Año VI
La Habana

3 al 9 de NOVIEMBRE
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Cine y mujer: amazonas detrás del lente

Yinett Polanco • La Habana
Fotos: Archivo y Kaloian (La Jiribilla)

 


 

Digámoslo de una vez: en pleno siglo XXI el cine sigue siendo mayoritariamente un fenómeno androcéntrico. Dejando de lado el espacio “cómodo” para las mujeres de la actuación, la presencia femenina en el ámbito “creador” del audiovisual está, por lo general, muy limitada. La actriz, equiparable a un simbólico objeto del deseo, posee en pantalla una impronta mucho mayor que las realizadoras, productoras, fotógrafas, guionistas y otros roles por el estilo que, en la práctica, son los grandes constructores de visiones, sentidos y discursos dentro del séptimo arte, extrapolables a su vez a la propia vida.

Si bien es cierto que en el documentalismo y el audiovisual alternativo y/o experimental la presencia de realizadoras es un poco mayor, la divulgación y el reconocimiento social que acompaña estas producciones es muy inferior al de los materiales filmados por hombres. Piénsese si no en los nombres de los grandes directores de cine mundialmente reconocidos y trátese de compilar algunos femeninos, el desbalance es innegable; la hegemonía del andros en el cine no ha cedido con el cambio de siglo.

En Cuba el panorama no es esencialmente otro. A pesar de los intentos de la Revolución por erradicar el machismo de la sociedad cubana —y a diferencia de otros campos artísticos como la literatura o la música, donde la voz de la mujer se ha hecho sentir con más fuerza— la reconstrucción del discurso femenino no ha tenido en el cine nacional el mismo espacio.

Por supuesto hay excepciones, sobre todo en los últimos años, donde unas cuantas jóvenes pugnan por abrirse paso en el mundo del audiovisual con su propia forma de decir, y hay ya algunas realizadoras con una obra reconocida entre las que podría citarse, a riesgo de hacer una enumeración un poco azarosa e incompleta, a Rebeca Chávez, Belkis Vega, Lissette Vila y Magda González.



Rebeca Chávez da instrucciones al actor Mario Guerra en la filmación de Rojo vivo

Pero hablar de la presencia de la mujer en el cine cubano no tendría sentido sin mencionar a Sara Gómez, a quien se le dedica por estos días el coloquio organizado por el Instituto Superior de Arte (ISA), “Sara Gómez: imagen múltiple. El audiovisual cubano desde una perspectiva de género”. Doblemente transgresora si tomamos en cuenta que era mujer y negra —por lo que ambas condiciones significaban aún en los tempranos ’60, época de su llegada al cine—, su inquisidora mirada cuestionaba de modo inteligente la sociedad cubana de la época, partiendo desde un compromiso con aquella realidad misma.

Con una amplia obra documentalística casi desconocida y una película de ficción (De cierta manera) convertida en un mito, con todo lo que la mitificación conlleva, su nombre ha caído casi completamente en el olvido para el gran público, y algunos de los “entendidos” en cine se han dedicado a encerrar su trabajo en los cotos de la investigación antropológica, devaluando así el valor que artísticamente este tiene. Apenas exhibida parcialmente su filmografía en muestras de corto alcance y con muy pocos estudios sobre su obra, Sara es un ejemplo de cómo el silenciamiento mediático y de otros tipos puede condenar a la invisibilidad a una figura que pudiera considerarse puntal en la tradición cinematográfica de la Isla.

Estudiante de música, periodista del semanario Mella, intelectual, su huella en el cine cubano trascendió más allá de su corta vida; a juicio del realizador cubano Rigoberto López, Sara Gómez es “una de las personalidades fundacionales de corrientes estéticas en el cine cubano”. En palabras del director de Roble de olor: a Sara le interesaba Cuba, la cultura cubana, y para ella la autenticidad se sobreponía al estilo. Asistente de Tomás Gutiérrez Alea (Titón) durante mucho tiempo, fue este quien se encargó de terminar De cierta manera cuando la muerte la sorprendió en 1973 en plena filmación y con apenas 31 años. Aún así, Sara, quien pretendía hacer “un cine sin concesiones” fue capaz de dejar para la posteridad —al decir de Rigoberto López— “una de las películas más actuales y trascendentes del cine cubano” convertida hoy en un clásico de la cinematografía nacional. El espíritu que siempre la animó a buscar la verdad con la cámara, partiendo de su condición femenina conscientemente asumida, queda hoy como ejemplo para las amazonas que miran su entorno a través del lente y desde él se animan a construir su propio discurso.            

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600