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En
una de esas charlas que siempre se echan
de menos con los buenos amigos, uno de
ellos me provocó sentenciando que en el
cine cubano solo hay mujeres castradas.
Esta afirmación respondía a la
inexistencia de las mujeres como sujetos
del placer y la ausencia de una mirada
femenina reivindicadora de su sexualidad
como goce en una cinematografía hecha
por hombres que se han encargado de
devolver desde la pantalla la imagen de
las mujeres cubanas, que, sin duda, se
ha debido a esa concepción
socioculturalmente construida de las
mujeres como “seres del amor, seres para
el amor”.
En el
imaginario social, las mujeres hemos
sido concebidas como sujetos que han de
vivir el amor como un mandato, como un
deber, que ha perpetuado la condición
pasiva de la mujer en lo público y en lo
privado, en tanto las relaciones de
pareja pasan por y se definen en ambos
espacios. En términos de pareja amorosa,
las mujeres nos relacionamos marcadas
por ideales amatorios surcados por
nuestra identidad de género, donde la
forma de dar y recibir amor está
subordinada y reproduce los propios
dispositivos de dominio patriarcal. El
estar concebidas como dadoras de amor y,
a la vez, vulnerables al amor, limita y
hasta anula las posibles transgresiones
que como sujetos sociales e individuales
asumimos. Se nos restringe a máquinas de
dar placer (amor); pero cuando nos
convertimos en máquinas del placer
(sexual), somos una especie de
disidentes funcionales, y por ende,
sociales. Pues las mujeres debemos
“funcionar” bajo el canon del amor
dócil, reservado y complaciente, y así
adaptarse a las voluntades que alternan
en nuestras vidas o, en el caso fijado
como el ideal, la voluntad que regirá
nuestra vida: la mujer de un solo hombre
en la vida.
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Cuando Simone de Beauvoir sentenció que
no nacemos mujeres; aprendemos a serlo,
develaba una verdad que se constata
sobre todo en la manera performática de
amarse hombres y mujeres. El sentimiento
amor es, en primer lugar, una
construcción social y cultural, por lo
que el acto de amar o, más bien, el
propósito de entablar una relación
amatoria, deviene un ritual en sí mismo
donde cada género debe actuar de acuerdo
a lo establecido para el canon de
masculinidad y feminidad hegemónicas: El
hombre, en su papel de varón dominador
más que dominante, tendrá que emprender
la conquista del objeto femenino,
agencia sin la cual el sujeto varón no
completará, o peor, no sentirá realizada
su masculinidad. Este es el momento
imprescindible, por primigenio, para
performar su masculinidad.
El
hombre necesita conservar esta
exclusividad como esquema de interacción
con el ser femenino. La iniciativa
femenina los desorienta y los desarma y
los destituye como entes reguladores de
la relación; puesto que estos primeros
pasos dispuestos socialmente para el
flirteo heterosexual se realizan sobre
todo en y por el ámbito público. Es
obvio que el garante de la dominación
masculina avalada por Bordieu se expresa
ante todo en y por el cuerpo social. El
hombre como iniciador, ejecutador,
proveedor y dominador sobrevive por las
leyes que legitiman como válida este
tipo de masculinidad.
Además, el hombre deberá cultivar y
demostrar cualidades “sensibles” para
con las mujeres como la comprensión. Es
común que el hombre deba comprender que
la mujer que es reconocida socialmente
como “decente” o “que se respete” —de
acuerdo a las conductas establecidas
dentro de una sociedad patriarcal,
autoritaria y sexista— requiera esperar
a sentir cierta solidez en la relación
de pareja para permitir el contacto
sexual íntimo o con penetración, o
contacto genital como le gusta nombrarlo
a Michael Kaufman.
Esa
“cultura del recato” se instaura desde
la primera institución reguladora: la
familia, para la cual la hembra deberá
reprimir su sexualidad por la
sensualidad que la exalta como objeto
del placer visual, mientras que el
hombre deberá patentar su potestad de
desvirgar. Este “darse su lugar”
instituido para las mujeres no es más
que el sitio al cual el dominio
patriarcal nos tiene confinadas:
subordinadas al ritual de conquista
masculino, utilizamos el falso mecanismo
de “hacer esperar” el tiempo socialmente
prudencial para asentir al reclamo
sexual del hombre, y no lo vemos como
una limitación de nuestro propio placer
solo para perpetuar esa imagen de pureza
que otorga el período de castidad. Las
mujeres nunca serán las que iniciarán el
diálogo o el contacto físico.
Aguardaremos el primer roce del hombre y
después, quizá, participemos del regodeo
con el cuerpo del otro.
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Son
las normas del sistema patriarcal para
el ser femenino las que sancionan su
empoderamiento, su libertad y su
independencia sexuales. Para el acceso
al sexo femenino los hombres han
dispuesto de un ritual de cortejo
(regalos, paseos, cualquier actividad
donde se pueda expresar la supremacía y
el control material y económico de los
hombres) que solo vuelve a las mujeres
en cosificables, acaso canjeables. La
entrega del sexo femenino será la
recompensa del cumplimiento del ritual
masculino. Sin embargo, en vez de
“entregar”, lo que tenemos que hacer las
mujeres es “tomar el sexo”,
desprendernos del sesgo del sexo
servicial y como servicio que el aparato
masculino ha legado para las mujeres, ya
sea para satisfacer al hombre desde el
rol de mujer-amante, mujer-esposa,
mujer-madre.
Es un
aprendizaje que se inicia
inconscientemente en la reproducción de
la ecuación que se establece desde la
familia como institución del sistema
patriarcal: “hembra = castrada = pasiva
= femenina”; en oposición al de “varón =
pene = poder = activo = masculino”.
De ahí que todos los conflictos del amor
y del placer que experimentarán las
mujeres estarán muy asociados a lo
estipulado o censurado dentro del cuerpo
familiar como primer regulador y
juzgador. La estructura de la sociedad
ha perpetuado a la familia como uno de
los principales agentes de reproducción
y mantenimiento de la desigualdad de
género.
En el
proceso de adquirir el género, las
niñas, ante el poder ejercido por el
falo paterno, incorporarán la pasividad
materna. La maduración en el escenario
social irá afirmando este rol o podrá
ser rechazado como contravención a los
mandatos de género. El primer mandato de
género impuesto a las mujeres es ser
parte de una familia liderada por un
varón y cumplir con su rol de esposa y
de madre. A madre, como categoría, se le
ha asignado la responsabilidad de la
protección, crianza, educación y
atención moral de los hijos, cuando
biológicamente solo nos corresponde
gestar, parir y amantar. Ser “buena
madre” es un visto como un deber
femenino. El esencialismo maternal que
se les adjudica a las mujeres coarta su
individualidad social, pues nos recluye
aún más al espacio privado: aunque las
leyes cubanas aprobaron la licencia con
sueldo para los padres durante el primer
año de vida de los hijos, es la mujer la
que deja el trabajo público en ese
lapso, puesto que se sigue creyendo que
ella es la única capacitada, o la
capacitada “naturalmente” para el
cuidado de los hijos. Son construcciones
que han reforzado el claustro familiar y
doméstico del sexo femenino.
Las
mujeres son incluso juzgadas por cómo
desempeñan su rol de madre. En la
desaparecida URSS, el presidente Mijail
Gorbachov instauraría la política del
“retorno al hogar”, precisamente porque
adjudicaban al “abandono” de las mujeres
de su casa y de su familia, la causa de
las disfunciones sociales asociadas a
las jóvenes generaciones. Del mismo modo
que la paternidad se ha convertido en
centro de los estudios de género y de
masculinidades, la maternidad debe ser
revisada como categoría del sistema
sexo/género.
Un
término muy elocuente que compone la
Dra. Marcela Lagarde es el de madresposa
cuyo perfil de mujer obediente, dedicada
íntegramente a su esposo y familia,
devota de un hombre a quien amar y
satisfacer, responde ante todo al
paradigma de valores que pueden
“ostentar” las mujeres. En este modelo,
el placer del “yo misma” se desplaza
hacia el ser familiar. Ya Erich Fromm en
El arte de amar había descrito
que el canon de trascendencia femenino
se realizaba en el amor fílico o filial.
Lo que se ha normativizado es que las
mujeres no podemos ser para nosotras
mismas. Buscar, sentir, agenciarnos el
placer demuestra una autonomía y
descolonización del aparato patriarcal
que no es permitida.
Sobre
esta ausencia del “yo misma” que
padecen la mayoría de las mujeres cuando
son madres me decía un amigo una frase
genial: “cuando las mujeres paren se
convierten en madres de sus hijos y en
madres de su propio esposo”. Aparece en
el subconsciente una especie de
anulación del sentido de ser mujer y de
todas las expresiones de sexualidad y
hasta de sensualidad. Sin embargo, hay
medios que ponderan una visión diferente
pero que está más relacionada con el
paradigma de mujer bella y estilizada
que reduce a la mujer a objeto
placentero. Una imagen publicitaria
refrendaba en su texto promocional a una
marca de ropa femenina: “Mamá, pero
siempre mujer.”
Esta
vindicación del “ser madre sin dejar de
ser mujer”, se ha establecido
tradicionalmente como una dicotomía
punible en el imaginario social. En uno
de los teleplay emitidos por la
televisión cubana, Obscena intimidad,
de Magda González Grau, se enfrenta la
mujer a la madre desde la analogía ¿gata
o gallina? A la mujer-gata se le
asociará la nocturnidad, la vida
disoluta, la búsqueda del placer;
mientras que la madre-gallina será
aupada como la protectora, la
correctamente moral, la dedicada a la
atención y formación de los hijos.
La
violación del ritual androhegemónico y
falocéntrico por la mujer y su
resolución a que su libertad sexual no
sea solo la que citaba bell hooks
en “Pennis passion”,
sino que signifique también la libertad
performática con la que la propia hooks
lastimó la masculinidad de su amigo,
es aún una herejía social. El término
“fácil”, usado para estigmatizar a la
mujer que no cumpla con las reglas de
actuación ritual y rompa la pasividad
impuesta por la tradición, no es más que
el discurso con el cual los hombres se
defienden instintivamente de la agresión
que representa para ellos la
desarticulación de su espacio para
explayar y reafirmar su rol de
dominador. Esas mujeres no controlables
por ellos y que no se ajustan al ritual
no son confiables ni valoradas para
establecer una relación formal —como se
nombra al contrato que pactan dos
personas de identificarse como una
pareja dentro del canon tradicional—
puesto que no son posibles aspirantes al
modelo de virtud femenino de
mujer-madre-esposa.
Las
sociedades patriarcales son tan
opresivas que llegan a censurar hasta
las formas de placer y agencia sexual de
las mujeres. La censura y
marginalización de las mujeres que
pretendemos subvertir los mecanismos de
perpetuación y reproducción de la
dominación masculina es solo la vía de
garantizar el canon de una masculinidad
forzada a dominar. Recuerdo la vez en la
que un amigo para describir el
comportamiento de una mujer que se había
“atrevido” a iniciar una relación con un
desconocido solo —como
hacen los hombres—
para pasar esa noche sentenció que
“actuaba como un hombre”; cuando ese
“actuar como un hombre” significaba una
ruptura con la obligatoriedad de esperar
a ser demandada —como
si fuera una camarera—,
atendida o elegida; y sobre todo a
cambiar la imagen de que las mujeres
tienen como sentido de vida ser máquinas
de amor, y que por el contrario, o
además, disfrutamos la maquinaria del
placer.
Una
de las pocas películas realizadas por el
Instituto del Cine creado por la
Revolución donde se deshace el estigma
de mujeres de sexualidades castradas en
el cine cubano es en el filme de
Fernando Pérez, La vida es silbar
(1996). Como pocas veces en el cine del
Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC),
una mujer goza de su sexualidad, está
liberada sexualmente y racionaliza el
mundo a través del Eros, tan proscrito
para la identidad amatoria femenina.
Mariana, el personaje femenino que es
capaz de desnudar a los hombres con la
mirada (literalmente, como saben las
personas que han visto la película),
participa de una emancipación de los
constructos de género. Es ella la que
autoriza el acto amatorio, sin ritual
previo, ni contratos sociales. Sin
embargo, al venusismo de Mariana,
al venusismo femenino, se le opone su
capacidad y desarrollo profesional,
creando una contradicción superficial
sexo-trabajo-mujer, sexo-cultura-mujer.
Para alcanzar interpretar el personaje
de Giselle, Mariana habrá de “excomulgar
sus culpas” prometiendo a la virgen que
no volverá a mirar libidinosamente a
ningún hombre. Su concupiscencia es
vista como una imprecación a lo
moralmente correcto para las mujeres.
Mariana se violentará a sí misma
cambiando lo que le es sancionado
socialmente por el desempeño profesional
y, por ende, su reconocimiento y
restitución en la arena pública.
Solo
el amor podrá ser el detonante legítimo
para que las mujeres vivamos la
experiencia sexual. De ahí que su objeto
de deseo pospromesa, repita
insistentemente, como expresión del
discurso patriarcal, que si ambos se
aman, que si ella “lo” ama, no hay por
qué vetar el contacto sexual.
Mariana bailará Giselle; será ante todo
Giselle, y luego correrá bajo la lluvia
en busca de su deseo aplazado solo a
encontrarse con su destino, más bien con
su pasado.
Los
conflictos del amor-sexo-placer volverán
a aparecer en el discurso de Fernando en
su más reciente película, Madrigal,
esta vez desde una textualidad simbólica
y filosófica, donde sujetos
acontextualizados nos remiten a una
ontología del yo, del ser, y en
particular del sujeto femenino como
cuerpo vulnerable, como cuerpo erótico y
como cuerpo espiritual.
En la
primera parte de la película Eva será la
encarnación, como mujer primigenia, del
eros femenino, que explaya todo su
sensualismo, mientras Luisita
simbolizará el amor espiritual. Elvira
es esa mujer que ve su condición como
destino manifiesto: “saber que siempre
tendrá el mismo marido, con los mismos
muebles y la misma olla de presión”.
Estas
ideologías serán apoyadas o reafirmadas
por estereotipos físicos: Eva es
afirmación del canon de belleza
occidental; Luisita, “la gorda”,
como la apela despectivamente Eva; y
Elvira maquillada para verse asensual y
gris. La sexualidad pasa entonces por
una “política del cuerpo”, que
implicará una conducta sexual
permisible. Resulta curioso, y hasta
gracioso en la película que una gorda
coleccione revistas pornográficas;
mientras Eva sí podrá proclamar la
soberanía de su cuerpo: “Me encanta que
me toquen el culo. En el 59 hubiera
pedido que lo nacionalizaran. Cero
propiedad privada.”
No
obstante, al personaje de Mariana me
gustaría sumar el de Zoe, del
cortometraje de Mario Crespo en Mujer
transparente, y Nancy, nacida en
Adorables mentiras, de Gerardo
Chijona y continuada en Fresa y
chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea y
Juan Carlos Tabío, por propiedad de su
guionista, Senel Paz,
que ahora por cuestiones de tiempo no
puedo analizar.
Y
aunque estas palabras son solo el inicio
de mi respuesta a esa provocación de un
amigo, con tristeza debo reconocer que
aunque han sido protagonistas de la
historia no han dejado de ser
estigmatizadas. Estas mujeres no
castradas en el cine cubano serán
exhibidas como anómalas o
disfuncionales: Zoe, la iconoclasta;
Mariana, la ninfómana; Nancy, la
neurótica. Una nueva tipología aparece
entonces: la mujer-sospechosa, la
mujer-disidente de acuerdo al orden de
género, al menos para continuar las
charlas con los amigos.
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