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Digámoslo de una vez: en pleno siglo XXI
el cine sigue siendo mayoritariamente un
fenómeno androcéntrico. Dejando de lado
el espacio “cómodo” para las mujeres de
la actuación, la presencia femenina en
el ámbito “creador” del audiovisual
está, por lo general, muy limitada. La
actriz, equiparable a un simbólico
objeto del deseo, posee en pantalla una
impronta mucho mayor que las
realizadoras, productoras, fotógrafas,
guionistas y otros roles por el estilo
que, en la práctica, son los grandes
constructores de visiones, sentidos y
discursos dentro del séptimo arte,
extrapolables a su vez a la propia vida.
Si
bien es cierto que en el documentalismo
y el audiovisual alternativo y/o
experimental la presencia de
realizadoras es un poco mayor, la
divulgación y el reconocimiento social
que acompaña estas producciones es muy
inferior al de los materiales filmados
por hombres. Piénsese si no en los
nombres de los grandes directores de
cine mundialmente reconocidos y trátese
de compilar algunos femeninos, el
desbalance es innegable; la hegemonía
del andros en el cine no ha cedido con
el cambio de siglo.
En
Cuba el panorama no es esencialmente
otro. A pesar de los intentos de la
Revolución por erradicar el machismo de
la sociedad cubana —y a diferencia de
otros campos artísticos como la
literatura o la música, donde la voz de
la mujer se ha hecho sentir con más
fuerza— la reconstrucción del discurso
femenino no ha tenido en el cine
nacional el mismo espacio.
Por
supuesto hay excepciones, sobre todo en
los últimos años, donde unas cuantas
jóvenes pugnan por abrirse paso en el
mundo del audiovisual con su propia
forma de decir, y hay ya algunas
realizadoras con una obra reconocida
entre las que podría citarse, a riesgo
de hacer una enumeración un poco azarosa
e incompleta, a Rebeca Chávez, Belkis
Vega, Lissette Vila y Magda González.
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Rebeca Chávez
da instrucciones al actor Mario
Guerra en la filmación de
Rojo
vivo |
Pero
hablar de la presencia de la mujer en el
cine cubano no tendría sentido sin
mencionar a Sara Gómez, a quien se le
dedica por estos días el coloquio
organizado por el Instituto Superior de
Arte (ISA), “Sara Gómez: imagen
múltiple. El audiovisual cubano desde
una perspectiva de género”. Doblemente
transgresora si tomamos en cuenta que
era mujer y negra —por lo que ambas
condiciones significaban aún en los
tempranos ’60, época de su llegada al
cine—, su inquisidora mirada cuestionaba
de modo inteligente la sociedad cubana
de la época, partiendo desde un
compromiso con aquella realidad misma.
Con
una amplia obra documentalística casi
desconocida y una película de ficción (De
cierta manera) convertida en un
mito, con todo lo que la mitificación
conlleva, su nombre ha caído casi
completamente en el olvido para el gran
público, y algunos de los “entendidos”
en cine se han dedicado a encerrar su
trabajo en los cotos de la investigación
antropológica, devaluando así el valor
que artísticamente este tiene. Apenas
exhibida parcialmente su filmografía en
muestras de corto alcance y con muy
pocos estudios sobre su obra, Sara es un
ejemplo de cómo el silenciamiento
mediático y de otros tipos puede
condenar a la invisibilidad a una figura
que pudiera considerarse puntal en la
tradición cinematográfica de la Isla.
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Estudiante de música, periodista del
semanario Mella, intelectual, su
huella en el cine cubano trascendió más
allá de su corta vida; a juicio del
realizador cubano Rigoberto López, Sara
Gómez es “una de las personalidades
fundacionales de corrientes estéticas en
el cine cubano”. En palabras del
director de Roble de olor: a Sara
le interesaba Cuba, la cultura cubana, y
para ella la autenticidad se sobreponía
al estilo. Asistente de Tomás Gutiérrez
Alea (Titón) durante mucho tiempo, fue
este quien se encargó de terminar De
cierta manera cuando la muerte la
sorprendió en 1973 en plena filmación y
con apenas 31 años. Aún así, Sara, quien
pretendía hacer “un cine sin
concesiones” fue capaz de dejar para la
posteridad —al decir de Rigoberto López—
“una de las películas más actuales y
trascendentes del cine cubano”
convertida hoy en un clásico de la
cinematografía nacional. El espíritu que
siempre la animó a buscar la verdad con
la cámara, partiendo de su condición
femenina conscientemente asumida, queda
hoy como ejemplo para las amazonas que
miran su entorno a través del lente y
desde él se animan a construir su propio
discurso. |