciones formales típicas del canon
documental.
Si
bien De cierta manera ha sido
estudiada secuencia a secuencia, para
descubrir sus más íntimos resquicios de
estudio complejo sobre las relaciones
entre la racialidad, las diferencias
sexuales en las culturas latinas y las
teorías de izquierda sobre la
emancipación femenina y la igualdad
social, el cine cubano ofrece, entre los
años 60 y 70, algunas otras experiencias
intergenéricas, que cabalgan entre el
documental y la ficción, como pueden
serlo, Memorias del subdesarrollo
(1968), de Tomás Gutiérrez Alea;
Lucía (tercer cuento), de Humberto
Solás; Primera carga al machete
(1969), de Manuel Octavio Gómez; El
hombre de Maisinicú (1973), de
Manuel Pérez; Mella (1975), de
Enrique
Pineda Barnet y Retrato de Teresa
(1979), de Pastor Vega, entre otros,
mientras que entre los documentales
aliñados con elementos fictivos o de
puesta en escena, destacaron Hombres
de Mal Tiempo (1968), de Alejandro
Saderman; Muerte y vida en el
Morrillo (1969), de Oscar Valdés y
Girón (1972), de Manuel Herrera,
por solo mencionar los documentales
ficcionados que se realizaron en una
fecha más o menos contemporánea con
De cierta manera.
|

Fotograma de
De cierta manera |
Así
que no es en la combinación de elementos
fictivos y documentales donde puede
encontrarse, solamente la
excepcionalidad del cine de Sara Gómez.
Según el crítico cubano Juan Antonio
García, una de las virtudes siempre
notables de esta cineasta consiste en la
sugerente capacidad de su cine para
dinamitar límites, ya fueran
generacionales, artísticos o sociales.
“Junto al de Tomás Gutiérrez Alea
—aclara el ensayista—su cine permanece
como una de las propuestas nacionales
que más se empeñó en mostrar la
‘realidad’ cubana en profundidad. No
debe ser casual que haya sido justo
Titón el que, a mi juicio, mejor
consiguió revelar las intenciones
últimas en el accionar artístico de esta
realizadora. Según Alea, ‘a Sara le
hubiera gustado hacer cine sin cámaras,
sin micrófonos: directamente, y eso es
lo que le da esa fuerza, y esa cosa
única que lamentablemente, no creo que
haya sido suficientemente valorada con
los años".
|
 |
Además de la experimentación y la
frescura, aparte de la combinación de
discursos y conceptos en apariencias
opuestos, el cine de Sara es
profundamente autorista, vinculado a su
experiencia personal de mujer cubana,
negra y activa participante en la
transformación de la sociedad. Si en
Guanabacoa: crónica de mi familia
emprende la búsqueda de sus raíces y
presenta el testimonio de una época y de
una manera de vivir, en …y tenemos
sabor analiza la sonoridad de la
música popular cubana a partir de la
procedencia de algunos de sus
instrumentos básicos; si En la otra
isla recurre al documental encuesta
para registrar el modo de pensar y las
expectativas de la nueva generación de
cubanos, en De bateyes prefiere
fabricar un reportaje sobre la
inmigración y la historia de los
caseríos rurales nombrados bateyes, y en
Sobre horas extras y trabajo voluntario
vierte la opiniones, también desde el
cine encuesta, de los obreros de la
industria textil sobre el modo de elevar
la productividad.
Los documentales y el largometraje de
ficción realizados por Sara Gómez casi
nunca evidencia solamente el costado
negativo o pesimista de los temas.
Algunas veces compartió el tono
romántico y el punto de vista
idealizador típico de estas décadas. El
cine también era un instrumento de apoyo
del fervor constructivo y del progreso
económico de este período, apuntalado
con recursos provenientes de los países
socialistas. Los adelantos industriales,
sociales y agropecuarios saltaban a la
vista en La nueva escuela (1973,
documental) de Jorge Fraga; Con las
mujeres cubanas (1973, documental),
de Octavio Cortázar; Juantorena
(1978, documental), de Luis Felipe
Bernaza; Un hombre, una mujer, una
ciudad (1978), de Manuel Octavio
Gómez y No hay sábado sin sol
(1979), de Manuel Herrera, además de los
filmes realizados por Sara, en los
cuales siempre se percibía un dejo de
esperanza cercano al que se esperaba del
realismo socialista.
|
 |
Otro
de los factores que singulariza su cine
es la presencia de lo “afrocubano”, como
suelen llamarle algunos estudiosos. En
el ICAIC no había muchos realizadores
negros (Sergio Giral, en el cine de
ficción de los años 70 y 80, y el
documentalista Nicolás Guillén Landrián
en las décadas del 60 y 70) pero Sara
Gómez fue la que más consecuentemente
presentó personajes y conflictos
marcados por el enfoque racial, a pesar
de que el tema estaba presente desde las
primeras obras del ICAIC (El negro,
1960, de Eduardo Manet) cuando se
transparentaba el pensamiento, tal vez
ingenuo, de que la Revolución, desde su
esencia liberadora e igualitaria,
eliminaría automáticamente el racismo.
De modo que la problemática del negro
queda en el subtexto del cine cubano y
aflora en algunos títulos aislados (Cumbite,
1964, de Tomás Gutiérrez Alea
reconstruye la atmósfera del Haití
folclórico y atrasado; Escenas de
carnaval, 1965 y El ring,
1966, de Oscar Valdés) y como conjunto
sale a la luz solo en los años 70
mediante una serie de filmes entre los
cuales se cuentan El otro Francisco
(1974); Rancheador (1976) y
Maluala (1979), todos de Sergio
Giral; La última cena (1976), de
Tomás Gutiérrez Alea; De cierta
manera (1973) y por supuesto los
documentales de Sara Gómez. En este
grupo de filmes, concentrados con más o
menos intensidad en el tema de la
negritud, merece mención aparte La
tierra y el cielo (1976, de Manuel
Octavio Gómez), la historia de un joven
descendiente de haitianos en
la
Cuba
contemporánea, con retrospectivas al
período republicano.
|
 |
La
cierta proliferación del negro como
personaje obedece parcialmente, sin
duda, a que desde mediados de los años
70 toma cuerpo nuevamente y se
intensifica la política del
internacionalismo proletario con varios
países africanos (Angola, Etiopía y
Mozambique, principalmente) mientras se
proclamaba la raíz africana de la
cultura cubana. Hubo también importantes
filmes de ficción, documentales, y
docudramas, que reforzaron la presencia
del negro en la pantalla grande, ya
fuera desde la intención abiertamente
política, internacionalista (Angola,
victoria de la esperanza, 1976, de
José Massip; La guerra de Angola,
1976, y Etiopía: diario de una
victoria, 1979, de Miguel Fleitas;
Granada: pequeño país, gran
revolución, 1980, de Víctor Casaus;
Granada, el despegue de un sueño,
1983, de Rigoberto López) o en un
sentido más artístico, folclórico y
cultural: Simparelé (1974), de
Humberto Solás; Okantomí y
Súlkary (1974), de Melchor Casals y
La rumba (1977), por continuar en
la mención solamente de los cineastas y
obras más o menos contemporáneos con
Sara Gómez.
En palabras de los organizadores del
evento, “la obra de Sara, cuya estética
y sentido ético están respaldados por
una filmografía documental desarrollada
en los años 60 y 70, deviene
aproximación sociológica a la realidad
desde el cine. En su quehacer se
combinan la mirada de la mujer negra y
temas como la marginalidad, la identidad
nacional y el proyecto social de la
Revolución, de modo que se conforma esa
Imagen múltiple que nos sirve como
soporte para intervenir críticamente el
audiovisual cubano desde una perspectiva
de género”. |